El fútbol a sol y sombra

Por supuesto, lo que sigue no tiene nada que ver con el libro de Galeano del que tomé prestado el título.

No imaginé que fuera a escribir de fútbol de esta manera.  La culpa, en parte, la tiene Víctor Hugo Ortega C. y su libro Elogio del Maracanazo.  Es un libro bello. Iba a comprarlo pero al final me hice de él gracias a un combo de generosidad por partida doble: de Víctor por regalarlo, y de Alfonso por cedérmelo al momento de recibirlo.

Recuerdo que Víctor me preguntó si me gustaba el fútbol, a lo que yo contesté prontamente que no.  Casi me imagino a Víctor pensando “y pa qué querí el libro si no te gusta el fúbol, po hueón?”.  Es que lo mejor de todo es que Elogio del Maracanazo es un libro permeado por el fútbol y sus anécdotas, pero también tiene poesía y una cantidad de imágenes llenas de humanidad. Son historias unidas por el fútbol, pero con la calidez de la cotidianeidad y los afectos.  No precisás que te guste el fútbol, ni saber nada, de la misma manera en que no necesitás conocer los nombres de los reyes babilonios para entender la historia de Babilonia, de la que por cierto, ni conozco el nombre de sus reyes, ni recuerdo una pizca de su historia… salvo que una de sus habitantes ganó el premio Nobel de Literatura.  Incluso así, siendo bastante ignorante en cuestiones futbolísticas, estando de alguna manera imposibilitado de hacer la conexión emocional que sería esperable ante el recuerdo de las figuras y partidos que nombra el autor, sigue siendo un libro en el que vale la pena perderse; la conexión viene por otro lado, por la vida pequeña y a la vez gigante que rodea esas anécdotas.

Debo decir que a pesar de haber disfrutado de Elogio como un chancho, sigue sin gustarme el fútbol. Es casi aversión lo que siento por él.  Aunque antes era distinto.  Mis recuerdos y vivencias con el fútbol están hechas de fragmentos.

Entendámonos, nunca fui un gran fanático del fútbol, de ahí lo fragmentario: no hay un hilo conductor, son momentos.  Sí, me gustaba dentro de lo razonable; sí, jugué en el cuadro del barrio cuando era gurí: jugaba de half (já) izquierdo, una posición que ya ni siquiera existe como tal. Sin embargo, nunca tuvo un impacto muy importante en mi vida, en general.  Sí lo tuvo, en cambio, la Selección Nacional, la Celeste, la mítica, la cantada por Jaime Roos y el Canario Luna.

Es difícil explicar el dolor que sentí, por ejemplo, cuando el anormal de Rubén Sosa tiró afuera ese penal contra España, en la Italia del 90.  ¿Te acordás?  “Tirar afuera” es un eufemismo; debe estar en órbita todavía, esa maldita pelota que Sosa mandó a la reputísima madre que la parió.  Fue un dolor físico al punto de ser casi incapacitante.  Recuerdo que el golpe en la boca del estómago me tuvo doblado largo rato caído en el piso.  Como si Sosa me hubiera dado el patadón de burro a mí, en lugar de a la pelota.

El día después de ese partido fue como un luto.  Me sentía traicionado, estafado e impotente.  Porque el loco pasó de jugar como si fuera un elegido del Olimpo antes del mundial, a ser alguien a quien esos mismos dioses hubieran aplastado con el dedo en cuanto se bajó del avión en Italia.  Y también me sentí abrumadoramente solo en mi pena.  Fuera de lugar, descastado, casi como un Canterville completamente ignorado.  Tenía todo el ambiente trágico de mis 16 años, y mi capacidad para la tragedia en esos años era inconmensurable.

Para el resto de la gente fue un partido más, apenas trascendente, una oportunidad de guasa:  FUAA! LA MANDÓ A LA MIERRRRRRDA! decían a los gritos carcajeados.  Para mí, fue la muerte de las esperanzas. Una pérdida abismal, más profunda por lo irracional del sentimiento. Mis compañeros de secundaria no eran consuelo ninguno.  Dieguito fue el que más o menos intentaba distraerme, hablándome de un tal Axl Rose y de un oscuro grupo de rock que estaba sonando cada vez más fuerte en Uruguay, llamado The Guns n’ Roses. ¿Te acordás del disco Appetite for destruction? El disco debut más vendido de la historia. Monstruoso.

Algunos años después, Peñarol empezó a ganar. Fue una racha imponente que le dio el Quinquenio, del 93 al 97.  El día de la final del Quinquenio, salimos con Martín de caravana y festejo.  Entramos a la Cervecería Palacios con las banderas enrolladas en la cintura, contentos pero mansos, y el gallego nos echó como a unos perros:  ¡A festejar a la calle!  Ese día, con Martín empezamos a sospechar que a lo mejor el loco no era hincha del manya.

Entre medio de esos años, llegó mi primera visita al Estadio Centenario.  En mi vida solo fui cinco veces al Centenario.  Todas han sido inolvidables del tipo que te marca a fuego.  O algo así, sin la parte de las ampollas y el dolor interminable que parece que sigue entrando incluso días después.  Quiero decir que fueron ocasiones de esas que quedan grabadas en la memoria, en los sentimientos.

La primera vez fue en el año 1995, para vivir la final de la Copa América contra Brasil.  Nunca había entrado a un edificio tan colosal.  Era monumental y grandioso, a mis ojos.  Me sentí como un niño ante un prodigio.  Pero nada podría haberme preparado para lo que me esperaba adentro.  Las tribunas repletas, las cuatro, llenas de camisetas y banderas celestes.  Tanto azul como en el mismo cielo, tanto que las motitas verdeamarelas se perdían de vista.  Recuerdo que iba con mi padre y otra gente, pero no recuerdo nada de ellos.  Recuerdo la gran imagen, no los detalles.  ¡Qué fiesta!  ¡Y qué silencio cuando el sorete de Tulio nos emboquilló en el primer tiempo!  Estábamos en la tribuna Colombes y lo vimos todito; Tulio nos hizo el gol a nosotros en persona, no solo a la selección.  Por suerte, por alabada buena fortuna, eso nos permitió ver el glorioso empate de Bengoechea a pocos minutos de empezado el segundo tiempo.  El tiro libre al ángulo, la visión de Taffarel que no atina casi ni a moverse ante la velocidad infinita de la pelota, que se calvó en la red y llegó a caer y rebotar dos veces en el piso antes de que la abrumadora información del gol pudiera ser procesada, asimiliada y reconducida otra vez hacia afuera en un grito de cincuenta mil gargantas.  Me acuerdo que al otro día, aprovechando la loca felicidad de la gente, nos subieron el agua, la luz, el teléfono y los combustibles y nadie ni siquiera mosqueó.  Bicho raro, el fútbol, que te vuelve imbécil total.

La segunda vez que entré al Centenario, fue un glorioso 22 de abril de 2001, cuando el estadio se transformó en templo y recibió al Indio, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.  ¡Qué recital!  ¡Qué magia!  ¡Qué energía!  Todavía me emociono al recordar esa máquina imparable que conformaban más de veinte mil engranajes vibrando al unísono, gracias al combustible inagotable del Indio y Skay.  Y al energúmeno de la bengala.  Nunca me canso de hacer la historia del chabón de la bengala.  Un flaco encendió una bengala en el anillo más lejano y alto de la Olímpica, y empezó a correr a largas zancadas hacia abajo.  No usó las escaleras, cosa que no habría servido de material para ninguna anécdota.  No.  El loco iba picando en los asientos de las gradas a una velocidad de vértigo y sin miras de detenerse; antes muerto que despacio.  Y cuando llegó al foso, así como iba, se perdió él y su bengala.  Todos lo habíamos visto.  Todos emitimos un ooohhhh.  Y todos rompimos en aullidos alborozados cuando vimos reaparecer la bengala del otro lado del foso y al enfermo que se encaramaba al otro borde.  Brutal.  Demente.  Fantástico y hermoso loco.

Mi punto de quiebre con el fútbol coincidió con mi tercera ida al Centenario, cuando no clasificamos para el mundial de Alemania en 2006.  Uruguay arrancó esa campaña goleando a los bolivianos por 5 a 0, y luego, entre algunos agónicos triunfos y empates y derrotas, nos comimos sendas goleadas de Paraguay, Argentina y Colombia.  Lo de Colombia, reedición de lo que hizo la selección a Bolivia, fue un trago amargo.  Pero con revancha.  Eso es lo bueno que tiene el fútbol: siempre da revancha, en algún momento.  Colombia tenía que venir a jugar a casa.  Corría el año 2005 y me invitaron a ir al estadio para ese partido.  Acepté en el acto, entusiasmado.  Era la revancha y nos cagaron.  Uruguay tres a dos contra una Colombia que se agrandaba a ojos vistas, o un Uruguay que no daba la talla.  Nos quedábamos afuera, loco! O casi, porque teníamos que ir al repechaje.  Pocas veces me recuerdo más enajenado que en ese partido.  Furioso.  Atragantado de una impotencia rabiosa.

Mi papá no me dijo ni media palabra cuando salimos.  Derrotados a pesar de haber ganado, y yo con los insultos agotados.  Pero no necesité que nadie me dijera nada, lo mío en el estadio fue lamentable; todavía me acuerdo de las puteadas rampantes que largaba a borbotones.

Si algo te angustia y te lleva a pasarla tan mal, tenés dos caminos: lo soportás con estoicismo si no tenés más remedio, o si tenés opción, te alejás tranquilamente y que se vayan todos a la gran puta.  Y esa fue mi opción.  Ese día mandé el fútbol a su gran puta madre, sin un arrepentimiento.  No me importaron triunfos, ni derrotas, ni Copas Américas, ni mundiales.  Pasé olímpicamente a ser de esa masa para la que el fútbol son 22 pelotudos corriendo atrás de una pelota.

No.  No me gusta el fúbtol.  Cuando es un partido cualquiera, me aburro a morir. Cuando juega alguien a quien puedo alentar, la paso mal.  Tampoco puedo racionalizarlo, así que fuck it!

Las otras dos oportunidades en las que entré al Centenario, fueron con la música: la primera vez que vi a Buitres, fue maravilloso. Fue durante la Fiesta de la X y estaba con Naxto. ¡Qué recital! ¿Eh, Nkosi? Me quedé fascinado con el sentimiento de comunidad, de ser parte de todos. Cuando bajábamos desde las gradas un flaco empezó a cantar Toca Buitres, siendo coreado al instante por toda la banda que llenaba las escaleras, como si hubiéramos estado esperando que alguien diera la voz de áhura. La última vez fue este año, con los Stones, y el sentimiento fue totalmente distinto. Como aislado de todos, de todo.  Vacío y agotado de emociones. Todavía no sé cuál de las dos sensaciones me dio más placer.

Sí sé que ni en pedo vuelvo al Centenario a ver un partido de fútbol.

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