Sobre la existencia de los ateos

Terminé de leer, con un par de días de diferencia, dos libros muy interesantes.

Uno es una especie de ficción histórica, o estudio probable, o posible, de dos personajes históricos, llamado El problema de Spinoza, escrito por el psicólogo estadounidense Irvin D. Yalom.

En este libro se exploran las vidas, o posibles vidas, mentes y motivaciones de dos personajes históricos por demás dispares: por un lado el filósofo holandés Bento Spinoza, famoso por ser uno de los grandes racionalistas; y por el otro, el  político alemán Alfred Rosenberg.

Spinoza fue un gran pensador de origen judío sefaradí y buscó desmitificar la religión, siendo excomulgado y expulsado por su comunidad, y varios de cuyos escritos fueron prohibidos luego por el gobierno holandés y la religión cristiana.

Rosenberg fue un político alemán antisemita acérrimo, y fue uno de los grandes ideólogos del nazismo, tres siglos después.

Goethe, el escritor y científico alemán, fue influido por Spinoza, y Goethe fue un modelo para Rosenberg.  De ahí el “problema”.  ¿Cómo Goethe, uno de los más grandes y excelsos alemanes, al sentir de Rosenberg, pudo haber tenido en tan alta estima a un judío? ¿Cómo, un filósofo del que se dice es el padre del ateísmo, pudo ser judío?

El libro busca explorar, ya que no hay registros completos, sobre todo de Spinoza, las vidas e ideas de ambos personajes.  Digo personajes en vez de hombres, porque no quiero meter a Rosenberg en la misma categoría.

Es un libro muy interesante, tanto por su contenido como por la manera en que está escrito, ya que capítulo a capítulo el autor alterna entre el filósofo y el nazi.  El pensamiento de Spinoza es maravilloso.  Lo acusaron de ateo, pero en realidad el chabón buscaba denunciar las supersticiones de la religión con argumentos críticos y racionales; en su lugar, hubiera preferido una “religión universal” la que todas las personas pudieran enfocarse en y amar un Dios expresado a través de la naturaleza, sin los ritos vacíos,  creencias imposibles, y dogmas de las religiones establecidas.

El otro libro es una novela de Terry Pratchett llamado Nación, donde un nativo de las islas del Mar Pelágico, análogo a nuestro Océano Pacífico y su miríada de islas de la Micronesia (o quizá la Polinesia), se encuentra con una niña occidental luego de un tsunami.  Como único superviviente de su pueblo, junto con esa niña extraña que habla una lengua incomprensible, solos en la isla devastada que fuera su hogar, cuestiona a los dioses.  Furioso ante lo inexplicable y definitivo, se hace preguntas, exige explicaciones a unos dioses que cuando no están mudos, parecen niños con un berrinche. Muchas preguntas.  Tantas preguntas que necesariamente se cruzan con las que se planteaba Spinoza.

Con un humor típicamente Pratchett y una gran ternura, casi de manera inocente, el libro plantea cuestiones trascendentes.

Son raras esas cruzas de libros.  Tan distintos y hablando de lo mismo. Me fascinan, porque en ninguno de los dos casos sabía qué me esperaba dentro de esas tapas. Parece ser que los Dioses, en todas partes, son hechos a imagen y semejanza del Hombre.

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