Caída libre

Hay algo fascinante en un objeto que cae.

En ese momento de equilibrio precario todo puede suceder. En ese momento que vos elegís como de incertidumbre, se condensan vidas y mundos. Vos sabés que va a caer, pero preferís pensar que a lo mejor no, que quizá se mantenga, que tal vez vuelva a su lugar de reposo. En tu mente las posibilidades engendran universos enteros donde el resultado es otro.

Pero no en este universo. El objeto cae y vos lo estás mirando. Con fijeza y sin parpadear. Casi adivinás las fuerzas que intervienen, que se lo disputan como amantes celosas tironeando de él. Ves el balanceo imperceptible y captás el momento exacto, majestuoso, en cámara lenta, en que el equilibrio finalmente se pierde. Contenés el aliento mientras te atrapa una inmovilidad marmórea, pero por dentro gritás lleno de gozo y adrenalina. No importa si lo que cae es algo diminuto o tan enorme como un glaciar, ese instante siempre es grandioso. Cuando la velocidad deja de ser cero para volverse grávida y el objeto se rinde. Se rinde y acelera más y más y más. Parece que no fuera a detenerse jamás. Sin parar, sin llegar a la velocidad terminal pero no por ello menos infinita.

Un objeto que cae tiene la fascinación de la irrevocabilidad.

Banda de sonido: Pretender, de Foo Fighters (en loop)

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