Inquietud corporal

Me resultan inquietantes las relaciones internacionales con Oriente Medio. Y no por el resultado de las reuniones de distintos presidentes y dirigentes y sus negociados. A nadie puede inquietarle, ya que todos saben que van a perder algo a manos de alguien más, y que quien se supone los representa y cuida sus intereses nacionales está de acuerdo con eso.

Lo que más me inquieta son las imágenes. No por las falsas sonrisas adosadas a caras de ojos fríos de pescado muerto. No, lo que me inquieta y me pone de los nervios son las sillas. Hay algo fundamentalmente equivocado en la posición de las sillas, que me causa repulsa y una profunda desconfianza: están paralelas.

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No siempre están paralelas, pero casi. Las personas que se sientan en ellas tienen que contorsionarse para llegar a verse a los ojos. El lenguaje corporal es forzado y se desarticula, y sugiere distancia y recelo; falta de cercanía, casi indiferencia, y desconfianza. ¿Cómo negociar un acuerdo en esas condiciones? Da la pauta de que todo ya está digitado y finiquitado desde antes de reunirse. ¿Cómo apelar a los más altos valores cuando es casi imposible no verse de soslayo? En sillas paralelas nunca vas a poder sostener con firmeza una mirada, ni los cuerpos estarán de frente. Menos las sillas, todo está torcido. La mentira vuela alto en esas imágenes: entre sí, o al destinatario de esa foto. Me da la impresión de arrogancia, casi de desprecio por parte del dueño de casa hacia su visitante. Y cuando apoyan su peso en los posabrazos, que se inclinan el uno hacia el otro, el mensaje es de conspiración, complicidad y secreto.

Es solo cuando las sillas se miran, convergen o se cruzan que da la impresión de que ambas partes quieren llegar a algún lado juntos. Nunca en paralelo.

Abbas (izq) de la Autoridad Nacional Palestina con Morsi, el presidente Egipcio (en 2012, al menos). Ninguno de los dos podía darse el lujo de paralelismos.

Si vos te fijás en fotos de, por ejemplo, la Oficina Oval en la Casa Blanca, los sillones están frente a frente, o en posiciones convergentes.

Ahí también van a tratar de desplumarte, y probablemente lo logren, y probablemente quien entre ahí lo sepa de antemano, pero el ambiente es radicalmente distinto. Una sillas convergentes dan la impresión de que en algún momento quienes las ocupen van a llegar a un punto de contacto. Lo mismo cuando ves sillas perpendiculares: basta estirarse un poco y ya estás en un espacio común. Si no hay nada más, al menos transmiten un mínimo sentimiento de esperanza.

Cuando estás en paralelo y te estirás, al frente solo tenés un vacío infinito.

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