Regalo de dioses

Cuando te convidan un mate bien cebado es una fiesta para los siete sentidos.

La vista se recrea en el frágil equilibrio que se da en la pequeña calabaza. La estructura de la espuma, la yerba que pugna por subir, la pequeña loma seca como un paisaje. El vapor que sube en volutas definidas, curvadas como la cortina de una aurora.

El tacto se demora en la superficie caliente del mate, como en una caricia. Con los pequeños lentos movimientos de un anciano que se desplaza con cuidado. O con la sensualidad de un gato que se va estirando al calor del sol.

El olfato se deja tentar por los aromas acres y terrosos de la yerba húmeda, tan evocadores.

El gusto, tan entrenado y condicionado para apreciar el amargo extremo, es tomado por asalto por el sabor y la temperatura exacta de la infusión.

El alma es tocada por el mero acto de compartir, mientras la memoria trata de abrir el cajón justo donde están guardados los otros mates bien cebados que has recibido, para compararlos.

Todo en unos pocos segundos de comunión perfecta con uno mismo y los demás, porque el otro se convierte en el mundo.

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