La gente de la alfombra

Descubrí un nuevo libro de Terry Pratchett. Una novela escrita en sus inicios como escritor, en 1971, y luego retocada/reescrita por un Pratchett maduro a principios de los 90.

Sencilla pero deliciosa, habla del mundo de la Alfombra, sus pueblos (los primeros de los cuales llegaron atravesando las Baldosas) y criaturas, algunas de ellas francamente asombrosas. Su geografía y economía. De los oscuros dominios de la Zona NoBarrida y los monstruos que allí habitan. De cómo un fósforo configura un accidente natural cuya longitud lleva más de un día para recorrer, del tesoro inimaginable que se obtiene de las minas de barniz en Patadesilla, o el invaluable bronce que llega de las minas de Puertaalta. Nos perdemos en bosques de pelos de los que cuelgan grandes frutos dulces y jugosos, tropezamos con arbustos de pelusa y no puede faltarnos el trozo de polvo de la suerte.

También tenemos a Fray, una oscura fuerza de la naturaleza que lo arrasa todo a su paso y cuyo origen se pierde en la Historia de este imperio que tanto ha escrito y tanto ha olvidado.

Como de costumbre en los libros de Pratchett hay mucho más de lo que se ve a simple vista. Habla de la memoria de los pueblos, del conocimiento perpetuado en escritos y luego perdido casi irremediablemente. De la ciencia como remedio contra la superstición. Incluso tenemos paradojas temporales, que nos llenan de preguntas a las cuales Pratchett, con total desparpajo, contesta con un “No preguntes”.

Como de costumbre, el manejo que hace de las palabras me maravilla, como a un niño el primer truco de magia, los dobles sentidos, los sobreentendidos, las alusiones, los pequeños gags y retruécanos, la mera sintaxis con que construye, lo que subyace.

Cuestiones profundas son tratadas con diálogos absurdos, casi como si estuviésemos ante un personaje del amado Mundodisco.

Athan parecía escandalizado y enfadado.

—¿Nosotros? ¿¡Wights!? ¿Peleando?

—Estaban peleando en este momento.

—Sí, pero sabíamos que perderíamos —dijo Athan.

—¿Qué me dice de pelear y esperar una victoria? —dijo Snibril. Se volvió cuando un munrung se acercaba, cargando un wight.

—Nuestro Geridan está muerto, y uno de los deftmenes —dijo el munrung—. Y uno de los wights. Pero este todavía está vivo… apenas.

—Es Derna —dijo Athan—. Mi… hija. Debería estar muerta. En cierto modo… debe estar muerta…

—Tenemos algunas medicinas —dijo Snibril con calma—. O podemos enterrarla ahora, si es lo que usted quiere…

Miró expectante al maestro fundidor, que se había puesto pálido.

—No —dijo, casi en un susurro.

—Bien. Porque no lo habríamos hecho de todos modos —dijo Snibril, con energía—. Y luego vendrá con nosotros.

—Pero no… sé… qué ocurrirá después —dijo el wight—. ¡No puedo recordar!

—Se unió con nosotros y fue a Ware —dijo Snibril.

—No puedo recordar qué va a ocurrir.

—Se unió con nosotros —repitió Snibril.

El alivio inundó la cara de Athan. De repente parecía muy feliz, como un niño que ha recibido un nuevo juguete.

—¿Lo hice? —dijo.

—¿Por qué no? —dijo Snibril—. Debe ser mejor que estar muerto.

—Pero esto… esto es pensamiento thunorg —dijo Athan—. El futuro es El Futuro, no… no… —Vaciló, desconcertado—… no… tal vez… ¿de veras? ¿El futuro puede ser todas cosas diferentes…?

—Escoja el suyo —dijo Snibril.

—Pero Destino…

—Es algo que usted fabrica a medida que vive —dijo Snibril—. He estado averiguándolo.

También te hace reflexionar, sobre justicia y venganza.

Jornarileesh le gruñó.

—Tírenlo en una celda en algún lugar —dijo Bane—. No tengo tiempo de escucharle.

—No creo que haya ninguna celda —dijo Glurk.

—Entonces pónganlo a construir una celda y luego tírenlo allí.

—¡Pero deberíamos matarlo!

—No. Ha escuchado a Brocando demasiado a menudo —dijo Bane.

Brocando se erizó.

—¡Usted sabe qué es él! ¿Por qué no matarlo…? —empezó, pero fue interrumpido.

—Porque no importa qué es él. Importa qué somos nosotros.

Y el humor. El humor de Pratchett es de una fineza tal que resulta casi nutritivo.

Pismire era el chamán, una especie de sacerdote para todo trabajo.

La mayoría de las tribus tenían uno, aunque Pismire era diferente. En primer lugar, se lavaba todas las partes que se veían, por lo menos una vez al mes. Esto era poco habitual. Los otros chamanes tendían a alentar la suciedad, con la opinión de que cuanto más sucios, más mágicos.

Y no llevaba muchas plumas y huesos, y no hablaba como los otros chamanes de las tribus vecinas.

Los otros chamanes comían los hongos con motas amarillas que podían encontrar en lo profundo de las espesuras de pelo y decían cosas como: «¡Hiiiya / iya / iheya! ¡Heyaheyayahyah! ¡Hngh! ¡Hngh!», que sin duda sonaba mágico.

Pismire decía cosas como:

—Una correcta observación seguida por una meticulosa deducción y la precisa visualización de los objetivos es vital para el éxito de cualquier empresa. ¿Han notado la manera en que los tromps salvajes siempre caminan dos días por delante de las manadas de soraths? A propósito, no coman los hongos con motas amarillas.

Lo que no sonaba mágico en absoluto, pero resultaba mucho mejor y conjuraba una buena caza. En privado, algunos munrungs pensaban que la buena caza era más una consecuencia de su propia destreza. Pismire alentaba esta opinión.

—El pensamiento positivo —decía—, es también muy importante.

 

Pratchett no debería haberse muerto tan pronto. La puta madre.

Una respuesta a “La gente de la alfombra

  1. Pingback: Lecturas de 2018 | 42

Comenta! Comenta, very now!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s