Llamadlo Ishmael

Supongamos que un buen día, anodino y sin nada en lo absoluto que lo haga destacar, aparece un perro en la puerta de tu casa. Es un cachorro, se le nota, pero es enorme. Y tiene pinta de que va a crecer mucho más. Es marrón, con esas manchas atigradas y una cabeza maciza que lleva a creer que es cruza con pitbull o algún perrazo de ese estilo.

Pensás en echarlo, como has echado a otro sinnúmero de chuchos que aparecen por tu casa, pero por alguna razón no le decís nada. El perrucho mueve la cola y todo el resto del cuerpo como si él mismo fuera una cola que empieza en lenga babosa, sigue en poroto meón y termina en más cola. Unos 20 kilos de pura cola energética. No lo echás, pero tampoco lo estimulás de ninguna manera, y te vas a trabajar, convencido que se eventualmente se va a ir.

Cuando volvés, a la noche, el perrucho sigue allí. Espera que estaciones la moto y se tumba al calorcillo del motor.

Al día siguiente, más de lo mismo. Vos no tenés perro, no querés perro, no estás capacitado para tener perro, pero parece que el perro ahora tiene humano.

El tercer día comprás un poco de comida, porque el perro imbécil no se va.

El cuarto día le hacés una cucha improvisada, para que el perro mongolo pueda guarecerse de la lluvia y de las madrugadas frías. Es improvisada porque estás tratando de encontrarle una casa que lo quiera.  Obviamente que el perro no le da ni bolilla.

El terreno está abierto a otros terrenos vacíos y es enorme, pero el perro ha convertido los primeros cuatro metros  que circundan la casa en un baño que le queda cómodo, así que cada vez que salís de tu casa vas mirando a todos lados para evitar los soretes ¡las plastas! que jalonan el espacio como si fuera un campo minado. No te queda un solo par de calzado que no esté cagado por algún lado.

Bien, suficiente de la segunda persona del singular. Es un mal vicio que tengo, perdoname. No estoy hablando de vos, estoy hablando de mí, con un perro caído desde algún lugar que todavía está por verse si es el Cielo.

El perro es buenazo y parece buen guardián. Es bastante obediente (cuando quiere), de buen trato, juguetón y mimoso. Solo que es idiota, tanto que a veces parecería que tuviera algo roto.

Y necesita amor, porque es un cachorro. El tema es que fallo estrepitosamente en ese departamento. Él me eligió, no a la inversa, así que el amor no está, habría que construirlo. El salir de mañana y volver de noche no ayuda gran cosa a desarrollar el vínculo.

Que me mastique los arbolillos pequeños que lucha(ba)n por prosperar en algunas macetas, que mastique todo el plástico que encuentra, sin que importe si es una pulverizadora con restos de productos sanitarios para las plantas, o una bolsa con basura que encontró por ahí, unido a la ingente cantidad de mierda que hay por todos lados, no suma tanto como podría pensarse para generar amor. En realidad la mayor parte del tiempo le tengo bastante asco al perrucho y me dan ganas de colgarlo de un poste.

No voy a hacerlo, claro. La falta es mía, no de él. Él es perfecto en su perritud y al ser cachorro tampoco tiene modelos a seguir que le enseñen a ser un buen perro. Demasiado bueno está resultando así como viene la mano.

Hemos desarrollado cierto entendimiento en algunas cosas, sin embargo. Ciertos gestos y sonidos ya los interpreta como órdenes o advertencias y responde de forma positiva.

Leí por ahí que salir a caminar con el perro ayuda a un buen relacionamiento, así que ayer, domingo, con la tarde soleada salimos a pasear con, llamémoslo así, Ishmael.

Até una cuerda al collar a modo de correa provisoria y recorrimos unos pocos cientos de metros de ruta hasta llegar al camino secundario donde iba a desarrollarse la mayor parte de nuestro paseo. Una vez allí lo solté para que fuera y viniera a su antojo. Al ser una zona escasamente poblada y con poco tránsito no tenía que preocuparme demasiado por el entorno. Iba a ser un rato de placidez. Solo que llegaron un par de sorpresas. ¡Sorprendentes sorpresas!

El camino estaba bastante más transitado que lo habitual, así que cuando un vehículo se acercaba lo llamaba para que no lo fueran a atropellar, o para que no fuera a atravesarse frente a una moto. La primera sorpresa fue que vino a mí, dócilmente, todas las veces. Parecía entrenado, el guacho, y venía y se echaba pacientemente.

Luego de pasar un puentecito sobre un arroyo hay una curva y a pocos metros de la curva hay una casa. Sin contar un caserón viejo en la punta del camino es la única casa en casi 7 kilómetros. En esa casa habitan tres perros, el menor de los cuales es más grande que el que iba conmigo. Salieron los tres con cara de pocos amigos y acá llega la segunda gran, gran sorpresa: ¡Ishmael, como salido del infierno, erizó los pelos del lomo y salió hecho una furia endemoniada, puro dientes y gruñidos hacia donde estaba la otra patota! Como si les dijera “los mastico ahora, hijos de puta, y los escupo en la próxima curva”.

¡Y recularon! ¡Los tres! O sea, no Ishmael no es un perro pequeño y su cabezota y su bocota llenita de dientes impone bastante respeto, pero sigue siendo un cachorro a pesar de todo. Así que calculo que debe haber sido la sorpresa, seguro. ¿Porque en qué cabeza cabe que el anormal kamikaze este salga como si se los fuera a comer crudos? Calculando que el resultado no habría sido tan halagüeño si lo dejaba trenzare, lo llamé una vez por su nombre, la primera vez que lo uso, y el tipo frenó en seco y me miró, confundido. O confundido o aliviado. Calculo que aliviado, porque debe haber haber pensado, en el medio segundo transcurrido entre su transformación en Demonio de Tasmania y la frenada, que lo que estaba por hacer era una estupidez. Lo era. Pero el tipo frenó en el acto. Claro que es tan abombáu que se dio media vuelta y volvió al trotecito para donde yo estaba sin una mirada para atrás, lo que aprovecharon los otros perros del orto para venirse al humo. Así que ahí me tocó a mí agarrarlo a Ishmael con un mano y enfrentar a los otros tres energúmenos sin más arma que mi dedo índice cargado de maldiciones, porque no tenía a mano nada más que mis manos, ni siquiera el bastón con el que salgo a caminar.

La actitud es importante, sin embargo, y de eso me sobraba el domingo. Una gran actitú. Así que pasamos a la ida y volvimos a pasar frente a ellos a la vuelta. Para ese entonces Ishmael claramente había recapacitado y ya no hizo ninguna bobada. Así que todo el trámite fue más sencillo.

Me sigue hinchando las pelotas tener un perro en casa, de todos modos. No es culpa del perro, ya lo dije, el imperfecto soy yo. Así que si alguien quiere un perrito macanudo pero bien decidido y con los instintos intactos, me avisa y se lo mando, o lo viene a buscar, o se lo llevo si no está muy lejos de Colonia.

Solo lo llamé por ese nombre una sola vez, así que está prácticamente a estrenar, el perro. Joya, nunca taxi.

Despues subo alguna fotinga.

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5 Respuestas a “Llamadlo Ishmael

  1. ¡¡Si es que eres de un bueno…!

  2. Precisás perro? Estoy de promoción! Venga a visitarme, coma y beba todo lo que quiera con costo cero, y al retirarse se lleva un perro completamente gratis! GRATIS! Llame ahora y haga su reserva ya!

    • ¡¡Ay, si no estuviera ese “charquito” de por medio…!! aunque te aviso que salgo más económica si me compras un vestido antes que invitarme a comer y beber 😉

  3. Mientras te lleves al perro, te doy de comer, de beber y mientras tomás el café te compro el vestido!

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