Archivo del Autor: Pancho

Respuestas

Sábado. Horas de la mañana. Casa de Madre. Paso a dejarle un poco de pasta fresca y desato un conflicto de proporciones épicas. Este es el extremo telefónico de mi madre.

Madre habla con su hermana, mi madrina, y le pregunta por su hija, mi prima. Los nombres reales se han cambiado para no menoscabar ninguna reputación.

—¡Hola, Eva! ¿Está Mariela ahí?
—…
—¡Mariela! ¡Tu hija! ¡Sí, esa! ¿Está ahí?
—…
—¡Mariela! ¡No! ¡No me interesa si te bañaste, necesito hablar con tu hija! ¡Mariela! ¿Está ahí?
—…
—La preciso porque le encargué fideos, pero Francisco me trajo, así que no necesito que me compre… por eso la llamo, para avisarle. Pero vos tenés su celular, así que te pregunto si todavía está ahí. ¿Otra vez? ¡Después hablamos de tu baño! ¿Mariela está ahí?
—…
—Ah… ya salió. Bueno, no importa. Está bien, contame… te bañaste, ¿y entonces?

Las amo fuerte.

Melanzane (no tan) alla parmigiana

Hace tiempo que no colgaba ninguna receta. No he dejado de cocinar, pero estoy vago y básico por un lado, y me estoy dedicando a los sanguchitos por el otro. Con mi propio pan. O sea, los sanguichitos son LA excusa ideal para embocarte un buen pan. Mis sanguchitos son material de leyenda… al menos por las reacciones de quienes los prueban. Pero es gente amiga, así que pueden estar un poco condicionados. Pero no dejan de comer, así que algo hay. Digamos que partimos la diferencia y que mis sanguchitos están bien.

Como sea, melanzane: berenjena. Berenjena a la parmesana. Un menjunje delicioso con la susodicha, más tomates, cebolla, albahaca, quesos mozzarella y curado. ¿Pero qué pasa cuando no tenés ganas de cocinar? ¿Y qué pasa cuando tenés berenjena asada, en lugar de al natural como indica la receta? Pasa magia. Magia pura. La emoción me pone verborrágico.

De la Caponata, el fantástico guisado de berenjenas italiano, aprendí dos cosas: una es que la berenjena es amiga y amante del orégano. La segunda cosa que aprendí es que la berenjena chupa aceite como una esponja. En tiras, lonchas, cubos o pedazos, como sea, aunque el aceite esté super caliente, las tipas toman aceite como si no hubiese un mañana. ¿Pero qué pasa si ya están cocidas?

Aprovechando que hice unos muslos al horno, envolví una berenjena en papel aluminio para hacer todo junto. El pollo salió con ensalada, así que me quedó la berenjena, huérfana. La berenjena asada es la base del baba ganoush, pero también resulta perfecta para acompañar prácticamente cualquier cosa. ¿Pero qué? ¿Cómo?

Pasaron un par de días y la tipa me miraba desde su plato cada vez que abría la heladera, y yo sin saber qué hacer con ella… hasta que dije fuck it, planchémosla.

Hacés una pechuga a la plancha, o la carne de tu preferencia, y luego de retirada, con la plancha bien caliente, raspás toda la carne de la berenjena de su piel, que va a estar tierna y cremosa, y la volcás en la plancha. Agregás un chorrete de aceite de oliva, una pizca de sal y un buen pellizco de orégano, le das un par de vueltas durante unos pocos minutos. Al apagar el fuego agregás un puñado de queso rallado. Entreverás bien para que todo se integre y el queso se funda y colocás esa especie de pasta sobre la carne. Sí, así nomás. Así de simple. La magia no necesita mucha cosa.

Como plus añadido, la berenjena asada y luego a la plancha casi no necesita aceite.

Podés acompañar con alguna otra verdura, arroz, puré o con un rico pedazo de buen pan. Incluso debe andar como piña como relleno de un sanguchito. Atomic Pollo II, por ejemplo.

No sé qué más decirte, aparte de hay que agradecer por las pequeñas cosas. Pequeñas cosas violetas y sabrosas.

Y ya. Cocina con alegría y buen provecho!

Subtitulame esto

Sábado. Horas de la tarde. En casa con María Luisa.

Ambos estamos concentrados en nuestros papeles trabajando a medio metro de distancia, casi sin hablar, pero con esa tranquila y placentera sensación de compañía y pertenencia.

Hacemos un alto y nos ponemos a charlar de cine y su lenguaje, comentando el último corte hecho recientemente por Coppola a Apocalypse Now y la contundencia de la película, tanto en sus diálogos como en lo visual. Y seguimos hablando de lo visual, del lenguaje que trasciende las palabras, hasta que llegamos al siguiente diálogo:

—Hay una película que se llama Encuentro entre dos mundos. —dice María Luisa— Es australiana, vieja, del 70 y poco. Son dos chiquilines que quedan varados en el desierto australiano y se encuentran con un aborigen que los ayuda. No se habla en toda la película, es genial. Las estoy buscando… ah, acá está! — exclama triunfal.

—¿La bajamos?

—No precisa, está completa en Youtube. Vas a ver, Panchi —María Luisa me dice Panchi—, te va a encantar; no se habla en toda la película. Dejame ver si encuentro una versión con subtítulos…

—¿En serio, che?

María Luisa me mira y el desconcierto dura media fracción de segundo hasta que largamos la carcajada a la vez. Una experiencia 42 en toda regla.

Historia y escritoras

Le estoy tomando el gusto a los libros de Historia escritos por mujeres. Se salen de lo habitual, tienen otros enfoques, otros puntos de vista, otra noción de lo que es importante. Desmenuzan, e interpretan, la información de otra manera, dándole al lector una experiencia más rica en matices. De alguna manera dialogan, y mientras lo hacen, cuestionan. No como desafío, sino haciéndose preguntas y explorando las distintas respuestas posibles, relacionando hechos lejanos, en tiempo o en espacio, trazando paralelismos, estableciendo causalidades. No rompen el esquema, lo enriquecen.

También estoy tomando el cuestionable hábito de empezar a reseñar libros antes de terminar de leerlos. Más allá del riesgo de escribir algo fruto del entusiasmo inicial para luego descubrir con horror que la lecutra deviene en chijete, la reseña a priori me sirve de entrenamiento tanto del ego como para ver si logro captar lo medular, así sea un tanto incompleto.

Actualmente estoy leyendo dos libros escritos por mujeres. El primero es 1914, de Margaret MacMillan, en el que nos habla de cómo se llegó a la Primera Guerra Mundial. Los antecedentes, el clima y las relaciones geopolíticas de entonces. Las motivaciones y entresijos de gobernantes y potencias. Forma un mosaico a la vez hipnótico y aterrador. ¿Cómo se desembocó casi de un día para otro en una guerra crudelísima y atroz cuando Europa venía gozando de casi un siglo de paz ininterrumpida? Es una lectura vasta que explora las condiciones, alianzas, rivalidades y esperanzas de las grandes potencias de la época: Rusia, el Imperio Austro-Húngaro, Inglaterra, Francia. Enorme.

El segundo libro, en el que quiero hacer especial hincapié, ya que lo tengo mas avanzado, se llama SPQR, escrito por Mary Beard. Es una historia de Roma, desde sus mismísimos orígenes hasta el punto en que Caracalla da la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio, en 212 d.C.

Al principio me sorprendió tanto que casi dejo de leerlo. Sigue un orden cronológico, pero comienza con un salto en el tiempo: el siglo I a.C. y el conflicto de Cicerón y Catilina (que quería prender fuego todo para encumbrarse en la política). La autora utiliza este acontecimiento como pie para lo que viene después (en el libro) y que es lo que ocurrió antes (en el tiempo). ¿Cómo fue la fundación de Roma? ¿Cómo fueron los órigenes de Roma? ¿Es posible reconstruirlos con fidelidad? ¿Qué tan fiables son los testimonios de los propios historiadores romanos? Beard plantea decenas de preguntas, cuestiona todo lo que escribieron sus predecesores romanos, conjeturas de historiadores modernos e incluso documentos oficiales de la Roma antigua y luego los desmitifica, procurando separar la paja del trigo. ¿Cómo se relacionan los escritos con las pruebas arqueológicas? ¿Cuánto hay de mito? ¿Cuánto de lo que se dice que se hizo es real y cuánto obedece al deseo de construir un relato de Roma que la deje en un buen lugar, con gloria y victoriosa? ¿Cómo ese relato, esa construcción de la propia épica, una vez aceptado e internalizado por los romanos luego influye en los acontecimientos venideros?

Es, realmente, una lectura fascinante por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, con puntos de vista novedosos que se apartan bastante de la estructura usual de los libros sobre Roma y de Historia Universal, que se centran mucho en República e Imperio, pero que en el mejor de los casos le dan solo un tratamiento marginal a la génesis. Probablemente se deba a que en este génesis romano hay mucho, muchísimo de especulación. Pero Beard desbroza estas especulaciones y nos presenta un panorama no solo posible, sino también plausible.

¿Conocés algún otro libro de Historia escrito por mujeres que puedas recomendarme?

Identidad secreta

Cocina de mi vieja. Horas de la mañana.

—Decime una cosa, vos que sabés de estas cosas —arranca mamá, seria—: ¿Qué personaje es Bruno Méndez?

Entre risas le digo que hay un Bruno, pero que es Bruno Díaz y es Batman.

—Ay, no de vuelta —responde ella también a las risas—. ¿Ese es el que pregunté si era El Zorro?

—Sí, ese!

Mamá y la cultura Pop tienen algunas desavenencias. Lo que sí está claro es que si te llamás Bruno, así sea Woscovski, para mi vieja perfectamente podés ser Batman… o El Zorro. Un Zorro polaco.

Aniversario Recetero

Ayer, 7 de agosto, se cumplieron 10 años del estreno de La Receta.

Un viaje en el tiempo, La Receta. Mirando todos esos posteos y pensando en retrospecitva en todas las personas a las que conocí y con quienes traté, recordando todo lo hecho y lo dicho, creo que no cambiaría nada. Absolutamente nada.

Fue una magia que me acompaña hasta ahora, sin mácula.

Una nota sobre el Mal

Me llama la atención la naturaleza del Mal en algunas obras. También la del bien, pero por omisión.

En cuanto al Mal hay gradaciones. Tenemos el mal a pequeña escala, mezquino, al que también estamos acostumbrados de este lado de la hoja de papel: el que se marca un objetivo. La codicia, la rabia, la envidia, el afán de dominación, el fundamentalismo que busca imponer por la fuerza sus ideas, etc. Es el medio del que se sirven hombres y mujeres para conseguir algún fin non sancto. Desde el asesino que quiere saldar una ofensa, hasta las corporaciones que hipotecan países enteros solo para tener un poco más de poder e influencia, pasando por todo el rango intermedio. En general el lector puede entender las motivaciones y procederes de todos los implicados. Cuanto más pequeño ese objetivo, más sencilla de comprender es la maldad. Supongo que es un tema de escala. Una persona que crea una organización y que quiere cada vez más poder, dinero e influencia, al igual que un conquistador que quiere dominar el mundo, se va escapando de la razón cuanto más grande sea su ambición. Es decir, ¿qué onda? ¿Cuál es el fin? ¿Y después de tener todo, qué? ¿Hay un después? Esto también es aplicable a este lado de la página, lo vemos todo el tiempo.

Pero hay otros males en la literatura, generalmente dentro del género fantástico o épico. El muchachito o muchachita, paladines del Bien, luchan a brazo partido contra el Mal. El Mal también cuenta con sus esbirros, obviamente, pero la historia se desarrolla como en un videojuego: el chabón va liquidando esbirros hasta que, en la última pantalla, se enfrenta al jefe supremo, el más malo, el malísimo último: el Mal. Así a secas.

Acá llega lo que me desconcierta. Si me perdonás el juego de palabras, ese Mal tiene algo mal, equivocado, discordante. Creo que esa es la razón por la que no gana, finalmente: no tiene proyección. Cuando le preguntan, en la entrevista de trabajo, cómo se ve de aquí a cinco años, el Mal se caga de risa.

Un ejemplo es Morgoth, el Malo absoluto, jefe de Sauron en El Señor de Los Anillos de Tolkien, incluso el propio Sauron, en cierta medida.

Pero en mi experiencia el ejemplo por antonomasia es El Oscuro en La Rueda del Tiempo, de Jordan. El Oscuro es la encarnación del Mal, una fuerza primigenia que buca subyugar, corromper y destruir. En ese orden. Lo discordante es que no hay proyección. Supongamos que el tipo va, subyuga, corrompe y destruye todo. Todo. El fin último es destruir la propia realidad y el tiempo… pero y después? Cuál es el objetivo detrás de todo eso? Oh, sí, los seres a sus órdenes tienen ansia de poder y dominio; tienen un objetivo: velar por sus propios intereses y convertirse en amos. Si El Oscuro ganara ellos serían encumbrados a lo más alto de la Creación… teóricamente. Pero si el tipo desea destruir esa Creación, entonces no serán elevados a ningún lado.

En ciertos aspectos es incongruente. El Oscuro es capaz de tentar, de planificar, de recompensar y castigar, como si tuviese una inteligencia avasallante, pero a la vez hace gala de un puro instinto sin mente cuyo último fin es prender fuego todo. Es como el cuento de Don Verídico: ¿Y pa qué querés una jirafa…? Bueno, pa tener jirafa, ¿qué más? El Oscuro no prende fuego todo como un medio para obtener algo; prende fuego para prender fuego.

Su contrapartida, el Bien, representado por la Luz, es orate total en comparación. Tiene paladines, pero no se mete. No brinda fuerza, ni apoyo, ni asistencia y ciertamente no se enfrenta directamente al Mal ni a nadie. El Mal se personifica mientras que el Bien anda boyando por ahí, comiéndose los mocos y dejando que sus paladines más o menos se las arreglen como mejor puedan. El Creador, por su parte, al momento de crear deja al Mal aparte. El Creador es responsable de crear el Mal, pero al igual que en tantas de nuestras religiones, deja a sus creaciones más humildes secándose al sol.

El caso de Jordan incluso es peor que en el Silmarillion de Tolkien, porque los Valar e Ilúvatar en algún momento acuden a sacar las papas del fuego, aunque bien que se hacen rogar. El Creador y la Luz de Jordan ni se inmutan. Altos soretes, todos.

El Bien gana, entonces, además de por el esfuerzo del muchachito o la muchachita y su comparsa, no porque tenga razón, sino porque tiene continuidad. Después del punto final podemos imaginar que la historia sigue.

A veces gana el mal, por supuesto. El primer ejemplo que se me viene a la cabeza es 1984. El diferenciador está en que no es absoluto, no es sin mente. Es cruel e implacable, pero tiene un objetivo por deleznable que sea. Incluso podemos imaginar que el Gran Hermano podría ser derrotado, eventualmente; si pasó una vez, quizá pase de nuevo, y quizá no se descubra esa rebelión. El punto final no es tal.

En cambio, si ganara el Mal, ese Mal Absoluto, no quedarían historias por contar. Más que cerrar la puerta sería como hacer explotar la casa. Ningún autor haría eso. No son tan malos.

Y sin embargo sí son tan malos como para impedir que el Bien brinde asistencia. Son tan malos como para hacer sufrir y sangrar a todos sus paladines, dejándolos que busquen su camino a los tumbos, perdidos y atosigados, a un punto de quebrarse, o incluso quebrándolos y rehaciéndolos (como hace King con Roland, en La Torre Oscura, si bien es cierto que aquí el Bien sí se ayuda a sí mismo un poco). Da la impresión de que consideraran que el Bien no puede personificarse porque sería algo así como hacer trampas, e incluso deben de considerar que todos esos papladines son unos remolones a los que les vendrían bien un buen ajuste de tuercas.

Sí, altos sadomasoquistas, los autores.