Archivo del Autor: Pancho

La historia del haiku en el ciprés

La historia de la cuchara

Fui a tirar la basura al contenedor y al lado vi una pila de ramas. Nada demasiado llamativo; el día anterior había pasado tormenta con vientos fuertes y es habitual ver montones de ramas quebradas por todos lados una vez que pasa el temporal. Nada llamativo hasta que me di cuenta de que eran ramas de duraznero; la madera de frutales es bellísima de ver y de tallar. Me puse a revolver un poco, cirujeando, a ver si encontraba algo potable. Vi un par de ramas de unos tres o cuatro centímetros de diámetro y una me llamó la atención: curvada y con un nudo a cuyo alrededor había crecido un callo… como una cuchara. ¡Era una cuchara! Solo había que sacar la madera sobrante.

Así que me puse a la tarea. En 20 o 30 minutos tenía la forma básica delineada, unas cuchilladas por aquí y por allá, medio dejando que la cuchara se adaptara como mejor quisiera a la forma del palo en lugar de lo contrario. Tanta libertad le di a la cuchara para ser, que al final casi se volvió un ejercicio zen:

shiki soku ze ku
ku soku ze shiki

La forma es vacío / el vacío es forma

La forma es vacío

La forma no significa nada, porque el objeto no tiene utilidad. Por un lado no había material suficiente como para hacer una pala “de endeveras”. Segundo, al ahondar en el centro de la pala, bien al fondo de la concavidad, me di de bruces con que el árbol había creado una especie de baba resinosa, quizá para tratar de encapsular alguna podredumbre.

Esto por sí solo habría traicionado toda la razón de ser de la cuchara: un agujero en el fondo no es el diseño ideal para este tipo de utensilios. Tercero, al ser madera verde y tan delgada, al retirar tanto material abruptamente las tensiones internas de las fibras de la madera salieron a relucir, produciendo marcas de stress y partiendo directamente la madera en largas grietas. Curiosamente, lo peor de esas grietas se dio justo en el punto en que se une el mango con la pala. El hervido (1) ayudó a evitar que se partiera por completo, pero no eliminó del todo el problema.

El vacío es forma

Pero ese vacío de utilidad se equilibra con la belleza del objeto. La forma, entonces, es su propia razón de ser. Un lijado ligero y un poco de aceite de lino revelan hermosos colores (2) y texturas descubriendo una especie de vida secreta. La cuchara luce envejecida, como si hubiera pasado por decenas de manos durante generaciones en lugar de provenir de un palo quebrado encontrado tres días antes en la basura.


Más allá de la cuchara

Al perder su utilidad evidente e inmediata para transformarse en un objeto bello, empieza a cobrar relevancia el aspecto visual: se hace necesaria una base, incluso si el trabajo necesario para producirla excede por lejos al de la cuchara en sí. Un trozo de la misma rama de la que salió la cuchara, tallada, y un pedazo de ciprés ligeramente esculpido formaron un conjunto armonioso y agradable. La elección de esta base fue especialmente afortunada, porque también presenta líneas de stress y quebraduras naturales que se suman a un veteado bien definido. Lo que en otras circunstancias la volvería completamente inutilizable aquí es su punto fuerte.


En un momento, mientras presentaba las distintas partes, viendo ángulos y soportes, me descubrí maravillado con lo que veía. No porque fuera un trabajo especialmente brillante y virtuoso, sino por la belleza de la madera, con sus colores y vetas en todo su esplendor.

Allí, como una epifanía, surgió espontáneamente mi primer haiku:

Madera rota
En primavera cae
Belleza brota

Cuando lo ví escrito me gustó tanto, aun sin saber qué tan buen haiku pudiera ser, que decidí no solo que debía formar parte del conjunto, sino incluso que el conjunto existiera en función del haiku.  Así que lo que antes era rama pasó a ser cuchara, y esta dejó de serlo para transformarse en un objeto decorativo, que a su vez se convirtió en el soporte de este haiku. Un haiku enmarcado por una base y una cuchara.

El haiku en el ciprés

Lograr escribir el haiku en madera resultó un problema en sí mismo. Planteba cuestiones como ubicación y técnica a utilizar. El espacio disponible era, es, reducido, por lo que debía caber en un claro en la madera con vetas tenues de entre cinco por dos y siete por cuatro centímetros. Las opciones se reducen rápidamente con estas dimensiones. Primero pensé en pintarlo, sin más, sobre la base. Mi caligrafía es pésima y mi técnica con el pincel es inexistente, por lo que el resultado fue horrendo. No, lo siguiente a horrendo.  Luego pensé en transferirlo con un stencil, pero lo pequeño de la tipografía y mi falta de destreza no me llevó a ningún lado. Entre nosotros, también creo que me estoy quedando chicato y debería ir al oculista.

Luego pensé en tallarlo. A pesar de ser bastante pequeño, el desafío era interesante (todavía lo es); debía dar con un tipo de letra agradable y que no desentonara, pero sobre el que pudiese trabajar. Tener que tallar con herramientas manuales astas y montantes de fracciones de milímetro de grosor resultó una tarea superior a mi nivel de habilidad actual.

Así que solo me quedaban dos opciones: conseguir una herramienta rotativa con una broca de punta diminuta (que no conseguí), o pirograbarlo. Mi pirograbador hizo como Laura, la de la canción: se fue, no está, desapareció de mi vida. Y con él el medio para acoplar las puntas finas. Finalmente tuve que acudir a mi viejo soldador con su punta de infame sección elipsoidal pensada para otro tipo de trabajo, usando un tipo de letra no tan convincente.

Una herramienta inadecuada con un diseño que no convence no es la mejor mezcla de ingredientes. Sumado a todo eso estaba la madera que usé para realizar las distintas pruebas con el haiku escrito por todos lados, como si fuera obra de un demente peligroso y obsesionado. Para ese entonces ya se me había ido por completo el espíritu Zen, siendo reemplazado por la necesidad de sacarme el haiku de encima casi con urgencia.

Un par de días más tarde, sin dar con una solución satisfactoria, me rendí a la urgencia, a la necesidad de darle punto final, al temor de que la idea, el concepto, se perdiera, rebelándome ante la posibilidad de “dejarlo para después”, porque me conozco y sé cómo suelen terminar esas cosas pendientes. El resultado no está mal del todo, pero es torpe y poco elegante, muy lejos de lo que tenía en mente originalmente. Ciertamente no da la impresión de que el conjunto exista en función del haiku.

Quizá vuelva a él en algún momento en el futuro, cuando haya recuperado y reafilado mis habilidades, si es que siguen allí, si es que doy con un diseño mejor, si es que tengo una herramienta más adecuada. O a lo mejor no; me cuesta horrores volver a lo ya hecho. Ya sea reeditar un texto publicado o retallar algo que en mi mente ya está terminado. Incluso sabiendo que puede ser mejorado. Prefiero hacer otra cosa, aplicando eso que faltó antes, pero nueva.

Como sea, estoy feliz con el resultado, porque es bello. Incluso a pesar de que el texto esté muy lejos de la perfección. Si un día me harta el resultado, siempre puedo dar vuelta la base y usar el otro lado, que es precioso y está virgen. Siempre es bueno contar con un plan B. Las fotos tampoco quedaron mal del todo y varias de ellas muestran exactamente lo que intentaba que mostraran. Había olvidado lo difícil que es sacar fotos de verdad, teniendo en cuenta apertura, velocidad, asas y exposición. Gracias por la Canon, Naxto!


(1) Hace poco aprendí que las palas y cucharas de madera se hierven, sobre todo cuando son de madera verde. El hervido afloja las fibras de la madera, ayudándolas a amoldarse a su nueva forma, estabilizando el material. Más o menos se hierven durante media hora por centímetro de grosor la madera.

(2) Una vez descascarada y removida la albura, la madera es rojiza con ocasionales vetas anaranjadas, como una aurora, muy hermosa.

Mariposa multicolor /01

El nacimiento de la idea

¡María Luisa fue abuela! En abril. En las antípodas, porque su hijita no se fue a China porque no les entendía, así que se decantó por Australia, que además tiene canguros a rolete y eso siempre suma.

Ya desde el embarazo toda la familia se puso como loca a elegir regalos para mandarle a la futura Julieta y yo ahí, al pairo y sin saber qué. Nunca fui muy diestro para elegir regalos, menos aún para elegir un regalo para una beba. ¿Qué regalarle? ¿Qué puede significar una ropa o un juguete para un pedazo de ser humano totalmente ajeno a lo que le rodea? Además, fantaseé con que fuera algo que pudiera disfrutar por mucho tiempo. Quería algo que fuera, no sé, significativo. ¿Pero qué?

El embarazo pasó y la gurisa llegó. María Luisa gestionó su visa y marchó a cangurolandia para estar allí cuando llegara. ¡Llegó! ¡Es sanita! ¡La mamá está bien! Felicidad para todos lados. Cansancio de los flamantes padre y madre para tirar para arriba. Y yo todavía sin saber qué regalarle a Julieta.

Un día, unos meses después, recordé cómo conocí a María Luisa y los chats diarios mirando su foto de perfil, pensando lo linda que era y cómo podía hacer para tener una chance. Cosa curiosa, porque al poco tiempo cambió su foto por la de una mariposa. Una mariposa multicolor. Cada tanto se me viene eso a la cabeza, ese detalle bobo pero determinante, porque si solo hubiese visto la foto de la mariposa, quizá no habría pasado días enteros pensando cómo hacer para conquistarla.

Y así, pensando en ella y su mariposa, se me ocurrió que qué mejor para Julieta que tener algo que le recordara a su abuela. Aunque la gurisita no tenga ni idea de que a su abuela le gustan las mariposas, ya se lo explicará María Luisa.

Así que bien, tenemos una mariposa. ¿Qué hacemos con la mariposa? La niña tiene meses. Apenas está empezando a descubrir su entorno. No entiende “el jugar”. No hay mucha variedad de historias que puedan armarse con mariposas. No sería tan seguro dejar una mariposa a su alcance, ya que lo primero que tendemos a hacer de bebés es llevarnos las cosas a la boca. Así que debía ser un juguete… que estuviera fuera de su alcance. Un juguete con el que no se pueda jugar es raro, por lo que el juguete debería moverse solo. Un juguete, móvil. Un móvil para una niña que está descubriendo su entorno y necesita estimulación, así que debía ser colorido e intenso.

Las ideas no necesariamente tienen que ser razonables, por eso son ideas. Y perdoname que escriba esto que seguramente no te interesa. Lo que pasa es que justo esta parte no es para vos, es para María Luisa.

¡Hola, María Luisa! ¡Esto es pa’ vo’!

El diseño y su razón

Acá empieza lo divertido. Una mariposa. Un móvil con forma de mariposa. La elección del material fue sencilla: madera. Es un material noble, bello y duradero. Aparte de que no sé trabajar sobre nada más. Bien: un móvil con forma de mariposa, de madera. ¿De qué tipo? Encontré tres tipos principales que me interesaron:

  1. Podía ser con alas rígidas articuladas en el tronco que, calculando adecuadamente los anclajes, se balanceran como aleteando. Es un tipo de móvil muy común, habitualmente con forma de pájaro que parece planear suavemente. Pero no me convenció en el momento. En mi cabeza un móvil de ese tipo debía ser tallado de forma realista y encontré dos problemas: mis habilidades de talla están oxidadas por falta de uso, y ese modelo no admite la clase de colores que yo quería usar.
  2. El segundo era un modelo muy estilizado de mariposa usando balancines en equilibrio. Ese tipo de móviles se construye de abajo hacia arriba, en donde el centro de gravedad de cada tramo es el punto en que conecta con el tramo superior; si lo de abajo está equilibrado, lo de arriba también queda equilibrado. Son muy hermosos y pueden ser tan coloridos como se quiera, pero la forma se pierde rápidamente. La maqueta que construí en cartón no se ajustaba ni de cerca a lo que quería lograr. Ese tipo de móviles será la base para el siguiente que haga. Sí, tengo que hacer otro, ¡porque María Luisa fue abuela de nuevo!
  3. A partir del concepto anterior, en donde cada segmento intenta girar horizontalmente arrastrando al resto, se me ocurrió una modificación que finalmente es la que terminé usando. Cada ala se divide horizontalmente en secciones y cada par de estas secciones va unido a una pieza que sirve como vértebra de un tronco central vertical. Cada conjunto pivota libremente, pero al ser un conjunto es sencillo que la mariposa vuelva a formarse e incluso reconocer la forma aunque estén orientados en distintas direcciones.
Intentar hacer un prototipo del tipo 2, demasiado pequeño y con un tipo de madera poco adecuado no fue de mis ideas más brillantes.

Con la idea final concretada me puse a ver siluetas de mariposas que se ajustaran a ella.

A partir de esa silueta, dibujar un boceto inicial fue sencillo. Dentro de los confines del boceto las secciones se perfilaron solas. El único punto a tener en cuenta, casi obvio, es que siguieran una especie de paralelismo entre bordes adyacentes para que no se golpearan entre sí al girar.

Un tema no menor fue decidir el tamaño. Si la hacía muy pequeña, el grosor de las piezas parecería excesivo. Si era demasiado grande, sería todo muy frágil y endeble. Al final tiene una altura de cerca de 60 centímetros con una envergadura máxima de unos 70 cm. ¡De todos modos es enorme!

Un poco de reordenamiento y suavizado de ángulos me dejó las formas de las alas definidas. Algo que tuve muy en cuenta a la hora de dibujar cada parte fue la dirección del grano de la madera y el ancho disponible de mi tabla, de 15 centímetros. El grano debía correr de la manera más paralela posible a los extremos que irían fijados, a la derecha contra la línea central en la foto. Esto me garantizaría la mayor resistencia ante un eventual quiebre.  En el caso de la segunda sección, la más grande, debía tratar de lograr al menos que este grano fuera oblicuo en toda la superficie.

Una vez alineadas, transferidas a una hoja centimetrada y espejadas, restaba diseñar las vértebras, verticalmente simétricas, que unirían cada par de alas. Debía ser algo agradable, que fluyera y fuera visualmente liviano y de líneas sencillas, pero con un buen soporte estructural. Al ser piezas curvas me fue muy difícil lograr que el grano fuese paralelo a las puntas en todas las piezas. No es demasiado determinante porque cada parte de las alas pesa unas pocas decenas de gramos. Sí, lo sé, es un móvil, no un puente. No era necesario dar tantas vueltas y ciertamente no era necesario sobredimensionar tanto las piezas. Esto es un juguete, sí, pero jugar es un asunto serio. El móvil debe viajar 18’000 kilómetros y durar luego muchos años. Debía asegurarme. Además de otros motivos no menos importantes.

La apuesta más grande fue la vértebra central, producto de un impulso. Un símbolo. Es la más delgada y pequeña, frágil, pero la amo en su liviandad, en la belleza de sus líneas, en cómo casi se pierde entre las otras, más robustas. Su posición central cumple la función de conectar con delicadeza las partes superiores, de un raro equilibrio, con las inferiores, de equilibrio conocido y cierto. Esa pieza central es Julieta, rodeada de su familia. Julieta y Magda. Por arriba la nueva familia, cuyo equilibrio Magdalena tuvo que aprender a conocer. Por debajo la que la vio nacer, arraigada en esta tierra, contribuyendo al conjunto. Tan indispensable una como la otra.

Las cosas, en la madera en general y con este objeto en particular, nunca son como parecen. Siempre hay más, como una vida secreta y bullente.

Los materiales en función del diseño

Volviendo a cosas más concretas, te cuento:

Las partes de las alas están hechas con eucaliptus del usado en pisos, de primera calidad, sin nudos y muy estable. El eucaliptus, además de ser una especie originaria de Australia pero presente en ambos países, tiene fibras largas y flexibles. Esto me permitió cepillar las tablas y llevarlas desde sus 12 mm originales hasta unos agradables 7 mm de espesor, asegurando así resistencia y bajo peso. También implicó que las vértebras pudieran ser más delgadas manteniendo un buen soporte lateral. Las tres vértebras superiores son de cedro de 19 mm de espesor, mientras que las dos inferiores son de ciprés, más denso y pesado, de 22 mm de espesor. Más allá de la simbología: dos tipos de madera para dos familias de orígenes distintos, también hay razones prácticas de construcción en la elección de los materiales. Las dos vértebras inferiores son mayores para que su peso mantenga en posición vertical a la segunda, que tiene las secciones más grandes y con el centro de gravedad muy alto.

Las vértebras reciben cada parte de las alas en una ranura central y se fijan con un par de pines pasantes. Los pines están hechos con palitos de brochetas de bamboo, resistentes y de exactamente 3 mm de grosor, cosa fantástica porque me permitió usar una mecha estándar sin tener que adaptar nada. El ajuste es perfecto.

Este ajuste perfecto me permitió prescindir de cualquier tipo de pegamento. Es decir que si un día se rompe alguna parte, cualquiera de ellas, puede ser rápidamente reparada o directamente reemplazada. Las fuerzas intervienentes son muy pequeñas y la madera prácticamente solo tiene que soportar su propio peso. Tampoco hay partes móviles que generen rozamiento o desgaste. El pegamento sería un overkill más.

Las alas se pintaron con dos capas de acrílico al agua más un par de capas de una cobertura resistente de Rust-Oleum en spray semimate, más que nada para fijar el color. Al principio pensé en usar acuarelas, pero no me pareció un medio tan bueno como el acrílico: necesitaba un color sólido y contundente, brillante. Las vértebras van en madera natural con un suave tallado facetado, porque sus vetas son bellas.

Cada vértebra se conecta con la siguiente por medio de un destorcedor (barril giratorio o esmerillón) y un mosquetón (grillete o imperdible). El destorcedor es un pequeño accesorio de pesca con dos ojalillos que permiten un giro independiente uno de otro para no generar torsión en las líneas, que es exactamente lo que se necesita para evitar desgaste. El mosquetón usa el sistema de los alfileres de gancho, a fin de poder desarmar el móvil y empacarlo fácilmente.

En la primera vértebra superior va un mosquetón para poder colgarlo, y debajo de la última va una pequeña mariposita tallada en madera natural para agregar una pizca más de peso que mantenga todo en vertical y también porque tengo ganas; me quedé con la pica de tallar una mariposa.

¡Uf! ¡Qué largo! Espero que todavía estés acompañándome. Estas son todas las notas sobre lo que recuerdo haber calibrado y meditado. En gran parte fue un proceso de ensayo, error y también de descubrimiento, porque nunca había hecho nada parecido. Todos y cada uno de los pasos fueron extremadamente placenteros y divertidos.

Varios puntos del diseño los fui resolviendo sobre la marcha lo que resultó en varios errores, no determinantes, pero sí molestos, que se hicieron evidentes durante la construcción. Te los comento en la próxima entrada.


Retorno

Estoy feliz y quiero contarte cosas, pero no logro hilarlas.

El tema es así: hace unos meses empecé un proyecto en madera. María Luisa fue abuela por primera vez en abril y yo no sabía qué regalarle a la querubina… hasta que unos meses después, alrededor de julio, se me ocurrió: un móvil, grácil y de colores brillantes, concebido como algo muy simple. Te preguntarás cómo puede ser que empezando un móvil en julio sea noviembre y todavía esté en veremos. Bueno, pasaron cosas. Porque las cosas simples a veces esconden complejidades sorprendentes; sorprendentes y deliciosas. En fin, con María Luisa ya estamos muy, muy cerca de terminarlo. Estamos haciendo la parte de la pintura juntos. Primero porque me hace ilusión que sea una obra de ambos y segundo porque mi relación con los colores es… complicada.

Este engañosamente pequeño proyecto, al que le dedicaré su propia entrada (probablemente más de una), ha implicado desempolvar varias destrezas olvidadas: dibujo, técnicas de corte con herramientas que no usaba desde hacía años, talla, ajustes, terminaciones y, por supuesto, la pintura.

Pero entre toda la bendición que trajo, de creación y bienestar, concentración y paz y amor, también despertó otras inquietudes y sentimientos: me dieron ganas de hacer, de aprovechar materiales simples, pero bellos. Ganas de explorar y jugar y perderme a mí mismo en los vericuetos y vetas de la madera.

Estos días vengo jugando con una de las versiones autóctonas del bamboo, que poco tiene que ver con lo que ves en los videos. Es poco maderable y no tan flexible, así que el progreso de aprender es lento. Pero como no tengo apuro, no pasa nada. Hasta ahora pude terminar satisfactoriamente lo mínimo como para decir que hice algo de bamboo: una pequeña cuchara hecha con un trozo de bambú de curiosos entrenudos. Tengo otros proyectitos más interesantes, pero de momento se niegan tenazmente a salir como yo quiero.

También voy retornando a la talla. Un Papá Noel flaco a la vieja usanza, tallado toscamente en un trozo descartado de pino y pintado luego con acrílico al agua fue lo primero. Es un proyecto y un estilo de talla muy descontracturado y descontracturante. También sirve para empezar a entrenar todo el pequeño set de habilidades necesarias para trabajar la madera, como la ductilidad de las manos, el afilado de herramientas, la perspectiva, la paciencia, la precisión, etc.

La pingüina Mabel sale robando cámara

Dentro de la talla estoy con mi primera cuchara, que estoy curando. La hice de una pequeña rama de duraznero quebrada en una tormenta. La rama, de no más de tres o cuatro centímetros de diámetro, tenía un nudo y a su alrededor se desarrolló una especie de callo que formó una concavidad. Nada más verla se me representó la forma y en unos 20 minutos o media hora ya tenía el modelo hecho.

La madera es delgada, joven y está verde, presentando importantes líneas de stress, por lo que tuve que tallarla de manera basta y luego hervirla para evitar que se partiera sola durante el secado.

Cuánto stress, papá!

El hervido de una cuchara es importante, porque así se alivian las principales tensiones internas en la madera, estabilizándola.

El perfume es sutil y dulce. La madera de los frutales tiene el aroma de sus frutos y ocasionalmente también el color. La madera tiene pinceladas de anaranjado y rojo pálido como una aurora, similares al de las manchas en la cáscara de los duraznos.

En sí no tiene uso y es meramente decorativa, pero es bella y reconforta el espíritu, tanto al verla como al hacerla. Todavía resta un lijado fino y la base, que calculo va a darme más trabajo que la cuchara en sí.

Son pequeñas cosas, simples. Como volver a aprender a caminar. Tan simples que solo necesitan un par de herramientas básicas, un rato de tiempo y un poco de ganas. Tienen más o menos utilidad pero, a mis ojos al menos, son poseedoras de una belleza cierta y por eso solo ya valen la pena.

Dicen que la mitad de la belleza está en el ojo de quien mira, así que vos sabrás juzgar.


Ay, Sabrina, quéstáshaciendo!

La nueva serie de Netflix sobre Sabrina está bien. En general. No tiene nada, pero NADA que ver con la vieja comedia yanki de la TV “Sabrina, la bruja adolescente”, así que supongo que más o menos seguirá la línea del comic original.

Sabrina parece bastante inocente. Quizá lo sea, al principio.

Esta entrega es oscura. Mucho más oscura. Es interesante y tiene algunas cosas lindas y otras muy bien hechas. Los personajes están bien armados y evolucionan a lo largo de la temporada. También hay pequeños homenajes aquí y allá, el de El Exorsista es divertido. Pero como tratan de tomarla con seriedad, los resbalones son mucho más evidentes. Hay varios: cosas forzadas, cierres que son cualquiera, ridiculismos, plot twists que no son más que deus ex machina encubiertos, suspensos al pedo que aportan cero. Todo envuelto en un oscuro plan para conseguir no sé qué, porque profesía y elegida y apocalipsis.

Por suerte puedo meter toda la anti-reseña(*) de la temporada en una sola entrada de menos de mil palabras. Porque fuck it, no es Juego de Tronos.

Sigue leyendo bajo tu propio riesgo, pobre mortal, porque

a partir de aquí habitan Spoilers.

Primero: la profesora Wardwell, el inicio. Media pila, si encontrás una gurisa perdida en el bosque por el que vas manejando el auto, en plena noche y lejos del pueblo, y esta te pide ayuda, la llevás al hospital y llamás a los milicos. Pero no, se la lleva a la casa y le ofrece té. Hubiera preferido que la desconocida la matara en la casa sin introducción ni nada, en lugar de ese ridiculismo sin pies ni cabeza.

Segundo: Batibat. Todo bien con encerrarlo en un frasco vacío de mermelada… pero no vas a hacer nada más con él? Tipo, no sé, sellarlo, llevárselo a alguien que se asegure de que Batibat no pueda escapar fácilmente. ¿Qué vas a hacer con el frasco? ¿Ponerlo en la despensa al fondo de donde están los orejones?

Tercero: Apofis, el Gusano. Es un recontra demonio, pero lo envuelven en una manta y ya está; como quien le esconde la cabeza bajo el ala a una gallina. Tirarlo al pozo y encima echar los trozos partidos del sello que lo aprisonaba previamente, ese mismo sello que al romperse lo liberó, funciona perfecto para mandarlo de nuevo al Infierno. Porque los demonios, parece, no pueden escarbar para los costados, solo hacia abajo.

Cuarto: el día del Festín de Festines, con la torta que te hace decir la verdad. Tenías a Blackwood ahí nomás, perfecto, incapaz de mentir, ¿no se te pasó por la cabeza preguntarle sobre tus viejos,  a ver si realmente habían muerto en un accidente?

Quinto: Rozi tiene visiones y Susie habla con su tataratía que se le aparece a cada rato. ¿De onda, solo por leer sobre ella? ¿No será mucho? ¿Y justo la Dorothea sabe que todas son brujas? ¿Ella trajo a las brujas? Baia-baia, qué coincidencia! Igualita que la familia del novio de la Sabrina siendo los que mataron a las brujas cuando se fundó el pueblo. Lo que son las cosas, no? Pueblo chico, infierno grande.

Sexto: ¿Es tan difícil de entender que lo que se muere debe quedarse muerto? Si tu novio está triste y querés ayudarlo la solución no es resucitar a su hermano. No se precisa ser un gran hechicero para saberlo, solo no ser un subnormal de mierda. ¿Alguien podría prestarle a esta gurisa Cementerio de animales de Stephen King, por favor? Si querés alegrar a tu pareja practicale sexo oral. Eso siempre ayuda, sea quien sea.

Séptimo: está bien, es una adolescente, ¿pero es posible que no escuche NADA de NADIE? ¿Absolutamente nada? Sé que el cerebro de los adolescentes es casi como una casa en remodelación, pero parate a pensar medio segundo, loca. Ser adolescente no implica, necesariamente, ser imbécil.

Octavo: Miscelánea. ¿Qué onda con el repartidor de pizza? ¿Se lo lastra? ¿Nadie lo echa en falta? O sea, el chabón tenía bastante cara de boludo, pero boludos are people. ¿Y qué onda con ese brujo apuñalado? ¿A nadie le importa? ¿Y la caja con amuletos y muestras que encontraron los viejos? ¿Se suicidan y ya? ¿Qué utilidad tienen en la trama? ¿Y al otro bobo que degüella Wardwell nadie lo extraña tampoco? ¿Y al director? ¿Y a la academia, que funciona en una estación de trenes abandonada, nunca va nadie? ¿No hay gurises curiosos a los que les gusten las ruinas? Es pleno siglo XXI, y en ese bosque hay estructuras raras, ermitañas, se ven luces y fogatas a cada rato. A ninguno le llama la atención. Ni a uno. Y todo está ahí en la vuelta, porque a cualquier lado llegan en 3 minutos con 20. Uuuuhhhh, vamos a lo profuuuundo del boooosqueeee… que está justo a media cuadra de casa. El claro del bautismo, a 10 minutos; el árbol de las manzanas, a 5 minutos; el Valle de la Luna, a dos cuadras; el portal de no sé qué, pegadito a eso; la mina, una cuadra más allá. ¡Dejáte de joder!

Noveno: la Wardwell. Ni una bruja sospecha de ella. Nada. En ningún momento. Todas aceptan lo que dice, por más endeble que sea, sin un cuestionamiento. Entiendo las intrigas, lo solapado, etc, etc, ¿pero me vas a decir que vas a confiar ciegamente en la primera mogólica que se te pare en frente? ¿Ni una duda, en serio?

Décimo: ese final. Bueh.

(*)Las anti-reseñas de 42 son principalmente desvaríos y críticas desconsideradas. No se fijan en poesía ni en significados. Son prosaicas y se centran en esas cosas que rompen los ojos, se apartan de la continuidad o de la lógica interna. Generalmente nadie les da demasiada bola a estas cosas, porque, salvo que sean muy salvajes, el público es indulgente, criterioso o distraído y las deja pasar. A mí no me importa nada, solo aprovecho de la oportunidad que me brinda el nicho de mercado. Porque una cosa es suspender la incredulidad, y otra morfarse cualquier estupidez. Si dejás pasar una estupidez hoy, ellos lo sabrán y te colarán estupideces cada vez mayores. En cambio, en cuanto lean estas crudelísimas críticas, dirán: “OHHH! 42 está atento, vamos a esmerarnos en hacer las cosas bien”. Así funciona la industria audiovisual, que no te digan lo contrario.

Tempus fugit

Una conversación de sobremesa deja hebras de ideas colgando. Mediante una recorrida de siglos, haciendo volar el tiempo y apropiándome de las palabras de grandes pensadores, intento hilar algunas de ellas.

En muchos lugares, alejados de las grandes urbes y aislados del flujo de personas, el ritmo de la vida es mucho más lento que el de “la modernidad”. En los pueblos perdidos, a veces, es como si el tiempo se hubiera desentendido de ellos dejándolos atrás, con su andar pausado y a veces casi indolente, el cual hasta puede no ser nada más que hastío. En la aldea en que vivo, Colonia del Sacramento, ampliamente cosmopolita, cerca de Montevideo y aún más cerca de la gigante Buenos Aires, este ritmo de vida, aunque aparente ser similar resulta aún más extraño, ya que es como si el tiempo se demorara.

Quizá el árbol no me deje ver el bosque; a fin de cuentas, vivo aquí mismo. No descarto que mi propio ego embellezca lo que ven los ojos, ni tampoco que proyecte en la aldea mis propias creencias. Soy consciente de que a todos nos encantan nuestros sesgos, y como dijo un escritor bastante antes que yo: las personas son más fieles a sus ideas que a sus cónyuges. Así y todo, imaginemos por un momento que puedo ser perfectamente imparcial. En mi defensa digo que algunas de estas ideas son compartidas por algunos amigos y conocidos cuyo carácter es muy distinto al mío. Hey, incluso algunas ideas son compartidas por perfectos desconocidos, así que aquí vamos.

Epicuro, el gran filósofo ateniense del siglo IV A.C., sostenía el concepto de ataraxia, la ausencia de turbación. Él abogaba por la persecución y obtención de la felicidad desde la amistad y los afectos antes que con las cosas. Es importante diferenciar y ceñirse a lo necesario sin grandes despilfarros. Lo material es perecedero y requiere grandes esfuerzos para conseguirlo y mantenerlo. “Cuando ya se ha conseguido hasta cierto punto la seguridad frente a la gente mediante una sólida posición y abundancia de recursos, aparece la más nítida y pura, la seguridad que procede de la tranquilidad y del apartamiento de la muchedumbre”.

El filósofo estadounidense Henry David Thoreau afirma, en su libro Walden de 1854, que cuando compramos algo no estamos pagando con plata, sino con tiempo de vida; con el tiempo que pasamos trabajando para obtener esas cosas. Mientras menos bienes materiales necesitemos, menor será el tiempo de vida que tengamos que dedicar a la obtención de cosas. Volviendo al epicureísmo, mantener y conservar las cosas es causa de angustias y afanes. Mientras menos afanes suframos, más disfrutaremos de “nuestros imprevistos momentos de ocio”.

El maestro budista Zen Taisen Deshiumaru, en su libro La práctica del Zen de 1974, cuenta la historia de un maestro que se acercó a sus alumnos mientras practicaban za-zen y les preguntó: “¿qué hacen?”, a lo que ellos respondieron “nada”. “No”, dijo el maestro, “practican el no-hacer”.

El Zen se practica sentándose sin finalidad alguna, desinteresadamente, pero concentrados, decía el maestro Deshimaru. Así en Colonia, cuyos principales puntos de interés turístico pueden recorrerse en poco más de medio día, el mayor interés no radica en la Historia, sino en su dimensión espiritual, por llamarla de alguna manera.

Como dice Eduardo, un amigo brasileño que se enamoró de esta aldea hace ya varios años, nadie viene a vivir e instalarse en la ciudad por el encanto que despiertan los restos coloniales. Colonia respira un aire que está al menos 30 años en el pasado, probablemente bastante más. Colonia es, en cierta medida, un lugar Zen y a la vez epicúreo. No sus gentes; quienes vivimos aquí no tenemos ningún aura mística. Más bien contamos con las mismas inquietudes e inclinaciones que cualquier persona en cualquier lugar del mundo, pasamos por los mismos afanes, pero el lugar, Colonia en sí, tiene algunas de esas características. Y esas características repercuten en nosotros, como las vibraciones del tañido de una campana, sin que nos demos cuenta apenas y forman parte de nuestra idiosincracia.

¿Qué hacer una vez que se han agotado las vistas históricas? Es una pregunta habitual y recurrente entre quienes pasan más de un día aquí. La respuesta es sencilla, como dice la ilustradora Maco: relájese y disfrute. Siéntese en una de las bonitas plazas arboladas y sienta el discurrir del tiempo sin edad; pruebe de deambular por las peñas graníticas de la Punta de San Pedro y deje vagar su vista por el “río ancho como mar”; dirija sus pasos hacia la rambla costanera, festoneada de playas, y camine sus varios kilómetros adivinando formas en las nubes. El disfrute en Colonia no está en fastuosos paseos de compras, multitudinarios conciertos o los últimos estrenos cinematográficos; no hay glamour. El disfrute viene del no-hacer, de la falta de motivación y la ausencia de finalidad. Del momento, más que de las cosas. O quizá podamos decir algo ligeramente diferente. ¿Qué puede hacerse en Colonia? La respuesta, lejos de “no hay nada para hacer”, podría ser “pruebe de no-hacer y esté aquí, simplemente”. No hay azar, no es accidental, es deliberado.

Siguiendo la línea de pensamiento del maestro Deshimaru, este dice “no hay nada que obtener, nada que esperar, no hay que buscar la verdad, no hay que huir de la ilusión. Únicamente estar presentes aquí y ahora, en nuestro espíritu y nuestro cuerpo.”

Hace poco vi un impactante discurso pronunciado en julio de este año por el escritor israelí Amos Oz, del que en otra oportunidad hablaré con más detalle. Una de las frases que me quedó grabada es que “no puede buscarse en el espacio lo que se perdió en el tiempo”.

Si la aislamos de su contexto y la traemos a esta tierra, la frase puede darse vuelta. En Colonia, de alguna manera, sí es posible encontrar en el espacio lo que se perdió en el tiempo. Otro aire, otro ritmo, otras prioridades. Ese es el disfrute de esta Colonia por momentos tan alejada (casi como un embrujo) del discurrir moderno del tiempo: el reencuentro con nosotros mismos. Con nosotros mismos en un pasado más tranquilo. Si le das tiempo, si te das tiempo, tu vida se centra, la mente se aclara, las ideas aparecen, e incluso pueden madurar hasta que llegue el momento de pasar a la acción. Eso es posible en Colonia.

¿Por qué te cuento todo esto? Porque quiero preservarlo; porque tengo miedo. Miedo de que desaparezca, de que se diluya. Tantos de nosotros andamos absorbidos, absortos, como ausentes y hasta ajenos. Nos sentimos inclinados a ingresar en “la modernidad”, a veces. O a lo mejor nos dejamos arrastrar por ella, como si fuera tan grandiosa. Perdemos la frugalidad y tratamos de cambiarla por cosas que a la postre nos angustian. Dejamos de mirar hacia adentro y encontrarnos a nosotros mismos. Y temo que el tiempo despierte y empiece a correr igual que corre en la mayor parte de este mundo moderno; o peor aún, que se desentienda de nosotros y nos deje atrás.

Nuestra respiración es esta respiración, aquí y ahora.

Joya, nunca taxi

Vendo huevo, nada que ver con el de Colón. Colorado. Único dueño. A estrenar.

Con detalles de chapa.

Relatividad del fracaso

La última década del siglo pasado fue la más intensa de mi vida. Los 90 (en)marcaron mi vida de manera indeleble por infinidad de razones.

Una de ellas era la esperanza en el futuro del mundo, nuestro futuro, particularmente en el futuro tecnológico. Sobre todo en la primera mitad, los avances parecían vertiginosos. En 1990 se ponía en órbita el Telescopio Espacial Hubble con su grandioso espejo, un logro ingenieril sin precedentes.

Un año después anunciaron con bombo y platillo el fin de la construcción de Biosfera 2 (el enlace en inglés está más completo), un ambicioso proyecto destinado a experimentar con la creación de un ambiente cerrado y autosustentable, con la mirada puesta en la colonización más allá de la Tierra.

¿Cómo sería la interacción entre los distintos ecosistemas presentes? ¿Sería posible que la vida sobreviviera y prosperara por sí misma de la mano del ingenio humano? ¿Cómo se las arreglarían los humanos para convivir dos largos años? ¿Podrían?

Al fnal resultó que: caótica y frágil, no, como perros y gatos y apenas. En ese orden. Una selva, tierras de cultivo, manglares, un océano y un desierto en miniatura fueron ideados y encerrados debajo de un domo y algunas estructuras piramidales, de acero y vidrio, aislado, sin intercambio ninguno con el exterior. Metieron plantas, animales, insectos y ocho personas y pusieron el tinglado en marcha.

https://todayintechhist.wordpress.com/2014/09/27/the-biosphere-2-september-26-1991/

Dos años y 20 horas después lo abrieron. Las ocho personas salieron convertidas en dos grupos que casi no se hablaban entre sí. Los insectos polinizadores y los animales vertebrados murieron y a los 16 meses habían tenido que bombear oxígeno porque sus niveles habían bajado de un saludable 21% a un peligroso 14%. Los microorganismos inoculados para ayudar al desarrollo de la vegetación habían tenido mucha abundancia de carbono orgánico y lo habían convertido en dióxido de carbono, captando oxígeno en demasía. No se detectó un aumento significativo del CO2 porque reaccionó con la estructura de hormigón de Biosfera 2 creando carbonato de calcio (captando tanto el carbono como el oxígeno). A esto se sumó un año muy nuboso y que las estructuras metálicas del domo interferían con la luz, lo que le jugó en contra a la fotosíntesis.

Se consideró que la experiencia fue un fracaso a pesar de que en muchos aspectos fue tremendamente exitosa y con un potencial gigantesco. Mucha gente pareció pensar, e incluso todavía lo piensa, que el único resultado aceptable de esta experiencia nunca antes intentada era una sustentabilidad total y a la primera. Lo que se aprendió de los ciclos naturales y de las posibilidades a nuestro alcance para regularlos, logros inmensos en sí mismos, pesó mucho menos en la opinión pública. La producción de alimentos fue impresionante, y sin pesticidas, cosa que debería habernos volado la mente. La salud de los humanos y su metabolismo mejoró muchísimo, a pesar de que informaron que pasaron sintiendo hambre desde el primer al último día, ya que tuvieron una dieta nutritiva, pero baja en calorías. Decenas de logros importantes, desestimados.

Una nueva misión comenzó a principios de 1994, pero tensiones internas y un sabotaje la liquidaron a los pocos meses de iniciada. Luego de eso fue todo barranca abajo.

Después de muchas vueltas Biosfera 2 es hoy un centro de estudios y experimentación dirigido por la Universidad de Arizona, en donde se estudia cómo ciertos cambios en el ambiente afectan al resto de las relaciones entre los ecosistemas sin impactar en el mundo real.

En esa época se dio la primera Guerra del Golfo, que también vio avances gigantes, pero en esa oportunidad en la sofisticación de las armas. Este conflicto tuvo un costo de varios órdenes de magnitud por encima del de Biosfera 2 y con unos resultados abrumadoramente lamentables: intervinieron 30 países, dejaron unos 40’000 muertos y sin nada para rescatar. Costó unos 40 mil millones de dólares (aunque algunos artículos lo ubican en el torno a los 62) contra 200 millones de Biosfera 2. Biosfera 2 casi se convirtió en una urbanización antes de ser “rescatada” por la Universidad, en tanto que el fracaso monumental de la intervención de Occidente en Medio Oriente sigue hasta hoy, expandiéndose como horrendas ondas en un estanque al que se tira una piedra.

Imaginá esas mentes y esos fantásticos recursos materiales y humanos destinados al avance del mundo. Imaginá qué podrían haber logrado en 25 años.

Imaginalo, por favor.