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Llamadlo Ishmael

Supongamos que un buen día, anodino y sin nada en lo absoluto que lo haga destacar, aparece un perro en la puerta de tu casa. Es un cachorro, se le nota, pero es enorme. Y tiene pinta de que va a crecer mucho más. Es marrón, con esas manchas atigradas y una cabeza maciza que lleva a creer que es cruza con pitbull o algún perrazo de ese estilo.

Pensás en echarlo, como has echado a otro sinnúmero de chuchos que aparecen por tu casa, pero por alguna razón no le decís nada. El perrucho mueve la cola y todo el resto del cuerpo como si él mismo fuera una cola que empieza en lenga babosa, sigue en poroto meón y termina en más cola. Unos 20 kilos de pura cola energética. No lo echás, pero tampoco lo estimulás de ninguna manera, y te vas a trabajar, convencido que se eventualmente se va a ir.

Cuando volvés, a la noche, el perrucho sigue allí. Espera que estaciones la moto y se tumba al calorcillo del motor.

Al día siguiente, más de lo mismo. Vos no tenés perro, no querés perro, no estás capacitado para tener perro, pero parece que el perro ahora tiene humano.

El tercer día comprás un poco de comida, porque el perro imbécil no se va.

El cuarto día le hacés una cucha improvisada, para que el perro mongolo pueda guarecerse de la lluvia y de las madrugadas frías. Es improvisada porque estás tratando de encontrarle una casa que lo quiera.  Obviamente que el perro no le da ni bolilla.

El terreno está abierto a otros terrenos vacíos y es enorme, pero el perro ha convertido los primeros cuatro metros  que circundan la casa en un baño que le queda cómodo, así que cada vez que salís de tu casa vas mirando a todos lados para evitar los soretes ¡las plastas! que jalonan el espacio como si fuera un campo minado. No te queda un solo par de calzado que no esté cagado por algún lado.

Bien, suficiente de la segunda persona del singular. Es un mal vicio que tengo, perdoname. No estoy hablando de vos, estoy hablando de mí, con un perro caído desde algún lugar que todavía está por verse si es el Cielo.

El perro es buenazo y parece buen guardián. Es bastante obediente (cuando quiere), de buen trato, juguetón y mimoso. Solo que es idiota, tanto que a veces parecería que tuviera algo roto.

Y necesita amor, porque es un cachorro. El tema es que fallo estrepitosamente en ese departamento. Él me eligió, no a la inversa, así que el amor no está, habría que construirlo. El salir de mañana y volver de noche no ayuda gran cosa a desarrollar el vínculo.

Que me mastique los arbolillos pequeños que lucha(ba)n por prosperar en algunas macetas, que mastique todo el plástico que encuentra, sin que importe si es una pulverizadora con restos de productos sanitarios para las plantas, o una bolsa con basura que encontró por ahí, unido a la ingente cantidad de mierda que hay por todos lados, no suma tanto como podría pensarse para generar amor. En realidad la mayor parte del tiempo le tengo bastante asco al perrucho y me dan ganas de colgarlo de un poste.

No voy a hacerlo, claro. La falta es mía, no de él. Él es perfecto en su perritud y al ser cachorro tampoco tiene modelos a seguir que le enseñen a ser un buen perro. Demasiado bueno está resultando así como viene la mano.

Hemos desarrollado cierto entendimiento en algunas cosas, sin embargo. Ciertos gestos y sonidos ya los interpreta como órdenes o advertencias y responde de forma positiva.

Leí por ahí que salir a caminar con el perro ayuda a un buen relacionamiento, así que ayer, domingo, con la tarde soleada salimos a pasear con, llamémoslo así, Ishmael.

Até una cuerda al collar a modo de correa provisoria y recorrimos unos pocos cientos de metros de ruta hasta llegar al camino secundario donde iba a desarrollarse la mayor parte de nuestro paseo. Una vez allí lo solté para que fuera y viniera a su antojo. Al ser una zona escasamente poblada y con poco tránsito no tenía que preocuparme demasiado por el entorno. Iba a ser un rato de placidez. Solo que llegaron un par de sorpresas. ¡Sorprendentes sorpresas!

El camino estaba bastante más transitado que lo habitual, así que cuando un vehículo se acercaba lo llamaba para que no lo fueran a atropellar, o para que no fuera a atravesarse frente a una moto. La primera sorpresa fue que vino a mí, dócilmente, todas las veces. Parecía entrenado, el guacho, y venía y se echaba pacientemente.

Luego de pasar un puentecito sobre un arroyo hay una curva y a pocos metros de la curva hay una casa. Sin contar un caserón viejo en la punta del camino es la única casa en casi 7 kilómetros. En esa casa habitan tres perros, el menor de los cuales es más grande que el que iba conmigo. Salieron los tres con cara de pocos amigos y acá llega la segunda gran, gran sorpresa: ¡Ishmael, como salido del infierno, erizó los pelos del lomo y salió hecho una furia endemoniada, puro dientes y gruñidos hacia donde estaba la otra patota! Como si les dijera “los mastico ahora, hijos de puta, y los escupo en la próxima curva”.

¡Y recularon! ¡Los tres! O sea, no Ishmael no es un perro pequeño y su cabezota y su bocota llenita de dientes impone bastante respeto, pero sigue siendo un cachorro a pesar de todo. Así que calculo que debe haber sido la sorpresa, seguro. ¿Porque en qué cabeza cabe que el anormal kamikaze este salga como si se los fuera a comer crudos? Calculando que el resultado no habría sido tan halagüeño si lo dejaba trenzare, lo llamé una vez por su nombre, la primera vez que lo uso, y el tipo frenó en seco y me miró, confundido. O confundido o aliviado. Calculo que aliviado, porque debe haber haber pensado, en el medio segundo transcurrido entre su transformación en Demonio de Tasmania y la frenada, que lo que estaba por hacer era una estupidez. Lo era. Pero el tipo frenó en el acto. Claro que es tan abombáu que se dio media vuelta y volvió al trotecito para donde yo estaba sin una mirada para atrás, lo que aprovecharon los otros perros del orto para venirse al humo. Así que ahí me tocó a mí agarrarlo a Ishmael con un mano y enfrentar a los otros tres energúmenos sin más arma que mi dedo índice cargado de maldiciones, porque no tenía a mano nada más que mis manos, ni siquiera el bastón con el que salgo a caminar.

La actitud es importante, sin embargo, y de eso me sobraba el domingo. Una gran actitú. Así que pasamos a la ida y volvimos a pasar frente a ellos a la vuelta. Para ese entonces Ishmael claramente había recapacitado y ya no hizo ninguna bobada. Así que todo el trámite fue más sencillo.

Me sigue hinchando las pelotas tener un perro en casa, de todos modos. No es culpa del perro, ya lo dije, el imperfecto soy yo. Así que si alguien quiere un perrito macanudo pero bien decidido y con los instintos intactos, me avisa y se lo mando, o lo viene a buscar, o se lo llevo si no está muy lejos de Colonia.

Solo lo llamé por ese nombre una sola vez, así que está prácticamente a estrenar, el perro. Joya, nunca taxi.

Despues subo alguna fotinga.

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Pechugas a la plancha con pimienta larga y espinacas a la romana

Hoy hizo un gran día para cocinar.

Hice un par de preciosas hogazas de pan con centeno de una receta que estoy perfeccionando y que es material para otra entrada.

 

También probé un juguete nuevo que me regaló María Luisa: un jeringa para inocular paquidermos, o para inyectar líquidos y marinadas en carnes. A falta de elefante, inoculé unas pechugas de pollo.

Y experimenté con unas rarísimas (es la primera vez que las veo en el mercado local de especias) bayas de pimienta larga. La pimienta larga, emparentada con la pimienta negra, es una especie de espiga de unos 3 centímetros de largo y unos 4 milímetros de grosor que lleva pegadas las semillas, que a su vez también están pegadas entre sí. Se puede partir en trocitos y molerlos en un mortero, o si es lo suficientemente gruesa, puede rallarse como la nuez moscada. Tiene un aroma terroso, un picor más intenso y persistente que su prima, y es más amarga, con unas increíbles notas a nuez moscada. Leí por ahí que los griegos y romanos se piraban por ella y que incluso la preferían a la pimienta negra, cuyo valor llegaba a triplicar. En eso, al menos, la historia sigue inalterada: es cara como la gran puta.

 

Así que bien, comencé la autolisis anoche y elaboré el pan hoy a lo largo del día. Una tarea que siempre es satisfactoria.

También conseguí un precioso atado de espinacas que preparé en mi versión de las idem a la romana, y con ellas acompañé unas pechugas a la plancha, inyectadas con ron y condimentadas con pimienta larga recién molida.

Primero poné un puñadito de pasas de uva rubias a hidratar en un poco de ron durante unos 20 minutos o media hora.

Pasado ese tiempo se escurren y con una jeringa levantás el ron y lo vas inyectando en las pechugas de pollo que tendrás cortadas en filetones gruesos. Ese pollo inyectado también se deja marinando unos 20 minutos. Si no tenés una novia que te regale una jeringa de cocina podés conseguir por tres mangos una de las descartables en cualquier farmacia, no va a ser tan sencillo inyectar los líquidos (sobre todo si tienen trocitos en suspensión), pero vas a zafar. Pedile al farmacéutico una aguja más gordita que la que trae la jeringa.

La espinaca se lava, se le cortan los cabos más gruesos y se escurre bien. Ponés a calentar la plancha a fuego moderado y le agregás una buena cucharada de manteca. Una vez caliente se agrega la espinaca y se rehoga. Se sala apenas y se agregan las pasas escurridas. Cuando la humedad que sueltan las espinacas se haya evaporado casi en su totalidad se agrega un puñadito de semillas de girasol (o almendras o piñones o nueces) y se sigue saltando todo. Una vez que las espinacas están tiernas se retiran de la plancha y se reservan.

 

Sin limpiar la plancha se agrega un hilo de aceite de oliva y se colocan los filetes de pechuga. ¡Y los dejás quietos! No los toques, no los pinches, no los cortes, no los apretes, no los gires. ¡Dejá esas pechugas en paz! Vas a ver que la línea blanca de cocción de la carne va trepando desde la superficie de la plancha hacia arriba (Obvio! Hacia dónde más va a trepar?). Cuando sobrepase la mitad del grosor de la carne, la salás con moderación. Cuando llegue a dos tercios la das vuelta usando una pinza o espátula. NO. LAS. PINCHES. Quizá te lleve cuatro o cinco minutos.

Una vez dadas vuelta, salás nuevamente las pechugas y las espolvoreás con tu pimienta larga recién molida (o pimienta negra con un toque de nuez moscada funciona de maravillas). Con otros dos o tres minutos más deberían quedar perfectamente cocidas. En esta preparación la pimienta nunca entra en contacto directo con la plancha caliente, de esta manera la temperatura residual potencia su aroma, pero el calor extremo no la quema ni la deja amarga.

Sacá las pechugas de la plancha y dejalas reposar unos cuatro o cinco minutos sin pincharlas y sin cortarlas. ¡Que las dejes, te digo!

 

Poné la mesa, cortá un buen pedazo de rico pan fresco y llamá a la gente a comer.

 

¡Listo!

Es un plato extremadamente sencillo, con poquísimos ingredientes, pero que igual hará cantar a tu paladar con deleite. La combinación de la pimienta larga con el ron es extrañamente agradable; las notas de nuez moscada se entrelazan con el dulzor amargo del ron. Y digo extrañamente porque el maridaje se me ocurrió de chiripa. Sorprendentemente, resultó un golazo.

Y ya.
Cocina con alegría y buen provecho!

Película: Ready Player One

La novela homónima en que se basa la película es bastante más compleja que este invento dirigido por Spielberg. Con cientos de referencias culturales al final de los 70, la década del 80 y parte de la de los 90, por el libro desfila la música, el cine, la TV y los videojuegos que marcaron a dos generaciones. Tiene un poco de intriga. Hay un poco de tensión dramática. Es, en definitiva, un libro entretenido, ágil, aunque no existan grandes giros ni sorpresas.

Va la descripción de la Wiki:

“En el año 2045 el mundo es un desastre. Las fuentes de energía están prácticamente agotadas, hay superpoblación y el precio del combustible está por las nubes. En medio de una enorme depresión económica a nivel mundial la mayoría de la gente subsiste como puede. Sin embargo, un videojuego de realidad virtual llamado OASIS proporciona la vía de escape que las personas necesitan. La gente dedica más tiempo al juego que a la vida real misma. El juego ofrece todas las posibilidades imaginables y cualquier cosa es posible, tanto jugar como trabajar.

El creador de OASIS es un enorme fan de la década de 1980, así como un fantástico programador de videojuegos que amasa una inmensa fortuna con su compañía GSS, que tiene como obra maestra a OASIS. Tras su muerte, se anuncia en un vídeo que el juego contiene un huevo de pascua [un mensaje oculto donde el jugador tiene que llevar a cabo tareas o itinerarios específicos para desbloquearlo]. Quien lo encuentre heredará toda su fortuna.”

La película narra las aventuras de Parzival y sus compinches para hacerse con El Huevo, y el control sobre OASIS, antes que los malos.

La versión cinematográfica es más básica y mucho más simplificada, no hay una descripción tan detallada de la sociedad (que tampoco es gran cosa en el libro), amén de que hay situaciones y eventos que directamente se inventaron. La simplificación es inevitable ya que sería imposible recrear todo lo del libro de manera efectiva, en especial ciertas pruebas basadas en videojuegos. Al simplificar una historia que en sí no es compleja, en donde lo único complicado es seguirle el rastro a las decenas de referencias (lo que explica los inventos), se pierde la poca sustancia que podía tener. Los efectos están bien. Las actuaciones son apenas correctas, siendo amables. Los personajes son medio cualquiera, a decir verdad.

En fin, aunque falla en varios niveles, es entretenida y cumple en entregar una buena dosis de acción.

Visualización

En la época en que practicaba artes marciales a diario teníamos una técnica de entrenamiento muy peculiar. Era una especie de meditación en donde con los ojos cerrados y completamente inmóviles nos concentrábamos en una forma específica y la llevábamos a cabo en nuestra mente. Las formas son el equivalente del kuoshu de los kata del karate y son colecciones de movimientos que es más o menos como si pelearas contra adversarios invisibles. La complejidad varía, así como el tipo y estilo de movimientos.

El proceso para llegar a visualizar toda una forma es lento y para nada sencillo de dominar, al menos para mí. La mente tiene tendencia a ir para cualquier lado, las ideas tienen la costumbre de irrumpir sin pedir permiso, y para poder visualizar los movimientos que tenés que hacer, antes tenés que dominar la mecánica de esos movimientos. La visualización sirve para dominar esas formas de manera que luego puedas hacerlas sin pensar, con lo que ganás en velocidad y precisión. Internalizás los movimientos, la postura y posición del cuerpo y la respiración asociada a ellos. Una vez que lográs que te salga es increíblemente efectivo y muy, muy placentero.  Curiosamente, para visualizar cada movimiento tenés que concentrarte y pensar como un enfermo. Recrear en tu mente a tu propio cuerpo moviéndose de formas en las que habitualmente no se mueve, a la vez que tratás de prestar atención al detalle de las posturas de pies, manos y articulaciones no es tan trivial como parece.

De toda esa disciplina y habilidad adquirida me van quedando solamente retazos, ya que hace años que mi práctica es errática en el mejor de los casos.  Esos retazos de conocimiento los utilizo a la hora de hacer una lista de compras, sobre todo cuando no tengo receta.  Es una bobada, lo sé, pero imaginarme los pasos que tengo que dar para hacer una comida me ayuda a identificar todos los ingredientes, a la vez que me voy haciendo una composición de qué cocinar primero en qué tiempo. Aun a esta escala tan limitada sigue siendo un ejercicio mental muy bueno.

¿A qué viene todo esto? Lo que a mí me parecía una técnica tan peculiar y compleja ya la usaba Nikola Tesla en las últimas décadas del siglo XIX para imaginar sus inventos. No sus inventos, sino el funcionamiento de sus inventos. O sea, el tipo ponía a funcionar todo, y por todo quiero decir máquinas con decenas o cientos de partes móviles, dentro de su cabeza antes siquiera de armar los planos. Para cuando fabricaba el prototipo, ya era casi el modelo final. Tesla solucionaba todos los problemas tempranos de diseño antes de poner un solo tornillo. ¿Qué tan genial es eso? De solo pensar en la capacidad necesaria para hacerlo se me vuela la peluca.

Hay un documental en Netflix sobre él llamado, muy astutamente: Tesla.

Redenciones esquivas.

Una serie y una película.

⇒ Vi la serie Cobra Kai, la continuación hecha por YouTube Red de la primera Karate Kid. Sí, la de Pat Morita con su lustrar y pulir. Los protagonistas son los mismos, 30 años después, en unos papeles que por momentos son gigantes. Los primeros dos capítulos están disponibles gratis en YouTube.

Es una serie preciosa en su concepción, fantásticamente realizada, con un desarrollo no por previsible menos interesante. Los estudiantes se metamorfosean y van definiendo sus caminos marciales. El final de temporada es angustiante, con apenas dulzura y mucho de amargo. Casi no hay redención. Eso es quizá lo más horrible. Prisioneros de sus decisiones, incluso de las que saben equivocadas, les es difícil dejarlas atrás, enmendarlas, dar un golpe de timón que los aparte del curso de colisión. Así que siguen, de dientes apretados, a veces sin siquiera saber qué pueden hacer para evitarlo. Es difícil escapar de lo que uno mismo construye.

Como leí hace mucho, mucho tiempo: las armas no tienen dueño, todas responden a la mano que las maneja.

⇒ La película es la alemana La Vida de los Otros (Das Leben der Anderen). Ambientada en la República Democrática Alemana de la guerra fría, nos mete en un mundo de miedo. Donde el Estado puede espiar a cualquiera, a todos, y lo hace. Son amos de la vida y la muerte, el bienestar y la miseria de sus ciudadanos. Los ideales chocan con los intereses. Es sencillo, desde el poder, tumbar a alguien que resulta molesto. Ni siquiera debe ser especialmente riesgoso para la Seguridad del Estado, si no tan solo porque tiene algo que quiere el poderoso o está con alguien a quien el poderoso desea.

Así nos asomamos a la vida del capitán Wiesler, encargado de buscar algo que comprometa a Georg, un dramaturgo fiel al regimen, pero en pareja con Christa-Maria a quien codicia un ministro.

La película es fascinante. También con metamorfosis excelentes. Aterradora en su ambientación. Edificante, trágica, esperanzadora. Es como viajar en un carrusel de emociones. Aquí también se mezcla lo dulce con lo amargo.

Pero a diferencia de la serie, la redención es como un bálsamo.

Animación: Batman Ninja. O cómo hacer algo más horrible que el Batman de Clooney en 1997 dirigida por Schumacher

Cuando mirás una entrega de Batman tenés que suspender muchos criterios y circuitos mentales. Suspender la incredulidad es solo el principio, sobre todo cuando hablamos de una animación. Y lo hacés de buena gana porque, bueno, es Batman.

Todo tiene un límite, sin embargo.

Batman Ninja parte de una premisa extraña y agarrada de los pelos, pero finalmente necesaria: al fin y al cabo de alguna forma hay que poner en marcha la historia.

Tiene 5 minutos, luego de esa premisa inicial extraña y endeble, que coinciden muy mucho con lo más emocionante que se ve en el trailer y en los que se puede albergar alguna esperanza y luego falla catastróficamente.

Deviene rápidamente en un delirio insufrible de tal magnitud que, por decirlo amablemente, los más locos e improbables momentos de Naruto Shippūden son una oda al sentido común, la plausibilidad y la coherencia.

El rejunte de héroes y villanos que vemos en Batman Ninja es tan ridícula en su concepción, ejecución e interacción que no puede ser descrita racionalmente. Más que una animación parece un atentado terrorista.

Al final terminamos con una especie de Voltron ridículo sin pies ni cabeza. O sea, sí tiene pies y cabeza o no podría compararlo con Voltron, pero es horrible, innecesario e inconcebible. O sea, sí fue concebido por alguien, pero ese alguien debería estar internado por hacerlo.

Ese Batman hecho de monos y murciélagos es inefable de la peor manera posible. Un guiño ridículo en el mejor de los casos, y una plagio descarado en el peor, a la combinación poderosa y legendaria de Kurama y Susanoo en Naruto.

Qué decepción, DC. Todavía estoy tratando de entender qué historia quisiste contar y por qué te esforzaste tanto en contarla de la peor manera posible.

Luego de mirar esta cagada me siento viejo y vencido.

Anónima: Desaparecer y ser olvidada

Las circunstancias y premisas de la nueva película de Netflix, Anon, son extremadamentes interesantes.

El mundo se ha rendido a la Realidad Aumentada: qué música suena en un auto que pasa, cómo se llaman las plantas que hay en los canteros, la procedencia de la vajilla en una filmación, la publiciad callejera, nombres de monumentos y edificios. Todo es inventariado. Todo es evaluado.

Las personas también.

Vemos una sociedad hiperconectada en donde la privacidad prácticamente no existe. Basta mirar a alguien para saber cómo se llama, cuántos años tiene y, cabe suponer, otra información relevante. Lo que ven los ojos se registra y puede ser recuperado al instante, reevaluado, transferido, juzgado. ¿Tu pareja no cree en lo que le decís que hiciste el fin de semana anterior? Te pide tus registros de esas horas. ¿Hay un asesinato? La policía puede entrar al Éter y recuperar los últimos minutos de la víctima, ver por sus ojos, y quizá descubrir quién lo asesinó. Pueden reconstruir tu rutina. Saber qué comiste hace dos días. Qué ocultás.

Es una especie de Gran Hermano que quizá no lo controla todo, pero potencialmente podría vigilarlo todo. El sueño de la Stasi en La Vida de los Otros: saber todo de todo el mundo.

Salvo que hay personas, hackers, desconectadas del sistema. No. No desconectadas, invisibles, anónimas. Un error. Una no-estadística. Los hackers pueden borrar los registros incómodos, suyos y ajenos. La falsificación de una pintura, una infidelidad, una transacción opaca. Las mejores mentes dentro de ese mundillo pueden no solo borrar tus registros, sino también los registros de vos que quedan en las otras personas involucradas.

La anulación de la privacidad alcanza niveles totales, hasta el punto de poder borrar tus registros, alterarlos o incluso crear nuevos.

Los hackers son los descastados del sistema. Quienes no quieren figurar o se niegan a mostrarle nada a nadie. No porque tengan cosas que ocultar, sino porque no soportan la obligación de tener que mostrar, de onda.

A PARTIR DE ESTE PUNTO HABITAN ESPOILERS.

Así llegamos a nuestra trama. Clive Owen se cruza con Amanda Seyfried y en lugar de su nombre ve un pequeño rótulo parpadeante sobre su cabeza: UNKNOWN – ERROR. El bueno de Sal (el personaje de Owen) la mira con extrañeza pero sigue su camino. Su camino, claro está, lo conduce a una comisaría ya que Sal es un detective. Allí lo espera un nuevo caso: alguien está matando gente. Solo que en los registros de las víctimas aparece que se matan a sí mismas. El asesino es, sí, adivinaste, un misterio, anónimo. Y ahí, cuando el bueno de Sal une los puntos, en ese punto ubicado aproximadamente en el minuto 15, es cuando la peli se empieza a ir a la mierda. Hasta el minuto 35 en que se va completamente a la mierda. Al carajo. Ya está. Es un bolazo. ¿Por qué? Porque el bueno de Sal logra, sin mucho esfuerzo (hey, 20 minutos de película no son tantos esfuerzos) reunirse con la principal sospechosa. Están en el mismo cuarto. En una apartamento con una sola entrada. En un piso desde cuyo balcón no resultaría para nada saludable saltar. Pero no la atrapan. No la agarran. No la aprehenden. No la arrestan. No.

La dejan ir porque… porque… blah. Si no la dejan ir se acaba la película. Así que tenés una hora extra de historia forzada y ridícula, con una preciosa escena de sexo y un vistazo a las preciosas tetas de la muchachita, eso sí.

Pero no da. No da ni un poco. Es tu sospechosa, no tenés lazos previos con ella, todo el puto Departamento de Policía te apoya (crearon una tapadera a base de meses de registros falsos, por si ella revisaba). La tenés en un lugar desde el que es literalmente imposible escapar salvo que sepas volar. Es llevar 4 milicos y ya está. Pero. Ladejan. Ir.

Al dejarla ir pueden desarrollar todo el resto de la historia de mierda que contaron, que tampoco es ninguna maravilla. Porque ya estás sabiendo que la muchachita no es la mala en esta historia. Mi novia, mi adorada María Luisa, que detesta cordialmente la ciencia ficción  y que casualmente paró a mirarla 3 minutos, con dos minutos de explicaciones y viendo dos escenas dedujo y redujo quién era el malo de verdad a una de dos personas. No lo adivinó antes, pero sí mejor que yo. Y no lo adivinó antes porque no había visto la película desde el principio, seguro.

El título de la entrada es lo que debería pasarle a esta película.

Andá bien a cagar.