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¿Quién es Juan?

No confundir con su versión con coma: ¿Quién es, Juan?

En la segunda pregunta se le pregunta a Juan sobre un tercero. En la primera, en cambio, se pregunta sobre el propio Juan. ¿Quién es Juan?

Eso es lo que yo me pregunto. ¿Quién es Juan? El nuevo candidato del Partido Nacional, salido de la nada, y que ya le disputa el segundo puesto al Guapo Larrañaga en las internas. Quizá recuerdes que hasta hace un par de meses atrás atomizó a todo Uruguay con esa propaganda de porquería, en radio, televisión, redes, etc.

No sé mucho de Juan. Que es empresario, accionista de un cuadro de fútbol, casado con una flaca cuyo padre tiene bastante plata y que de manera incomprensible se interesó por el paisito y su política.

Sí sé que su empresa Union Agriculture Group de la que fue director hasta julio del año pasado debe entre 60 y 85 millones de dólares, con entre 15 y 38 de ellos al BROU. Como no tienen guita, ni aparentemente forma de producirla a tiempo del vencimiento, le ofrecen a sus accionistas… comprar más acciones. A precio preferencial, eso sí.

Que esté en trámites para dejar de cotizar en la Bolsa, lo que le permitiría no informar públicamente de balances, deudas o resultados económicos, tampoco es precisamente tranquilizador.

No sé a vos, pero toda esta situación, y es solo lo que trasciende en la prensa, no me inspira tanta confianza en que el tipo pueda regir y administrar los destinos de todo un país. Con ese criterio yo también podría ser presidente. Porque de administración no sé casi nada, pero de atajar quilombos y hacer malabares tengo tres posgrados, 5 doctorados y un MBA.

Seveneves

Ciencia ficción. Ciencia ficción de la buena es lo que puede encontrarse en esta novela de Neal Stephenson… en parte de ella al menos.

De Stephenson empecé a leer Cryptonomicon hace un tiempo atrás y promediando el último tercio me ganó un poco el tedio; todavía lo tengo estacionado. Muy bien armado y escrito, pero con demasiadas bolas en el aire.

En Seveneves la Luna un buen día se parte en siete enormes pedazos. Así empieza y a partir de allí viene un ensayo especulativo excelente. Cómo se comportarán? Se mantendrán unidos por el antiguo centro de gravedad? Se separarán? Chocarán entre sí? Y si chocan y se dispersan, se precipitarán hacia la Tierra? Cómo hacer viable y permanente la vida en la Estación Espacial Internacional, la ISS? Cuáles son los desafíos? Cuál es el límite de la tecnología? Y el de las personas? Cómo poner más cápsulas y habitats en órbita? Cómo evitar el pánico en la Tierra? Cómo afrontar la realidad del fin de la vida en la Tierra? Cómo asegurar la continuidad de la especie?

A partir de aquí habitan espoilers, algunos.

Muchas, muchas cosas todas metidas en una novela bien hilada y bien contada, y en la que se nota un trabajo de documentación brutal. Economía, sociedad, política, ingeniería, épica, drama, heroicidades y mezquindades, poder y sacrificio, mucha física, un montón de conceptos científicos y un nutrido grupo de personajes, si no fantásticos al menos creíbles, hacen de esta novela una lectura trepidante… la mayor parte del tiempo… bueno, durante cerca de 3/4 part… ok, dos terceras partes del tiempo. Está bien, hasta la mitad es trepidante, siempre quise usar esa palabro, por momentos también emotiva, despiadada, con fragmentos estremecedores y hasta humana. También hay algunos, solo unos pocos, detalles incomprensibles y potencialmente importantes que se dejan de lado, como por ejemplo que en el espacio descartaran los cadáveres, pura e irremplazable materia orgánica y agua, en lugar de reciclarlos hasta su última molécula.

Promediando la mitad, sin embargo, se va a su puta madre. La llegada de la ex presidenta de Estados Unidos (porque los Estados Unidos dejan de exisitir, junto con todo el resto del planeta) a órbita son ganas de joder. Es meter a lo guapo un factor desestabilizante en una situación de por sí crítica. Como si no hubiera suficiente cantidad de problemas, emergencias y situaciones como para mantener la narración, este loco mete el equivalente a un anti-deus-ex-machina totalmente demente e innecesario. Eso precipita una serie de acontecimientos, que bien podrían haberse dado sin esa intervención forzada, que fragmenta en tres a un grupo apenas viable, vovivéndose incapaces por sí solos de sobrevivir. Stephenson decide patear con toda mala intención el tablero y sus piezas cuidadosamente colocadas y la partida preciosamente ejecutada que había desarrollado durante cientos de páginas y manda todo a la mierda. La manera creíble y plausible en que había armado los personajes y la forma en que reaccionaban a las situaciones fue tomada por asalto por un delirio sin pies ni cabeza que hizo de goma la cadencia completamente. Una situación gobernada eminentemente por una progresión lógica se ve desplazada por política y manipulación barata en menos de lo que se tarda en decir “Sacamelá un poquito!”.

“Nos está por chocar un meteorito!” “Bah, una mentira para tenernos bajo control. Rebelémonos!” “Pero llega un meteorito, sale en todos los sensores!” “Ah, no quieras amedrentarnos!” “Además si se van y se llevan recursos no renovables, todos pereceremos!” “No importa! Illegitimi non carborundum, motherfucker!” “No pueden esperar un poco, hasta que tengamos la situación controlada, y lo charlamos con un café?” “No! Jamás venderé el rico patrimonio de los arquinos al bajo precio del café liofilizado!” “Pero los cálculos indican que quedarán expuestos a las radiaciones ionizantes!” “Ja! Tu comprobada aunque pobre ciencia nunca podrá compararse con mi sacrosanto derecho a hacer lo que se me cante en los ovarios, aunque sea una locura total y esté arrastrando a ella a dos tercios de lo que queda de nuestra especie!” “OK, supongo que no podemos hacer nada, buen viaje”. “Victoria! …decime, esa no es tu hermana disfrazada de meteorito?”

Por si esto no fuera suficiente, la presentación, finalmente, de las Siete Evas que dan nombre a este tocho es por completo inverosímil y agarrada de los pelos. Resumiendo: me reventó el bolazo. A partir de ahí, con una expedición en ruinas y apenas siete mujeres supervivientes, se recrea toda la especie mediante edición genética y evitando cuidadosamente la endogamia.

Cinco mil años y siete razas genéticamente distinas después, el resto del libro es una especulación lejana, extrapolando, pero con más de imaginación que de ciencia ficción dura. Cómo evolucionará una sociedad humana en el espacio durante 5000 años? Qué prodigios tecnológicos lograrán? Es viable la terraformación? Habrán sobrevivido quienes se habían refugiado bajo las montañas? Volverán los marcianos? Y el chabón del submarino? Se encontrarán todos?

Es como si fueran dos libros en uno: el primero de ellos es excelente mientras que el segundo hace lo que puede. Si esos dos libros fueran rebanadas de pan, entre ellos está el delirio sirviendo de nexo y transición caótica, al medio del sánguche tenemos un relleno caótico de coliflor con dulce de peras y mostaza que francamente hace difícil hincarle el diente.

El final es abrupto y no concluyente y deriva en una intriga espacial de las de toda la vida. Creo que podría haber escrito dos libros, explorando y expandiendo un poco más eso que queda trunco al final. Así como está, es medio como si hubiera dicho “Faah! Qué manera de escribir, no? Bueno, me voy a tomar la leche, fuck it!”

Resumiendo: está bueno de leer, pero te vas a encontrar con momentos seriamente WTF! Y al final te vas a quedar con las ganas. En nuestra escala arbitraria y seguramente injusta, 42 le da un 7.1. Porque el principio es MUY bueno.

Máquinas mortales

La película Máquinas Mortales pintaba bien en el trailer. El concepto es interesante, incluso hay quien ha explorado la viabilidad del concepto usando un poco de ciencia (e imaginación).

Una guerra cuántico/nuclear que duró 60 minutos destruyó el mundo. Las ciudades supervivientes se vieron sin recursos así que… las hicieron móviles. Pusieron unas ruedas y a rodar. Van alimentándose de otras ciudades y de los recursos que puedan encontrar en su camino, como depredadores.

La película se basa en la tetralogía de novelas escritas por un tal Philip Reeve. Como no podía encontrar la peli, busqué los libros.

Los libros resultaron bastante básicos, por decir lo mínimo. A pesar de la ingente cantidad de creatividad e inventiva necesaria para crear esta distopía posapocalíptica a la historia se le ven los hilos, varios de ellos a medio reventar. Hasta el último libro, donde se precipita una acción clave mediante una revelación crítica que hace uno de los personajes “buenos” a uno de los “malos”. Un recurso estúpido que debería llenar de furia a toda persona que se cruce, en particular donde Theo le cuenta a Pennyroyal que van a rescatar a la doctora Zero. O sea, cerrá la boca, mogólico. ¿A quién se le ocurre? No te voy a dar más detalles, por si sos lo suficientemente demente como para entrarle a esta mierda, pero es una imbecilidad. Es el equivalente a que Churchill le hubiera contado a Adolfo que iban a desembarcar en Normandía el 6 de junio de 1944… pero que no se preocupara, que todo iba a ser para bien. Te juro, de todos los delirios que hay repartidos por los cuatro libros, este se lleva la palma, el oso y el gramófono, todo junto. En la subjetiva y probablemente injusta escala de 42, los primeros tres libros se llevan una puntuación de alrededor de 6, y el cuarto un 5, quizá menos.

¡Y la película! La adaptación de algo a lo que se le ven los hilos es complicada en el mejor de los casos. Este caso, salvando los efectos especiales y visuales, es lamentable. Un guion lamentable, en donde no se respetan cosas básicas de la historia original, se une a personajes unidimensionales creados por alguien que sencillamente no entendió nada de lo que leyó en las novelas, si es que las leyó. Se simplifica algo de por sí básico, se recortan hilos argumentales y se omiten episodios importantes para hacer caber todo en un par de horas, y el resto… se inventa. En los libros se exploran, así sea someramente, temas como sociedad, comercio, prevalencia del más fuerte, esclavitud, lealtad, aprender de la Historia, sustentabilidad, etc. Todo eso se recortó casi por completo en la película. El final es simplemente lamentable. Sí, la palabra “lamentable” aparece tres veces en el mismo párrafo. Cero carácter. No hay un personaje que te mueva un pelo (ni siquiera Hugo Weaving, que ya es decir). Clichés a tope. Torpe y olvidable.

Sé que no debería ser así de lapidario. Escribir una novela es una tarea complejísima, más si luego tenés que seguir el impulso con otras tres novelas. Hacer una película es una tarea titánica que involucra el trabajo de cientos de personas. ¿Pero cómo pueden gastar esa plata haciendosemejantes cosas? ¿Qué criterio usa quien aprueba las ideas para pasar a ejecutarlas? ¿Se usa algún criterio? Ah, y sigo odiando fuerte a Peter Jackson.

Es todo muy horrible, lo siento.

Mariposa no tan multicolor

En lo que parece estar convirtiéndose en nuestro leitmotiv con María Luisa, me puse a hacer otra mariposa.

Como en el caso anterior, lo que en mi cabeza era sencillísimo, acabó escalando rápidamente en dificultad hasta transformarse en un desafío cargado de aprendizaje y, también como en el caso anterior, un montón de momentos “anti-eureka”.

Cada vez que María Luisa preparaba su mesa, iba hacia un pequeño mueble de la cocina y sacaba de él una caja de galletitas de lata esmaltada llena de servilletas. De alguna manera, for no particular reason (*by Forrest Gump), se me ocurrió que podía arreglar lo que no estaba roto y me puse a hacer un servilletero para regalarle.

En mi cabeza no podía ser, obviamente, cualquier tipo de servilletero: debía tener onda. Y también debía contar con piezas móviles. En mi cabeza, una vez más, una vocesilla me dijo: ¿qué tan complicado puede ser?

La respuesta no te sorprenderá. Lo primero fue la elección de materiales. El conjunto base-bisagra es una pieza monóxila de curupay, en tanto que la parte móvil es de cedro, mucho más claro y liviano.

No. Basta. A diferencia del proyecto anterior no voy a aburrirte con la cantidad de detalles involucrados. Es horrible de escribir. Si tenés alguna pregunta o sugerencia me encantará escucharlo. Baste decir que hacer los agujeros para el eje fue una tarea que requirió un nivel de precisión ridículamente difícil de lograr con mis herramientas, y que trabajar semejante pedazo de curupay de la forma en que lo hice rozó la estupidez, solo compensada por el resultado final, tan lindo que vale todo. Y por la recepción que tuvo el regalo, que superó cualquier cosa que hubiera imaginado.

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Así que bien, mucha paciencia y un arreglo después… sí, por supuesto que cuando estaba terminando, en la última mano de aceite de lino, se me cayó la mariposa y le saltó un cacho. De todos modos el zurcido es casi invisible y hay que buscar con atención para encontrarlo. Porque hay un montón de aprendizaje, pero todavía no aprendo a trabajar sentado frente a una superficie firme… tiene que ver con lo de limpiar la mente y disciplinarla. Como sea, quedó pronta pipí cucú, chichejoyanuncataxibombón.

Velo

Es extraño, a veces el conocimiento sobre qué tengo que hacer parece estar al alcance de la mano. Incluso el conocimiento sobre el camino a transitar, el cómo hacerlo. Hay una diferencia.

Qué y cómo, pero se esfuma. Como si un velo me separara de él. Una membrana infranqueable traslúcida, pero no transparente, que apenas deja entrever siluetas.

¡Y se intuye como algo tan simple!

Simple, no sencillo. La talla en madera es simple: agarrás una herramienta con un extremo afilado; este filo lo apoyás sobre un cacho de madera y con él sacás todo lo que sobra a fin de revelar lo que vos sabés que está escondido en el interior del material. No es nada sencillo, sin embargo. Pero sabiendo a dónde querés llegar, es posible. No hay velo.

Pero esto es distinto. Está ahí nomás, pero se va y me quedo con los retazos de ideas que solo unos segundos atrás parecían tan nítidas y definidas. Igual a esas veces en que cuanto más querés recordar un sueño, más vagos se vuelven los detalles.

Es frustrante y me hace sentir como si fuera un gurí que necesita que lo lleven de la mano. Tan cerca, ¡tan cerca!

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky /64

Depósito. Sábado. Horas de la mañana. Los creadores de “Este equipo deportivo de tela ultradelgada seguro que es más abrigadito del lado de adentro” nos presentan “La faja es corta”.

El motorista del autoelevador debe acercar un pallet con mercadería desde la mitad de la caja del camión hasta la parte trasera, a fin de poder tomarlo con las uñas del montacargas para bajarlo a piso.

La idea es que uno de los peones ate el extremo de una faja al pallet y el otro extremo a la torre del elevador para arrastrarlo hasta que quede a su alcance.

La conversación se da como sigue:

—Agarrá la faja y atala al pallet así lo arrastramos —dice el motorista al peón.
—Che, Cacho, la faja es corta. Le falta más de medio metro.
—Bueno, dala vuelta y atala de la otra punta, que es más larga —contesta Cacho. El tipo está serio, imperturbable y el peón lo mira, dubitativo.

El resto de los vagos que están alrededor dan media vuelta y se van, incapaces de permanecer serios.

—Cómo va a ser más larga del otro lado, Cacho?
—Pero sí, muchacho. ¿Cuándo vas a aprender? Dale, que se nos va la mañana.

El peón, un muchacho que entró hace pocas semanas intuye que algo no está bien, pero el otro está serio como perro en bote y lo hace vacilar. El chofer del camión está al lado, pero no dice nada. Se arma un tabaco con toda parsimonia y evita levantar la mirada.

Al final el peón claudica y se pone a atar la faja de la otra punta, ante la carcajada general.

—Solo quería demostrarle que estaba equivocado —se defiende el peón, compungido.

Y así vamos, sobreviviendo y sacando el país adelante, un martirio a la vez.

Cuatro noches y tres días

Qué placer me da escribir estas líneas y compratirlas contigo. Hace varios días que las vengo armando. ¿Viste ese refrán que dice que una imagen vale más que mil palabras? Bueno, no me importa. Me gustan las palabras, puedo enroscarlas, moldearlas, y a veces, si soy afortunado, hasta hacerlas brillar. No, creo que esta no es una de esas veces, no pasa nada. No es una crónica propiamente dicha sino más bien una serie de impresiones, de instantáneas. A diferencia de las actuales fotografías de viajes, estas no van a ser 953 imágenes de lo mismo. Más bien se asemeja a la época, unos 30 años atrás, en que salías de viaje y solo tenías tu camarita Kodak110 con un rollo de 24 fotos. No yerres, porque las chances son limitadas.

¡El viernes me reencontré con María Luisa! Después de un largo, larguísimo mes y medio separados en distancia. ¿Qué puedo decirte que no imagines? La sonrisa, la calidez, la solidez. Todo muy lindo con la tecnología, es fantástica para mantener el contacto, verse a diario a 18000 kilómetros de distancia es genial, pero la solidez es imbatible: tocar, oler, sentir.

El reencuentro no devino en un idílico fin de semana ahítos de amor y chocolate y vino y más amor abrasador, aislados del resto del mundo. Más bien salimos a su encuentro. El sábado a las 7.10 de la mañana, para ser precisos. El plan era reunirnos con su hija y yerno que están construyendo su casa en Punta del Diablo.

Mis sentimientos con los viajes son ambivalentes. Me encantan y me aburren a partes iguales; me centran y me atosigan el alma a partes iguales. Cuando viajo a algún lugar es difícil que privilegie trayecto antes que destino, y sin embargo, siempre puedo abstraerme y perderme en detalles.

Cerca de La Floresta hay un bosquecillo joven y ralo, de pequeños eucaliptus. Todos se inclinan hacia el norte, en el mismo leve ángulo, como en un clip de Michael Jackson. Un vendaval persistente o más probablemente, la mano delicada pero firme de un gigante.

Un poco más allá se abre un claro en las dunas y en su centro veo un único pino tierno y solitario, descastado. Es una imagen extrañamaente desoladora.

Los cerros y afloramientos, los escarpes y viejas canteras me hacen fantasear con yacimientos esperando a ser descubiertos en sus centros, una sucesión de tierras preñadas de riquezas. Ah, sí, la inmensidad de la serranía siempre me fascinó. Como si pudiera largarme a caminar en cualquier instante sobre sus onduladas faldas, engañosamente uniformes, tapizadas de liso verdor en la distancia. Solo al acercarnos se revela su casi imposible geografía de piedras fracturadas y grietas, el monte espeso, achaparrado y tupido.

La amplitud es maravillosa. Podés mirar lejos durante kilómetros y kilómetros en cualquier dirección. Y la lejanía te limpia los ojos y te los llena de imágenes livianas. Apenas se ven rastros de presencia humana. Apenas alguna casa perdida en las lomas, a kilómetros de distancia de cualquier lado.

Los amigos que aun en la distancia se van acercando.

Los palmares que dan paso a una bruma blanca y espesa, ominosa incluso, como salida de la imaginación de Stephen King y que en realidad solo anuncia el principio de la Laguna Negra.

El trabajo con las manos, purgado de pretensiones y sin angustia, ese que causa el más placentero de los cansancios. Y con él, el placer de construir, de ver cómo crece algo que antes no estaba allí.

El rugido ominpresente del mar, en esa hora lenta del primer amanecer en la que ni siquiera los pájaros han despertado aún. El silencio casi absoluto de la vida en pausa.

Los ojos achinaditos, el pelo revuelto y la sonrisa lenta de gurisita, imposiblemente cálida y feliz de María Luisa recién levantada; ese tipo de sonrisas que levantan y tumban imperios. ¡MEV! Cómo amo a esta mujer.

La vegetación dura, triste y sacrificada que crece en los médanos, aferrada como puede a las dunas. Hablame de meritocracia.

Y luego, apenas antes que el sol, el despertar de las golondrinas y sus primas hippies, las tijeretas.

El placer inconmensurable de cocinar al aire libre sin apremios. Tal como estás, tal como querés. Y con la cocina, la comida en comunidad. Donde todos servimos a todos y nos regocijamos en la cercanía.

En un despliegue impecable de pascualismo, Flawless Pascualismo como dicen en Harvard, apronté toda la ropa antes de salir de casa y la envolví en una toalla para no perder nada. Genial, ¿verdad? Genial habría sido, seguramente, colocarla dentro de la mochila en lugar de dejarla a 500 km de distancia.

Empezar un viaje temprano y con la fresca de la madrugada es balsámico. El auto va contento, el espíritu va ligero y hasta el mate sabe mejor. La madrugada viene preñada del resto del día, llena de buenos presagios y posibilidades.

La Ruta 16 entre Castillos y Aguas Dulces, y luego la 10 desde Aguas Dulces a La Paloma son bastante precarias, sin marcar y desparejas. Tanto, que en algunos tramos obligan a bajar la velocidad a no más de 80 km/h. Viajar temprano también implica toparse con multitud de bichitos rezagados, aunque a 80 km/h tienen mejores chances de esquivar el parabrisas asesino: si tienen suerte, el aire convertido en un flujo laminar a esa relativa baja velocidad los levanta como una ola y los hace contornear el chasis, sin daños. Una mariposita casi lo logra. Parecía que iba a pasar surfeando sobre el parabrisas, pero justo al final lo rozó con una de sus alas. Dejó un manchón, no de bicho reventado, sino de ceniza. Como una leve pincelada de un finísimo polvo de color azul grisáceo. Durante varios kilómetros volví a ese rastro de color una y otra vez, como el recuerdo de un artista descuidado.

Luego de Punta del Diablo, La Paloma. En La Paloma hay un restaurante llamado La Ballena; en un alarde de ironía, La Ballena estaba Vacía. En La Paloma hay calles con nombres de constelaciones. El agua es gélida, gélida como solo había experimentado en el Pacífico cerca de Lima. Es LO Gélida. Y salada. Saladísima. Ultrasalada. Como salmuera. Debería haber recogido un botellón para probar de maridar algo.

Cerca de La Paloma está La Pedrera. La avenida principal de La Pedrera se llama Av. Principal. Es como si la hubiesen bautizado unos hobbits. Allí hay una calle llamada El Olimpo y en una de sus esquinas un boliche llamado El Trueno. Hubiera matado por tener una cámara de fotos decente. Tanto para registrar que es imposible de detallar

Y en la noche, cuando volvíamos a La Paloma de esa excursión relámpago a La Pedrera, nos detuvimos frente al mar. Y el mar nos dio uno de sus regalos más bellos: noctilucas. Nunca las había visto y fue un placer tan maravilloso que casi me pongo a lagrimear. No hay placer más grande que descubrir algo nuevo. Son mágicas, como una fiesta rave con luz negra para algas. En la penumbra se veía el leve delay producido por las olas al romper, el estímulo, seguido por la reacción en cadena del brillo fosforescente y fantasmal de las noctilucas siguiendo la línea.

A la vuelta recordé la historia, de a ratos onírica, que Guadalupe Muro (@aircarnation) escribió sobre los coihues. Guadalupe cuenta que los cohiues, un tipo de árbol alto y de raíces superficiales, crecen formando islas. Las ramas forman copas que se entrelazan en lo alto, como un abrazo. Ese abrazo les permite mantenerse en pie, juntos. Así también son los pinos que se ven en las rutas al este de Uruguay. Pequeñas islas de pinos con las copas entrelazadas.

Y así pasaron los días, como un fogonazo. Con gloria y sin penas.