Archivo del Autor: Pancho

A veces mucho está bien…

… pero otras veces no. A veces más que mucho es demasiado. Y otras más que demasiado está bien.

No miré Civil War. No miré Winter Soldier. No miré Black Panther. No miré la serie Shield. No pude terminar de ver la última de Spider Man porque me aburrió a morir. Y no miré Ant Man and the Wasp. Pero miré Infinity War. Una película larga, cargada de CGI y con más personajes que si la hubiera escrito GRR Martin. Fue una decepción. Es más que mucho: demasiado. Es como ver cinco películas en una. Con cero emoción y cero contenido. Ni siquiera sé si la pasé bien mirándola.

Si miré con ganas Deadpool 2. Directamente es más que demasiado, así que está bien. Por lo menos se mata de risa de sí misma.

A dónde voy con esto? A que estoy hastiado de superéwes y sobre todo de modelos que se repiten una y otra vez con solo variaciones cosméticas.

 

Lo mismo pero distinto

Anoche, charlando con María Luisa hablamos de la Historia. De cómo ciertos hechos y personajes históricos siguen hasta nuestros días reconvertidos en expresiones de uso común. Y luego de cortar con ella me quedé rumiando sobre el tema.

Corría el año 1522 y la Guerra Italiana, la famosa y cruentísima Guerra de los Cuatro Años iba a todo trapo. Francisco I de Francia y Carlos I de España (y V de Alemania, cosa que me alucina) enviaban a la muerte a decenas de miles en los embarrados campos de batalla de Europa.

Una Europa convulsionada, empobrecida, desgarrada y, por qué no decirlo: totalmente desquiciada. Si habrá sido desquicio, que en el caldero hervían un rey español que hablaba en alemán, con un rey francés peleando por una ciudad italiana, con los franceses que en sus filas tenían escoceses y suizos, y un ejército español compuesto por italianos y alemanes, donde los reyes decían pelear por la gloria, mientras los soldados solo iban detrás de la soldada.

Vemos una pequeña posesión italiana: Bicocca, a pocos quilómetros de Milán. Milán, tan necesaria para el general francés, Vizconde de Lautrec, que comandaba una nutrida fuerza de venecianos y mercenarios suizos. Los Suizos, la élite guerrera de Europa, los que cargaban con sus largas picas como un muro erizado de púas, los invencibles, cuya sola presencia desequilibraba las batallas. Y del otro lado los españoles, que venían persiguiendo (y venciendo) a Lautrec por media Italia, comandados por un italiano, Próspero Colonna, que antes estuvo con los franceses, pero ahora peleaba por los Estados Pontificios, comandando fuerzas compuestas de caballería, lansquenetes (análogos a los suizos, pero alemanes) y una nutrida tropa de arcabuceros.

Ah, los arcabuces. Las primeras armas de fuego portátiles que empezaban a asomar tímidamente en los campos de batalla y con pretensiones de disputar el predominio de espadas y lanzas en la eterna carnicería.

Lautrec vio las dificultades. No quería atacar Bicocca aún, pero los suizos lo tenían contra las cuerdas: no habían recibido paga alguna y o atacaban o se volvían a sus cantones. Lautrec cedió, pero con resignación. Las fuerzas españolas estaban atrincheradas, en terreno más alto, detrás de un parapeto, con un pantano cubriendo su flanco, con menos cañones, quizá, pero con arcabuceros en cantidad. Los suizos desestimaron estos hechos con desdén. A fin de cuentas eran invencibles, verdad?

Cargaron desde terreno bajo rehusando la cobertura de la artillería amiga. Oh, sí, Lautrec quería machacar las defensas españolas primero, pero los suizos se mataron de la risa. A fin de cuentas eran invencibles, verdad? Así que dejaron atrás la artillería y cargaron de frente contra los españoles.

Llegaron al terraplén, el cual se levantaba detrás de una carretera inundada, y no pudieron seguir. La distancia era demasiada hasta para el largo alcance de las picas y los arcabuceros hicieron fuego sobre ellos de manera sostenida. Golpe a golpe masacraron a los suizos, impotentes con sus picas ante las balas. Más de tres mil suizos sembraron el campo ese día en poco más de un par de horas.

Este fue, según algunos historiadores al menos, un punto de inflexión. Terminó con la leyenda de invencibilidad de los suizos, que luego del desastre de Bicocca se desbandaron, obligando a Lautrec a retirarse definitivamente de su posición lo que llevó al colapso francés en Italia. Y también terminó con la supremacía de las picas y las cargas frontales que eran la estrategia de guerra preferida en la época. Era el inicio del reinado de la pólvora.

Se dice que los españoles tuvieron solo una baja en la batalla de Bicocca y no fue debida a ningún enemigo sino a la patada de una mula.

Y así llegamos a nuestros días y dos visiones distintas de una misma palabra: bicoca.

Mientras que nuestra española bicoca es un beneficio fácil de obtener y a bajo precio, los franceses tiene la bicoque para referirse a una pequeña casa en ruinas, una choza, o incluso a un basurero.

Historia, imposible no amarla.

Polenta fonduta con portobellos al ajillo y cerdo aromático

Polenta! Debo reconocer que al principio no me atraía en lo más mínimo y que es un gusto que me llevó tiempo desarrollar.

Alimento noble si lo hay, admite que te pases de cocción, podés comerla sola o con la salsa tan elaborada como quieras,  a la plancha, al horno, o frita. Como plato único o como acompañamiento. Más sabrosa o más sutil. Todo puede hacerse con la polenta. Hasta pan.

En esta oportunidad vengo con una presentación sencilla y sabrosa.

Doscientos o trescientos gramos de carne de cerdo en tiritas, un poco de aceite de oliva, una cucharadita de fécula (que al cocerse la carne hace como un glaseado al mezclarse con los jugos) y algún condimento o especia sabrosa: pimienta de jamaica, salvia picadita, salsa de soja, jengibre, pimentón ahumado, etc. En este caso usé un poco de pimienta roja bien molida y un buen pellizco de pimentón ahumado.

Mezclás todo, embadurnás bien la carne con eso y lo dejás marinando tapado con un film 20 minutos en la heladera.

Eso por un lado.

Luego unos hongos portobello o champiñones. Con cuatro o cinco portobellos por cabeza alcanza. Si les sacás la película que los recubre con un cuchillito evitás tener que lavarlos, así que al momento de saltarlos van a largar mucha menos agua. Laminalos bien finitos.

También uno o dos dientes de ajo bien picados y una lasca de manteca.

Fundís la manteca en una sartén, agregás el ajo y en cuanto larguen su primer perfume mandás los hongos, removiendo a fuego medio. Primero va a parecer que se toman toda la manteca, pero resistí la tentación de agregar más materia grasa o aceite. En un momento van a empezar a largar agua y junto con ella esa manteca que se tomó en primera instancia. Salá con mesura. Cuando estén doraditos, dejalos reservados en caliente.

Saltá en la plancha la carne con su marinada hasta que esté dorada, salá a gusto y reservá caliente.

Ahora la polenta. La polenta es importantísima. Personalmente prefiero la polenta de verdad, sin precocer. Es más sencilla de manipular porque lleva varios minutos para que se cocine, así que también tenés menos chances de que se formen grumos. Para esta preparación se calculan 60 gramos por cabeza, con 450 ml de agua. Agua, leche o una mezcla de ambas, como quieras.

Si no tenés, o directamente preferís la polenta instantánea, lo que varía es la cantidad de líquido. Fijate las instrucciones del paquete, pero creo que cada 60 gramos de polenta, necesitás 270 mililitros de agua.

También vas a necesitar un puñado de queso rallado rico.

Prepará la polenta como hacés habitualmente e instantes antes de que esté lista sumá el queso y revolvé para que se integre y se funda.

De más está decirte que podés poner el agua a calentar cuando empezás a preparar el resto para no demorar tanto, o incluso hacer al revés y preparar la polenta primero y reservarla. Una vez que empezás con los fuegos es todo bastante rápido.

Serví sin demora y encima de ella serví los hongos y la carne de cerdo, con un hilo de oliva y pimentón dulce.

Esta receta salió un poco caótica, pero se hace fácil y es deliciosa así que compensa cualquier molestia.

Ya. Cocina con alegría y buen provecho!

La invención de la tentación

Conocemos el mito del Edén. Ya porque nos lo hayan embuchado de gurises, ya por cultura general aunque no seas de la religión católica, o porque hayas tenido la gran fortuna de leer a Mark Twain.

En el mito Eva es engañada y, sucumbiendo a la tentación, come del fruto del Árbol de La Ciencia. Es engañada por la serpiente que envió Lucifer, ese pobre Diablo, para cagarle la vida a los hijos menores de su Padre, el Tata Dios.

Pero eso, como casi todo, es mentira. Lo descubrí ayer a la tarde mientras fumaba un pucho al solcito de la media tarde.

Como a media cuadra veo a una pareja joven con su pequeño hijo que se acercan caminando despacio. Hablan alto así que no tengo problemas en entender lo que dicen a pesar de la distancia. El loco, un treintañero, le da al niño, de cuatro o cinco años, un tachito de confites sin abrir, pero le dice con firmeza: NO. LO ABRAS.

El pibito, que ya estaba empezando a forcejear con la tapa, se detiene, obediente. Pero a los pocos pasos empieza a jugar con ella como haciéndose el boludo, con la misma expresión de inocencia con que sonríe un cocodrilo.

NO. LO ABRAS vuelve a decir el padre, e intenta manotear el tachito de confites sin abrir, a lo que el niño se opone con firmeza y toda la feroz rebeldía de sus cuatro años. Se lo dieron. Es SU tachito de confites sin abrir. Eso lo entiende cualquiera. Pero si se lo dieron, ¿por qué no puede comerlos? ¿Qué es paciencia? ¿Qué es esperar? ¿Cuál es la diferencia entre comer los confites ahí o en el puto auto que está, papá acaba de decirlo claramente, a menos de media cuadra? Así que papá le deja conservar los confites, pero le repite: NO. LO ABRAS. A lo que el niño responde jugueteando nuevamente con la tapa.

En ese punto papá tiene una idea brillante: QUEDÁTELOS, PERO PONELOS EN EL BOLSILLO. A lo que el niño responde haciendo un torpe amague y quedándose con el tachito de confites sin abrir y jugueteando con la tapa.

Solo le hacía falta boludear con el tachito otros cuatro pasos para poder decir: “Uh, mirá papá, el tachito se abrió solo”. Como rezan las malas novelas negras: la tragedia se olía en el aire. Ya sabemos cómo termina la historia: el pendejo, incapaz de resistirse al canto de sirena de los confites forcejea con la tapa hasta que esta salta de repente y la mitad de los confites terminan en la vereda, ante el reprobador “TEDIJEQUENOLOABRIERAS” de su padre, la llorosa decepción del pendejo y el resignado silencio de la madre, que ni abrió la boca, porque padre e hijo son medio igual de boludos y pa qué vamo a discutir en la calle.

El paralelismo es inmediato e inconfundible. Porque si no querías que comiera los confites, la recalcada chota de tu viejo, ¿para qué mierda le das el tachito de confites sin abrir?

El Árbol de La Ciencia simboliza los confites, y la tapa del tachito de confites, todo el mundo lo sabe, es representada en La Biblia como una serpiente parlanchina y muy ladina… es una obviedad más que obvia, porque todo el mundo también sabe que una serpiente y una tapa redonda de plástico son casi iguales, sobre todo si la serpiente se está mordiendo la cola a sí misma mientras forma un círculo perfecto.

La revelación en esta historia es que, si estamos hechos a imagen y semejanza de ese Dios tan macanudo, entonces lo que hizo el padre del pobrecito pendejo probablemente también lo haya hecho El Padre con los pasmados de Adán y Eva, porque lo que se hereda no se roba.

Así llegamos al meollo del asunto: a la serpiente la mandó Dios. Y así volvemos a comprobar una de las pocas cosas ciertas e inmutables del mundo: si existiera, Dios sería terrible sorete; Lo Sorete.

De yapa intuimos algo no tan evidente a primera vista: no todo es culpa del pobre Diablo. Y que los pobres diablos hacen lo que pueden, sin excesiva maldad.

Algunas películas, aunque solo una GUAU

The Isle of Dogs. La historia en sí no es nada demasiado original, pero Wes Anderson. Wes Anderson y sus simetrías quitan el aliento. Qué belleza de animación! Qué precioso laburo! Un gobernante enamorado de los gatos destierra a todos los perros a una isla. Un niño se resiste a perder a su perrito y va a buscarlo. Esa es, muy grosso modo, la premisa, pero hay más, mucho más. Cómo la cuentan, cómo la muestran, la musiquita. Tenés que verla. Esta primera recomendación es para Maco, con todo cariño y agradecimiento.

A quiet place. Terror, con Emily Blunt (EB), a quien bancamos fuerte-fuerte en esta bella casa pastafari que es 42. Un planteo bastante original en películas de terror. No podés hacer ruido, ni andar en vehículos, ni escuchar radio, ni hablar, ni construir, ni gritar. Por no poder, no podés ni pisar piedritas al caminar, porque vienen unos bichos más feo que la mierda y te mastican. Y así es como tiene que sobrevivir la familia de nuestra historia, con una EB repreñada: en silencio. El planteo es bueno, hay instancias muy interesantes, pero la peli se queda corta, de alguna manera. Y el final es buéh…

Rampage. Con Dwayne Johnson (DJ), ex The Rock. En 42 lo super bancamos a The Rock, aunque ahora se llame Dwayne. Para nosotros es como Nicolas Cage: podrá hacer cualquier bodrio indomable, que lo miramos igual, yo y mis otros yoes. Y esta película puso a prueba nuestro compromiso y lealtad. Porque es horrible, inverosímil, con cero palusibilidad y una CGI que da bastante pena. DJ es una especie de biólogo. Una malvada corporación está trabajando con mutaciones de ADN que agigantan a los sujetos experimentales y los transforman. Los experimentos son en una estación orbital, porque son peligrosos, viteh… así que para que exista una peli con DJ, tenemos que hacer explotar la estación y hacer caer a la tierra las latas con el gas que genera las mutaciones. Así lo pueden oler varios animales que andaban en la vuelta: un lobo, un gorila y un cocodrilo. Que todos se agigantan y todos se vuelven medios dementes. Y bolazo total, que la terminé de ver porque DJ. No me importa nada, también voy a mirar Skyscraper, la próxima de DJ, aunque casi tenga números negativos en las valoraciones de internet.

Extinction. Me encanta Michael Peña y me afilé con esta, porque es el protagonista y casi siempre lo vemos de segundón con fecha de vencimiento. Y amo mucho-mucho a Lizzy Caplan; olé, olé, olé, cada día te quiero má, yooo soy de Lizzyyyyy, es un sentimientooooo, q’nopuee doo paraaarrr!!
No pasó por cines, sino que saltó directo a Netflix. Ciencia Ficción. Un planteo inicial raro. Un poco parecido a la primera Cloverfield en cuanto a su incongruencia y falta de contexto. Actuaciones medio pedorras. Efectos bleh. Vas toda la peli preguntándote qué hacés viendo eso, que la vida es corta y ahora justo se te escurre por los ojos, hasta que llega el último cuarto y hay UN giro revelador e inesperado. UNO. Y NO alcanza para salvarla porque ya pasaste los otros tres cuartos puteando al que ideó semejante fiasco. No alcanza ni un poco a pesar de ser bastante ingenioso. Demasiado poco, demasiado tarde. Hay cosas ridículas que no resisiten la mínima de las interrogantes lógicas, incluso, o sobre todo, por lo que implica ese giro revelador e inesperado. Algunos de ellos, sin miedo de espoilear, podrían ser: Cómo no estaban TODOS preparados? Cómo no avanzaron nada, o tan poco, o tan evidentemente poco? Igual te sigo a todas partes, Lizzy! Y si hay secuela la miro igual, porque soy masoquista!

 

 

 

 

Amalgamando es gerundio y es rico

Después de unos días de mucho pan y harinas y pastas y harinas, maticé con unas verduras.

Un tip dentro de un gran hilo con concejos de Narda en Twitter me dio el menú.

Así que bien, verdulería y trozo de cabutiá bien intenso, junto con unas zanahorias.

Olla con un dedo de agua, un palito de canela, el zapallo sin las semillas, untado con manteca y boca abajo, junto a las zanahorias partidas en cuartos longitudinales. Todo eso bien tapado y a fuego bajito durante 20 minutos o hasta que todo esté tierno. Retiré la verdura y la canela y vi que el líquido de cocción restante era una especie de caldo amarillento y mantecoso con un perfume delicioso.

No quería tirarlo. No me apetecía tomarlo. ¿Qué hacer? ¡Agregarle un puñado de chauchas (judías) verdes! Ocho minutos más.

Cuando las chauchas estuvieron tiernas (y enmantecadas!) aún quedaba un poco de líquido y ahí, como un relámpago, tuve la mejor idea de todo el mes de julio y probablemente de los últimos 6 meses: ¿y si dejo que ese líquido se consuma por completo?

Así que bien, tenía unos filetes delgados de pulpa de cerdo que pensaba hacer a la plancha, pero cuando ya prácticamente solo quedaba la manteca en la olla, puse la carne en ese jugo (debería haber hecho al revés y poner el caldo a reducir en la sartén de hierro, pero no me avivé hasta este minuto en que escribo… voy de a UNA idea brillante por vez). Un hilito mínimo de aceite de oliva ayudó a completar la cocción. Salieron dorados y caramelizados por la reducción de los azúcares naturales de ese caldo inicial y con un sabor, mezcla de las verduras, la carne y las reacciones de Maillard que volaba el copete. ¡Qué notable! ¡Qué nobleza en esos ingredientes sencillos pero cargados de potencial y sabor! ¡Preciosos todos!

Mientras la carne se cocinaba, hice un puré rústico con el zapallo y las zanahorias, con pizca de pimienta blanca, un buen pellizco de eneldo y un chorro de rico aceite de oliva.

Y ya. Un dulzor equilibrado sin usar nada de azúcar. Un solo cacharro sucio. Quien dice olla, dice sartén alto con tapa. Si es con fondo grueso, mejor, y si no, le ponés una tostadora de lata abajo. Un, dos, tres, fácil, fácil, requetefácil.

Cocina con alegría y buen provecho!

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /60

¡¡FUAHH!! ¡Casi dos años sin una entrega del Ecosistema! ¡Qué desastre! Si hay un indicador de los problemas que enfrentamos en el trabajo, ese es la falta de situaciones ridículas que muevan a risa.

Pero todo llega a quien espera y no desespera, generalmente la muerte, aunque hoy no sea nuestro caso.

A Esposa de Boss se le rompió la estufa a gas y nos pidió que la lleváramos a lo de Pérez, un veterano manitas, electricista de la vieja escuela, que realmente arregla termofones, cocinas, hornos y gran variedad de electrodomésticos, entre ellos, estufas.

El único pequeño inconveniente es que tiene su taller en las afueras de La Aldea. Digo pequeño inconveniente, porque La Aldea es diminuta y en realidad todo es cerca; solo que Pérez no está tan cerca. Así que Boss nos dice en un rapto de inspiración:

— Por qué no le llevan la estufa a Elizalde?

—¿A quién?

—Al vasco Elizalde, acá casa por medio. Ese la debe arreglar.

—¿Elizalde? ¡Pero si el vasco es pintor, Boss!

—¡Sí, pero sabe montones! ¡E incluso es relojero! —remató con entusiasmo.

—Bueno, pero mientras llevamos la estufa, vos andá pidiendo las pizzas en lo de Estévez, que es excelente mecánico…

—¿Qué?

—¿Que qué tiene que ver que el pintor sea relojero con arreglar la estufa, por dios bendito?

—Ta. Nada. Vayan a lo de Elizalde, ¿quieren?

Y ahí nos fuimos, a las risas, dejando al Boss con sus ilusiones rotas. Quizá debí darle una oportunidad de arreglar la estufa al pintor relojero.