Archivo de la categoría: 42 desvaríos propios

Desobedeciendo, pero con orden

Desde hace varios días estoy leyendo El Libro de la Desobediencia, del uruguayo Rafael Courtoisie.

Voy por la página 43, al momento de iniciar esta entrada, pero llevo leídas más de 100. A la altura de la página 16 ya llevaba leídas unas 60, ya que lo empecé tres veces desde el principio y leo y releo ciertos pasajes una y otra vez, como quien come ambrosía. Me regodeo y relamo en las imágenes, frases y pequeños detalles.

Un uruguayo escribiendo una historia mágica japonesa es alucinante. ¡Y ya es el segundo ejemplo con el que tengo la gran fortuna de cruzarme! El primero, también comentado en 42, fue Nunca Acaricies a un Perro en Llamas, de Alberto Gallo.

Curiosamente aquí también se encuentran elementos similares: poesía, por supuesto, ya que el señor Courtoisie es poeta y casi me hace creer que este libro en prosa es solo un disfraz para sus poemas ambientados en Japón. También hay un humor inconfundible y juguetón. La tragedia, la aventura, la acción, el reposo.

Una gran diferencia con el de Gallo, y no es que los esté comparando, porque no hay manera de compararlos, está en el erotismo. Es otro tipo de magia. Hay un erotismo rampante, una sugestión permanente, y hasta cachetazos de brutalidad.

Este segundo hallazgo es, si cabe, incluso más increíble. Tanto, que voy a desobedecer las convenciones para comenzar una reseña incluso antes de terminarlo, cuando ni siquiera sé de qué trata o a dónde se dirije. La culpa es del propio autor que pone dudas en mí y me impulsa a aventurar respuestas.

El pequeño fragmento que sigue a este párrafo está protagonizado por Naoko, la de las largas uñas envenenadas. Naoko es estudiante de Miniki, la poeta que ama a las mujeres. Miniki quiere hacer suya a Tanoshi, la delicada y celosamente guardada favorita del Emperador. Naoko, junto a otras, está ayudando a su maestra a deshacerse de la caterva de guardias que custodian al apetecible blanco de sus deseos.Naoko 01

naoko-02.jpg

Creo, humildemente, que un guerrero japonés no perdería el tiempo con semejantes adjetivos. Se limitaría a dar la orden, shine \∫iné\, imperativo (un tanto vulgar, es cierto, y por lo tanto quizá no apropiado para una poeta) de shinu, morir. ¡Muere! ¡Mueran!

Por el limitado conocimiento que poseo de las cuestiones japonesas, un rival que muere tan fácil e irremediablemente, sin oponer resistencia y sin representar un mínimo desafío no merece ni siquiera un insulto. Todos los insultos se contienen en el desprecio o desdén con que Naoko pueda cargar a esa simple orden.

Sepa, también, señor Courtoisie, que valiente o inconscientemente, desobedeciendo a la prudencia, probé de recitar las mágicas palabras “tan luá“, pero sin resultados visibles. No sé si mi dicción no es correcta, si mis carencias llegan a la hora de pronunciar las itálicas, si lo que falla son mis convicciones, o si Okoshi Oshura deliberadamente me ha engañado. Probablemente sea lo último, ya que siempre fui un alma cándida.

En fin, queridos dementes que deambulan por esta casa pastafari, suspendan la realidad y anímense a sumergirse en esta historia llena de desobediencia. Donde la magia desobedece a la realidad, la poesía desobedece a la prosa, el sexo desobedece a las convenciones y los absurdos desobedecen, deliciosamente, a la razón.

Aquí, la luz desobedece a la oscuridad, la mera presión de un dedo meñique puede matar o causar un orgasmo, y el leve movimiento de un abanico, como el aleteo de una mariosa, hace vacilar a un hormiga lejana y estremecerse envuelta en polvo rojo a una isla al otro lado del mundo.

Gracias, Daina, una vez más por la recomendación. Con cada página que avanzo, los agradecimientos aumentan un poquito.

Animalidades existencialistas

Io sono una tartaruga, dijo el erizo en una de las declaraciones más misteriosas del reino animal. Porque ¿dónde, cómo y bajo qué circunstancias puede haber aprendido italiano un erizo? Por lo demás no hay demasiado misterio. En contra de lo que podría pensarse, no es raro ver en estos simpáticos aunque puntiagudos animalillos este tipo de trastornos de la personalidad. Así que es perfectamente comprensible y no llama la atención que el erizo se crea una tortuga.

Es más, por lo que sabemos de estas fascinantes criaturas, en especial de su espiritualidad y grado de iluminación, no es del todo descabellada la idea de que el erizo bien haya podido ser una tortuga en una existencia previa.

Otra hipótesis que explicaría esta idea del erizo es la de transferencia utilizada en psicoanálisis.  Por mayores explicaciones sobre esta hipótesis hable con su psicoanalista de confianza, cuéntele que un erizo que habla y se expresa en italiano se siente una tortuga (genérica) y que eso puede deberse a que el erizo está pasando su carga existencial a una tortuga (específica), quizá por sentimientos afectivos no correspondidos. Dígaselo así, textualmente, y luego vea qué pasa.

La tartaruga non legge, sentenció con aplomo el erizo poco después, lo que le granjeó extraños gestos y ceñudas miradas de su familia. Una vez más, la incruenta censura se debe solo a su tozuda idea de expresarse en el idioma de la madre patria sin estar en ella. Por lo demás los erizos son bastante aplomados en condiciones experimentales estándar: dado un erizo perfectamente esférico y sin rozamiento, a una temperatura ambiente de 23 ºC y en el vacío, si (cuidadosamente) se le ata una cuerda a la cintura y se lo suspende de la misma, esta quedará en perfecta vertical perpendicular a la superficie, por lo que empíricamente podemos afirmar que el erizo está aplomado.  Esto es así para cualesquiera cantidades de erizos ideales y al menos el 97% de los erizos reales, ya que se han corrido todo tipo de experimentos en n+1 erizos ideales y en el 97% de los erizos reales a nivel global en un esfuerzo de investigación solo superado por el del grado de alfabetización de las tortugas.

Por otro lado, la afirmación de que la tortuga no lee tampoco sorprende, ya que el 97% de las tortugas reales y n+1 tortugas ideales, enfrentadas a cualquier tipo de texto, sin que importe el idioma en que se presenten, extensión o complejidad, son incapaces de leer una puta letra (o ideograma). Este dato se obtuvo mediante una ardua tarea de investigación y experimentación a nivel global sin parangón en la historia, no superada ni siquiera por la investigación sobre el aplomamiento del erizo.

Ambos estudios, los del aplomamiento del erizo y el analfabetismo de las tortugas, dan que sí. Es decir que los unos y las otras son aplomados y analfabetas respectivamente.

Esto no implica ningún tipo de cuasalidad, correlación ni nada que se le parezca. Es de puro pedo, en serio.

Caída libre

Hay algo fascinante en un objeto que cae.

En ese momento de equilibrio precario todo puede suceder. En ese momento que vos elegís como de incertidumbre, se condensan vidas y mundos. Vos sabés que va a caer, pero preferís pensar que a lo mejor no, que quizá se mantenga, que tal vez vuelva a su lugar de reposo. En tu mente las posibilidades engendran universos enteros donde el resultado es otro.

Pero no en este universo. El objeto cae y vos lo estás mirando. Con fijeza y sin parpadear. Casi adivinás las fuerzas que intervienen, que se lo disputan como amantes celosas tironeando de él. Ves el balanceo imperceptible y captás el momento exacto, majestuoso, en cámara lenta, en que el equilibrio finalmente se pierde. Contenés el aliento mientras te atrapa una inmovilidad marmórea, pero por dentro gritás lleno de gozo y adrenalina. No importa si lo que cae es algo diminuto o tan enorme como un glaciar, ese instante siempre es grandioso. Cuando la velocidad deja de ser cero para volverse grávida y el objeto se rinde. Se rinde y acelera más y más y más. Parece que no fuera a detenerse jamás. Sin parar, sin llegar a la velocidad terminal pero no por ello menos infinita.

Un objeto que cae tiene la fascinación de la irrevocabilidad.

Banda de sonido: Pretender, de Foo Fighters (en loop)

Conferencias

Me encontré con una pequeña publicación de Fernando Santullo donde vi un Generador Aleatorio de Nombres de Ponencias y conferencias.  Es para darle un nombre rimbombante, que suene impresionante, con gancho y del que nadie tenga ni pajolera idea de qué significa. Sin embargo, entre todos los delirios que allí se encuentran, como por ejemplo relacionar la pipa de Gandalf con la revolución y la ecología, me encuentro con esta pequeña maravilla:

La yuxtaposición religiosa tras los Fetuccini de espinacas: ¿una reflexión neoreligiosa?

Y se me ocurre que perfectamente podría armar una conferencia con este título:

Trataremos sobre la relación entre los fetuccini de espinacas y el auge del pastafarianismo. También estudiaremos cómo esta pasta ha influido en la creación de sectas y corrientes religiosas que se apartan de los tradicionales y más ortodoxos spaghetti sin por ello renegar de la Fe.
En un punto subsidiario, pero no menos importante, trataremos del camino de vida emprendido por el creador de pesto de pistachos, su convergencia con la salsa de tomates cherry y el añadido de pasta corta seca, de preferencia rigatoni. Exploraremos cómo el pesto de pistachos puede ayudarnos a alcanzar el paraíso pastafari del volcán de cerveza y strippers. Como punto final, y a modo de corolario, contaremos con la visita del más afamado e importante sommelier que podamos contratar para ver con cuál vino podemos marinar semejante receta.

R’amen.

Por más información llamar al 091 111 111 y preguntar por Atila.

Cine: Dragon Blade

O Cómo Destruir Una Historia Por Nada.

¡Qué desperdicio! Ese sería más o menos la síntesis.

En el año 54 A.C., el triunviro Marco Licinio Craso, que compartía el poder de Roma con Pompeyo y Julio César se va a hacer la guerra al imperio Parto, que se extendía en lo que hoy sería Irán, Iraq, Siria, parte de Turquía, y Afganistán.

Es El famoso Craso. El de las riquezas. El que aplastó la rebelión de Espartaco. Pero el chabón quería más; esa gente siempre quiere más.  A veces lo consiguen. Con eso en mente, y con un historial de victorias romanas en la zona, parte para hacia Partia Marco Licinio con su hijo Publio y un administrador, o cuestor para sus legiones: Cayo Casio Longino.

Craso tenía mucha riqueza material, pero como estratega militar tenía una pobreza proverbial. Todo lo que podía hacerse, lo hizo mal. Más que mal. Lo hizo perfectamente mal.  Confió en un aparente aliado local contra el consejo de su círculo, se apartó del Éufrates y se internó en el desierto con 7 legiones (entre 30 y 45 mil soldados), no aceptó ayuda ni refuerzos, se acantonó durante meses dándole tiempo al enemigo a organizarse, se negó a reagruparse y desoyó los más sensatos consejos en cuanto a formaciones. El resultado es el que cabría esperarse: él, su hijo, y unos 30 mil legionarios fueron masacrados, y otros varios miles, entre 8 y 15 mil, fueron tomados prisioneros o se dieron por desaparecidos. Esos desaparecidos se conocen como La Legión Perdida y la Historia tiene varias versiones para dar.  Algunos dicen que se establecieron en algunas ciudades de la Ruta de la Seda y contribuyeron a hacerlas inexpugnables.  Otros historiadores, que incluso cuentan con evidencias de ADN, piensan que deambularon hasta que el emperador chino los dejó instalarse en una localidad china de Sinkiang o quizá en la provincia de Gansu.

La Historia es rica en hechos y testimonios y leyendas. Las posibilidades son increíbles. La película, sin embargo, es una cagada.

Al encargado del casting tendrían que prohibirle trabajar en la industria del cine de por vida. Jackie Chan, haciendo de chino, junto con otros 3000 chinos, en China, está bien.  Adrien Brody, haciendo de un tal Tiberio, hermano de Publio, es un personaje demente que asesinó a su padre en un complot, es lamentable.  Publio, presentado como un niño ciego es una estupidez.  John Cusack haciendo de un cuestor Casio, devenido en general que busca escapar con su legión “perdida” del complot de Tiberio para salvar a Publio, con parlamentos y tonos de voz que parecen sacados de “Must Love Dogs”, es simplemente ridículo. Puta madre, falta Diane Lane, solamente.

La banda de sonido es bleh. La escena de los legionarios cantando como un coro de canto gregoriano es una risa (del tipo histérico). La photo es re-bleh, y eso que había para lucirse.

El guion es más que ridículo; es horrible, sin sentido, sin lógica y va más allá de cualquier onomatopeya habida o por haber. Con unos hilos argumentales infames y sin razón de ser, que encima quedan subexplotados. Los que intentan desarrollar son incoherentes. Y lo más básico está pasado por alto: porque lo menos que podés hacer, si te pasaste media película reconstruyendo las murallas de la ciudad, es cerrar la puta puerta principal para que no entren los malos. ¡Imbécil!

¡El pendejo ciego! Innecesario. ¡El ejército de 100’000 romanos! ¡Sin línea de abastecimiento! ¡Treinta y seis naciones convergiendo sobre ellos en pleno cuesta abajo, cual Gandalf al amanecer del tercer día! ¡Los partos aparecen al final y no hacen nada! Los arqueros partos a caballo eran soberbios y su caballería pesada casi inigualable en la época. En la batalla de Carras literalmente masacraron a los romanos. Sin embargo en la película se concentran en mostrar que a cada “nación” que pasa al ataque se les dan las órdenes de cargar con distintos instrumentos: trompas, cuernos, tambores, charangos, gongs, vuvuzelas. Con un Tiberio que se limita a decir “Ajh, llegaron los partos”, como quien dice “Uf, otra vez estos pesados”.

¿Me estás jodiendo, hijo de puta? Si no te gustaba la historia, no la hubieras filmado. No precisabas destruirla tan completamente. Tendrías que estar preso por atentado violento al espectador.

Quiere ser una película épica y resulta patética. ¡Cuánta plata tirada a la basura, por Gordjazz! Tenían todo para hacer y se mandaron la gran Craso: la cagaron a lo grande.

Lo más triste es que al principio se llenan la boca diciéndote y dejándote bien en claro que está basada en hechos reales.

Son flor de soretes.

Presencia

A pesar de que no estás desde hace años, tu voz es lo primero que nos recibe. Siempre. Indefectiblemente.

Es curioso. Irónico. Triste incluso.

Cuando ya no quede nadie, cuando los salones estén silenciosos y los armarios vacíos, lo último que se escuchará será tu voz, sosegada y cantarina, que nos sigue dando la bienvenida, invitándonos a dejar un fax o un mensaje.

El contestador siempre es lo último que se retira.

Fábulas en verso

Conseguí un pequeño libro de la escritora (entre otro cúmulo de facetas) española Concepción Arenal.  Son fábulas. En verso. Hay construcciones excelentes, con una musicaliad preciosa.

Si usted está en contacto con niños pequeños, no debe, ni puede, perderse la experiencia de compartir esta lectura con ellos.

El libro es de 1851, lo que quizá explique la curiosa ortografía; es todo un desafío, para los talibanes ortográficos, hacer caso omiso.

FABULA III

EL OSO Y EL LOBO.

En la cristalina fuente
Que tan pura el agua lleva
En su rápida corriente
Y se llama rio Deva
Cuando llega al mar potente.
Y de Julio caluroso
Como á las doce del dia,
Llegó á beber presuroso
De un lobo en la compañía
Grande y corpulento un oso.
El aura suave y pura,
Y la pradera florida,
Y la fuente que murmura,
Todo á descansar convida
Y paz ofrece y ventura.
Sentáronse á descansar
El lobo y el oso juntos
No viendo á nadie llegar,
Y después de otros asuntos
Pónense de este á tratar.
Ya me acerco á la vejez,
Dijo el lobo, y por mas traza
Que en ello pongo ¡pardiez!
Cada dia hay menos caza
Y mas hambre cada vez.
Pasan del Abril las flores,
Pasan las nieves de Enero
Sin que en estos alredores
Logre atrapar un cordero
A los malditos pastores.
—Te está muy bien empleado,
Respondióle grave el oso,
¿Por qué del hambre acosado
No has de tragar, melindroso,
De yerba un solo bocado?
¿Por qué no comes manzanas
Ni peras ni moscatel,
Que de nombrarle entro en ganas,
Ni maiz, ni rica miel,
Ni cerezas, ni avellanas?
¿Tiene de razón asomo
Tu carnicera manía?
Come de todo, cual como,
Que si no, por vida mia,
Flaco has de tener el lomo.
Si acaso de hambre te mueres
De mi cariño leal
Ni el menor auxilio esperes;
No es lo que te pasa un mal
Si no porque tu lo quieres.
Mas el lobo replicó:
—Si comer frutas no puedo. —
—Pues qué, no las como yo?
No auxiliaré, no ha va miedo
Al que la razón no oyó.
Así hallamos en la vida
Moralistas como el oso
Que intentan, cosa es sabida,
Con aire magestuoso
Cortarnos á su medida.
Poco es que la humanidad
Contra sus dogmas arguya,
No hay otra felicidad
Ni otra razón que la suya,
Ni tampoco otra verdad.
Sí de un pecho dolorido
No comprenden la amargura
Esclaman: ¡dolor fingido!
Y es necedad ó locura
La pasión que no han sentido.
Por no sé que facultad
Del mundo se juzgan dueños,
Y su grave necedad
Creced; dice á los pequeños,
Y á los grandes, acortad.
Años hace que le oí
Decir como regla á un viejo
Y la guardé para mi,
«Que el sabio al dar un consejo
»Se acuerda poco de sí.»