Archivo de la categoría: 42 desvaríos propios

Escándalo

La noche anterior fue agitada, con Mabel nos miramos de manera cómplice y casi sin palabras decidimos hacer una fritada de aros de calamar rebozados. Los acompañamos con una mayonesa casera con ajo y mucho limón. No nos atrevimos a destapar una botella porque seguro no íbamos a terminarla, pero de todos modos estuvieron Sublimes. Ya no somos inmunes a los excesos y, aunque repletos y felices, pagamos el precio de un sueño espeso.

Me despierto con los ojos pesados de sueño y la vejiga hinchada. Una mirada al reloj de la mesilla me dice que son cerca de las 4 de la mañana. Maldición. Cuantos más años pasan, más difícil es pasar la noche sin levantarse dos o tres veces al baño, como un viejo pusilánime. Maldición. También es más dificil hacerse el distraído y seguir durmiendo. Salgo de la cama con cuidado de no despertar a la rubia y tomo las escaleras a la planta baja. De camino al baño paso frente a la ventana del comedor cuya cortina entreabierta me permite ver a la calle.  Hay un auto estacionado frente a casa con dos muchachos dentro. Creo ver relampaguear el pico de una botella. Censurable. A la vuelta ignoro la ventana con todo cuidado y sigo hacia la tibieza del dormitorio.

Vuelvo a despertarme un par de horas después con la misma urgencia que si no hubiera vaciado la vejiga en toda la noche. Son las seis y media y tengo que librarme del dulce enriedo de brazos y piernas de Mabel. Vuelvo a bajar las escaleras y vuelvo a ver el mismo auto, con los mismos muchachos dentro. Se siguen pasando una botella y no parecen tener ganas de irse. Lamentable. Cruza una idea fugaz por mi cabeza, pero la descarto y sigo al baño.

Nos despertamos casi a la vez y luego de unos mimos nos levantamos. Son poco más de las nueve de la mañana y el sol está ya alto. Mientras Mabel pasa al baño yo pongo la cafetera a funcionar. Voy a la heladera y descubro con frustración que no queda más leche. No tengo más remedio que salir al almacén a fin de poder desayunar mi café con leche deslactosada como Dios manda.

Abro los tres cerrojos y cuando piso la calle los veo y recuerdo: son los mismos guachos. La botella es de cerveza Stella Artois y debe estar medio caliente porque no se ve transpiración; sí, mi vejiga es una porquería, pero mi vista todavía es aguda.  Cuando estoy cerrando la puerta una vaharada de humo de marihuana me encuentra y me abraza como si fuera un pariente que no veo hace mucho. Indignante. ¡Frente a mi propia casa!

Sin dirigirles una sola mirada voy al almacén con la cabeza bullendo de pensamientos encontrados. No sé qué hacer. ¿Debería quizá…? O no. Tal vez no.

Cuando vuelvo la cuestión se resuelve por sí misma porque el auto ya no está. La indignación da paso a la furia. Hace no tantos años atrás yo hubiera sido uno de ellos. Mierda. Y estoy seguro que si les hubiera pedido una seca me habrían convidado.  Tenían pinta de macanudos. Carajo.

El paso del tiempo es escandaloso. Mejor no pensar. Andá a desayunar, ¿querés?

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Las niñas de Santa Clara

Una pequeña ciudad en la frontera con Brasil. El rumor de un caso de corrupción de menores. Un periodista de Montevideo, en la medianía de la vida, medio de vuelta de todo, que sale a investigar. Esa es la premisa.

El encuentro con la quietud típica del pueblo chico del interior del país, pero que a la vez está en la frontera con un gigante que simplemente le da la espalda, a un río de distancia. Un río indiferente que se menciona apenas tangencialmente y al que se presta atención solo cuando crece. Los nombres dichos a veces en susurros, pero que nadie ignora. El viejo y proverbial infierno grande del pueblo chico, donde todos se conocen entre sí para bien y para mal. La pobreza, el desamparo, la impunidad.

El libro de Grabriel Sosa de a ratos resulta extraño, porque parece hecho de contrastes. Es cortito y escrito sin vueltas, pero complejo. No pasa nada y pasa de todo. Por sus páginas desfilan muchos sentimientos: indiferencia, fatalismo, impotencia, curiosidad, tristeza, indignación, miedo, rabia. El autor te hace alternar entre las emociones casi a capricho. Te hace acompañar a Larrobla llevándote casi de la mano, para luego dejarte abandonado y que hagas lo que puedas.

En estos días en que los titulares de los diarios se llenan de portadas de vejestorios inmundos que abusan de nenas, el relato de Sosa resulta vigente y actual e incluso a veces parecería que se quedara corto a la hora de alcanzar a la realidad.

Muy buena novela. La única advertencia que puedo darte es que evites terminar de leerla justo antes de ir a dormir. Te vas a quedar rumiando largo rato y vas a terminar agotado, asqueado por la enfermedad y sus síntomas, preguntándote cómo es posible que eso exista, que exista acá, entre nosotros, por qué nadie hace nada, por qué vos no hacés nada.

Banderas

Me preocupa la situación en España, donde tengo tantas amistades y afectos, con todo el tema Catalán. No tengo una posición tomada. No podría, ni me corresponde elegir un bando. Sí soy partidario de dejar que la gente se exprese y rechazo la violencia contra personas desarmadas y con los brazos en alto. No hay justificación en un estado que se dice democrático y de derecho. También rechazo la provocación y la coacción y el tildar de traidor a quien piense distinto.

He visto gestos y palabras y acciones muy mezquinas de ambos lados de este conflicto, tanto de las personas de a pie como de los dirigentes que deberían velar por el bienestar de su gente y tratar de desactivar el conflicto en lugar de inflamar los ánimos. Luego, a ninguno de ellos se los vio en las calles, tan gallitos que son por cadena nacional. Pero ese es otro tema.

Hoy, ahora, recién, acabo de darme cuenta de algo simplísimo: las banderas.

Si vas a Wikipedia y escribís “Bandera de España”, “Bandera de Cataluña”, o “Estelada” te aparecen las imágenes de las susodichas.  En todos los casos, franjas horizontales rojas y amarillas con algún eventual chirimbolo al medio. Lo más gracioso es que en la Estelada, dependiendo del color, el chirimbolo puede ser de izquierda o de derecha. ¡Qué estupidez, por el MEV! ¿En serio hacen esas distinciones en lo que algunos piensan que debería ser la enseña nacional, apartidaria y totalmente desideologizada? ¿Y entonces qué? ¿Luego de independizarse, si se diera el caso, van a pelear entre ellos para ver qué color de chirimbolo debe aparecer en al bandera?

Después de estudiar concienzudamente las banderas me pregunto: la discusión entre la Bandera de España y la de Catalunya, ¿a qué se debe? ¿Al ancho de la franja, o al color con el que empieza? En esencia son iguales, amarillo sobre rojo o viceversa. Varias finitas o unas pocas bien anchotas. ¿Qué dilema, no?

Dejate de nacionalismos e ideologías por un momento y acercate hacia el lado de lo prosaico: ¿te das cuenta de que hay personas dispuestas a matarse por el ancho de la franja? ¿Vos sacrificarías a tus seres queridos, a vos mismo, por el color inicial? ¿En serio vale la pena sufrir por ver tres franjas o nueve en una bandera?

¿No se dan cuenta? Cientos de años han pasado como para estar anclados a ellos, para dejarse definir por ellos, por los años. Ya están juntos, los pueblos. Están todos al lado, mezclados desde hace generaciones. ¡Desde hace siglos! Sí, tienen rasgos culturales distintos y a veces hasta opuestos, pero no poder buscarle la vuelta y llegar a un acuerdo es como pretender cambiar de apellido porque a tu hermana no le gustan las aceitunas y a vos sí… y que además las llama “olivas”, la maldita. No mentira, mi hermana es un sol maravilloso aunque no le gusten las aceitunas.

Los que fundaron Catalunya están muertos. Los que fundieron Catalunya con el reino de Aragón están muertos. Los que fusionaron los reinos de Castilla y Aragón y Navarra están muertos. Y eso fue todo mentira. Uniones mediante matrimonios. Trasiego de gentes y vasallajes como quien pasa ganado de corral. A nadie se le debe nada. No hay imperativo histórico que valga. Eso también es todo mentira. El pasado son cosas que pasaron. La Historia son cosas que pasaron hace mucho. ¿Qué importa, a fin de cuentas? ¿Qué sigue? ¿Volver a separar los reinos de Castilla y Aragón? ¿Resucitamos a Fernando y a Isabel? ¿Otra guerra civil? Hay un montón de hijos de puta que parecen atraídos por la idea, por lo que se lee y escucha. Pero son pocos, poquísimos; el puñado de fanáticos de toda la vida. ¿Los vas a dejar ganar?

Perdoname si no soy sensible con tu sentimiento español o catalán. No llego a comprenderlo, de la misma manera en que no puedo comprender los fanatismos en los partidos políticos o los cuadros de fútbol. Cuando empezás a desmenuzar las cosas resulta que todo es mentira. Todo es mentira.

No sé, será que a mí los nacionalismos y las fronteras no me van. Son todos constructos de las élites, manipulaciones para que los soretes de siempre se enriquezcan como siempre, mientras los de a pie se pelean entre sí, como siempre. El río revuelto y los pescadores y esas cosas. Fijate a ver qué investigaciones pasaron a segundo plano, qué escándalos se silenciaron, qué dinero cambió de manos mientras están todos pendientes de qué bandera es la más linda.

Váyanse al bar a tomar una mientras conversan, quieren? Es lo más provechoso que pueden hacer. Y no pongan las sillas paralelas, ¿quieren? Las sillas paralelas son lo peor.

Molerse a palos y matarse entre ustedes es terrible para la salud.

Una historia no violenta

No me considero un tipo violento. Tengo un carácter, lo concedo, a veces estallo verbalmente. Pero no especialmente violento. Me enfurezco, sí, pero no suelo exteriorizarlo. A veces incluso parezco zen, ecuánime, equilibrado, ponderando todo en su justa medida.

Muchas personas pueden dar fe de mis palabras. Si preguntaras por ahí te dirían sin asomo de duda que “Arnaldo es un buen tipo, centrado, tranquilo”. Y lo soy, lo soy. Detesto la violencia. Soy un convencido de que nada soluciona, de que hay otras maneras. Creo en desactivar los conflictos antes de la inevitable escalada violenta. Pero no puedo desterrar la furia. No soy zen, salvo que existan monjes budistas furiosos. Hay violencia en mí. Una violencia oscura y viciosa que se regodea en el morbo y está siempre presente.

Te preguntarás, y con razón, cómo la mantego a raya. No es fácil, te diré. Pero he dado con un método. Represo la marejada de la violencia y la dejo salir de a poco cuando amenaza a desbordar los diques. Y es un buen método, debo reconocer. Alivio la presión, como por vertederos, mediante lo que llamo “ensueños”. Son representaciones vívidas, como secuencias que se proyectan en mi cabeza. Tan vívidas que es como si las experimentara en la realidad, pero por dentro. Llenas de movimiento y color y sonido y en ocasiones hasta con los olores en su sitio. Ensueños. Con los ojos abiertos y conciencia plena. Ensueños donde doy rienda suelta sin cortapisas a esa violencia. ¡Qué bello! Ver cómo se apilan. El estropicio de cuerpos rotos. El silencio que se instala de repente al segundo siguiente a que todo explota. Cómo los problemas desaparecen por ensalmo. Cómo se corrigen las injusticias. Cómo se hacen desaparecer los seres fastidiosos, aprovechados, mezquinos y molestos. Como con aquella doña inmunda. Como con Leonel, que sonreía burlonamente mientras lo reconvenía por enésima vez por haber faltado al trabajo sin avisar. Cuando comenzó con sus ridículas excusas no pude soportarlo más, lo derribé al suelo y lo golpeé contra el hormigón con insistencia, hasta que la sonrisa se desvaneció y su cabeza se abrió como un huevo salpicándolo todo. El alivio que se experimenta es casi físico. ¿De qué otra manera podrías lidiar con todos los hijos de puta sin convertirte en un sociópata descontrolado?

Un disparo, un tajo certero, un golpe contundente, una patada profunda. Extremidades dislocadas, cabezas estrelladas, algún diente que vuela solitario, cuerpos que se derrumban inermes. El estruendo y los gritos que luego cesan. La sorpresa, a veces el terror, que se ve en sus ojos cuando comprenden que se les viene la noche. La misericordia que nunca se concede.

Todo logrado con un ligero desenfoque de la vista y un breve viaje al interior.

Buen tipo, Arnaldo. Centrado, conciliador. Nunca pierde los papeles.

Sí, ese soy yo. Arnaldo, un tipo para nada violento.

Lamento boliguayo

Nacho me pasa este enlace, en donde un medio uruguayo informa sobre otro uruguayo que en Twitter interpreta, traduce y explica una canción española del año 2000: Aserejé. Aparentemente es casi trending topic.

http://www.subrayado.com.uy/noticias/71000/tuitero-uruguayo-nos-vuela-la-mente-explicando-el-hit-asereje

En las redes sociales, vi una captura con supuestos dichos del candidato del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou, en referencia a la golpiza que sufrió un peón rural de Salto por reclamar lo que en justa ley le corresponde. En esa captura apócrifa Lacalle Pou habría defendido el accionar del estanciero.

La respuesta del líder nacionalista no se hizo esperar y salió a aclarar los tantos, estableciendo que él no dijo eso.

El primero es gracioso, el segundo se enmarca en un hecho triste y terrible. No tienen nada que ver entre sí de ninguna manera, pero tienen algo en común: las ristras de comentarios.

Qué bicho inmundo y lamentable es el uruguayo. Es increíble lo rastrero y mezquino que resulta en cuanto se rasca un poquito. Fanático, dogmático, falaz, violento, cruel y muchas veces, tristemente ignorante.

El uruguayo no puede hablar ni del gusto del yogur sin cagarse en la concha de la madre de Lucía y el Pepe y los comunistas hijos de la gran puta. O en Sendic. O en los asesinos colorados, en los los blancos ladrones o una combinación de ambos. Todo se politiza, la piel es tan fina que es traslúcida, toda discusión derrapa a la velocidad de la diarrea (que todos saben es más rápida que la de la luz). Parecería ser que el uruguayo está en perpetuo estado de enojo esperando la mínima oportunidad para saltar directo a la yugular del que piensa distinto. Se diga lo que se diga saltan reproches y comparaciones, justificaciones y lamentos interminables. Con varas de medir variadas para cada situación. En donde lo propio se juzga con benevolencia y lo ajeno con máxima virulencia. Donde la historia se repite eternamente y las faltas no prescriben jamás. Todos corruptos, todos ladrones, sin que importe época o color. Manchas indelebles que restan, de manera instantánea, cualquier legitimidad y derecho a réplica.

Es tan raro ver un comentario que no sea descalificador, que tienda puentes, o que simplemente intente comenzar un debate serio y coherente, que probablemente se pase por alto, o peor aún, se conteste con un retruécano o sarcasmo que busque la descalificación, la mayoría de las veces con falacias lógicas que pretenden desviar el foco de la discusión. Es muy triste que muchas veces estos recursos tengan éxito, desvirtuando todo. Y eso en el mejor de los casos. En un porcentaje altísimo de ejemplos se cae directamente en el insulto rampante.

Para mí que la culpa es de Bonomi, el Ministro del Interior. ¡Renunciá, Bonomi!

Qué susto, ¿no?

Qué cagazo da salir de la “zona de confort”.

Aunque no sé por qué agregar la parte del confort cuando esa zona tantas veces es cualquier cosa, menos confortable.

“Zona de costumbre” podría ser una alternativa aceptable; la costumbre es clave para el ser humano. Algo fuera de lo normal repetido la suficiente cantidad de veces pasa a ser el nuevo normal, uno se acostumbra. Como cuando decís “mal, pero acostumbrado”. Y como te acostumbraste, ahí quedaste. Como algún tipo de bacteria que crea tolerancia a un ambiente hostil.

“Cucha” también podría ser una alternativa. Si sos un perro la cucha es tu casa y tu refugio y a donde te mandan cuando hacés alguna cagada. Es fácil quedarse en la cucha porque además tenés tu mantita. Así que no importa que te caguen a palos día por medio, siempre que la conserves y además tengas un plato de comida para ir tirando. Eso es, ¡buen perro!

Pero mi término preferido, luego de pensarlo mucho, es la “Mantita mora de la existencia”. La Mantita mora de la existencia me gusta porque puede llegar a ser confortable, pero ciertamente evoca a escasez y poca cosa y si el invierno es especialmente crudo, a frío. Además el diminutivo le da una cualidad de ternura, de buenez, que puede inducir a buscar su ilusorio refugio. Y después de que te envolviste en la mantita mora, cagaste. Porque se te enreda por todos lados y te complica la movilidá, y entonces a vos te parece que estás bien, porque vas envuelto en tu mantita mora, pero tu existencia en sí no va a ningun lado. A ninguno, salvo al suelo si te llegás a tropezar mientras vas todo envuelto como una momia pasmada.

Ah, sí, sea como sea que se llame es una cagada pinchada en un palo. ¡Pero qué cagazo da soltar la puta Mantita mora de la existencia! Uno se aferra a ella como si fuera lo único que flota en miles de kilómetros a la redonda de mar hinóspito.

Y sin embargo también hay alivio. Cuando finalmente vislumbrás la opción de soltarla, sentís alivio. Un alivio que es como un bálsamo. Y fijate lo que te digo: sentís alivio aunque no tengas ni puta idea de si vas a poder encontrar alguna otra cosa flotando a la que poder agarrarte. Después del pánico, literalmente pánico, que sentís justo antes de decidirte, viene el alivio de la liberación. La liberación viene del convencimiento de que si no soltás eso te vas a ahogar como un chambón. Incluso si ya de por sí andás escupiendo agua medio atorado. O tal vez precisamente por eso. Llega un punto en que ya no podés soportar más vivir hinchado de las bolas tragando agua y mandás todo a su puta madre. Total, si te toca ahogarte, más vale terminar de una vez que estar eternamente en medio del mar sin poder respirar. Es una sensación rara; una dicotomía difícil de describir, pero palpable. Quizá el ejemplo de la tabla flotando no sea el mejor, ahora que lo pienso.

Supongo que no todas las Mantitas moras de la existencia son iguales y habrá gente que encuentre realmente confortable tener la suya envuelta alrededor de la cabeza, pero hay veces en que la mantita agobia y no sabés cómo sacártela de encima. Te pica, te raspa, te da calor, está con chinches y ciertamente habría que lavarla, pedazo de mugriento; mirá si vas a tener así de cochambrosa tu Mantita mora de la existencia.

En fin, 42, después de muchas vueltas y sinsabores, está encontrando el nudo de la mantita y forcejeando para tirarla a la mierda. ¡Y qué paura! Pero la vamos a tirar igual. Aprovechamos que se viene la primavera y tenemos medio año para conseguir una mantita nueva.

Mientras tantos nos arreglaremos con la toalla.

Lindos cositos brillantes

Hace algún tiempo que vengo observando la cantidad de “tests” que aparecen en las redes sociales.

  • ¿A qué casa de Juego de Tronos perteneces?
  • ¿A qué personaje de Harry Esporter te pareces?
  • ¿De qué celebridad podrías ser amigo?
  • Si fueras un queso especiado, ¿de qué sabor serías?
  • ¿A qué país deberías ir de vacaciones?
  • ¿Qué animal fuiste en una vida anterior, marmota?
  • ¡Mira qué personaje histórico está emparentado contigo! Tus ansias por matar a tus enemigos y oír el lamento de sus mujeres venían de algún lado. ¡Dale gracias a Conan!
  • ¿Cómo está tu gramática? ¡Solo el 1,5% de las personas saben que “a ver”, “haber” y “haver” son cosas distintas!

Desde lo más risueño a lo más ridículo, todo está ahí. Es furor desde hace algunos años y no tiene miras de amainar. Todos en algún momento entramos a ver qué nos dice el oráculo de turno. La mayoría no tienen nada que ver con la realidad y ciertamente no hay método científico ni de otro tipo detrás de ellos… de los resultados al menos. Sí hay estudios y gente metiendo cabeza para hacerlos. Qué funciona y qué no, para qué franja de público, etc. La posibilidad de compartir los resultados en el acto hacen que se viralicen en horas.

¿Y qué hay detrás de los dichosos tests? Activa ciertos circuitos de recompensa en el cerebro, eso por un lado. Y también hay motivaciones psicológicas, porque los tests aparentan decirnos cosas de nosotros mismos, y eso siempre es interesante, incluso si sabemos que es mentira y que nos olvidaremos de ello antes de dos minutos. Un artículo de cuando el tema estaba tomando vuelo dice algo así como que somos como cuervos atraídos por las chucherías brillantes.

Y en general no andan desencaminados, porque antes esos tests te preguntaban cosas. De cierta manera tenían una especie de consistencia, porque a respuestas iguales los resultados eran iguales. En no más de 37 segundos tenías que contestar qué animal sería tu mascota ideal, qué castigo deberían tener los que llegan al Infierno porque ponen ananá a la pizza y cuál era la capital del antiguo imperio de Tanganika, luego de lo cual ya sabías con cuál de las Spice Girls podías casarte. Era mágico. Yo trataba de que me tocara la morocha con pinta de guerrera que siempre aparecía en los posters gritando como si algo la hubiera mordido en un lugar inapropiado.

Pero los tiempos cambian y ya no tenemos 37 segundos para responder tres preguntas bobas, por más trascendentales que sean. No, ahora el “test” “estudia” tu perfil y te da un resultado en poco menos de 11 segundos. Pero ya no es lo mismo, porque si tomás la prueba seis veces, tendrás cinco resultados distintos. Y eso solo porque son cinco las respuestas preprogramadas así que es inevitable que se repitan. Sí, el estudio del perfil es una engañifa y no nos importa,  porque lo que nos interesa es el resultado y, si nos gusta, poder compartirlo. Esa es la chuchería brillante que atesoramos y que pasa por nuestra mente a la velocidad de la luz y desaparece igual de rápido. Pero en el interín dejamos DECENAS DE MILLONES de clicks para las empresas que generan esas basuras, lo que en sí mismo no parece tan grave. A fin de cuentas tienen el derecho a hacer algún mango a costa nuestra, que consumismos lo que básicamente es el análogo a la comida chatarra de los contenidos… o quizá el hielo con el que estiran la gaseosa.

Lo que sí preocupa es lo que te piden además del “me gusta”: acceso a tu perfil público, lista de amigos, publicaciones en la biografía y fotos. En mi caso tengo muy poca información específica puesta en el perfil, y la poca que hay, miente (aunque no lo creas, mi apellido no es Cho, no nací el 1/11/1911 y ciertamente no vivo en un caserío perdido en el culo del desierto australiano). Tampoco tengo muchas fotos con la gente que me importa, o de los lugares en que he estado. Por otro lado, hay gente que compensa mi lamentable rebeldía ESCRIBIENDO Y MOSTRANDO TODO, cosa que para mí es totalmente demente, pero hey, los encargados de analizar el big data también tienen que vivir de algo. Y tampoco soy tan crack, ya que por el solo acto de estar en esa red social ya estoy dejando montones de información para quien se moleste en rastrearlos.

¿Viste cuando enfáticamente le decís a los agentes de Facebook (FB) que NO los autorizás a compartir tu información privada según el artículo 16589 del Segundo Concilio de Roma por la Seguridad de las Boludeces Personales? Bueno, te estás haciendo trampa al solitario, porque le estás dando esa misma información a alguien que potencialmente puede ser peor que los agentes de FB. Gente que quizá sea la que EMPLEA a los agentes de FB y que no se preocupa por engañarte con la letra pequeña del contrato, porque directamente no usa contrato.

Sin embargo, esto bien podría ser la punta del iceberg. No sé si te acordarás del revuelo que se armó en 2016, poco antes de las elecciones presidenciales en USA, cuando se supo que el equipo de campaña de Mr. Monguis Rubeola llevaba contratando desde hacía años a una empresa llamada Cambridge Analytica para evaluar los perfiles de más de 200 millones de yankis y sacarles la ficha, psicológicamente hablando. Cambridge Analytica también hacía tests, pero de verdad. Las preguntas parecían igual de inocentes que en los demás tests boludos, pero tenían intención y cabeza detrás. Y fueron dirigidas hacia las redes sociales. Mientras leo algunos artículos a medida que voy escribiendo esto veo que durante los debates de los candidatos antes de las elecciones en FB funcionó algo llamado Trump TV transmitiendo en vivo. Luego del segundo debate esa presencia en las redes se tradujo en una recaudación de NUEVE millones de dolaretes… en 120 minutos. Mr. Monguis Rubeola ganó, así que le deben haber acertado bastante. Es una evolución del viejo marketing directo de los 60 y 70 originado y destinado para venderle cosas específicas a un público específicamente receptivo. ¡Don Draper estaría orgullosísimo!

En 2015 los británicos en conjunto pasaron más de 62 millones de horas diariamente en las redes sociales. En 2015 la población del Reino Unido era de aproximadamente 65 millones de personas.  Así que en promedio cada hombre, mujer y niño (incluso lactantes) pasaba una hora en las redes, cada día, dando clicks como energúmenos. Muchos serían clicks “vacíos” digamos, como respuesta a una publicación de un amigo, pero también habría de los otros más significativos: en noticias, publicidades, publicaciones de grupos de todo tipo (activistas, religiosos, políticos) y opiniones de personalidades públicas.

Una de las tantas cosas que llaman la atención en estas lecturas es que se dice que muchos clicks se hacen casi inconscientemente. Te gustó algo, le diste un click. No pensás en motivaciones o analizás ese dedito pa’rriba. Es click y siga. Algunos pocos años atrás los investigadores podían sacar pautas demográficas para grandes grupos. Hoy en día, en cambio, pueden sacarle la ficha de los rasgos psicológicos a individuos específicos basados nada más que en unos pocos cientos de clicks (70 “me gusta” en FB son suficientes para crear un perfil básico, con 227 FB te conocería más que tus propios padres o hermanos, y con 500 mejor que vos mismo, aparentemente).

Empezás a leer notas de prensa, que enlazan a artículos más especializados, que referencian estudios concretos y da un poco de miedo.

Somos tan poco criteriosos a la hora de usar la tecnología que nos convertimos en artífices de la propia manipulación a la que estamos sujetos. Es como una versión incipiente de Gran Hermano. O como ver los engranajes que mueven al Gran Hermano.

(Algunas) Referencias:
NYP
TNYT
The Telegraph