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¿Quién es Juan?

No confundir con su versión con coma: ¿Quién es, Juan?

En la segunda pregunta se le pregunta a Juan sobre un tercero. En la primera, en cambio, se pregunta sobre el propio Juan. ¿Quién es Juan?

Eso es lo que yo me pregunto. ¿Quién es Juan? El nuevo candidato del Partido Nacional, salido de la nada, y que ya le disputa el segundo puesto al Guapo Larrañaga en las internas. Quizá recuerdes que hasta hace un par de meses atrás atomizó a todo Uruguay con esa propaganda de porquería, en radio, televisión, redes, etc.

No sé mucho de Juan. Que es empresario, accionista de un cuadro de fútbol, casado con una flaca cuyo padre tiene bastante plata y que de manera incomprensible se interesó por el paisito y su política.

Sí sé que su empresa Union Agriculture Group de la que fue director hasta julio del año pasado debe entre 60 y 85 millones de dólares, con entre 15 y 38 de ellos al BROU. Como no tienen guita, ni aparentemente forma de producirla a tiempo del vencimiento, le ofrecen a sus accionistas… comprar más acciones. A precio preferencial, eso sí.

Que esté en trámites para dejar de cotizar en la Bolsa, lo que le permitiría no informar públicamente de balances, deudas o resultados económicos, tampoco es precisamente tranquilizador.

No sé a vos, pero toda esta situación, y es solo lo que trasciende en la prensa, no me inspira tanta confianza en que el tipo pueda regir y administrar los destinos de todo un país. Con ese criterio yo también podría ser presidente. Porque de administración no sé casi nada, pero de atajar quilombos y hacer malabares tengo tres posgrados, 5 doctorados y un MBA.

Velo

Es extraño, a veces el conocimiento sobre qué tengo que hacer parece estar al alcance de la mano. Incluso el conocimiento sobre el camino a transitar, el cómo hacerlo. Hay una diferencia.

Qué y cómo, pero se esfuma. Como si un velo me separara de él. Una membrana infranqueable traslúcida, pero no transparente, que apenas deja entrever siluetas.

¡Y se intuye como algo tan simple!

Simple, no sencillo. La talla en madera es simple: agarrás una herramienta con un extremo afilado; este filo lo apoyás sobre un cacho de madera y con él sacás todo lo que sobra a fin de revelar lo que vos sabés que está escondido en el interior del material. No es nada sencillo, sin embargo. Pero sabiendo a dónde querés llegar, es posible. No hay velo.

Pero esto es distinto. Está ahí nomás, pero se va y me quedo con los retazos de ideas que solo unos segundos atrás parecían tan nítidas y definidas. Igual a esas veces en que cuanto más querés recordar un sueño, más vagos se vuelven los detalles.

Es frustrante y me hace sentir como si fuera un gurí que necesita que lo lleven de la mano. Tan cerca, ¡tan cerca!

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky /64

Depósito. Sábado. Horas de la mañana. Los creadores de “Este equipo deportivo de tela ultradelgada seguro que es más abrigadito del lado de adentro” nos presentan “La faja es corta”.

El motorista del autoelevador debe acercar un pallet con mercadería desde la mitad de la caja del camión hasta la parte trasera, a fin de poder tomarlo con las uñas del montacargas para bajarlo a piso.

La idea es que uno de los peones ate el extremo de una faja al pallet y el otro extremo a la torre del elevador para arrastrarlo hasta que quede a su alcance.

La conversación se da como sigue:

—Agarrá la faja y atala al pallet así lo arrastramos —dice el motorista al peón.
—Che, Cacho, la faja es corta. Le falta más de medio metro.
—Bueno, dala vuelta y atala de la otra punta, que es más larga —contesta Cacho. El tipo está serio, imperturbable y el peón lo mira, dubitativo.

El resto de los vagos que están alrededor dan media vuelta y se van, incapaces de permanecer serios.

—Cómo va a ser más larga del otro lado, Cacho?
—Pero sí, muchacho. ¿Cuándo vas a aprender? Dale, que se nos va la mañana.

El peón, un muchacho que entró hace pocas semanas intuye que algo no está bien, pero el otro está serio como perro en bote y lo hace vacilar. El chofer del camión está al lado, pero no dice nada. Se arma un tabaco con toda parsimonia y evita levantar la mirada.

Al final el peón claudica y se pone a atar la faja de la otra punta, ante la carcajada general.

—Solo quería demostrarle que estaba equivocado —se defiende el peón, compungido.

Y así vamos, sobreviviendo y sacando el país adelante, un martirio a la vez.

Cuatro noches y tres días

Qué placer me da escribir estas líneas y compratirlas contigo. Hace varios días que las vengo armando. ¿Viste ese refrán que dice que una imagen vale más que mil palabras? Bueno, no me importa. Me gustan las palabras, puedo enroscarlas, moldearlas, y a veces, si soy afortunado, hasta hacerlas brillar. No, creo que esta no es una de esas veces, no pasa nada. No es una crónica propiamente dicha sino más bien una serie de impresiones, de instantáneas. A diferencia de las actuales fotografías de viajes, estas no van a ser 953 imágenes de lo mismo. Más bien se asemeja a la época, unos 30 años atrás, en que salías de viaje y solo tenías tu camarita Kodak110 con un rollo de 24 fotos. No yerres, porque las chances son limitadas.

¡El viernes me reencontré con María Luisa! Después de un largo, larguísimo mes y medio separados en distancia. ¿Qué puedo decirte que no imagines? La sonrisa, la calidez, la solidez. Todo muy lindo con la tecnología, es fantástica para mantener el contacto, verse a diario a 18000 kilómetros de distancia es genial, pero la solidez es imbatible: tocar, oler, sentir.

El reencuentro no devino en un idílico fin de semana ahítos de amor y chocolate y vino y más amor abrasador, aislados del resto del mundo. Más bien salimos a su encuentro. El sábado a las 7.10 de la mañana, para ser precisos. El plan era reunirnos con su hija y yerno que están construyendo su casa en Punta del Diablo.

Mis sentimientos con los viajes son ambivalentes. Me encantan y me aburren a partes iguales; me centran y me atosigan el alma a partes iguales. Cuando viajo a algún lugar es difícil que privilegie trayecto antes que destino, y sin embargo, siempre puedo abstraerme y perderme en detalles.

Cerca de La Floresta hay un bosquecillo joven y ralo, de pequeños eucaliptus. Todos se inclinan hacia el norte, en el mismo leve ángulo, como en un clip de Michael Jackson. Un vendaval persistente o más probablemente, la mano delicada pero firme de un gigante.

Un poco más allá se abre un claro en las dunas y en su centro veo un único pino tierno y solitario, descastado. Es una imagen extrañamaente desoladora.

Los cerros y afloramientos, los escarpes y viejas canteras me hacen fantasear con yacimientos esperando a ser descubiertos en sus centros, una sucesión de tierras preñadas de riquezas. Ah, sí, la inmensidad de la serranía siempre me fascinó. Como si pudiera largarme a caminar en cualquier instante sobre sus onduladas faldas, engañosamente uniformes, tapizadas de liso verdor en la distancia. Solo al acercarnos se revela su casi imposible geografía de piedras fracturadas y grietas, el monte espeso, achaparrado y tupido.

La amplitud es maravillosa. Podés mirar lejos durante kilómetros y kilómetros en cualquier dirección. Y la lejanía te limpia los ojos y te los llena de imágenes livianas. Apenas se ven rastros de presencia humana. Apenas alguna casa perdida en las lomas, a kilómetros de distancia de cualquier lado.

Los amigos que aun en la distancia se van acercando.

Los palmares que dan paso a una bruma blanca y espesa, ominosa incluso, como salida de la imaginación de Stephen King y que en realidad solo anuncia el principio de la Laguna Negra.

El trabajo con las manos, purgado de pretensiones y sin angustia, ese que causa el más placentero de los cansancios. Y con él, el placer de construir, de ver cómo crece algo que antes no estaba allí.

El rugido ominpresente del mar, en esa hora lenta del primer amanecer en la que ni siquiera los pájaros han despertado aún. El silencio casi absoluto de la vida en pausa.

Los ojos achinaditos, el pelo revuelto y la sonrisa lenta de gurisita, imposiblemente cálida y feliz de María Luisa recién levantada; ese tipo de sonrisas que levantan y tumban imperios. ¡MEV! Cómo amo a esta mujer.

La vegetación dura, triste y sacrificada que crece en los médanos, aferrada como puede a las dunas. Hablame de meritocracia.

Y luego, apenas antes que el sol, el despertar de las golondrinas y sus primas hippies, las tijeretas.

El placer inconmensurable de cocinar al aire libre sin apremios. Tal como estás, tal como querés. Y con la cocina, la comida en comunidad. Donde todos servimos a todos y nos regocijamos en la cercanía.

En un despliegue impecable de pascualismo, Flawless Pascualismo como dicen en Harvard, apronté toda la ropa antes de salir de casa y la envolví en una toalla para no perder nada. Genial, ¿verdad? Genial habría sido, seguramente, colocarla dentro de la mochila en lugar de dejarla a 500 km de distancia.

Empezar un viaje temprano y con la fresca de la madrugada es balsámico. El auto va contento, el espíritu va ligero y hasta el mate sabe mejor. La madrugada viene preñada del resto del día, llena de buenos presagios y posibilidades.

La Ruta 16 entre Castillos y Aguas Dulces, y luego la 10 desde Aguas Dulces a La Paloma son bastante precarias, sin marcar y desparejas. Tanto, que en algunos tramos obligan a bajar la velocidad a no más de 80 km/h. Viajar temprano también implica toparse con multitud de bichitos rezagados, aunque a 80 km/h tienen mejores chances de esquivar el parabrisas asesino: si tienen suerte, el aire convertido en un flujo laminar a esa relativa baja velocidad los levanta como una ola y los hace contornear el chasis, sin daños. Una mariposita casi lo logra. Parecía que iba a pasar surfeando sobre el parabrisas, pero justo al final lo rozó con una de sus alas. Dejó un manchón, no de bicho reventado, sino de ceniza. Como una leve pincelada de un finísimo polvo de color azul grisáceo. Durante varios kilómetros volví a ese rastro de color una y otra vez, como el recuerdo de un artista descuidado.

Luego de Punta del Diablo, La Paloma. En La Paloma hay un restaurante llamado La Ballena; en un alarde de ironía, La Ballena estaba Vacía. En La Paloma hay calles con nombres de constelaciones. El agua es gélida, gélida como solo había experimentado en el Pacífico cerca de Lima. Es LO Gélida. Y salada. Saladísima. Ultrasalada. Como salmuera. Debería haber recogido un botellón para probar de maridar algo.

Cerca de La Paloma está La Pedrera. La avenida principal de La Pedrera se llama Av. Principal. Es como si la hubiesen bautizado unos hobbits. Allí hay una calle llamada El Olimpo y en una de sus esquinas un boliche llamado El Trueno. Hubiera matado por tener una cámara de fotos decente. Tanto para registrar que es imposible de detallar

Y en la noche, cuando volvíamos a La Paloma de esa excursión relámpago a La Pedrera, nos detuvimos frente al mar. Y el mar nos dio uno de sus regalos más bellos: noctilucas. Nunca las había visto y fue un placer tan maravilloso que casi me pongo a lagrimear. No hay placer más grande que descubrir algo nuevo. Son mágicas, como una fiesta rave con luz negra para algas. En la penumbra se veía el leve delay producido por las olas al romper, el estímulo, seguido por la reacción en cadena del brillo fosforescente y fantasmal de las noctilucas siguiendo la línea.

A la vuelta recordé la historia, de a ratos onírica, que Guadalupe Muro (@aircarnation) escribió sobre los coihues. Guadalupe cuenta que los cohiues, un tipo de árbol alto y de raíces superficiales, crecen formando islas. Las ramas forman copas que se entrelazan en lo alto, como un abrazo. Ese abrazo les permite mantenerse en pie, juntos. Así también son los pinos que se ven en las rutas al este de Uruguay. Pequeñas islas de pinos con las copas entrelazadas.

Y así pasaron los días, como un fogonazo. Con gloria y sin penas.

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky /63

Cuando llama un particular para que transportemos algún mueble o material, no siempre conocemos en qué parte de la ciudad está la dirección que nos pasa, por lo que solemos pedir algún tipo de referencia, ya sea un cruce de calles, o algún lugar conocido (plaza, negocio, monumento, etc.)

Hoy recibí la mejor referencia de mi vida. Oficina. Lunes. Horas de la tarde. Suena el teléfono:

—Empresa X, buenas tardes. Habla Pancho.
—Hola, mi nombre es Horacia y necesito traer una cosas de Montevideo.

La muchacha me pasa todos los datos para retirar la mercadería y al final le pido la dirección de entrega:

—Clamidia 724.
—Por qué zona está la calle Clamidia?
—¿Te acordás del quilombo? [sic] ¿El viejo quilombo, atrás de la fábrica de refrescos? Bueno, del quilombo cinco casas para abajo.

¡No hay como perderse!

El océano al final del camino

Neil Gaiman es maravilloso. En esta casa, buena y pastafari lo venimos siguiendo desde hace tiempo, aquí, aquí y aquí, aunque a una prudente distancia, eso sí; por las dudas de que se de vuelta de repente y… bueno, que lo veamos no sea lo que esperamos.

Esta corta historia mezcla la fantasía envuelta en los recuerdos de la infancia. La calidez con el miedo. La inocencia con la oscuridad. Lo cotidiano con el misterio. Las personificaciones desnudas del bien y el mal.

Me encantaban los mitos. No eran historias para adultos ni tampoco para niños. Eran mucho mejor que eso. Simplemente «eran».

Ah, sí. Casi parece seguir la estructura de un cuento infantil, pero la inquietud se siente real. Este relato simplemente es.

En un pasaje el protagonista piensa en su primer recuerdo, y al leerlo me pierdo en el mío: mi primo, de tres o cuatro años, buscando huevos de culito para arriba y hundido de cabeza en un alto cajón con paja que las gallinas usaban para anidar. Era una tarde cálida de verano, vestía unos shorts deslucidos que le quedaban un poco pequeños y estaba descalzo. Lo recuerdo sacudiendo las piernas flacas tratando de salir de la caja, pero sin soltar los huevos.

Aunque no tienen vínculo directo ninguno, al lado de ese recuerdo siempre que pienso en mi primito con los huevos de gallina en la mano, me viene a la mente la segunda imagen que tengo presente de esos nebulosos primeros años: la yegua zaina, vieja y mansa que usaba a veces para ir a lo de los abuelos maternos. Era tan vieja que casi no la usaban para los trabajos de la casa, y como no la usaban, nadie se molestaba demasiado en recortarle los vasos. Eso hacía que si la apurabas, tropezara. Era un seguro para que ningún gurí atropellado (yo, por ejemplo) sacara a la pobre vieja al galope. Lo bueno era que, como no la necesitaban, nunca había apuro en llegar o volver de ningún lado. A los efectos prácticos, era casi mía.

Mi primo de cabeza en un cajón buscando huevos y mi yegua de vasos sin recortar al paso manso, esos son mis primeros dos recuerdos.

Qué poderosos son a veces los escritores.

¿Cuál es tu primer recuerdo?

Una corta lista para 2019

Mirando un video random en YouTube me crucé al chef Douglas Kim, del Jeju Noodle Bar, hablando del orden en la cocina.

If your station is dirty it means that your brain’s dirty.

Él decía que si tu estación de trabajo está sucia significa que tu mente está sucia. La traducción literal es “cerebro”, pero creo que “mente” se ajusta mejor.

Una estación de trabajo sucia refleja una mente sucia.

Me resultó imposible sustraerme a esa frase, porque además sintetiza a la perfección innumerables conversaciones mantenidas con Naxto a este respecto. Es aplicable a todo, no solo a la cocina, y explica muchas cosas. Así que no me quedó más remedio que hacer un pequeño viaje introspectivo y tener una charla con ese pendejo cabrón que vive en mi interior.

El primer indicador es la atronadoramente baja cantidad de libros leídos este año. Diciséis, quizá uno más, si logro disciplinar un poco mi mente. Menos de dos por mes, cuando lo normal es un promedio de cuatro a cinco. La explicación es sencilla: no logro conectarme con las historias e ideas, pierdo el foco. Una mente sucia, atiborrada de porquerías, como en la vida, no tiene espacio suficiente para colocar cosas nuevas, limpias y útiles.

De aquí se desprende que resulta más sencillo mirar la pantalla, cualquiera de ellas: Twitter, YouTube, Netflix, etc. Son distracciones, ilusiones, espejismos, ensoñaciones en las que perderse. Para una mente sucia, ese sucedáneo de la anestesia es el equivalente a barrer bajo la alfombra.

El segundo gran indicador, evidente para cualquiera que pise mi casa, es el quilombo. El desorden mayúsculo presente en todas y cada una de las áreas habitables. La casa es más que pequeña. Ordenarla es sencillo. Limpiarla y mantenerla no implica un esfuerzo especialmente grande. Pero aun así es un quilombo. Una mente sucia se hunde en la apatía y la indolencia. Una mente sucia es, al fin, caótica.

El tercer indicador son proyectos a medias e ideas que no pasan a la fase ejecutiva, incluso aunque parezcan ser metas realmente sencillas de alcanzar. Una mente sucia se embota, atrapada por la inercia; carece del combustible necesario para ponerse en movimiento o para llegar a destino una vez en marcha.

El cuarto indicador es persistir en el pucho, a pesar de sentir cabalmente que no me hace bien y dejar de lado el ejercicio, la Práctica, a pesar de sentir cabalmente que sí me hace bien. Una mente sucia no logra concentrar su voluntad.

Así que si la mente sucia ignora deliberadamente lo que no le gusta, es apática, es desordena, está embotada, no logra avanzar, ni juntar la voluntad necesaria, estamos en problemas.

Las causas están más o menos claras y son viejas conocidas. No voy a ponerme a hablar de ellas porque suenan peligrosamente a excusas y odio las excusas. Tampoco soy fan de buscar culpables (aunque acá el único culpable soy yo). Prefiero concentrarme, más que en por qué llegué a este punto, en cómo soluciono los problemas derivados. Algunas de esas causas no van a desaparecer, pero sus efectos pueden ser contrarrestados, mientras que otras causas sí van a desaparecer, siempre y cuando le ponga ganas y perseverancia, ya que más que causas son efectos colaterales. Creo que perseverancia y constancia serán las grandes palabras clave para el 2019.

Así que la lista de propósitos para el 2019 puede resumirse así:

  • limpiar mi mente.

Se dice fácil. Aunque tengo un par de ideas de cómo comenzar el proceso. Del éxito (o falta de él) con que acometa esta tarea dependerá todo el resto. Creo que el 2019 puede llegar a ser… interesante.

Buen año para vos. Intuyo que más allá de las ganas el 2019 no va a ser nada sencillo; mi deseo para vos es que encuentres toda la fuerza que necesites para pelear al muy cabrón y que no bajes los brazos.

Que el MEV nos ampare bajo su tallarinesco apéndice y nos colme de bendiciones, abundante bebercio y opíparas comidas.