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Mimo oral

Hay música en las palabras.  Una cadencia, un ritmo.  Hay palabras que son como caricias, otras como notas, otras que hacen aparecer imágenes en nuestra mente, firmemente asociadas: contenedor y contenido, sin ambigüedades.

Estos días, leyendo, he visto muchas de ellas relacionadas con caballos.

Dos de ellas en particular me llamaron la atención.  Almohaza, y la acción de usar una, almohazar.

Es una especie de rasqueta que se utiliza para cepillar a los caballos.  Y como con la pasta, hay dos evocaciones distintas.  De la misma manera que podés comer pasta o fideos, también podés alomohazar un caballo, o cepillarlo. Lo segundo es eso que se hace medio de apuro y sin pensar, como un trámite necesario, mientras que lo primero es un acto de afecto, un ritual, una tarea que puede ser rutinaria, pero no por ello carente de intencionalidad y cuidado.

Mi abuelo tenía una almohaza, aunque mi tío solía usarla como cepillo.  Era un objeto tosco, de latón, opaco y oscurecido por el tiempo y el uso.  Podía pasar largo rato alomohazando al bayo, mi abuelo.  Me gustaba mirarlo, tan metódico y cuidadoso.  La zurda almohazaba, mientras la derecha replicaba el movimiento un poco más lejos, en un arco más lento y breve, acariciando al caballo, sosegándolo.  Lindos recuerdos.

Almohazado.

Una palabra cantarina.  Esa zeta se te enrosca en la lengua y es casi un mimo que resuena. Uno tendría que acostumbrarse a mimar a su boca, cada tanto, pronunciando palabras bellas.

Let me eat my burrito!

Marzo y abril deben ser los dos meses mas bellos del hemisferio sur. El bochorno del verano se desvanece, y los rigores del invierno no han comenzado a tomar impulso siquiera.  Brisas suaves, noches frescas, sol cálido.  Perfectos.

Pero los mosquitos.  Los mosquitos también piensan que son los meses más lindos.  En verano, con los calores abrasadores del día, solo se encuentran de mañana bien temprano y a la noche. En invierno son raros, ya que aunque antes desaparecían en mayo, ahora más o menos están todo el año. Están todo el año porque los inviernos no son tan fríos y eso les ha permitido adaptarse en un número asomborosamente pequeño de años. Pero en marzo y abril se sienten joya… y atacan.  Como feroces escuadrones de kamikazes se lanzan ciegamente sobre cualqier cosa que tenga sangre medianamente caliente. Parecen invulnerables a los insecticidas, que más que insecticida, parece que los estuvieras rociando con puchero. Y son veloces.  Ágiles.  Con aceleración de cero a infinito en lo que demora un parpadeo.  Todavía recuerdo cuando podías matar mosquitos con un sopapo desgando.  Ahora precisás más entrenamiento que Kwai Chang Caine para tan solo seguirlos con la vista.  Y son silenciosos y astutos para esconderse.

Hay algo primigenio, atávico y elemental que parece despertarse en las personas cuando ven, u oyen, un mosquito. Escuchás, o ves, un mosquito y tenés que matarlo, espachurrarlo, aplastarlo, rociarlo, ahumarlo, incendiarlo (si por ejemplo tenés Poet en lugar de insecticida, y aplicás la llama de un encendedor al spray).  El tema es que sentís el impulso incontrolable de extinguir su vida de cualquier manera a tu alcance.

Sé que he hablado bastante de los mosquitos, comentado de mis sufrimientos a su merced, incluso me he servido de ellos para exponer profundas cuestiones filosóficas. Me fascinan.  Me fascina esa respuesta visceral que generan. Ese impulso depredador que toma el control del más manso y racional de los seres humanos. ¡Por el MEV bendito, si hasta Jim Morrison les dedicó una canción!

Ahora se le añade el miedo.  Ves que las patas tienen banditas blancas y no podés dejar de pensar en el dengue.  La palabra fulgura en tu mente en cuanto los ves. Al perseguirlos, farfullando incoherencias e insultos.  Al refregar la mano hasta desintegrarlos, cuando lográs aplastarlos.

Si te ponés a pensarlo, en realidad, son prácticamente los únicos depredadores naturales que tenemos. ¿Cómo no hablar de ellos?

Tesoro inalcanzable

De camino a la feria, a apenas una par de cuadras de distancia, paso frente a un patio enrejado, cerrado con cadena y candado, coronado por metros de concertina doble.

Gigante, exuberante, salvaje y sin control. Árboles, arbustos, matorrales de flores asilvestradas.  Bello.

Y allí, posada en la hojarasca, como uno de esos tesoros de fábula dejados a la vista para tentar al incauto, reluce una palta del tamaño de un melón.  Esmeralda inalcanzable.

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Géneros en la escritura

Cada tanto me pongo a rumiar sobre la escritura en estos tiempos, en particular en lo que se refiere a los géneros.

Las normas del español indican que se debe usar el plural masculino para referirse a situaciones genéricas o mixtas, por ejemplo, decir los alumnos (aunque el grupo al que se refiere esté formado por alumnos y alumnas, incluso si las alumnas son mayoría).  Esta situación molesta a las personas que militan por la igualdad de género, cosa que no puedo reprochar.

El problema es cómo lograr eso de una manera mínimamente elegante.

Algunas personas tratan de escribir prescindiendo de géneros.  Usando el ejemplo anterior, dirían el alumnado.  Este tipo de escritura puede ser todo un ejercicio de ingenio y habilidad, por lo que no se ve a menudo. Muchas personas suelen decantarse por la infame @, o por la equis, en el lugar de la vocal, mientras que un grupo especial de subnormales usa los plurales específicos a la vez (compañeros y compañeras, convenciones y convencionas, etc), lo que es un incordio, una molestia, una desprolijidad, oscurece los textos y viola el principio de economía todo a la vez.

Entonces, justo hoy, hace instantes nomás, en un chispazo de inspiración preclara, me surge una posible solución envuelta en una pregunta con moño y todo.

¿Por qué no rescatar un grafema (letra) del alfabeto latino, existente pero en desuso?  Específicamente la letra (ligadura) Æ o æ (en minúsculas).

Si, por ejemplo, se está hablando de los asistentes a un simposio de medicina, podemos usar doctores o doctoras, si estos asistentes son en su totalidad de un género determinado, o escribir doctoræs, si la asistencia es mixta.

Se podrían adaptar los términos a la escritura, que sería prácticamente transparente para el usuario, o la usuaria, o lxs usuarixs, o læs usariæs, con la ventaja de que esta ligadura sí tiene una pronunciación específica, cosa que no sucede con los tristes remedos de sustitutos que se pretenden imponer ahora.

Esta solución podrá debatirse en el caso de que se desee usar con las palabras terminadas en -nte.  En su momento creí que las terminaciones en ente correspondían al participio activo del verbo ser, pero eso ha sido refutado en varios sitios.  La mejor explicación la vi en este artículo, con varias notas bibliográficas, y que se justifica como sigue:

 Una vez expresado lo anterior, expondré que la terminación de adjetivos derivados de verbos son llamados comúnmente como participios de presente o participios activos. El sufijo se presenta en la forma –ante– cuando la base es un verbo de la conjugación en ar; en la forma ente o iente cuando la base es un verbo terminado en er o en ir. Significa: lo que hace la acción. Ejemplo: amante, principiante, ambulante, conducente, equivalente, permanente, complaciente, conveniente, concerniente. Cabe señalar que algunos de estos adjetivos se sustantivan de modo habitual; otros se han lexicalizado como nombres: presidente, asistente, sirviente. En algunos de estos casos se ha creado una forma femenina en –a (presidenta, princesa, etcétera).[2]

A título personal, la creación de una forma femenina para estas palabras que denotan acción, me parece un chijete.

En fin, no me parece tan mala idea.

No olviden que læ perræ es læ mejor amigæ del hombre… y la mujer.

Harad

Siempre me pregunté qué habrá sido de los haradrim.

Fueron muchos los elementos de peso que cambiaron. Eliminado Sauron y la consecuente reducción de los espectros a meras sombras.  Gondor y Arnor restituidos en su poder y dignidad.  Umbar y sus corsarios diezmados. Quizá con el linaje de los númenóreanos renegados diluido y caído en desgracia.  Khand desprovisto de los variags, muertos en los Campos de Pelennor, lo mismo que las belicosas tribus del norte y el sur fueron desprovistas de sus guerreros.

¿Cómo ajustarse a la nueva realidad?  ¿Que tipo de cataclismo social puede haberse producido en esas regiones?  Dejados de lado por las expediciones civilizadoras de Númenor, primero.  Sometidos por los númenóreanos negros después, que los despreciaban y solo querían poder.  Constantemente en guerra entre sí por sepa el MEV qué agravios.  Vecinos del Khand, no menos beligerante que ellos mismos.  Luego sometidos, aún más si cabe, por los Reyes Brujos y los primeros Anillos, en la Segunda Edad.

Siglos y milenios de esclavitud y miedo, violencia y guerra, oscuridad y odio.  Y de un día para el otro, literalmente de un día para el otro, eso desaparece.  Todo de golpe. Quienes los subyugaban desaparecen en un parpadeo.  Y los destinatarios de su odio feroz, los señores de Gondor, convertidos en magnánimos vencedores.  Y sin siquiera los recursos humanos para proseguir sus rencillas.

Debe haber sido terrible. Terrible pérdida. Terrible desamparo. Terrible miedo. Terrible incertidumbre. Una mezcla a partes iguales de alivio y pavor.  ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? ¿Cómo seguir? ¿Quedaría el deseo de venganza, perduraría el odio, una vez deshecho el embrujo del Ojo?

¿Se habrán reunido? ¿Habrán avanzado? ¿Se disolverían en las arenas del tiempo, olvidados, paralizados por la enormidad de lo sucedido y perdido todo propósito?

¿Qué habrá sido de los haradrim?

¿Y del Pompa Borges?

Pasa en la vida

Cuando logro cocinar algo y finalmente el resultado se ajusta EXACTAMENTE a lo que tenía en mente, en el alma, a la hora de comenzar, no puedo evitar empezar a los gritos y a las risas.

Como Al Pacino en Frankie y Johnny, pero con un plato de tallarines en lugar de Michelle Pfeiffer.

Por suerte eso se da raramente, lo que es una suerte. Sería horrible empañar semejante placer con la costumbre.

Cuenta la leyenda

Cuando Manawe creó el mundo, vio el cielo vacío y decidió poblarlo, así que creó los pájaros, de todos los tamaños y colores.

Pero los pájaros estaban en silencio, porque Manawe no había decidido qué sonidos harían.  Así que le encomendó a Talkor, el mejor de los dioses músicos, la tarea de darles voces.

Talkor, cuyo instrumento favorito era una vieja flauta de madera a la que podía arrancar la más dulce música, quería que cada pájaro tuviera una voz melodiosa y alegre que agradara a Manawe, Dador de Dones.  Así que tomó su flauta y subió hasta la cumbre de la montaña más alta, para que al tocar su música, todas las aves, de todo el mundo, escucharan las notas y aprendieran a cantar.

Escaló Talkor la montaña durante días, y al llegar al pico más alto tomó el instrumento y comenzó a soplar pensando en la más feliz de las canciones, pero para su sorpresa no salió ningún sonido.  Probó con una nueva tonada, y con otra y otra, cada vez más triste, pero la flauta siguió muda.  Pensando en que ya no podía hacer música, se lamentó a grandes voces y volvió a casa.

Al volver a su hogar, triste y frustrado, tiró la flauta al fuego, pensando que ya no funcionaría.  Talkor no se había dado cuenta de que en la cumbre de la montaña hacía tanto frío que la flauta se congeló, y por eso no salía de ella ningún sonido.  Al calor del fuego, el hielo comenzó a fundirse y la música atrapada en la flauta fue liberada y arrastrada por el humo, como motas de luz.

El humo cubrió todo el mundo durante muchos días, y los pájaros aprendieron así a cantar.  Sin embargo, junto con la música también escaparon los gritos y lamentos de Talkor, y hasta los chasquidos que hizo el instrumento al tomar fuego.

Es por eso que algunos pájaros trinan como la más dulce de las flautas, en canciones felices o tristes, o en suaves silbidos, otros emiten extraños sonidos, mientras que otros solo pueden cantar con lamentos.