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La invención de la tentación

Conocemos el mito del Edén. Ya porque nos lo hayan embuchado de gurises, ya por cultura general aunque no seas de la religión católica, o porque hayas tenido la gran fortuna de leer a Mark Twain.

En el mito Eva es engañada y, sucumbiendo a la tentación, come del fruto del Árbol de La Ciencia. Es engañada por la serpiente que envió Lucifer, ese pobre Diablo, para cagarle la vida a los hijos menores de su Padre, el Tata Dios.

Pero eso, como casi todo, es mentira. Lo descubrí ayer a la tarde mientras fumaba un pucho al solcito de la media tarde.

Como a media cuadra veo a una pareja joven con su pequeño hijo que se acercan caminando despacio. Hablan alto así que no tengo problemas en entender lo que dicen a pesar de la distancia. El loco, un treintañero, le da al niño, de cuatro o cinco años, un tachito de confites sin abrir, pero le dice con firmeza: NO. LO ABRAS.

El pibito, que ya estaba empezando a forcejear con la tapa, se detiene, obediente. Pero a los pocos pasos empieza a jugar con ella como haciéndose el boludo, con la misma expresión de inocencia con que sonríe un cocodrilo.

NO. LO ABRAS vuelve a decir el padre, e intenta manotear el tachito de confites sin abrir, a lo que el niño se opone con firmeza y toda la feroz rebeldía de sus cuatro años. Se lo dieron. Es SU tachito de confites sin abrir. Eso lo entiende cualquiera. Pero si se lo dieron, ¿por qué no puede comerlos? ¿Qué es paciencia? ¿Qué es esperar? ¿Cuál es la diferencia entre comer los confites ahí o en el puto auto que está, papá acaba de decirlo claramente, a menos de media cuadra? Así que papá le deja conservar los confites, pero le repite: NO. LO ABRAS. A lo que el niño responde jugueteando nuevamente con la tapa.

En ese punto papá tiene una idea brillante: QUEDÁTELOS, PERO PONELOS EN EL BOLSILLO. A lo que el niño responde haciendo un torpe amague y quedándose con el tachito de confites sin abrir y jugueteando con la tapa.

Solo le hacía falta boludear con el tachito otros cuatro pasos para poder decir: “Uh, mirá papá, el tachito se abrió solo”. Como rezan las malas novelas negras: la tragedia se olía en el aire. Ya sabemos cómo termina la historia: el pendejo, incapaz de resistirse al canto de sirena de los confites forcejea con la tapa hasta que esta salta de repente y la mitad de los confites terminan en la vereda, ante el reprobador “TEDIJEQUENOLOABRIERAS” de su padre, la llorosa decepción del pendejo y el resignado silencio de la madre, que ni abrió la boca, porque padre e hijo son medio igual de boludos y pa qué vamo a discutir en la calle.

El paralelismo es inmediato e inconfundible. Porque si no querías que comiera los confites, la recalcada chota de tu viejo, ¿para qué mierda le das el tachito de confites sin abrir?

El Árbol de La Ciencia simboliza los confites, y la tapa del tachito de confites, todo el mundo lo sabe, es representada en La Biblia como una serpiente parlanchina y muy ladina… es una obviedad más que obvia, porque todo el mundo también sabe que una serpiente y una tapa redonda de plástico son casi iguales, sobre todo si la serpiente se está mordiendo la cola a sí misma mientras forma un círculo perfecto.

La revelación en esta historia es que, si estamos hechos a imagen y semejanza de ese Dios tan macanudo, entonces lo que hizo el padre del pobrecito pendejo probablemente también lo haya hecho El Padre con los pasmados de Adán y Eva, porque lo que se hereda no se roba.

Así llegamos al meollo del asunto: a la serpiente la mandó Dios. Y así volvemos a comprobar una de las pocas cosas ciertas e inmutables del mundo: si existiera, Dios sería terrible sorete; Lo Sorete.

De yapa intuimos algo no tan evidente a primera vista: no todo es culpa del pobre Diablo. Y que los pobres diablos hacen lo que pueden, sin excesiva maldad.

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /60

¡¡FUAHH!! ¡Casi dos años sin una entrega del Ecosistema! ¡Qué desastre! Si hay un indicador de los problemas que enfrentamos en el trabajo, ese es la falta de situaciones ridículas que muevan a risa.

Pero todo llega a quien espera y no desespera, generalmente la muerte, aunque hoy no sea nuestro caso.

A Esposa de Boss se le rompió la estufa a gas y nos pidió que la lleváramos a lo de Pérez, un veterano manitas, electricista de la vieja escuela, que realmente arregla termofones, cocinas, hornos y gran variedad de electrodomésticos, entre ellos, estufas.

El único pequeño inconveniente es que tiene su taller en las afueras de La Aldea. Digo pequeño inconveniente, porque La Aldea es diminuta y en realidad todo es cerca; solo que Pérez no está tan cerca. Así que Boss nos dice en un rapto de inspiración:

— Por qué no le llevan la estufa a Elizalde?

—¿A quién?

—Al vasco Elizalde, acá casa por medio. Ese la debe arreglar.

—¿Elizalde? ¡Pero si el vasco es pintor, Boss!

—¡Sí, pero sabe montones! ¡E incluso es relojero! —remató con entusiasmo.

—Bueno, pero mientras llevamos la estufa, vos andá pidiendo las pizzas en lo de Estévez, que es excelente mecánico…

—¿Qué?

—¿Que qué tiene que ver que el pintor sea relojero con arreglar la estufa, por dios bendito?

—Ta. Nada. Vayan a lo de Elizalde, ¿quieren?

Y ahí nos fuimos, a las risas, dejando al Boss con sus ilusiones rotas. Quizá debí darle una oportunidad de arreglar la estufa al pintor relojero.

De escribir no tengo idea, pero te titulo lo que quieras

Hacía mucho tiempo que no escribía ficción en 42; un tema que me preocupaba bastante. Desde octubre pasado, con Vo’otik! Y ni siquiera quedé tan conforme con eso. En realidad no la pasaba bien escribiendo desde Animalidades Existencialistas, pero por fortuna pude remediarlo, al menos en parte.

La escritora Verónica Sukaczer tiró esto ayer:

Enigmáticamente me dijo que no tenía idea del tema, un engaño en toda regla, pero que tirara, que después ella veía. Y bueno, ante semejante carta blanca gustosamente acepté el desafío. Al final fueron veinte. Título y subtítulo. Edité dos o tres de ellos a la hora de transcribirlos acá. Como no sé nada sobre el tema del que está escribiendo “porque es tabúydeesonosehabla”, di un pantallazo amplio: sátira, documentales, novela negra, historia, gastronomía, geopolítica, ciencia ficción, filosofía, novela rosa, artes y oficios, infantiles y hasta libros de autoayuda. Algunos títulos parecen más adecuados para un artículo de Cosmopolitan que para un libro, ¿pero qué se le va a hacer?

“Perseguido desde el catre. Historia de un lunes rebelde.”

“Haga su propia escoba de carquejas. Sustentabilidad y laborterapia en la era de la inclusividad.”

“Nunca acaricies una gallina rabiosa. El punk en la ciencia ficción”

“Ámame en cámara lenta. Porno en ultra slow motion y la viabilidad de las películas de más de 18 horas de duración”

“¿Sí o no? El melón y el kiwi en la ensalda de frutas; un estudio comparado.”

“Solo 20 segundos y sigo. El ocio como herramienta útil a la productividad y otras mentiras”

“A Batman le importa un pomo la kriptonita. La indiferencia en tiempos modernos”

“Solo y sin tu dulzura. La trágica historia de un panqueque y un frasco de dulce de leche caído en el piso”

“El amor en tiempos revueltos. La pasión de dos cocineros en un local de venta de gramajos”

“Mi vida llamándome Irupé. Escolaridad y traumas de la infancia causados por progenitores irresponsables y soretes”

“Asesinato de una mente en silla de ruedas. Una novela negra sobre los políticos y su parálisis intelectual.”

“Fetuccine de espinacas con pesto de pistachos y el auge del pastafarianismo. Una visión heterodoxa.”

“Pizza con ananá y carbonara con ajos. El fundamentalismo religioso através de la Historia.”

“Fart, promp, prit o pirdenycha. Crónica de un flatulento en Europa.”

“¿Quién corno se llevó mi maldita lapicera negra? Las divertidas aventuras de Simón, en busca de su lapicera de la suerte por toda la oficina”

“Si no aparece mi lapicera, acá se arma maroska. Continuación del éxito editorial de Simón y su lapicera de la suerte.”

“Susurros mortales. Su madre perdía los estribos hasta que un día habló en voz baja”

“Matemos el payaso ahora. La muerte de Trump, la ultraderecha, los extremistas religiosos y otras utopías”

“La autoayuda me funciona. Compre este libro y entérese de la manera en que me está haciendo rica, famosa y feliz.”

“Abuelito dime tú. De la creadora de La Autoayuda Me Funciona llega esta obra maestra: cómo lograr que tus suegros se hagan cargo de tus hijos adolescentes y encima te den la gracias.”

Al final le gané por cansancio, pobrecita. Aunque justo a tiempo, porque ya estaba en los de autoayuda y se me estaba complicando.

Adenda: Twitter es inagotable. Este otro es el más plausible de todos y sale de un twit sobre comadrejas (bicho de hábitos nocturnoss) en Buenos Aires, y una señora que metía los perros dentro siempre a la misma hora: “La hora de la comadreja. Aventuras nocturnas en el conurbano.”

“El guerrero de las sabanas, así sin tilde. Crónicas desde los pastizales”

“Adolfo y los perros. ‘Un día sin pisar ni un sorete de perro es un buen día’, se dijo Adolfo antes de meterse en la cama. No lo sabía aún, pero ese sería el hecho más positivo de todo el libro… y del resto de su vida.”

Fraterni-qué?

Hace tiempo que no le dedicaba tiempo a 42. Si las series me liquidaron el promedio de lectura, Twitter, como una droga barata y adictiva, me liquidó la escritura.

Ese es uno de los motivos. Otro es un poco de hastío, monotonía, tedio, rutina. Incluso la pelea diaria en el trabajo insensibiliza.  La ausencia de lo novedoso, lo humorístico o lo fantástico, no ayuda gran cosa.

Y después está el horror. El horror diario y constante que me desarma las ganas.

El mundo está bastante horroroso. Se matan en Yemen, en Siria, en Palestina, en Nicaragua, en El Salvador. Se matan o los matan. O los dejan morirse. Son amarronados y, sobre todo, pobres. Si no lo eran en sus casas, lo son ciertamente cuando están en una balsa en medio del Mediterráneo; el último de los últimos recursos. Y los palestinos no tienen ni siquiera eso.

En Netflix hay un nuevo documental sobre la guerra de Vietnam. Comienza dando los antecedentes a esa guerra: Que Vietnam era colonia desde 1858, parte de la infame Indochina francesa. Un vietnamita hablaba y contaba que los franceses serán muy afectos a los eslóganes rimbombantes, pero de Liberté, Égalité y Fraternité, más bien nada. Porque lo que menos hicieron los franceses en Indochina fue ser fraternos. Y ni hablar de dar libertad a nadie.

Los EE.UU. en la primera mitad del siglo XX simpatizaban con la causa de Vietnam y Ho Chi Min, la autodeterminación y el derecho a la búsqueda de la felicidad… pero luego se enfrió. No podían apoyarlos al costo de ponerse contra sus aliados franceses. Menos todavía luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el fantasma del comunismo mundial, sobre todo con la guerra de Korea fresquita, agigantaba todos los miedos habidos y por haber. Así que los dejaron para que se secaran al sol.

Lo mismo pasa ahora. Sesenta años después nada ha cambiado. Usted vea, decimos defender estos principios… pero solo al principio. Luego los cambiamos. Por eso la ONU no investiga armas químicas encontradas en Siria cuyos componentes parecen manufacturados en EEUU; por eso nadie hace nada contra el aparheid y prácticamente genocidio rampante de Israel con Palestina. Menos aún con el psicópata megalomaníaco y racista que está actualmente en la White House. Por eso aparecen niños ahogados en las costas europeas y ahora bebés en las costas de Libia. Porque mucha fraternité, mucha liberté, pero andá a tu puta madre y arreglate como puedas.

Europa no puede hacerse cargo de los refugiados, pero bien que puede vender las armas que mantienen vivos los conflictos, bien que agitan esos conflictos para ahorrarse unos dólares en el gas y el petróleo. Porque a río revuelto, ganancia de pescadores. Y mientras tanto la gente se muere, se ahoga, la dejan morirse, la dejan ahogarse, como Italia, haciendo oídos sordos a los pedidos de ayuda y asilo.

Fraternité salió rajando hace rato a golpes de chequera. Y la gente se muere y se va a seguir muriendo, porque nadie hace nada por detener a quienes matan, pero también porque a nadie le interesa si esos a quienes matan viven o no. Porque gente hay en todos lados y es baratísima.

Nada. Eso. Un horror.

 

Llamadlo Ishmael

Supongamos que un buen día, anodino y sin nada en lo absoluto que lo haga destacar, aparece un perro en la puerta de tu casa. Es un cachorro, se le nota, pero es enorme. Y tiene pinta de que va a crecer mucho más. Es marrón, con esas manchas atigradas y una cabeza maciza que lleva a creer que es cruza con pitbull o algún perrazo de ese estilo.

Pensás en echarlo, como has echado a otro sinnúmero de chuchos que aparecen por tu casa, pero por alguna razón no le decís nada. El perrucho mueve la cola y todo el resto del cuerpo como si él mismo fuera una cola que empieza en lenga babosa, sigue en poroto meón y termina en más cola. Unos 20 kilos de pura cola energética. No lo echás, pero tampoco lo estimulás de ninguna manera, y te vas a trabajar, convencido que se eventualmente se va a ir.

Cuando volvés, a la noche, el perrucho sigue allí. Espera que estaciones la moto y se tumba al calorcillo del motor.

Al día siguiente, más de lo mismo. Vos no tenés perro, no querés perro, no estás capacitado para tener perro, pero parece que el perro ahora tiene humano.

El tercer día comprás un poco de comida, porque el perro imbécil no se va.

El cuarto día le hacés una cucha improvisada, para que el perro mongolo pueda guarecerse de la lluvia y de las madrugadas frías. Es improvisada porque estás tratando de encontrarle una casa que lo quiera.  Obviamente que el perro no le da ni bolilla.

El terreno está abierto a otros terrenos vacíos y es enorme, pero el perro ha convertido los primeros cuatro metros  que circundan la casa en un baño que le queda cómodo, así que cada vez que salís de tu casa vas mirando a todos lados para evitar los soretes ¡las plastas! que jalonan el espacio como si fuera un campo minado. No te queda un solo par de calzado que no esté cagado por algún lado.

Bien, suficiente de la segunda persona del singular. Es un mal vicio que tengo, perdoname. No estoy hablando de vos, estoy hablando de mí, con un perro caído desde algún lugar que todavía está por verse si es el Cielo.

El perro es buenazo y parece buen guardián. Es bastante obediente (cuando quiere), de buen trato, juguetón y mimoso. Solo que es idiota, tanto que a veces parecería que tuviera algo roto.

Y necesita amor, porque es un cachorro. El tema es que fallo estrepitosamente en ese departamento. Él me eligió, no a la inversa, así que el amor no está, habría que construirlo. El salir de mañana y volver de noche no ayuda gran cosa a desarrollar el vínculo.

Que me mastique los arbolillos pequeños que lucha(ba)n por prosperar en algunas macetas, que mastique todo el plástico que encuentra, sin que importe si es una pulverizadora con restos de productos sanitarios para las plantas, o una bolsa con basura que encontró por ahí, unido a la ingente cantidad de mierda que hay por todos lados, no suma tanto como podría pensarse para generar amor. En realidad la mayor parte del tiempo le tengo bastante asco al perrucho y me dan ganas de colgarlo de un poste.

No voy a hacerlo, claro. La falta es mía, no de él. Él es perfecto en su perritud y al ser cachorro tampoco tiene modelos a seguir que le enseñen a ser un buen perro. Demasiado bueno está resultando así como viene la mano.

Hemos desarrollado cierto entendimiento en algunas cosas, sin embargo. Ciertos gestos y sonidos ya los interpreta como órdenes o advertencias y responde de forma positiva.

Leí por ahí que salir a caminar con el perro ayuda a un buen relacionamiento, así que ayer, domingo, con la tarde soleada salimos a pasear con, llamémoslo así, Ishmael.

Até una cuerda al collar a modo de correa provisoria y recorrimos unos pocos cientos de metros de ruta hasta llegar al camino secundario donde iba a desarrollarse la mayor parte de nuestro paseo. Una vez allí lo solté para que fuera y viniera a su antojo. Al ser una zona escasamente poblada y con poco tránsito no tenía que preocuparme demasiado por el entorno. Iba a ser un rato de placidez. Solo que llegaron un par de sorpresas. ¡Sorprendentes sorpresas!

El camino estaba bastante más transitado que lo habitual, así que cuando un vehículo se acercaba lo llamaba para que no lo fueran a atropellar, o para que no fuera a atravesarse frente a una moto. La primera sorpresa fue que vino a mí, dócilmente, todas las veces. Parecía entrenado, el guacho, y venía y se echaba pacientemente.

Luego de pasar un puentecito sobre un arroyo hay una curva y a pocos metros de la curva hay una casa. Sin contar un caserón viejo en la punta del camino es la única casa en casi 7 kilómetros. En esa casa habitan tres perros, el menor de los cuales es más grande que el que iba conmigo. Salieron los tres con cara de pocos amigos y acá llega la segunda gran, gran sorpresa: ¡Ishmael, como salido del infierno, erizó los pelos del lomo y salió hecho una furia endemoniada, puro dientes y gruñidos hacia donde estaba la otra patota! Como si les dijera “los mastico ahora, hijos de puta, y los escupo en la próxima curva”.

¡Y recularon! ¡Los tres! O sea, no Ishmael no es un perro pequeño y su cabezota y su bocota llenita de dientes impone bastante respeto, pero sigue siendo un cachorro a pesar de todo. Así que calculo que debe haber sido la sorpresa, seguro. ¿Porque en qué cabeza cabe que el anormal kamikaze este salga como si se los fuera a comer crudos? Calculando que el resultado no habría sido tan halagüeño si lo dejaba trenzare, lo llamé una vez por su nombre, la primera vez que lo uso, y el tipo frenó en seco y me miró, confundido. O confundido o aliviado. Calculo que aliviado, porque debe haber haber pensado, en el medio segundo transcurrido entre su transformación en Demonio de Tasmania y la frenada, que lo que estaba por hacer era una estupidez. Lo era. Pero el tipo frenó en el acto. Claro que es tan abombáu que se dio media vuelta y volvió al trotecito para donde yo estaba sin una mirada para atrás, lo que aprovecharon los otros perros del orto para venirse al humo. Así que ahí me tocó a mí agarrarlo a Ishmael con un mano y enfrentar a los otros tres energúmenos sin más arma que mi dedo índice cargado de maldiciones, porque no tenía a mano nada más que mis manos, ni siquiera el bastón con el que salgo a caminar.

La actitud es importante, sin embargo, y de eso me sobraba el domingo. Una gran actitú. Así que pasamos a la ida y volvimos a pasar frente a ellos a la vuelta. Para ese entonces Ishmael claramente había recapacitado y ya no hizo ninguna bobada. Así que todo el trámite fue más sencillo.

Me sigue hinchando las pelotas tener un perro en casa, de todos modos. No es culpa del perro, ya lo dije, el imperfecto soy yo. Así que si alguien quiere un perrito macanudo pero bien decidido y con los instintos intactos, me avisa y se lo mando, o lo viene a buscar, o se lo llevo si no está muy lejos de Colonia.

Solo lo llamé por ese nombre una sola vez, así que está prácticamente a estrenar, el perro. Joya, nunca taxi.

Despues subo alguna fotinga.

Visualización

En la época en que practicaba artes marciales a diario teníamos una técnica de entrenamiento muy peculiar. Era una especie de meditación en donde con los ojos cerrados y completamente inmóviles nos concentrábamos en una forma específica y la llevábamos a cabo en nuestra mente. Las formas son el equivalente del kuoshu de los kata del karate y son colecciones de movimientos que es más o menos como si pelearas contra adversarios invisibles. La complejidad varía, así como el tipo y estilo de movimientos.

El proceso para llegar a visualizar toda una forma es lento y para nada sencillo de dominar, al menos para mí. La mente tiene tendencia a ir para cualquier lado, las ideas tienen la costumbre de irrumpir sin pedir permiso, y para poder visualizar los movimientos que tenés que hacer, antes tenés que dominar la mecánica de esos movimientos. La visualización sirve para dominar esas formas de manera que luego puedas hacerlas sin pensar, con lo que ganás en velocidad y precisión. Internalizás los movimientos, la postura y posición del cuerpo y la respiración asociada a ellos. Una vez que lográs que te salga es increíblemente efectivo y muy, muy placentero.  Curiosamente, para visualizar cada movimiento tenés que concentrarte y pensar como un enfermo. Recrear en tu mente a tu propio cuerpo moviéndose de formas en las que habitualmente no se mueve, a la vez que tratás de prestar atención al detalle de las posturas de pies, manos y articulaciones no es tan trivial como parece.

De toda esa disciplina y habilidad adquirida me van quedando solamente retazos, ya que hace años que mi práctica es errática en el mejor de los casos.  Esos retazos de conocimiento los utilizo a la hora de hacer una lista de compras, sobre todo cuando no tengo receta.  Es una bobada, lo sé, pero imaginarme los pasos que tengo que dar para hacer una comida me ayuda a identificar todos los ingredientes, a la vez que me voy haciendo una composición de qué cocinar primero en qué tiempo. Aun a esta escala tan limitada sigue siendo un ejercicio mental muy bueno.

¿A qué viene todo esto? Lo que a mí me parecía una técnica tan peculiar y compleja ya la usaba Nikola Tesla en las últimas décadas del siglo XIX para imaginar sus inventos. No sus inventos, sino el funcionamiento de sus inventos. O sea, el tipo ponía a funcionar todo, y por todo quiero decir máquinas con decenas o cientos de partes móviles, dentro de su cabeza antes siquiera de armar los planos. Para cuando fabricaba el prototipo, ya era casi el modelo final. Tesla solucionaba todos los problemas tempranos de diseño antes de poner un solo tornillo. ¿Qué tan genial es eso? De solo pensar en la capacidad necesaria para hacerlo se me vuela la peluca.

Hay un documental en Netflix sobre él llamado, muy astutamente: Tesla.

Animación: Batman Ninja. O cómo hacer algo más horrible que el Batman de Clooney en 1997 dirigida por Schumacher

Cuando mirás una entrega de Batman tenés que suspender muchos criterios y circuitos mentales. Suspender la incredulidad es solo el principio, sobre todo cuando hablamos de una animación. Y lo hacés de buena gana porque, bueno, es Batman.

Todo tiene un límite, sin embargo.

Batman Ninja parte de una premisa extraña y agarrada de los pelos, pero finalmente necesaria: al fin y al cabo de alguna forma hay que poner en marcha la historia.

Tiene 5 minutos, luego de esa premisa inicial extraña y endeble, que coinciden muy mucho con lo más emocionante que se ve en el trailer y en los que se puede albergar alguna esperanza y luego falla catastróficamente.

Deviene rápidamente en un delirio insufrible de tal magnitud que, por decirlo amablemente, los más locos e improbables momentos de Naruto Shippūden son una oda al sentido común, la plausibilidad y la coherencia.

El rejunte de héroes y villanos que vemos en Batman Ninja es tan ridícula en su concepción, ejecución e interacción que no puede ser descrita racionalmente. Más que una animación parece un atentado terrorista.

Al final terminamos con una especie de Voltron ridículo sin pies ni cabeza. O sea, sí tiene pies y cabeza o no podría compararlo con Voltron, pero es horrible, innecesario e inconcebible. O sea, sí fue concebido por alguien, pero ese alguien debería estar internado por hacerlo.

Ese Batman hecho de monos y murciélagos es inefable de la peor manera posible. Un guiño ridículo en el mejor de los casos, y una plagio descarado en el peor, a la combinación poderosa y legendaria de Kurama y Susanoo en Naruto.

Qué decepción, DC. Todavía estoy tratando de entender qué historia quisiste contar y por qué te esforzaste tanto en contarla de la peor manera posible.

Luego de mirar esta cagada me siento viejo y vencido.