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Bancarización y falta de garantías

Hoy veo la noticia de que la Intendencia Municipal de Montevideo multó con unos treinta y cinco mil pesos a un conductor de una de las aplicaciones de transporte que están funcionando en Uruguay.  La reglamentación indica que los viajes solo pueden pagarse por medios electrónicos, sin la utilización de pago en efectivo, que fue lo que hizo este conductor, incurriendo en la falta.

La persona que recogió esta noticia se preguntaba qué pasa si uno no quiere tener una tarjeta. ¿Es injusto? Sí. ¿Es una cagada? También. ¿Hay algo para hacer al respecto? Tiene razón, pero marche preso.  Bueno, si no querés tener tarjeta, usá un taxi de los de toda la vida, que siguen cobrando en efectivo.  Y si pretendés usar Uber, Easy o Cabify, aunque te sientas violentado, tenés que tener una tarjeta, de crédito o débito.

Por esta última es que escribo ahora.  Hace bastante tiempo que vengo masticando broncas con el tema.  El gobierno, en su afán de control, obliga a cada vez más gente a usar alternativas al pago en efectivo en cada vez más situaciones.  Una de ellas es el pago de sueldos, por ejemplo, que las empresas realizan por intermedio del banco.  Traslada el dinero correspondiente a los haberes desde su cuenta corriente a la caja de ahorro o cuenta corriente de cada funcionario. El funcionario, munido de su tarjeta de débito, puede extraer efectivo de los cajeros (ATM) o pagar directamente por bienes y servicios en los comercios que acepten esas tarjetas (casi todos, hoy por hoy).

Lo que me molesta y preocupa es la falta de seguridad y garantías a la hora de usar las tarjetas de débito.  Es bastante lamentable todo y la explicación que he podido colegir es muy simple.  Para utilizar una tarjeta de crédito tenés que presentar tu documento de identidad, ingresar un PIN personal de 4 dígitos, un código de seguridad de 3 dígitos presente en el reverso de la tarjeta y finalmente firmar, firma que es revisada por la persona que te está cobrando y cotejada con la que aparece en el documento de identidad. Y está bien que sea así, ¿verdad? Evitás, en cierta medida, que alguien que no sea el titular, o sea vos, utilice tu crédito. Básico. Aunque esto es una mentira en toda regla. En realidad las empresas, tanto la entidad emisora de la tarjeta, generalmente un banco, como quien te vende el bien o servicio, no quieren correr el riesgo de perder dinero.  Vos y tu crédito les importan un carajo, pero como el pago es diferido, si denunciás el robo o pérdida a tiempo, el débito por la compra se invalida y no perdés el dinero.  Lo pierde alguien más, probablemente los bancos.

¿Pero qué pasa con la tarjeta de débito? ¡No te piden nada de eso! Como el pago es igual a que si pagaras con efectivo, a nadie le importa una mierda.  En la inmensa mayoría de las transacciones no te piden documento, ni PIN; da lo mismo que la tarjeta la pases vos o el punga que te la robó mientras viajabas en el bondi. Una vez que pasaste la tarjeta ya te debitan el importe, así que cagaste.  Teóricamente también podrías reclamar ante un uso fraudulento, al igual que con la tarjeta de crédito, pero si te desfondan la cuenta los problemas inmediatos pueden escalar rápidamente.  Cheques sin fondos, servicios impagos, sobregiros en la cuenta bancaria, si la tarjeta está asociada a una cuenta corriente. La lista es amplia y desagradable.

¿Y por qué pasa eso?  O mejor dicho, ¿porqué no se piden esos requisitos básicos de autenticación para el uso de la tarjeta de débito? Sencillísimo: porque son unos hijos de puta. Agarran la plata en el momento, por lo que no les duele en el bolsillo, así que podés reventar tranquilamente. Solo les importa tenerte agarrado de las pelotas y tener todo bien controladito. Que vos literalmente puedas perder un montón de plata les trae sin cuidado, no es su plata.

Ah, sí. Muy lindas las tarjetitas del orto.

How do you like them apples?

Gente de maíz. Gente de petróleo.

Conocí el nombre de Michael Pollan gracias a una excelente serie documental de Netflix llamada Cooked.  Pollan es un escritor estadounidense (y activista y periodista y profesor) que ha publicado algunos libros sobre la comida (en uno de los cuales se basa la serie).  Cómo la conseguimos, cómo la combinamos con otros elementos, cómo la cocinamos y cómo la comemos. Es realmente fascinante.

Hace unos días, María Luisa cayó en casa con uno de sus libros de regalo. Se llama El Dilema del Omnívoro y por un momento temí que se arrepintiera, porque estaba tan entusiasmada con la lectura que pensé que iba a llevárselo a su casa sin dejarme tan siquiera abrirlo.

El libro se construye sobre la pregunta, engañosamente simple, de “¿qué vamos a comer hoy?” y se divide en tres secciones bien diferenciadas: producción industrial de comida, producción ecológica de comida, y el proyecto del autor de preparar una comida de la que él con sus propias manos ha conseguido todos los ingredientes. En este último capítulo arma una intensa discusión consigo mismo, explorando la muerte de los animales para consumo y los dilemas sociales, filosóficos y morales de los omnívoros (carnívoros) y los vegetarianos.

Estoy promediando la primera parte, que trata sobre la producción de alimentos a nivel industrial en EE.UU., país por excelencia en estas cuestiones.  Al igual que me pasó con Historia de los bombardeos, me siento por  igual aterrado y asqueado.

El maíz es un producto de la humanidad.  Librado a sus propios medios no podría sobrevivir, ya que perdió su capacidad de reproducirse a sí mismo cuando nosotros lo domesticamos.  El maíz es uno de los cereales de mayor rendimiento por lejos.  Un grano de maíz puede dar otros 150 a 200 granos, frente al trigo, por ejemplo, que por cada grano produce unos 30 o 40.  A su vez, nosotros somos un producto del maíz. Medramos gracias a él y dependemos de él, sobre todo los yankis y gran parte del mundo industrializado.  Más que del trigo, aunque es este cereal el que suele estar en el imaginario colectivo. El maíz depende del petróleo.  El maíz ES petróleo. Y no imaginarías todo lo que de él depende.

Pollan nos lleva de la mano por un camino plagado de horrores.  Nos cuenta cómo EEUU y gran parte del mundo, pasó de una agricultura sustentable, basada en rotaciones de cultivos, al monocultivo intensivo de unas pocas especies vegetales: básicamente maíz y soja, o incluso solo maíz. Nos cuenta de cómo un chabón llamado Fritz Haber, en 1909 descubre una manera revolucionaria de producir amoníaco (cuya base es el nitrógeno) y con él, nitrato de amonio. Nos cuenta de cómo los excedentes del nitrato de amonio usado para hacer explosivos al final de la Segunda Guerra Mundial sentaron las bases de la gigantesca industria de los fertilizantes químicos.  De cómo esos fertilizantes químicos por un lado desintegraron la agricultura sustentable, ya que el maíz de las granjas estaba asociado con otros cultivos, que nutrían la tierra y alimentaban al ganado, cuyos desechos orgánicos luego alimentaban una vez más, al cultivo. Los fertilizantes químicos permitieron que los agricultores pudieran sembrar enormes superficies de maíz, en densidades pocos años antes imposibles de imaginar, y se desconectaran totalmente de las rotaciones y la dependencia a la fertilización natural.  Claro que el proceso de obtención de los fertilizantes químicos consume cantidades gigantescas de energía, es decir, petróleo, sus derivados y gas.  Es decir que el maíz se sustenta en combustibles fósiles, en lugar de hacerlo en el sol, renovable y gratuito, pero lento.  Y como la producción de maíz se disparó, entonces el precio del maíz se fue a pique, lo que motivó la intervención del Tío Sam, que antes hacía préstamos, pero que luego pasó directamente a subsidiar a los granjeros.  Así que si lo que producían no valía nada, el gobierno los cubría, por lo que siguieron produciendo, y siguen, cada vez más, creando unos excedentes cada vez mayores y disparatados, con precios cada vez más ridículos, lo que los lleva a plantar más superficie para llegar con los números.  Sumado a esto, tenemos el hecho cierto de que prácticamente todos los productores fertilizan en demasía.  Ese fertilizante que no aprovechan las plantas es arrastrado por las lluvias hasta los ríos, alterando las condiciones ambientales, o encuentran su camino hasta las capas freáticas, donde está el agua que tomamos.  Es una espiral descendente, ya lo dije, aterradora.

El ganado se alimentaba de pasturas, pero las pasturas se cambiaron por maíz, así que el ganado se fue de las granjas.  Se fue a feedlots, corrales de engorde, en donde son alimentados con… maíz.  Hay que hacer algo con todo ese maíz, ¿no? El problema es que el ganado está diseñado para comer hierba, no maíz, así que al comer maíz, enferma, por lo que hay que darle antibióticos, y sumplementos proteínicos, y hormonas…

El ganado sigue teniendo desechos, pero como ya no está en las granjas, nadie necesita el estiércol, por lo que se acumula.  Y de todos modos no podría ser utilizado como fertilizante, porque está contaminado con hormonas y antibióticos y un montón de bacterias que cuando el ganado comía pasto no eran problema, pero que ahora sí lo son, razón por la que le dan antibióticos.  Así que el ganado come maíz, que es petróleo.  Así que la carne también es petróleo… junto con otro montón gigante de mierdas, entre la que están los restos de antibióticos, que también pasan a nosotros y son un riesgo potencial para la salud humana a largo plazo, ya que bajas dosis de antibióticos, crean resistencia bacteriana.

Y el maíz, además de alimentar al gando va al resto de la industria alimentaria: harina de maíz, claro, pero también las hojuelas del desayuno, el almidón de maíz, el jarabe de maíz de alta fructosa, la maltodextrosa, la goma xantana, los espesantes de alimentos, varios ácidos orgánicos, el aceite, los alcoholes que sirven tanto para elaborar bebidas, como para manufacturar combustibles que hacer funcionar vehículos, adhitivos varios y hasta plástico.  Porque descubrieron que si al maíz lo tenés unos días en ácido y luego lo molés, podés sacar el germen para aceite, la cáscara para suplementos vitamínicos y colorantes, y el gigantesco endospermo, puro almidón, para usarlo en un montón ENORME de otras cosas.  Ese almidón, formado por largas cadenas complejas de carbohidratos, luego de algunos procesos específicos, se puede romper en decenas y DECENAS, de otros compuestos. Muchos de esos compuestos, incluso mezclados entre sí, forman parte de mucha de la comida procesada.  Cuanto más procesada, más subproductos del maíz tendrá y menos reconocibles como tales serán.  Además, para lograr esos subproductos también son necesarias cantidades gigantescas de energía.  Por cada caloría de alimento que se produce, se necesitan unas 19 de energía.  Habitualmente esa energía también es petróleo.

Es un espanto, pero también es fascinante.  La pluma de Pollan es brillante.  Hila ideas, concatena procesos, desmenuza causas y efectos en una lectura que es tanto atrapante como un manifiesto a nuestra locura como especie, ya que al hacernos dependientes de un solo cultivo (maíz o soja es indistinto a estas alturas), que a su vez depende de combustibles fósiles, estamos abocados a un aterrizaje estrepitoso.  Liquidamos la diversidad, los ciclos naturales, el equilibrio ecológico, nuestra salud y sustentamos la potencial sobrevivencia de nuestra especie a un recurso escaso que, irónicamente, no es sustentable.  Porque esa sobre o super abundancia de alimentos, o materias primas, permitió que la población mundial explotara.  ¿Qué pasará cuando los combustibles fósiles que son las bases sobre las que asienta la producción mundial de alimentos, se agote? Una locura que fue propiciada por políticas públicas para favorecer a un puñado, un mero puñado, de corporaciones cuyo único interés es mantener y aumentar continuamente sus dividendos inmediatos.  Incluso si con eso nos vamos todos al carajo, ellos incluidos.

Somos unos imbéciles.  Y el mayor problema que tenemos, además de nuestra atronadora deficiencia mental como especie, es que somos un montón de personas en el mundo.  No me canso de repetirlo.  Nuestro “éxito” como especie es nuestra mayor debilidad.  La naturaleza tiene mecanismos para controlar la población de las especies que habitan en el planeta.  Si alguna se dispara, el método de control más efectivo es cuando la fuente de alimento que sustenta a esa especie se agota, o baja a límites mínimos. La población descontrolada se desploma y todo vuelve a encarrilarse… más o menos.  Pero nosotros no tenemos esa limitante, hasta ahora.  Los fertilizantes químicos han propiciado una producción casi ilimitada de alimentos, lo que ha permitido una explosión demográfica inaudita e imposible en condiciones normales.

Somos como un virus letal que en su paroxismo reproductivo mata al huésped en el que vive.

¿Y qué quieres hacer con el mundo, Ronald?

– Quemarlo.  ¡Quemarlo TODO!

Ese par de líneas de diálogo pertenecen a la gran película Backdraft, de 1991, en donde De Niro hacía de bombero, y Sutherland de piromaníaco.

Parece haber una proliferación de personas que quieren ver arder al mundo. Solo que a diferencia de Ronald, no están en una institución mental sino como dirigentes de las potencias mundiales, o bien al frente de organizaciones terroristas, aunque a veces la diferencia no parezca tan evidente.

La matanza en Siria debe terminar, dijo Trump. Y para eso, nada mejor que ordenar un ataque con misiles Tomahawk.  ¡Oh, sí, burn it all, baby! El Consejo de Seguridad de la ONU, que tampoco es que sea tan excelente, está dividido y se negaba a tomar represalias contra nadie, porque no se sabe, en realidad, quién gaseó a civiles, adultos y niños, en Siria.  Es más, leí artículos que dicen que el ataque químico era una provocación perfecta. Y como buen toro loco, Trump entró al trapo y decidió unilateralmente. Porque fuck you. Si la ONU no decide como queremos, no vamos a plegarnos a algo tan trivial como un dictamen del Consejo de Seguridad, sino que vamos a hacer lo que se nos cante.

Una cita atribuida al escritor sueco Bo Bergman dice:

Los hacemos volar en mil pedazos. Civilizamos con explosiones. Aquí yacen los civilizados, en largas y silenciosas hileras.

Trump quiere paz, y también quiere su guerra. Probablemente su ideal de un conflicto resuelto sea ver las largas hileras de gente exitosamente pacificada.  Si es una guerra ya empezada y con miles de muertos y que se dirige a un holocausto, mejor.  Tiene casi todo el trabajo hecho y no debe gastar los preciados dólares de los contribuyentes. Pero quizá pueda terminarla, entonces, y ser recordado como el Hombre, el Gran Hombre, que hizo posible el fin de la guerra en Siria. Quizá algún acuerdo sobre reconstrucción y ayuda pueda ser ligeramente aceitado con petróleo o gasoductos.  Hasta podría compartir los despojos con Putin o con la Merkel.  De ahí al Nobel es un paso.

No ha habido un solo presidente yanki de los últimos 50 o 60 años que no estuviera involucrado en algún conflicto bélico, ya fuera iniciándolo, o terminando el que comenzó el ocupante previo. Y este payaso megalomaníaco no va a ser menos; solo necesitaba una excusa, o la mínima sospecha para actuar basado en su “creencia”.  Creemos que los ataques los realizó al-Ásad, dice Trump, así que vamos a atacar a al-Ásad.  Al mismo al-Ásad al que dijo apoyar hasta la semana pasada. Los mismos ataques que condenó cuando los planteó Obama, hace 3 o 4 años. Y lo que es peor, si cabe, es que Trump ataca deliberada y flagrantemente a un país soberano que, además de su cruenta guerra civil, está bajo ataque terrorista. Aunque en un principio una de las facciones contrarias a al-Ásad haya encontrado en ISIS un aliado de circunstancias, cosa que para mí fue un error de cálculo tremendo, ISIS no deja de ser una fuerza de agresión extranjera en suelo soberano sirio. Nótese que no digo “los rebeldes”, ya que al-Ásad llevó las cosas hasta límites absurdos, disparando una guerra civil que se fragmentó y descontroló más rápidamente de lo que lleva escribir estas líneas, con múltiples frentes y fuerzas en contienda, a menudo luchando contra todas las demás.

Yo qué sé… es fácil volverse conspiranoico y creer las versiones de que Occidente no puede darse el lujo de tener un Oriente Medio estable y próspero y por eso manejan los hilos para que siempre esté el fuego ardiendo, más acá o más allá. Tiene sentido. Y es terrible.

Pero tiene sentido. Más que sentido, ha sido la norma en la Historia reciente: Primero Irán, luego Afganistán, más tarde Irak contra Irán, Irak contra Kuwait, luego el ISIS, entre medio todos contra Israel, y luego Israel contra los palestinos, y los egipcios entre sí, y Libia, y ahora Arabia contra los otros emiratos más chicos. Pero lo de Siria desafía la imaginación más loca. Porque si bien no se compara a la desastrosa guerra de Irán e Irak en el 80, con seis o siete millones de muertos, este conflico no se circunscribe a las fronteras, sino que se desarrolla en todo su territorio. Desde 2011 lleva unos 220’000 muertos, sirios muertos a manos de sirios, que es aproximadamente un 1% de su población total, y un 60% de ella se ha visto desplazada.  Trece millones de personas desparramadas al viento.  Varias de sus ciudades principales fueron literalmente arrasadas.  Es Terrible, así con mayúsculas.  Y cada conflicto es sangriento, desgastante, y no solo diezma las poblaciones, sino que también demuele las infraestructuras y los catapulta casi a la edad de piedra.

Pero tiene sentido. Entre Oriente Próximo y Medio, hacen unos 500 millones de personas.  Son un montón de personas y un quebradero de cabeza potencial a los ojos de Occidente.  Además de que flotan en petróleo y gas, tenelo siempre presente, como si te llevaras +1 continuamente.  Creo que secretamente en el imaginario histórico de Occidente subsiste el pavor de una nueva expansión del Islam, como la ocurrida en los siglos VII y VIII.

Es por eso que tener a Oriente Medio en ebullición constantemente tiene sentido. Mientras guerrean entre ellos no le hacen la guerra a nadie más, lo que permite a Occidente seguir con sus pingües negocios y escandalosos manejos. Amén de que ese ventilador está lejos de casa para las potencias occidentales y no hay peligro de que la mierda salpique en sus propias paredes.  Y además a alguien hay que venderle las armas, ¿no?

Un Oriente Medio desgarrado, herido, dividido, mendicante, sangrando, paralizado, con su población mermada, asesinada, violada, torturada, embruteciada y temiendo, y por qué no, odiando, es perfecto.

Perfecto.

Porque la fragmentación lo hace débil, y el desangramiento y el hastío y las heridas lo vuelven poco peligroso a nivel global, pero que odie lo vuelve útil para seguir propagando la cultura del miedo y la intolerancia, porque ese odio torna a Oriente Medio lo suficientemente peligroso. El cuco del terrorismo y el Islam alimenta la legislación que recorta las libertades individuales y el poder de la sociedad en general.  El miedo hace a la gente bien dócil y dispuesta a resignar algunos de sus derechos a fin de verse mejor protegida por el gobierno. El mismo gobierno que alienta y alimenta y lucra con esos conflictos.

¿La Guerra de los Cien Años? Una obra de teatro escolar.  ¡Ojalá la guerra en Siria y el incendio en Oriente Medio duraran para siempre! Y si se siguen matando entre ellos, más que mejor.

Es como controlar la población de algún tipo de bicho especialmente agresivo y molesto al que no se quiere extinguir, pero que tampoco se desea que medre.

Pregunta y respuesta

Unos meses atrás conseguí un par de libros de Henry Thoreau, el escritor y filósofo yanki del siglo XIX, pero solo había ojeado el Walden en relación a otra lectura.

Así que bien, ayer, gracias a una disposición particularmente buena, empecé a leer con calma un pequeño libro de ensayos llamado Desobediencia Civil y otros escritos, que resumen de forma clara y meridiana su pensamiento. A las pocas páginas no pude evitar preguntarme cómo podía ser que algo tan fantástico no estuviera contemplado en ninguno de los planes de estudio de educación secundaria… bah, si por mí fuera debería empezar a leerse desde jardinera, pero pongámosle secundaria.

A mí me llevó casi 40 años tan solo para llegar a escuchar su nombre, y otro montón de lecturas más para averiguar un poco de qué hablaba el chabón, antes de decidirme a leerlo. ¡Tanto tiempo perdido! Un desperdicio de años y letras.

Y luego, media página después, tuve la respuesta a mi propia pregunta. A ningún sistema educativo le interesa que los jóvenes alumnos lean a Thoreau demasiado pronto. A ningún sistema político o económico le interesa que a los jóvenes en su primera formación, maleables y con la cabeza como una esponja para nuevos conceptos, les lleguen esas ideas.  Ideas sobre no ser borregos, no plegarse al Sistema, no quemar la vida en tareas a lo Sísifo, no resignarse a subsistir, sino procurar amar lo que se hace.

Ideas peligrosas, sin duda.

Géneros en la escritura

Cada tanto me pongo a rumiar sobre la escritura en estos tiempos, en particular en lo que se refiere a los géneros.

Las normas del español indican que se debe usar el plural masculino para referirse a situaciones genéricas o mixtas, por ejemplo, decir los alumnos (aunque el grupo al que se refiere esté formado por alumnos y alumnas, incluso si las alumnas son mayoría).  Esta situación molesta a las personas que militan por la igualdad de género, cosa que no puedo reprochar.

El problema es cómo lograr eso de una manera mínimamente elegante.

Algunas personas tratan de escribir prescindiendo de géneros.  Usando el ejemplo anterior, dirían el alumnado.  Este tipo de escritura puede ser todo un ejercicio de ingenio y habilidad, por lo que no se ve a menudo. Muchas personas suelen decantarse por la infame @, o por la equis, en el lugar de la vocal, mientras que un grupo especial de subnormales usa los plurales específicos a la vez (compañeros y compañeras, convenciones y convencionas, etc), lo que es un incordio, una molestia, una desprolijidad, oscurece los textos y viola el principio de economía todo a la vez.

Entonces, justo hoy, hace instantes nomás, en un chispazo de inspiración preclara, me surge una posible solución envuelta en una pregunta con moño y todo.

¿Por qué no rescatar un grafema (letra) del alfabeto latino, existente pero en desuso?  Específicamente la letra (ligadura) Æ o æ (en minúsculas).

Si, por ejemplo, se está hablando de los asistentes a un simposio de medicina, podemos usar doctores o doctoras, si estos asistentes son en su totalidad de un género determinado, o escribir doctoræs, si la asistencia es mixta.

Se podrían adaptar los términos a la escritura, que sería prácticamente transparente para el usuario, o la usuaria, o lxs usuarixs, o læs usariæs, con la ventaja de que esta ligadura sí tiene una pronunciación específica, cosa que no sucede con los tristes remedos de sustitutos que se pretenden imponer ahora.

Esta solución podrá debatirse en el caso de que se desee usar con las palabras terminadas en -nte.  En su momento creí que las terminaciones en ente correspondían al participio activo del verbo ser, pero eso ha sido refutado en varios sitios.  La mejor explicación la vi en este artículo, con varias notas bibliográficas, y que se justifica como sigue:

 Una vez expresado lo anterior, expondré que la terminación de adjetivos derivados de verbos son llamados comúnmente como participios de presente o participios activos. El sufijo se presenta en la forma –ante– cuando la base es un verbo de la conjugación en ar; en la forma ente o iente cuando la base es un verbo terminado en er o en ir. Significa: lo que hace la acción. Ejemplo: amante, principiante, ambulante, conducente, equivalente, permanente, complaciente, conveniente, concerniente. Cabe señalar que algunos de estos adjetivos se sustantivan de modo habitual; otros se han lexicalizado como nombres: presidente, asistente, sirviente. En algunos de estos casos se ha creado una forma femenina en –a (presidenta, princesa, etcétera).[2]

A título personal, la creación de una forma femenina para estas palabras que denotan acción, me parece un chijete.

En fin, no me parece tan mala idea.

No olviden que læ perræ es læ mejor amigæ del hombre… y la mujer.

Es un buen número el seis

Besos!

Besos u ósculos. No hay más en el diccionario. Apenas otro remedo de sinónimo: carantoña, o mimo.

Es extraño, que siendo una actividad tan… tan qué?  Placentera?  Reconfortante?  Trascendente? Qué es, en definitiva, un beso?  Hay una palabra específica que pueda describirlo?

Tenés el pico, risueño.

El medio beso, ese que enganchás en la comisura de los labios, travieso, invitante, que puede pasar como un error… o no.  Lo lúdico es la mitad de la distancia en este caso.

Los diversos tipos de beso francés, con su intencionalidad propia.  La lengua está siempre, pero qué hace y cómo, son cosas distintas.  Tenés el lujurioso que entrelaza las lenguas, y el más pausado en donde la lengua acaricia dientes y el velo, y tantea a la otra lengua, mientras construye una tensión que, a lo mejor, es parte de otro juego.

El beso que hace el circuito cerrado lóbulo-cuello-clavícula, siempre ávido, aunque contenido.

Tenés el beso juguetón que va saltando por la piel de tu pareja, haciéndola remontar.  Y tenés el otro, casi una caricia que hacés con la boca, leve y prometedor.

Tenés el beso ruso, que cada cual puede buscar.  Y el beso australiano, o beso zelandés, que es como el francés, pero en las antípodas.

Tenés el beso, intenso, reconfortante, que abraza el alma, que se demora en la mejilla cuando estás triste y alguien te habla nada más que así.

El besuqueo de tía vieja, que te agarra la cabeza con las dos manos y luego te arremanga las mejillas en besos cortitos y repetidos, que te mata de felicidad a la vez que tenés que alejarte de ella lo antes posible.

Los besos de saludo múltiples, como los dos o tres que dan franceses, rusos, brasileros y tantos otros y que nunca sabés cuándo van a parar.

El besete falso, ese que es un choque de mejillas con un riudito, costumbrista, indiferente e insustancial, que no sirve de nada, para nadie, nunca, y que para pretender dar un beso así, más vale que me digas hola y ya está.  Si me vas a besar, besame, como si lo quisieras, como si lo sintieras.  Y si no, no jodas.

Tenés el beso, intenso, que te conmociona y te abrasa el alma, que se demora en la mejilla en una despedida, con esa lágrima que te quema la piel y te pulveriza.

El beso de labios con labios, amoroso, cálido, profundo, ese que detiene el tiempo.

El beso del reencuentro, que es uno en varias cuotas, que te tapa la cara, la nariz, los ojos, la boca y abarca la vida. Desesperado, aliviado, inmenso.

¿Cómo es que no hay distintas palabras para algo así? ¿Cómo?

 

Perspectiva

Hace unos días terminé de leer el libro de Mark Manson “The subtle art of not giving a fuck”, que podría traducirse como “El sutil arte de no dar un carajo”.

No darle importancia, no dar un carajo, a un montón de nimiedades que nos complican la vida.  No se trata de no dar un carajo por nada, así a lo imbécil, sino de elegir a qué darle un carajo, establecer prioridades, un sistema de valores que nos permita ir avanzando.  Si vos basás tu vida en llegar a tener tu casa, si eso es todo por lo que das un carajo, o a llenar tu guardarropa de prendas carísimas, el día que lo obtengas, vas a encontrarte con que no hay más metas.  Tu “misión en la vida” está completa… y ahora?  Si pretendés llenar tu vida de positivismo, si pensás que todo pasa por alguna razón y que todo es un regalo del Universo, entonces probablemente la mierda te explote en la cara en algún momento.  Porque las cagadas suceden y no todo es positivo y está bien que así sea, porque uno a veces tiene que aceptarlo y ya.  Es, de alguna manera, un anti-libro de autoayuda en donde el chabón te caga a pedos, te dice que no sos importante, ni especial, que problemas tenemos todos, y que más te vale que encares por algo que valga la pena, porque en realidad el universo no conspira contigo, porque… bueno, porque no le importás un carajo, ni te debe nada, y que al final te vas a morir.

Es bastante genial.

También estoy leyendo un libro sobre el andar; se llama “Andar.  Una filosofía”, de Frederic Gros.  Habla sobre caminar, sobre como, luego de cierto tiempo caminando, uno no está de paso en el paisaje, sino que habita en él, es parte de él.  Una visión muy interesante del tema.  También habla sobre grandes pensadores y personajes de nuestra Historia que se sentían encerrados en sus escritorios y que necesitaban de las largas caminatas para que las ideas, pensamientos y creaciones pudieran surgir.  Rimbaud, Rousseau, Thoreau, Kant.

De esta lectura, ya de paso, conseguí el libro “Walden”, de Henry Thoreau, que ya en 1854 comentaba eso de que cuando comprás algo, no estás pagando con plata, sino con tiempo de vida; con el tiempo que pasaste trabajando para tener el dinero con que comprar cosas.  Así que si pensás que el Pepe Mujica es muy crá por decir eso a cada rato, sabé que este viejo plaga no inventó nada.  Un yanki lo dijo antes y mejor que él hace más de 160 años. A propósito, si podés darle una hojeada a “Walden”, hacelo.

Igual, no es de los libros, ni ciertamente de Pepe, de quien quiero hablar.  Eso es solo un encadenamiento de ideas y temáticas que me lleva a lo central de esta entrada, si es que en alguna entrada de 42 podés encontrar una idea central, del concepto de perspectiva que está por título.

Hoy fuimos al cementerio con un amigo.  Él tenía que realizar un trámite bastante amargo y me preguntó si quería acompañarlo.  Llegamos juntos, aunque por caminos separados, a las 3 y 25 de la tarde.  Fumamos un cigarrillo mientras mirábamos a una pareja joven que estaba a los besos en uno de los bancos que están frente al cementerio.   Está justo debajo de la espesa sombra de un ciprés, y el lugar se adivina fresco y cómodo.  Están juntos y se quieren y, lo más importante, están del lado de afuera del cementerio.  Con el horizonte desplegado ante ellos.  Potentes.  Vivos.  El contraste, de la pasión frente a las puertas del cementerio, es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

Entramos y vamos a la oficina, donde nos espera Julián, el capataz encargado.  Lo saludamos y nos precede hacia la otra punta del camposanto.  En la mano izquierda, agarrada con dos dedos, como con asco, lleva la “urna” en donde van a colocar al padre de mi amigo.  Es una caja de plástico delgado, blanca, torcida y medio enclenque.  Escrito con un marcador indeleble se lee el nombre, la fecha de defunción y a qué nicho tiene que mudarse, ya que lo sacaron de la fosa que supuestamente sería el lugar de su último reposo.  El contraste, entre los sentimientos por nuestros seres queridos y lo infame que resulta la cajita de plástico (de unos 50x30x20 cm aproximadamente), es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

Vamos caminando por el camposanto, entre sombras frescas y soles abrasadores, en el silencio lento de siesta de las tardes de verano, y conversamos con mi amigo.  Ochenta años de vida, un poco más en realidad, para terminar en una cajita de plástico, mancillado. En el camino Julián se encuentra con un operario y le indica que vaya a buscar los guantes.

Llegamos a unas puertas desvencijadas.  El capataz deja la “urna” sobre un banco, abre las puertas y, también agarrada con dos dedos, saca una bolsa de residuos con… cosas.  Las deja sobre el banco, junto a la “urna”, con un tintineo de sonajero.  El contraste, entre el tabú de la muerte en nuestra cultura y la bolsa gris de residuos, es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras. Nos miramos, mi amigo y yo.  No será la última vez.

A los minutos llega el operario, don Hernández, con sus guantes.  Abre la bolsa.  Lo primero que aparece y ubica en la “urna” es el cráneo.  Luego los huesos largos.  El proceso lleva un buen rato, con ocasionales chasquidos de hueso quebrado y con toda la ceremonia que implica ordenar un cajón de herramientas.  Es raro.  Movilizador pero como en una distancia.  Bromeamos como defensa contra lo incontenible e insondable. El contraste, entre lo santo del cuerpo -ese templo del alma- y la ignominia, es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

A la salida vamos en plan turista.  Le muestro a mi amigo el lugar donde estoy enterrado: aparece una lápida con nombre y apellido, pero sin fecha.  Recorremos los callejones mirando las criptas, con mármol y fechas anteriores a 1850, y capillas de cerca de 10 metros de altura, con los revoques desconchados y las puertas oxidadas, de vitrós con figuras tristísimas, y cruces redentoras cubiertas de verdín.  Estatuas y grandes monumentos que, en definitiva, nada significan.  El contraste, entre el deseo de permanencia, esa especie de intento de inmortalidad del recuerdo, y el paso inexorable del tiempo,  es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

¿Porque para qué nos apuramos? Enloquecemos trabajando para pagar los impuestos y la luz y el agua.  Y no tenemos tiempo de tomarnos una cerveza en una tarde de sol.  Y hacemos grandes planes.  Planes a largo plazo.  Que a veces nos llevan media vida… siempre que tengamos una vida lo suficientemente larga.  Y nos llenamos de cosas.  Y si no son cosas, son obligaciones y compromisos.  Y nos perdemos a nosotros mismos en esa vorágine, esa casa de locos que llamamos vida moderna.  Y elegimos olvidarnos de que, como dice Manson, al final te morís.  Te morís y no te llevás nada.  No te queda nada, ni quedás en nada. Un puñado de huesos y unos pelos y un par de chasquidos, mientras don Hernández, que hace 20 años que está en eso, te cuenta que una vez redujeron un cuerpo y al abrir el cajón en vez de cabeza, había una foto carnet.

La casa y la ropa y las cosas, se las van a disputar tus familiares, si acaso, luego de llorarte un poco.  Las obligaciones y los impuestos los pagará otro, o no. La tarea que para vos era trascendental, causante de tus afanes y desvelos, tiene serias chances de que en cuanto no estés, haya cinco personas más que la van a hacer mejor que vos y más barato.

Y vos sin amar (a alguien, lo que hacés o mismamente a vos), sin salir a caminar, sin habitar el paisaje, sin tomarte un respiro, sin ser feliz, o conformándote con menos felicidad de la que podrías conseguir.  Porque no te la merecés; para la felicidad no hay merecimiento que valga.  La felicidad no está colgada de los árboles, como las pelotitas que sirven de adorno en los putos árboles de navidad.  Y es impermanente.  No podés decir: ya tá, la tengo a mi felicidad, la voy a poner en mi mesita de luz pa que me alumbre todos los días.  Hay momentos felices. Pero podés conseguir más felicidad, más momentos, si tenés la suficiente perspectiva y ganas de laburar.  Ser feliz es un laburo.  Es quizá lo que queda.  El recuerdo, feliz, si tenés suerte, que dejás en la gente que te rodea cuando das el gran salto.

Solo esto y nada más, como dijo Poe.

Váyanse todos a cagar, como reza el mantra tibetano.