Archivo de la categoría: 42 reflexiones al pedo

Géneros en la escritura

Cada tanto me pongo a rumiar sobre la escritura en estos tiempos, en particular en lo que se refiere a los géneros.

Las normas del español indican que se debe usar el plural masculino para referirse a situaciones genéricas o mixtas, por ejemplo, decir los alumnos (aunque el grupo al que se refiere esté formado por alumnos y alumnas, incluso si las alumnas son mayoría).  Esta situación molesta a las personas que militan por la igualdad de género, cosa que no puedo reprochar.

El problema es cómo lograr eso de una manera mínimamente elegante.

Algunas personas tratan de escribir prescindiendo de géneros.  Usando el ejemplo anterior, dirían el alumnado.  Este tipo de escritura puede ser todo un ejercicio de ingenio y habilidad, por lo que no se ve a menudo. Muchas personas suelen decantarse por la infame @, o por la equis, en el lugar de la vocal, mientras que un grupo especial de subnormales usa los plurales específicos a la vez (compañeros y compañeras, convenciones y convencionas, etc), lo que es un incordio, una molestia, una desprolijidad, oscurece los textos y viola el principio de economía todo a la vez.

Entonces, justo hoy, hace instantes nomás, en un chispazo de inspiración preclara, me surge una posible solución envuelta en una pregunta con moño y todo.

¿Por qué no rescatar un grafema (letra) del alfabeto latino, existente pero en desuso?  Específicamente la letra (ligadura) Æ o æ (en minúsculas).

Si, por ejemplo, se está hablando de los asistentes a un simposio de medicina, podemos usar doctores o doctoras, si estos asistentes son en su totalidad de un género determinado, o escribir doctoræs, si la asistencia es mixta.

Se podrían adaptar los términos a la escritura, que sería prácticamente transparente para el usuario, o la usuaria, o lxs usuarixs, o læs usariæs, con la ventaja de que esta ligadura sí tiene una pronunciación específica, cosa que no sucede con los tristes remedos de sustitutos que se pretenden imponer ahora.

Esta solución podrá debatirse en el caso de que se desee usar con las palabras terminadas en -nte.  En su momento creí que las terminaciones en ente correspondían al participio activo del verbo ser, pero eso ha sido refutado en varios sitios.  La mejor explicación la vi en este artículo, con varias notas bibliográficas, y que se justifica como sigue:

 Una vez expresado lo anterior, expondré que la terminación de adjetivos derivados de verbos son llamados comúnmente como participios de presente o participios activos. El sufijo se presenta en la forma –ante– cuando la base es un verbo de la conjugación en ar; en la forma ente o iente cuando la base es un verbo terminado en er o en ir. Significa: lo que hace la acción. Ejemplo: amante, principiante, ambulante, conducente, equivalente, permanente, complaciente, conveniente, concerniente. Cabe señalar que algunos de estos adjetivos se sustantivan de modo habitual; otros se han lexicalizado como nombres: presidente, asistente, sirviente. En algunos de estos casos se ha creado una forma femenina en –a (presidenta, princesa, etcétera).[2]

A título personal, la creación de una forma femenina para estas palabras que denotan acción, me parece un chijete.

En fin, no me parece tan mala idea.

No olviden que læ perræ es læ mejor amigæ del hombre… y la mujer.

Es un buen número el seis

Besos!

Besos u ósculos. No hay más en el diccionario. Apenas otro remedo de sinónimo: carantoña, o mimo.

Es extraño, que siendo una actividad tan… tan qué?  Placentera?  Reconfortante?  Trascendente? Qué es, en definitiva, un beso?  Hay una palabra específica que pueda describirlo?

Tenés el pico, risueño.

El medio beso, ese que enganchás en la comisura de los labios, travieso, invitante, que puede pasar como un error… o no.  Lo lúdico es la mitad de la distancia en este caso.

Los diversos tipos de beso francés, con su intencionalidad propia.  La lengua está siempre, pero qué hace y cómo, son cosas distintas.  Tenés el lujurioso que entrelaza las lenguas, y el más pausado en donde la lengua acaricia dientes y el velo, y tantea a la otra lengua, mientras construye una tensión que, a lo mejor, es parte de otro juego.

El beso que hace el circuito cerrado lóbulo-cuello-clavícula, siempre ávido, aunque contenido.

Tenés el beso juguetón que va saltando por la piel de tu pareja, haciéndola remontar.  Y tenés el otro, casi una caricia que hacés con la boca, leve y prometedor.

Tenés el beso ruso, que cada cual puede buscar.  Y el beso australiano, o beso zelandés, que es como el francés, pero en las antípodas.

Tenés el beso, intenso, reconfortante, que abraza el alma, que se demora en la mejilla cuando estás triste y alguien te habla nada más que así.

El besuqueo de tía vieja, que te agarra la cabeza con las dos manos y luego te arremanga las mejillas en besos cortitos y repetidos, que te mata de felicidad a la vez que tenés que alejarte de ella lo antes posible.

Los besos de saludo múltiples, como los dos o tres que dan franceses, rusos, brasileros y tantos otros y que nunca sabés cuándo van a parar.

El besete falso, ese que es un choque de mejillas con un riudito, costumbrista, indiferente e insustancial, que no sirve de nada, para nadie, nunca, y que para pretender dar un beso así, más vale que me digas hola y ya está.  Si me vas a besar, besame, como si lo quisieras, como si lo sintieras.  Y si no, no jodas.

Tenés el beso, intenso, que te conmociona y te abrasa el alma, que se demora en la mejilla en una despedida, con esa lágrima que te quema la piel y te pulveriza.

El beso de labios con labios, amoroso, cálido, profundo, ese que detiene el tiempo.

El beso del reencuentro, que es uno en varias cuotas, que te tapa la cara, la nariz, los ojos, la boca y abarca la vida. Desesperado, aliviado, inmenso.

¿Cómo es que no hay distintas palabras para algo así? ¿Cómo?

 

Perspectiva

Hace unos días terminé de leer el libro de Mark Manson “The subtle art of not giving a fuck”, que podría traducirse como “El sutil arte de no dar un carajo”.

No darle importancia, no dar un carajo, a un montón de nimiedades que nos complican la vida.  No se trata de no dar un carajo por nada, así a lo imbécil, sino de elegir a qué darle un carajo, establecer prioridades, un sistema de valores que nos permita ir avanzando.  Si vos basás tu vida en llegar a tener tu casa, si eso es todo por lo que das un carajo, o a llenar tu guardarropa de prendas carísimas, el día que lo obtengas, vas a encontrarte con que no hay más metas.  Tu “misión en la vida” está completa… y ahora?  Si pretendés llenar tu vida de positivismo, si pensás que todo pasa por alguna razón y que todo es un regalo del Universo, entonces probablemente la mierda te explote en la cara en algún momento.  Porque las cagadas suceden y no todo es positivo y está bien que así sea, porque uno a veces tiene que aceptarlo y ya.  Es, de alguna manera, un anti-libro de autoayuda en donde el chabón te caga a pedos, te dice que no sos importante, ni especial, que problemas tenemos todos, y que más te vale que encares por algo que valga la pena, porque en realidad el universo no conspira contigo, porque… bueno, porque no le importás un carajo, ni te debe nada, y que al final te vas a morir.

Es bastante genial.

También estoy leyendo un libro sobre el andar; se llama “Andar.  Una filosofía”, de Frederic Gros.  Habla sobre caminar, sobre como, luego de cierto tiempo caminando, uno no está de paso en el paisaje, sino que habita en él, es parte de él.  Una visión muy interesante del tema.  También habla sobre grandes pensadores y personajes de nuestra Historia que se sentían encerrados en sus escritorios y que necesitaban de las largas caminatas para que las ideas, pensamientos y creaciones pudieran surgir.  Rimbaud, Rousseau, Thoreau, Kant.

De esta lectura, ya de paso, conseguí el libro “Walden”, de Henry Thoreau, que ya en 1854 comentaba eso de que cuando comprás algo, no estás pagando con plata, sino con tiempo de vida; con el tiempo que pasaste trabajando para tener el dinero con que comprar cosas.  Así que si pensás que el Pepe Mujica es muy crá por decir eso a cada rato, sabé que este viejo plaga no inventó nada.  Un yanki lo dijo antes y mejor que él hace más de 160 años. A propósito, si podés darle una hojeada a “Walden”, hacelo.

Igual, no es de los libros, ni ciertamente de Pepe, de quien quiero hablar.  Eso es solo un encadenamiento de ideas y temáticas que me lleva a lo central de esta entrada, si es que en alguna entrada de 42 podés encontrar una idea central, del concepto de perspectiva que está por título.

Hoy fuimos al cementerio con un amigo.  Él tenía que realizar un trámite bastante amargo y me preguntó si quería acompañarlo.  Llegamos juntos, aunque por caminos separados, a las 3 y 25 de la tarde.  Fumamos un cigarrillo mientras mirábamos a una pareja joven que estaba a los besos en uno de los bancos que están frente al cementerio.   Está justo debajo de la espesa sombra de un ciprés, y el lugar se adivina fresco y cómodo.  Están juntos y se quieren y, lo más importante, están del lado de afuera del cementerio.  Con el horizonte desplegado ante ellos.  Potentes.  Vivos.  El contraste, de la pasión frente a las puertas del cementerio, es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

Entramos y vamos a la oficina, donde nos espera Julián, el capataz encargado.  Lo saludamos y nos precede hacia la otra punta del camposanto.  En la mano izquierda, agarrada con dos dedos, como con asco, lleva la “urna” en donde van a colocar al padre de mi amigo.  Es una caja de plástico delgado, blanca, torcida y medio enclenque.  Escrito con un marcador indeleble se lee el nombre, la fecha de defunción y a qué nicho tiene que mudarse, ya que lo sacaron de la fosa que supuestamente sería el lugar de su último reposo.  El contraste, entre los sentimientos por nuestros seres queridos y lo infame que resulta la cajita de plástico (de unos 50x30x20 cm aproximadamente), es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

Vamos caminando por el camposanto, entre sombras frescas y soles abrasadores, en el silencio lento de siesta de las tardes de verano, y conversamos con mi amigo.  Ochenta años de vida, un poco más en realidad, para terminar en una cajita de plástico, mancillado. En el camino Julián se encuentra con un operario y le indica que vaya a buscar los guantes.

Llegamos a unas puertas desvencijadas.  El capataz deja la “urna” sobre un banco, abre las puertas y, también agarrada con dos dedos, saca una bolsa de residuos con… cosas.  Las deja sobre el banco, junto a la “urna”, con un tintineo de sonajero.  El contraste, entre el tabú de la muerte en nuestra cultura y la bolsa gris de residuos, es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras. Nos miramos, mi amigo y yo.  No será la última vez.

A los minutos llega el operario, don Hernández, con sus guantes.  Abre la bolsa.  Lo primero que aparece y ubica en la “urna” es el cráneo.  Luego los huesos largos.  El proceso lleva un buen rato, con ocasionales chasquidos de hueso quebrado y con toda la ceremonia que implica ordenar un cajón de herramientas.  Es raro.  Movilizador pero como en una distancia.  Bromeamos como defensa contra lo incontenible e insondable. El contraste, entre lo santo del cuerpo -ese templo del alma- y la ignominia, es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

A la salida vamos en plan turista.  Le muestro a mi amigo el lugar donde estoy enterrado: aparece una lápida con nombre y apellido, pero sin fecha.  Recorremos los callejones mirando las criptas, con mármol y fechas anteriores a 1850, y capillas de cerca de 10 metros de altura, con los revoques desconchados y las puertas oxidadas, de vitrós con figuras tristísimas, y cruces redentoras cubiertas de verdín.  Estatuas y grandes monumentos que, en definitiva, nada significan.  El contraste, entre el deseo de permanencia, esa especie de intento de inmortalidad del recuerdo, y el paso inexorable del tiempo,  es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

¿Porque para qué nos apuramos? Enloquecemos trabajando para pagar los impuestos y la luz y el agua.  Y no tenemos tiempo de tomarnos una cerveza en una tarde de sol.  Y hacemos grandes planes.  Planes a largo plazo.  Que a veces nos llevan media vida… siempre que tengamos una vida lo suficientemente larga.  Y nos llenamos de cosas.  Y si no son cosas, son obligaciones y compromisos.  Y nos perdemos a nosotros mismos en esa vorágine, esa casa de locos que llamamos vida moderna.  Y elegimos olvidarnos de que, como dice Manson, al final te morís.  Te morís y no te llevás nada.  No te queda nada, ni quedás en nada. Un puñado de huesos y unos pelos y un par de chasquidos, mientras don Hernández, que hace 20 años que está en eso, te cuenta que una vez redujeron un cuerpo y al abrir el cajón en vez de cabeza, había una foto carnet.

La casa y la ropa y las cosas, se las van a disputar tus familiares, si acaso, luego de llorarte un poco.  Las obligaciones y los impuestos los pagará otro, o no. La tarea que para vos era trascendental, causante de tus afanes y desvelos, tiene serias chances de que en cuanto no estés, haya cinco personas más que la van a hacer mejor que vos y más barato.

Y vos sin amar (a alguien, lo que hacés o mismamente a vos), sin salir a caminar, sin habitar el paisaje, sin tomarte un respiro, sin ser feliz, o conformándote con menos felicidad de la que podrías conseguir.  Porque no te la merecés; para la felicidad no hay merecimiento que valga.  La felicidad no está colgada de los árboles, como las pelotitas que sirven de adorno en los putos árboles de navidad.  Y es impermanente.  No podés decir: ya tá, la tengo a mi felicidad, la voy a poner en mi mesita de luz pa que me alumbre todos los días.  Hay momentos felices. Pero podés conseguir más felicidad, más momentos, si tenés la suficiente perspectiva y ganas de laburar.  Ser feliz es un laburo.  Es quizá lo que queda.  El recuerdo, feliz, si tenés suerte, que dejás en la gente que te rodea cuando das el gran salto.

Solo esto y nada más, como dijo Poe.

Váyanse todos a cagar, como reza el mantra tibetano.

Activen!

Quiéranse, loco!

No a lo estúpido y sin un criterio.  No a la Humanidad.  No a cualquiera que se te plante delante.  Eso sería ideal, pero es un laburo.  La parte del amor fraterno y al prójimo está más allá de mi alcance; no lo concibo por una cuestión de escalas, o de realidad.

Uno puede ser amable con un desconocido.  Puede no desearle mal y tener buena voluntad, pero de ahí a amarlo, a Juan Desconocido…  A mí no me sale, no sabría ni cómo empezar.  Pero no importa.

Ustedes, quiéranse.  En nuestra escala finita y limitada, quiéranse.  A tus viejos, a tu hermana y hermano, a los primos y tías,  y a tus hijos, y a tu pareja y tus amigos y tus mascotas.  Y a la flaquita del bar que no te da bola, y que tampoco te interesa, pero es linda persona y te sirve todos los días.  Y al cajero donde pagás las facturas desde hace años y con quien tenés esos momentos cómplices.

Quiéranse.  Abrácense.  Acaríciense.  Bésense.  Dénse una palmada en la espalda, o un apretón de ánimo en un brazo.  A la flaquita del bar igual no tanto, porque a lo mejor no te entiende y te manda sopre… un criterio, vamos. Pero si lo sienten, díganlo.  Díganlo todos los días.  Siéntanse, la puta madre.  Siéntanse!  Sean amables.  Ténganse un poco de paciencia.  Aunque se puteen día por medio, vean más allá de la pelea puntual y recuerden que se quieren.  Larguen un poco el celular y las redes y mírense.  Mírense a los ojos y veánse!  Júntense a compartir una charla, una comida, un mate, y sírvanse unos a otros.  Ayúdense.  Un “cuidate”, un “gracias”, un “manejá con cuidado”, una sonrisa, es tan efectivo como un “te quiero”.

No den las cosas por sentadas, porque eso es una estupidez, una cobardía, un desperdicio.  ¿No se dan cuenta?  Es lo único que tenemos y lo único que va a quedar cuando no estemos.

Tus afectos tienen que ser tu peña.  Donde se estrelle toda la mierda que el mundo quiera tirarte encima.  Donde se frene el dolor de la muerte.  Ellos y vos tienen que ser monolíticos.  Impenetrables a todo mal.  Porque es todo lo que hay.

Y por lo que más quieran, no se peleen con sus hermanos.  No hay una sola razón valedera para pelearse con tu hermana o tu hermano.  No hay orgullo que valga, ni razón, ni motivo por el que puedan alejarse.  Y si están peleados, reconcíliense.  Acerquen sus posturas, olviden toda altivez, busquen el camino del medio.  Con tus hermanos no te podés pelear.  Axioma.  Punto.

En serio, no sean imbéciles.

Memoria de los objetos

Es una mañana fresca de primavera. El sol brilla, tibio, mientras el aire todavía conserva la humedad de la llovizna nocturna.

Estamos en la cocina iluminada de la casa de Naxto. Hay un mate entre nosotros, humeante, espumoso, recién preparado. Tenemos enfrente sendos platos con unos regios sánguches de mortadela, queso y manteca entre panes fragantes, recién horneados, dorados y crocantes.

Conversamos. De la manera lenta y pausada de quien está cómodo con el otro. Desde hace algunas semanas estamos tratando de encontrar la manera de contar una historia. Es sobre un objeto que perteneció a su padre, y se nos resiste. La hemos enfocado desde varios puntos de vista, pero no damos con el ángulo adecuado; demasiado despojada y perderá magia, demasiados detalles, o muy rebuscados, la harán perder fuerza y fluidez.

Entre la charla, recuerdo un pasaje de un libro que estoy leyendo: “Después de pasar mucho tiempo en una casa, los objetos tienen alma”, escribe Svetlana Alexievich en La Guerra No Tiene Rostro de Mujer. Es una frase que me dejó pensando largas horas y que se conecta con otras charlas. Hay objetos que tienen una especie de vida secreta. O quizá los acercamos, por lo que representan para nosotros, e inconscientemente los dotamos de nuestros propios atributos. No lo sé a ciencia cierta. Sí sé, que para algunos de esos objetos, el resultado es similar a que se impresionaran de vida, que enriquecieran su sustancia.

Cuando me mudé con mi esposa a la casa que fuera de mi abuela, dice Naxto, había un armario grande cerca de la entrada. Abuela lo usaba para poner los cacharros de la cocina y lo tuvo allí durante décadas. Era un armario precioso, pero como no me gustaba cómo quedaba, lo movimos con la flaca. Durante varios días, Blades (su perro, un ovejero manto negro que era casi un cristiano), cada vez que pasaba por donde estuvo el armario, hacía el quiebre; Blades seguía esquivando el armario a pesar de que ya no estaba allí.

Es comprensible, le contesto, habrá sido por la costumbre.

No te conté, pregunta Naxto con una sonrisa, que Blades llegó a la casa después de haber movido el mueble?

Un pedazo de tela sin importancia, que da para cortar mucho

Vos te das cuenta de que la inmensa mayoría de los imbéciles que joden con el burkini son tipos?  Es tan arbitrario, autoritario y carente de lógica que te revuelve las tripas.

A alguno se le ocurrió preguntarle a la mina que usa el burkini qué piensa ella?

Estos franceses me enferman loco, hablando de libertad y lucha contra la opresión nada más que para conseguir réditos políticos a la vez que intentan defenestrar una religión y un sistema de creencias.

Por suerte en algunos lugares parece que se van dando cuenta de la inutilidad, la injusticia y la humillación que eso representa, pero en otros siguen tercos y regodeándose en su propia porquería.

Como si la mujer que va a la playa hubiera planeado ella sola todos los atentados que unos enfermos llevaron a cabo. Y ya de paso, le dan, o le siguen dando, combustible al fanatismo.

Qué mierda les importa cómo vaya vestida? Eso es represión pura y llana. Claro, como son unos impotentes de porquería para prevenir, minimizar y capturar y desbaratar los atentados y a quienes los llevan a cabo, la toman con los más débiles, que no tienen capacidad de réplica y que nunca han sido amenaza para nadie.
Y no, no defiendo al islam, pero tampoco lo condeno. Condeno y me avergüenzo de las personas, no de las ideas.

Las ideas están buenas, muchas de ellas, dentro de muchas religiones, sistemas de pensamiento y filosofías.  El problema de las ideas es que están llenas de gente; que las retuerce y las dobla y las pervierte para satisfacer sus ambiciones de poder y sed de controlar y oprimir a los demás.  Porque creen, o nos quieren hacer creer que creen, que su Hombre Invisible es mejor y mea más lejos que el Hombre Invisible de los demás.

Entonces terminás con las ideas infectadas de gente, como si tuvieran tumores que nunca son benignos.  Y solo ves la enfermedad que las cubre como pústulas, y te parece que todas las ideas, distintas a las tuyas, claro está, son feas como esas ambiciones que las cubren. Dejás de ver lo que eran en su origen y te quedás con esa cosa corrompida y asquerosa que te causa rechazo y miedo.

Y no te parás ni un segundo a pensar de que a lo mejor es justo eso lo que se busca: que te espantes, porque si te espantás dejás de pensar, y así es más sencillo controlarte y manipularte.  Es como con las fronteras, ¿te acordás?  Ellos y Nosotros.  La misma porquería.  Exactamente la misma.

Me enferman.

Ombrofobia

Ayer, por momentos, parecía que iba a amainar.  Luego de cuatro días de lluvia ininterrupida, se veía una claridad esperanzadora en el horizonte.  Mirabas los pronósticos del tiempo y eran alentadores.

Luego chaparrones, lloviznas, aguaceros, chubascos, diluvios, se encargaban de desmentirlos.  Hora tras hora, la lluvia parece infinita.  A la madrugada me despertó el tabaleo intermitente sobre el techo de zinc.

No puedo dejar de pensar, de tratar de imaginar, el miedo que deben sentir las víctimas de las inundaciones recientes, que quizá hace pocas semanas volvieron a sus casas, o que quizá terminaron hace unos días nada más de arreglar los estropicios, o que con gran esfuerzo van recomponiendo y recuperando todo lo que perdieron.  La esperanza que se alza cuando para la lluvia y el temor que la pisotea cuando el agua vuelve a caer.

O tal vez lo predominante sea la resignación invencible, tipo “Vieja, parece que paró…”, seguido minutos después por el “Ay, no” propio del “lavate que vamos de vuelta”.