Archivo de la categoría: 42 sucesos

Programa #Luisa

Empecé a colaborar con el Programa Luisa. El objetivo es luchar contra la impunidad y echar luz sobre un período oscuro y trágico de nuestra Historia.

Es una iniciativa que busca, a partir de escaneos de diversos documentos miliares generados por la última dictadura, recuperar esos textos de nuestro pasado reciente. En general son documentos que no pueden ser digitalizados automáticamente de la manera habitual, ya sea porque hay tipos, mal entintado o escritura cursiva que impiden usar este método.

Para recuperar los documentos es que el programa apela a nosotros y nuestro criterio. Como usuario, completamente anónimo, se te presenta una o un conjunto de imágenes que pueden (o no) contener texto. Vos interpretás lo que muestra la imagen y si hay algo legible escribís el resultado en el cuadro de texto correspondiente. Lo mandás y aparece la siguiente.

Las instrucciones son muy sencillas y el formato es ampliamente conocido: usa el equivalente a los captchas que suelen aparecer a la hora de acceder a algunos sitios web.

Junto a la imagen que tenés que interpretar se incluye otra, más general, para que puedas poner las palabras en contexto. El ejercicio puede ser aterrador y angustiante.

Algunas no transmiten nada

Otras, en cambio, son inquietantes

Direcciones, teléfonos, fechas, nombres, apellidos y números de cédulas de identidad. Expresiones que en cualquier otro contexto serían anodinas y no llamarían la atención, aquí resultan ominosas. Llenas de nuevos significados.

“Estado civil CASADA”, “Pelo RUBIO”, “doctor en Medicina, con teléfono”, “incautado al MLN”…

No voy a poner capturas específicas porque razones obvias, pero también aparecen nombres, decenas de nombres. Aparecen y ta, tenés que escribir lo que ves. El contexto que te brinda el resto de la imagen a veces es peor que no tener nada. Algunos son de militares debidamente identificados, pero hay más. ¿Son nombres de funcionarios? ¿Sospechosos? ¿Delatores? ¿Detenidos? ¿Torturados o torturadores? ¿Están vivos?

Es una tarea necesaria, pero nunca imaginé que me pudiera resultar tan difícil.

De los acuerdos y su cumplimiento

Tengo un acuerdo verbal con las arañas: yo no tomo acciones en su contra en el exterior, ni romper telas, ni inundar las cuevas de las tramperas, ni tampoco, ya de paso, matarlas o dañarlas de ninguna manera. En contrapartida ellas aceptan no entrar a casa. Si rompo el acuerdo me pican. Si ellas rompen el acuerdo mantenemos una breve charla en donde trato de convencerlas enfáticamente, generalmente chancleta en mano, de que entrar a casa no es una buena idea.

Funciona la mayor parte del tiempo, incluso a pesar de que a veces uno u otro rompe un poco las reglas inadvertidamente.

Anoche estaba saliendo del trabajo y cuando voy llegando a la puerta del depósito la veo. Un precioso espécimen de araña lobo con sus características franjas en el lomo. Cuando sintió mi aproximación se alzó sobre sus patas, haciéndose más alta, y se quedó perfectamente inmóvil. Fue casi como un pequeño momento zen.

Desde que ya no vivo en el que ahora es solamente un depósito, aquí las reglas de nuestro acuerdo son bastante más laxas y además las bichas son muy buenas cazando cucarachas y a los putos grillos. Así que di un pequeño rodeo, le deseé buenas noches y salí a la calle. Cerré con cuidado, encendí la moto, esperé un momento a que calentara y justo cuando esta por salir llega el infaltable cliente de última hora buscando mercadería.

Apago, me bajo, lo saludo y entro nuevamente al depósito. Ayudo al vago a cargar sus cajas y me dirijo a la oficina a buscar los papeles cuando escucho un estentóreo “¡¡PERO QUÉ BRUTA ARAÑA!!” seguido de un breve ¡SPLAT!

Durante un breve instante de furia pensé “qué te jodía la araña, loco?”. ¿Porque en serio, tanto te costaba dejar vivir al bicho? No ibas a dormir en el lugar. No ibas a comer en el lugar. Ni tus hijos ni tus mascotas iban a estar en el lugar. Vos no ibas a quedarte en el lugar. Técnicamente era su lugar, el de la Renalda. Entonces? “No las mates” le pedí, “que cazan otros bichos”. Y ahí se quedó, mirándome como un pajuato, tratando de asimilar el concepto. En realidad me sentí robado de alguna manera. O sea, ya estaba acordado. El ave César ya estaba hecho, aprobado, comunicado y archivado. Y viene el loco este y no le importa nada. Un ultraje en toda regla.

Pobre Renalda, nunca llegó a enterarse de que los acuerdos verbales tienen una tendencia bastante pronunciada hacia el lado precario del espectro.

Y aquí no ha pasado nada

Qué loco lo de las bolsas plásticas, ¿verdad? Desde el primero de abril las bolsas en los supermercados te las cobran $4. Previamente hubo discusiones y protestas varias, y como dijo Darwin en la radio, se extraña tener bolsa con manija para tirar la basura, pero la transición fue sorprendentemente natural. Casi ni nos acordamos de que antes comprábamos tres cosas y nos daban cuatro bolsas (porque una era una botella y te daban bolsa doble). Ahora cada cual va con su bolsito, su chismosa o su mochila y todos en paz. Sentí por ahí que el consumo de bolsas plásticas bajó un 80%. ¡Ochenta! Los fabricantes de bolsas se deben querer cortar las bolas.

Falta ajustar algunos otros temas, como por ejemplo las verduras que vienen en bandejas de poliestireno y luego envueltas en film plástico, o las bolsas en que te meten todo lo que comprás en la carnicería, o ese plástico inmundo con que te separan el fiambre y el queso antes de meterlo, a su vez, dentro de otra bolsa plástica. Y ni hablar de esa verdura que ya viene picada o rallada en tachitos también plástico.

En un montón de países el plástico se ha sustituído por papel. Vas a la carnicería, te envuelven la carne en papel. Lo mismo con el queso o el fiambre. Vas a la verdulería, comprás la verdura y la picás en tu casa, no seas enfermo. ¿Quién es tan abombado como para comprar verdura prepicada?

Como sea, bolsas de supermercado no more. ¡Y en un mes! ¡En Uruguay! Un cínico diría que no hay como meterle la mano en el bolsillo a un uruguayo para que desarrolle conciencia ambiental.

Un cínico, no yo. Yo no soy de esos.

Matemáticas y carpintería /2

Una ecuación bien fácil: si sumamos un poco de negligencia, un poco de descuido, gente dispersa y, por qué no reconocerlo, un poco de desgana, y le sustraemos un buen puñado de atención y todas las medidas básicas de seguridad, el resultado nos da:

Un poco de sangre, un poco de dolor (bueno, ok, más que un poco), varias corridas, una cura rápida aunque a conciencia (finalmente) y un buen refuerzo de la vacuna contra el tétanos. Ah, y varios días rengo. Como entonaba aquel conocido cantaor de flamenco: Ay qué doloooooor!

Así que bien, enseñanzas:

  • No te descuides.
  • Si tenés aunque sea la sospecha de que vas a realizar tareas de carpintería, así sea con herramientas manuales, proveete de calzado de seguridad, gafas de seguridad y guantes. Eso por lo menos. No, no importa si hace mucho calor.
  • No te descuides.
  • Los recortes, sobre todo si son corto-punzantes, van al fuego (si lo hay) o al recipiente de los restos (y si no lo hay, que lo haiga).
  • No te descuides.
  • Prestá atención a lo que estás haciendo. Como dijo un monje budista: si estás aquí, entonces tenés que estar aquí. Si tu cabeza está en lo bien que se sentiría encontrarse en la playa con una cervecita bien fría en lugar de en la tarea que tenés enfrente, entonces vas a encontrarte con que gracias a que tu cabeza está en otro lado tu pie está alojando un elemento foráneo cuando tendría que estar perfectamente indemne.
  • No te descuides.
  • No descuides a quienes están a tu alrededor; sobre todo si esas personas a su vez también fallan en cuidarse. ¡Mirá si en lugar de tu pie era el de otra persona!
  • No te descuides.
  • Mirá dónde pisás, dónde cortás, cómo sostenés la herramienta y a dónde va a ir a parar si se zafa o sale disparada.
  • No-tedescuides.

No es tan complicado, en serio. No seas idiota. Porque nunca pasa nada, hasta que te descuidás, y pasa. Perogrullo al palo.

Debidamente comunicado, archívese.

Sensaciones

Me causa fascinación ver cómo las personas de manos curtidas manipulan objetos pequeños… o comparativamente pequeños en todo caso. Suelen tender a usar las falanges más que las yemas, quizá por falta de sensibilidad (?). También es como si sus gestos se enlentecieran de manera deliberada. La mecánica de los movimientos es genial, mezcla de torpeza y delicadeza extrema.

Hace un par de días me agradecieron. Me crucé con un plomero conocido que referí a un amigo que debe hacer una obra y me dio la gracias casi a los gritos. Sentí una extraña e inesperada satisfacción por partida doble. Mi amigo encontró una solución a su problema; el plomero se hizo de la obra. Y quizá también el sentimiento de haber hecho un bien; un bien difuso, inconsciente y relativo, pero la sensación está ahí, producto del agradecimiento recibido.

Los fresnos en otoño poseen una belleza que aligera el alma. Su follaje cambia del verde a los tonos rojos y amarillos en unos pocos días antes de largar toda la hojarasca. Me recuerdan al sauce boxeador de Harry Sportster, que en otoño se sacudía las hojas rápidamente para quedar con las ramas desnudas. Pero depende de qué tan expuestos estén. Los que están aislados cambian mucho más rápidamente que los que están reparados o junto a otros árboles. El resultado es un gradiente maravilloso entre los vestidos veraniegos y los otoñales. A la vez contrastan con las frondas de los árboles perennes, más oscuras, creando grandes mosaicos.

Mi tío me dio una agradable sopresa: tuvo que cortar unos árboles y me guardó alguna madera: recortes de naranjo y ciruelo, más unas ramas de entre 12 y 20 cm de diámetro y una tajada del tronco de cerca de 80 cm de diámetro de cedro. Mi nivel de expectación está alto, alto, alto. Tengo que aprontar un mate y sentarme a estudiar todas las formas, tratando de descifrar qué se esconde allí adentro. Torno o talla? Hay algunas formas prometedoras. O maderarlos para sacar tablillas? También aproveché el viaje y traje un lote de tablas de ciprés que tengo allá. No muchas, como para tener un poco de material. ¿Y con el rolo? Una mesa, probablemente, ¿pero ratona o tipo mesada, como para cocinar sobre ella? ¡Tantas posibilidades!

Y también, ¡Tachán-Tachán!, me comentó que en el próximo menguante va a talar un par de árboles de naranja amarga. Son parte de una tupida islilla de injertos malogrados plantados nada menos que por mi bisabuelo. Eso me genera un extraño montón de sensaciones. Satisfacción y gula, por la madera en potencia; felicidad porque el tío me dijo que me los daba para que siempre lo recuerde; tristeza, porque todas las obras del Hombre están destinadas a perecer y desaparecer. Un par de generaciones, un parpadeo… y puff.

Me olvidé de varias cosas… qué raro eso de tener las cosas claras en un momento, con las palabras bullendo y pugnando por salir, y luego olvidarlas por completo, con la sensación solo de que perdiste algo pero sin saber qué.

Gracias x7

Siete años del mejor rocanroll. Gracias.

Vamos por otros siete?

Cuatro noches y tres días

Qué placer me da escribir estas líneas y compratirlas contigo. Hace varios días que las vengo armando. ¿Viste ese refrán que dice que una imagen vale más que mil palabras? Bueno, no me importa. Me gustan las palabras, puedo enroscarlas, moldearlas, y a veces, si soy afortunado, hasta hacerlas brillar. No, creo que esta no es una de esas veces, no pasa nada. No es una crónica propiamente dicha sino más bien una serie de impresiones, de instantáneas. A diferencia de las actuales fotografías de viajes, estas no van a ser 953 imágenes de lo mismo. Más bien se asemeja a la época, unos 30 años atrás, en que salías de viaje y solo tenías tu camarita Kodak110 con un rollo de 24 fotos. No yerres, porque las chances son limitadas.

¡El viernes me reencontré con María Luisa! Después de un largo, larguísimo mes y medio separados en distancia. ¿Qué puedo decirte que no imagines? La sonrisa, la calidez, la solidez. Todo muy lindo con la tecnología, es fantástica para mantener el contacto, verse a diario a 18000 kilómetros de distancia es genial, pero la solidez es imbatible: tocar, oler, sentir.

El reencuentro no devino en un idílico fin de semana ahítos de amor y chocolate y vino y más amor abrasador, aislados del resto del mundo. Más bien salimos a su encuentro. El sábado a las 7.10 de la mañana, para ser precisos. El plan era reunirnos con su hija y yerno que están construyendo su casa en Punta del Diablo.

Mis sentimientos con los viajes son ambivalentes. Me encantan y me aburren a partes iguales; me centran y me atosigan el alma a partes iguales. Cuando viajo a algún lugar es difícil que privilegie trayecto antes que destino, y sin embargo, siempre puedo abstraerme y perderme en detalles.

Cerca de La Floresta hay un bosquecillo joven y ralo, de pequeños eucaliptus. Todos se inclinan hacia el norte, en el mismo leve ángulo, como en un clip de Michael Jackson. Un vendaval persistente o más probablemente, la mano delicada pero firme de un gigante.

Un poco más allá se abre un claro en las dunas y en su centro veo un único pino tierno y solitario, descastado. Es una imagen extrañamaente desoladora.

Los cerros y afloramientos, los escarpes y viejas canteras me hacen fantasear con yacimientos esperando a ser descubiertos en sus centros, una sucesión de tierras preñadas de riquezas. Ah, sí, la inmensidad de la serranía siempre me fascinó. Como si pudiera largarme a caminar en cualquier instante sobre sus onduladas faldas, engañosamente uniformes, tapizadas de liso verdor en la distancia. Solo al acercarnos se revela su casi imposible geografía de piedras fracturadas y grietas, el monte espeso, achaparrado y tupido.

La amplitud es maravillosa. Podés mirar lejos durante kilómetros y kilómetros en cualquier dirección. Y la lejanía te limpia los ojos y te los llena de imágenes livianas. Apenas se ven rastros de presencia humana. Apenas alguna casa perdida en las lomas, a kilómetros de distancia de cualquier lado.

Los amigos que aun en la distancia se van acercando.

Los palmares que dan paso a una bruma blanca y espesa, ominosa incluso, como salida de la imaginación de Stephen King y que en realidad solo anuncia el principio de la Laguna Negra.

El trabajo con las manos, purgado de pretensiones y sin angustia, ese que causa el más placentero de los cansancios. Y con él, el placer de construir, de ver cómo crece algo que antes no estaba allí.

El rugido ominpresente del mar, en esa hora lenta del primer amanecer en la que ni siquiera los pájaros han despertado aún. El silencio casi absoluto de la vida en pausa.

Los ojos achinaditos, el pelo revuelto y la sonrisa lenta de gurisita, imposiblemente cálida y feliz de María Luisa recién levantada; ese tipo de sonrisas que levantan y tumban imperios. ¡MEV! Cómo amo a esta mujer.

La vegetación dura, triste y sacrificada que crece en los médanos, aferrada como puede a las dunas. Hablame de meritocracia.

Y luego, apenas antes que el sol, el despertar de las golondrinas y sus primas hippies, las tijeretas.

El placer inconmensurable de cocinar al aire libre sin apremios. Tal como estás, tal como querés. Y con la cocina, la comida en comunidad. Donde todos servimos a todos y nos regocijamos en la cercanía.

En un despliegue impecable de pascualismo, Flawless Pascualismo como dicen en Harvard, apronté toda la ropa antes de salir de casa y la envolví en una toalla para no perder nada. Genial, ¿verdad? Genial habría sido, seguramente, colocarla dentro de la mochila en lugar de dejarla a 500 km de distancia.

Empezar un viaje temprano y con la fresca de la madrugada es balsámico. El auto va contento, el espíritu va ligero y hasta el mate sabe mejor. La madrugada viene preñada del resto del día, llena de buenos presagios y posibilidades.

La Ruta 16 entre Castillos y Aguas Dulces, y luego la 10 desde Aguas Dulces a La Paloma son bastante precarias, sin marcar y desparejas. Tanto, que en algunos tramos obligan a bajar la velocidad a no más de 80 km/h. Viajar temprano también implica toparse con multitud de bichitos rezagados, aunque a 80 km/h tienen mejores chances de esquivar el parabrisas asesino: si tienen suerte, el aire convertido en un flujo laminar a esa relativa baja velocidad los levanta como una ola y los hace contornear el chasis, sin daños. Una mariposita casi lo logra. Parecía que iba a pasar surfeando sobre el parabrisas, pero justo al final lo rozó con una de sus alas. Dejó un manchón, no de bicho reventado, sino de ceniza. Como una leve pincelada de un finísimo polvo de color azul grisáceo. Durante varios kilómetros volví a ese rastro de color una y otra vez, como el recuerdo de un artista descuidado.

Luego de Punta del Diablo, La Paloma. En La Paloma hay un restaurante llamado La Ballena; en un alarde de ironía, La Ballena estaba Vacía. En La Paloma hay calles con nombres de constelaciones. El agua es gélida, gélida como solo había experimentado en el Pacífico cerca de Lima. Es LO Gélida. Y salada. Saladísima. Ultrasalada. Como salmuera. Debería haber recogido un botellón para probar de maridar algo.

Cerca de La Paloma está La Pedrera. La avenida principal de La Pedrera se llama Av. Principal. Es como si la hubiesen bautizado unos hobbits. Allí hay una calle llamada El Olimpo y en una de sus esquinas un boliche llamado El Trueno. Hubiera matado por tener una cámara de fotos decente. Tanto para registrar que es imposible de detallar

Y en la noche, cuando volvíamos a La Paloma de esa excursión relámpago a La Pedrera, nos detuvimos frente al mar. Y el mar nos dio uno de sus regalos más bellos: noctilucas. Nunca las había visto y fue un placer tan maravilloso que casi me pongo a lagrimear. No hay placer más grande que descubrir algo nuevo. Son mágicas, como una fiesta rave con luz negra para algas. En la penumbra se veía el leve delay producido por las olas al romper, el estímulo, seguido por la reacción en cadena del brillo fosforescente y fantasmal de las noctilucas siguiendo la línea.

A la vuelta recordé la historia, de a ratos onírica, que Guadalupe Muro (@aircarnation) escribió sobre los coihues. Guadalupe cuenta que los cohiues, un tipo de árbol alto y de raíces superficiales, crecen formando islas. Las ramas forman copas que se entrelazan en lo alto, como un abrazo. Ese abrazo les permite mantenerse en pie, juntos. Así también son los pinos que se ven en las rutas al este de Uruguay. Pequeñas islas de pinos con las copas entrelazadas.

Y así pasaron los días, como un fogonazo. Con gloria y sin penas.