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Banderas

Me preocupa la situación en España, donde tengo tantas amistades y afectos, con todo el tema Catalán. No tengo una posición tomada. No podría, ni me corresponde elegir un bando. Sí soy partidario de dejar que la gente se exprese y rechazo la violencia contra personas desarmadas y con los brazos en alto. No hay justificación en un estado que se dice democrático y de derecho. También rechazo la provocación y la coacción y el tildar de traidor a quien piense distinto.

He visto gestos y palabras y acciones muy mezquinas de ambos lados de este conflicto, tanto de las personas de a pie como de los dirigentes que deberían velar por el bienestar de su gente y tratar de desactivar el conflicto en lugar de inflamar los ánimos. Luego, a ninguno de ellos se los vio en las calles, tan gallitos que son por cadena nacional. Pero ese es otro tema.

Hoy, ahora, recién, acabo de darme cuenta de algo simplísimo: las banderas.

Si vas a Wikipedia y escribís “Bandera de España”, “Bandera de Cataluña”, o “Estelada” te aparecen las imágenes de las susodichas.  En todos los casos, franjas horizontales rojas y amarillas con algún eventual chirimbolo al medio. Lo más gracioso es que en la Estelada, dependiendo del color, el chirimbolo puede ser de izquierda o de derecha. ¡Qué estupidez, por el MEV! ¿En serio hacen esas distinciones en lo que algunos piensan que debería ser la enseña nacional, apartidaria y totalmente desideologizada? ¿Y entonces qué? ¿Luego de independizarse, si se diera el caso, van a pelear entre ellos para ver qué color de chirimbolo debe aparecer en al bandera?

Después de estudiar concienzudamente las banderas me pregunto: la discusión entre la Bandera de España y la de Catalunya, ¿a qué se debe? ¿Al ancho de la franja, o al color con el que empieza? En esencia son iguales, amarillo sobre rojo o viceversa. Varias finitas o unas pocas bien anchotas. ¿Qué dilema, no?

Dejate de nacionalismos e ideologías por un momento y acercate hacia el lado de lo prosaico: ¿te das cuenta de que hay personas dispuestas a matarse por el ancho de la franja? ¿Vos sacrificarías a tus seres queridos, a vos mismo, por el color inicial? ¿En serio vale la pena sufrir por ver tres franjas o nueve en una bandera?

¿No se dan cuenta? Cientos de años han pasado como para estar anclados a ellos, para dejarse definir por ellos, por los años. Ya están juntos, los pueblos. Están todos al lado, mezclados desde hace generaciones. ¡Desde hace siglos! Sí, tienen rasgos culturales distintos y a veces hasta opuestos, pero no poder buscarle la vuelta y llegar a un acuerdo es como pretender cambiar de apellido porque a tu hermana no le gustan las aceitunas y a vos sí… y que además las llama “olivas”, la maldita. No mentira, mi hermana es un sol maravilloso aunque no le gusten las aceitunas.

Los que fundaron Catalunya están muertos. Los que fundieron Catalunya con el reino de Aragón están muertos. Los que fusionaron los reinos de Castilla y Aragón y Navarra están muertos. Y eso fue todo mentira. Uniones mediante matrimonios. Trasiego de gentes y vasallajes como quien pasa ganado de corral. A nadie se le debe nada. No hay imperativo histórico que valga. Eso también es todo mentira. El pasado son cosas que pasaron. La Historia son cosas que pasaron hace mucho. ¿Qué importa, a fin de cuentas? ¿Qué sigue? ¿Volver a separar los reinos de Castilla y Aragón? ¿Resucitamos a Fernando y a Isabel? ¿Otra guerra civil? Hay un montón de hijos de puta que parecen atraídos por la idea, por lo que se lee y escucha. Pero son pocos, poquísimos; el puñado de fanáticos de toda la vida. ¿Los vas a dejar ganar?

Perdoname si no soy sensible con tu sentimiento español o catalán. No llego a comprenderlo, de la misma manera en que no puedo comprender los fanatismos en los partidos políticos o los cuadros de fútbol. Cuando empezás a desmenuzar las cosas resulta que todo es mentira. Todo es mentira.

No sé, será que a mí los nacionalismos y las fronteras no me van. Son todos constructos de las élites, manipulaciones para que los soretes de siempre se enriquezcan como siempre, mientras los de a pie se pelean entre sí, como siempre. El río revuelto y los pescadores y esas cosas. Fijate a ver qué investigaciones pasaron a segundo plano, qué escándalos se silenciaron, qué dinero cambió de manos mientras están todos pendientes de qué bandera es la más linda.

Váyanse al bar a tomar una mientras conversan, quieren? Es lo más provechoso que pueden hacer. Y no pongan las sillas paralelas, ¿quieren? Las sillas paralelas son lo peor.

Molerse a palos y matarse entre ustedes es terrible para la salud.

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Lamento boliguayo

Nacho me pasa este enlace, en donde un medio uruguayo informa sobre otro uruguayo que en Twitter interpreta, traduce y explica una canción española del año 2000: Aserejé. Aparentemente es casi trending topic.

http://www.subrayado.com.uy/noticias/71000/tuitero-uruguayo-nos-vuela-la-mente-explicando-el-hit-asereje

En las redes sociales, vi una captura con supuestos dichos del candidato del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou, en referencia a la golpiza que sufrió un peón rural de Salto por reclamar lo que en justa ley le corresponde. En esa captura apócrifa Lacalle Pou habría defendido el accionar del estanciero.

La respuesta del líder nacionalista no se hizo esperar y salió a aclarar los tantos, estableciendo que él no dijo eso.

El primero es gracioso, el segundo se enmarca en un hecho triste y terrible. No tienen nada que ver entre sí de ninguna manera, pero tienen algo en común: las ristras de comentarios.

Qué bicho inmundo y lamentable es el uruguayo. Es increíble lo rastrero y mezquino que resulta en cuanto se rasca un poquito. Fanático, dogmático, falaz, violento, cruel y muchas veces, tristemente ignorante.

El uruguayo no puede hablar ni del gusto del yogur sin cagarse en la concha de la madre de Lucía y el Pepe y los comunistas hijos de la gran puta. O en Sendic. O en los asesinos colorados, en los los blancos ladrones o una combinación de ambos. Todo se politiza, la piel es tan fina que es traslúcida, toda discusión derrapa a la velocidad de la diarrea (que todos saben es más rápida que la de la luz). Parecería ser que el uruguayo está en perpetuo estado de enojo esperando la mínima oportunidad para saltar directo a la yugular del que piensa distinto. Se diga lo que se diga saltan reproches y comparaciones, justificaciones y lamentos interminables. Con varas de medir variadas para cada situación. En donde lo propio se juzga con benevolencia y lo ajeno con máxima virulencia. Donde la historia se repite eternamente y las faltas no prescriben jamás. Todos corruptos, todos ladrones, sin que importe época o color. Manchas indelebles que restan, de manera instantánea, cualquier legitimidad y derecho a réplica.

Es tan raro ver un comentario que no sea descalificador, que tienda puentes, o que simplemente intente comenzar un debate serio y coherente, que probablemente se pase por alto, o peor aún, se conteste con un retruécano o sarcasmo que busque la descalificación, la mayoría de las veces con falacias lógicas que pretenden desviar el foco de la discusión. Es muy triste que muchas veces estos recursos tengan éxito, desvirtuando todo. Y eso en el mejor de los casos. En un porcentaje altísimo de ejemplos se cae directamente en el insulto rampante.

Para mí que la culpa es de Bonomi, el Ministro del Interior. ¡Renunciá, Bonomi!

Qué susto, ¿no?

Qué cagazo da salir de la “zona de confort”.

Aunque no sé por qué agregar la parte del confort cuando esa zona tantas veces es cualquier cosa, menos confortable.

“Zona de costumbre” podría ser una alternativa aceptable; la costumbre es clave para el ser humano. Algo fuera de lo normal repetido la suficiente cantidad de veces pasa a ser el nuevo normal, uno se acostumbra. Como cuando decís “mal, pero acostumbrado”. Y como te acostumbraste, ahí quedaste. Como algún tipo de bacteria que crea tolerancia a un ambiente hostil.

“Cucha” también podría ser una alternativa. Si sos un perro la cucha es tu casa y tu refugio y a donde te mandan cuando hacés alguna cagada. Es fácil quedarse en la cucha porque además tenés tu mantita. Así que no importa que te caguen a palos día por medio, siempre que la conserves y además tengas un plato de comida para ir tirando. Eso es, ¡buen perro!

Pero mi término preferido, luego de pensarlo mucho, es la “Mantita mora de la existencia”. La Mantita mora de la existencia me gusta porque puede llegar a ser confortable, pero ciertamente evoca a escasez y poca cosa y si el invierno es especialmente crudo, a frío. Además el diminutivo le da una cualidad de ternura, de buenez, que puede inducir a buscar su ilusorio refugio. Y después de que te envolviste en la mantita mora, cagaste. Porque se te enreda por todos lados y te complica la movilidá, y entonces a vos te parece que estás bien, porque vas envuelto en tu mantita mora, pero tu existencia en sí no va a ningun lado. A ninguno, salvo al suelo si te llegás a tropezar mientras vas todo envuelto como una momia pasmada.

Ah, sí, sea como sea que se llame es una cagada pinchada en un palo. ¡Pero qué cagazo da soltar la puta Mantita mora de la existencia! Uno se aferra a ella como si fuera lo único que flota en miles de kilómetros a la redonda de mar hinóspito.

Y sin embargo también hay alivio. Cuando finalmente vislumbrás la opción de soltarla, sentís alivio. Un alivio que es como un bálsamo. Y fijate lo que te digo: sentís alivio aunque no tengas ni puta idea de si vas a poder encontrar alguna otra cosa flotando a la que poder agarrarte. Después del pánico, literalmente pánico, que sentís justo antes de decidirte, viene el alivio de la liberación. La liberación viene del convencimiento de que si no soltás eso te vas a ahogar como un chambón. Incluso si ya de por sí andás escupiendo agua medio atorado. O tal vez precisamente por eso. Llega un punto en que ya no podés soportar más vivir hinchado de las bolas tragando agua y mandás todo a su puta madre. Total, si te toca ahogarte, más vale terminar de una vez que estar eternamente en medio del mar sin poder respirar. Es una sensación rara; una dicotomía difícil de describir, pero palpable. Quizá el ejemplo de la tabla flotando no sea el mejor, ahora que lo pienso.

Supongo que no todas las Mantitas moras de la existencia son iguales y habrá gente que encuentre realmente confortable tener la suya envuelta alrededor de la cabeza, pero hay veces en que la mantita agobia y no sabés cómo sacártela de encima. Te pica, te raspa, te da calor, está con chinches y ciertamente habría que lavarla, pedazo de mugriento; mirá si vas a tener así de cochambrosa tu Mantita mora de la existencia.

En fin, 42, después de muchas vueltas y sinsabores, está encontrando el nudo de la mantita y forcejeando para tirarla a la mierda. ¡Y qué paura! Pero la vamos a tirar igual. Aprovechamos que se viene la primavera y tenemos medio año para conseguir una mantita nueva.

Mientras tantos nos arreglaremos con la toalla.

Presencia

A pesar de que no estás desde hace años, tu voz es lo primero que nos recibe. Siempre. Indefectiblemente.

Es curioso. Irónico. Triste incluso.

Cuando ya no quede nadie, cuando los salones estén silenciosos y los armarios vacíos, lo último que se escuchará será tu voz, sosegada y cantarina, que nos sigue dando la bienvenida, invitándonos a dejar un fax o un mensaje.

El contestador siempre es lo último que se retira.

Love is in the air

Hace unos meses descubrí el fascinante proceso de la autolisis para la creación de pan, y poco después aprendí cómo incorporar el método obteniendo buenos resultados a la vez que vislumbraba la manera de generar una producción manual, pero continua. Es un proceso un poco largo, sin embargo: 6 horas.

Pero como decía antes, el pan es casi como una peregrinación: siempre estoy a la búsqueda de la baguette perfecta. Sin prisas, pero sin detenerme.  Esta vez di con un par de libros muy interesantes en donde se tratan en profundidad dos puntos capitales: el prefermento y la fermentación (leudado) de larga duración.

El prefermento (en diversas versiones llamadas poolish, esponja, masa madre, levain o iniciador), es un conjunto de mezclas de distintas proporciones de harina y agua con un añadido mínimo de levadura, o incluso con un cultivo de levaduras silvestres, que se prepara con bastante antelación a la factura del pan.  En algunos casos ese tiempo va desde un par de horas a varias semanas, y en el caso de la masa madre, mientras se vaya renovando periódicamente la cantidad de harina y agua, el prefermento puede durar indefinidamente.

La fermentación retardada, que los franceses llaman blocage, y que perfeccionó un chabón de apellido Gosselin, se logra enfriando la masa durante varias horas. Parece totalmente antiintuitivo, ya que lo primero que te enseñan es que la levadura se desarrolla óptimamente entre los 24 y 27 ºC. Pero lo que se busca es, justamente, aletargarla.  Sacarla de su punto óptimo para que demore. La demora permite que la magia se cuele en la masa y haga cosas asombrosamente mágicas.

El proceso completo es como una autolisis en cuotas.  Muchas cuotas.

El prefermento demora unas 13 horas a temperatura ambiente. El amasado, bollado y formado de las piezas lleva unas cinco horas en intervalos de una hora. Momento en que se pasan las piezas a la heladera durante aproximadamente 16 horas. Estas llegan al horno luego de atemperarse un poco, donde permanecerán otros 25 minutos o hasta lograr un color marrón dorado profundo, momento en el que Calvel y Gosselin se juntan con Maillard y el pan se transforma en una orgía de enzimas, proteínas, aminoácidos y compuestos complejos que se divierten sin pudor y sin tapujos.

El resultado es maravilloso, grandioso y supera con diferencia todo lo que había hecho hasta ahora en materia de pan.

Lo segundo que te encanta, es el color y la transformación final. Incluso la harina espolvoreada durante el proceso de formación de las piezas juega un papel.

Al sacar las piezas del horno llega la real prueba para tu temple, ya que tenés que dejarlas reposar y enfriarse durante horas para que se decanten vapores y sabores.  Cuatro horas mínimo, con un ideal de más de ocho horas de espera.

Luego viene lo tercero que te hace brillar los ojos de gozo. Cuando finalmente cortás la maravilla en la que has estado empeñándote durante el último día y medio: la miga y la textura. Bellísima.  Flexible y esponjosa, mucho más liviana que con la autolisis tradicional, con una elasticidad impresionante y un suave color.  Una vez más, tan aireada, que hasta las burbujas tienen burbujas.

Y no, no me equivoqué al contar. Lo último es el olor, pero también es lo primero, ya que se siente desde que va promediando la cocción. Te inunda de a poco como una marea y te transporta. El olor es complejo y desconcertantemente placentero. Un poco ácido, apenas, gracias al prefermento, con el suave dulzor de las frutas maduras; el sabor es igualmente complejo y fresco, casi cítrico al inicio, gracias a todos los compuestos que se desarrollan durante la larga interacción del agua con las proteínas y de las levaduras con los azúcares de la harina. Luego de un momento sabe dulce, naturalmente dulce, como el arroz integral cuando lo cocinás lentamente, y con un sorpresivo final apenas pungente, casi “capsicuminoso”.

¡Y el perfume que queda en la cocina! Cálido, amoroso, evocador de tiempos más simples donde todo estaba en su sitio y el mundo era un lugar de certezas agradables y definidas.

¿Qué son 35 horas para poder obtener esta pequeña maravilla? Un precio ridículamente bajo. Si la felicidad tuviera un aroma, una esencia, olería exactamente así.

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Vos sabés cómo me siento: bien

Cinco años. Y hoy, arrancamos nuevamente. Siempre un nuevo comienzo, tratando de no dar nada por sentado.

Te quiero, María Luisa. Feliz aniversario.

Perspectiva

Hace unos días terminé de leer el libro de Mark Manson “The subtle art of not giving a fuck”, que podría traducirse como “El sutil arte de no dar un carajo”.

No darle importancia, no dar un carajo, a un montón de nimiedades que nos complican la vida.  No se trata de no dar un carajo por nada, así a lo imbécil, sino de elegir a qué darle un carajo, establecer prioridades, un sistema de valores que nos permita ir avanzando.  Si vos basás tu vida en llegar a tener tu casa, si eso es todo por lo que das un carajo, o a llenar tu guardarropa de prendas carísimas, el día que lo obtengas, vas a encontrarte con que no hay más metas.  Tu “misión en la vida” está completa… y ahora?  Si pretendés llenar tu vida de positivismo, si pensás que todo pasa por alguna razón y que todo es un regalo del Universo, entonces probablemente la mierda te explote en la cara en algún momento.  Porque las cagadas suceden y no todo es positivo y está bien que así sea, porque uno a veces tiene que aceptarlo y ya.  Es, de alguna manera, un anti-libro de autoayuda en donde el chabón te caga a pedos, te dice que no sos importante, ni especial, que problemas tenemos todos, y que más te vale que encares por algo que valga la pena, porque en realidad el universo no conspira contigo, porque… bueno, porque no le importás un carajo, ni te debe nada, y que al final te vas a morir.

Es bastante genial.

También estoy leyendo un libro sobre el andar; se llama “Andar.  Una filosofía”, de Frederic Gros.  Habla sobre caminar, sobre como, luego de cierto tiempo caminando, uno no está de paso en el paisaje, sino que habita en él, es parte de él.  Una visión muy interesante del tema.  También habla sobre grandes pensadores y personajes de nuestra Historia que se sentían encerrados en sus escritorios y que necesitaban de las largas caminatas para que las ideas, pensamientos y creaciones pudieran surgir.  Rimbaud, Rousseau, Thoreau, Kant.

De esta lectura, ya de paso, conseguí el libro “Walden”, de Henry Thoreau, que ya en 1854 comentaba eso de que cuando comprás algo, no estás pagando con plata, sino con tiempo de vida; con el tiempo que pasaste trabajando para tener el dinero con que comprar cosas.  Así que si pensás que el Pepe Mujica es muy crá por decir eso a cada rato, sabé que este viejo plaga no inventó nada.  Un yanki lo dijo antes y mejor que él hace más de 160 años. A propósito, si podés darle una hojeada a “Walden”, hacelo.

Igual, no es de los libros, ni ciertamente de Pepe, de quien quiero hablar.  Eso es solo un encadenamiento de ideas y temáticas que me lleva a lo central de esta entrada, si es que en alguna entrada de 42 podés encontrar una idea central, del concepto de perspectiva que está por título.

Hoy fuimos al cementerio con un amigo.  Él tenía que realizar un trámite bastante amargo y me preguntó si quería acompañarlo.  Llegamos juntos, aunque por caminos separados, a las 3 y 25 de la tarde.  Fumamos un cigarrillo mientras mirábamos a una pareja joven que estaba a los besos en uno de los bancos que están frente al cementerio.   Está justo debajo de la espesa sombra de un ciprés, y el lugar se adivina fresco y cómodo.  Están juntos y se quieren y, lo más importante, están del lado de afuera del cementerio.  Con el horizonte desplegado ante ellos.  Potentes.  Vivos.  El contraste, de la pasión frente a las puertas del cementerio, es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

Entramos y vamos a la oficina, donde nos espera Julián, el capataz encargado.  Lo saludamos y nos precede hacia la otra punta del camposanto.  En la mano izquierda, agarrada con dos dedos, como con asco, lleva la “urna” en donde van a colocar al padre de mi amigo.  Es una caja de plástico delgado, blanca, torcida y medio enclenque.  Escrito con un marcador indeleble se lee el nombre, la fecha de defunción y a qué nicho tiene que mudarse, ya que lo sacaron de la fosa que supuestamente sería el lugar de su último reposo.  El contraste, entre los sentimientos por nuestros seres queridos y lo infame que resulta la cajita de plástico (de unos 50x30x20 cm aproximadamente), es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

Vamos caminando por el camposanto, entre sombras frescas y soles abrasadores, en el silencio lento de siesta de las tardes de verano, y conversamos con mi amigo.  Ochenta años de vida, un poco más en realidad, para terminar en una cajita de plástico, mancillado. En el camino Julián se encuentra con un operario y le indica que vaya a buscar los guantes.

Llegamos a unas puertas desvencijadas.  El capataz deja la “urna” sobre un banco, abre las puertas y, también agarrada con dos dedos, saca una bolsa de residuos con… cosas.  Las deja sobre el banco, junto a la “urna”, con un tintineo de sonajero.  El contraste, entre el tabú de la muerte en nuestra cultura y la bolsa gris de residuos, es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras. Nos miramos, mi amigo y yo.  No será la última vez.

A los minutos llega el operario, don Hernández, con sus guantes.  Abre la bolsa.  Lo primero que aparece y ubica en la “urna” es el cráneo.  Luego los huesos largos.  El proceso lleva un buen rato, con ocasionales chasquidos de hueso quebrado y con toda la ceremonia que implica ordenar un cajón de herramientas.  Es raro.  Movilizador pero como en una distancia.  Bromeamos como defensa contra lo incontenible e insondable. El contraste, entre lo santo del cuerpo -ese templo del alma- y la ignominia, es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

A la salida vamos en plan turista.  Le muestro a mi amigo el lugar donde estoy enterrado: aparece una lápida con nombre y apellido, pero sin fecha.  Recorremos los callejones mirando las criptas, con mármol y fechas anteriores a 1850, y capillas de cerca de 10 metros de altura, con los revoques desconchados y las puertas oxidadas, de vitrós con figuras tristísimas, y cruces redentoras cubiertas de verdín.  Estatuas y grandes monumentos que, en definitiva, nada significan.  El contraste, entre el deseo de permanencia, esa especie de intento de inmortalidad del recuerdo, y el paso inexorable del tiempo,  es lo suficientemente poderoso como para disparar una reflexión.  Te pone las cosas en perspectiva aunque no quieras.

¿Porque para qué nos apuramos? Enloquecemos trabajando para pagar los impuestos y la luz y el agua.  Y no tenemos tiempo de tomarnos una cerveza en una tarde de sol.  Y hacemos grandes planes.  Planes a largo plazo.  Que a veces nos llevan media vida… siempre que tengamos una vida lo suficientemente larga.  Y nos llenamos de cosas.  Y si no son cosas, son obligaciones y compromisos.  Y nos perdemos a nosotros mismos en esa vorágine, esa casa de locos que llamamos vida moderna.  Y elegimos olvidarnos de que, como dice Manson, al final te morís.  Te morís y no te llevás nada.  No te queda nada, ni quedás en nada. Un puñado de huesos y unos pelos y un par de chasquidos, mientras don Hernández, que hace 20 años que está en eso, te cuenta que una vez redujeron un cuerpo y al abrir el cajón en vez de cabeza, había una foto carnet.

La casa y la ropa y las cosas, se las van a disputar tus familiares, si acaso, luego de llorarte un poco.  Las obligaciones y los impuestos los pagará otro, o no. La tarea que para vos era trascendental, causante de tus afanes y desvelos, tiene serias chances de que en cuanto no estés, haya cinco personas más que la van a hacer mejor que vos y más barato.

Y vos sin amar (a alguien, lo que hacés o mismamente a vos), sin salir a caminar, sin habitar el paisaje, sin tomarte un respiro, sin ser feliz, o conformándote con menos felicidad de la que podrías conseguir.  Porque no te la merecés; para la felicidad no hay merecimiento que valga.  La felicidad no está colgada de los árboles, como las pelotitas que sirven de adorno en los putos árboles de navidad.  Y es impermanente.  No podés decir: ya tá, la tengo a mi felicidad, la voy a poner en mi mesita de luz pa que me alumbre todos los días.  Hay momentos felices. Pero podés conseguir más felicidad, más momentos, si tenés la suficiente perspectiva y ganas de laburar.  Ser feliz es un laburo.  Es quizá lo que queda.  El recuerdo, feliz, si tenés suerte, que dejás en la gente que te rodea cuando das el gran salto.

Solo esto y nada más, como dijo Poe.

Váyanse todos a cagar, como reza el mantra tibetano.