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Noticias desde el Reino /009

Buscá la belleza en las pequeñas cosas.

Que el aislamiento no te ponga de cabeza.

En un instante

Ayer, poco antes del atardecer, me senté bajo el roble.

El otoño me regaló una tarde solitaria pero esplendorosa. Preparé un té con menta y cedrón recién cortados y me dediqué a mirar el parque desde la fresca sombra y el vapor perfumado.

El romero está salvajemente en flor, moteado de mangangás golosos. El sauce está casi desnudo. El calistemo, gracias a las lluvias recientes, puja por hacer reventar sus escobillones, lo mismo que la trompeta de fuego con sus campanas arracimadas. ¡Se necesita tan poco! Tan solo una oportunidad. Una oportunidad.

Así pensaba, mirando casi sin ver, dejando que la solitaria belleza me pasara por encima, cuando una pequeña mariposa se posó inestable sobre el filo de una hoja. Titubeó, se afianzó, y se quedó un momento abriendo y cerrando las alas con el ritmo de un latido, como si me dijera mirá qué maravillosa soy. Y lo era. De una belleza sin estridencias, serena, pero arrobadora. Discretas franjas rojas sobre negro y con las alas divididas en dos almendras sin mácula. Sin dudas creada por una deidad especialmente benevolente cuyo nombre solo conocen las mariposas.

Allí, bajo la sombra de un roble, comprendí la más perfecta de las geometrías y fui feliz.

Este cielo no es el cielo de mi patria /18

No voy en avión, voy en tren

Eroto, el ángel de la estación

Nuestro tren sale a las 10.24 a.m. Es el EC115, tren de EuroCity número 115, vagón 349, con destino a la estación Kraków Głowny (se pronuncia Krákoov Guovne, la estación Principal de Cracovia), en Polonia. Sí, el polaco también es una lengua eslava igual de inentendible que el checo y encima tiene más letras en el alfabeto.

Falta una hora y media para la partida cuando llegamos a la estación; maniático que es uno. Chequeamos que el pasaje esté bien (sabemos que está bien) y le preguntamos a la funcionaria si tiene idea del andén (que no lo sabe) aunque sabemos que ella no puede saberlo, pero le preguntamos igual, porque somos uruguayos e insistentes.

Solo sabemos que es por un andén de la manga S. Así que esperamos pacientemente que el reloj desgrane los largos minutos. Cada tanto nos paramos y nos acercamos a la pantalla principal, igual de desorientados que cuando llegamos por primera vez.

Se ve que tenemos tanta pinta de perdidos que se nos acerca un veterano grandote. No usa uniforme, pero se mueve como si estuviese en su casa. Nos habla en un inglés rápido y con un acento cerrado casi ininteligible. “¿A dónde van?” Le mostramos el pasaje, lo mira y nos dice: “Ah, sí, es por la manga norte. Estén atentos porque el aviso va a aparecer solo 15 minutos antes de que salga el tren.” Con María Luisa nos miramos desconcertados: ¿cómo que manga norte? La mina de la taquilla nos anotó que era la manga S, bien grandota. Si antes estábamos desorientados, ahora la verdad es que estoy más perdido que un tatú mulita en Noruega.

Le damos las gracias, inseguros, y seguimos esperando como unos pasmados a que llegue la hora.

Nota: en algunas salas de espera de estaciones y aeropuertos hay pianos y cualquiera puede sentarse a tocar. A veces hay gente virtuosa que te da unas sorpresas maravillosas.

Cuando faltan 25 minutos nos plantamos pasaje en mano frente a la pantalla. Faltan 20 minutos y el anuncio no aparece. Faltan 15 minutos y el anuncio no aparece. Pero aparece el veterano, una vez más. “Vengan conmigo” nos dice. Salimos caminando con él hacia un lado al que no habíamos ido. Pasamos frente a cuatro, cinco, ocho locales cuando el chabón dobla a la derecha en una manga que no habíamos visto marcada con una S blanca y grandota. Mientras caminamos nos pregunta de dónde somos, habla un poco de español, mezclado con italiano y nos cuenta que él se dedica a esto. Se llama Roberto (o su equivalente en checo), como el personaje de Darín en Un Cuento Chino, y es un guía para todo aquel que se pierde en las complejidades de la estación, por eso también chapurrea dos o tres idiomas más; al haber tanto extranjero, siempre hay trabajo. Tomamos una escalera mecánica y desembocamos en un andén totalmente vacío, con vías a ambos lados y con todas las pantallas indicadoras apagadas. Le faltó llevarnos de la mano; fue un poco frustrante. “Se quedan acá y esperan; el tren va a parar ahí”, nos dice señalando un punto a un lado del andén. Le damos las gracias todo lo efusivamente que podemos y el tipo se va. Sin él creo que todavía seguiríamos tratando de encontrar el puto tren, que aparece 8 minutos antes de la hora de salida. Nuestro vagón, el 349, se detiene exactamente donde había señalado Roberto, Ángel de la Guarda de la estación de trenes de Praga.

Lo olvidaba: en checo Norte se escribe Sever. Con S. Grandota. S de Soretes.

Si hubiésemos entrado por la otra manga nos habríamos dirigido al sur, rumbo a Frankfurt o Munich.

Disgresión fotográfica

En Praga descubro algo sobre mí mismo. Las calles del centro turístico están repletas de gente prácticamente a toda hora. Turistas. Turistas de todo tipo, color y tamaño. Ocho o diez idiomas te llegan todo el tiempo de todos lados. Japonés y chino, algo que podría ser filipino o vietnamita, algún indio entreverado, alemán, portugués, francés, inglés, ruso, alguna de las lenguas escandinavas y castellano, por supuesto. 

Praga es como una Babel a nivel de planta baja. Tanto que en una feria donde compré unas frutillas, al salir me encara una mujer. Me pregunta algo. No le entiendo. ¿Cómo entenderla? Sonaba a ruso, o quizás ucraniano, o sepa el MEV qué. Me toco una oreja mientras niego con la cabeza. A ella no le importa y sigue con su perorata. Le hablo en inglés. Nada. Ella sube la voz y da la impresión de que me estuviese retando, acalorada. Estoy encajonado y no puedo ir a ningún lado sin pasar por encima de ella. Así que pasamos al idioma universal: las manos. Ella señala el cartelito con el precio y luego la bolsa que sostengo. El precio son por 100 gramos y yo tengo medio kilo de frutillas. Señalo el cartel, levanto un dedo; señalo la bolsa y abro la mano. Ella se apacigua, sonríe y se va; no le sirve la oferta.

Las fisonomías en esta Babel son infinitas, y sin querer cambié de chip. Siempre me han fastidiado las multitudes, pero en un momento dado descubro que comienzan a fascinarme. Más que ruinas, edificios, accidentes geográficos, ahora también trato de captar personas. Es una geografía siempre cambiante, siempre renovada. Los resultados tienen un nivel de éxito variable, aunque hay algunos retratos realmente interesantes. Algunos son robados, he de confesarlo, pero otros son consentidos previamente y me encantan.

Prestándole atención a las personas reparo en algo que me habían comentado pero que no había terminado de creer: los mendigos. Los mendigos tienen un perro al lado y se prosternan; pasan de cara al suelo con las palmas abiertas hacia arriba durante horas. Es la humillación máxima.

El porcentaje de asiáticos en Praga es llamativamente alto, y se ven varias novias. Aparentemente se casan donde sea, pero las fotos se las sacan en Praga vestidos de muñecos para torta.

Hay una muchachita asiática de sobretodo largo con la que nos cruzamos todos los días desde que llegamos, al menos un par de veces al día, siempre en lugares distintos. Muchas de las mujeres asiáticas llevan sobretodos largos, incluso a pesar del calor.

El viaje en tren

El viaje en avión desde Charleroi a Praga es de unos 800 kilómetros y demora una hora y media. El viaje en tren desde Praga a Cracovia es de unos 500 kilómetros y demora 7 horas. Sin embargo el primero se hace eterno, mientras que el segundo se desliza como una seda. El tren es maravilloso porque tenés la oportunidad de ver. Ves todo. Las estaciones, las ciudades, los pueblos, la campiña, los bosques. Todo desde una ventana de un metro y medio de lado. Podés levantarte y caminar y además tenés vagón comedor, por si pica el bagre.

Los colores del otoño checo son hermosos. Tenés todos los tonos de verde y ocre y hasta unas plantas de un rojo intensísimo alucinante.

Saliendo de Praga, y también en las afueras de los pueblos, al otro lado de las vías, se ven pequeñas casitas, prolijas y sin pretensiones. Todas sin excepción tienen un patio, más o menos grande, con una huerta, habitualmente con uno o dos árboles frutales y un pequeño invernáculo. Todo luce cuidado. Observándolas no puedo dejar de preguntarme si sus habitantes también soñarán con visitar otros lugares; lugares lejanos en donde a la gente no se le entiende ni cuando estornudan. Me gustaría tender la mano y detener el tren. Bajar y convidarlos con un mate y charlar con ellos, sentados al lado del huerto. Preguntarles por sus sueños y afanes. Es una idealización, por supuesto, pero en la quietud del vagón casi vacío parece plausible, posible.

Más adelante comienza una zona de bosques y terrenos quebrados, como una serranía, con ocasionales vallecitos cultivados. Al igual que en Bélgica, las tierras son rojizas, como una arcilla deslavazada.

Entramos a Polonia casi sin darnos cuenta. El paisaje es igual, la arquitectura es virtualmente idéntica. Los colores son idénticos. Las palabras son distintas pero muchas raíces son comunes, y aunque la pronunciación cambia notoriamente, es relativamente sencillo que la gente de los dos países se entiendan si le ponen un poco de ganas. Una vez más, no puedo dejar de preguntarme para qué sirven las fronteras.

Vemos unos árboles rarísimos, yo los llamo árboles pomón, porque tienen como pelotas de follaje desparramados por todas partes. Parecen nidos, pero no, es follaje. No me discutas, te digo que es parte del árbol. Mirá.

Los nombres de las estaciones son fascinantes y me divierto tratando de adivinar la pronunciación con diversos grados éxito. Los más complicados, por lejos, son los de las estaciones polacas. El de la primera estación polaca parece un trabalenguas: Czechowice-Dziedzice, que suena algo así como yejovitse dyidyitse (con la Y fuerte como la pronunciamos en el Río de la Plata). Y otro que es engañosamente sencillo hasta que intentás decirlo en voz alta: Oświęcim… oshviéinchim.

El polaco, a pesar de ser también una lengua eslava suena menos duro al oído, pero no menos incomprensible. Es un infierno de aprender. Para arrancar, los sustantivos tienen siete declinaciones, contra las cuatro de nuestro castellano, según qué se nombre, quién lo nombre, qué relación lo una al sustantivo, para qué lo nombra y en qué contexto. La musicalidad, sin embargo, es perfecta. Y la cadencia es como si jugueteara en la lengua.

En Czechowice-Dziedzice suben tres muchachas de rasgos asiáticos. Dos de ellas no hablan una palabra de polaco ni de inglés. La otra vive en Londres desde hace un tiempo (le pregunté) y se maneja bastante mejor. Cuando llega el guarda a marcar los pasajes hay un problema: sus pasajes son para el tren de otra compañía; deben sacar nuevos. La comunicación es complicada, ya que tanto el guarda como la muchacha que vive en Londres solo chapurrean el inglés. El tipo va y vuelve dos o tres veces mientras intenta desactivar el conflicto. Las otras dos están nerviosas, se atropellan y hablan a la vez. El guarda se harta y nos da una muestra de la filosofía polaca. Con firmeza no exenta de amabilidad les dice:

Your are in Poland now, please wait.
Ahora están en Polonia, por favor esperen.

Según lo que nos contaron, el polaco es un pueblo tranquilo no demasiado dado a ponerse nervioso ni atropellarse. Son diligentes e industriosos, sí, y no por nada han tenido un crecimiento ininterrumpido durante los últimos 20 años, pero no les vayas con locuras y nervios, porque no te la reman ni un poco. Si te ponés a histeriquear, se encogen de hombros y se mandan a mudar.

Los últimos kilómetros son los más lentos. Estamos dos horas y media a una velocidad de quizá unos 25 kilómetros por hora. Probablemente las vías estén en mal estado, lo que no parece tan descabellado porque se ven pilas enormes de nuevos durmientes de hormigón. 

A 40 o 50 kilómetros de Cracovia, sobre una loma a nuestra derecha, vemos un montón de lo que parecen ser montañas rusas que destacan nítidamente sobre la cercana línea del horizonte. El tren va tan despacio que demoran en desaparecer y parecen estar tan fuera de lugar en el paisaje que me quedo mirándolas largo rato.

Esto es lo que averigüé: Si salís de Cracovia rumbo al oeste y tomás la ruta 44, a unos 40 kilómetros vas a encontrarte con el poblado de Zator, a cuyas afueras vas a toparte con un parque de diversiones enorme. Se llama Energylandia y es el parque de diversiones más grande de Polonia. Hay cuatro o cinco montañas rusas, pero la que más destaca se llama Hyperion, tiene 77 metros de altura, alcanza velocidades de hasta 140 km/h y es la más grande de Europa. Hiperión, el titán hijo de Urano y Gea, el cielo y la tierra, el que camina en las alturas. Tomá pa vo’; no se cortaron nada para ponerle el nombre! ¡No haberlo sabido antes, la putísima madre! ¡Pasamos a 4 cuadras de distancia!

Este cielo no es el cielo de mi patria /16

Encuentros inesperados

La casa del santo temblón

Hace algunos meses, bobeando con ML en casa, empieza a sacudirse. Entre risas me comenta del “mal de zambito”, que yo desconocía por completo. Pongo las comillas porque ella pensaba que era algo relacionado con los zambos; en realidad es San Vito, cosa que en su momento nos hizo llorar de risa.

Así que para desconocer menos y conocer más, buscamos. Es una enfermedad nada graciosa cuyo nombre correcto es Enfermedad de Huntington, hereditaria y degenerativa en la que los afectados experimentan pérdidas motoras y psíquicas, caracterizada por grandes movimientos espasmódicos e incontrolables, a la que hasta hoy se la sigue llamando en algunos lugares El Baile de San Vito.

En la Edad Media las personas aquejadas por esta enfermedad y otras similares peregrinaban a la iglesia de San Vito, en Alemania, para que el santo intercediera y las curara y de ahí su nombre.

Poco después de eso, ya preparando el viaje y debido a esas conexiones extravagantes que a veces compartimos con la rubia, nos enteramos de que San Vito tenía nada menos que una catedral en Praga. Vos fijate y mirá si será extravagante la conexión que tenemos, que cuando estábamos planificando el viaje dudábamos entre ir a Praga o Budapest y la catedral de San Vito fue uno más, y no menor, de los factores que nos decidieron.

Y bien, allí estamos, en pleno tour por Praga, conociendo un montón de lugares y recibiendo un montón de información y esperando con ganas conocer la casa del santo temblón. Así que luego de la visita al castillo y catedral de Praga le preguntamos al guía… en realidad fue ML quien le preguntó dónde estaba y cuándo llegábamos, pero uso el “nos” para que no se sienta mal. El guía se nos quedó mirando. Fue una mirada lenta, seria y evaluadora, con una respuesta devastadora: Pe… pe… pero… si de ahí venimos!

Y nos quedamos los dos ojipláticos, mudos de pasmo, antes de la inevitable carcajada. No podemos más de boludos, te digo. Nos pasamos una hora alrededor y dentro de la catedral de San Vito (y San Venceslao y San Adalberto) y ni nos dimos por enterados. Creo que María Luisa se desilusionó un poco, y la entiendo, pero me resulta imposible explicarlo. Fue como un anticlímax y creo que de haber sabido cabalmente dónde estaba lo hubiese disfrutado mucho más.

Un encuentro inesperado

La explicación de esta foto está más abajo, pero se merece ser la primera en aparecer… y el plato se merece todo, la luna, las estrellas y amor imperecedero.

El tour está terminando y vienen preguntas importantes: ¿dónde comer algo? y más importante aún ¿dónde tomar una buena cerveza? Hace calor y caminar y escuchar a la vez es un ejercicio arduo; ¡necesitamos reponer energías y electrolitos! Las cervezas en Praga son muy buenas, no tan alucinantes como en Bélgica, pero igual son deliciosas y hay un montón de variedades. Así que Fernando nos guía, una vez más, hasta una cervecería y  restaurante a la vuelta del monasterio: Klášterní pivovar Strahov. Somos como 20 que vamos con él, pero cuando quiero acordar dentro solo estamos ML y yo, una pareja de veteranos con la que habíamos conversado brevemente durante la caminata y un flaquito de barba que no habíamos notado antes. El resto del grupo desaparece como si nunca hubiese existido.

El lugar es enorme y está casi vacío, pero los tanques de cerveza a la entrada son un buen augurio.Nos miramos los cinco, un poco desconcertados y casi tímidos, sonreímos y siete segundos después nos sentamos los cinco como si fuésemos amigos de toda la vida. Ese es uno de los grandes placeres de viajar: la serendipia, la oportunidad de toparte con gente que te enriquece, distinta, alejada de tu cotidianeidad, con otra realidad y otra perspectiva, pero lo suficientemente cercana como para lograr conectar con ella y disfrutarlo.

El flaco se llama Héctor Julián Camilo, es colombiano, tiene cerca de 30 años y es ingeniero. El veterano se llama José Luis, es español barcelonés, está a punto de cumplir sus 70 años y está retirado; antes fabricaba trajes de buceo. Su esposa se llama Marisol, le anda por ahí a los años, aunque no le preguntamos, que esas cosas no se preguntan, y parece un poco más joven que José Luis. También está retirada y era funcionaria pública. Desde que se retiraron eligen una ciudad distinta para vacacionar cada año.

Héctor es ingeniero y tenía un buen empleo, pero un par de años atrás decidió dejarlo y armar una ONG para ayudar a los desplazados venezolanos que llegan a Colombia; se llama Fundación Wotoo y si estás en Colombia podés colaborar. También y por si fuera poco, usa sus conocimientos para ayudar a los pobladores guajiros del norte de Colombia: recolectan plásticos, que se reciclan y luego fabrican bloques de construcción para que esos mismos pobladores construyan sus casas. Es decir que combate la basura plástica a la vez que mejora la calidad de vida de esas poblaciones indígenas siempre postergadas. Ahora está tomándose un respiro y conociendo lugares, todos los lugares que pueda.

Congeniamos bastante bien casi al instante.

El Condumio

La cerveza es cerveza. Rica sin misterios. Una tipo Pilsener tirada, clara y con un amargor moderado. Parecida a nuestra Patricia.

Marisol se indigna porque el mozo no habla español. Imaginate el escándalo que representa que un checho, en chequia, solo hable checo e inglés: intolerable. Y bien que se lo hace saber al mozo, en español claro está, a lo que el mozo contesta con un “Meh!” y un encogimiento de hombros tan maravilloso que casi me hace largar la carcajada. 

De la comida voy a hablar de dos platos que son los que recuerdo de forma más patente. Por un lado el gulaš, o gulash, el guisado típico de Europa del Este, especiado, oscuro e intenso. Un guiso de carne bastante caldoso con un poco de cebolla y las especias típicas de allí: alcaravea, ají picante y paprika. Muy, muy bueno. ¡Tengo una receta para compartir contigo! Aunque en esta época solo es una buena idea si estás bien al norte del Ecuador, o en Ushuaia, ¡porque mete calor el guisito!

Por otro lado tenemos el pečené vepřové koleno (la C con circunflejo se pronuncia como CH, la R con circunflejo también se pronuncia como CH y las vocales acentuadas en realidad se duplican), codillo o pernil de cerdo asado. ¡Madre del Amor Hermoso! Creo que pedir eso fue una de las mejores decisiones de todo el 2019. Es un cacho de cerdo de poco más de medio kilo que se marina con especias, se sumerge en cerveza con más especias para hornearlo y luego se pasa por una parrilla o grill para dorar y dejar bien crujiente la piel. Te traen un fuentón con el bicho y dos cuenquitos, uno con mostaza y otro con una salsa de rábano amargo. Es imponente, tan tierno que casi se disuelve en la boca, sabrosísimo y con la cerveza baja como un sueño. Dejé los huesos limpios como si los hubiesen agarrado las hormigas carnívoras del desierto.

Dos días después de semejante homenaje a Pantagruel me enteré de que habitualmente el codillo es un plato para dos personas. Se presume que para dos personas normales, pero los checos no contaban con mi… astucia. 

Nota: Ese codillo debe ser la razón por la que República Checa cuenta con la mayor población de chanchos en silla de ruedas del mundo. Chanchos felices diré, porque a mí no me importaría que me cortaran las gambas si hicieran con ellas los que los chechos hacen con el pernil de cerdo.

María Luisa pidió algo de lo que no recuerdo el nombre, pero que parecía comida para pollitos bebé. Era una especie de terrina hecha con mucho pan, flanqueada por un chucrut o repollo en vinagre, ácido como el demonio, que en realidad no conquistó el paladar de nadie.

Comemos, bebemos, charlamos, reímos (y cómo) y volvemos paseando, cortando camino desde los fondos del castillo por Úvoz, una calleja en pendiente que engancha con calle Nerudova, y de allí estás a unas pocas cuadras de la cabecera del Puente de Carlos.

Nota: Úvoz es una calle disfrutable para volver desde el castillo, pero un repecho bastante insoportable para ir hacia el castillo.

La calle que desemboca en el puente se llama Mostecká y te lo comento porque en el número 9 funciona un local donde venden trdelník (se pronuncia tredélniik) imponentes.

El trdelník es un dulce típico checo que consiste en un espiral de masa dulce, azucarada por fuera, que se cocina a las brasas en un espetón y que tiene infinitas variantes. Los venden por todos lados y algunos hasta los rellenan de helado. En el sitio donde los compramos nos dan la opción de untarlos por dentro con salsa (frutilla, caramelo, vainilla y otras varias) y están de muerte. Sí te diré que no son tan sencillos de trasegar si venís de enfrentarte por las buenas con una pata de cerdo de medio kilo.

Igual siempre hay lugar para algo dulce en el segundo estómago, no? 

Este cielo no es el cielo de mi patria /14

Praga esplendorosa (ii)

El castillo y la catedral de Praga

Nos vamos de Malá Strana en tranvía a nuestro próximo destino: el Castillo y la Catedral de Praga. Somos unas 30 personas hispanoablantes que en hora pico terminan de abarrotar dos vagones completos. A las risas, buscando la maquinita de los tickets, pechándonos y empujándonos entre nosotros y a los demás, a los gritos en 15 acentos distintos de castellano, más un brasilero perdido para darle una nota de color. Es como tener una jaulita con tres canarios mansos y volcarle dentro 15 gorriones enfebrecidos… más un papagayo.

El corto trayecto nos deja a un par de cuadras y vemos asomar las tres torres de la catedral, imponentes.

El castillo no tiene nada que ver con un castillo tal como solemos concebirlo. No es una fortaleza medieval con torres, almenas, matacanes y todo el circo, sino una casa más bien grande (70’000 metros cuadrados) llena de Historia, sí, pero donde también funcionan algunas dependencias del Estado. Aquí vemos casi la única presencia policial armada con que nos hemos cruzado en Praga, ya que uno de los edificios funciona como residencia del presidente checo.

Entramos por la puerta norte, sobre la Jelení příkop u Hondonada de los Ciervos, dando un paseo sobre el parque bonito y cuidado. En realidad solo pasamos por los patios del castillo, al que no se nos permite la entrada sin entrada. Pasamos por un corto túnel, y al llegar al otro lado nos recibe la catedral, imponente, increíblemente bella. Más bella aún que la de Gante… y poblada de gárgolas! Oh, MEV, en la catedral de Praga hay gárgolas para dar y tomar y repartir y tirar para arriba. 

Con 10 comentarios hago una galería de gárgolas… qué digo 10, con 5… bah, si me la pedís, hago la galería con gárgolas 😀

Es uno de los ejemplos más representativos del arte gótico. Los pináculos y arbotantes, esculturas y relieves, los patrones geométricos de ventanales, fachadas y naves. Un cúmulo inconmensurable de detalles grandes y pequeños, relucientes y oscuros.

El gran mosaico sobre la puerta sur, con su gran torre de 99 metros de alto, nos muestra a Nuestro Señor con su cohorte de ángeles. Debajo de él, la nobleza (obvio! y no olvides los halos, gracias). A su derecha (nuestra izquierda) los salvados, a su izquierda, los condenados en su Caída a los Infiernos. Dentro de la pequeña galería, el Pecado Original, y frente a él, la Redención.

Curiosamente en el castillo están, aunque separadas, las tumbas de Wenceslao y la de Juan Nepomuceno. De roommates eternos a pesar de sus diferencias. La deben estar pasando bomba, seguramente:

-Decime
-No, preguntale al perro y a tu puta madre
-Dale, sonzo
-Que no, te dije. Mirá que sos pesáo, Wen
-Me cago en la puta, ¿me vas a decir o no?
-Qué gurisito duro de moyera, resultaste. ¿No entedés lo que es NO?
-Te ordeno que me lo digas!
-Uuuuuhhh, qué miedo! ¿Y qué vas a hacer para obligarme? ¿Tirarme de un puente?

Y así están, desde hace 500 años.

Nos permiten entrar a la catedral por la puerta oeste, flanqueada por sus dos torres gemelas de 80 metros cada una. Me repito, pero es algo que quita el aliento. La construcción fue iniciada en 1344, tuvo varias idas y venidas, detenciones, reconstrucciones, guerras y asaltos, tuvo que ser reconsagrada, restaurada, ampliada y reacondicionada. Una parte de sus pilares, a la entrada, presenta piedras de colores distintos, ya que las obras se iniciaron en 1344, pero la construcción de esa zona tuvo que pararse y recién se culminó 400 años más tarde. Si le habrán dedicado trabajos, esfuerzos y afanes, que la catedral recién se dio por totalmente completada en 1929. Así como la ve, se pasaron 585 años puliendo detalles. ¡Pero qué trabajo!

Las naves compiten en hermosura con los vitrales, hechos por los mejores artesanos de chequia, pero financiados por burgueses. La iglesia es del Estado y los vitrales fueron pagados por asociaciones o empresas, generalmente involucradas con la sociedad y cuyas actividades se ven representadas en los brillantes motivos, desde un Banco hasta la Seguridad Social. Podría volver a la catedral a diario durante meses y siempre encontrar algo distinto en lo que concentrarme. Podría llevarme un banquito, el mate y unos binoculares y examinar cada detalle al milímetro. La ingeniería es igual de asombrosa que la artesanía.

Salimos por la puerta oeste, la Puerta de San Matías, donde están los poderosos titanes custodiando la no menos poderosa entrada. Se dice que los titanes despertarán para auxiliar a la ciudad cuando Praga esté en peligro. Muchos aducen que eso es falso, ya que cuando llegaron los nazis los titanes ni se inmutaron. Yo tengo dos explicaciones alternativas: una es que consideraron que los nazis no iban a destruir la ciudad; la otra es que en realidad los titanes son unos fascistas de porquería.

Al fondo de los titanes ves una gran placa sobre la fachada de entrada al castillo enmarcada por grifos de expresión feroz y coronada en lo alto por estatuas victoriosas.

Corría el año 1614 y en Praga estaba el Rey Matthías de Austria, Emperador del Sacro Imperio Romano, Rey de Hungría y Croacia (el segundo de su nombre) y Rey de Bohemia. Llegó a ser Rey de Bohemia al convencer a su hermano de que le cediera la corona… con un poco de persuasión en las mazmorras, que eso siempre ablanda molleras. Era un Habsburgo y tenía prisa. Quería ver su castillo terminado. Quería ver su nombre en la placa. Quería que los putos arquitectos dejaran de picar a toda hora desde la salida a la puesta del sol. Así que los apuró, los presionó y les rompió las pelotas para que terminaran de una vez, que se hacía viejo y pronto se iba a morir y quería ver su palacio terminado.

Y los arquitectos, calladitos la boca, fueron y se apuraron y terminaron. Pero uno nunca debe apurar de malos modos a un artesano, sea un rey mirando esculpir una estatua, o un pobre proletario viendo al sanitario arreglar el sifón de la bacha de la cocina que gotea. Oh, no, nunca apures a un artesano, ni siquiera si sos rey, porque los artesanos son gente paciente y astuta… y mala leche.

Y bien que se tomaron su pequeña revancha: cuando fueron a colocar la fecha de final de obra, en lugar de escribir “Anno”, que significa Año en latín, escribieron “Ano”, que es culo ahora y hace 500 años, acá y en todos lados. Y ahí quedó el Mati, como el culo para toda la posteridad, solo por no tener un poco de paciencia.

No tengo mucha más información que darte, lamento decirte, porque en lugar de escuchar al guía estaba embobado mirando todo lo que me rodeaba. La visita fue rápida, sin embargo. Demasiado rápida. Tan fugaz que no me dio ni tiempo a lamentarme. La basílica de San Jorge, otra pequeña iglesia que hay junto a la catedral y que se remonta al siglo IX, las casas de la calle dorada, donde vivían las familias de la guardia, y varios palacios quedaron por el camino. Y una vez que salimos seguí con los ojos llenos de hermosura. Hubo algo sobre defenestraciones, el deporte nacional de República Checa, sobre monjes y monasterios, de pan y cerveza, de Mozart casi enclaustrado porque le gustaba tanto la joda que se olvidaba de componer… algo así. Y luego el mirador. El mirador que hay a la vuelta del castillo, con un bar de cerveza tirada convenientemente ubicado detrás, con toda Praga desplegada a sus pies, es precioso.

Este cielo no es el cielo de mi patria /12

Reencuentro con Praga

Explosión

Una cena sencilla en base a fruta y una noche de buen sueño te cambian la vida. O de repente no la vida, pero sí la perspectiva.

Tomamos un desayuno con sorpresa, ya que el día anterior hicimos unas compras y algo que me pareció un paquete de manteca resultó ser levadura fresca, y arrancamos en el tranvía 6. No sabemos bien qué nos deparará el día. No tenemos planes aunque nuestras expectativas mejoran con el nuevo día. Me encuentro un poco desconcertado, la verdad, y me resulta difícil orientarme a pesar de que la Ciudad Vieja en sí es diminuta, o quizá precisamente por eso: en el dédalo de callejas curvadas me es imposible saber dónde está el norte… al menos no durante más de una cuadra.

¡Veo mi primera gárgola! Están allá a lo lejos y parecen cagaditas de mosca que sobresalen de un campanario, pero son gárgolas, seguro. Lo sé como si las hubiese colocado yo mismo.

En realidad en Praga hay cosas hermosas a cada paso y si no estás con sueño deberían romperte los ojos al instante. Así que no te duermas, porque camarón que se duerme se pasa por alto media ciudad.

Por ejemplo, muchos balcones parecen sostenidos por pares de poderosas estatuas, algunas como salidas de la Grecia clásica y otras mostrando caballeros de armadura. Incluso se ven vírgenes esculpidas con mimo, y fachadas decoradas con máscaras y relieves increíbles.

Llegamos a la plaza a media mañana y hay tanta o más gente que cuando nos fuimos la noche anterior. Doy vueltas como una peonza, tratando de encontrar un sentido, hasta que ML grita “¡Acá hay alguien que habla castellano!” y se mete entre el gentío como un martín pescador para volver tres segundos después con alguien agarrado del brazo.

Nos cuenta que se llama José, es promotor de un grupo de guías, y que si lo seguimos podemos unirnos al grupo que está por salir esa mañana. Acostumbrado a Uruguay lo miro con suspicacia, pero ML está decidida y, sobre todo, entusiasmada. Así que venciendo mi reluctancia, lo seguimos. Voy pensando que estamos en un país extraño, donde se habla un idioma que nos resulta un enigma, sin contactos, siguiendo a un chabón desconocido y sin ninguna identificación hacia una locación indeterminada. Mi último pensamiento antes de la explosión es “Ojalá nos dejen conservar los championes y los documentos”. 

Caminamos un par de cuadras, doblamos un par de esquinas y finalmente la belleza de Praga nos explota en la cara. Casi me largo a llorar, pero no se lo cuentes a mi novia porque no se lo he dicho a nadie aún; te lo cuento a vos porque sé que no vas a decir nada. Praga me conquista en dos cuadras bien puestas.

Al frente está Kostel Nejsvětějšího Salvátora la iglesia de San Salvador, poblada de estatuas y cubierta de relieves intrincados. Giro a mi izquierda y está Kostel svatého Františka z Assisi, la iglesia de San Francisco de Asís, pegada a un museo. Custodiando la fachada nos mira el rey más famoso de República Checa: Carlos IV. Y a la derecha de Carlos, su puente, con la imponente cabecera.

El rey, el puente y el santo

El guía habla y me sumerjo en la Historia. El chabón, Fernando, es fantástico. Carlos quería construir un puente sobre el Moldava que uniera las dos partes de Praga, pero quería hacerlo bien. El anterior había sido destruido en una inundación y el rey quería que el nuevo durara. Eso incluía determinar EXCTAMENTE cuál era el mejor momento para empezar las obras. Así que Carlos fue y agarró a sus arquitectos, ingenieros, filósofos, astrólogos, numerólogos y algún cura que anduviese por allí, los encerró a todos juntos y les dijo: “No sale nadie de acá hasta que calculen cuál es el mejor momento para empezar las obras”. Y ta, los tipos se pusieron a calcular como locos, estuvieron días, semanas, meses, hasta que finalmente le dijeron al rey: Lo tenemos, rey.

La suma da 41… evidentemente hicieron algo mal

Para mi sorpresa, no fue 42. Encima de la pequeña entrada al museo aparece una serie de números : 135797531. Ese es el número con el que dieron las mejores mentes de la época y el Carlos, o Karolo (sí, le decían Karolo y a él le complacía) estuvo de acuerdo. La construcción del puente comenzó en 1357, el nueve de julio a las 5 de la mañana con 31 minutos.

La construcción les llevó, esta vez sí, 42 años.

El Karolo de la gente

Carlos IV de Luxemburgo, I de Bohemia y IV de Alemania (aunque nació en Praga) no vio culminadas las obras. El que sí vio el puente terminado fue su hijo y sucesor Wenceslao de Luxemburgo… el II de Luxemburgo y el IV de Bohemia y su puta madre. Familias endogámicas que se repartían y heredaban países, reinos e imperios como si no hubiera un mañana. No hay quien entienda el cúmulo de relaciones, así que ni te gastes en preguntarme.

Como sea, Wenceslao hizo un uso peculiar del puente. Según una leyenda, que es mi versión preferida por lejos, Sofía, la segunda esposa de Wenceslao, era alemana y cuando llegó a la corte no conocía a nadie y no hablaba un pomo de checo. Se sentía bastante sola y estaba más perdida que Pancho en Praga el primer día. Encontró en Juan Nepomuceno un oído amigo y lo hizo su confesor.

A Wenceslao le calentaron las orejas y, celoso, pero encontrando impropio preguntarle a su esposa, encaró a Juan Nepomuceno y le ordenó que le revelara lo que le contaba su esposa. Y Juan le contestó algo así como “Mirá, Wen (Juan llamaba Wen a Wenceslao, de onda), no puedo contártelo porque la flaca está protegida por el secreto de confesión, viteh? En mi profesión eso no se hace, espero que lo entiendas”. Y Wenceslao, con sutileza le contestó, “Mirá Nepo (Wenceslao llamaba Nepo a Juan Nepomuceno, de onda), si no me contás lo que te chamuya la Sofi se te viene la noche”. Y Juan, que era medio pelotudo le dijo: “Está bien, pero hagamos esto: yo le contaré lo que me dice la Sofi (a Sofía ambos la llamaban la Sofi, de onda) a la primer alma pura que encuentre y vos luego podés preguntarle a ella. Que te conteste o no ya no será mi responsabilidad”, y Wenceslao estuvo de acuerdo.

Acá viene el desencadenante de la acción: Juan nunca dijo una persona pura, sino que dijo un alma pura… y fue y le contó a un perrito que encontró en la calle. ¡Y ahora que vaya Wenceslao y le saque una palabra al perro del orto!

Como podrás imaginarte, Wenceslao no tenía un gran sentido del humor que digamos, y todo el mundo sabe que a ningún rey de tropecientos reinos con cuatro nombres distintos le gusta que venga cualquier cura a cagarse de risa de ellos en su cara. Así que Wenceslao ordenó que lo tiraran al río desde el Puente de Carlos.

Si consideramos que en la Praga de esos siglos la defenestración era un deporte bastante popular (después te cuento más, pero no se necesita mucha imaginación), podrás pensar que Juan Nepomuceno tuvo suerte de que lo tiraran al río. Bueno, Wenceslao no sabía reírse de sí mismo, pero no era ningún boludo. A Juan lo tiraron del puente, sí, pero un día de bajante. Sus últimas palabras fueron ¡SPLAT! Así que hoy podés ver una preciosa estatua de San Juan Nepomuceno con la cabeza nimbada de estrellas (que se dice se vieron al momento de su muerte) y a sus pies dos placas. A la derecha un relieve de su gran salto triple mortal, bastante graciosa en realidad, y a su izquierda la imagen de un soldado acariciando a un perrito, con Sofía dando su confesión al fondo. 

San Juan Nepomuceno fue el primer mártir muerto por guardar el Secreto de Confesión, y se dice que quien toque la imagen del perro tendrá la fidelidad imperecedera de su pareja. Tendrías que verlo, el pobre bicho brilla como el sol sobre el oro de tanto que lo soban a diario cientos de turistas con poca o ninguna confianza en sus parejas. Dicen que los asiáticos son los peores.

La realidad histórica es otra, claro está. Wenceslao quería tener dominio sobre las ricas tierras de una abadía y para eso necesitaba tener un abad que le fuera afín. El arzobispo que debía hacer la designación del abad era leal al Papa de Roma, mientras que Wenceslao era partidario del Papa de Aviñón (sí, en Europa estaban todos dementes y más locos que una puta cabra, seguramente debido a la endogamia). Juan Nepomuceno sabía EXACTAMENTE cuáles eran los deseos del rey, bajo cuyo techo estaba. Entonces va y hace todo lo contrario confirmando para la abadía al candidato propuesto por el arzobispo. Lo primero que dijo Carlos fue “¡La putísima madre que lo parió!”, lo segundo que dijo fue “¡Este sorete lo hizo adrede!”. Volando de calentura ya que necesitaba los extras que le proporcionarían las tierras de la abadía para pelear contra nobles insurrectos, finalmente con un exquisito juego de palabras le dijo a Juan: “Ya que no servís ni pa seguirme la corriente, entonces probemos a ver si podés seguirle la corriente a este” y fue lo hizo tirar al río. Brillante.

No me vas a decir que no es mucho más pintoresca la escena de celos que la historia de codicia. Total, que al Juan lo espachurraron de cualquier manera y para él es lo mismo; sus últimas palabras siempre serán ¡SPLAT!

Este cielo no es el cielo de mi patria /10

Praga – La llegada

Disclaimer. Warning! Advertencia.

No sé qué tan entretenida te resulte esta entrada. Más que nada son recuerdos e impresiones enmarañadas, desvaríos y un par de anécdotas entre que salimos de nuestra base en Bélgica y llegamos a nuestra base en República Checa. Hay algunos datos interesantes o útiles si estás planeando un viaje a Praga. Pero en definitiva es un montón de texto para algo relativamente trivial.

Podés leer solo las notas y saltear el resto tranquilamente. Como siempre: el gato es mío y le escribo lo que quiero.

La previa

El de Charleroi es un aeropuerto secundario usado por varias empresas low cost: vuelos baratos, directos y relativamente cortos. Como el vuelo de Ryanair de Charleroi a Praga que sale a las 7 de la mañana. O como ese otro vuelo que sale hacia Cracovia a las 6.30.

Menciono ambos vuelos porque nuestro grupo se divide. Nacho, Viky y baby Martina van directo a Cracovia, a fin de ahorrarle a la pequeña un vuelo y todo lo que implica. Con María Luisa vamos a Praga. ¡Solos! ¡WIIIIII! ¡Luna de miel en Praga, baby! Praga, mi ilusión. Uno de los alicientes más grandes para emprender este viaje en un primer momento. Praga, con su Historia y arquitectura y, sobre todo, con sus gárgolas.

Me fascinan las gárgolas y Praga está llena de ellas. Gárgolas por todos lados, centinelas silenciosos, omnipresentes. Con el ojo de la imaginación veo sus formas diversas, sus expresiones grotescas, descritas, pintadas y dibujadas de cien formas distintas en libros, historietas, dibujos animados, fotos, películas, en mi niñez, mi juventud, mi vida adulta, presentes en mis fantasías y ensoñaciones. Si fuese por mí, todos en República Checa podrían ser gárgolas y no me jodería ni me cansaría de mirarlos. En fin, me gustan las gárgolas.

Pero antes de las gárgolas tenemos que llegar. Y para llegar antes tenemos que partir, lo que nos lleva de vuelta a Charleroi y su chek in al menos dos horas antes del cierre de las puertas. Es decir a las 4.30… pero los chicos se van antes, así que a las 4. Pero entre pito y flauta tenemos una hora de viaje desde Offus… así que no dormimos. Y nos levantamos a las 8 de la mañana del día previo.

Cuando llega la van comienza a llover; es Bélgica que se apena por nuestra partida, la muy maricona. Nos despedimos con profusión de abrazos y arrancamos. El viaje pronto se vuelve silencioso. No tenemos mucho que decirnos, en realidad. El aeropuerto es pequeño y claro y en pocos minutos despachamos el equipaje y hacemos el check in. Solo pasan unos pocos minutos hasta que llega el momento de separarnos. Buen viaje; cuídense; disfruten; pásenla bien; espérennos, llegaremos. En fin, las fórmulas de cariño habituales y no demasiado largas.

Ryanair. Nunca había viajado en esa compañía pero conocía las quejas. Bah, pensé, no será para tanto. Ryan y air, del griego de la época clásica que significa ¡Mamita querida, esto es una poronga voladora! Asientos fijos, estrechos y con un espacio casi inexistente, en unos aviones que no llegan a la calificación de cafetera. Bah, pensé, no será para tanto. A fin de cuentas el viaje solo durará una hora y media. Noventa minutos. Cinco mil cuatrocientos segundos.

Los conté todos, incluyendo los espacios vacíos entre el tic y el tac.

La Eternidad está hecha de vuelos cortos en Rayanair.

Praha

El vuelo interminable de una hora y media vale la pena. Praga desde el aire es gigantesca en extensión. Unos 500 kilómetros cuadrados (más o menos toda la superficie del Departamento de Montevideo) y más de 1’300’000 habitantes, salpicada por doquier con espacios verdes de todo tamaño, invitantes. El Moldava serpentea dividiendo la ciudad, pero no centellea al sol porque no hay sol. Llovizna y hace frío. Hace ya 24 horas que estamos en pie y ML está con su indicador personal de batería parpadeando; en los flecos, mi flaca. Yo, en cambio, estoy como el conejito de Duracell con las pilas recién cambiadas. No solo me entusiasma a morir haber llegado a un lugar nuevo, sino que también soy El Guía, es decir que no dependemos de naides más y como ML delegó esa parte en mí, tampoco tengo a quién consultarle nada. El apartamento donde vamos a quedarnos está retirado del centro, pero es baratísimo y en las fotos parece cómodo.

Tengo todos los deberes hechos desde antes de salir de casa. Sé EXACTAMENTE qué bondi tomar y qué tranvías y dónde conectarlos para llegar al apto desde el aeropuerto. Elegí rutas directas con escasas caminatas entre puntos. No puede fallar… salvo que yo decida específicamente que falle, que es lo que finalmente pasa. Deberías saberlo a esta hora: no hay plan perfecto que no pueda destruir, incluso los míos, incluso cuando quiero que funcionen y sé que no debo tocarlos, porque si los tocara dejarían de ser planes.

Nota: si cambiás plata en uno de los cajeros (ATM) del aeropuerto, TENÉ MUCHO CUIDADO. Los cajeros abren ofreciéndote cambiar 30 mil Coronas, que es una guasada de plata (cerca de 1000 dólares) y con un tipo de cambio no tan ventajoso. Elegí cambiar 1000 Coronas y luego pedí billetes de baja denominación ANTES de salir. Así vas a poder comprar los pasajes para el transporte público sin que te miren raro. Si sos de Uruguay, 1 Corona Checa equivale más o menos a 1.5 Peso Uruguayo. En general la plata rinde bastante.

Nota: hay formas y formas de cambiar dinero. Si cambiás usando ATM que se conecten a tu cuenta bancaria, el tipo de cambio lo decide tu banco, en lugar de un Exchange de Praga, lo que siempre te será más ventajoso. Los Exchange son un arma de doble filo y son como un campo minado ya que no están regulados como acá. No te quedes con el primero que veas y recordá a Murphy. Una vez que consigas un buen tipo de cambio, dale tranquilo, pero hasta entonces cambiá de a poca cantidad, así no perdés tanto.

El plan es así: tomar el bus 119 a la salida del aeropuerto, que nos mete a la ciudad por la Avenida Evropská hasta la parada Divoká Šárka. Caminamos una cuadra muy corta, cruzamos la avenida y nos tomamos el tranvía 26 que sale de la parada del mismo nombre, pero para tranvías. Vamos hasta la parada Strossmayerovo Námĕstí, cruzamos la avenida Dukelských Hrdinů y tomamos el tranvía 6 hasta la parada Dělnická, que nos deja a 50 metros del apartamento. Sencillo. Es sencillo porque el transporte público de Praga es fenomenal. Tanto en bondis como en tranvías y trenes tenés pantallas que indican la próxima estación (y las 5 o 6 que siguen), y también se anuncia el nombre por altoparlante. Si más o menos tenés los nombres de las paradas, y en Google aparecen todos, no tenés cómo perderte. Hasta un canariaso como quien suscribe podría hacerlo casi sin pensar. Salvo que se le ocurra pensar.

Y pensé. Pensé que el tranvía 26 no nos dejaba tan lejos de casa y que bien podíamos caminar. Más cuando había dejado de llover. No son ni 20 cuadras, me dije. Nunca tuve en cuenta mis dos mochilas, ni la de ML, ni, por supuesto, su valija de 20 kilos. Nos bajamos donde debemos, pero no enlazamos con el tranvía 6.  Nooooo. Arrancamos a caminar, porque, me cito: “Estamos ahí nomás, Al!” Y ella, medio grogui de cansancio y con la mente puesta en una cama, me dijo “Bueno”. 

¿Ya comenté que bajamos junto al único rulo y cruce de autopistas que hay en toda Praga?

Arrancamos a caminar, con el celular y Google maps al palo. Pasajes cortados. Calles ciegas. Cruces que no eran tales. Al final tuvimos que tomar otro tranvía, el 25 y recorrer una sola parada (porque estaban en obras) para lograr cruzar el puto rulo. Después todo fue una seda. Solo se sentía el PRRR PRRR PRRR PRRR de las rueditas de la valija de ML. Caminamos orillando el Moldava, que es precioso con ganas y más, con el sol queriendo asomar su bello rostro.

¡Llegamos al apartamento! Que está en la zona PRAGA 7, un poco retirada del centro y casi sin turistas. Alena, la chica que nos va a recibir está demorada. Administra otros departamentos y unos inquilinos dejaron el gas abierto durante tres horas; los vecinos llamaron a la policía, a los bomberos y a ella, por supuesto. La pobre mina está hastas las tetas. Y nosotros en banda, con el equipaje a cuestas y con ML en las últimas. 

Vamos a tomar un café para matar el tiempo y entrar en calor, que es algo que se dice fácil. Uno pensaría que habría un montón de cafés abiertos por todos lados, pero no. Lo que hay abierto son restaurantes Phở. Hay un restaurante Phở por cuadra, a veces más. Si te preguntás, como yo, qué mierda son los restaurantes Phở, toman su nombre de un tipo de sopa vietnamita y son, como habrás imaginado, restaurantes vietnamitas.

El checo es un idioma complejo, emparentado con el ruso, el polaco y demás lenguas eslavas, igual o más imposible de entender que el flamenco. Tiene combinaciones de consonantes que suenan como vocales, vocales que suenan como otras vocales, vocales acentuadas que suenan como dos vocales a la vez, consonantes acentuadas que suenan como otras consonantes y está lleno de chistidos. Ahora imaginate a una persona vietnamita que habla checo con un fuerte acento vietnamita, tratando de hablar en inglés con unos uruguayos que hablan inglés con un fuerte acento castellano rioplatense. ¡Es hermoso! Como de costumbre terminamos hablando con las manos a rabiar.

Nota: cuando quieras preguntar algo buscá a la gente joven. Las chances de que hablen inglés son infinitamente más altas que si le preguntás a un veterano. Sí, a lo mejor el veterano conoce mejor la zona, pero ni en pedo le vas a entender y tampoco te va a tener tanta paciencia.

Finalmente encontramos un lugar con menos pinta de restaurante y más pinta de café que otros Phở. Pedimos un café a eso de las 11 de la mañana… cuando empezaban a llegar los primeros comensales del mediodía. ¡Amiga! El café estaba bueno y levantaba a un muerto, intenso, cargado, aromático… solo que empezó a mezclarse con los olores propios de la cocina vietnamita, y como dijo Mae West en uno de sus viajes a Asia: ¡esto no pega ni con moco con el café, date cuenta!

Por suerte llega el mensaje de Alena, ¡ya está lista! Vamos volando al apto, dejamos el equipaje y mientras ella termina de acondicionar todo nos vamos a la orilla del río.

Ancho y caudaloso, surcado de todo tipo de embarcaciones, bordeado de árboles con los colores del otoño y el sol brillando, el Moldava es precioso.