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Sensaciones

Me causa fascinación ver cómo las personas de manos curtidas manipulan objetos pequeños… o comparativamente pequeños en todo caso. Suelen tender a usar las falanges más que las yemas, quizá por falta de sensibilidad (?). También es como si sus gestos se enlentecieran de manera deliberada. La mecánica de los movimientos es genial, mezcla de torpeza y delicadeza extrema.

Hace un par de días me agradecieron. Me crucé con un plomero conocido que referí a un amigo que debe hacer una obra y me dio la gracias casi a los gritos. Sentí una extraña e inesperada satisfacción por partida doble. Mi amigo encontró una solución a su problema; el plomero se hizo de la obra. Y quizá también el sentimiento de haber hecho un bien; un bien difuso, inconsciente y relativo, pero la sensación está ahí, producto del agradecimiento recibido.

Los fresnos en otoño poseen una belleza que aligera el alma. Su follaje cambia del verde a los tonos rojos y amarillos en unos pocos días antes de largar toda la hojarasca. Me recuerdan al sauce boxeador de Harry Sportster, que en otoño se sacudía las hojas rápidamente para quedar con las ramas desnudas. Pero depende de qué tan expuestos estén. Los que están aislados cambian mucho más rápidamente que los que están reparados o junto a otros árboles. El resultado es un gradiente maravilloso entre los vestidos veraniegos y los otoñales. A la vez contrastan con las frondas de los árboles perennes, más oscuras, creando grandes mosaicos.

Mi tío me dio una agradable sopresa: tuvo que cortar unos árboles y me guardó alguna madera: recortes de naranjo y ciruelo, más unas ramas de entre 12 y 20 cm de diámetro y una tajada del tronco de cerca de 80 cm de diámetro de cedro. Mi nivel de expectación está alto, alto, alto. Tengo que aprontar un mate y sentarme a estudiar todas las formas, tratando de descifrar qué se esconde allí adentro. Torno o talla? Hay algunas formas prometedoras. O maderarlos para sacar tablillas? También aproveché el viaje y traje un lote de tablas de ciprés que tengo allá. No muchas, como para tener un poco de material. ¿Y con el rolo? Una mesa, probablemente, ¿pero ratona o tipo mesada, como para cocinar sobre ella? ¡Tantas posibilidades!

Y también, ¡Tachán-Tachán!, me comentó que en el próximo menguante va a talar un par de árboles de naranja amarga. Son parte de una tupida islilla de injertos malogrados plantados nada menos que por mi bisabuelo. Eso me genera un extraño montón de sensaciones. Satisfacción y gula, por la madera en potencia; felicidad porque el tío me dijo que me los daba para que siempre lo recuerde; tristeza, porque todas las obras del Hombre están destinadas a perecer y desaparecer. Un par de generaciones, un parpadeo… y puff.

Me olvidé de varias cosas… qué raro eso de tener las cosas claras en un momento, con las palabras bullendo y pugnando por salir, y luego olvidarlas por completo, con la sensación solo de que perdiste algo pero sin saber qué.

Gracias x7

Siete años del mejor rocanroll. Gracias.

Vamos por otros siete?

Cuatro noches y tres días

Qué placer me da escribir estas líneas y compratirlas contigo. Hace varios días que las vengo armando. ¿Viste ese refrán que dice que una imagen vale más que mil palabras? Bueno, no me importa. Me gustan las palabras, puedo enroscarlas, moldearlas, y a veces, si soy afortunado, hasta hacerlas brillar. No, creo que esta no es una de esas veces, no pasa nada. No es una crónica propiamente dicha sino más bien una serie de impresiones, de instantáneas. A diferencia de las actuales fotografías de viajes, estas no van a ser 953 imágenes de lo mismo. Más bien se asemeja a la época, unos 30 años atrás, en que salías de viaje y solo tenías tu camarita Kodak110 con un rollo de 24 fotos. No yerres, porque las chances son limitadas.

¡El viernes me reencontré con María Luisa! Después de un largo, larguísimo mes y medio separados en distancia. ¿Qué puedo decirte que no imagines? La sonrisa, la calidez, la solidez. Todo muy lindo con la tecnología, es fantástica para mantener el contacto, verse a diario a 18000 kilómetros de distancia es genial, pero la solidez es imbatible: tocar, oler, sentir.

El reencuentro no devino en un idílico fin de semana ahítos de amor y chocolate y vino y más amor abrasador, aislados del resto del mundo. Más bien salimos a su encuentro. El sábado a las 7.10 de la mañana, para ser precisos. El plan era reunirnos con su hija y yerno que están construyendo su casa en Punta del Diablo.

Mis sentimientos con los viajes son ambivalentes. Me encantan y me aburren a partes iguales; me centran y me atosigan el alma a partes iguales. Cuando viajo a algún lugar es difícil que privilegie trayecto antes que destino, y sin embargo, siempre puedo abstraerme y perderme en detalles.

Cerca de La Floresta hay un bosquecillo joven y ralo, de pequeños eucaliptus. Todos se inclinan hacia el norte, en el mismo leve ángulo, como en un clip de Michael Jackson. Un vendaval persistente o más probablemente, la mano delicada pero firme de un gigante.

Un poco más allá se abre un claro en las dunas y en su centro veo un único pino tierno y solitario, descastado. Es una imagen extrañamaente desoladora.

Los cerros y afloramientos, los escarpes y viejas canteras me hacen fantasear con yacimientos esperando a ser descubiertos en sus centros, una sucesión de tierras preñadas de riquezas. Ah, sí, la inmensidad de la serranía siempre me fascinó. Como si pudiera largarme a caminar en cualquier instante sobre sus onduladas faldas, engañosamente uniformes, tapizadas de liso verdor en la distancia. Solo al acercarnos se revela su casi imposible geografía de piedras fracturadas y grietas, el monte espeso, achaparrado y tupido.

La amplitud es maravillosa. Podés mirar lejos durante kilómetros y kilómetros en cualquier dirección. Y la lejanía te limpia los ojos y te los llena de imágenes livianas. Apenas se ven rastros de presencia humana. Apenas alguna casa perdida en las lomas, a kilómetros de distancia de cualquier lado.

Los amigos que aun en la distancia se van acercando.

Los palmares que dan paso a una bruma blanca y espesa, ominosa incluso, como salida de la imaginación de Stephen King y que en realidad solo anuncia el principio de la Laguna Negra.

El trabajo con las manos, purgado de pretensiones y sin angustia, ese que causa el más placentero de los cansancios. Y con él, el placer de construir, de ver cómo crece algo que antes no estaba allí.

El rugido ominpresente del mar, en esa hora lenta del primer amanecer en la que ni siquiera los pájaros han despertado aún. El silencio casi absoluto de la vida en pausa.

Los ojos achinaditos, el pelo revuelto y la sonrisa lenta de gurisita, imposiblemente cálida y feliz de María Luisa recién levantada; ese tipo de sonrisas que levantan y tumban imperios. ¡MEV! Cómo amo a esta mujer.

La vegetación dura, triste y sacrificada que crece en los médanos, aferrada como puede a las dunas. Hablame de meritocracia.

Y luego, apenas antes que el sol, el despertar de las golondrinas y sus primas hippies, las tijeretas.

El placer inconmensurable de cocinar al aire libre sin apremios. Tal como estás, tal como querés. Y con la cocina, la comida en comunidad. Donde todos servimos a todos y nos regocijamos en la cercanía.

En un despliegue impecable de pascualismo, Flawless Pascualismo como dicen en Harvard, apronté toda la ropa antes de salir de casa y la envolví en una toalla para no perder nada. Genial, ¿verdad? Genial habría sido, seguramente, colocarla dentro de la mochila en lugar de dejarla a 500 km de distancia.

Empezar un viaje temprano y con la fresca de la madrugada es balsámico. El auto va contento, el espíritu va ligero y hasta el mate sabe mejor. La madrugada viene preñada del resto del día, llena de buenos presagios y posibilidades.

La Ruta 16 entre Castillos y Aguas Dulces, y luego la 10 desde Aguas Dulces a La Paloma son bastante precarias, sin marcar y desparejas. Tanto, que en algunos tramos obligan a bajar la velocidad a no más de 80 km/h. Viajar temprano también implica toparse con multitud de bichitos rezagados, aunque a 80 km/h tienen mejores chances de esquivar el parabrisas asesino: si tienen suerte, el aire convertido en un flujo laminar a esa relativa baja velocidad los levanta como una ola y los hace contornear el chasis, sin daños. Una mariposita casi lo logra. Parecía que iba a pasar surfeando sobre el parabrisas, pero justo al final lo rozó con una de sus alas. Dejó un manchón, no de bicho reventado, sino de ceniza. Como una leve pincelada de un finísimo polvo de color azul grisáceo. Durante varios kilómetros volví a ese rastro de color una y otra vez, como el recuerdo de un artista descuidado.

Luego de Punta del Diablo, La Paloma. En La Paloma hay un restaurante llamado La Ballena; en un alarde de ironía, La Ballena estaba Vacía. En La Paloma hay calles con nombres de constelaciones. El agua es gélida, gélida como solo había experimentado en el Pacífico cerca de Lima. Es LO Gélida. Y salada. Saladísima. Ultrasalada. Como salmuera. Debería haber recogido un botellón para probar de maridar algo.

Cerca de La Paloma está La Pedrera. La avenida principal de La Pedrera se llama Av. Principal. Es como si la hubiesen bautizado unos hobbits. Allí hay una calle llamada El Olimpo y en una de sus esquinas un boliche llamado El Trueno. Hubiera matado por tener una cámara de fotos decente. Tanto para registrar que es imposible de detallar

Y en la noche, cuando volvíamos a La Paloma de esa excursión relámpago a La Pedrera, nos detuvimos frente al mar. Y el mar nos dio uno de sus regalos más bellos: noctilucas. Nunca las había visto y fue un placer tan maravilloso que casi me pongo a lagrimear. No hay placer más grande que descubrir algo nuevo. Son mágicas, como una fiesta rave con luz negra para algas. En la penumbra se veía el leve delay producido por las olas al romper, el estímulo, seguido por la reacción en cadena del brillo fosforescente y fantasmal de las noctilucas siguiendo la línea.

A la vuelta recordé la historia, de a ratos onírica, que Guadalupe Muro (@aircarnation) escribió sobre los coihues. Guadalupe cuenta que los cohiues, un tipo de árbol alto y de raíces superficiales, crecen formando islas. Las ramas forman copas que se entrelazan en lo alto, como un abrazo. Ese abrazo les permite mantenerse en pie, juntos. Así también son los pinos que se ven en las rutas al este de Uruguay. Pequeñas islas de pinos con las copas entrelazadas.

Y así pasaron los días, como un fogonazo. Con gloria y sin penas.

El océano al final del camino

Neil Gaiman es maravilloso. En esta casa, buena y pastafari lo venimos siguiendo desde hace tiempo, aquí, aquí y aquí, aunque a una prudente distancia, eso sí; por las dudas de que se de vuelta de repente y… bueno, que lo veamos no sea lo que esperamos.

Esta corta historia mezcla la fantasía envuelta en los recuerdos de la infancia. La calidez con el miedo. La inocencia con la oscuridad. Lo cotidiano con el misterio. Las personificaciones desnudas del bien y el mal.

Me encantaban los mitos. No eran historias para adultos ni tampoco para niños. Eran mucho mejor que eso. Simplemente «eran».

Ah, sí. Casi parece seguir la estructura de un cuento infantil, pero la inquietud se siente real. Este relato simplemente es.

En un pasaje el protagonista piensa en su primer recuerdo, y al leerlo me pierdo en el mío: mi primo, de tres o cuatro años, buscando huevos de culito para arriba y hundido de cabeza en un alto cajón con paja que las gallinas usaban para anidar. Era una tarde cálida de verano, vestía unos shorts deslucidos que le quedaban un poco pequeños y estaba descalzo. Lo recuerdo sacudiendo las piernas flacas tratando de salir de la caja, pero sin soltar los huevos.

Aunque no tienen vínculo directo ninguno, al lado de ese recuerdo siempre que pienso en mi primito con los huevos de gallina en la mano, me viene a la mente la segunda imagen que tengo presente de esos nebulosos primeros años: la yegua zaina, vieja y mansa que usaba a veces para ir a lo de los abuelos maternos. Era tan vieja que casi no la usaban para los trabajos de la casa, y como no la usaban, nadie se molestaba demasiado en recortarle los vasos. Eso hacía que si la apurabas, tropezara. Era un seguro para que ningún gurí atropellado (yo, por ejemplo) sacara a la pobre vieja al galope. Lo bueno era que, como no la necesitaban, nunca había apuro en llegar o volver de ningún lado. A los efectos prácticos, era casi mía.

Mi primo de cabeza en un cajón buscando huevos y mi yegua de vasos sin recortar al paso manso, esos son mis primeros dos recuerdos.

Qué poderosos son a veces los escritores.

¿Cuál es tu primer recuerdo?

La historia del haiku en el ciprés

La historia de la cuchara

Fui a tirar la basura al contenedor y al lado vi una pila de ramas. Nada demasiado llamativo; el día anterior había pasado tormenta con vientos fuertes y es habitual ver montones de ramas quebradas por todos lados una vez que pasa el temporal. Nada llamativo hasta que me di cuenta de que eran ramas de duraznero; la madera de frutales es bellísima de ver y de tallar. Me puse a revolver un poco, cirujeando, a ver si encontraba algo potable. Vi un par de ramas de unos tres o cuatro centímetros de diámetro y una me llamó la atención: curvada y con un nudo a cuyo alrededor había crecido un callo… como una cuchara. ¡Era una cuchara! Solo había que sacar la madera sobrante.

Así que me puse a la tarea. En 20 o 30 minutos tenía la forma básica delineada, unas cuchilladas por aquí y por allá, medio dejando que la cuchara se adaptara como mejor quisiera a la forma del palo en lugar de lo contrario. Tanta libertad le di a la cuchara para ser, que al final casi se volvió un ejercicio zen:

shiki soku ze ku
ku soku ze shiki

La forma es vacío / el vacío es forma

La forma es vacío

La forma no significa nada, porque el objeto no tiene utilidad. Por un lado no había material suficiente como para hacer una pala “de endeveras”. Segundo, al ahondar en el centro de la pala, bien al fondo de la concavidad, me di de bruces con que el árbol había creado una especie de baba resinosa, quizá para tratar de encapsular alguna podredumbre.

Esto por sí solo habría traicionado toda la razón de ser de la cuchara: un agujero en el fondo no es el diseño ideal para este tipo de utensilios. Tercero, al ser madera verde y tan delgada, al retirar tanto material abruptamente las tensiones internas de las fibras de la madera salieron a relucir, produciendo marcas de stress y partiendo directamente la madera en largas grietas. Curiosamente, lo peor de esas grietas se dio justo en el punto en que se une el mango con la pala. El hervido (1) ayudó a evitar que se partiera por completo, pero no eliminó del todo el problema.

El vacío es forma

Pero ese vacío de utilidad se equilibra con la belleza del objeto. La forma, entonces, es su propia razón de ser. Un lijado ligero y un poco de aceite de lino revelan hermosos colores (2) y texturas descubriendo una especie de vida secreta. La cuchara luce envejecida, como si hubiera pasado por decenas de manos durante generaciones en lugar de provenir de un palo quebrado encontrado tres días antes en la basura.


Más allá de la cuchara

Al perder su utilidad evidente e inmediata para transformarse en un objeto bello, empieza a cobrar relevancia el aspecto visual: se hace necesaria una base, incluso si el trabajo necesario para producirla excede por lejos al de la cuchara en sí. Un trozo de la misma rama de la que salió la cuchara, tallada, y un pedazo de ciprés ligeramente esculpido formaron un conjunto armonioso y agradable. La elección de esta base fue especialmente afortunada, porque también presenta líneas de stress y quebraduras naturales que se suman a un veteado bien definido. Lo que en otras circunstancias la volvería completamente inutilizable aquí es su punto fuerte.


En un momento, mientras presentaba las distintas partes, viendo ángulos y soportes, me descubrí maravillado con lo que veía. No porque fuera un trabajo especialmente brillante y virtuoso, sino por la belleza de la madera, con sus colores y vetas en todo su esplendor.

Allí, como una epifanía, surgió espontáneamente mi primer haiku:

Madera rota
En primavera cae
Belleza brota

Cuando lo ví escrito me gustó tanto, aun sin saber qué tan buen haiku pudiera ser, que decidí no solo que debía formar parte del conjunto, sino incluso que el conjunto existiera en función del haiku.  Así que lo que antes era rama pasó a ser cuchara, y esta dejó de serlo para transformarse en un objeto decorativo, que a su vez se convirtió en el soporte de este haiku. Un haiku enmarcado por una base y una cuchara.

El haiku en el ciprés

Lograr escribir el haiku en madera resultó un problema en sí mismo. Planteba cuestiones como ubicación y técnica a utilizar. El espacio disponible era, es, reducido, por lo que debía caber en un claro en la madera con vetas tenues de entre cinco por dos y siete por cuatro centímetros. Las opciones se reducen rápidamente con estas dimensiones. Primero pensé en pintarlo, sin más, sobre la base. Mi caligrafía es pésima y mi técnica con el pincel es inexistente, por lo que el resultado fue horrendo. No, lo siguiente a horrendo.  Luego pensé en transferirlo con un stencil, pero lo pequeño de la tipografía y mi falta de destreza no me llevó a ningún lado. Entre nosotros, también creo que me estoy quedando chicato y debería ir al oculista.

Luego pensé en tallarlo. A pesar de ser bastante pequeño, el desafío era interesante (todavía lo es); debía dar con un tipo de letra agradable y que no desentonara, pero sobre el que pudiese trabajar. Tener que tallar con herramientas manuales astas y montantes de fracciones de milímetro de grosor resultó una tarea superior a mi nivel de habilidad actual.

Así que solo me quedaban dos opciones: conseguir una herramienta rotativa con una broca de punta diminuta (que no conseguí), o pirograbarlo. Mi pirograbador hizo como Laura, la de la canción: se fue, no está, desapareció de mi vida. Y con él el medio para acoplar las puntas finas. Finalmente tuve que acudir a mi viejo soldador con su punta de infame sección elipsoidal pensada para otro tipo de trabajo, usando un tipo de letra no tan convincente.

Una herramienta inadecuada con un diseño que no convence no es la mejor mezcla de ingredientes. Sumado a todo eso estaba la madera que usé para realizar las distintas pruebas con el haiku escrito por todos lados, como si fuera obra de un demente peligroso y obsesionado. Para ese entonces ya se me había ido por completo el espíritu Zen, siendo reemplazado por la necesidad de sacarme el haiku de encima casi con urgencia.

Un par de días más tarde, sin dar con una solución satisfactoria, me rendí a la urgencia, a la necesidad de darle punto final, al temor de que la idea, el concepto, se perdiera, rebelándome ante la posibilidad de “dejarlo para después”, porque me conozco y sé cómo suelen terminar esas cosas pendientes. El resultado no está mal del todo, pero es torpe y poco elegante, muy lejos de lo que tenía en mente originalmente. Ciertamente no da la impresión de que el conjunto exista en función del haiku.

Quizá vuelva a él en algún momento en el futuro, cuando haya recuperado y reafilado mis habilidades, si es que siguen allí, si es que doy con un diseño mejor, si es que tengo una herramienta más adecuada. O a lo mejor no; me cuesta horrores volver a lo ya hecho. Ya sea reeditar un texto publicado o retallar algo que en mi mente ya está terminado. Incluso sabiendo que puede ser mejorado. Prefiero hacer otra cosa, aplicando eso que faltó antes, pero nueva.

Como sea, estoy feliz con el resultado, porque es bello. Incluso a pesar de que el texto esté muy lejos de la perfección. Si un día me harta el resultado, siempre puedo dar vuelta la base y usar el otro lado, que es precioso y está virgen. Siempre es bueno contar con un plan B. Las fotos tampoco quedaron mal del todo y varias de ellas muestran exactamente lo que intentaba que mostraran. Había olvidado lo difícil que es sacar fotos de verdad, teniendo en cuenta apertura, velocidad, asas y exposición. Gracias por la Canon, Naxto!


(1) Hace poco aprendí que las palas y cucharas de madera se hierven, sobre todo cuando son de madera verde. El hervido afloja las fibras de la madera, ayudándolas a amoldarse a su nueva forma, estabilizando el material. Más o menos se hierven durante media hora por centímetro de grosor la madera.

(2) Una vez descascarada y removida la albura, la madera es rojiza con ocasionales vetas anaranjadas, como una aurora, muy hermosa.

Mariposa multicolor /01

El nacimiento de la idea

¡María Luisa fue abuela! En abril. En las antípodas, porque su hijita no se fue a China porque no les entendía, así que se decantó por Australia, que además tiene canguros a rolete y eso siempre suma.

Ya desde el embarazo toda la familia se puso como loca a elegir regalos para mandarle a la futura Julieta y yo ahí, al pairo y sin saber qué. Nunca fui muy diestro para elegir regalos, menos aún para elegir un regalo para una beba. ¿Qué regalarle? ¿Qué puede significar una ropa o un juguete para un pedazo de ser humano totalmente ajeno a lo que le rodea? Además, fantaseé con que fuera algo que pudiera disfrutar por mucho tiempo. Quería algo que fuera, no sé, significativo. ¿Pero qué?

El embarazo pasó y la gurisa llegó. María Luisa gestionó su visa y marchó a cangurolandia para estar allí cuando llegara. ¡Llegó! ¡Es sanita! ¡La mamá está bien! Felicidad para todos lados. Cansancio de los flamantes padre y madre para tirar para arriba. Y yo todavía sin saber qué regalarle a Julieta.

Un día, unos meses después, recordé cómo conocí a María Luisa y los chats diarios mirando su foto de perfil, pensando lo linda que era y cómo podía hacer para tener una chance. Cosa curiosa, porque al poco tiempo cambió su foto por la de una mariposa. Una mariposa multicolor. Cada tanto se me viene eso a la cabeza, ese detalle bobo pero determinante, porque si solo hubiese visto la foto de la mariposa, quizá no habría pasado días enteros pensando cómo hacer para conquistarla.

Y así, pensando en ella y su mariposa, se me ocurrió que qué mejor para Julieta que tener algo que le recordara a su abuela. Aunque la gurisita no tenga ni idea de que a su abuela le gustan las mariposas, ya se lo explicará María Luisa.

Así que bien, tenemos una mariposa. ¿Qué hacemos con la mariposa? La niña tiene meses. Apenas está empezando a descubrir su entorno. No entiende “el jugar”. No hay mucha variedad de historias que puedan armarse con mariposas. No sería tan seguro dejar una mariposa a su alcance, ya que lo primero que tendemos a hacer de bebés es llevarnos las cosas a la boca. Así que debía ser un juguete… que estuviera fuera de su alcance. Un juguete con el que no se pueda jugar es raro, por lo que el juguete debería moverse solo. Un juguete, móvil. Un móvil para una niña que está descubriendo su entorno y necesita estimulación, así que debía ser colorido e intenso.

Las ideas no necesariamente tienen que ser razonables, por eso son ideas. Y perdoname que escriba esto que seguramente no te interesa. Lo que pasa es que justo esta parte no es para vos, es para María Luisa.

¡Hola, María Luisa! ¡Esto es pa’ vo’!

El diseño y su razón

Acá empieza lo divertido. Una mariposa. Un móvil con forma de mariposa. La elección del material fue sencilla: madera. Es un material noble, bello y duradero. Aparte de que no sé trabajar sobre nada más. Bien: un móvil con forma de mariposa, de madera. ¿De qué tipo? Encontré tres tipos principales que me interesaron:

  1. Podía ser con alas rígidas articuladas en el tronco que, calculando adecuadamente los anclajes, se balanceran como aleteando. Es un tipo de móvil muy común, habitualmente con forma de pájaro que parece planear suavemente. Pero no me convenció en el momento. En mi cabeza un móvil de ese tipo debía ser tallado de forma realista y encontré dos problemas: mis habilidades de talla están oxidadas por falta de uso, y ese modelo no admite la clase de colores que yo quería usar.
  2. El segundo era un modelo muy estilizado de mariposa usando balancines en equilibrio. Ese tipo de móviles se construye de abajo hacia arriba, en donde el centro de gravedad de cada tramo es el punto en que conecta con el tramo superior; si lo de abajo está equilibrado, lo de arriba también queda equilibrado. Son muy hermosos y pueden ser tan coloridos como se quiera, pero la forma se pierde rápidamente. La maqueta que construí en cartón no se ajustaba ni de cerca a lo que quería lograr. Ese tipo de móviles será la base para el siguiente que haga. Sí, tengo que hacer otro, ¡porque María Luisa fue abuela de nuevo!
  3. A partir del concepto anterior, en donde cada segmento intenta girar horizontalmente arrastrando al resto, se me ocurrió una modificación que finalmente es la que terminé usando. Cada ala se divide horizontalmente en secciones y cada par de estas secciones va unido a una pieza que sirve como vértebra de un tronco central vertical. Cada conjunto pivota libremente, pero al ser un conjunto es sencillo que la mariposa vuelva a formarse e incluso reconocer la forma aunque estén orientados en distintas direcciones.
Intentar hacer un prototipo del tipo 2, demasiado pequeño y con un tipo de madera poco adecuado no fue de mis ideas más brillantes.

Con la idea final concretada me puse a ver siluetas de mariposas que se ajustaran a ella.

A partir de esa silueta, dibujar un boceto inicial fue sencillo. Dentro de los confines del boceto las secciones se perfilaron solas. El único punto a tener en cuenta, casi obvio, es que siguieran una especie de paralelismo entre bordes adyacentes para que no se golpearan entre sí al girar.

Un tema no menor fue decidir el tamaño. Si la hacía muy pequeña, el grosor de las piezas parecería excesivo. Si era demasiado grande, sería todo muy frágil y endeble. Al final tiene una altura de cerca de 60 centímetros con una envergadura máxima de unos 70 cm. ¡De todos modos es enorme!

Un poco de reordenamiento y suavizado de ángulos me dejó las formas de las alas definidas. Algo que tuve muy en cuenta a la hora de dibujar cada parte fue la dirección del grano de la madera y el ancho disponible de mi tabla, de 15 centímetros. El grano debía correr de la manera más paralela posible a los extremos que irían fijados, a la derecha contra la línea central en la foto. Esto me garantizaría la mayor resistencia ante un eventual quiebre.  En el caso de la segunda sección, la más grande, debía tratar de lograr al menos que este grano fuera oblicuo en toda la superficie.

Una vez alineadas, transferidas a una hoja centimetrada y espejadas, restaba diseñar las vértebras, verticalmente simétricas, que unirían cada par de alas. Debía ser algo agradable, que fluyera y fuera visualmente liviano y de líneas sencillas, pero con un buen soporte estructural. Al ser piezas curvas me fue muy difícil lograr que el grano fuese paralelo a las puntas en todas las piezas. No es demasiado determinante porque cada parte de las alas pesa unas pocas decenas de gramos. Sí, lo sé, es un móvil, no un puente. No era necesario dar tantas vueltas y ciertamente no era necesario sobredimensionar tanto las piezas. Esto es un juguete, sí, pero jugar es un asunto serio. El móvil debe viajar 18’000 kilómetros y durar luego muchos años. Debía asegurarme. Además de otros motivos no menos importantes.

La apuesta más grande fue la vértebra central, producto de un impulso. Un símbolo. Es la más delgada y pequeña, frágil, pero la amo en su liviandad, en la belleza de sus líneas, en cómo casi se pierde entre las otras, más robustas. Su posición central cumple la función de conectar con delicadeza las partes superiores, de un raro equilibrio, con las inferiores, de equilibrio conocido y cierto. Esa pieza central es Julieta, rodeada de su familia. Julieta y Magda. Por arriba la nueva familia, cuyo equilibrio Magdalena tuvo que aprender a conocer. Por debajo la que la vio nacer, arraigada en esta tierra, contribuyendo al conjunto. Tan indispensable una como la otra.

Las cosas, en la madera en general y con este objeto en particular, nunca son como parecen. Siempre hay más, como una vida secreta y bullente.

Los materiales en función del diseño

Volviendo a cosas más concretas, te cuento:

Las partes de las alas están hechas con eucaliptus del usado en pisos, de primera calidad, sin nudos y muy estable. El eucaliptus, además de ser una especie originaria de Australia pero presente en ambos países, tiene fibras largas y flexibles. Esto me permitió cepillar las tablas y llevarlas desde sus 12 mm originales hasta unos agradables 7 mm de espesor, asegurando así resistencia y bajo peso. También implicó que las vértebras pudieran ser más delgadas manteniendo un buen soporte lateral. Las tres vértebras superiores son de cedro de 19 mm de espesor, mientras que las dos inferiores son de ciprés, más denso y pesado, de 22 mm de espesor. Más allá de la simbología: dos tipos de madera para dos familias de orígenes distintos, también hay razones prácticas de construcción en la elección de los materiales. Las dos vértebras inferiores son mayores para que su peso mantenga en posición vertical a la segunda, que tiene las secciones más grandes y con el centro de gravedad muy alto.

Las vértebras reciben cada parte de las alas en una ranura central y se fijan con un par de pines pasantes. Los pines están hechos con palitos de brochetas de bamboo, resistentes y de exactamente 3 mm de grosor, cosa fantástica porque me permitió usar una mecha estándar sin tener que adaptar nada. El ajuste es perfecto.

Este ajuste perfecto me permitió prescindir de cualquier tipo de pegamento. Es decir que si un día se rompe alguna parte, cualquiera de ellas, puede ser rápidamente reparada o directamente reemplazada. Las fuerzas intervienentes son muy pequeñas y la madera prácticamente solo tiene que soportar su propio peso. Tampoco hay partes móviles que generen rozamiento o desgaste. El pegamento sería un overkill más.

Las alas se pintaron con dos capas de acrílico al agua más un par de capas de una cobertura resistente de Rust-Oleum en spray semimate, más que nada para fijar el color. Al principio pensé en usar acuarelas, pero no me pareció un medio tan bueno como el acrílico: necesitaba un color sólido y contundente, brillante. Las vértebras van en madera natural con un suave tallado facetado, porque sus vetas son bellas.

Cada vértebra se conecta con la siguiente por medio de un destorcedor (barril giratorio o esmerillón) y un mosquetón (grillete o imperdible). El destorcedor es un pequeño accesorio de pesca con dos ojalillos que permiten un giro independiente uno de otro para no generar torsión en las líneas, que es exactamente lo que se necesita para evitar desgaste. El mosquetón usa el sistema de los alfileres de gancho, a fin de poder desarmar el móvil y empacarlo fácilmente.

En la primera vértebra superior va un mosquetón para poder colgarlo, y debajo de la última va una pequeña mariposita tallada en madera natural para agregar una pizca más de peso que mantenga todo en vertical y también porque tengo ganas; me quedé con la pica de tallar una mariposa.

¡Uf! ¡Qué largo! Espero que todavía estés acompañándome. Estas son todas las notas sobre lo que recuerdo haber calibrado y meditado. En gran parte fue un proceso de ensayo, error y también de descubrimiento, porque nunca había hecho nada parecido. Todos y cada uno de los pasos fueron extremadamente placenteros y divertidos.

Varios puntos del diseño los fui resolviendo sobre la marcha lo que resultó en varios errores, no determinantes, pero sí molestos, que se hicieron evidentes durante la construcción. Te los comento en la próxima entrada.


Tempus fugit

Una conversación de sobremesa deja hebras de ideas colgando. Mediante una recorrida de siglos, haciendo volar el tiempo y apropiándome de las palabras de grandes pensadores, intento hilar algunas de ellas.

En muchos lugares, alejados de las grandes urbes y aislados del flujo de personas, el ritmo de la vida es mucho más lento que el de “la modernidad”. En los pueblos perdidos, a veces, es como si el tiempo se hubiera desentendido de ellos dejándolos atrás, con su andar pausado y a veces casi indolente, el cual hasta puede no ser nada más que hastío. En la aldea en que vivo, Colonia del Sacramento, ampliamente cosmopolita, cerca de Montevideo y aún más cerca de la gigante Buenos Aires, este ritmo de vida, aunque aparente ser similar resulta aún más extraño, ya que es como si el tiempo se demorara.

Quizá el árbol no me deje ver el bosque; a fin de cuentas, vivo aquí mismo. No descarto que mi propio ego embellezca lo que ven los ojos, ni tampoco que proyecte en la aldea mis propias creencias. Soy consciente de que a todos nos encantan nuestros sesgos, y como dijo un escritor bastante antes que yo: las personas son más fieles a sus ideas que a sus cónyuges. Así y todo, imaginemos por un momento que puedo ser perfectamente imparcial. En mi defensa digo que algunas de estas ideas son compartidas por algunos amigos y conocidos cuyo carácter es muy distinto al mío. Hey, incluso algunas ideas son compartidas por perfectos desconocidos, así que aquí vamos.

Epicuro, el gran filósofo ateniense del siglo IV A.C., sostenía el concepto de ataraxia, la ausencia de turbación. Él abogaba por la persecución y obtención de la felicidad desde la amistad y los afectos antes que con las cosas. Es importante diferenciar y ceñirse a lo necesario sin grandes despilfarros. Lo material es perecedero y requiere grandes esfuerzos para conseguirlo y mantenerlo. “Cuando ya se ha conseguido hasta cierto punto la seguridad frente a la gente mediante una sólida posición y abundancia de recursos, aparece la más nítida y pura, la seguridad que procede de la tranquilidad y del apartamiento de la muchedumbre”.

El filósofo estadounidense Henry David Thoreau afirma, en su libro Walden de 1854, que cuando compramos algo no estamos pagando con plata, sino con tiempo de vida; con el tiempo que pasamos trabajando para obtener esas cosas. Mientras menos bienes materiales necesitemos, menor será el tiempo de vida que tengamos que dedicar a la obtención de cosas. Volviendo al epicureísmo, mantener y conservar las cosas es causa de angustias y afanes. Mientras menos afanes suframos, más disfrutaremos de “nuestros imprevistos momentos de ocio”.

El maestro budista Zen Taisen Deshiumaru, en su libro La práctica del Zen de 1974, cuenta la historia de un maestro que se acercó a sus alumnos mientras practicaban za-zen y les preguntó: “¿qué hacen?”, a lo que ellos respondieron “nada”. “No”, dijo el maestro, “practican el no-hacer”.

El Zen se practica sentándose sin finalidad alguna, desinteresadamente, pero concentrados, decía el maestro Deshimaru. Así en Colonia, cuyos principales puntos de interés turístico pueden recorrerse en poco más de medio día, el mayor interés no radica en la Historia, sino en su dimensión espiritual, por llamarla de alguna manera.

Como dice Eduardo, un amigo brasileño que se enamoró de esta aldea hace ya varios años, nadie viene a vivir e instalarse en la ciudad por el encanto que despiertan los restos coloniales. Colonia respira un aire que está al menos 30 años en el pasado, probablemente bastante más. Colonia es, en cierta medida, un lugar Zen y a la vez epicúreo. No sus gentes; quienes vivimos aquí no tenemos ningún aura mística. Más bien contamos con las mismas inquietudes e inclinaciones que cualquier persona en cualquier lugar del mundo, pasamos por los mismos afanes, pero el lugar, Colonia en sí, tiene algunas de esas características. Y esas características repercuten en nosotros, como las vibraciones del tañido de una campana, sin que nos demos cuenta apenas y forman parte de nuestra idiosincracia.

¿Qué hacer una vez que se han agotado las vistas históricas? Es una pregunta habitual y recurrente entre quienes pasan más de un día aquí. La respuesta es sencilla, como dice la ilustradora Maco: relájese y disfrute. Siéntese en una de las bonitas plazas arboladas y sienta el discurrir del tiempo sin edad; pruebe de deambular por las peñas graníticas de la Punta de San Pedro y deje vagar su vista por el “río ancho como mar”; dirija sus pasos hacia la rambla costanera, festoneada de playas, y camine sus varios kilómetros adivinando formas en las nubes. El disfrute en Colonia no está en fastuosos paseos de compras, multitudinarios conciertos o los últimos estrenos cinematográficos; no hay glamour. El disfrute viene del no-hacer, de la falta de motivación y la ausencia de finalidad. Del momento, más que de las cosas. O quizá podamos decir algo ligeramente diferente. ¿Qué puede hacerse en Colonia? La respuesta, lejos de “no hay nada para hacer”, podría ser “pruebe de no-hacer y esté aquí, simplemente”. No hay azar, no es accidental, es deliberado.

Siguiendo la línea de pensamiento del maestro Deshimaru, este dice “no hay nada que obtener, nada que esperar, no hay que buscar la verdad, no hay que huir de la ilusión. Únicamente estar presentes aquí y ahora, en nuestro espíritu y nuestro cuerpo.”

Hace poco vi un impactante discurso pronunciado en julio de este año por el escritor israelí Amos Oz, del que en otra oportunidad hablaré con más detalle. Una de las frases que me quedó grabada es que “no puede buscarse en el espacio lo que se perdió en el tiempo”.

Si la aislamos de su contexto y la traemos a esta tierra, la frase puede darse vuelta. En Colonia, de alguna manera, sí es posible encontrar en el espacio lo que se perdió en el tiempo. Otro aire, otro ritmo, otras prioridades. Ese es el disfrute de esta Colonia por momentos tan alejada (casi como un embrujo) del discurrir moderno del tiempo: el reencuentro con nosotros mismos. Con nosotros mismos en un pasado más tranquilo. Si le das tiempo, si te das tiempo, tu vida se centra, la mente se aclara, las ideas aparecen, e incluso pueden madurar hasta que llegue el momento de pasar a la acción. Eso es posible en Colonia.

¿Por qué te cuento todo esto? Porque quiero preservarlo; porque tengo miedo. Miedo de que desaparezca, de que se diluya. Tantos de nosotros andamos absorbidos, absortos, como ausentes y hasta ajenos. Nos sentimos inclinados a ingresar en “la modernidad”, a veces. O a lo mejor nos dejamos arrastrar por ella, como si fuera tan grandiosa. Perdemos la frugalidad y tratamos de cambiarla por cosas que a la postre nos angustian. Dejamos de mirar hacia adentro y encontrarnos a nosotros mismos. Y temo que el tiempo despierte y empiece a correr igual que corre en la mayor parte de este mundo moderno; o peor aún, que se desentienda de nosotros y nos deje atrás.

Nuestra respiración es esta respiración, aquí y ahora.