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Porque se me da la gana. Y porque yo lo valgo.

“Y en este momento, loco, tengo ganas de hacer este tema!”, dice Daffunchio en pleno recital 5×5 y arranca con Capitán América. Y uno no puede más que amar estar vivo.

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Sobre la lectura y el cerebro

Ana Valdés ( @caravia158 ) tuiteó un artículo muy interesante (y bastante aterrador) sobre el analfabetismo funcional en Sudáfrica. Ya sea porque muchos niños sufren de desnutrición y los problemas de desarrollo que eso conlleva, que sus propios padres son iletrados, que los libros son escasos y caros o que los profesores que deben enseñarles están deficientemente formados, lo cierto es que el 78% de los niños de cuarto grado no pueden entender lo que leen. El texto está en inglés, pero es bastante accesible si lo querés vichar.

Rescato para 42 un par de los últimos párrafos, porque nos importa a todos:

En las últimas tres décadas la neurociencia cognitiva ha clarificado y resuelto varios de los debates acerca de la lectura. Se ha probado más allá de cualquier duda que la lectura, el volverse funcional y eficazmente alfabetizado, altera el cerebro.

Aprender la representación visual del lenguaje y las reglas para combinar y asociar los sonidos con las letras desarrolla nuevas posibilidades para el procesamiento del lenguaje. Refuerza y modifica ciertas habilidades fundamentales, tales como la memoria visual y verbal y otras habilidades cruciales. Influye en los caminos o circuitos usados por el cerebro para la resolución de problemas.

Fallar en el aprendizaje de la lectura afecta la cognición necesaria para funcionar efectivamente en la sociedad moderna.

Los errores en la traducción, donde los haya, son míos.

Es la misma discusión de siempre. La lectura y la escritura modifican el cerebro, la mente, los pensamientos, la percepción del mundo (¡del universo!), los propios límites que nos circundan. Cuanto más perfecta sea la comprensión y el consiguiente uso del lenguaje, mayores serán nuestras capacidades no ya de proyectar nuestros pensamientos correctamente, sino a un nivel básico, de elaborarlos. Los límites de nuestro vocabulario son los límites de nuestro pensamiento. Los límites en el uso del lenguaje marcan qué tan efectivamente podemos comunicar nuestras ideas y sentimientos. Los límites de nuestro pensamiento condicionan qué tan críticos, o qué tan crédulos, podemos ser con lo que nos rodea. Somos lenguaje.

¡Lean, muchachada! ¡Léanle a su prole, cuanto más precoces, mejor! ¡Lean de todo! Bueno, igual a Cohelo y a Osho, no. Novelas, poesía, ciencia, filosofía, arte, historia, política (incluso, o sobre todo, de autores o temáticas opuestas a lo que creen). No se corten con nada, porque nunca saben dónde estará lo que les vuele la mente catapultándolos a alturas que nunca imaginaron.

Ya. Disculpas por lo exaltado. Lean, ¿ta?

Raviolones de ricota, queso azul y apio con salsa de nueces

Este Carnaval ha sido una real maravilla para mí. Oh, no. No vi una sola murga, una sola comparsa, no escuché un solo tamboril y ni me interesó ni un poco, ni por las dudas, ninguna letra de ningún cuplé, ni ninguna polémica que se pueda haber generado. A mí el Carnaval me la refanfinfla. Pero tuve libres lunes y martes y me las ingenié para tener también el sábado; sí, en mi trabajo tengo que usar el ingenio para lograr un día libre.

El jueves de tardecita llegó María Luisa, con quien compartí un largo fin de semana maravilloso, como un festejo de San Valentín, pero porque sí y de verdad. ¡Nos reímos! ¡Largas horas charlamos! ¡Nos amamos! ¡Recibimos amigos! ¡Dormimos! ¡Paseamos! ¡Conocimos lugares nuevos! ¡Y cocinamos! ¡Ou yeah! Cocinamos y nos partimos la boca 5 días corridos en una recorrida gastronómica maratónica que nos dejó redondeados y satisfechos.

De entre toda esa baraúnda de sabores, quiero compartir con vos una receta de pasta maravillosa (el adjetivo “maravillosa” podés colocarlo antes, al medio o después, que sirve igual):

receta de pasta maravillosa
maravillosa receta de pasta
receta maravillosa de pasta
receta de maravillosa pasta

¿Ve? Funciona perfecto. Como sea, es pasta rellena y eso significa que le va a llevar un par de horas. Es decir, necesita amor y (un poco de) paciencia.

Ingredientes:

Para la masa: 200 g de harina, 2 huevos, pizca de sal.

Para la salsa: 40 g de nueces, perejil picado al gusto (una o dos cucharadas), 40 g de aceite de oliva, agua de la cocción de la pasta.

Para el relleno: 350 g de ricota, 60 g de queso azul, 40 g de queso parmesano rallado, una rama mediana o dos finitas de apio gusto, una yema, pizca de sal, pizca de nuez moscada, 1/4 cucharadita de pimienta blanca en polvo.

Comenzamos con la masa. Clásica y sin misterios: mezcle todo en un bol y amase hasta integrar bien, antes de pasarla a la mesada y sobarla hasta que quede relativamente tierna, lisa y sedosa. La envuelve en un film y la deja descansar en la heladera durante una hora. Es del tamaño de un puño, una cantidad ridículamente pequeña de masa, pero que si la estira bien finita, tipo un milímetro, da para cuatro porciones generosas. ¡Eso es nobleza!

Mientras tanto vamos preparando el relleno y la salsa, que son sencillísimos. El relleno es tan complicado como rallar y mezclar los tres tipos de queso, el apio escaldado un minuto en agua hirviendo y picado finito, la yema de huevo, la sal, nuez moscada y la pimienta blanca en polvo. Revuelva todo hasta lograr algo parecido a una pasteta grumosa y reserve en la heladera.

La salsa es tres cuartos de lo mismo: tueste un par de minutos las nueces en una sartén seca y una vez frías píquelas finitas. Mézclelas con el aceite de oliva y el perejil bien picadito. Reserve para que se vayan integrando los sabores. Va a quedar seca y espesa, pero no se preocupe, porque luego se completa y aligera con un poco del agua salada de la cocción de la pasta.

La elaboración de los raviolones no tiene ciencia ninguna, que es lo bello de esta pasta. La forma se la das usté. Puede hacer los clásicos, con masa abajo y arriba con relleno al medio y cortado con onditas, cortar cuadrados de unos 4 o 5 cm de lado y luego hacer triángulos rellenos, o como en mi caso, que corté círculos y luegos usé un molde para empanadas de copetín. Es que con María Luisa nos encanta que la pasta rellena sea más relleno que pasta. Quedan unos raviolotes/empanadotas-reconvertidas que son un placer. Además de que hay que elaborar mucha menos cantidad. Los raviolitos que puede hacer en esos infames moldes de plástico de dos por dos son tentadores, pero uno enloquece colocando montoncitos homeopáticos en cada división y realmente nunca llega a saborear el relleno, perdido entre la masa y la salsa. Así que nada, hágame caso y pruebe de hacer ravioles grandotes y coma la pasta rellena con relleno como manda el MEV. Después me da las gracias, no se preocupe.

Los ravioles se cuecen en agua hirviendo con sal, a razón de 7 g de sal por cada litro de agua en una olla que preferentemente sea más alta que ancha. Meta los ravioles, que van a irse al fondo, y cuando floten espere un minuto o minuto y medio antes de sacarlos. La masa es finita, por lo que se va a cocinar rápidamente, pero el relleno tiene huevo y con ese minuto extra le da tiempo a calentarse y cocerse.

Luego de retirar la pasta del agua saque un cucharoncito de esa agua y aligere la salsa de nueces batiendo enérgicamente unos segundos.

Si tiene los platos calientes, mejor. Escancie un rico vino tinto. Sirva los raviolones sin tardanza, esparza la salsa de nueces por encima y pártase la boca. La combinación de sabores, sumada a los eventuales tropezones con algún cachito de apio o queso azul, hará que se estremezca de placer. El MEV quedará complacido, al igual que usted y por ósmosis todos sus seres queridos.

Raviolones de ricota, queso azul y apio con salsa de nueces

¡Ya!
¡Cocina con alegría y buen provecho!

Educando al Soberano

¿Cuál es el punto de aprender algo que solo veremos en clase? ¿Por qué tengo que aprender estas cosas tan poco pragmáticas? ¿Por qué nos atiborran de cosas que no usaremos NUNCA en nuestra vida?

Parece una pregunta válida. Todos nos la hemos hecho, a nosotros mismos o a un docente, cuando nos enseñan algo que nos parece inútil. Buscar a mano un valor en la tabla de logaritmos y usarlo para calcular el coseno de un ángulo, escribir un ensayo sobre un personaje histórico, averiguar qué pasa cuando se mezcla óxido de hierro y polvo de aluminio y se le prende fuego y por qué, Pitágoras, cómo proyectar una sombra geométricamente, qué pasa si a un hidrocarburo del grupo alcano se le saca un átomo de hidrógeno; mi padre tiene una carpintería, por qué carajos tengo que aprender a integrar el área debajo de una curva, o conocer el límite de [1/(x^2-9)] cuando x tiende a 3; si voy a dedicarme a la ingeniería, qué me importan las bobadas que decía Cicerón sobre que nadie en su sano juicio busca el dolor, etc.

Hay infinidad de información descontextualizada, fórmulas, teorías, datos que aprendemos durante nuestra escolarización que a priori parecen carecer de cualquier tipo de utilidad práctica. Nos quejamos, protestamos, nos resistimos, ignoramos los ejercicios hasta que eventualmente nos resignamos y con un poco de voluntad y cabeza, sale. He escuchado la pregunta incluso planteada en debates públicos sobre educación (y su posible reforma). He visto docentes y padres quedarse mudos y sin argumentos ante esta pregunta. El porque sí y el porque yo lo digo no son respuestas válidas. ¿Por qué aprender algo que a todas luces es tan inútil?

Neil deGrasse Tyson, uno de nuestros predicadores preferidos, tiene la respuesta más fantástica y espectacular a este dilema. La respuesta es: porque tu cerebro.

DeGrasse lo plantea de forma muy sencilla. El problema es irrelevante, la importancia de la enseñanza en sí puede llegar a ser más que secundaria. Lo importante, relevante y fundamental es que el ACTO de aprender cómo hacer la matemática para RESOLVER ese problema (o cómo asociar la información para deducir qué reacciones químicas tienen lugar, o el proceso que sea que te lleve a buscar y encontrar la solución de ese problema intrascendente) cablea o re-cablea las conexiones en tu cerebro. Se establece una “circuitería” cuyo cometido ES RESOLVER problemas.

Así que en realidad no se trata de lo que aprendés, dice deGrasse, sino  de qué métodos, herramientas y estrategias DESARROLLÁS para poder ser capaz de resolver esos problemas que se te plantean. Entonces, si bien es cierto que quizá no vuelvas a ver ese problema en tu vida, vas a encontrarte con OTROS problemas para cuya resolución vas a necestiar esos métodos, tácticas y herramientas que aprendiste antes.

Lo mismo puede aplicarse a la escritura de un ensayo o tesis. El personaje, hecho histórico o tema sobre el que escribas es accesorio. Lo IMPORTANTE es lo que HACÉS para estructurar tu investigación, cómo armás las oraciones, tu elección de las palabras, la forma en que COMUNICÁS UNA IDEA y sobre todo cómo desarrollás TUS PROPIAS IDEAS sobre ideas previas ya conocidas.

Ese es el valor de la educación, finaliza de Grasse: no la información que se vierte en tu cabeza, sino qué tan bien equipado quedás para poder explorar el mundo por tu cuenta.

Regalo de dioses

Cuando te convidan un mate bien cebado es una fiesta para los siete sentidos.

La vista se recrea en el frágil equilibrio que se da en la pequeña calabaza. La estructura de la espuma, la yerba que pugna por subir, la pequeña loma seca como un paisaje. El vapor que sube en volutas definidas, curvadas como la cortina de una aurora.

El tacto se demora en la superficie caliente del mate, como en una caricia. Con los pequeños lentos movimientos de un anciano que se desplaza con cuidado. O con la sensualidad de un gato que se va estirando al calor del sol.

El olfato se deja tentar por los aromas acres y terrosos de la yerba húmeda, tan evocadores.

El gusto, tan entrenado y condicionado para apreciar el amargo extremo, es tomado por asalto por el sabor y la temperatura exacta de la infusión.

El alma es tocada por el mero acto de compartir, mientras la memoria trata de abrir el cajón justo donde están guardados los otros mates bien cebados que has recibido, para compararlos.

Todo en unos pocos segundos de comunión perfecta con uno mismo y los demás, porque el otro se convierte en el mundo.

Desobedeciendo, pero con orden

Desde hace varios días estoy leyendo El Libro de la Desobediencia, del uruguayo Rafael Courtoisie.

Voy por la página 43, al momento de iniciar esta entrada, pero llevo leídas más de 100. A la altura de la página 16 ya llevaba leídas unas 60, ya que lo empecé tres veces desde el principio y leo y releo ciertos pasajes una y otra vez, como quien come ambrosía. Me regodeo y relamo en las imágenes, frases y pequeños detalles.

Un uruguayo escribiendo una historia mágica japonesa es alucinante. ¡Y ya es el segundo ejemplo con el que tengo la gran fortuna de cruzarme! El primero, también comentado en 42, fue Nunca Acaricies a un Perro en Llamas, de Alberto Gallo.

Curiosamente aquí también se encuentran elementos similares: poesía, por supuesto, ya que el señor Courtoisie es poeta y casi me hace creer que este libro en prosa es solo un disfraz para sus poemas ambientados en Japón. También hay un humor inconfundible y juguetón. La tragedia, la aventura, la acción, el reposo.

Una gran diferencia con el de Gallo, y no es que los esté comparando, porque no hay manera de compararlos, está en el erotismo. Es otro tipo de magia. Hay un erotismo rampante, una sugestión permanente, y hasta cachetazos de brutalidad.

Este segundo hallazgo es, si cabe, incluso más increíble. Tanto, que voy a desobedecer las convenciones para comenzar una reseña incluso antes de terminarlo, cuando ni siquiera sé de qué trata o a dónde se dirije. La culpa es del propio autor que pone dudas en mí y me impulsa a aventurar respuestas.

El pequeño fragmento que sigue a este párrafo está protagonizado por Naoko, la de las largas uñas envenenadas. Naoko es estudiante de Miniki, la poeta que ama a las mujeres. Miniki quiere hacer suya a Tanoshi, la delicada y celosamente guardada favorita del Emperador. Naoko, junto a otras, está ayudando a su maestra a deshacerse de la caterva de guardias que custodian al apetecible blanco de sus deseos.Naoko 01

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Creo, humildemente, que un guerrero japonés no perdería el tiempo con semejantes adjetivos. Se limitaría a dar la orden, shine \∫iné\, imperativo (un tanto vulgar, es cierto, y por lo tanto quizá no apropiado para una poeta) de shinu, morir. ¡Muere! ¡Mueran!

Por el limitado conocimiento que poseo de las cuestiones japonesas, un rival que muere tan fácil e irremediablemente, sin oponer resistencia y sin representar un mínimo desafío no merece ni siquiera un insulto. Todos los insultos se contienen en el desprecio o desdén con que Naoko pueda cargar a esa simple orden.

Sepa, también, señor Courtoisie, que valiente o inconscientemente, desobedeciendo a la prudencia, probé de recitar las mágicas palabras “tan luá“, pero sin resultados visibles. No sé si mi dicción no es correcta, si mis carencias llegan a la hora de pronunciar las itálicas, si lo que falla son mis convicciones, o si Okoshi Oshura deliberadamente me ha engañado. Probablemente sea lo último, ya que siempre fui un alma cándida.

En fin, queridos dementes que deambulan por esta casa pastafari, suspendan la realidad y anímense a sumergirse en esta historia llena de desobediencia. Donde la magia desobedece a la realidad, la poesía desobedece a la prosa, el sexo desobedece a las convenciones y los absurdos desobedecen, deliciosamente, a la razón.

Aquí, la luz desobedece a la oscuridad, la mera presión de un dedo meñique puede matar o causar un orgasmo, y el leve movimiento de un abanico, como el aleteo de una mariosa, hace vacilar a un hormiga lejana y estremecerse envuelta en polvo rojo a una isla al otro lado del mundo.

Gracias, Daina, una vez más por la recomendación. Con cada página que avanzo, los agradecimientos aumentan un poquito.

Fábulas en verso

Conseguí un pequeño libro de la escritora (entre otro cúmulo de facetas) española Concepción Arenal.  Son fábulas. En verso. Hay construcciones excelentes, con una musicaliad preciosa.

Si usted está en contacto con niños pequeños, no debe, ni puede, perderse la experiencia de compartir esta lectura con ellos.

El libro es de 1851, lo que quizá explique la curiosa ortografía; es todo un desafío, para los talibanes ortográficos, hacer caso omiso.

FABULA III

EL OSO Y EL LOBO.

En la cristalina fuente
Que tan pura el agua lleva
En su rápida corriente
Y se llama rio Deva
Cuando llega al mar potente.
Y de Julio caluroso
Como á las doce del dia,
Llegó á beber presuroso
De un lobo en la compañía
Grande y corpulento un oso.
El aura suave y pura,
Y la pradera florida,
Y la fuente que murmura,
Todo á descansar convida
Y paz ofrece y ventura.
Sentáronse á descansar
El lobo y el oso juntos
No viendo á nadie llegar,
Y después de otros asuntos
Pónense de este á tratar.
Ya me acerco á la vejez,
Dijo el lobo, y por mas traza
Que en ello pongo ¡pardiez!
Cada dia hay menos caza
Y mas hambre cada vez.
Pasan del Abril las flores,
Pasan las nieves de Enero
Sin que en estos alredores
Logre atrapar un cordero
A los malditos pastores.
—Te está muy bien empleado,
Respondióle grave el oso,
¿Por qué del hambre acosado
No has de tragar, melindroso,
De yerba un solo bocado?
¿Por qué no comes manzanas
Ni peras ni moscatel,
Que de nombrarle entro en ganas,
Ni maiz, ni rica miel,
Ni cerezas, ni avellanas?
¿Tiene de razón asomo
Tu carnicera manía?
Come de todo, cual como,
Que si no, por vida mia,
Flaco has de tener el lomo.
Si acaso de hambre te mueres
De mi cariño leal
Ni el menor auxilio esperes;
No es lo que te pasa un mal
Si no porque tu lo quieres.
Mas el lobo replicó:
—Si comer frutas no puedo. —
—Pues qué, no las como yo?
No auxiliaré, no ha va miedo
Al que la razón no oyó.
Así hallamos en la vida
Moralistas como el oso
Que intentan, cosa es sabida,
Con aire magestuoso
Cortarnos á su medida.
Poco es que la humanidad
Contra sus dogmas arguya,
No hay otra felicidad
Ni otra razón que la suya,
Ni tampoco otra verdad.
Sí de un pecho dolorido
No comprenden la amargura
Esclaman: ¡dolor fingido!
Y es necedad ó locura
La pasión que no han sentido.
Por no sé que facultad
Del mundo se juzgan dueños,
Y su grave necedad
Creced; dice á los pequeños,
Y á los grandes, acortad.
Años hace que le oí
Decir como regla á un viejo
Y la guardé para mi,
«Que el sabio al dar un consejo
»Se acuerda poco de sí.»