Archivo de la categoría: Ecosistema Camionero

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky /65

Oficina. Viernes. Horas de la tarde… la “hora mágica”

—¿Qué edad tiene tu padre, o ya murió? —pregunta El Boss con su tacto y sutilezas habituales a un conocido que llegó a consultar por un flete.
—Papá cumplió 76 hace un par de meses.
—Ah, pero es RECONTRA joven!

Hay que entenderlo: cuando se tienen 71, el concepto de “juventud” se fluidifica y se torna bastante más maleable.

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky /64

Depósito. Sábado. Horas de la mañana. Los creadores de “Este equipo deportivo de tela ultradelgada seguro que es más abrigadito del lado de adentro” nos presentan “La faja es corta”.

El motorista del autoelevador debe acercar un pallet con mercadería desde la mitad de la caja del camión hasta la parte trasera, a fin de poder tomarlo con las uñas del montacargas para bajarlo a piso.

La idea es que uno de los peones ate el extremo de una faja al pallet y el otro extremo a la torre del elevador para arrastrarlo hasta que quede a su alcance.

La conversación se da como sigue:

—Agarrá la faja y atala al pallet así lo arrastramos —dice el motorista al peón.
—Che, Cacho, la faja es corta. Le falta más de medio metro.
—Bueno, dala vuelta y atala de la otra punta, que es más larga —contesta Cacho. El tipo está serio, imperturbable y el peón lo mira, dubitativo.

El resto de los vagos que están alrededor dan media vuelta y se van, incapaces de permanecer serios.

—Cómo va a ser más larga del otro lado, Cacho?
—Pero sí, muchacho. ¿Cuándo vas a aprender? Dale, que se nos va la mañana.

El peón, un muchacho que entró hace pocas semanas intuye que algo no está bien, pero el otro está serio como perro en bote y lo hace vacilar. El chofer del camión está al lado, pero no dice nada. Se arma un tabaco con toda parsimonia y evita levantar la mirada.

Al final el peón claudica y se pone a atar la faja de la otra punta, ante la carcajada general.

—Solo quería demostrarle que estaba equivocado —se defiende el peón, compungido.

Y así vamos, sobreviviendo y sacando el país adelante, un martirio a la vez.

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky /63

Cuando llama un particular para que transportemos algún mueble o material, no siempre conocemos en qué parte de la ciudad está la dirección que nos pasa, por lo que solemos pedir algún tipo de referencia, ya sea un cruce de calles, o algún lugar conocido (plaza, negocio, monumento, etc.)

Hoy recibí la mejor referencia de mi vida. Oficina. Lunes. Horas de la tarde. Suena el teléfono:

—Empresa X, buenas tardes. Habla Pancho.
—Hola, mi nombre es Horacia y necesito traer una cosas de Montevideo.

La muchacha me pasa todos los datos para retirar la mercadería y al final le pido la dirección de entrega:

—Clamidia 724.
—Por qué zona está la calle Clamidia?
—¿Te acordás del quilombo? [sic] ¿El viejo quilombo, atrás de la fábrica de refrescos? Bueno, del quilombo cinco casas para abajo.

¡No hay como perderse!

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /62

Oficina. Horas de la mañana.

Estamos mano a mano con El Boss cuando entra Jorgito. Jorgito es un gurisito de 10 o 12 años, vecino a la empresa, que hizo buenas migas con El Boss. Viene a visitarnos cada tanto y El Boss le habla como a un ser humano, le dice que estudie y no sea boludo y esas cosas.

Hoy Jorgito trae una rifa para vender.

—Me tenés que comprar una rifa — le dice Jorgito al Boss con un desparpajo total. ¡Ah, la impunidad de los niños!
—¿De qué es la rifa?
—Son todas cosas para Navidá, budine, prepizza, turrone y un postre. Mi madre hace unos postres re ricos.
—¿Y para quién es la rifa?
—Es para mi madre.
—¿Cómo que para tu madre? ¿No es de la escuela, o para el club de fútbol?
—No. Para mi madre. Mi madre armó la rifa y hace todo ella.
—¿Y para qué hace una rifa?
—Para juntar plata, Boss, ¿qué más? —intervengo por única vez, burlón.

El guacho se descoloca solo por un instante y se rehace en segundos.
—¡Eso! ¡Tenemos que juntar plata porque estamos escasos!

A las carcajadas limpias El Boss compra dos de los números de la rifa, mientras escucha la sesuda reflexión del gurí:
—No sé por qué todo el mundo me hace la misma pregunta y al final largan la risa. Por suerte igual me compran.


Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /61

Entro a la oficina y agarro una conversación por la mitad entre El Boss y D.

—…decile que recién salí, que no estoy. — decía El Boss, decidido, casi brusco.

—Pero dice que es importante. Y que sabe que está acá.

—No me importa, no voy a ir. ¡Decile que no voy a ir!

—¿Hola? Dice El Boss que no va a ir. —D escucha un momento y se despide —OK, le digo. Que ande bien. —cuelga y mira al Boss, resignado—. Dice su esposa que no se preocupe, que va ella al médico por usted, que seguro le van a dar perfectos todos los análisis.

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /60

¡¡FUAHH!! ¡Casi dos años sin una entrega del Ecosistema! ¡Qué desastre! Si hay un indicador de los problemas que enfrentamos en el trabajo, ese es la falta de situaciones ridículas que muevan a risa.

Pero todo llega a quien espera y no desespera, generalmente la muerte, aunque hoy no sea nuestro caso.

A Esposa de Boss se le rompió la estufa a gas y nos pidió que la lleváramos a lo de Pérez, un veterano manitas, electricista de la vieja escuela, que realmente arregla termofones, cocinas, hornos y gran variedad de electrodomésticos, entre ellos, estufas.

El único pequeño inconveniente es que tiene su taller en las afueras de La Aldea. Digo pequeño inconveniente, porque La Aldea es diminuta y en realidad todo es cerca; solo que Pérez no está tan cerca. Así que Boss nos dice en un rapto de inspiración:

— Por qué no le llevan la estufa a Elizalde?

—¿A quién?

—Al vasco Elizalde, acá casa por medio. Ese la debe arreglar.

—¿Elizalde? ¡Pero si el vasco es pintor, Boss!

—¡Sí, pero sabe montones! ¡E incluso es relojero! —remató con entusiasmo.

—Bueno, pero mientras llevamos la estufa, vos andá pidiendo las pizzas en lo de Estévez, que es excelente mecánico…

—¿Qué?

—¿Que qué tiene que ver que el pintor sea relojero con arreglar la estufa, por dios bendito?

—Ta. Nada. Vayan a lo de Pérez, ¿quieren?

Y ahí nos fuimos, a las risas, dejando al Boss con sus ilusiones rotas. Quizá debí darle una oportunidad de arreglar la estufa al pintor relojero.

Explicando lo inexplicable

Oficina.  Mañana de la víspera de navidad.  Hablando de la ridícula denuncia que le hicieron al presidente por colocar una imagen de la virgen en la puerta de su casa (el denunciante, en su lucidez implacable, indica que las creencias religiosas de Tabaré violan el principio de laicidad).

El Gran Boss, que no estaba enterado del tema, con voz resignada dice: Y sí, desde el momento en que siete millones de personas escuchan a Petinatti, poco más se puede esperar.  Porque somos tres millones, pero lo escuchan siete. Debe ser cosa de interné… y de los estúpidos, que están por todos lados.