Archivo de la categoría: Pesadillas del Hades

Las niñas de Santa Clara

Una pequeña ciudad en la frontera con Brasil. El rumor de un caso de corrupción de menores. Un periodista de Montevideo, en la medianía de la vida, medio de vuelta de todo, que sale a investigar. Esa es la premisa.

El encuentro con la quietud típica del pueblo chico del interior del país, pero que a la vez está en la frontera con un gigante que simplemente le da la espalda, a un río de distancia. Un río indiferente que se menciona apenas tangencialmente y al que se presta atención solo cuando crece. Los nombres dichos a veces en susurros, pero que nadie ignora. El viejo y proverbial infierno grande del pueblo chico, donde todos se conocen entre sí para bien y para mal. La pobreza, el desamparo, la impunidad.

El libro de Grabriel Sosa de a ratos resulta extraño, porque parece hecho de contrastes. Es cortito y escrito sin vueltas, pero complejo. No pasa nada y pasa de todo. Por sus páginas desfilan muchos sentimientos: indiferencia, fatalismo, impotencia, curiosidad, tristeza, indignación, miedo, rabia. El autor te hace alternar entre las emociones casi a capricho. Te hace acompañar a Larrobla llevándote casi de la mano, para luego dejarte abandonado y que hagas lo que puedas.

En estos días en que los titulares de los diarios se llenan de portadas de vejestorios inmundos que abusan de nenas, el relato de Sosa resulta vigente y actual e incluso a veces parecería que se quedara corto a la hora de alcanzar a la realidad.

Muy buena novela. La única advertencia que puedo darte es que evites terminar de leerla justo antes de ir a dormir. Te vas a quedar rumiando largo rato y vas a terminar agotado, asqueado por la enfermedad y sus síntomas, preguntándote cómo es posible que eso exista, que exista acá, entre nosotros, por qué nadie hace nada, por qué vos no hacés nada.

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¿Hasta cuándo?

Otra vez, productores totalmente inescrupulosos, egoístas, y por qué no decirlo, completamente hijos de puta, han causado un perjuicio enorme con sus prácticas de mierda.

Entre 1500 y 3000 colmenas muertas en el departamento de Salto porque un productor citrícola aplicó de forma totalmente negligente un insecticida fosforado altamente tóxico para las abejas.

http://agrotemario.com/noticia/19040/estiman-en-us-200-000-perdidas-por-mortandad-de-abejas

Mil quinientas colmenas. Por lo menos 20 (probablemente 40 o más) millones de abejas que no van a estar para polinizar cultivos y plantas de todo tipo. Veinte millones de abejas que no producirán miel, ni recolectarán polen. Veinte millones de abejas que no colaborarán para parar la olla no sólo de los apicultores a los que servían de sustento, sino que tampoco incidirán en la producción agropecuaria y las cosechas que se benefician de ellas.

Son muertes caprichosas. Completamente evitables. Porque a un productor sorete se le ocurrió exportar mandarinas sin semillas a gringolandia. Un tipo de mierda que prefirió usar al barrer un insecticida restringido en lugar de colocar las mallas especiales para impedir que las abejas entren a polinizar las flores.

Los insecticidas fosforados atacan directamente el centro nervioso de los bichos. Las abejas ni siquera pueden llegar a sus colmenas. Las que lo hacen llevan el veneno con ellas y condenan al resto con su último esfuerzo por alimentar la colonia.

Vos tenés derecho a trabajar para que tus mandarinas no tengan semillas, pero no a costa de liquidar todo y a todos los que estén trabajando a tu alrededor.

El que usó ese veneno no tiene perdón.

 

Gente de maíz. Gente de petróleo.

Conocí el nombre de Michael Pollan gracias a una excelente serie documental de Netflix llamada Cooked.  Pollan es un escritor estadounidense (y activista y periodista y profesor) que ha publicado algunos libros sobre la comida (en uno de los cuales se basa la serie).  Cómo la conseguimos, cómo la combinamos con otros elementos, cómo la cocinamos y cómo la comemos. Es realmente fascinante.

Hace unos días, María Luisa cayó en casa con uno de sus libros de regalo. Se llama El Dilema del Omnívoro y por un momento temí que se arrepintiera, porque estaba tan entusiasmada con la lectura que pensé que iba a llevárselo a su casa sin dejarme tan siquiera abrirlo.

El libro se construye sobre la pregunta, engañosamente simple, de “¿qué vamos a comer hoy?” y se divide en tres secciones bien diferenciadas: producción industrial de comida, producción ecológica de comida, y el proyecto del autor de preparar una comida de la que él con sus propias manos ha conseguido todos los ingredientes. En este último capítulo arma una intensa discusión consigo mismo, explorando la muerte de los animales para consumo y los dilemas sociales, filosóficos y morales de los omnívoros (carnívoros) y los vegetarianos.

Estoy promediando la primera parte, que trata sobre la producción de alimentos a nivel industrial en EE.UU., país por excelencia en estas cuestiones.  Al igual que me pasó con Historia de los bombardeos, me siento por  igual aterrado y asqueado.

El maíz es un producto de la humanidad.  Librado a sus propios medios no podría sobrevivir, ya que perdió su capacidad de reproducirse a sí mismo cuando nosotros lo domesticamos.  El maíz es uno de los cereales de mayor rendimiento por lejos.  Un grano de maíz puede dar otros 150 a 200 granos, frente al trigo, por ejemplo, que por cada grano produce unos 30 o 40.  A su vez, nosotros somos un producto del maíz. Medramos gracias a él y dependemos de él, sobre todo los yankis y gran parte del mundo industrializado.  Más que del trigo, aunque es este cereal el que suele estar en el imaginario colectivo. El maíz depende del petróleo.  El maíz ES petróleo. Y no imaginarías todo lo que de él depende.

Pollan nos lleva de la mano por un camino plagado de horrores.  Nos cuenta cómo EEUU y gran parte del mundo, pasó de una agricultura sustentable, basada en rotaciones de cultivos, al monocultivo intensivo de unas pocas especies vegetales: básicamente maíz y soja, o incluso solo maíz. Nos cuenta de cómo un chabón llamado Fritz Haber, en 1909 descubre una manera revolucionaria de producir amoníaco (cuya base es el nitrógeno) y con él, nitrato de amonio. Nos cuenta de cómo los excedentes del nitrato de amonio usado para hacer explosivos al final de la Segunda Guerra Mundial sentaron las bases de la gigantesca industria de los fertilizantes químicos.  De cómo esos fertilizantes químicos por un lado desintegraron la agricultura sustentable, ya que el maíz de las granjas estaba asociado con otros cultivos, que nutrían la tierra y alimentaban al ganado, cuyos desechos orgánicos luego alimentaban una vez más, al cultivo. Los fertilizantes químicos permitieron que los agricultores pudieran sembrar enormes superficies de maíz, en densidades pocos años antes imposibles de imaginar, y se desconectaran totalmente de las rotaciones y la dependencia a la fertilización natural.  Claro que el proceso de obtención de los fertilizantes químicos consume cantidades gigantescas de energía, es decir, petróleo, sus derivados y gas.  Es decir que el maíz se sustenta en combustibles fósiles, en lugar de hacerlo en el sol, renovable y gratuito, pero lento.  Y como la producción de maíz se disparó, entonces el precio del maíz se fue a pique, lo que motivó la intervención del Tío Sam, que antes hacía préstamos, pero que luego pasó directamente a subsidiar a los granjeros.  Así que si lo que producían no valía nada, el gobierno los cubría, por lo que siguieron produciendo, y siguen, cada vez más, creando unos excedentes cada vez mayores y disparatados, con precios cada vez más ridículos, lo que los lleva a plantar más superficie para llegar con los números.  Sumado a esto, tenemos el hecho cierto de que prácticamente todos los productores fertilizan en demasía.  Ese fertilizante que no aprovechan las plantas es arrastrado por las lluvias hasta los ríos, alterando las condiciones ambientales, o encuentran su camino hasta las capas freáticas, donde está el agua que tomamos.  Es una espiral descendente, ya lo dije, aterradora.

El ganado se alimentaba de pasturas, pero las pasturas se cambiaron por maíz, así que el ganado se fue de las granjas.  Se fue a feedlots, corrales de engorde, en donde son alimentados con… maíz.  Hay que hacer algo con todo ese maíz, ¿no? El problema es que el ganado está diseñado para comer hierba, no maíz, así que al comer maíz, enferma, por lo que hay que darle antibióticos, y sumplementos proteínicos, y hormonas…

El ganado sigue teniendo desechos, pero como ya no está en las granjas, nadie necesita el estiércol, por lo que se acumula.  Y de todos modos no podría ser utilizado como fertilizante, porque está contaminado con hormonas y antibióticos y un montón de bacterias que cuando el ganado comía pasto no eran problema, pero que ahora sí lo son, razón por la que le dan antibióticos.  Así que el ganado come maíz, que es petróleo.  Así que la carne también es petróleo… junto con otro montón gigante de mierdas, entre la que están los restos de antibióticos, que también pasan a nosotros y son un riesgo potencial para la salud humana a largo plazo, ya que bajas dosis de antibióticos, crean resistencia bacteriana.

Y el maíz, además de alimentar al gando va al resto de la industria alimentaria: harina de maíz, claro, pero también las hojuelas del desayuno, el almidón de maíz, el jarabe de maíz de alta fructosa, la maltodextrosa, la goma xantana, los espesantes de alimentos, varios ácidos orgánicos, el aceite, los alcoholes que sirven tanto para elaborar bebidas, como para manufacturar combustibles que hacer funcionar vehículos, adhitivos varios y hasta plástico.  Porque descubrieron que si al maíz lo tenés unos días en ácido y luego lo molés, podés sacar el germen para aceite, la cáscara para suplementos vitamínicos y colorantes, y el gigantesco endospermo, puro almidón, para usarlo en un montón ENORME de otras cosas.  Ese almidón, formado por largas cadenas complejas de carbohidratos, luego de algunos procesos específicos, se puede romper en decenas y DECENAS, de otros compuestos. Muchos de esos compuestos, incluso mezclados entre sí, forman parte de mucha de la comida procesada.  Cuanto más procesada, más subproductos del maíz tendrá y menos reconocibles como tales serán.  Además, para lograr esos subproductos también son necesarias cantidades gigantescas de energía.  Por cada caloría de alimento que se produce, se necesitan unas 19 de energía.  Habitualmente esa energía también es petróleo.

Es un espanto, pero también es fascinante.  La pluma de Pollan es brillante.  Hila ideas, concatena procesos, desmenuza causas y efectos en una lectura que es tanto atrapante como un manifiesto a nuestra locura como especie, ya que al hacernos dependientes de un solo cultivo (maíz o soja es indistinto a estas alturas), que a su vez depende de combustibles fósiles, estamos abocados a un aterrizaje estrepitoso.  Liquidamos la diversidad, los ciclos naturales, el equilibrio ecológico, nuestra salud y sustentamos la potencial sobrevivencia de nuestra especie a un recurso escaso que, irónicamente, no es sustentable.  Porque esa sobre o super abundancia de alimentos, o materias primas, permitió que la población mundial explotara.  ¿Qué pasará cuando los combustibles fósiles que son las bases sobre las que asienta la producción mundial de alimentos, se agote? Una locura que fue propiciada por políticas públicas para favorecer a un puñado, un mero puñado, de corporaciones cuyo único interés es mantener y aumentar continuamente sus dividendos inmediatos.  Incluso si con eso nos vamos todos al carajo, ellos incluidos.

Somos unos imbéciles.  Y el mayor problema que tenemos, además de nuestra atronadora deficiencia mental como especie, es que somos un montón de personas en el mundo.  No me canso de repetirlo.  Nuestro “éxito” como especie es nuestra mayor debilidad.  La naturaleza tiene mecanismos para controlar la población de las especies que habitan en el planeta.  Si alguna se dispara, el método de control más efectivo es cuando la fuente de alimento que sustenta a esa especie se agota, o baja a límites mínimos. La población descontrolada se desploma y todo vuelve a encarrilarse… más o menos.  Pero nosotros no tenemos esa limitante, hasta ahora.  Los fertilizantes químicos han propiciado una producción casi ilimitada de alimentos, lo que ha permitido una explosión demográfica inaudita e imposible en condiciones normales.

Somos como un virus letal que en su paroxismo reproductivo mata al huésped en el que vive.

¿Y qué quieres hacer con el mundo, Ronald?

– Quemarlo.  ¡Quemarlo TODO!

Ese par de líneas de diálogo pertenecen a la gran película Backdraft, de 1991, en donde De Niro hacía de bombero, y Sutherland de piromaníaco.

Parece haber una proliferación de personas que quieren ver arder al mundo. Solo que a diferencia de Ronald, no están en una institución mental sino como dirigentes de las potencias mundiales, o bien al frente de organizaciones terroristas, aunque a veces la diferencia no parezca tan evidente.

La matanza en Siria debe terminar, dijo Trump. Y para eso, nada mejor que ordenar un ataque con misiles Tomahawk.  ¡Oh, sí, burn it all, baby! El Consejo de Seguridad de la ONU, que tampoco es que sea tan excelente, está dividido y se negaba a tomar represalias contra nadie, porque no se sabe, en realidad, quién gaseó a civiles, adultos y niños, en Siria.  Es más, leí artículos que dicen que el ataque químico era una provocación perfecta. Y como buen toro loco, Trump entró al trapo y decidió unilateralmente. Porque fuck you. Si la ONU no decide como queremos, no vamos a plegarnos a algo tan trivial como un dictamen del Consejo de Seguridad, sino que vamos a hacer lo que se nos cante.

Una cita atribuida al escritor sueco Bo Bergman dice:

Los hacemos volar en mil pedazos. Civilizamos con explosiones. Aquí yacen los civilizados, en largas y silenciosas hileras.

Trump quiere paz, y también quiere su guerra. Probablemente su ideal de un conflicto resuelto sea ver las largas hileras de gente exitosamente pacificada.  Si es una guerra ya empezada y con miles de muertos y que se dirige a un holocausto, mejor.  Tiene casi todo el trabajo hecho y no debe gastar los preciados dólares de los contribuyentes. Pero quizá pueda terminarla, entonces, y ser recordado como el Hombre, el Gran Hombre, que hizo posible el fin de la guerra en Siria. Quizá algún acuerdo sobre reconstrucción y ayuda pueda ser ligeramente aceitado con petróleo o gasoductos.  Hasta podría compartir los despojos con Putin o con la Merkel.  De ahí al Nobel es un paso.

No ha habido un solo presidente yanki de los últimos 50 o 60 años que no estuviera involucrado en algún conflicto bélico, ya fuera iniciándolo, o terminando el que comenzó el ocupante previo. Y este payaso megalomaníaco no va a ser menos; solo necesitaba una excusa, o la mínima sospecha para actuar basado en su “creencia”.  Creemos que los ataques los realizó al-Ásad, dice Trump, así que vamos a atacar a al-Ásad.  Al mismo al-Ásad al que dijo apoyar hasta la semana pasada. Los mismos ataques que condenó cuando los planteó Obama, hace 3 o 4 años. Y lo que es peor, si cabe, es que Trump ataca deliberada y flagrantemente a un país soberano que, además de su cruenta guerra civil, está bajo ataque terrorista. Aunque en un principio una de las facciones contrarias a al-Ásad haya encontrado en ISIS un aliado de circunstancias, cosa que para mí fue un error de cálculo tremendo, ISIS no deja de ser una fuerza de agresión extranjera en suelo soberano sirio. Nótese que no digo “los rebeldes”, ya que al-Ásad llevó las cosas hasta límites absurdos, disparando una guerra civil que se fragmentó y descontroló más rápidamente de lo que lleva escribir estas líneas, con múltiples frentes y fuerzas en contienda, a menudo luchando contra todas las demás.

Yo qué sé… es fácil volverse conspiranoico y creer las versiones de que Occidente no puede darse el lujo de tener un Oriente Medio estable y próspero y por eso manejan los hilos para que siempre esté el fuego ardiendo, más acá o más allá. Tiene sentido. Y es terrible.

Pero tiene sentido. Más que sentido, ha sido la norma en la Historia reciente: Primero Irán, luego Afganistán, más tarde Irak contra Irán, Irak contra Kuwait, luego el ISIS, entre medio todos contra Israel, y luego Israel contra los palestinos, y los egipcios entre sí, y Libia, y ahora Arabia contra los otros emiratos más chicos. Pero lo de Siria desafía la imaginación más loca. Porque si bien no se compara a la desastrosa guerra de Irán e Irak en el 80, con seis o siete millones de muertos, este conflico no se circunscribe a las fronteras, sino que se desarrolla en todo su territorio. Desde 2011 lleva unos 220’000 muertos, sirios muertos a manos de sirios, que es aproximadamente un 1% de su población total, y un 60% de ella se ha visto desplazada.  Trece millones de personas desparramadas al viento.  Varias de sus ciudades principales fueron literalmente arrasadas.  Es Terrible, así con mayúsculas.  Y cada conflicto es sangriento, desgastante, y no solo diezma las poblaciones, sino que también demuele las infraestructuras y los catapulta casi a la edad de piedra.

Pero tiene sentido. Entre Oriente Próximo y Medio, hacen unos 500 millones de personas.  Son un montón de personas y un quebradero de cabeza potencial a los ojos de Occidente.  Además de que flotan en petróleo y gas, tenelo siempre presente, como si te llevaras +1 continuamente.  Creo que secretamente en el imaginario histórico de Occidente subsiste el pavor de una nueva expansión del Islam, como la ocurrida en los siglos VII y VIII.

Es por eso que tener a Oriente Medio en ebullición constantemente tiene sentido. Mientras guerrean entre ellos no le hacen la guerra a nadie más, lo que permite a Occidente seguir con sus pingües negocios y escandalosos manejos. Amén de que ese ventilador está lejos de casa para las potencias occidentales y no hay peligro de que la mierda salpique en sus propias paredes.  Y además a alguien hay que venderle las armas, ¿no?

Un Oriente Medio desgarrado, herido, dividido, mendicante, sangrando, paralizado, con su población mermada, asesinada, violada, torturada, embruteciada y temiendo, y por qué no, odiando, es perfecto.

Perfecto.

Porque la fragmentación lo hace débil, y el desangramiento y el hastío y las heridas lo vuelven poco peligroso a nivel global, pero que odie lo vuelve útil para seguir propagando la cultura del miedo y la intolerancia, porque ese odio torna a Oriente Medio lo suficientemente peligroso. El cuco del terrorismo y el Islam alimenta la legislación que recorta las libertades individuales y el poder de la sociedad en general.  El miedo hace a la gente bien dócil y dispuesta a resignar algunos de sus derechos a fin de verse mejor protegida por el gobierno. El mismo gobierno que alienta y alimenta y lucra con esos conflictos.

¿La Guerra de los Cien Años? Una obra de teatro escolar.  ¡Ojalá la guerra en Siria y el incendio en Oriente Medio duraran para siempre! Y si se siguen matando entre ellos, más que mejor.

Es como controlar la población de algún tipo de bicho especialmente agresivo y molesto al que no se quiere extinguir, pero que tampoco se desea que medre.

Cita

Bye, bye

Debe ser terrible perderse en la propia mente

Quedarse corto es inevitable

Vi la película The Big Short, basada en el libro homónimo que explica la crisis inmobiliaria de 2008 en EEUU y que afectó a todo el mundo.

Es loquísimo, porque la película trata de explicar la crisis usando un lenguaje medianamente comprensible, pero toda la situación (real) fue tan delirante, de la acepción 2: disparate insensato, que la adaptación es bastante confusa.  Por lo que tuve que buscar una review que más o menos explicara la película basada en el libro que explica la crisis.

Muy someramente, el sistema financiero se puso a jugar con las hipotecas de las casas que compraba la gente.  Como los bonos que negociaban los bancos y fondos de pensión eran un reflejo de esas hipotecas, entonces los precios de la vivienda se dispararon.  En un principio, las hipotecas calificadas como AAA y AA, eran super confiables, garantizadas.  Se consideraban inversiones estables, en la creencia de que la gente siempre paga su hipoteca.

Pero el número de hipotecas sólidas es finito y el negocio era muy bueno, por lo que empezaron a tomar en cuenta otras menos sólidas, calificadas como A, B, BB y BBB, siendo estas últimas, hipotecas sin respaldo crediticio, sin chequear ingresos o antecedentes, y sujetas a lo que luego sería determinante: tasas de interés variables, es decir, que vos pagabas un tanto de plata por mes, pero en cualquier momento podían subirte el tipo de interés y podías llegar a tener que pagar más de 3 veces ese importe.

Eran hipotecas de alto riesgo.  Por lo que cuando no podían meterse en transacciones habituales, se empaquetaban mezcladas, como para que pareciera que tenían mayor valor y solidez.  Humo.  Todos vendían y compraban humo, y hasta llegaron a basar la economía en el humo, porque nadie deja de pagar sus hipotecas, verdad?

Un tipo brillante se da cuenta de esta burbuja, de esta situación artificial.  El tipo fue Michael Burry y vio una oportunidad.  Primero avisó, pero como nadie le dio pelota, inventó algo llamado Credit Default Swap.  Una especie de seguro.  Si la hipoteca X era pagada regularmente, él tenía que pagar a los bancos que la tenían una determinada cantidad de dinero, pero si la hipoteca dejaba de pagarse, entonces el banco tenía que pagarle a él un montón de plata, el premio de ese seguro.

Eso va en conjunción con lo que da el nombre a la película: vender en corto (short), en donde vos tomás prestado algo de mucho valor, lo vendés caro, cuando baja volvés a comprarlo (para poder devolver eso que tomaste prestado y que ahora no vale nada) y te quedás con la diferencia.

La debacle llegó cuando empezó el tema de los tipos de interés variables, a pesar de que un par de años antes ya se daban casos cada vez más frecuentes de impagos de hipotecas.  Cuando las hipotecas más riesgosas empezaron a fallar, cuando se llegó a una masa crítica, toda la estructura se vino abajo.  Y como esos paquetes eran productos financieros que podían usarse, y se usaban, en transacciones a nivel global, el blop! (onomatopeya de la burbuja al hacer blop) repercutió en todos los bancos del mundo, dando lugar al quilombo por todos conocido y que arrastramos desde entonces.  Las hipotecas que formaban esos paquetes que conformaban esos productos financieros y que fueron compradas caras pasaron a valer bleh!, así que los bancos que pensaban tener un montón de plata, en realidad terminaron con un montón de bleh!

La línea final es la de siempre, en estas situaciones: al sistema bancario lo rescató el Gobierno, los responsables no solo no terminaron en cana, sino que cosecharon sus bonos por “productivadad” y de 6 a 8 millones de personas (solo en Estados Unidos) perdieron su casa, su trabajo, o las dos cosas.  Perdieron sus casas porque las compraron carísimas, y al reventar la burbuja (el blop!) pasaron a valer lo mismo que un tarro de hongos en escabeche.  Así que las casas valían una fracción del precio inicial, pero las hipotecas eran las mismas.  Los bancos no tuvieron que pagar, pero la gente sí.  En resumen: a tomar por culo, cabrón.

Las actuaciones son sólidas, la peli es impresionante y la historia sería increíble de no saber que realmente sucedió.  Como bonus, me conseguí el libro de Michael Lewis en el que se basa la peli.  A ver si en algún momento logro entender de verdad qué carajo fue lo que pasó, porque mi explicación se queda, irónicamente, muy corta.

Un día más, en la Tierra Media.

Entre la pala y el átomo

Estoy leyendo un libro llamado “Voces de Chernobil”.  Escrito por la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich y publicado en 1997, da testimonio de algunos sobrevivientes (al menos hasta el momento de escribir el libro) del horror de Chernobil, la central nuclear que estalló en 1986 en Ucrania, muy cerca de la frontera con Bielorrusia.  Este país sufrió una tragedia sin parangón, una catástrofe que tiene un punto de inicio pero sigue hasta ahora.

Es muy difícil escribir una reseña, o tratar de explicar lo que encontrás desde el momento en que empezás a leer.  El mundo no estaba preparado, la Unión Soviética no estaba preparada, los científicos no estaban preparados, y mucho menos las personas comunes.

Bielorrusia tenía gran parte de su población en el medio rural.  Una población anclada en el tiempo, casi ignorante, inmersa en la cultura de su época, la época del Soviet Supremo y el secretismo de la Guerra Fría.

¿Cómo explicar?  ¿Cómo entender?  Uno podía entender las balas y las bombas, muchos tenían en la memoria la Guerra contra los nazis, ¿pero qué es eso de la radiación?  ¿Cómo que la central nuclear explotó?  Pero el gobierno dice que todo está bien, que la situación está controlada…  y sin embargo los charcos de agua están amarillos,  los campos negros y los bosques grises.  ¿Fue un ataque terrorista?  No, solo una prueba que salió mal.  Un incendio nada más.  Muchos operarios de la central trabajaban allí durante el día y luego iban a atender su granja, o a cosechar las papas en la granja de su madre, pala en mano.

¿Podés imaginarlo? Niños jugando con el fuego de los dioses.

¿Te acordás de ese pequeño cuento de Asimov?  El de los extraterrestres que detectan que en nuestro planeta están experimentando con el átomo.  Se llama “Asnos Estúpidos“.

Pero volviendo al libro, las preguntas se suceden.  Los pobladores están atónitos.  No entienden nada.  Los responsables hablan de heroísmo, la defensa de la patria, y se arenga a los voluntarios y a los pobladores.  Pero no hay información.  ¿Cómo lidiar con la radiación?  ¿Cómo se usa el yodo? ¿Qué puede comerse y qué no?  Nadie podía dar las respuestas.  O nadie estaba dispuesto a darlas.

¿Cómo abandonar tu casa con solo lo puesto?  ¡Está la siembra de primavera por hacer!  Ese lugar, entre el bosque, donde viviste toda tu vida, y tus padres antes que vos, y sus padres antes de ellos es tu mundo.  Poco te importan Gorbachov, el Partido, o la central nuclear.  Vos sos un campesino que trata de hacer su vida lo mejor que puede y que solo aspira a no ser molestado en demasía.  ¿Cómo que no pueden quedarse en sus casas?  Pero si la evacuación era solo por tres días, ¿cómo que no podemos volver a nuestra casa nunca más?

Pero si no estoy cerca de la central.  ¡Estoy a más de 30 kilómetros!  ¿Cómo va a afectarme lo que suceda tan lejos?
Vienen los soldados y dicen que hay que sacar la capa superior de tierra y enterrarla; no podés tomar la leche, ni comer ninguna legumbre, porque justo esos dos alimentos concentran la radiación.  No podés comer las conservas, porque el metal de las tapas concentran la radiación.  Los niños no pueden jugar en la arena porque el polvo está cargado del grafito y otras partículas altamente radiactivas que expulsó la explosión.  No podés andar por el campo, justo el lugar donde vivís, porque las plantas concentran la radiación.  No podés.

Pero los informes de la tele y la radio dicen que está todo bajo control.  Están los solados con los blindados.  ¡Venceremos!

Pocos días después del impacto inicial, la zona parecía prístina e impoluta, de una belleza arrobadora. ¿Qué puede estar mal? Cesio, Estroncio, radionucleidos, radiaciones ionizantes, cháchara incomprensible… ¡pero el Diablo sabe lo que significa!

Solo muy lentamente la verdad fue haciéndose un hueco.  De a poco fue llegando la información, tan lentamente. Más lentamente que la muerte y la enfermedad.

Y el libro te lleva, por ese camino de horror y tristeza e impotencia.  Te dan ganas de llorar y arrancarte los pelos y zamarrear a alguien.  La conmoción, la incomprensión, el desarraigo, el dolor, la ignorancia, la sensación de haber sido traicionados, la resignación.

Pesadillas que no ha podido escribir Stephen King.  Delirios reales y mágicos que no pudo lograr Bradbury.  La realidad supera cualquier ficción.  Chernobil moldeó una nueva realidad demasiado rápido.  Marcó un punto de inflexión feroz.  Nadie la esperaba, nadie la había imaginado y por eso nadie estaba preparado.

Si te interesa saber de Chernobil y te da por buscar en la Wikipedia, por ejemplo, hacelo antes de empezar a leer el libro.  Porque luego el largo artículo de la wiki te va a parecer frío y vacio y falso.  Una construcción precaria, una cáscara llena de estadísticas y datos oficiales y políticamente correctos.

“Voces de Chernobil” es bello.  Es un libro hermosísimo a pesar de todo y con una dulzura que traspasa el alma.  Quizás por esa idiosincracia eslava, que tiene la poesía y el fatalismo a partes iguales corriendo por las venas. No por nada su autora ganó el Premio Nobel este año.

Es un testimonio que no puede pasar desapercibido, porque no tenemos que olvidar.  Nadie debería olvidar el horror.

Cuando pienso que el vecino tiene no uno, sino dos de esos ingenios infernales apenas cruzando el río, a apenas 73 km de distancia de la frontera y a menos de 140 km de mi casa, no puedo evitar los chuchos de frío.

Te lo dejo para descargar.  Un formato MOBI (para Kindle) dentro de un RAR.

mediafire.com/download/g6d229pz376e883/VdC.rar

La seña es Pompozo