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Polenta fonduta con portobellos al ajillo y cerdo aromático

Polenta! Debo reconocer que al principio no me atraía en lo más mínimo y que es un gusto que me llevó tiempo desarrollar.

Alimento noble si lo hay, admite que te pases de cocción, podés comerla sola o con la salsa tan elaborada como quieras,  a la plancha, al horno, o frita. Como plato único o como acompañamiento. Más sabrosa o más sutil. Todo puede hacerse con la polenta. Hasta pan.

En esta oportunidad vengo con una presentación sencilla y sabrosa.

Doscientos o trescientos gramos de carne de cerdo en tiritas, un poco de aceite de oliva, una cucharadita de fécula (que al cocerse la carne hace como un glaseado al mezclarse con los jugos) y algún condimento o especia sabrosa: pimienta de jamaica, salvia picadita, salsa de soja, jengibre, pimentón ahumado, etc. En este caso usé un poco de pimienta roja bien molida y un buen pellizco de pimentón ahumado.

Mezclás todo, embadurnás bien la carne con eso y lo dejás marinando tapado con un film 20 minutos en la heladera.

Eso por un lado.

Luego unos hongos portobello o champiñones. Con cuatro o cinco portobellos por cabeza alcanza. Si les sacás la película que los recubre con un cuchillito evitás tener que lavarlos, así que al momento de saltarlos van a largar mucha menos agua. Laminalos bien finitos.

También uno o dos dientes de ajo bien picados y una lasca de manteca.

Fundís la manteca en una sartén, agregás el ajo y en cuanto larguen su primer perfume mandás los hongos, removiendo a fuego medio. Primero va a parecer que se toman toda la manteca, pero resistí la tentación de agregar más materia grasa o aceite. En un momento van a empezar a largar agua y junto con ella esa manteca que se tomó en primera instancia. Salá con mesura. Cuando estén doraditos, dejalos reservados en caliente.

Saltá en la plancha la carne con su marinada hasta que esté dorada, salá a gusto y reservá caliente.

Ahora la polenta. La polenta es importantísima. Personalmente prefiero la polenta de verdad, sin precocer. Es más sencilla de manipular porque lleva varios minutos para que se cocine, así que también tenés menos chances de que se formen grumos. Para esta preparación se calculan 60 gramos por cabeza, con 450 ml de agua. Agua, leche o una mezcla de ambas, como quieras.

Si no tenés, o directamente preferís la polenta instantánea, lo que varía es la cantidad de líquido. Fijate las instrucciones del paquete, pero creo que cada 60 gramos de polenta, necesitás 270 mililitros de agua.

También vas a necesitar un puñado de queso rallado rico.

Prepará la polenta como hacés habitualmente e instantes antes de que esté lista sumá el queso y revolvé para que se integre y se funda.

De más está decirte que podés poner el agua a calentar cuando empezás a preparar el resto para no demorar tanto, o incluso hacer al revés y preparar la polenta primero y reservarla. Una vez que empezás con los fuegos es todo bastante rápido.

Serví sin demora y encima de ella serví los hongos y la carne de cerdo, con un hilo de oliva y pimentón dulce.

Esta receta salió un poco caótica, pero se hace fácil y es deliciosa así que compensa cualquier molestia.

Ya. Cocina con alegría y buen provecho!

Amalgamando es gerundio y es rico

Después de unos días de mucho pan y harinas y pastas y harinas, maticé con unas verduras.

Un tip dentro de un gran hilo con concejos de Narda en Twitter me dio el menú.

Así que bien, verdulería y trozo de cabutiá bien intenso, junto con unas zanahorias.

Olla con un dedo de agua, un palito de canela, el zapallo sin las semillas, untado con manteca y boca abajo, junto a las zanahorias partidas en cuartos longitudinales. Todo eso bien tapado y a fuego bajito durante 20 minutos o hasta que todo esté tierno. Retiré la verdura y la canela y vi que el líquido de cocción restante era una especie de caldo amarillento y mantecoso con un perfume delicioso.

No quería tirarlo. No me apetecía tomarlo. ¿Qué hacer? ¡Agregarle un puñado de chauchas (judías) verdes! Ocho minutos más.

Cuando las chauchas estuvieron tiernas (y enmantecadas!) aún quedaba un poco de líquido y ahí, como un relámpago, tuve la mejor idea de todo el mes de julio y probablemente de los últimos 6 meses: ¿y si dejo que ese líquido se consuma por completo?

Así que bien, tenía unos filetes delgados de pulpa de cerdo que pensaba hacer a la plancha, pero cuando ya prácticamente solo quedaba la manteca en la olla, puse la carne en ese jugo (debería haber hecho al revés y poner el caldo a reducir en la sartén de hierro, pero no me avivé hasta este minuto en que escribo… voy de a UNA idea brillante por vez). Un hilito mínimo de aceite de oliva ayudó a completar la cocción. Salieron dorados y caramelizados por la reducción de los azúcares naturales de ese caldo inicial y con un sabor, mezcla de las verduras, la carne y las reacciones de Maillard que volaba el copete. ¡Qué notable! ¡Qué nobleza en esos ingredientes sencillos pero cargados de potencial y sabor! ¡Preciosos todos!

Mientras la carne se cocinaba, hice un puré rústico con el zapallo y las zanahorias, con pizca de pimienta blanca, un buen pellizco de eneldo y un chorro de rico aceite de oliva.

Y ya. Un dulzor equilibrado sin usar nada de azúcar. Un solo cacharro sucio. Quien dice olla, dice sartén alto con tapa. Si es con fondo grueso, mejor, y si no, le ponés una tostadora de lata abajo. Un, dos, tres, fácil, fácil, requetefácil.

Cocina con alegría y buen provecho!

Pechugas a la plancha con pimienta larga y espinacas a la romana

Hoy hizo un gran día para cocinar.

Hice un par de preciosas hogazas de pan con centeno de una receta que estoy perfeccionando y que es material para otra entrada.

 

También probé un juguete nuevo que me regaló María Luisa: un jeringa para inocular paquidermos, o para inyectar líquidos y marinadas en carnes. A falta de elefante, inoculé unas pechugas de pollo.

Y experimenté con unas rarísimas (es la primera vez que las veo en el mercado local de especias) bayas de pimienta larga. La pimienta larga, emparentada con la pimienta negra, es una especie de espiga de unos 3 centímetros de largo y unos 4 milímetros de grosor que lleva pegadas las semillas, que a su vez también están pegadas entre sí. Se puede partir en trocitos y molerlos en un mortero, o si es lo suficientemente gruesa, puede rallarse como la nuez moscada. Tiene un aroma terroso, un picor más intenso y persistente que su prima, y es más amarga, con unas increíbles notas a nuez moscada. Leí por ahí que los griegos y romanos se piraban por ella y que incluso la preferían a la pimienta negra, cuyo valor llegaba a triplicar. En eso, al menos, la historia sigue inalterada: es cara como la gran puta.

 

Así que bien, comencé la autolisis anoche y elaboré el pan hoy a lo largo del día. Una tarea que siempre es satisfactoria.

También conseguí un precioso atado de espinacas que preparé en mi versión de las idem a la romana, y con ellas acompañé unas pechugas a la plancha, inyectadas con ron y condimentadas con pimienta larga recién molida.

Primero poné un puñadito de pasas de uva rubias a hidratar en un poco de ron durante unos 20 minutos o media hora.

Pasado ese tiempo se escurren y con una jeringa levantás el ron y lo vas inyectando en las pechugas de pollo que tendrás cortadas en filetones gruesos. Ese pollo inyectado también se deja marinando unos 20 minutos. Si no tenés una novia que te regale una jeringa de cocina podés conseguir por tres mangos una de las descartables en cualquier farmacia, no va a ser tan sencillo inyectar los líquidos (sobre todo si tienen trocitos en suspensión), pero vas a zafar. Pedile al farmacéutico una aguja más gordita que la que trae la jeringa.

La espinaca se lava, se le cortan los cabos más gruesos y se escurre bien. Ponés a calentar la plancha a fuego moderado y le agregás una buena cucharada de manteca. Una vez caliente se agrega la espinaca y se rehoga. Se sala apenas y se agregan las pasas escurridas. Cuando la humedad que sueltan las espinacas se haya evaporado casi en su totalidad se agrega un puñadito de semillas de girasol (o almendras o piñones o nueces) y se sigue saltando todo. Una vez que las espinacas están tiernas se retiran de la plancha y se reservan.

 

Sin limpiar la plancha se agrega un hilo de aceite de oliva y se colocan los filetes de pechuga. ¡Y los dejás quietos! No los toques, no los pinches, no los cortes, no los apretes, no los gires. ¡Dejá esas pechugas en paz! Vas a ver que la línea blanca de cocción de la carne va trepando desde la superficie de la plancha hacia arriba (Obvio! Hacia dónde más va a trepar?). Cuando sobrepase la mitad del grosor de la carne, la salás con moderación. Cuando llegue a dos tercios la das vuelta usando una pinza o espátula. NO. LAS. PINCHES. Quizá te lleve cuatro o cinco minutos.

Una vez dadas vuelta, salás nuevamente las pechugas y las espolvoreás con tu pimienta larga recién molida (o pimienta negra con un toque de nuez moscada funciona de maravillas). Con otros dos o tres minutos más deberían quedar perfectamente cocidas. En esta preparación la pimienta nunca entra en contacto directo con la plancha caliente, de esta manera la temperatura residual potencia su aroma, pero el calor extremo no la quema ni la deja amarga.

Sacá las pechugas de la plancha y dejalas reposar unos cuatro o cinco minutos sin pincharlas y sin cortarlas. ¡Que las dejes, te digo!

 

Poné la mesa, cortá un buen pedazo de rico pan fresco y llamá a la gente a comer.

 

¡Listo!

Es un plato extremadamente sencillo, con poquísimos ingredientes, pero que igual hará cantar a tu paladar con deleite. La combinación de la pimienta larga con el ron es extrañamente agradable; las notas de nuez moscada se entrelazan con el dulzor amargo del ron. Y digo extrañamente porque el maridaje se me ocurrió de chiripa. Sorprendentemente, resultó un golazo.

Y ya.
Cocina con alegría y buen provecho!

Puñadito y plancha

No tengo horno pero tengo plancha.

Receta: puñado, puñadito, puñadito y chorro. De harina, sal, levadura y agua. Amásese. Léudese dos veces. Estírese finito.

Resultado?

Pan a la plancha, edición especial sabor torta frita.

Entrada express, como el pan.

Cosas que tiene el mar.

Raviolones de ricota, queso azul y apio con salsa de nueces

Este Carnaval ha sido una real maravilla para mí. Oh, no. No vi una sola murga, una sola comparsa, no escuché un solo tamboril y ni me interesó ni un poco, ni por las dudas, ninguna letra de ningún cuplé, ni ninguna polémica que se pueda haber generado. A mí el Carnaval me la refanfinfla. Pero tuve libres lunes y martes y me las ingenié para tener también el sábado; sí, en mi trabajo tengo que usar el ingenio para lograr un día libre.

El jueves de tardecita llegó María Luisa, con quien compartí un largo fin de semana maravilloso, como un festejo de San Valentín, pero porque sí y de verdad. ¡Nos reímos! ¡Largas horas charlamos! ¡Nos amamos! ¡Recibimos amigos! ¡Dormimos! ¡Paseamos! ¡Conocimos lugares nuevos! ¡Y cocinamos! ¡Ou yeah! Cocinamos y nos partimos la boca 5 días corridos en una recorrida gastronómica maratónica que nos dejó redondeados y satisfechos.

De entre toda esa baraúnda de sabores, quiero compartir con vos una receta de pasta maravillosa (el adjetivo “maravillosa” podés colocarlo antes, al medio o después, que sirve igual):

receta de pasta maravillosa
maravillosa receta de pasta
receta maravillosa de pasta
receta de maravillosa pasta

¿Ve? Funciona perfecto. Como sea, es pasta rellena y eso significa que le va a llevar un par de horas. Es decir, necesita amor y (un poco de) paciencia.

Ingredientes:

Para la masa: 200 g de harina, 2 huevos, pizca de sal.

Para la salsa: 40 g de nueces, perejil picado al gusto (una o dos cucharadas), 40 g de aceite de oliva, agua de la cocción de la pasta.

Para el relleno: 350 g de ricota, 60 g de queso azul, 40 g de queso parmesano rallado, una rama mediana o dos finitas de apio gusto, una yema, pizca de sal, pizca de nuez moscada, 1/4 cucharadita de pimienta blanca en polvo.

Comenzamos con la masa. Clásica y sin misterios: mezcle todo en un bol y amase hasta integrar bien, antes de pasarla a la mesada y sobarla hasta que quede relativamente tierna, lisa y sedosa. La envuelve en un film y la deja descansar en la heladera durante una hora. Es del tamaño de un puño, una cantidad ridículamente pequeña de masa, pero que si la estira bien finita, tipo un milímetro, da para cuatro porciones generosas. ¡Eso es nobleza!

Mientras tanto vamos preparando el relleno y la salsa, que son sencillísimos. El relleno es tan complicado como rallar y mezclar los tres tipos de queso, el apio escaldado un minuto en agua hirviendo y picado finito, la yema de huevo, la sal, nuez moscada y la pimienta blanca en polvo. Revuelva todo hasta lograr algo parecido a una pasteta grumosa y reserve en la heladera.

La salsa es tres cuartos de lo mismo: tueste un par de minutos las nueces en una sartén seca y una vez frías píquelas finitas. Mézclelas con el aceite de oliva y el perejil bien picadito. Reserve para que se vayan integrando los sabores. Va a quedar seca y espesa, pero no se preocupe, porque luego se completa y aligera con un poco del agua salada de la cocción de la pasta.

La elaboración de los raviolones no tiene ciencia ninguna, que es lo bello de esta pasta. La forma se la das usté. Puede hacer los clásicos, con masa abajo y arriba con relleno al medio y cortado con onditas, cortar cuadrados de unos 4 o 5 cm de lado y luego hacer triángulos rellenos, o como en mi caso, que corté círculos y luegos usé un molde para empanadas de copetín. Es que con María Luisa nos encanta que la pasta rellena sea más relleno que pasta. Quedan unos raviolotes/empanadotas-reconvertidas que son un placer. Además de que hay que elaborar mucha menos cantidad. Los raviolitos que puede hacer en esos infames moldes de plástico de dos por dos son tentadores, pero uno enloquece colocando montoncitos homeopáticos en cada división y realmente nunca llega a saborear el relleno, perdido entre la masa y la salsa. Así que nada, hágame caso y pruebe de hacer ravioles grandotes y coma la pasta rellena con relleno como manda el MEV. Después me da las gracias, no se preocupe.

Los ravioles se cuecen en agua hirviendo con sal, a razón de 7 g de sal por cada litro de agua en una olla que preferentemente sea más alta que ancha. Meta los ravioles, que van a irse al fondo, y cuando floten espere un minuto o minuto y medio antes de sacarlos. La masa es finita, por lo que se va a cocinar rápidamente, pero el relleno tiene huevo y con ese minuto extra le da tiempo a calentarse y cocerse.

Luego de retirar la pasta del agua saque un cucharoncito de esa agua y aligere la salsa de nueces batiendo enérgicamente unos segundos.

Si tiene los platos calientes, mejor. Escancie un rico vino tinto. Sirva los raviolones sin tardanza, esparza la salsa de nueces por encima y pártase la boca. La combinación de sabores, sumada a los eventuales tropezones con algún cachito de apio o queso azul, hará que se estremezca de placer. El MEV quedará complacido, al igual que usted y por ósmosis todos sus seres queridos.

Raviolones de ricota, queso azul y apio con salsa de nueces

¡Ya!
¡Cocina con alegría y buen provecho!

Tarde de brioches

Entre los temas y recetas que me enseñaron durante mis breves estudios de panadería estaban los brioches. Durante mucho tiempo había oído hablar de esta factura francesa así que estaba ilusionado. El resultado fue decepcionante. Es decir, todo salió perfecto, la consistencia, el proceso de armado, el leudado y el producto final fue exactamente como me habían enseñado y como se ve en cualquier panadería que haga lo que en Uruguay se denominan “brioches combinadas”. Pero las que sufrieron fueron las expectativas. Era algo seco, de masa compacta y un sabor que no invitaba a nada.

¿Para esto jodían tanto con las brioches? Resulta que como tantas otras cosas, lo que acá se conoce como brioche (al menos todo lo que he probado), no tiene nada que ver con La Brioche. ¿Y por qué no tiene nada que ver? Porque le falta un ingrediente fundamental: manteca. La manteca es condición sine qua non para que la brioche sea brioche y no un mazacote incomible. Eso lo descubrí por accidente gracias a una serie de afortunados eventos, de cuyo resultado di con una receta tres fantastique.

1/2 kg de harina 0000
3 huevos
pizca de sal
125 cc de leche
125 g de manteca
15 g de levadura fresca (o 5 g de levadura instantánea)
80 g de azúcar
5 g de miel

Amasamos todos los ingredientes menos la manteca durante 10 o 15 minutos. El amasado es importante para lograr una buena elasticidad al final. Es un poco incómoda porque la masa es muy blanda y pegajosa, pero vale la pena. Se puede usar una harina más fuerte, 000 por ejemplo, que al tener más gluten reduce un poco el tiempo de amasado. Luego se agrega la manteca a punto pomada y se amasa por otros 10 minutos hasta incorporarla perfectamente.

Se hace una bola, se coloca en un bol amplio, se tapa el mismo con un film y se deja reposar en la heladera de 12 a 24 horas.

Al retirarla de la heladera la masa habrá ganado consistencia debido a la baja temperatura de la manteca y habrá aumentado su tamaño gracias al leudado lento.

Se pesa, se bolla (se arman pelotitas) y se vuelve a la heladera por otra media hora. Personalmente me gustan los bollos de unos 70 g, ya que dan mucho juego. Podés hacerlos en moldes para magdalenas de los grandes, estirarlos un poco y armar panes chatos de unos 10 cm de lado para armar sanguchitos, como un toro tipo donut, etc; es una cantidad de masa que permite disfrutarlos plenamente sin quedarse con las ganas, pero que no te satura ni te revienta el hígado a base de manteca. Nada, eso: 70 g.

Una vez fuera de la heladera, armamos las piezas de la forma deseada y dejamos leudar por 90 minutos. Yo trato de usar la menor cantidad posible de harina extra para el formado de las piezas. El calor de las manos funde la manteca rápidamente así que es aconsejable trabajar ligero. Polvorear un poco de harina en la mesada o en las manos es inevitable.

Transcurridos 60 minutos pintamos con doradura (huevo batido con una pizca de azúcar) y prendemos el horno a 200 ºC.

Los horneamos durante 15 minutos o hasta que adquieran un color marrón dorado profundo. No es que se quemen, es por la doradura de huevo. Si hacés panes planos, el tiempo será menor (quizá unos 12 minutos) y si hacés un roscón grande, de repente con pasas y nueces para glasear luego, el tiempo será más largo (quizá unos 20 minutos). En ese último caso quizá convenga bajar el horno a unos 180 ºC. Desmoldamos y las dejamos enfriar sobre una rejilla.

Sabés que el invento fue un éxito total si luego de que se enfríen quedan perfectamente elásticas: apretás un brioche con el dedo y vuelve a su posición original. Es mágico posta.

Todo cambia con la manteca. La consistencia es ligera, la textura es ligeramente untuosa, el perfume es agradablemente complejo y el sabor es parecido al de la miga del pan dulce, pero más suave y sutil.

El sabor es bastante neutro, lo que convierte a los brioches en un activo muy versátil. Podés usarlos para el desayuno o la merienda, con mermeladas o solos. Podés usarlos como base para un postre, con frutas salteadas y helado, o con sambayón, o una gradable combinación de todo. Podés usarlos como base para recetas saladas, para sanguchitos de carne braseada o verduras asadas. No lo he comprobado todavía, pero calculo que también irían como trompada con un salmón ahumado.

Vi varias recetas que varían ligeramente en cuanto a proporciones, así que los resultados serán más o menos similares. Algunas usan agua fría en lugar de leche. Otras también indican dejar para el final la incorporación de la levadura además de la manteca, pero no me convence.

Habitualmente la levadura se deja para el final para que el calor generado durante el amasado no la active, pero en una elaboración hogareña es más sencillo desmenuzarla con la harina y amasar todo junto. Si usás levadura seca es mejor disolverla en el líquido antes de incorporarlo. Además, cuando agregás la manteca el amasado se convierte en un literal chijete, así que sería más complicado incorporar la levadura de forma efectiva.

El sábado a la noche hice la masa y la refrigeré. Dieciséis horas después los resultados son los siguientes:

Las fotos dejan un poco que desear, pero no los resultados. Rellenas de alguna confitura de frutas quedan brutales. En este caso, de mango con azúcar rubio y un chorrito de jugo de limón.

A lo largo de esta entrada he escrito los y las brioches y no es un error. Son los brioches porque en definitiva son un tipo de pan. Pero son las brioches porque son demasiado buenas como para ser masculinas.

Ahí está. Cocina con alegría y buen provecho!

Love is in the air

Hace unos meses descubrí el fascinante proceso de la autolisis para la creación de pan, y poco después aprendí cómo incorporar el método obteniendo buenos resultados a la vez que vislumbraba la manera de generar una producción manual, pero continua. Es un proceso un poco largo, sin embargo: 6 horas.

Pero como decía antes, el pan es casi como una peregrinación: siempre estoy a la búsqueda de la baguette perfecta. Sin prisas, pero sin detenerme.  Esta vez di con un par de libros muy interesantes en donde se tratan en profundidad dos puntos capitales: el prefermento y la fermentación (leudado) de larga duración.

El prefermento (en diversas versiones llamadas poolish, esponja, masa madre, levain o iniciador), es un conjunto de mezclas de distintas proporciones de harina y agua con un añadido mínimo de levadura, o incluso con un cultivo de levaduras silvestres, que se prepara con bastante antelación a la factura del pan.  En algunos casos ese tiempo va desde un par de horas a varias semanas, y en el caso de la masa madre, mientras se vaya renovando periódicamente la cantidad de harina y agua, el prefermento puede durar indefinidamente.

La fermentación retardada, que los franceses llaman blocage, y que perfeccionó un chabón de apellido Gosselin, se logra enfriando la masa durante varias horas. Parece totalmente antiintuitivo, ya que lo primero que te enseñan es que la levadura se desarrolla óptimamente entre los 24 y 27 ºC. Pero lo que se busca es, justamente, aletargarla.  Sacarla de su punto óptimo para que demore. La demora permite que la magia se cuele en la masa y haga cosas asombrosamente mágicas.

El proceso completo es como una autolisis en cuotas.  Muchas cuotas.

El prefermento demora unas 13 horas a temperatura ambiente. El amasado, bollado y formado de las piezas lleva unas cinco horas en intervalos de una hora. Momento en que se pasan las piezas a la heladera durante aproximadamente 16 horas. Estas llegan al horno luego de atemperarse un poco, donde permanecerán otros 25 minutos o hasta lograr un color marrón dorado profundo, momento en el que Calvel y Gosselin se juntan con Maillard y el pan se transforma en una orgía de enzimas, proteínas, aminoácidos y compuestos complejos que se divierten sin pudor y sin tapujos.

El resultado es maravilloso, grandioso y supera con diferencia todo lo que había hecho hasta ahora en materia de pan.

Lo segundo que te encanta, es el color y la transformación final. Incluso la harina espolvoreada durante el proceso de formación de las piezas juega un papel.

Al sacar las piezas del horno llega la real prueba para tu temple, ya que tenés que dejarlas reposar y enfriarse durante horas para que se decanten vapores y sabores.  Cuatro horas mínimo, con un ideal de más de ocho horas de espera.

Luego viene lo tercero que te hace brillar los ojos de gozo. Cuando finalmente cortás la maravilla en la que has estado empeñándote durante el último día y medio: la miga y la textura. Bellísima.  Flexible y esponjosa, mucho más liviana que con la autolisis tradicional, con una elasticidad impresionante y un suave color.  Una vez más, tan aireada, que hasta las burbujas tienen burbujas.

Y no, no me equivoqué al contar. Lo último es el olor, pero también es lo primero, ya que se siente desde que va promediando la cocción. Te inunda de a poco como una marea y te transporta. El olor es complejo y desconcertantemente placentero. Un poco ácido, apenas, gracias al prefermento, con el suave dulzor de las frutas maduras; el sabor es igualmente complejo y fresco, casi cítrico al inicio, gracias a todos los compuestos que se desarrollan durante la larga interacción del agua con las proteínas y de las levaduras con los azúcares de la harina. Luego de un momento sabe dulce, naturalmente dulce, como el arroz integral cuando lo cocinás lentamente, y con un sorpresivo final apenas pungente, casi “capsicuminoso”.

¡Y el perfume que queda en la cocina! Cálido, amoroso, evocador de tiempos más simples donde todo estaba en su sitio y el mundo era un lugar de certezas agradables y definidas.

¿Qué son 35 horas para poder obtener esta pequeña maravilla? Un precio ridículamente bajo. Si la felicidad tuviera un aroma, una esencia, olería exactamente así.

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