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Redenciones esquivas.

Una serie y una película.

⇒ Vi la serie Cobra Kai, la continuación hecha por YouTube Red de la primera Karate Kid. Sí, la de Pat Morita con su lustrar y pulir. Los protagonistas son los mismos, 30 años después, en unos papeles que por momentos son gigantes. Los primeros dos capítulos están disponibles gratis en YouTube.

Es una serie preciosa en su concepción, fantásticamente realizada, con un desarrollo no por previsible menos interesante. Los estudiantes se metamorfosean y van definiendo sus caminos marciales. El final de temporada es angustiante, con apenas dulzura y mucho de amargo. Casi no hay redención. Eso es quizá lo más horrible. Prisioneros de sus decisiones, incluso de las que saben equivocadas, les es difícil dejarlas atrás, enmendarlas, dar un golpe de timón que los aparte del curso de colisión. Así que siguen, de dientes apretados, a veces sin siquiera saber qué pueden hacer para evitarlo. Es difícil escapar de lo que uno mismo construye.

Como leí hace mucho, mucho tiempo: las armas no tienen dueño, todas responden a la mano que las maneja.

⇒ La película es la alemana La Vida de los Otros (Das Leben der Anderen). Ambientada en la República Democrática Alemana de la guerra fría, nos mete en un mundo de miedo. Donde el Estado puede espiar a cualquiera, a todos, y lo hace. Son amos de la vida y la muerte, el bienestar y la miseria de sus ciudadanos. Los ideales chocan con los intereses. Es sencillo, desde el poder, tumbar a alguien que resulta molesto. Ni siquiera debe ser especialmente riesgoso para la Seguridad del Estado, si no tan solo porque tiene algo que quiere el poderoso o está con alguien a quien el poderoso desea.

Así nos asomamos a la vida del capitán Wiesler, encargado de buscar algo que comprometa a Georg, un dramaturgo fiel al regimen, pero en pareja con Christa-Maria a quien codicia un ministro.

La película es fascinante. También con metamorfosis excelentes. Aterradora en su ambientación. Edificante, trágica, esperanzadora. Es como viajar en un carrusel de emociones. Aquí también se mezcla lo dulce con lo amargo.

Pero a diferencia de la serie, la redención es como un bálsamo.

Educando al Soberano

¿Cuál es el punto de aprender algo que solo veremos en clase? ¿Por qué tengo que aprender estas cosas tan poco pragmáticas? ¿Por qué nos atiborran de cosas que no usaremos NUNCA en nuestra vida?

Parece una pregunta válida. Todos nos la hemos hecho, a nosotros mismos o a un docente, cuando nos enseñan algo que nos parece inútil. Buscar a mano un valor en la tabla de logaritmos y usarlo para calcular el coseno de un ángulo, escribir un ensayo sobre un personaje histórico, averiguar qué pasa cuando se mezcla óxido de hierro y polvo de aluminio y se le prende fuego y por qué, Pitágoras, cómo proyectar una sombra geométricamente, qué pasa si a un hidrocarburo del grupo alcano se le saca un átomo de hidrógeno; mi padre tiene una carpintería, por qué carajos tengo que aprender a integrar el área debajo de una curva, o conocer el límite de [1/(x^2-9)] cuando x tiende a 3; si voy a dedicarme a la ingeniería, qué me importan las bobadas que decía Cicerón sobre que nadie en su sano juicio busca el dolor, etc.

Hay infinidad de información descontextualizada, fórmulas, teorías, datos que aprendemos durante nuestra escolarización que a priori parecen carecer de cualquier tipo de utilidad práctica. Nos quejamos, protestamos, nos resistimos, ignoramos los ejercicios hasta que eventualmente nos resignamos y con un poco de voluntad y cabeza, sale. He escuchado la pregunta incluso planteada en debates públicos sobre educación (y su posible reforma). He visto docentes y padres quedarse mudos y sin argumentos ante esta pregunta. El porque sí y el porque yo lo digo no son respuestas válidas. ¿Por qué aprender algo que a todas luces es tan inútil?

Neil deGrasse Tyson, uno de nuestros predicadores preferidos, tiene la respuesta más fantástica y espectacular a este dilema. La respuesta es: porque tu cerebro.

DeGrasse lo plantea de forma muy sencilla. El problema es irrelevante, la importancia de la enseñanza en sí puede llegar a ser más que secundaria. Lo importante, relevante y fundamental es que el ACTO de aprender cómo hacer la matemática para RESOLVER ese problema (o cómo asociar la información para deducir qué reacciones químicas tienen lugar, o el proceso que sea que te lleve a buscar y encontrar la solución de ese problema intrascendente) cablea o re-cablea las conexiones en tu cerebro. Se establece una “circuitería” cuyo cometido ES RESOLVER problemas.

Así que en realidad no se trata de lo que aprendés, dice deGrasse, sino  de qué métodos, herramientas y estrategias DESARROLLÁS para poder ser capaz de resolver esos problemas que se te plantean. Entonces, si bien es cierto que quizá no vuelvas a ver ese problema en tu vida, vas a encontrarte con OTROS problemas para cuya resolución vas a necestiar esos métodos, tácticas y herramientas que aprendiste antes.

Lo mismo puede aplicarse a la escritura de un ensayo o tesis. El personaje, hecho histórico o tema sobre el que escribas es accesorio. Lo IMPORTANTE es lo que HACÉS para estructurar tu investigación, cómo armás las oraciones, tu elección de las palabras, la forma en que COMUNICÁS UNA IDEA y sobre todo cómo desarrollás TUS PROPIAS IDEAS sobre ideas previas ya conocidas.

Ese es el valor de la educación, finaliza de Grasse: no la información que se vierte en tu cabeza, sino qué tan bien equipado quedás para poder explorar el mundo por tu cuenta.

Caída libre

Hay algo fascinante en un objeto que cae.

En ese momento de equilibrio precario todo puede suceder. En ese momento que vos elegís como de incertidumbre, se condensan vidas y mundos. Vos sabés que va a caer, pero preferís pensar que a lo mejor no, que quizá se mantenga, que tal vez vuelva a su lugar de reposo. En tu mente las posibilidades engendran universos enteros donde el resultado es otro.

Pero no en este universo. El objeto cae y vos lo estás mirando. Con fijeza y sin parpadear. Casi adivinás las fuerzas que intervienen, que se lo disputan como amantes celosas tironeando de él. Ves el balanceo imperceptible y captás el momento exacto, majestuoso, en cámara lenta, en que el equilibrio finalmente se pierde. Contenés el aliento mientras te atrapa una inmovilidad marmórea, pero por dentro gritás lleno de gozo y adrenalina. No importa si lo que cae es algo diminuto o tan enorme como un glaciar, ese instante siempre es grandioso. Cuando la velocidad deja de ser cero para volverse grávida y el objeto se rinde. Se rinde y acelera más y más y más. Parece que no fuera a detenerse jamás. Sin parar, sin llegar a la velocidad terminal pero no por ello menos infinita.

Un objeto que cae tiene la fascinación de la irrevocabilidad.

Banda de sonido: Pretender, de Foo Fighters (en loop)

Pasa en la vida

Cuando logro cocinar algo y finalmente el resultado se ajusta EXACTAMENTE a lo que tenía en mente, en el alma, a la hora de comenzar, no puedo evitar empezar a los gritos y a las risas.

Como Al Pacino en Frankie y Johnny, pero con un plato de tallarines en lugar de Michelle Pfeiffer.

Por suerte eso se da raramente, lo que es una suerte. Sería horrible empañar semejante placer con la costumbre.

Un poco de ciencia…

…para terminar este 2016 como corresponde: con una explosión.

En realidad no es una explosión-explosión, con reacciones químicas y tal, sino una liberación repentina de energía mecánica latente (debido al stress de los materiales).

El video explora un objeto fascinante: Una Gota del Príncipe Ruperto.  Se le llama así a un gran gota de vidrio candente que es enfriada rápidamente en agua.

La cabeza de la gota es increíblemente dura y resistente, capaz no solo de soportar un disparo a quemarropa, sino de destruir la bala.  Pero si se fractura la cola, más delgada e infinitamente más frágil, se produce una reacción en cadena que literalmente hace estallar la gota entera.

Cuando el vidrio toma contacto con el agua, su superficie se solidifica al instante, mientras el interior sigue incandescente.  Cuando se va enfriando progresivamente, el interior intenta contraerse, pero el vidrio del exterior ya está sólido, por lo que su estructura se comprime (lo que le da su impresionante resistencia).  Al no poder contraer el exterior solidificado, el interior tira de sí mismo, enfriándose en esa posición de extrema tensión interna.  Cuando uno de los “eslabones” de esa cadena en tensión se rompe, la energía liberada hace explotar el resto.

El chabón de SmarterEveryDay ha capturado esta maravilla a 130’000 (sí, ciento treinta mil!) cuadros por segundo.

Imaginar que la PRD es el 2016, es bastante satisfactorio.  ¡Morite, 2016, año de mierda hijo de una gran puta!

Y como dijo Wolfgang Bogdanow: Happy Fucking New Year!

El nuevo Nuevo Testamento

Dios vive en Bruselas (esto es nuevo), es un imbécil (ya lo sabíamos) y siempre hay un Kevin (lo sospechábamos).

Quiero ver esta peli.