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Gente de maíz. Gente de petróleo.

Conocí el nombre de Michael Pollan gracias a una excelente serie documental de Netflix llamada Cooked.  Pollan es un escritor estadounidense (y activista y periodista y profesor) que ha publicado algunos libros sobre la comida (en uno de los cuales se basa la serie).  Cómo la conseguimos, cómo la combinamos con otros elementos, cómo la cocinamos y cómo la comemos. Es realmente fascinante.

Hace unos días, María Luisa cayó en casa con uno de sus libros de regalo. Se llama El Dilema del Omnívoro y por un momento temí que se arrepintiera, porque estaba tan entusiasmada con la lectura que pensé que iba a llevárselo a su casa sin dejarme tan siquiera abrirlo.

El libro se construye sobre la pregunta, engañosamente simple, de “¿qué vamos a comer hoy?” y se divide en tres secciones bien diferenciadas: producción industrial de comida, producción ecológica de comida, y el proyecto del autor de preparar una comida de la que él con sus propias manos ha conseguido todos los ingredientes. En este último capítulo arma una intensa discusión consigo mismo, explorando la muerte de los animales para consumo y los dilemas sociales, filosóficos y morales de los omnívoros (carnívoros) y los vegetarianos.

Estoy promediando la primera parte, que trata sobre la producción de alimentos a nivel industrial en EE.UU., país por excelencia en estas cuestiones.  Al igual que me pasó con Historia de los bombardeos, me siento por  igual aterrado y asqueado.

El maíz es un producto de la humanidad.  Librado a sus propios medios no podría sobrevivir, ya que perdió su capacidad de reproducirse a sí mismo cuando nosotros lo domesticamos.  El maíz es uno de los cereales de mayor rendimiento por lejos.  Un grano de maíz puede dar otros 150 a 200 granos, frente al trigo, por ejemplo, que por cada grano produce unos 30 o 40.  A su vez, nosotros somos un producto del maíz. Medramos gracias a él y dependemos de él, sobre todo los yankis y gran parte del mundo industrializado.  Más que del trigo, aunque es este cereal el que suele estar en el imaginario colectivo. El maíz depende del petróleo.  El maíz ES petróleo. Y no imaginarías todo lo que de él depende.

Pollan nos lleva de la mano por un camino plagado de horrores.  Nos cuenta cómo EEUU y gran parte del mundo, pasó de una agricultura sustentable, basada en rotaciones de cultivos, al monocultivo intensivo de unas pocas especies vegetales: básicamente maíz y soja, o incluso solo maíz. Nos cuenta de cómo un chabón llamado Fritz Haber, en 1909 descubre una manera revolucionaria de producir amoníaco (cuya base es el nitrógeno) y con él, nitrato de amonio. Nos cuenta de cómo los excedentes del nitrato de amonio usado para hacer explosivos al final de la Segunda Guerra Mundial sentaron las bases de la gigantesca industria de los fertilizantes químicos.  De cómo esos fertilizantes químicos por un lado desintegraron la agricultura sustentable, ya que el maíz de las granjas estaba asociado con otros cultivos, que nutrían la tierra y alimentaban al ganado, cuyos desechos orgánicos luego alimentaban una vez más, al cultivo. Los fertilizantes químicos permitieron que los agricultores pudieran sembrar enormes superficies de maíz, en densidades pocos años antes imposibles de imaginar, y se desconectaran totalmente de las rotaciones y la dependencia a la fertilización natural.  Claro que el proceso de obtención de los fertilizantes químicos consume cantidades gigantescas de energía, es decir, petróleo, sus derivados y gas.  Es decir que el maíz se sustenta en combustibles fósiles, en lugar de hacerlo en el sol, renovable y gratuito, pero lento.  Y como la producción de maíz se disparó, entonces el precio del maíz se fue a pique, lo que motivó la intervención del Tío Sam, que antes hacía préstamos, pero que luego pasó directamente a subsidiar a los granjeros.  Así que si lo que producían no valía nada, el gobierno los cubría, por lo que siguieron produciendo, y siguen, cada vez más, creando unos excedentes cada vez mayores y disparatados, con precios cada vez más ridículos, lo que los lleva a plantar más superficie para llegar con los números.  Sumado a esto, tenemos el hecho cierto de que prácticamente todos los productores fertilizan en demasía.  Ese fertilizante que no aprovechan las plantas es arrastrado por las lluvias hasta los ríos, alterando las condiciones ambientales, o encuentran su camino hasta las capas freáticas, donde está el agua que tomamos.  Es una espiral descendente, ya lo dije, aterradora.

El ganado se alimentaba de pasturas, pero las pasturas se cambiaron por maíz, así que el ganado se fue de las granjas.  Se fue a feedlots, corrales de engorde, en donde son alimentados con… maíz.  Hay que hacer algo con todo ese maíz, ¿no? El problema es que el ganado está diseñado para comer hierba, no maíz, así que al comer maíz, enferma, por lo que hay que darle antibióticos, y sumplementos proteínicos, y hormonas…

El ganado sigue teniendo desechos, pero como ya no está en las granjas, nadie necesita el estiércol, por lo que se acumula.  Y de todos modos no podría ser utilizado como fertilizante, porque está contaminado con hormonas y antibióticos y un montón de bacterias que cuando el ganado comía pasto no eran problema, pero que ahora sí lo son, razón por la que le dan antibióticos.  Así que el ganado come maíz, que es petróleo.  Así que la carne también es petróleo… junto con otro montón gigante de mierdas, entre la que están los restos de antibióticos, que también pasan a nosotros y son un riesgo potencial para la salud humana a largo plazo, ya que bajas dosis de antibióticos, crean resistencia bacteriana.

Y el maíz, además de alimentar al gando va al resto de la industria alimentaria: harina de maíz, claro, pero también las hojuelas del desayuno, el almidón de maíz, el jarabe de maíz de alta fructosa, la maltodextrosa, la goma xantana, los espesantes de alimentos, varios ácidos orgánicos, el aceite, los alcoholes que sirven tanto para elaborar bebidas, como para manufacturar combustibles que hacer funcionar vehículos, adhitivos varios y hasta plástico.  Porque descubrieron que si al maíz lo tenés unos días en ácido y luego lo molés, podés sacar el germen para aceite, la cáscara para suplementos vitamínicos y colorantes, y el gigantesco endospermo, puro almidón, para usarlo en un montón ENORME de otras cosas.  Ese almidón, formado por largas cadenas complejas de carbohidratos, luego de algunos procesos específicos, se puede romper en decenas y DECENAS, de otros compuestos. Muchos de esos compuestos, incluso mezclados entre sí, forman parte de mucha de la comida procesada.  Cuanto más procesada, más subproductos del maíz tendrá y menos reconocibles como tales serán.  Además, para lograr esos subproductos también son necesarias cantidades gigantescas de energía.  Por cada caloría de alimento que se produce, se necesitan unas 19 de energía.  Habitualmente esa energía también es petróleo.

Es un espanto, pero también es fascinante.  La pluma de Pollan es brillante.  Hila ideas, concatena procesos, desmenuza causas y efectos en una lectura que es tanto atrapante como un manifiesto a nuestra locura como especie, ya que al hacernos dependientes de un solo cultivo (maíz o soja es indistinto a estas alturas), que a su vez depende de combustibles fósiles, estamos abocados a un aterrizaje estrepitoso.  Liquidamos la diversidad, los ciclos naturales, el equilibrio ecológico, nuestra salud y sustentamos la potencial sobrevivencia de nuestra especie a un recurso escaso que, irónicamente, no es sustentable.  Porque esa sobre o super abundancia de alimentos, o materias primas, permitió que la población mundial explotara.  ¿Qué pasará cuando los combustibles fósiles que son las bases sobre las que asienta la producción mundial de alimentos, se agote? Una locura que fue propiciada por políticas públicas para favorecer a un puñado, un mero puñado, de corporaciones cuyo único interés es mantener y aumentar continuamente sus dividendos inmediatos.  Incluso si con eso nos vamos todos al carajo, ellos incluidos.

Somos unos imbéciles.  Y el mayor problema que tenemos, además de nuestra atronadora deficiencia mental como especie, es que somos un montón de personas en el mundo.  No me canso de repetirlo.  Nuestro “éxito” como especie es nuestra mayor debilidad.  La naturaleza tiene mecanismos para controlar la población de las especies que habitan en el planeta.  Si alguna se dispara, el método de control más efectivo es cuando la fuente de alimento que sustenta a esa especie se agota, o baja a límites mínimos. La población descontrolada se desploma y todo vuelve a encarrilarse… más o menos.  Pero nosotros no tenemos esa limitante, hasta ahora.  Los fertilizantes químicos han propiciado una producción casi ilimitada de alimentos, lo que ha permitido una explosión demográfica inaudita e imposible en condiciones normales.

Somos como un virus letal que en su paroxismo reproductivo mata al huésped en el que vive.

Las respuestas a tantas preguntas… 13000 años después

Estoy fascinado y asombrado. Y sorprendido.  Y hasta con un poquito de amargura; o quizás sería mejor decir con un sentimiento ligeramente amargo.

Terminé de leer el increíble libro Armas, Gérmenes y Acero, de Jared Diamond.  Es un libro de investigación histórica, pero ese tronco se ramifica con amplitud para generar interrogantes y buscar respuestas en otras ciencias, tales como la genética, la antropología, la datación por carbono 14, etc.

En él se plantean muchas preguntas gigantes, tales como:  ¿Cómo surgieron las civilizaciones?  ¿Cómo pasaron los cazadores-recolectores de la antigüedad prehistórica, a los cultivadores-ganaderos-guerreros-fundadores de imperios?  ¿Por qué fue Europa la que conquistó y masacró a los pobladores de América y no a la inversa?  ¿Por qué, si China estuvo tantos siglos a la vanguardia tecnológica, no fue esa gente la que desembarcó primero en las costas occidentales de América?  ¿Cómo es posible que los exploradores Europeos del siglo XVIII hayan encontrado, al arribar a los archipiélagos e islas de Oceanía, sociedades que todavían estaban en una etapa evolutiva casi calcada del paleolítico? Fijate que los Europeos llegaron con sus armas de fuego, para encontrarse con pueblos dispersos que usaban útiles de piedra sin pulir, talladas.  Cinco mil años de atraso relativo, por lo menos.  ¿Por qué las enfermedades diezmaron el 95% de la población indígena de América en poco menos de 200 años a partir de la llegada de los primeros exploradores?  ¿Eran esos pobladores originales más débiles?  ¿Eran biológicamente “defectuosos”?  ¿Eran mejores, en cuanto a capacidades, los conquistadores? ¿Más inteligentes? ¿Mejores?  ¿Por qué si el Hombre anatómicamente moderno surgió en África, fue el conjunto de Eurasia quien evolucionó más rápidamente?  ¿Por qué el trigo, por ejemplo, tras pocos siglos podía encontrarse tanto en lo que hoy es Francia, Oriente Medio y China, separados cada uno de ellos más de 7000 kilómetros, mientras que el maíz originario del actual México demoró miles de años en llegar a lo que hoy es California, a poco más de 1200 kilómetros?

En este último caso, para citar un ejemplo, el proceso descrito es fascinante.  Los ejes continentales son determinantes.  Eurasia corre de este a oeste, lo que quiere decir que de un lugar a otro separado 10’000 kilómetros, es probable que la latitud sea muy similar, por lo que los climas en general en ambos lugares serán similares, por lo que un cultivo aquí, podrá adaptarse allí sin problemas.  Es decir, la propagación es rápida y natural; por eso un cultivo puede encontrarse en Francia, en Jordania y en China casi sin cambios y en lo que demora en llegar la semilla de un lugar a otro.  América, en cambio, tiene un eje de norte a sur, y esto también es determinante.  El maíz, uno de los pocos granos autóctonos del continente, crece de una manera en el Yucatán, pero 1000 kilómetros al norte el clima y el terreno cambian radicalmente, y mil kilómetros más al norte, las condiciones ambientales y el clima vuelven a cambiar.  Una planta de maíz aclimatada a Yucatán no puede crecer de igual manera, o hacerlo en lo absoluto cerca de Canadá.  La propagación es lenta; tan lenta como el tiempo que le lleve a los cultivadores (de varios miles de años atrás) dar con las cepas resistentes a cada variación del clima, volver a cultivarlas y poder sacar la simiente de las próximas generaciones.  Además, las zonas de influencia de las principales culturas de América tenían serios problemas para mezclarse.  La selva amazónica separa al centro del sur, mientras que el desierto de Chihuahua separa el centro del norte.  Eso no solo complica de manera increíble la aclimatación y propagación de cultivos, sino que también dificulta los intercambios culturales: no pueden intercambiarse herramientas, ganados, conocimientos o las técnicas que de ellos se derivan.  Fiajte que los mayas usaban la rueda solo en algunos juguetes para niños… no tenían animales de tiro!  Eran los incas quienes tenían lo más parecido a un animal de tiro, la llama.  Cada cultura en América estaba prácticamente aislada de las demás, los recursos y medios estaban muy delimitados y eso resintió su progreso, su tecnología, su comercio y casi todas las facetas de la vida.

Preguntas!  Armas, Gérmenes y Acero plantea decenas de preguntas!  Preguntas que marean por lo enorme de sus implicaciones.

Y luego explora las posibles respuestas de una manera asombrosamente clara.  Las causas primordiales, que llevaron de una cosa a otra pueden resumirse, a nuestro nivel, con un lacónico: pura suerte, chabón.

En fin, en la poco autorizada y totalmente subjetiva escala de valores de 42, Armas, Gérmenes y Acero se lleva un 9 rotundo, por los conceptos manejados y la forma de hacerlo y por cómo está escrito, que es un placer.  Hay capítulos de los que sencillamente no podés desprenderte.

Lo dejo para descarga:
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La contra es Pompozo

Entre la pala y el átomo

Estoy leyendo un libro llamado “Voces de Chernobil”.  Escrito por la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich y publicado en 1997, da testimonio de algunos sobrevivientes (al menos hasta el momento de escribir el libro) del horror de Chernobil, la central nuclear que estalló en 1986 en Ucrania, muy cerca de la frontera con Bielorrusia.  Este país sufrió una tragedia sin parangón, una catástrofe que tiene un punto de inicio pero sigue hasta ahora.

Es muy difícil escribir una reseña, o tratar de explicar lo que encontrás desde el momento en que empezás a leer.  El mundo no estaba preparado, la Unión Soviética no estaba preparada, los científicos no estaban preparados, y mucho menos las personas comunes.

Bielorrusia tenía gran parte de su población en el medio rural.  Una población anclada en el tiempo, casi ignorante, inmersa en la cultura de su época, la época del Soviet Supremo y el secretismo de la Guerra Fría.

¿Cómo explicar?  ¿Cómo entender?  Uno podía entender las balas y las bombas, muchos tenían en la memoria la Guerra contra los nazis, ¿pero qué es eso de la radiación?  ¿Cómo que la central nuclear explotó?  Pero el gobierno dice que todo está bien, que la situación está controlada…  y sin embargo los charcos de agua están amarillos,  los campos negros y los bosques grises.  ¿Fue un ataque terrorista?  No, solo una prueba que salió mal.  Un incendio nada más.  Muchos operarios de la central trabajaban allí durante el día y luego iban a atender su granja, o a cosechar las papas en la granja de su madre, pala en mano.

¿Podés imaginarlo? Niños jugando con el fuego de los dioses.

¿Te acordás de ese pequeño cuento de Asimov?  El de los extraterrestres que detectan que en nuestro planeta están experimentando con el átomo.  Se llama “Asnos Estúpidos“.

Pero volviendo al libro, las preguntas se suceden.  Los pobladores están atónitos.  No entienden nada.  Los responsables hablan de heroísmo, la defensa de la patria, y se arenga a los voluntarios y a los pobladores.  Pero no hay información.  ¿Cómo lidiar con la radiación?  ¿Cómo se usa el yodo? ¿Qué puede comerse y qué no?  Nadie podía dar las respuestas.  O nadie estaba dispuesto a darlas.

¿Cómo abandonar tu casa con solo lo puesto?  ¡Está la siembra de primavera por hacer!  Ese lugar, entre el bosque, donde viviste toda tu vida, y tus padres antes que vos, y sus padres antes de ellos es tu mundo.  Poco te importan Gorbachov, el Partido, o la central nuclear.  Vos sos un campesino que trata de hacer su vida lo mejor que puede y que solo aspira a no ser molestado en demasía.  ¿Cómo que no pueden quedarse en sus casas?  Pero si la evacuación era solo por tres días, ¿cómo que no podemos volver a nuestra casa nunca más?

Pero si no estoy cerca de la central.  ¡Estoy a más de 30 kilómetros!  ¿Cómo va a afectarme lo que suceda tan lejos?
Vienen los soldados y dicen que hay que sacar la capa superior de tierra y enterrarla; no podés tomar la leche, ni comer ninguna legumbre, porque justo esos dos alimentos concentran la radiación.  No podés comer las conservas, porque el metal de las tapas concentran la radiación.  Los niños no pueden jugar en la arena porque el polvo está cargado del grafito y otras partículas altamente radiactivas que expulsó la explosión.  No podés andar por el campo, justo el lugar donde vivís, porque las plantas concentran la radiación.  No podés.

Pero los informes de la tele y la radio dicen que está todo bajo control.  Están los solados con los blindados.  ¡Venceremos!

Pocos días después del impacto inicial, la zona parecía prístina e impoluta, de una belleza arrobadora. ¿Qué puede estar mal? Cesio, Estroncio, radionucleidos, radiaciones ionizantes, cháchara incomprensible… ¡pero el Diablo sabe lo que significa!

Solo muy lentamente la verdad fue haciéndose un hueco.  De a poco fue llegando la información, tan lentamente. Más lentamente que la muerte y la enfermedad.

Y el libro te lleva, por ese camino de horror y tristeza e impotencia.  Te dan ganas de llorar y arrancarte los pelos y zamarrear a alguien.  La conmoción, la incomprensión, el desarraigo, el dolor, la ignorancia, la sensación de haber sido traicionados, la resignación.

Pesadillas que no ha podido escribir Stephen King.  Delirios reales y mágicos que no pudo lograr Bradbury.  La realidad supera cualquier ficción.  Chernobil moldeó una nueva realidad demasiado rápido.  Marcó un punto de inflexión feroz.  Nadie la esperaba, nadie la había imaginado y por eso nadie estaba preparado.

Si te interesa saber de Chernobil y te da por buscar en la Wikipedia, por ejemplo, hacelo antes de empezar a leer el libro.  Porque luego el largo artículo de la wiki te va a parecer frío y vacio y falso.  Una construcción precaria, una cáscara llena de estadísticas y datos oficiales y políticamente correctos.

“Voces de Chernobil” es bello.  Es un libro hermosísimo a pesar de todo y con una dulzura que traspasa el alma.  Quizás por esa idiosincracia eslava, que tiene la poesía y el fatalismo a partes iguales corriendo por las venas. No por nada su autora ganó el Premio Nobel este año.

Es un testimonio que no puede pasar desapercibido, porque no tenemos que olvidar.  Nadie debería olvidar el horror.

Cuando pienso que el vecino tiene no uno, sino dos de esos ingenios infernales apenas cruzando el río, a apenas 73 km de distancia de la frontera y a menos de 140 km de mi casa, no puedo evitar los chuchos de frío.

Te lo dejo para descargar.  Un formato MOBI (para Kindle) dentro de un RAR.

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La seña es Pompozo

Síganme los buenos!

Terminé de leer el primero de los dos tomos de Caudillos, del profesor y periodista Lincoln Raúl Maiztegui Casas.  Es un libro escrito en un estilo sencillo y ameno, que da breves biografías de 20 de los personajes históricos más influyentes de nuestra Historia Nacional.

Me resultó francamente apasionante. El autor muestra lo bueno y lo malo, lo mezquino y lo heroico, valorando sin juzgar y muchas veces contextualizando las decisiones tomadas por estos caudillos, para darnos una dimensión de las presiones y realidades en que estaban inmersos.  Fuera gente de armas o intelectuales, propios o ajenos, resultaron hombres y mujeres clave, que dieron forma a nuestra pequeña nación y fueron seguidos por amplios sectores de la población.  Modelaron un país pequeño que supo desafiar, y vencer… o casi vencer a los ponchazos, a los grandes imperios y potencias de la época: España, Portugal, el leopardo inglés, y a los brasileros y los porteños también.  Y luego, casi desgarrado por luchas internas en varias guerras civiles.  Una historia breve en el tiempo, pero turbulenta y fascinante.

Me gusta mucho el estilo del profesor Maiztegui.  Sin ambagues, sin rebusques, directo y hasta con alguna ocasional puteada.  Creo que es un libro muy útil para entender y conocer a personajes muchas veces ignorados y a veces ni siquiera nombrados en las clases de Historia que recibimos siendo estudiantes.

Esas clases de Historia, recibidas en primaria y secundaria, nos dejan con huecos difíciles de llenar.  Están muy detalladas las circunstancias que llevaron a nuestra independencia, pero son muy parcas a la hora de contarnos lo que pasó después; las divisiones y guerras de divisas, por lo que ciertas batallas y sucesos que se nombran en el libro nos dejan incógnitas que dificultan ubicar a los caudillos nombrados.

Con todo y a pesar de las carencias en cuanto a conocimientos que se pueda tener, el libro es un documento fenomenal.

Espero conseguir el segundo tomo, y quizás también los cinco que componen la obra Orientales, que recorre toda nuestra historia, desde el principio de La Banda Oriental, hasta el primer triunfo de la izquierda en 2005.

Todo llega…

Este es el primer libro impreso que he leído del cual conozco personalmente a la autora, así que voy a presumir un poco y a hablar brevemente de ella antes de pasar al libro. En parte por presumir, pero sobre todo porque los dos son fascinantes.

Conocí a Ana Luisa Valdés hace poco más de dos años y medio, de manera accidental y poco ortodoxa.  En realidad el primer contacto que tuve con ella fue cuando me cagó a pedos (a mí y a otras personas) mientras decíamos boludeces y nos divertíamos como niños en una lista de correos.  Algunos se enojaron mucho con eso… porque quién se piensa que es esta mina para llamarnos la atención de esta manera?  Pero bueno, tampoco era para tanto; a mí, que aprendí mi primera y torpe esgrima a principios de los 2000 en un par de grupos de noticias y que pronto también aprendería que esa esgrima (e inquina) no sirve de nada, me dejó indiferente.  Todo hubiera quedado en esa nada si no hubiera sido por Alice.  Finalmente fue gracias a mi María Luisa, a quién también conocí en esa lista, que entablamos un diálogo más normal con Ana Luisa, que devino en un acercamiento paulatino y en un relacionamiento fluido, cordial, y ampliamente positivo y constructivo.

Lo primero que me impactó cuando entré por primera vez en su casa, fueron los libros; cada pared disponible estaba cubierta de estanterías llenas de libros, de piso a techo y en tres capas de profunidad, más pilas y estantes aislados que cubrían cada centímetro disponible; en inglés, español, alemán, sueco, francés; de Historia a Arte (todas ellas), pasando por política y cocina y ficciones y Economía.  Su biblioteca de referencia es abrumadora.  Lo segundo fue su amplio conocimiento, quizás decir erudición sería apropiado, sobre casi cualquier tema que se te ocurra; no es pedante y no te lo refriega, pero es parte de ella y se trasluce y aflora en cualquier conversación, enriqueciéndola, expandiendo horizontes, relacionando aconteceres y personas que a primera vista parecen inconexos.  Lo tercero fue su cocina; habiendo vivido tantos años en Europa y habiendo viajado tanto por tantos países y culturas, su gusto y conocimiento de los sabores y la especias es maravilloso; eso sí, por favor no le ofrezcas guiso de lentejas, ni, por el MEV bendito, pirón; no importa lo delicioso que creas prepararlo, no lo hagas.

Es difícil describirla.  Anarquista. Tupamara. Presa de nuestra dictadura.  Exiliada. Antropóloga.  Políglota.  Humanista. Activista.  Escritora.  Conversadora prolífica. Fantástica compañera de mesa.  Expansiva.  Generosa.  Aguda crítica.

Sus vivencias, algunas de las cuales ha compartido con nosotros mano a mano, van de lo trivial a lo trágico; en sus viajes ha conocido a algunos personajes clave de nuestra historia moderna y ha participado en acontecimientos no menos importantes como protagonista.  Su forma de relatar, y siempre tiene un relato en su vasto bagaje, magnetiza y maravilla, mientras te lleva de las risas a un horror profundo que ninguna ficción puede igualar.  Sin embargo la sensación es rara, porque hace de su relato algo casi lúdico, en su diálogo suaviza sus tristezas y dolores y los hace casi amenos para quienes no los hemos vivido, dejándonos entrever los monstruos, pero sin echarnos a la misma jaula.  Incluso cuando relata los extremos de depravación a los que llegan los hombres y mujeres que sumen en el dolor a sus semejantes, busca hacerlo sin odios ni rencores, casi con distancia y hasta con una pizca de humor.

No sé. Me falta empatía y vivencias y experiencia para poder explicar esto cabalmente, y me apena no ser capaz de transmitirlo como se merece.

Ayer me topé con su último libro, llamado Su tiempo llegará, en una de las librerías de la terminal de Tres Cruces.  Casi había desistido de encontrar algo y estaba por irme cuando vi su nombre de refilón.

El libro es bellísimo.  Entre sus páginas se encuentra una Ana Luisa que cobra nuevas dimensiones.  Siempre humana, sin rencores pero crítica, tiene una profundidad que por momentos quita el aliento, que matiza con imágenes poderosas y muy, muy hermosas.

En Su tiempo llegará, Ana Luisa cuenta su vida, en parte, pero según sus propias palabras no es una autobiografía.  Es un testimonio, pero también ficción y memoria imperfecta, tanto personal como colectiva, que se ve enmarcada y engloba una época oscura y trágica de nuestra Historia; un baile atroz en donde no pudo evitar bailar con la más fea, pero que llevó con toda la gracia y rebeldía de que era capaz. También encontramos su mirada y voluntad puesta en esa otra tierra torturada y oprimida que es Palestina, cuya historia traza extraños paralelismos.

Para quienes no conozcan a Ana Luisa, o para quienes no la conocemos tanto, es imposible decir o decidir qué partes son ficción.  Sí intuimos, en cambio, que las partes que más nos gustarían que fueran inventadas, son dolorosamente reales.

Si tenés la oportunidad, no te pierdas este libro. No vas a arrepentirte. No es un libro sobre política.  Es inevitable encontrarla en un libro que habla de las vivencias de una activista y militante de izquierda, pero no hay proselitismo, no hay superioridad, ni pregón. Solo Humanidad.  Esa es la palabra que estás buscando.

Nuevo viaje: 1914

Resulta cómodo encogerse de hombros y decir que la Gran Guerra fue inevitable; pero se trata de una conclusión peligrosa, y más teniendo en cuenta que nuestro mundo se asemeja en algunos aspectos, aunque no en todos, al de los años previos a 1914, es decir, al mundo que fue barrido por la guerra. El de hoy se enfrenta a desafíos similares, de orden revolucionario e ideológico, como el auge de la violencia religiosia o de las protestas sociales; y también a otros que nacen de la tensión entre las naciones que prosperan y las que entran en decadencia, como China y Estados Unidos.

 1914 - De la paz a la guerra, de Margaret MacMillan

Este es uno de los primeros enunciados que nos da Margaret MacMillan en su libro “1914”.  De momento, y a pesar de que recién estoy comenzando su lectura, me resulta un libro muy interesante por varias razones.

Primero, porque es mi primera lectura de un libro de Historia escrito por una mujer, lo que inevitablemente implica una forma distinta de ver las cosas, y como dijo Bill Murray en “El día de la marmota”: Different is good.

Segundo, porque, a diferencia de otras historias sobre la Primera Guerra Mundial (IGM), la autora no da las causas evidentes inmediatas, sino que nos brinda un pormenorizado relato, no lineal, pero aun así extremadamente claro y revelador de la intrincada red de alianzas, acercamientos, conflictos y motivaciones que impulsaron y modelaron las relaciones y rivalidades de las grandes potencias europeas desde poco después de mediados del siglo XIX en adelante; sus ambiciones como estados imperiales; cómo veían el mundo, esa gran torta a medias repartida y que parecía achicarse rápidamente; sus miedos, certezas y percepciones.  Resulta fascinante ver el germen de la Gran Guerra detrás de las grandes palabras e ideales de principios del siglo XX que llenaban las bocas de los poderosos e influyentes: paz, progreso, equilibrio, prosperidad… pero que enmascaraban celos, desconfianza y viejos rencores. También, al estar involucradas todas las grandes potencias literalmente en todo el mundo, todo lo que sucede está perfectamente en contexto; la retrospectiva es fantástica, ya que todo se ve explicado por un paso previo, al tiempo que vemos cómo el actual nos conduce al siguiente con una certeza inamovible parecida a la que experimentamos en esas pesadillas de las que no podemos despertar. Aquí el aleteo de la mariposa en China sí puede provocar un huracán en la otra punta del globo.

Tercero, se nos presentan las personas que serán los actores principales de los eventos por venir, no solo en la IGM, sino también más allá, como por ejemplo Arthur Balfour, político y Ministro de Asuntos Exteriores británico, simpatizante del sionismo, que más tarde redactará la Declaración que lleva su nombre y despojará a los palestinos de sus tierras para sentar las bases de lo que pocos años después será el estado de Israel. La presencia colonial británica en Oriente Medio fue una consecuencia directa de la IGM y el colapso del Imperio Otomano, que eligió el caballo perdedor.

Todo está inextricablemente entrelazado, y a pesar de que han pasado 100 años, seguimos experimentando las ondas que se expanden como anillos concéntricos en el fangoso estanque que es el Tiempo.

Vamos a ver qué más nos espera en este “1914” que recién comienza, aunque no creo que sea un viaje de placer y las vistas seguramente no serán agradables.

Miraat az-zaman (*)

Leí el libro Las cruzadas vistas por los árabes, del autor Amin Maalouf, basado en los escritos y testimonios de los historiadores y cronistas árabes de la época.  Va desde el año 1096 al 1291; casi dos siglos de idas, venidas, acuerdos, traiciones, actos nobles y salvajes masacres.  Es un documento fascinante que echa luz sobre un período de la Historia raramente visitado en esta parte del mundo.

Vuelve a maravillarme lo aterradoramente cortas que son las distancias en Oriente Medio  y el Asia Menor, cosa que salta pronto a la vista del lector, pues los viajes de una ciudad a otra plaza fuerte que se desea sitiar insumen apenas unos pocos días o incluso horas.

Pero no es de distancias geográficas que quiero hablar, sino de un par de fragmentos que me llaman la atención especialmente, a raíz de la historia moderna y actual de esa parte del mundo, asolada frecuentemente por las guerras y las matanzas que no conducen a nada más que a otras guerras y matanzas.

En 1146, Zangi se ve obligado a volver a Edesa, ya que Jocelin ha urdido un complot para matar a la guarnición turca.  En cuanto regresa a la ciudad conquistada, el atabeg toma las riendas de la situación, ejecuta a los partidarios del antiguo conde y, para reforzar el partido antifranco en el seno de la población, instala en Edesa a trescientas familia judías con cuyo apoyo puede contar incondicionalmente.

El 2 de octubre de 1187, Saladino entra victorioso a  la Ciudad Santa.  Al tomar Jerusalén los musulmanes guiados por Saladino, los ricos se dedican a vender sus casas, sus comercios o sus muebles antes de exiliarse y los compradores suelen ser cristianos ortodoxos o jacobitas que piensan quedarse.  Después se venderán otros bienes a las familias judías que instalará Saladino en la Ciudad Santa.

Los contextos no importan mucho en estos casos; tanto Zangi como el más conocido Saladino, cada cual en su época han combatido tanto a los infieles invasores francos como a las interminables intrigas de sus propias cortes, y también han confiado a familias judías puestos de gran responsabilidad, haciéndolos notables en algunas ciudades claves, una de ellas nada menos que Jerusalem.

No hay odio. No hay persecución.

Ya puestos, tampoco hay demasiada religión, que las más de las veces se utiliza como pretexto y soflama.  Los intereses, miedos y ambiciones personales fructifican en extrañísimas alianzas y horrendas traiciones.  El fanatismo, sobre todo al principio, por parte de los invasores francos, no deja títere con cabeza, llegando a extremos en que se saquean iglesias cristianas asesinando y violando a todo el mundo con tal de obtener botín y el tributo de la sangre.

El mundo islámico, por su parte, a la llegada de los primeros invasores francos, está inmerso en eternas luchas intestinas. Un patriarca o monarca muere y las guerras de sucesión se desatan antes de que se enfríe el cuerpo.  Los sitios y conquistas de ciudades vecinas se suceden a ritmo escalofriante; en ocasiones, parecería que tan solo medie el tiempo en que demore el vencido en reconstruir las máquinas de asedio.  Oriente Medio estaba compuesto por una miríada de pequeños feudos y ciudades estado sin cohesión ninguna, guerreando continuamente entre sí.  Lo árabes, propiamente dichos, prácticamente no gobiernan, estando el poder detentado por turcos, persas, kurdos, armenios, árabes de facto, pero no de hecho.

Los árabes, salvo cuando fueron reunidos y guiados por algún par de caudillos puntuales (por ejemplo el citado Saladino), fueron incapaces de ofrecer un frente sólido ante el invasor.  Antes bien, los esfuerzos de los más bienintencionados de ellos estaban minados por adelantado por la desconfianza y el cálculo político de sus potenciales aliados, que en ocasiones desembocaba en alianzas con los invasores contra aquellos con quienes deberían haber peleado codo a codo.

Los francos encontraron en ese estado de cosas las condiciones ideales para llegar, conquistar, consolidarse y establecerse en vastas zonas y puntos estratégicos. Guiados por unos pocos líderes fuertes cuya sucesión no tuvo muchas dificultades ni tropiezos, presentaron un frente unido contra el que se estrellaron los débiles y fragmentados intentos musulmanes durante bastante más de 100 años.

En definitiva, todo se reduce a lo de siempre: oro y poder, disfrazado de bonitas palabras y con una gran y afilada espada para respaldarlas.

El libro es fantástico, pera deja un gusto especialmente amargo; en mil años no hemos aprendido nada… apenas hemos refinado los medios.  Las ambiciones son las mismas, el desprecio por el otro es el mismo, el odio irracional es el mismo, la excusas son las mismas.

Mil años!  Y estamos exactamente en el mismo lugar. En el mismo.

Los actores son distintos, pero el sentimiento que embarga a Oriente Medio es el de una continua cruzada en sus tierras.  Un sentimiento que paralizó el desarrollo y avance de una cultura que hasta el siglo IX fue un faro de conocimientos y ciencia para todo el mundo.  A este respecto, es particularmente interesante el epílogo del libro.

La diferencia entre ayer y hoy, es que los cruzados, en lugar de ser enviados y animados por un hijo de puta en Roma, ahora lo son por un hijo de puta en Washington.

(*) Miraat az-zaman, El espejo del tiempo, es el título de un libro de historia universal publicado por un orador y cronista damasceno llamado Sibt Ibn al-Yawzi, allá por el 1200 y pico.  Nada… me pareció una linda ironía.