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Historia y escritoras

Le estoy tomando el gusto a los libros de Historia escritos por mujeres. Se salen de lo habitual, tienen otros enfoques, otros puntos de vista, otra noción de lo que es importante. Desmenuzan, e interpretan, la información de otra manera, dándole al lector una experiencia más rica en matices. De alguna manera dialogan, y mientras lo hacen, cuestionan. No como desafío, sino haciéndose preguntas y explorando las distintas respuestas posibles, relacionando hechos lejanos, en tiempo o en espacio, trazando paralelismos, estableciendo causalidades. No rompen el esquema, lo enriquecen.

También estoy tomando el cuestionable hábito de empezar a reseñar libros antes de terminar de leerlos. Más allá del riesgo de escribir algo fruto del entusiasmo inicial para luego descubrir con horror que la lecutra deviene en chijete, la reseña a priori me sirve de entrenamiento tanto del ego como para ver si logro captar lo medular, así sea un tanto incompleto.

Actualmente estoy leyendo dos libros escritos por mujeres. El primero es 1914, de Margaret MacMillan, en el que nos habla de cómo se llegó a la Primera Guerra Mundial. Los antecedentes, el clima y las relaciones geopolíticas de entonces. Las motivaciones y entresijos de gobernantes y potencias. Forma un mosaico a la vez hipnótico y aterrador. ¿Cómo se desembocó casi de un día para otro en una guerra crudelísima y atroz cuando Europa venía gozando de casi un siglo de paz ininterrumpida? Es una lectura vasta que explora las condiciones, alianzas, rivalidades y esperanzas de las grandes potencias de la época: Rusia, el Imperio Austro-Húngaro, Inglaterra, Francia. Enorme.

El segundo libro, en el que quiero hacer especial hincapié, ya que lo tengo mas avanzado, se llama SPQR, escrito por Mary Beard. Es una historia de Roma, desde sus mismísimos orígenes hasta el punto en que Caracalla da la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio, en 212 d.C.

Al principio me sorprendió tanto que casi dejo de leerlo. Sigue un orden cronológico, pero comienza con un salto en el tiempo: el siglo I a.C. y el conflicto de Cicerón y Catilina (que quería prender fuego todo para encumbrarse en la política). La autora utiliza este acontecimiento como pie para lo que viene después (en el libro) y que es lo que ocurrió antes (en el tiempo). ¿Cómo fue la fundación de Roma? ¿Cómo fueron los órigenes de Roma? ¿Es posible reconstruirlos con fidelidad? ¿Qué tan fiables son los testimonios de los propios historiadores romanos? Beard plantea decenas de preguntas, cuestiona todo lo que escribieron sus predecesores romanos, conjeturas de historiadores modernos e incluso documentos oficiales de la Roma antigua y luego los desmitifica, procurando separar la paja del trigo. ¿Cómo se relacionan los escritos con las pruebas arqueológicas? ¿Cuánto hay de mito? ¿Cuánto de lo que se dice que se hizo es real y cuánto obedece al deseo de construir un relato de Roma que la deje en un buen lugar, con gloria y victoriosa? ¿Cómo ese relato, esa construcción de la propia épica, una vez aceptado e internalizado por los romanos luego influye en los acontecimientos venideros?

Es, realmente, una lectura fascinante por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, con puntos de vista novedosos que se apartan bastante de la estructura usual de los libros sobre Roma y de Historia Universal, que se centran mucho en República e Imperio, pero que en el mejor de los casos le dan solo un tratamiento marginal a la génesis. Probablemente se deba a que en este génesis romano hay mucho, muchísimo de especulación. Pero Beard desbroza estas especulaciones y nos presenta un panorama no solo posible, sino también plausible.

¿Conocés algún otro libro de Historia escrito por mujeres que puedas recomendarme?

Una nota sobre el Mal

Me llama la atención la naturaleza del Mal en algunas obras. También la del bien, pero por omisión.

En cuanto al Mal hay gradaciones. Tenemos el mal a pequeña escala, mezquino, al que también estamos acostumbrados de este lado de la hoja de papel: el que se marca un objetivo. La codicia, la rabia, la envidia, el afán de dominación, el fundamentalismo que busca imponer por la fuerza sus ideas, etc. Es el medio del que se sirven hombres y mujeres para conseguir algún fin non sancto. Desde el asesino que quiere saldar una ofensa, hasta las corporaciones que hipotecan países enteros solo para tener un poco más de poder e influencia, pasando por todo el rango intermedio. En general el lector puede entender las motivaciones y procederes de todos los implicados. Cuanto más pequeño ese objetivo, más sencilla de comprender es la maldad. Supongo que es un tema de escala. Una persona que crea una organización y que quiere cada vez más poder, dinero e influencia, al igual que un conquistador que quiere dominar el mundo, se va escapando de la razón cuanto más grande sea su ambición. Es decir, ¿qué onda? ¿Cuál es el fin? ¿Y después de tener todo, qué? ¿Hay un después? Esto también es aplicable a este lado de la página, lo vemos todo el tiempo.

Pero hay otros males en la literatura, generalmente dentro del género fantástico o épico. El muchachito o muchachita, paladines del Bien, luchan a brazo partido contra el Mal. El Mal también cuenta con sus esbirros, obviamente, pero la historia se desarrolla como en un videojuego: el chabón va liquidando esbirros hasta que, en la última pantalla, se enfrenta al jefe supremo, el más malo, el malísimo último: el Mal. Así a secas.

Acá llega lo que me desconcierta. Si me perdonás el juego de palabras, ese Mal tiene algo mal, equivocado, discordante. Creo que esa es la razón por la que no gana, finalmente: no tiene proyección. Cuando le preguntan, en la entrevista de trabajo, cómo se ve de aquí a cinco años, el Mal se caga de risa.

Un ejemplo es Morgoth, el Malo absoluto, jefe de Sauron en El Señor de Los Anillos de Tolkien, incluso el propio Sauron, en cierta medida.

Pero en mi experiencia el ejemplo por antonomasia es El Oscuro en La Rueda del Tiempo, de Jordan. El Oscuro es la encarnación del Mal, una fuerza primigenia que buca subyugar, corromper y destruir. En ese orden. Lo discordante es que no hay proyección. Supongamos que el tipo va, subyuga, corrompe y destruye todo. Todo. El fin último es destruir la propia realidad y el tiempo… pero y después? Cuál es el objetivo detrás de todo eso? Oh, sí, los seres a sus órdenes tienen ansia de poder y dominio; tienen un objetivo: velar por sus propios intereses y convertirse en amos. Si El Oscuro ganara ellos serían encumbrados a lo más alto de la Creación… teóricamente. Pero si el tipo desea destruir esa Creación, entonces no serán elevados a ningún lado.

En ciertos aspectos es incongruente. El Oscuro es capaz de tentar, de planificar, de recompensar y castigar, como si tuviese una inteligencia avasallante, pero a la vez hace gala de un puro instinto sin mente cuyo último fin es prender fuego todo. Es como el cuento de Don Verídico: ¿Y pa qué querés una jirafa…? Bueno, pa tener jirafa, ¿qué más? El Oscuro no prende fuego todo como un medio para obtener algo; prende fuego para prender fuego.

Su contrapartida, el Bien, representado por la Luz, es orate total en comparación. Tiene paladines, pero no se mete. No brinda fuerza, ni apoyo, ni asistencia y ciertamente no se enfrenta directamente al Mal ni a nadie. El Mal se personifica mientras que el Bien anda boyando por ahí, comiéndose los mocos y dejando que sus paladines más o menos se las arreglen como mejor puedan. El Creador, por su parte, al momento de crear deja al Mal aparte. El Creador es responsable de crear el Mal, pero al igual que en tantas de nuestras religiones, deja a sus creaciones más humildes secándose al sol.

El caso de Jordan incluso es peor que en el Silmarillion de Tolkien, porque los Valar e Ilúvatar en algún momento acuden a sacar las papas del fuego, aunque bien que se hacen rogar. El Creador y la Luz de Jordan ni se inmutan. Altos soretes, todos.

El Bien gana, entonces, además de por el esfuerzo del muchachito o la muchachita y su comparsa, no porque tenga razón, sino porque tiene continuidad. Después del punto final podemos imaginar que la historia sigue.

A veces gana el mal, por supuesto. El primer ejemplo que se me viene a la cabeza es 1984. El diferenciador está en que no es absoluto, no es sin mente. Es cruel e implacable, pero tiene un objetivo por deleznable que sea. Incluso podemos imaginar que el Gran Hermano podría ser derrotado, eventualmente; si pasó una vez, quizá pase de nuevo, y quizá no se descubra esa rebelión. El punto final no es tal.

En cambio, si ganara el Mal, ese Mal Absoluto, no quedarían historias por contar. Más que cerrar la puerta sería como hacer explotar la casa. Ningún autor haría eso. No son tan malos.

Y sin embargo sí son tan malos como para impedir que el Bien brinde asistencia. Son tan malos como para hacer sufrir y sangrar a todos sus paladines, dejándolos que busquen su camino a los tumbos, perdidos y atosigados, a un punto de quebrarse, o incluso quebrándolos y rehaciéndolos (como hace King con Roland, en La Torre Oscura, si bien es cierto que aquí el Bien sí se ayuda a sí mismo un poco). Da la impresión de que consideraran que el Bien no puede personificarse porque sería algo así como hacer trampas, e incluso deben de considerar que todos esos papladines son unos remolones a los que les vendrían bien un buen ajuste de tuercas.

Sí, altos sadomasoquistas, los autores.

Te dejarías coger por 15 Euros?

Los descubrimientos inadvertidos muchas veces son los mejores. Y este me encanta.

Buscando la entrevista de Faulkner en español para la entrada anterior, al final de la página me encuentro con esto:

El último enlace me pareció bastante chijete, pero como de todos modos soy medio anormal fui a ver qué onda. Resulta que es el título de un poema de una escritora feminista finlandesa: Eeva Kilpi.

¿Te dejarías coger por quince euros? me dijo
en la parada del autobús a las 0.42
rodeados de calles vacías y congeladas.
Primero negué con la cabeza, pero luego le dije:
Por dinero, no, pero si pasas la aspiradora y friegas los platos…
Entonces él, a su vez, se negó
y se dio la vuelta abatido para seguir su camino.

Y ya de paso, me puse a buscar otros poemas:

Apenas él hubo pronunciado: “Ahora lo único que falta son fresas”††††††

Apenas él hubo pronunciado: “Ahora lo único que falta son fresas”
cuando ya estaba yo corriendo hacia la descuidada huerta de detrás de casa
y había cogido un puñado de fresillas silvestres
antes de que él hubiese acabado de tomar su yogur:
acababan de madurar.
Ten cuidado con lo que dices, dije, ahora todo se hace realidad.

Y él tuvo cuidado.

Eeva Kilpi

The Strongest Hero /5

Finalmente encontré la esencia de la historia. No es que sea un secreto tan bien guardado, pero no lo habían dicho tan explícitamente antes. Puede resumirse en No hables, mi viejo, demostralo. Nada de fanfarronadas que no impresionan a nadie. Si hay que darle, le damos… y después nos tomamos el vino.

Saitama: hechos, no palabras.

Entre copas, letras y frascos

Hace unos días pasé por la vinería Las Croabas (Rivera 2666). Hacía tiempo que pasaba frente a su puerta sin tener oportunidad de entrar. El interior es amplio y entre la profusión de estanterías se encuentra una oferta de bebidas alucinante, con cosas bonitas para todos los gustos y bolsillos. Podés pasar bastante tiempo deambulando entre ellas babeándote todo el rato. Finalmente me decanté por un blend que Toscanini envasa para la propia vinería, un Trebbiano de Pisano y un Marselan de Garzón. Toscanini, me complace decirlo, está haciendo unos vinos bien ricos. El blend estuvo invitado a almorzar el domingo en lo de María Luisa y fue tan bueno como para acompañar al cocinero, marinar el cerdo y seguir hasta la hora de comer. Aguantó tanto porque mayormente lo tomé casi todo yo… ventajas de la tolerancia cero para quienes conducen.

Saliendo de Las Croabas me metí en la puerta de al lado, que desde hace varios meses es mi nueva librería de adopción: Las Karamazov (Rivera 2670). Es como la cabina telefónica de Dr. Who: más pequeña por fuera que por dentro, con títulos preciosos y una atención perfecta. Allí conseguí el último ejemplar que les quedaba de Conservas, el libro editado por Garage Gourmet.

Cuando te ponés a leer Conservas es como mantener una larga conversación con tus abuelas, ese increíble compendio de sabiduría. Azúcar, sal, vinagre, calor, productos frescos, amor. Cómo conservar la cosecha de tu huerta, de la caza, de la pesca. Frutas, granos, frutos secos, verduras, carnes (despojos, rojas, pescados). Secados, en escabeche, en almíbar, en salmuera, chutneys, dulces. Cómo envasar, cómo esterilizar, cómo y cuánto conservar. Recetas sencillas y sabrosas con productos y especias de acá, todas materias primas fácilmente disponibles. Incluso hay recetas de butiá y guayabos, los frutos nativos que están resurgiendo.

En estos días de apuros y stress en que a veces comer es visto por tantas personas solo como un imperativo biológico, sin buscar la pausa o el placer o la comunión que dan y permiten los alimentos; en esta era en que una séptima parte de la población mundial pasa hambre, pero sin embargo se desperdicia una tercera parte de los alimentos producidos; en esta época de ultraprocesados, comidas precocinadas con sabor a nada y hechas sepa el MEV con qué y cómo, más el montón de ridiculeces sin sentido que pueden encontrarse en las grandes superficies (porque a quién se le ocurre comprar la zanahoria fresca ya rallada, maldita sea?), este libro nos propone reconectarnos con la vida y la cocina en múltiples niveles.

Cocinar con nuestras manos, ya que no precisás ser Joan Roca para preparar tus conservas; llenarnos de sabores y colores con la variedad que nos presenta el amplio recetario que abarca las cuatro estaciones; compartir con amor, porque si hay algo lindo eso es convidar a los afectos con lo que producimos; aprovechar hasta la última brizna de los alimentos (sin que importe si los cultivamos nosotros, los compramos o nos los regalan); saber cabal y exactamente qué ingredientes tienen los alimentos que consumimos.

Y además es una edición preciosa, de papel satinado, con unas fotos espectaculares y explicaciones claras.

Consígalo, ya salió la segunda edición. Cocine. Regálese. Disfrute. No tiene excusas.

Libro: Orientales Excéntricos – Recargado

Empecé a leer, con gran expectativa y toda la parsimonia, el libro de relatos Orientales Excéntricos – Recargado, del escritor Gabriel Sosa.

Lo del título se debe a que es una reedición de su libro de 2001 al que se le añadieron otros cuatro relatos.

Promediando medio libro en ningún momento pude sacarme de encima una media sonrisa. Un poco por simpatía, por dulzura, por la amarga realidad, por la libertad que no es tal. Personajes de acá, excéntricos, sí, y varios de ellos haciendo gala de una uruguayez recargada. Tan cercanos y posibles, incluso a veces tan pequeños, grises y resignados, que por momentos dudo de que sean fruto exclusivamente de la ficción.

De a ratos Sosa se sumerge, nos sumerge, en la descripción de una habitación, de un momento, de una mente. Me hace acordar a algunos cuentos de Lem en los que el polaco da unas detalladísimas descripciones, pero con la diferencia de que en donde Lem a veces nos pierde entre tanto detalle farragoso, Sosa se encarga de transmitir un humor, una realidad, de manera concreta y siempre en función de la historia.

Con un estilo simple y sin rimbombancias nos hace partícipes de la escena, como si pintara el telón de fondo de una obra. Y lo logra. Logra que veamos a sus personajes, más o menos enajenados, con sus colores y olores y circunstancias. El loco sin cortapisas, la vieja puta tristísima, Arturo y su obsesión, el relator no menos obseso, el escritor que no logra domar las palabras, el que deja mentir porque andá a saber si no es cierto, el asesino que solo busca una ínfima redención que vale todo, el otro asesino ciertamente menos competente, el del loro, quizá el más raro de todos los relatos, la historia de amor, gris y acostumbrada, pero con una profundidad extraña. Visos de costumbre, visos de novela negra, pequeñas perlas desparramadas aquí y allá.

Son historias unitarias, cerradas, pero todas parecen tener hilos comunes en su entramado que las hacen resonar. Un punto de locura, un punto de ternura, un pequeño giro que cambia todo el ambiente, un poco (o bastante) de obsesión y de pérdida. Hace tiempo leí que el urugayo sabe de pérdidas. Tenemos la habilidad para perder casi impresa en el ADN; los uruguayos excéntricos convierten esta habilidad casi en un arte. La cordura, las ilusiones, la inocencia, a veces también la vida.

Casi todas me transmiten una especie de paz, incluso cuando la acción se avalanza y acelera. Me dejan un sentimiento agridulce, como cuando un amigo recuerda y te cuenta una historia de tiempos cálidos, pero ya pasados. Es un poco incongruente esta última frase porque a veces la calidez solo pasa rozando las historias, pero nunca nadie ha podido pedirle lógica a los sentimientos.

Tenemos tragedia, sí, frenesí como en el cuento de El Degollador, o una ironía lúdica, satírica, nunca burla y nunca sarcasmo, como en la historia del quasi Cisne de Sierra del Pelón que hace largar carcajadas y nos termina mostrando lo que en definitiva es una vida de frustración. Incluso un poco de novela negra.

Vaya y lea a estos Orientales excéntricos, posmodernos, decadentes, violentos, alucinados, desencantados y obsesivos.

Seveneves

Ciencia ficción. Ciencia ficción de la buena es lo que puede encontrarse en esta novela de Neal Stephenson… en parte de ella al menos.

De Stephenson empecé a leer Cryptonomicon hace un tiempo atrás y promediando el último tercio me ganó un poco el tedio; todavía lo tengo estacionado. Muy bien armado y escrito, pero con demasiadas bolas en el aire.

En Seveneves la Luna un buen día se parte en siete enormes pedazos. Así empieza y a partir de allí viene un ensayo especulativo excelente. Cómo se comportarán? Se mantendrán unidos por el antiguo centro de gravedad? Se separarán? Chocarán entre sí? Y si chocan y se dispersan, se precipitarán hacia la Tierra? Cómo hacer viable y permanente la vida en la Estación Espacial Internacional, la ISS? Cuáles son los desafíos? Cuál es el límite de la tecnología? Y el de las personas? Cómo poner más cápsulas y habitats en órbita? Cómo evitar el pánico en la Tierra? Cómo afrontar la realidad del fin de la vida en la Tierra? Cómo asegurar la continuidad de la especie?

A partir de aquí habitan espoilers, algunos.

Muchas, muchas cosas todas metidas en una novela bien hilada y bien contada, y en la que se nota un trabajo de documentación brutal. Economía, sociedad, política, ingeniería, épica, drama, heroicidades y mezquindades, poder y sacrificio, mucha física, un montón de conceptos científicos y un nutrido grupo de personajes, si no fantásticos al menos creíbles, hacen de esta novela una lectura trepidante… la mayor parte del tiempo… bueno, durante cerca de 3/4 part… ok, dos terceras partes del tiempo. Está bien, hasta la mitad es trepidante, siempre quise usar esa palabro, por momentos también emotiva, despiadada, con fragmentos estremecedores y hasta humana. También hay algunos, solo unos pocos, detalles incomprensibles y potencialmente importantes que se dejan de lado, como por ejemplo que en el espacio descartaran los cadáveres, pura e irremplazable materia orgánica y agua, en lugar de reciclarlos hasta su última molécula.

Promediando la mitad, sin embargo, se va a su puta madre. La llegada de la ex presidenta de Estados Unidos (porque los Estados Unidos dejan de exisitir, junto con todo el resto del planeta) a órbita son ganas de joder. Es meter a lo guapo un factor desestabilizante en una situación de por sí crítica. Como si no hubiera suficiente cantidad de problemas, emergencias y situaciones como para mantener la narración, este loco mete el equivalente a un anti-deus-ex-machina totalmente demente e innecesario. Eso precipita una serie de acontecimientos, que bien podrían haberse dado sin esa intervención forzada, que fragmenta en tres a un grupo apenas viable, vovivéndose incapaces por sí solos de sobrevivir. Stephenson decide patear con toda mala intención el tablero y sus piezas cuidadosamente colocadas y la partida preciosamente ejecutada que había desarrollado durante cientos de páginas y manda todo a la mierda. La manera creíble y plausible en que había armado los personajes y la forma en que reaccionaban a las situaciones fue tomada por asalto por un delirio sin pies ni cabeza que hizo de goma la cadencia completamente. Una situación gobernada eminentemente por una progresión lógica se ve desplazada por política y manipulación barata en menos de lo que se tarda en decir “Sacamelá un poquito!”.

“Nos está por chocar un meteorito!” “Bah, una mentira para tenernos bajo control. Rebelémonos!” “Pero llega un meteorito, sale en todos los sensores!” “Ah, no quieras amedrentarnos!” “Además si se van y se llevan recursos no renovables, todos pereceremos!” “No importa! Illegitimi non carborundum, motherfucker!” “No pueden esperar un poco, hasta que tengamos la situación controlada, y lo charlamos con un café?” “No! Jamás venderé el rico patrimonio de los arquinos al bajo precio del café liofilizado!” “Pero los cálculos indican que quedarán expuestos a las radiaciones ionizantes!” “Ja! Tu comprobada aunque pobre ciencia nunca podrá compararse con mi sacrosanto derecho a hacer lo que se me cante en los ovarios, aunque sea una locura total y esté arrastrando a ella a dos tercios de lo que queda de nuestra especie!” “OK, supongo que no podemos hacer nada, buen viaje”. “Victoria! …decime, esa no es tu hermana disfrazada de meteorito?”

Por si esto no fuera suficiente, la presentación, finalmente, de las Siete Evas que dan nombre a este tocho es por completo inverosímil y agarrada de los pelos. Resumiendo: me reventó el bolazo. A partir de ahí, con una expedición en ruinas y apenas siete mujeres supervivientes, se recrea toda la especie mediante edición genética y evitando cuidadosamente la endogamia.

Cinco mil años y siete razas genéticamente distinas después, el resto del libro es una especulación lejana, extrapolando, pero con más de imaginación que de ciencia ficción dura. Cómo evolucionará una sociedad humana en el espacio durante 5000 años? Qué prodigios tecnológicos lograrán? Es viable la terraformación? Habrán sobrevivido quienes se habían refugiado bajo las montañas? Volverán los marcianos? Y el chabón del submarino? Se encontrarán todos?

Es como si fueran dos libros en uno: el primero de ellos es excelente mientras que el segundo hace lo que puede. Si esos dos libros fueran rebanadas de pan, entre ellos está el delirio sirviendo de nexo y transición caótica, al medio del sánguche tenemos un relleno caótico de coliflor con dulce de peras y mostaza que francamente hace difícil hincarle el diente.

El final es abrupto y no concluyente y deriva en una intriga espacial de las de toda la vida. Creo que podría haber escrito dos libros, explorando y expandiendo un poco más eso que queda trunco al final. Así como está, es medio como si hubiera dicho “Faah! Qué manera de escribir, no? Bueno, me voy a tomar la leche, fuck it!”

Resumiendo: está bueno de leer, pero te vas a encontrar con momentos seriamente WTF! Y al final te vas a quedar con las ganas. En nuestra escala arbitraria y seguramente injusta, 42 le da un 7.1. Porque el principio es MUY bueno.