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Muchas más de las que imaginamos

Las palabras nos salvan la vida, a veces.

Neil Gaiman, El Océano al Final del Camino.

Sounds about right

Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad.

Carl Sagan, El Mundo y sus Demonios (1995)

Visionario

Empecé a leer El Mundo y sus Demonios, del siempre portentoso Carl Sagan.

No sé hasta qué punto la ignorada de la ciencia y las matemáticas contribuyó al declive de la antigua Atenas, pero sé que las consecuencias del analfabetismo científico son mucho más peligrosas en nuestra época que en cualquier otra anterior. Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población.

Esto lo escribía Sagan en 1995. Mil novecientos noventa y cinco. Hablaba de cambio climático y crecimiento exponencial de la población más de 20 años atrás, cuando estas cosas ni siquiera se nombraban, cuando ni siquiera las sospechábamos.

Y recién estoy empezando la lectura.

Escritores de fantasía… ¿qué saben ellos?

El dinero está detrás de todas las guerras —continuó Au-nak—. La religión no es más que una excusa. O tal vez una justificación.

—¿Hay alguna diferencia? —preguntó el fervoroso, obviamente ofendido por el tono de Au-nak.

—Por supuesto. Una excusa es lo que haces una vez cometida la acción, mientras que una justificación es lo que ofreces antes.

Brandon Sanderson – El Camino de los Reyes

 

Apuntalando palabras desesperadas

También se encontraba lo bastante cerca del borde del camino para ver el valle allá abajo. Dio una chupada a la pipa y se atusó el bigote con el nudillo.

Alguien tenía que anotar esto. No podía pasarse todo el tiempo preocupado por ella. Así pues, buscó en su mente las palabras adecuadas para describir lo que veía. Desechó las palabras «épico» y «trascendental». Estaban desgastadas de tanto usarlas.

[…]

«¿Culminante? —pensó Thom, que mordisqueó la boquilla de la pipa—. No. Demasiado previsible». Si uno utilizaba las palabras que la gente esperaba oír, ésta acababa aburriéndose. Una gran balada tenía que ser inesperada.

Nunca como se preveía que fuera. Cuando la gente empezaba a saber lo que podía esperar de ti, cuando empezaba a prever tus florituras, a buscar la pelota que habías escondido con un juego de manos, o a sonreír antes de que recitaras la línea con doble sentido de tu relato… había llegado el momento de guardar la capa, hacer otra reverencia más, por añadidura, y marcharse.

[…]

«¿Peligroso?», pensó. No, ésa no era la palabra correcta. Crearía una balada de esto, seguro.

[…]

«Quizás… aterrador».

Ésa era una palabra adecuada, pero no la correcta. Puede que no fuera inesperada, pero sí era muy, muy cierta. Lo intuía. Su esposa luchando para seguir viva. Las fuerzas de la Luz acosadas casi al borde de la muerte. Luz, sí que estaba asustado. Por ella. Por todos.

Pero ese término era prosaico. Necesitaba algo mejor, algo perfecto.

[…]

Había heroísmo en cada línea de hombres, en cada movimiento de tensar la cuerda del arco y en cada mano que sostenía un arma. ¿Cómo transmitir eso? Pero, también, ¿cómo transmitir el miedo, la destrucción, el puro extrañamiento de todo ello? El día anterior —en una rara y sangrienta tregua— ambos bandos había hecho un alto para retirar cadáveres.

Necesitaba una palabra que hiciera sentir el caos, la muerte, la barahúnda, la valentía absoluta.

[…]

«Magno —pensó Thom—. Ésa es la palabra. Inesperada, pero cierta. Majestuosamente magno. No. Majestuoso no. Que la palabra se sostenga por sí misma. Si es la palabra correcta, funcionará sin ayuda. Si no lo es, añadir otras palabras sólo servirá para hacerla parecer desesperada».

Robert Jordan, Brandon Sanderson.  Un recuerdo de luz.

Palabras

María Luisa me pasó un enlace a un muy interseante artículo sobre transformaciones.   Cómo las palabras, cual cosas vivas, nos transforman a nosotros, lectores, a la vez que nosotros transformamos a quien las escribe; incluso podemos transformarlo en un Autor.

Eso me trajo a la memoria, refrescada muy recientemente, una lectura de, cuándo no, el Mundodisco, en una obra que parodia y rinde tributo a Macbeth y también a las palabras:

—En…, en el Gremio —explicó [el bufón], tartamudeando—, nos enseñan que las palabras pueden ser más poderosas que la magia.
—¡Payaso! —exclamó el duque—. Las palabras no son más que palabras. Sílabas breves. Palos y piedras me romperán los huesos… —Hizo una pausa, saboreando la idea—. Pero las palabras, no.
—Hay palabras que pueden hacer daño, señor —dijo el bufón—. ¡Mentiroso! ¡Usurpador! ¡Asesino!

El duque pegó un respingo y se agarró a los brazos del trono, parpadeando.

[…]

Parece que las palabras son muy poderosas —dijo la mujer.
—Cierto, señora.
—Sin duda has estudiado mucho.
El bufón asintió. El poder de las palabras lo había sostenido a través del infierno del Gremio. Los magos y las brujas usaban las palabras como si fueran instrumentos para hacer las cosas, pero el bufón creía que las palabras eran cosas por derecho propio.
—Las palabras pueden cambiar el mundo —dijo.
La duquesa entrecerró los ojos.
—Ya lo dijiste. Pero no estoy convencida. Los hombres fuertes pueden cambiar el mundo —dijo—. Los hombres fuertes y sus hazañas. Las palabras no son más que adornos en un pastel. Entiendo que pienses que las palabras son importantes. Eres débil, no tienes otra cosa.
—Te equivocas, señora.
La regordeta mano de la duquesa tamborileó impaciente sobre el brazo del trono.
—Más vale que puedas argumentar ese comentario.
—Señora, el duque desea talar los bosques, ¿no es así?
—Los árboles se pasan el día murmurando sobre mí —susurró Lord Felmet—. Los oigo susurrar cuando salgo a caballo. ¡Dicen mentiras acerca de mi persona!

La duquesa y el bufón intercambiaron miradas.

—Pero —siguió el bufón—, ese plan ha tropezado con una oposición fanática.—¿Qué?
—A la gente no le gusta.
La duquesa estalló.
—¿Y eso qué importa? —rugió—. ¡Somos los reyes! ¡Harán lo que digamos, o serán ejecutados sin piedad!
El bufón hizo una cabriola y una reverencia conciliadora.
—Pero, mi amor, nos quedaremos sin súbditos —señaló el duque.
—¡No es necesario, no es necesario! —intervino el bufón a la desesperada—. ¡No hace falta! Lo que tenéis que hacer es… —Se interrumpió un instante, moviendo los labios—, iniciar un ambicioso plan intensivo para mejorar la industria agrícola, proporcionando empleo a largo plazo, abriendo nuevas tierras para el desarrollo y dificultando las huidas de los salteadores.

El duque se quedó boquiabierto.
—¿Cómo haremos todo eso?
—Talando los bosques.
—Pero si has dicho…
—Cállate, Felmet —ordenó la duquesa.
Dedicó al bufón otra larga mirada pensativa.
—¿Cómo se hace para derribar las casas de la gente que no nos gusta? —preguntó al final.
—Reestructuración urbana —respondió el bufón.
—Yo había pensado en quemarlas.
—Reestructuración urbana dentro del plan de desinfección —puntualizó rápidamente el bufón.
—Y echar sal en las tierras.
—Eso es reestructuración urbana dentro de un programa de mejoras medioambientales. También sería buena idea plantar unos cuantos árboles.—¡Nada de árboles! —gritó el duque.
—No pasa nada, no sobrevivirán. Lo importante es que se hayan plantado.
—Pero también quiero subir los impuestos —dijo la duquesa.
—Vaya, tío…
—No soy ningún tío.
—¿Ni tía?
—Tampoco.
—Bueno, t…, pues…, necesitas financiar tu ambicioso programa de mejoras en pro del país.
—¿Qué? —dijo el duque, que se perdía otra vez.
—Quiere decir que cortar los árboles cuesta dinero —aclaró la duquesa.
Sonrió al bufón. Era la primera vez que lo miraba como si no fuera una cucaracha repugnante. En su mirada seguía habiendo un buen tanto por ciento de cucaracha, pero decía: cucaracha buena, has aprendido un truco.
—Muy interesante —dijo—. Pero ¿pueden tus palabras cambiar el pasado?
El bufón meditó un instante.
—Creo que es más fácil todavía —dijo—. Porque el pasado es lo que la gente recuerda, y los recuerdos son palabras. ¿Quién sabe qué hizo un rey hace mil años? Sólo quedan los recuerdos y las leyendas. Y las obras de teatro, claro.
—Ah, sí, una vez vi una obra de teatro —asintió Felmet—. Unos tipos muy graciosos, vestidos con leotardos. Gritaban mucho. La gente se divertía.
—¿Quieres decir que la historia es lo que la gente cree? —insistió la duquesa.

El bufón paseó la vista por la sala del trono, y encontró al rey Gruneberry el Bueno (906-967).
—¿Lo fue? —dijo, señalándolo—. ¿Quién lo sabe ahora? ¿En qué era bueno? Pero será Gruneberry el Bueno hasta el final de los tiempos.
El duque se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes.
—Quiero ser un buen rey —dijo—. Quiero que mi pueblo me ame. Quiero que me recuerden con cariño.
—Supongamos —intervino la duquesa, hablando muy despacio—, supongamos que hubiera otros asuntos… controvertidos. Temas de índole histórica que hubiera que… ocultar.
—Yo no lo hice, de verdad —señaló el duque rápidamente—. Resbaló y cayó. Eso es. Resbaló y cayó. Yo ni siquiera estaba allí. Me atacó. Fue en defensa propia. Eso es. Resbaló y cayó sobre su propia daga en defensa propia.
Su voz se convirtió en un murmullo incoherente. Se frotó la mano de la daga, aunque la palabra empezaba a ser muy poco apropiada.

[…]

Yaya se giró lentamente y contempló al público. Todo el mundo contemplaba la actuación como en trance. Las palabras calaban en ellos, surcando el aire silencioso. Aquello era real. Aquello era más real que la realidad. Aquello era historia. Quizá no fuera la verdad, pero eso no importaba.

Yaya nunca había dedicado mucho tiempo a las palabras. Eran insustanciales. Ahora deseaba haberles prestado más atención. Eran suaves como el agua, pero también tan poderosas como el agua, inundaban al público, erosionaban los matices de la realidad y arrasaban el pasado en sus oleadas.

Ésas de ahí somos nosotras, pensó. Todo el mundo nos conoce en la realidad, pero lo que recordarán de verdad es lo que ven ahora…, tres viejas repugnantes y malvadas con gorros puntiagudos. Todo lo que hemos hecho, todo lo que hemos sido, dejará de existir.

[…]

—Palabras —dijo Yaya, casi para sí misma—. Es lo único que queda. Palabras.
—Y ahora viene un hombre con una trompeta. ¿Qué va a hacer? Oh. Fin del Primer Acto.

Nadie olvidará las palabras, pensó Tata. Tienen poder. Y son palabras condenadamente buenas.

 

 

Extractos de Brujerías, de Terry Pratchett.

Y recuerda, Pequeño Demente que lees 42, que la pluma puede ser más poderosa que la espada… siempre que la pluma esté muy, muy afilada, y la espada sea más bien pequeñitay bastante roma y que quien la empuña no sepa especialmente qué hacer con ella.

 

 

Mesías de ocasión

… tiempos difíciles hacen que la gente este dispuesta a aceptar a un hombre que predica el cambio.

Elantris – Brandon Sanderson