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El océano al final del camino

Neil Gaiman es maravilloso. En esta casa, buena y pastafari lo venimos siguiendo desde hace tiempo, aquí, aquí y aquí, aunque a una prudente distancia, eso sí; por las dudas de que se de vuelta de repente y… bueno, que lo veamos no sea lo que esperamos.

Esta corta historia mezcla la fantasía envuelta en los recuerdos de la infancia. La calidez con el miedo. La inocencia con la oscuridad. Lo cotidiano con el misterio. Las personificaciones desnudas del bien y el mal.

Me encantaban los mitos. No eran historias para adultos ni tampoco para niños. Eran mucho mejor que eso. Simplemente «eran».

Ah, sí. Casi parece seguir la estructura de un cuento infantil, pero la inquietud se siente real. Este relato simplemente es.

En un pasaje el protagonista piensa en su primer recuerdo, y al leerlo me pierdo en el mío: mi primo, de tres o cuatro años, buscando huevos de culito para arriba y hundido de cabeza en un alto cajón con paja que las gallinas usaban para anidar. Era una tarde cálida de verano, vestía unos shorts deslucidos que le quedaban un poco pequeños y estaba descalzo. Lo recuerdo sacudiendo las piernas flacas tratando de salir de la caja, pero sin soltar los huevos.

Aunque no tienen vínculo directo ninguno, al lado de ese recuerdo siempre que pienso en mi primito con los huevos de gallina en la mano, me viene a la mente la segunda imagen que tengo presente de esos nebulosos primeros años: la yegua zaina, vieja y mansa que usaba a veces para ir a lo de los abuelos maternos. Era tan vieja que casi no la usaban para los trabajos de la casa, y como no la usaban, nadie se molestaba demasiado en recortarle los vasos. Eso hacía que si la apurabas, tropezara. Era un seguro para que ningún gurí atropellado (yo, por ejemplo) sacara a la pobre vieja al galope. Lo bueno era que, como no la necesitaban, nunca había apuro en llegar o volver de ningún lado. A los efectos prácticos, era casi mía.

Mi primo de cabeza en un cajón buscando huevos y mi yegua de vasos sin recortar al paso manso, esos son mis primeros dos recuerdos.

Qué poderosos son a veces los escritores.

¿Cuál es tu primer recuerdo?

Visionario

Empecé a leer El Mundo y sus Demonios, del siempre portentoso Carl Sagan.

No sé hasta qué punto la ignorada de la ciencia y las matemáticas contribuyó al declive de la antigua Atenas, pero sé que las consecuencias del analfabetismo científico son mucho más peligrosas en nuestra época que en cualquier otra anterior. Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población.

Esto lo escribía Sagan en 1995. Mil novecientos noventa y cinco. Hablaba de cambio climático y crecimiento exponencial de la población más de 20 años atrás, cuando estas cosas ni siquiera se nombraban, cuando ni siquiera las sospechábamos.

Y recién estoy empezando la lectura.

La joven durmiente y el huso, un cuento de Neil Gaiman

Neil Gaiman es uno de los escritores más queridos de esta casa, buena y pastafari.

Hace un par de días di con el cuento infantil de La Joven Durmiente y el Huso, bella, bellísimamente ilustrado por Chris Riddell.

¿Usted sabe qué pasó con la Bella Durmiente? ¿Se lo preguntó o dio por sentado que vivió feliz para siempre con el príncipe mongolo que la besó? No lo sabe, ¿verdad? Bueno, con este cuento, a lo mejor, se entera un poco.

Tiene un desarrollo fresco, un desenlace inesperado y un final regio y sorprendente que será la delicia del lectorado (el lectorado está compuesto por los y las lectores y lectoras). Ideal para arrancar de cuajo estereotipos y dar un ejemplo positivo a las generaciones venideras.

De repente no es especialmente apto para gurises impresionables porque a fin de cuentas es una historia de Gaiman, y Gaiman puede ser profundamente perturbador, pero es un cuento precioso.

Lo encuentra en Lectulandia. Con las ilustraciones pesa unos 15 MB

Si gusta colaborar con los creadores, hay sendas versiones en papel en Amazon, en rústica y tapa dura, a un precio realmente accesible.

Y recuerde: dicen los enanos que lo que hace de un regalo algo mágico es la distancia.  Así que si usté está, un suponer, en algún lugar del mundo y lo encarga a Amazon y manda que me lo entreguen en casa, acá en Uruguay, mínimo va a tener que viajar como 12’000 kilómetros, así que el contenido mágico va a ser bastante abundante. Después vemos la mejor manera de agradecérselo.

La gente de la alfombra

Descubrí un nuevo libro de Terry Pratchett. Una novela escrita en sus inicios como escritor, en 1971, y luego retocada/reescrita por un Pratchett maduro a principios de los 90.

Sencilla pero deliciosa, habla del mundo de la Alfombra, sus pueblos (los primeros de los cuales llegaron atravesando las Baldosas) y criaturas, algunas de ellas francamente asombrosas. Su geografía y economía. De los oscuros dominios de la Zona NoBarrida y los monstruos que allí habitan. De cómo un fósforo configura un accidente natural cuya longitud lleva más de un día para recorrer, del tesoro inimaginable que se obtiene de las minas de barniz en Patadesilla, o el invaluable bronce que llega de las minas de Puertaalta. Nos perdemos en bosques de pelos de los que cuelgan grandes frutos dulces y jugosos, tropezamos con arbustos de pelusa y no puede faltarnos el trozo de polvo de la suerte.

También tenemos a Fray, una oscura fuerza de la naturaleza que lo arrasa todo a su paso y cuyo origen se pierde en la Historia de este imperio que tanto ha escrito y tanto ha olvidado.

Como de costumbre en los libros de Pratchett hay mucho más de lo que se ve a simple vista. Habla de la memoria de los pueblos, del conocimiento perpetuado en escritos y luego perdido casi irremediablemente. De la ciencia como remedio contra la superstición. Incluso tenemos paradojas temporales, que nos llenan de preguntas a las cuales Pratchett, con total desparpajo, contesta con un “No preguntes”.

Como de costumbre, el manejo que hace de las palabras me maravilla, como a un niño el primer truco de magia, los dobles sentidos, los sobreentendidos, las alusiones, los pequeños gags y retruécanos, la mera sintaxis con que construye, lo que subyace.

Cuestiones profundas son tratadas con diálogos absurdos, casi como si estuviésemos ante un personaje del amado Mundodisco.

Athan parecía escandalizado y enfadado.

—¿Nosotros? ¿¡Wights!? ¿Peleando?

—Estaban peleando en este momento.

—Sí, pero sabíamos que perderíamos —dijo Athan.

—¿Qué me dice de pelear y esperar una victoria? —dijo Snibril. Se volvió cuando un munrung se acercaba, cargando un wight.

—Nuestro Geridan está muerto, y uno de los deftmenes —dijo el munrung—. Y uno de los wights. Pero este todavía está vivo… apenas.

—Es Derna —dijo Athan—. Mi… hija. Debería estar muerta. En cierto modo… debe estar muerta…

—Tenemos algunas medicinas —dijo Snibril con calma—. O podemos enterrarla ahora, si es lo que usted quiere…

Miró expectante al maestro fundidor, que se había puesto pálido.

—No —dijo, casi en un susurro.

—Bien. Porque no lo habríamos hecho de todos modos —dijo Snibril, con energía—. Y luego vendrá con nosotros.

—Pero no… sé… qué ocurrirá después —dijo el wight—. ¡No puedo recordar!

—Se unió con nosotros y fue a Ware —dijo Snibril.

—No puedo recordar qué va a ocurrir.

—Se unió con nosotros —repitió Snibril.

El alivio inundó la cara de Athan. De repente parecía muy feliz, como un niño que ha recibido un nuevo juguete.

—¿Lo hice? —dijo.

—¿Por qué no? —dijo Snibril—. Debe ser mejor que estar muerto.

—Pero esto… esto es pensamiento thunorg —dijo Athan—. El futuro es El Futuro, no… no… —Vaciló, desconcertado—… no… tal vez… ¿de veras? ¿El futuro puede ser todas cosas diferentes…?

—Escoja el suyo —dijo Snibril.

—Pero Destino…

—Es algo que usted fabrica a medida que vive —dijo Snibril—. He estado averiguándolo.

También te hace reflexionar, sobre justicia y venganza.

Jornarileesh le gruñó.

—Tírenlo en una celda en algún lugar —dijo Bane—. No tengo tiempo de escucharle.

—No creo que haya ninguna celda —dijo Glurk.

—Entonces pónganlo a construir una celda y luego tírenlo allí.

—¡Pero deberíamos matarlo!

—No. Ha escuchado a Brocando demasiado a menudo —dijo Bane.

Brocando se erizó.

—¡Usted sabe qué es él! ¿Por qué no matarlo…? —empezó, pero fue interrumpido.

—Porque no importa qué es él. Importa qué somos nosotros.

Y el humor. El humor de Pratchett es de una fineza tal que resulta casi nutritivo.

Pismire era el chamán, una especie de sacerdote para todo trabajo.

La mayoría de las tribus tenían uno, aunque Pismire era diferente. En primer lugar, se lavaba todas las partes que se veían, por lo menos una vez al mes. Esto era poco habitual. Los otros chamanes tendían a alentar la suciedad, con la opinión de que cuanto más sucios, más mágicos.

Y no llevaba muchas plumas y huesos, y no hablaba como los otros chamanes de las tribus vecinas.

Los otros chamanes comían los hongos con motas amarillas que podían encontrar en lo profundo de las espesuras de pelo y decían cosas como: «¡Hiiiya / iya / iheya! ¡Heyaheyayahyah! ¡Hngh! ¡Hngh!», que sin duda sonaba mágico.

Pismire decía cosas como:

—Una correcta observación seguida por una meticulosa deducción y la precisa visualización de los objetivos es vital para el éxito de cualquier empresa. ¿Han notado la manera en que los tromps salvajes siempre caminan dos días por delante de las manadas de soraths? A propósito, no coman los hongos con motas amarillas.

Lo que no sonaba mágico en absoluto, pero resultaba mucho mejor y conjuraba una buena caza. En privado, algunos munrungs pensaban que la buena caza era más una consecuencia de su propia destreza. Pismire alentaba esta opinión.

—El pensamiento positivo —decía—, es también muy importante.

 

Pratchett no debería haberse muerto tan pronto. La puta madre.

Educando al Soberano

¿Cuál es el punto de aprender algo que solo veremos en clase? ¿Por qué tengo que aprender estas cosas tan poco pragmáticas? ¿Por qué nos atiborran de cosas que no usaremos NUNCA en nuestra vida?

Parece una pregunta válida. Todos nos la hemos hecho, a nosotros mismos o a un docente, cuando nos enseñan algo que nos parece inútil. Buscar a mano un valor en la tabla de logaritmos y usarlo para calcular el coseno de un ángulo, escribir un ensayo sobre un personaje histórico, averiguar qué pasa cuando se mezcla óxido de hierro y polvo de aluminio y se le prende fuego y por qué, Pitágoras, cómo proyectar una sombra geométricamente, qué pasa si a un hidrocarburo del grupo alcano se le saca un átomo de hidrógeno; mi padre tiene una carpintería, por qué carajos tengo que aprender a integrar el área debajo de una curva, o conocer el límite de [1/(x^2-9)] cuando x tiende a 3; si voy a dedicarme a la ingeniería, qué me importan las bobadas que decía Cicerón sobre que nadie en su sano juicio busca el dolor, etc.

Hay infinidad de información descontextualizada, fórmulas, teorías, datos que aprendemos durante nuestra escolarización que a priori parecen carecer de cualquier tipo de utilidad práctica. Nos quejamos, protestamos, nos resistimos, ignoramos los ejercicios hasta que eventualmente nos resignamos y con un poco de voluntad y cabeza, sale. He escuchado la pregunta incluso planteada en debates públicos sobre educación (y su posible reforma). He visto docentes y padres quedarse mudos y sin argumentos ante esta pregunta. El porque sí y el porque yo lo digo no son respuestas válidas. ¿Por qué aprender algo que a todas luces es tan inútil?

Neil deGrasse Tyson, uno de nuestros predicadores preferidos, tiene la respuesta más fantástica y espectacular a este dilema. La respuesta es: porque tu cerebro.

DeGrasse lo plantea de forma muy sencilla. El problema es irrelevante, la importancia de la enseñanza en sí puede llegar a ser más que secundaria. Lo importante, relevante y fundamental es que el ACTO de aprender cómo hacer la matemática para RESOLVER ese problema (o cómo asociar la información para deducir qué reacciones químicas tienen lugar, o el proceso que sea que te lleve a buscar y encontrar la solución de ese problema intrascendente) cablea o re-cablea las conexiones en tu cerebro. Se establece una “circuitería” cuyo cometido ES RESOLVER problemas.

Así que en realidad no se trata de lo que aprendés, dice deGrasse, sino  de qué métodos, herramientas y estrategias DESARROLLÁS para poder ser capaz de resolver esos problemas que se te plantean. Entonces, si bien es cierto que quizá no vuelvas a ver ese problema en tu vida, vas a encontrarte con OTROS problemas para cuya resolución vas a necestiar esos métodos, tácticas y herramientas que aprendiste antes.

Lo mismo puede aplicarse a la escritura de un ensayo o tesis. El personaje, hecho histórico o tema sobre el que escribas es accesorio. Lo IMPORTANTE es lo que HACÉS para estructurar tu investigación, cómo armás las oraciones, tu elección de las palabras, la forma en que COMUNICÁS UNA IDEA y sobre todo cómo desarrollás TUS PROPIAS IDEAS sobre ideas previas ya conocidas.

Ese es el valor de la educación, finaliza de Grasse: no la información que se vierte en tu cabeza, sino qué tan bien equipado quedás para poder explorar el mundo por tu cuenta.

Mario Levrero: Caza de Conejos

Es un libro extraño que demoré en decidirme a leer.  No sé por qué demoré, ya que es de Levrero. Y Levrero no falla.

Caza de Conejos está formado por relatos breves y brevísimos (desde no más de un par de páginas hasta una sola frase), y es un exponente maravilloso de lo que era capaz de hacer Mario con una idea.

Los conejos son víctimas y ejecutores. Presas y cazadores. Mansos y carniceros. A veces parecen salidos de la cabeza de Dalí, otras de la película Brazil. Las personas, por su parte, son extrañas, lejanas, incongruentes, idiotas, alucinadas, ancladas a la tierra o delirantes estratosféricas. El más normal es Evaristo el plomero, e incluso él caza conejos.  Con su soplete.

Levrero hace gala de su habilidad para transportarnos, emocionarnos, conmocionarnos, divertirnos, inquietarnos y hasta aterrorizarnos.  Oh, sí, los conejos pueden ser aterradores, sobre todo cuando se mezclan con los tigres.

Hace magia para transformar ambientes opresivos en un chiste, y un chiste en algo que deja una mueca crispada, mientras lo cotidiano se torna en un paisaje onírico cargado de imágenes perturbadoras.

A los conejos se los caza, se los casa, se los estudia, se los come, se los tortura de variadas formas y se los teme.  Y claro, los conejos a su vez tienen toda oportunidad de revancha. Probablemente mediten en sus venganzas mientras escuchan alguna obra de Schubert, su compositor preferido.

LV

Los cachorros de tigre que han perdido prematuramente a la madre son por lo general recogidos por conejas que han perdido a sus crías; de la simbiosis que se establece con el tiempo resultan esos ejemplares de conejas feroces y carniceras, y de tigres temerosos, saltarines y más bien amariconados.

L

La mayor dificultad que se presenta, aun para el cazador más avezado, es poder distinguir a primera vista la diferencia entre un conejo y una gallina. [extracto]

LXXIV

—Dígame una cosa, don —me dijo un conejo con gravedad, apoyando una pata sobre mi hombro—. ¿Por qué no se deja de joder con los conejos y escribe otra cosa?

LXXXVIII

—Lo nuestro es imposible —me dijo Laura—. Soy dueña de un castillo, estoy rodeada de joyas y sirvientes, mis dominios se extienden hasta donde puede alcanzar la vista, y más aún. Tú, en cambio, no eres más que un sucio y pobre conejo de los bosques.

XII

Los cazadores gustan de adornarse, y a menudo el colorido de estos adornos es su perdición: es fácil distinguirlos entre el follaje y tomarlos por sorpresa.

XVIII

“Creo haber atrapado un conejo”, dije, acariciando la suave vellosidad de Laura, que es tan joven. Ella ríe con una carcajada fresca y huye; yo recomienzo pacientemente la búsqueda.

LX

Poniendo un conejo contra el oído, se oye el ruido del mar.

 

¡Salud, Sokon!  Siempre me pregunto qué será de usted y sus raros conejos.

¿Avanzar hacia dónde?

Mientras que la civilización ha ido mejorando nuestro habitat, no ha hecho igual con los hombres que han de poblarlo

Henry Thoreau – Walden