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Muchas más de las que imaginamos

Las palabras nos salvan la vida, a veces.

Neil Gaiman, El Océano al Final del Camino.

El océano al final del camino

Neil Gaiman es maravilloso. En esta casa, buena y pastafari lo venimos siguiendo desde hace tiempo, aquí, aquí y aquí, aunque a una prudente distancia, eso sí; por las dudas de que se de vuelta de repente y… bueno, que lo veamos no sea lo que esperamos.

Esta corta historia mezcla la fantasía envuelta en los recuerdos de la infancia. La calidez con el miedo. La inocencia con la oscuridad. Lo cotidiano con el misterio. Las personificaciones desnudas del bien y el mal.

Me encantaban los mitos. No eran historias para adultos ni tampoco para niños. Eran mucho mejor que eso. Simplemente «eran».

Ah, sí. Casi parece seguir la estructura de un cuento infantil, pero la inquietud se siente real. Este relato simplemente es.

En un pasaje el protagonista piensa en su primer recuerdo, y al leerlo me pierdo en el mío: mi primo, de tres o cuatro años, buscando huevos de culito para arriba y hundido de cabeza en un alto cajón con paja que las gallinas usaban para anidar. Era una tarde cálida de verano, vestía unos shorts deslucidos que le quedaban un poco pequeños y estaba descalzo. Lo recuerdo sacudiendo las piernas flacas tratando de salir de la caja, pero sin soltar los huevos.

Aunque no tienen vínculo directo ninguno, al lado de ese recuerdo siempre que pienso en mi primito con los huevos de gallina en la mano, me viene a la mente la segunda imagen que tengo presente de esos nebulosos primeros años: la yegua zaina, vieja y mansa que usaba a veces para ir a lo de los abuelos maternos. Era tan vieja que casi no la usaban para los trabajos de la casa, y como no la usaban, nadie se molestaba demasiado en recortarle los vasos. Eso hacía que si la apurabas, tropezara. Era un seguro para que ningún gurí atropellado (yo, por ejemplo) sacara a la pobre vieja al galope. Lo bueno era que, como no la necesitaban, nunca había apuro en llegar o volver de ningún lado. A los efectos prácticos, era casi mía.

Mi primo de cabeza en un cajón buscando huevos y mi yegua de vasos sin recortar al paso manso, esos son mis primeros dos recuerdos.

Qué poderosos son a veces los escritores.

¿Cuál es tu primer recuerdo?

Rapapolvo

—¡Eres un irresponsable! —decía Hurst—. Mira ese latón. ¿Te parece limpio? ¿Dónde tienes los ojos? ¿Qué ha estado haciendo vuestra sección en todo este tiempo? ¡Dios, adonde irá a parar la Marina si se dan diplomas a inútiles que no saben ni sonarse los mocos! ¿Y te llaman oficial del rey? ¡Eres más bien como un día de invierno corto, oscuro y sucio!

El Comodoro Hornblower – C. S. Forester

¡Esa última frase será usada!

Históricamente, la alegría va por barrios

Justo un poco más allá del horizonte, por la amura de babor, se encontraba Rodas, donde una ciudad relativamente pequeña había erigido una de las siete maravillas del mundo, de modo que mil años después, el adjetivo «colosal» formaba parte del vocabulario de gentes cuyos antepasados llevaban pieles de animales y se pintaban con jugo de plantas por el tiempo en que los rodenses debatían sobre la naturaleza del infinito. Ahora la situación se había invertido. Allí llegaba la Atropos, guiada por sextantes y compases, conducida por el viento que aprovechaban sus bien planeadas velas, armada con largos cañones y carronadas —en resumen, un triunfo de la inventiva moderna— emergiendo desde el rincón más rico del mundo hacia uno donde el mal gobierno y las enfermedades, la anarquía y la guerra habían dejado desiertos donde una vez hubo fértiles campos, aldeas donde una vez hubo ciudades y chozas donde una vez hubo palacios.

Hornblower y la Átropos – C. S. Forester

Sensatez

Hornblower tuvo que admitir para sí que la idea que se hacía María de su servicio en la Marina no estaba en un plano tan elevado como la suya propia. Para María era un asunto de caballeros, y le daba cierto estatus social al cual de otro modo no podría haber aspirado jamás, y además llevaba comida a la boquita de su precioso hijo… sus hijos, ahora que había nacido la pequeña María. Pero sacrificarse por una causa, aventurarse al peligro más allá de los dictados del deber, el honor, la gloria, ésos eran conceptos que a María le preocupaban muy poco. Más bien se mostraba inclinada a desdeñarlos como ideas puramente masculinas, parte de un elaborado juego o ritual tramado por los hombres para hacerles sentir superiores y diferentes a las mujeres, cuya dignidad y sublime certeza de superioridad no necesitaban tan pueril refuerzo.

Hornblower y la Átropos – C. S. Forester

Anatomía práctica

Esto es obra de un aprendiz. Vuélvase, por favor. Si alguna vez usa una daga, señor Bush, recuerde inclinar la punta hacia arriba al clavarla. Cuando se clava hacia arriba, penetra en la cavidad que forman las costillas y que parece preparada para recibir un corte así; en cambio, cuando se clava hacia abajo, las costillas le impiden el paso porque están superpuestas, y entonces la hoja, como en este caso, va rebotando en vano de una a otra, como si llamara en cada una para entrar y cada una le negara la entrada.

El Teniente de Navío Hornblower  – C.S. Forester

¿Avanzar hacia dónde?

Mientras que la civilización ha ido mejorando nuestro habitat, no ha hecho igual con los hombres que han de poblarlo

Henry Thoreau – Walden