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Matemáticas y carpintería /2

Una ecuación bien fácil: si sumamos un poco de negligencia, un poco de descuido, gente dispersa y, por qué no reconocerlo, un poco de desgana, y le sustraemos un buen puñado de atención y todas las medidas básicas de seguridad, el resultado nos da:

Un poco de sangre, un poco de dolor (bueno, ok, más que un poco), varias corridas, una cura rápida aunque a conciencia (finalmente) y un buen refuerzo de la vacuna contra el tétanos. Ah, y varios días rengo. Como entonaba aquel conocido cantaor de flamenco: Ay qué doloooooor!

Así que bien, enseñanzas:

  • No te descuides.
  • Si tenés aunque sea la sospecha de que vas a realizar tareas de carpintería, así sea con herramientas manuales, proveete de calzado de seguridad, gafas de seguridad y guantes. Eso por lo menos. No, no importa si hace mucho calor.
  • No te descuides.
  • Los recortes, sobre todo si son corto-punzantes, van al fuego (si lo hay) o al recipiente de los restos (y si no lo hay, que lo haiga).
  • No te descuides.
  • Prestá atención a lo que estás haciendo. Como dijo un monje budista: si estás aquí, entonces tenés que estar aquí. Si tu cabeza está en lo bien que se sentiría encontrarse en la playa con una cervecita bien fría en lugar de en la tarea que tenés enfrente, entonces vas a encontrarte con que gracias a que tu cabeza está en otro lado tu pie está alojando un elemento foráneo cuando tendría que estar perfectamente indemne.
  • No te descuides.
  • No descuides a quienes están a tu alrededor; sobre todo si esas personas a su vez también fallan en cuidarse. ¡Mirá si en lugar de tu pie era el de otra persona!
  • No te descuides.
  • Mirá dónde pisás, dónde cortás, cómo sostenés la herramienta y a dónde va a ir a parar si se zafa o sale disparada.
  • No-tedescuides.

No es tan complicado, en serio. No seas idiota. Porque nunca pasa nada, hasta que te descuidás, y pasa. Perogrullo al palo.

Debidamente comunicado, archívese.

Algunas plantas tóxicas en Uruguay

Hace un tiempo empecé a interesarme (nuevamente) por la talla de cucharas y utensilios de madera. Hay un montón de cosas fascinantes y bellas para decir sobre ello, pero lo primero que hay que tener en cuenta cuando vas a hacer una cuchara, o lo que sea que vaya a entrar en contacto con alimentos (desde una tabla de picar hasta la madera que quemás para cocer esos alimentos), es la madera con que vas a trabajar. Lo obvio: no todas sirven. Algunas porque contienen taninos o resinas que pasan su sabor a la comida (ciertas variedades de ciprés, por ejemplo), otras tienen pigmentos, no precisamente tóxicos, pero “destiñen” (como el lapacho), algunas que debido a su estructura no son durables, ya sea para resistir el uso o el ataque de hongos e insectos. Y luego tenemos aquellas maderas y plantas que son tóxicas y hasta potencialmente letales.

En general miramos sin ver y nos quedamos solo con la belleza, con lo ornamental. No solemos pensar en la toxicidad de las plantas que nos rodean, pero es importante conocer algunas cosas básicas para evitar accidentes. En Uruguay hay una cantidad bastante importante (y para mí sorprendente) de plantas tóxicas. Desde árboles a arbustos, abarcando incluso yuyos, hierbas y hasta plantas florales que tenemos en el jardín. Esto último es importante si tenés niños pequeños en esa etapa en que todo se explora y cada descubrimiento se festeja llevándoselo a la boca.

También es importante si usás pétalos de flores en tus ensaladas (usar rosa o hibisco es una cosa totalmente inocua, pero la estrella federal y las azaleas te pueden dar una desagradable sorpresa).

Este pequeño artículo no pretende ser un tratado exhaustivo ni mucho menos, pero sí dar una idea de algunas especies comunes que nos rodean y con las que debemos ser cautos. Al menos que sirva como un llamado de atención para tener los ojos abiertos y averiguar un poco antes de usar algo solo porque está a mano.

Laurel de jardín o adelfa (Nerium Oleander). Florecidas en primavera son preciosas. Pero todas las partes de la planta tienen una alta toxicidad. Incluso su humo. Incluso las partículas de humo que puedan quedar en la comida si se te da por usar la madera y ramas para hacer un asado. No hagas quemas de su ramaje y hojas. No comas sus flores. No dejes que tus pibes coman las flores. Se mira y no se toca.

Tártago (Ricinus Communis). Planta muy común en bajíos, valdíos y humedales. De su fruto se obtiene el aceite de ricino luego de un procedimiento térmico. Consumidos sin destruir antes el ricino pueden ser mortales. No es broma; el ricino es una toxina muy potente y la ingestión de unas pocas semillas alcanza para que tengas el viaje de tu vida: el último.

Foto: tejeda.eu

Hortensia (género Hydrangea). Todas las partes de la planta contienen compuestos denominados glucósidos cianogénicos, que son precursores del cianuro, por decirlo de alguna manera. Si se quema, por ejemplo, el humo resultante puede contener ácido cianhídrico. Probablemente no tenga riesgo mortal, pero puede hacerte pasar un mal rato.

Foto: dcm-info.fr

Azalea (género Rhododendrom). De flores siempre bellas, existen muchas variedades, de múltiples colores y de distintos tamaños. Tanto sus hojas como su néctar es tóxico (incluso la miel que las abejas producen con él).

Foto: blackgold.bz

Visnaga (el nombre varía y puede encontrarse con B o Z) (Ammi Visnaga). Esta planta está en la lista casi por capricho. La visnaga es una plaga con un poder de propagación impresionante. En el terreno valdío al costado de casa campa a sus anchas y yo me paso todo el año arrancando retoños. Es tan prolífica que pensé que quizá pudiera usarla para algo. Quizá tenía el equivalente uruguayo del amaranto, una mina de oro en potencia. Cuando recién nace parece una planta de zanahoria, cuando se desarrolla su raíz parece una zanahoria pálida y si la partís incluso tiene olor a zanahoria… pero no es zanahoria. Resulta que la raíz de la visnaga es tóxica. Mina de oro no more.

Foto: luirig.altervista.org
Credit: Photo by Beppe Di Gregorio

Lantana (género Lantana). Hay gran variedad y suelen crecer en estado silvestre. Las flores son muy lindas y se desarrolla como un arbusto de mediano porte. Sus frutos son tóxicos cuando están verdes, y la planta es tóxica para el ganado. Me resulta llamativa y la incluyo en la lista porque a pesar de no ser especialmente peligrosa, tanto sus hojas como sus frutos recuerdan a los de las zarzamoras y siempre tengo que mirar dos veces cuando veo una planta.

Foto: https://www.todouruguay.net/plantas-toxicas-la-lantana/

Paraíso (Melia Azedarach). La madera es bellísima, la sombra exhuberante, y el perfume de sus flores es embriagador. Su fruto, sin embargo, es tóxico si se ingiere. A propósito de él, puede hacerse un efectivo insecticida orgánico, por decocción de los mismos o pulverizándolos en un fino polvo una vez seco.

Foto: en.wikipedia.org

Y eso es todo por ahora. Hay decenas de plantas cuya ingestión puede causar problemas, tanto para humanos, como para el ganado o las mascotas. Desde los bulbos de las lilas a los espatifilios y anturios, e incluso nuestro bello ceibo, montones de plantas que vemos a diario por todos lados (autóctonas o no) guardan sorpresas para el explorador incauto.

En 1977 se editó un libro llamado Guía de plantas tóxicas del Uruguay, escrito por un/a tal P. Moyna publicado originalmente por la División Publicaciones y Ediciones de la Universidad de la República. Y curiosamente Google Books me dice que fue digitalizado en 2008… por la Universidad de Texas. No he podido encontrar más que unos pocos fragmentos. Quizá en la Biblioteca Nacional.

Un comentario aparte se llevan las maderas de descarte de la construcción y el transporte. Aunque esta entrada se centra sobre todo en especies vegetales “vivas”, hay una tendencia cada vez mayor a usar estas maderas para construir muebles. Desde una vieja viga hasta las tablas con que están hechos los pallets, todo sirve. Son interesantes porque ya vienen preformateadas, son estables, ubicuas y bastante baratas de conseguir. Además están en sintonía con la cultura del reciclaje. Un mueble hecho de pallets no presenta mayores riesgos, pero puede ser no tan buena idea usarla para hacer la encimera de la cocina (si la madera se deja desnuda), una tabla de picar, un plato o una cuchara o pala para cocinar. La mayoría de estas maderas se someten a tratamientos químicos ya sea tanto para prolongar su vida útil como para atajar el ataque de insectos. La mayoría de esos químicos son nocivos y no deben ingerirse.

Y ya. No te doy más la tabarra.

Vuelta a la madera II

No.  No he vuelto a la madera, lamento decirlo.

Aunque siento su canto de sirena, una hora sí y la otra también.  Es como un capacitor que va juntando carga, así que más pronto o tarde estallará, digo gracias.

Sin embargo sí he estado pensando en ella.  Calibrando.  Elucubrando.  Meditando.  Y trayendo viejos recuerdos e información a estantes más a mano de la memoria.

El comentario de Raulo motiva esta pequeña entrada y su título.  El tema: terminaciones.

Hay pocas terminaciones naturales que queden REALMENTE terminadas.  Es decir, en mi conocimiento hay solo una terminación que respete esa definición: el aceite de lino, crudo y puro.   El aceite de lino, si es bueno y la capa de cobertura que se aplica es delgada, con el contacto con el aire cristaliza, formando una película firme y de un agradable y profundo brillo satinado.  Si trabajás con maderas duras, calentalo para que penetre en las apretadas fibras de la madera.  Por el amor del MEV, calentalo a baño maría, usá elementos de protección y no vayas a irte a aprontar el mate teniendo el aceite al fuego.  Y no lo embadurnes mucho.  Una capita es más que suficiente.

La cera de abeja siempre será cera de abeja.  No cristalizará. Es decir, que su dureza variará con la temperatura ambiente.  Si tocás la pieza en verano, vas a dejar más marcas que en invierno, porque reaccionará a la temperatura de la piel.  Una buena manera de aplicar la cera, para sacarle todo el provecho posible, es diluirla con trementina, producto que a veces suele denominarse aguarrás vegetal.  Mezcás la cera con un chorrito de trementina en un frasco de vidrio bien tapado y lo mantenés así varios días, sacudiéndolo cada tanto.  El resultado será una pasta más o menos chirla, dependiendo de la cantidad de trementina usada.  Lo ideal es ir añadiendo la trementina de a poco hasta conseguir una textura parecida o incluso más fina que la del betún para zapatos.  Ahí tomás una poca de esa pasta en un trapito que no largue pelusa y encerás la pieza, frotando vigorosamente (la fricción trae temperatura y la temperatura ayuda a que no queden grumos de cera).  Dejás orear unas horas, en lugar seco, para que se evapore la trementina y luego le das brillo con un trapo suave o, mi preferido, con una media de nylon.  Un par de medias de mujer de las baratas va a darte horas y horas de buen y placentero lustrado.

Hablando de betún, también hay un producto llamado betún de judea, que no es natural ni mucho menos, ya que es un derivado del petróleo, pero puede mezclarse con la cera para dar un toque oscuro muy agradable.  Hay que tener cuidado y hacer pruebas antes, para no cagar la pieza en la que has trabajado 2 meses.

Los yankis tienen un menjunje maravilloso llamado Danish Oil que he visto deja unas terminaciones preciosas.  Si podés conseguirlo, bien por vos.

También pueden ser terminaciones al agua, con nogalina o con algarrobina.  La nogalina da un tinte oscuro, profundo.  Mientras que la algarrobina da un color borra de vino, como un granate bien oscuro, que puede resultar muy bello, según la pieza y la luz bajo la que vaya a estar.  La utilización no tiene misterio.  Son al agua.  Diluís el polvo en agua limpia y fría y le pasás a la pieza una mano sin encharcar.  Dejás secar.  El agua va a levantar fibras de la madera.  Lijás con grano fino, 600, 800 o aún 1200 si es la fibra es poca.  El grano 1200 te va a dar un brillo natural, perecedero, es cierto, pero que puede devolverse con un trapito de algodón cualquiera.  Un poco de nogalina y un final con cera a la trementina, o betún de judea, te va a dar un orgasmo de placer en maderas claras.  Si trabajás con lapacho o curupay no tiene sentido usar tintes, pero para cedro, álamo, yesquero o cualqueir madera clara, es un goce.

También podés tintar con alguna anilina, al agua, al alcohol o al aceite.  Son un poco perras al principio, pero si les agarrás la mano te van a dar muchas satisfacciones.

Y luego las pinturas.  Combinar pinturas acrílicas con la madera puede darte resultados muy buenos.  Incluso mezclas de tintas al fondo con colores acrílicos.

También podés tratar de conseguir una buena laca poliuretánica transparente.  Te deja las superficies como un vidrio.  Aunque tiene un jeito para aprender a usarla y que las cosas queden a tu gusto.  Es cuestión de probar y consultar con algún carpintero o lustrador de muebles… capaz que podés encontrar algún viejo lustrador con ganas de conversar.  Eso será invaluable.

El tipo de terminación por excelencia para las maderas, es una herramienta bien afilada.  El texturado propio de la talla, o un lijado fino sobre el torno, puede dejar superficies hermosas y facetadas, llenas de vida.

Si son cosas que van a ser tocadas, y no son muebles, ya que te preocupan las huellas digitales, no le pongas nada.  Lijá hasta un grano 1200 a conciencia y el pulido dará brillo y una textura como de seda.  Perfectas para amuletos, broches para el pelo, juguetes o adornos delicados.  Se opacarán un poco, pero siempre tendrán un brillo propio.

La recomendación final: Jugá.  Jugá por jugar a mirá a dónde te llevan esos juegos… y ya de paso, llevá un pequeño cuaderno donde anotes tus aciertos y errores.  Podés ir agregando fotos de los resultados.

Hay mil productos, lacas y productos orgánicos.  Si las usás, contame cómo te va y mandá fotos.  Pero en la madera, como en las artes marciales o la comida, he llegado a sentir que es preferible conocer 4 o 5 técnicas puntuales y aprender a usarlas bien, que llenarte de cosas que vas a saber aplicar a medias.

Ya.  Espero haberte sido de ayuda.  Buena talla, felices resultados.

Tecnificación artesanal de un clásico

Es horrible tener que amasar con una botella.  Incómodo.  Fatigoso.  Inadecuado.

Incómodo porque no tenés bien cómo agarrarla.  Fatigoso porque al ser tan liviana, tenés que afirmarte a lo panadero para llegar a estirar cualquier masa.  Inadecuado porque si tenés la masa enharinada, la botella se resbala como escupida en plancha, mientras que si está sin enharinar, es un pegote insoportable.

Necesitaba un adminículo, una especie de milagro tecnológico que me salvara. Así, luego de una concienzuda investigación, di con un aparato contundente, sin piezas móviles, diseñado y manufacturado para un propósito específico: nuestro viejo conocido y no siempre bien ponderado, pero prácticamente indispensable, palote de amasar, o rodillo, como se lo conoce en ciertas regiones.

Partamos de la madera.  Nada de esas porquerías de pino o álamo que se encuentran por todos lados.  No.  Tenía que ser algo con peso, durable y, en concordancia con mi manera de ser, bruto.  La elección es clara: lapacho.

Rescatamos un buen pedazo de baranda de 3 pulgadas de sección cuadrada y 60 cm de largo y lo colocamos en el entrepunto del torno.

Dejamos un margen de seguridad de 5 cm en cada punta, para evitar algunas grietas y rajaduras que pueden dar problemas, y con la media caña de 1″ hacemos el desbaste primario y damos a nuestro trozo de madera la forma cilíndrica que lo caracteriza.

Una vez que tenemos un cilindro razonablemente bien calibrado, marcamos el vuelo de las asas… cómo se llama eso de donde se agarran los palotes?  Agarres?  Las bolas!  Ahí está.  Es así como un nombre simpático, no?  Dejamos un palote con un largo efectivo de unos 25 o 30 cm y le damos a cada lado unos 7 a 10 cm para las bolas.   Luego es ir más o menos haciendo una punta y la otra alternadamente, cuestión de que más o menos queden parejas.  El calibre es una herramienta muy útil cuando el ojímetro no es tan preciso.

Recuerda, Pequeño Demente: Tener las bolas parejas es un signo de buen gusto.  Además, a quién no le gusta agarrarse de las bolas, cuando las bolas son simétricas y bien proporcionadas?

Y ya casi estamos.  Luego hay que lijar el cilindro y sus bolas con lijas 100, 150, 220 y 320.  No es necesario que quede pulido a espejo ni mucho menos.  Cepillamos bien con un cepillo de dientes o similar, para remover el polvillo, sacamos del entrepunto y lavamos a conciencia con agua clara, teniendo cuidado de no pasar mucho las manos, por si hay alguna astilla.

Volvemos a poner en el entrepunto, retiramos el apoyaherramientas, ponemos a girar el torno y aplicamos sobre la madera un paño limpio.  El paño va a quedar amarillo rojizo de los tintes del lapacho y el polvillo del trabajo en la madera.   Volvemos a sacar la pieza y repetimos el proceso dos o tres veces más, siempre con un paño limpio, hasta que casi no se tiña.

Cuando ya está listo y todavía en el torno, empezamos a cortar los extremos de las bolas para liberar el palote.  Llevamos el corte hasta que reste un centímetro de cada lado y lo terminamos fuera del torno.

La textura final no va a ser especialmente sedosa, debido al lavado, así que no te preocupes por ese aspecto.  El tema es que terminemos con un hermoso palote, aproximadamente de 45 a 50 cm de largo total y cerca de 3 kilos de peso.  Ideal para amasar o bien para convencer a algún impertinente reacio a hacer nuestra voluntad.

Es muy importante sacar la foto cuando el palote todavía está con un poco de humedad del último lavado, así parece que se va a partir a la primera de cambio 😉

Ahora resta probar si el motor quedó bien ensamblado y si las bolas son de tamaño adecuado, haciendo unas buenas pastas caseras, a ver qué tal.

Notas sobre seguridad:  Esto es elemental, vamos.  Protección para ojos y oídos.  Mejor aún si usás una máscara para toda la cara.   Y de repente una mascarilla o respirador.  El lapacho, en el torno, larga una cantidad imponente de viruta fina (con gran astucia para meterse por todos lados), y una cantidad atroz de un polvillo como aserrín que es insoportable y no tan saludable para inhalar.  Sobre todo a la hora de lijar.  No cuesta nada y laburás tranquilo, o tranquila.

Ya sabés, cuidate, querete, ojito, ojet…

Vuelta a la madera

Después de muchos meses, volví a acercarme al torno.  Dos peones más para el juego de ajedrez.  Ya tengo 5… todos distintos.  Más gorditos, más altos, más bajos, más flaquitos, con la punta más esférica o más achatada.  A pesar de que el trabajo con el calibre fue a conciencia, midiendo, corrigiendo y demás, no logré que quedaran ni parecidos.

Maniático y autocrítico como soy, los primeros dos me quemaron la cabeza.  El tercero me gustó que fuera diferente.  Estos últimos, son distintos a propósito.  Tan distintos como puede serlo una persona de otra.

Los custodios de la Regia pareja, toscos y desparejos. Van llenos de cicatrices; el recuerdo de los arduos servicios prestados: decenas de batallas con brillantes victorias y algunas amargas derrotas.

Ellos son la Guardia.

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Estas piezas son parte de las negras.  La madera es de curupay “reciclada”, ya que las piezas surgen de los llamados separadores de fardos, unos listones de sección cuadrada de una pulgada de lado, usados para dejar lugar entre el suelo y la madera, o entre fardos de tablas para que pueda entrar la espada de los autoelevadores que los manipulan.  Estos separadores generalmente se descartan una vez que la madera llega a destino, por lo que puedo matar dos pájaros de un tiro: conseguirlos baratos (o gratis) y rescatarlos del ignominioso final de terminar en el fuego.

El curupay es una madera semidura a dura, de color marrón rojizo con unas hermosas vetas casi negras que resaltan al pulirse.  Es bastante linda de trabajar, incluso a pesar de su dureza, tanto en la talla (he trabajado un poco de texto en ella, con muy buenos resultados) como  en el torno.  Es de destacar que no toma tan bien los detalles pequeños ya que se torna quebradiza al afinarse.  Para el torneado hay que tomar algunas precauciones y no apurarla, sobre todo si hay fisuras o líneas de rajado.  Una pieza terminada que presente una larga fisura de punta a punta (o incluso un agujero) es muy hermosa, aunque no es para nada infrecuente que la pieza salte en pedazos, por lo que es muy importante la utilización de protecciones.  Para los ojos, sí, pero mejor si se usa máscara facial completa.  En cualquier ferretería y por unos pocos pesos pueden conseguirse las de policarbonato, bastante largas, por lo que protegen hasta el cuello.  No descuides tu seguridad!

Los detalles más oscuros están hechos sobre el mismo torno por medio de un cable de acero (como el usado como cable de freno en una bici).  Además del lijado y el pulido, la terminación está dada con aceite de lino.  Durante la aplicación, siempre en el torno, se le aplica fricción con el mismo paño de aplicación de manera de lograr dos cosas:  que el aceite penetre en la fibra de la madera al levantar temperatura y que se oscurezca para darle un tono más profundo a la madera.

La firma de las piezas, muy clásica excepto por los caballos, la saqué de este diseño libre y gratuito que encontré en una vieja revista Shopsmith Hands On.  Las blancas, cuando finalmente me ponga a ello (todavía me faltan los alfiles más tres peones de las negras), tendrán una firma totalmente distinta; quizás una versión simplificada de los hermosos diseños rusos del siglo XVIII, que se hicieron comunes luego en gran parte de la Europa de alto poder adquisitivo.  A lo mejor algo como esto y esto otro. Veremos.

Las fotos no son tan buenas, porque tanto el fotógrafo como el Samsung de 3.2 Mp hacen lo que pueden… que no es tanto  😉

Matemáticas y carpintería

Un clavo de 3 centímetros de largo, clavado en una tabla de 15 milímetros de espesor, implica que hay 15 milimetros de clavo sobrante.

Si el clavo se martilla a fondo, el sobrante será todo punta, viteh? Y curiosamente aparecerá en el lado opuesto de la tabla a donde estabas martillando. Si calvás ocho calvos, se producirán exactamente la misma cantidad de sobrantes del otro lado de la tabla.

Recordar estos pequeños detalles es algo muy útil cuando llega el momento de agarrar la tabla, por ejemplo.

Eso, o tener al día la vacuna contra el tétanos.

Menos mal que como buen animal, tengo todas las vacunas vigentes.

Talla: Se hace camino al andar

Luego de posponerlo por mucho tiempo, empecé a caminar. Porque sí. No entiendo por qué demoré tanto en decidirme, ya que en este simple ejercicio encuentro un gran placer.

Supongo que por lo mismo de siempre: inercia. La inercia se rompe dando un primer paso… y lo demás es ir haciendo camino.

Como sea, para salir a caminar me gusta llevar un bastón. No es que sea imprescindible, ni especialmente necesario, pero por alguna razón resulta importante que lleve uno. Aparte de su obvia función, también es útil como herramienta disuasiva para cánidos con malas intenciones. De momento he sido lo suficientemente afortunado como para no tener que comprobar si también es útil como arma contra esos cánidos.

Así que bien, ya que es importante salir con bastón, uno de los requisitos es que sea cómodo y bien equilibrado. Si no lo fuera, no estaría cumpliendo con su misión. Y ya de paso, por qué no hacerlo también agradable al a vista?

Y el resultado es algo como esto, al menos como una primera aproximación:

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