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Mariposa multicolor /02

La construcción de la mariposa fue un proceso divertido, pero de a ratos frustrante y con ocasionales momentos “anti-eureka”, como cuando decís “pucha, no debería haber hecho esto”. El relato a lo mejor no suena tan divertido, no lo es, pero me sirve de bitácora básica. Mala suerte para ti. Siempre queda la opción de mirar solo las fotos y evitarte el muermo. Nadie va a reprocharte nada. Yo, que estoy escribiendo esto, te digo: mirá las fotos y ya. Ah, y el video del final.

La ansiedad es el peor enemigo. Las personas ansiosas y atropelladas que no piensan las cosas antes de hacerlas cometemos más errores.

Lo primero fue alinear y transferir los perfiles de las alas y cortarlos, cosa que no revistió mayor dificultad aunque tuvo que ser algo bastante preciso; cada par de alas debe ir en equilibrio, por lo que era necesario que pesaran lo mismo. Finalmente, con unos pequeños ajustes, llegué a un margen de error de entre dos y tres gramos para cada par, cosa que no está mal.

Lo “divertido” de esta parte fue que corté las alas antes de diseñar las vértebras que las unirían. Aquí vino el primer momento anti-eureka: los extremos fijos los corté sin tener idea de cómo sería esa fijación, ni de la forma de las piezas que los recibirían. Conclusión: esos extremos tienen unos ridículos bordes curvados por lo que es virtualmente imposible lograr un encastre perfecto.

Así que bien, una vez que tuve las piezas de las alas cortadas y diseñé las partes que las recibirían, había que cortar estas partes. Esta etapa tuvo un inicio bastante frustrante. Mis tablas de ciprés, provenientes de los viejos árboles que se cortaron al ampliar el galpón, se aserraron y estibaron hace unos 6 años. Están tan secas como puede esperarse y con unas grietas finas como cabellos que no dan la impresión de ser problemáticas… salvo que esas grietas no son superficiales: llegan hasta el centro de la madera y a través de ellas los elementos fueron haciendo su trabajo, debilitando la madera hasta extremos insospechados, sobre todo cuando se intenta cortar piezas pequeñas. Conclusión: lograr encontrar una parte de la madera sin grietas no fue un asunto trivial.

Finalmente pude cortar el perfil de las piezas correctamente y taladré los agujeros para los pasadores usando un taladro de banco para lograr perpendicularidad. Restaba la parte más delicada: marcar y cortar las ranuras centrales. Con serrucho, sierra, caladora manual y eléctrica y de banco. ¡MEV bendito! ¡No daba pie con bola! Los cortes debían ser exactos o en todo caso un poco menores al espesor deseado, no podían torcerse ni desviarse a riesgo de estropear el balance y con él la pieza entera. La solución fue comenzar los laterales de las ranuras con la caladora de banco y su hoja de sierra a 90º, y terminarlos con la sierra caladora de mano. Un poco de trabajo con el formón y varios pequeños cortes con un serrucho de costilla, de corte un poco basto, pero preciso, terminaron de remover el sobrante. Podría haber taladrado un orificio como tope a la profundidad deseada para evitarme la limpieza posterior, pero no me animé; ¿y si justo agarro una grieta y parto la pieza? Son piezas de geometría irregular, mis herramientas son básicas y no tengo la ventaja de la soltura que da la práctica, ¿y si se me desvía el taladro y mando un agujero para cualquier lado? Así que nada: serruche y limpie todo como mejor pueda y no moleste. De todos modos ya para ese entonces me había dado cuenta de que las piezas no encastraban a la perfección ni mucho menos.

Con las vértebras cortadas y perforadas y las ranuras centrales hechas y probadas, el próximo paso fue hacer los agujeros en los segmentos de las alas usando los de las vértebras como guías.

¡Ya estamos listos para hacer una prueba preliminar!

El siguiente paso fue lijar y suavizar bordes y trabajar un poco las vértebras para lograr la textura que deseaba.

Y luego la pintura. La pintura y los colores han sido un tema complicado en mi vida ya que tengo un tipo de daltonismo con el que siempre me ha sido difícil lidiar. En síntesis: veo los colores, pero no sé cuáles son. Los primarios no presentan mayor dificultad, pero las mezclas y medios tonos son una historia distinta. Así que llamé a mi lado a María Luisa. Las primeras pruebas no fueron tan buenas. Quería lograr un colorido realista, pero no tenemos oficio de pintor y fue cualquier cosa. La pintura acrílica tiene una malévola vida propia y hacía lo que yo le decía, no lo que yo quería que hiciera. Así que nos fuimos decantando por algo más simple y primario que fuera adecuado para un bebé. Estas pruebas resultaron bastante más prometedoras y nos largamos a pintar.

Con dos manos de pintura aplicadas, oreadas y secas, monté cada segmento. A la luz del día los colores resultaban vibrantes. Los pines quedaron casi de puta madre. El facetado, aunque la foto no le hace justicia, creaba una textura que daba gusto ver.

Solo restaba darle una pasada con el spray de Rust-Oleum cuando vino el desastre. Por apurado. Por no esperar un par de días más. Hace años vi en una lata de barniz de Sherwin Williams la mejor recomendación que recibí en mi vida:

Si usted hace exactamente lo que dice el envase, el producto hará exactamente lo que dice el envase.

Eso aplica para la gran mayoría de ese tipo de productos. Si te dicen que lo apliques con buen tiempo y en un lugar sin viento, entonces esperá a que las condiciones sean adecuadas. Si hacés la aplicación en un día húmedo y en medio de un vendaval el producto definitivamente no hará lo que dice el envase. El barniz atrapó una capa de humedad y se blanqueó. Se blanqueó por completo.

Conclusión: retroceda 20 casillas. Tuve que desarmar todo y volver a lijar y pintar. La remoción del puto producto, que una vez seco es duro como vidrio, fue una pesadilla. Tuve que llegar al punto de usar lija de grano 80 para lograr quitarlo, y luego volver a relijar para suavizar la madera, con granos 150, 220, 280 y 400. Las vértebras, con su bello facetado, fueron las que más sufrieron al tener que limpiar el producto del fondo de las depresiones.

En medio de todo eso se me cayó una de las piezas del colgadero donde estaba oréandose y se quebró (el recambio es la pieza blanca). Justo en un sitio donde, oh sorpresa, el grano de la madera era especialmente débil, cosa que se me había pasado por alto durante el diseño y posterior corte. Más precisamente: lo vi, me di cuenta de que era la parte más pobremente diseñada, pero consideré que no era tan importante porque la pieza es una de las más livianas. Además, las piezas que pueden romperse siempre se les caen a otras personas. Mala mía. Y del Diablo, que siempre está en los detalles.

Finalmente, después de tantas idas y venidas, la mariposa quedó lista para ser armada una vez más. Con su nueva pintura, con la terminación de spray aplicada correctamente pero solo en las alas, y con las vértebras con una delgada capa de aceite de lino. Lo comenté antes y lo sostengo: el aceite de lino es lo más.

El toque final fue el empaquetado. ¿Cómo lograr que llegue desde Uruguay a Australia, en una sola pieza, dentro de una valija y pasando por tres o cuatro aeropuertos? Con una gran dosis de suerte, claro está. Y con la ayuda de los expertos. Naxto, gran empaquetador, armó el puzzle de la mejor y más compacta forma. Quedó un bodoquito precioso que calculo hubiera podido resisitir una guerra atómica. Kudos to you, mi friend Braziiil! No hay foto, pero el paquete recuerda a uno de esos ladrillos de heroína que aparecen en las películas… pero mejor. Si los carteles de drogas contrataran a Naxto para empaquetarle la merca, ningún perro del mundo sería capaz de oler nada más que cinta adhesiva.

Conclusión: la mariposa llegó en perfectas condiciones a Australia y luego de varios días de paciente espera puedo decir que finalmente la armaron y colgaron! María Luisa me mandó un video de la niña al momento de ver la mariposa, y puedo decir que por su reacción, gritos, gorgoritos y desesperación general por tocarla, agarrarla y sacudirla, el invento fue un éxito total. Igual me cagué hasta las patas cuando la abuela tuvo la peregrina idea de acerca a la niña de meses hasta el móvil. ¡Loca demente atronada de la calor, mirá que hacer semejante cosa! ¡Claramente dije que era un juguete con el que la gurisa no podía jugar! Me siento ignorado y cada vez que me acuerdo me vienen chuchos de frío impotente y desesperado. La mariposa casi muere debido a un ataque bebístico de incontrolable curiosidad exploratoria. Pero el bicho sobrevivió a tres entusiastas cinchones, lo que constituye un test de calidad válido según mis estándares.

La parte menos elegante, es bastante evidente, es la unión entre secciones. Esos esmerillones son útiles, pero están lejos de ser lindos. Menos aún cuando tuve que buscar unos de gran tamaño para dejar espacio a fin de que las partes puedan moverse y bambolearse sin que golpeen unas con otras. Ya sé qué hacer para el próximo: redimensionar las vértebras para que el centro de cada una recorra la mayor parte de la distancia vertical entre piezas, así las conexiones serán mínimas a la vez que el cuerpo de la mariposa se parecerá más a un cuerpo.

Según Nacho es uno de mis trabajos más lindos. No puedo estar en desacuerdo. También fue el que más satisfacciones me ha dado.

Mariposa multicolor /01

El nacimiento de la idea

¡María Luisa fue abuela! En abril. En las antípodas, porque su hijita no se fue a China porque no les entendía, así que se decantó por Australia, que además tiene canguros a rolete y eso siempre suma.

Ya desde el embarazo toda la familia se puso como loca a elegir regalos para mandarle a la futura Julieta y yo ahí, al pairo y sin saber qué. Nunca fui muy diestro para elegir regalos, menos aún para elegir un regalo para una beba. ¿Qué regalarle? ¿Qué puede significar una ropa o un juguete para un pedazo de ser humano totalmente ajeno a lo que le rodea? Además, fantaseé con que fuera algo que pudiera disfrutar por mucho tiempo. Quería algo que fuera, no sé, significativo. ¿Pero qué?

El embarazo pasó y la gurisa llegó. María Luisa gestionó su visa y marchó a cangurolandia para estar allí cuando llegara. ¡Llegó! ¡Es sanita! ¡La mamá está bien! Felicidad para todos lados. Cansancio de los flamantes padre y madre para tirar para arriba. Y yo todavía sin saber qué regalarle a Julieta.

Un día, unos meses después, recordé cómo conocí a María Luisa y los chats diarios mirando su foto de perfil, pensando lo linda que era y cómo podía hacer para tener una chance. Cosa curiosa, porque al poco tiempo cambió su foto por la de una mariposa. Una mariposa multicolor. Cada tanto se me viene eso a la cabeza, ese detalle bobo pero determinante, porque si solo hubiese visto la foto de la mariposa, quizá no habría pasado días enteros pensando cómo hacer para conquistarla.

Y así, pensando en ella y su mariposa, se me ocurrió que qué mejor para Julieta que tener algo que le recordara a su abuela. Aunque la gurisita no tenga ni idea de que a su abuela le gustan las mariposas, ya se lo explicará María Luisa.

Así que bien, tenemos una mariposa. ¿Qué hacemos con la mariposa? La niña tiene meses. Apenas está empezando a descubrir su entorno. No entiende “el jugar”. No hay mucha variedad de historias que puedan armarse con mariposas. No sería tan seguro dejar una mariposa a su alcance, ya que lo primero que tendemos a hacer de bebés es llevarnos las cosas a la boca. Así que debía ser un juguete… que estuviera fuera de su alcance. Un juguete con el que no se pueda jugar es raro, por lo que el juguete debería moverse solo. Un juguete, móvil. Un móvil para una niña que está descubriendo su entorno y necesita estimulación, así que debía ser colorido e intenso.

Las ideas no necesariamente tienen que ser razonables, por eso son ideas. Y perdoname que escriba esto que seguramente no te interesa. Lo que pasa es que justo esta parte no es para vos, es para María Luisa.

¡Hola, María Luisa! ¡Esto es pa’ vo’!

El diseño y su razón

Acá empieza lo divertido. Una mariposa. Un móvil con forma de mariposa. La elección del material fue sencilla: madera. Es un material noble, bello y duradero. Aparte de que no sé trabajar sobre nada más. Bien: un móvil con forma de mariposa, de madera. ¿De qué tipo? Encontré tres tipos principales que me interesaron:

  1. Podía ser con alas rígidas articuladas en el tronco que, calculando adecuadamente los anclajes, se balanceran como aleteando. Es un tipo de móvil muy común, habitualmente con forma de pájaro que parece planear suavemente. Pero no me convenció en el momento. En mi cabeza un móvil de ese tipo debía ser tallado de forma realista y encontré dos problemas: mis habilidades de talla están oxidadas por falta de uso, y ese modelo no admite la clase de colores que yo quería usar.
  2. El segundo era un modelo muy estilizado de mariposa usando balancines en equilibrio. Ese tipo de móviles se construye de abajo hacia arriba, en donde el centro de gravedad de cada tramo es el punto en que conecta con el tramo superior; si lo de abajo está equilibrado, lo de arriba también queda equilibrado. Son muy hermosos y pueden ser tan coloridos como se quiera, pero la forma se pierde rápidamente. La maqueta que construí en cartón no se ajustaba ni de cerca a lo que quería lograr. Ese tipo de móviles será la base para el siguiente que haga. Sí, tengo que hacer otro, ¡porque María Luisa fue abuela de nuevo!
  3. A partir del concepto anterior, en donde cada segmento intenta girar horizontalmente arrastrando al resto, se me ocurrió una modificación que finalmente es la que terminé usando. Cada ala se divide horizontalmente en secciones y cada par de estas secciones va unido a una pieza que sirve como vértebra de un tronco central vertical. Cada conjunto pivota libremente, pero al ser un conjunto es sencillo que la mariposa vuelva a formarse e incluso reconocer la forma aunque estén orientados en distintas direcciones.
Intentar hacer un prototipo del tipo 2, demasiado pequeño y con un tipo de madera poco adecuado no fue de mis ideas más brillantes.

Con la idea final concretada me puse a ver siluetas de mariposas que se ajustaran a ella.

A partir de esa silueta, dibujar un boceto inicial fue sencillo. Dentro de los confines del boceto las secciones se perfilaron solas. El único punto a tener en cuenta, casi obvio, es que siguieran una especie de paralelismo entre bordes adyacentes para que no se golpearan entre sí al girar.

Un tema no menor fue decidir el tamaño. Si la hacía muy pequeña, el grosor de las piezas parecería excesivo. Si era demasiado grande, sería todo muy frágil y endeble. Al final tiene una altura de cerca de 60 centímetros con una envergadura máxima de unos 70 cm. ¡De todos modos es enorme!

Un poco de reordenamiento y suavizado de ángulos me dejó las formas de las alas definidas. Algo que tuve muy en cuenta a la hora de dibujar cada parte fue la dirección del grano de la madera y el ancho disponible de mi tabla, de 15 centímetros. El grano debía correr de la manera más paralela posible a los extremos que irían fijados, a la derecha contra la línea central en la foto. Esto me garantizaría la mayor resistencia ante un eventual quiebre.  En el caso de la segunda sección, la más grande, debía tratar de lograr al menos que este grano fuera oblicuo en toda la superficie.

Una vez alineadas, transferidas a una hoja centimetrada y espejadas, restaba diseñar las vértebras, verticalmente simétricas, que unirían cada par de alas. Debía ser algo agradable, que fluyera y fuera visualmente liviano y de líneas sencillas, pero con un buen soporte estructural. Al ser piezas curvas me fue muy difícil lograr que el grano fuese paralelo a las puntas en todas las piezas. No es demasiado determinante porque cada parte de las alas pesa unas pocas decenas de gramos. Sí, lo sé, es un móvil, no un puente. No era necesario dar tantas vueltas y ciertamente no era necesario sobredimensionar tanto las piezas. Esto es un juguete, sí, pero jugar es un asunto serio. El móvil debe viajar 18’000 kilómetros y durar luego muchos años. Debía asegurarme. Además de otros motivos no menos importantes.

La apuesta más grande fue la vértebra central, producto de un impulso. Un símbolo. Es la más delgada y pequeña, frágil, pero la amo en su liviandad, en la belleza de sus líneas, en cómo casi se pierde entre las otras, más robustas. Su posición central cumple la función de conectar con delicadeza las partes superiores, de un raro equilibrio, con las inferiores, de equilibrio conocido y cierto. Esa pieza central es Julieta, rodeada de su familia. Julieta y Magda. Por arriba la nueva familia, cuyo equilibrio Magdalena tuvo que aprender a conocer. Por debajo la que la vio nacer, arraigada en esta tierra, contribuyendo al conjunto. Tan indispensable una como la otra.

Las cosas, en la madera en general y con este objeto en particular, nunca son como parecen. Siempre hay más, como una vida secreta y bullente.

Los materiales en función del diseño

Volviendo a cosas más concretas, te cuento:

Las partes de las alas están hechas con eucaliptus del usado en pisos, de primera calidad, sin nudos y muy estable. El eucaliptus, además de ser una especie originaria de Australia pero presente en ambos países, tiene fibras largas y flexibles. Esto me permitió cepillar las tablas y llevarlas desde sus 12 mm originales hasta unos agradables 7 mm de espesor, asegurando así resistencia y bajo peso. También implicó que las vértebras pudieran ser más delgadas manteniendo un buen soporte lateral. Las tres vértebras superiores son de cedro de 19 mm de espesor, mientras que las dos inferiores son de ciprés, más denso y pesado, de 22 mm de espesor. Más allá de la simbología: dos tipos de madera para dos familias de orígenes distintos, también hay razones prácticas de construcción en la elección de los materiales. Las dos vértebras inferiores son mayores para que su peso mantenga en posición vertical a la segunda, que tiene las secciones más grandes y con el centro de gravedad muy alto.

Las vértebras reciben cada parte de las alas en una ranura central y se fijan con un par de pines pasantes. Los pines están hechos con palitos de brochetas de bamboo, resistentes y de exactamente 3 mm de grosor, cosa fantástica porque me permitió usar una mecha estándar sin tener que adaptar nada. El ajuste es perfecto.

Este ajuste perfecto me permitió prescindir de cualquier tipo de pegamento. Es decir que si un día se rompe alguna parte, cualquiera de ellas, puede ser rápidamente reparada o directamente reemplazada. Las fuerzas intervienentes son muy pequeñas y la madera prácticamente solo tiene que soportar su propio peso. Tampoco hay partes móviles que generen rozamiento o desgaste. El pegamento sería un overkill más.

Las alas se pintaron con dos capas de acrílico al agua más un par de capas de una cobertura resistente de Rust-Oleum en spray semimate, más que nada para fijar el color. Al principio pensé en usar acuarelas, pero no me pareció un medio tan bueno como el acrílico: necesitaba un color sólido y contundente, brillante. Las vértebras van en madera natural con un suave tallado facetado, porque sus vetas son bellas.

Cada vértebra se conecta con la siguiente por medio de un destorcedor (barril giratorio o esmerillón) y un mosquetón (grillete o imperdible). El destorcedor es un pequeño accesorio de pesca con dos ojalillos que permiten un giro independiente uno de otro para no generar torsión en las líneas, que es exactamente lo que se necesita para evitar desgaste. El mosquetón usa el sistema de los alfileres de gancho, a fin de poder desarmar el móvil y empacarlo fácilmente.

En la primera vértebra superior va un mosquetón para poder colgarlo, y debajo de la última va una pequeña mariposita tallada en madera natural para agregar una pizca más de peso que mantenga todo en vertical y también porque tengo ganas; me quedé con la pica de tallar una mariposa.

¡Uf! ¡Qué largo! Espero que todavía estés acompañándome. Estas son todas las notas sobre lo que recuerdo haber calibrado y meditado. En gran parte fue un proceso de ensayo, error y también de descubrimiento, porque nunca había hecho nada parecido. Todos y cada uno de los pasos fueron extremadamente placenteros y divertidos.

Varios puntos del diseño los fui resolviendo sobre la marcha lo que resultó en varios errores, no determinantes, pero sí molestos, que se hicieron evidentes durante la construcción. Te los comento en la próxima entrada.


Retorno

Estoy feliz y quiero contarte cosas, pero no logro hilarlas.

El tema es así: hace unos meses empecé un proyecto en madera. María Luisa fue abuela por primera vez en abril y yo no sabía qué regalarle a la querubina… hasta que unos meses después, alrededor de julio, se me ocurrió: un móvil, grácil y de colores brillantes, concebido como algo muy simple. Te preguntarás cómo puede ser que empezando un móvil en julio sea noviembre y todavía esté en veremos. Bueno, pasaron cosas. Porque las cosas simples a veces esconden complejidades sorprendentes; sorprendentes y deliciosas. En fin, con María Luisa ya estamos muy, muy cerca de terminarlo. Estamos haciendo la parte de la pintura juntos. Primero porque me hace ilusión que sea una obra de ambos y segundo porque mi relación con los colores es… complicada.

Este engañosamente pequeño proyecto, al que le dedicaré su propia entrada (probablemente más de una), ha implicado desempolvar varias destrezas olvidadas: dibujo, técnicas de corte con herramientas que no usaba desde hacía años, talla, ajustes, terminaciones y, por supuesto, la pintura.

Pero entre toda la bendición que trajo, de creación y bienestar, concentración y paz y amor, también despertó otras inquietudes y sentimientos: me dieron ganas de hacer, de aprovechar materiales simples, pero bellos. Ganas de explorar y jugar y perderme a mí mismo en los vericuetos y vetas de la madera.

Estos días vengo jugando con una de las versiones autóctonas del bamboo, que poco tiene que ver con lo que ves en los videos. Es poco maderable y no tan flexible, así que el progreso de aprender es lento. Pero como no tengo apuro, no pasa nada. Hasta ahora pude terminar satisfactoriamente lo mínimo como para decir que hice algo de bamboo: una pequeña cuchara hecha con un trozo de bambú de curiosos entrenudos. Tengo otros proyectitos más interesantes, pero de momento se niegan tenazmente a salir como yo quiero.

También voy retornando a la talla. Un Papá Noel flaco a la vieja usanza, tallado toscamente en un trozo descartado de pino y pintado luego con acrílico al agua fue lo primero. Es un proyecto y un estilo de talla muy descontracturado y descontracturante. También sirve para empezar a entrenar todo el pequeño set de habilidades necesarias para trabajar la madera, como la ductilidad de las manos, el afilado de herramientas, la perspectiva, la paciencia, la precisión, etc.

La pingüina Mabel sale robando cámara

Dentro de la talla estoy con mi primera cuchara, que estoy curando. La hice de una pequeña rama de duraznero quebrada en una tormenta. La rama, de no más de tres o cuatro centímetros de diámetro, tenía un nudo y a su alrededor se desarrolló una especie de callo que formó una concavidad. Nada más verla se me representó la forma y en unos 20 minutos o media hora ya tenía el modelo hecho.

La madera es delgada, joven y está verde, presentando importantes líneas de stress, por lo que tuve que tallarla de manera basta y luego hervirla para evitar que se partiera sola durante el secado.

Cuánto stress, papá!

El hervido de una cuchara es importante, porque así se alivian las principales tensiones internas en la madera, estabilizándola.

El perfume es sutil y dulce. La madera de los frutales tiene el aroma de sus frutos y ocasionalmente también el color. La madera tiene pinceladas de anaranjado y rojo pálido como una aurora, similares al de las manchas en la cáscara de los duraznos.

En sí no tiene uso y es meramente decorativa, pero es bella y reconforta el espíritu, tanto al verla como al hacerla. Todavía resta un lijado fino y la base, que calculo va a darme más trabajo que la cuchara en sí.

Son pequeñas cosas, simples. Como volver a aprender a caminar. Tan simples que solo necesitan un par de herramientas básicas, un rato de tiempo y un poco de ganas. Tienen más o menos utilidad pero, a mis ojos al menos, son poseedoras de una belleza cierta y por eso solo ya valen la pena.

Dicen que la mitad de la belleza está en el ojo de quien mira, así que vos sabrás juzgar.


Vuelta a la madera II

No.  No he vuelto a la madera, lamento decirlo.

Aunque siento su canto de sirena, una hora sí y la otra también.  Es como un capacitor que va juntando carga, así que más pronto o tarde estallará, digo gracias.

Sin embargo sí he estado pensando en ella.  Calibrando.  Elucubrando.  Meditando.  Y trayendo viejos recuerdos e información a estantes más a mano de la memoria.

El comentario de Raulo motiva esta pequeña entrada y su título.  El tema: terminaciones.

Hay pocas terminaciones naturales que queden REALMENTE terminadas.  Es decir, en mi conocimiento hay solo una terminación que respete esa definición: el aceite de lino, crudo y puro.   El aceite de lino, si es bueno y la capa de cobertura que se aplica es delgada, con el contacto con el aire cristaliza, formando una película firme y de un agradable y profundo brillo satinado.  Si trabajás con maderas duras, calentalo para que penetre en las apretadas fibras de la madera.  Por el amor del MEV, calentalo a baño maría, usá elementos de protección y no vayas a irte a aprontar el mate teniendo el aceite al fuego.  Y no lo embadurnes mucho.  Una capita es más que suficiente.

La cera de abeja siempre será cera de abeja.  No cristalizará. Es decir, que su dureza variará con la temperatura ambiente.  Si tocás la pieza en verano, vas a dejar más marcas que en invierno, porque reaccionará a la temperatura de la piel.  Una buena manera de aplicar la cera, para sacarle todo el provecho posible, es diluirla con trementina, producto que a veces suele denominarse aguarrás vegetal.  Mezcás la cera con un chorrito de trementina en un frasco de vidrio bien tapado y lo mantenés así varios días, sacudiéndolo cada tanto.  El resultado será una pasta más o menos chirla, dependiendo de la cantidad de trementina usada.  Lo ideal es ir añadiendo la trementina de a poco hasta conseguir una textura parecida o incluso más fina que la del betún para zapatos.  Ahí tomás una poca de esa pasta en un trapito que no largue pelusa y encerás la pieza, frotando vigorosamente (la fricción trae temperatura y la temperatura ayuda a que no queden grumos de cera).  Dejás orear unas horas, en lugar seco, para que se evapore la trementina y luego le das brillo con un trapo suave o, mi preferido, con una media de nylon.  Un par de medias de mujer de las baratas va a darte horas y horas de buen y placentero lustrado.

Hablando de betún, también hay un producto llamado betún de judea, que no es natural ni mucho menos, ya que es un derivado del petróleo, pero puede mezclarse con la cera para dar un toque oscuro muy agradable.  Hay que tener cuidado y hacer pruebas antes, para no cagar la pieza en la que has trabajado 2 meses.

Los yankis tienen un menjunje maravilloso llamado Danish Oil que he visto deja unas terminaciones preciosas.  Si podés conseguirlo, bien por vos.

También pueden ser terminaciones al agua, con nogalina o con algarrobina.  La nogalina da un tinte oscuro, profundo.  Mientras que la algarrobina da un color borra de vino, como un granate bien oscuro, que puede resultar muy bello, según la pieza y la luz bajo la que vaya a estar.  La utilización no tiene misterio.  Son al agua.  Diluís el polvo en agua limpia y fría y le pasás a la pieza una mano sin encharcar.  Dejás secar.  El agua va a levantar fibras de la madera.  Lijás con grano fino, 600, 800 o aún 1200 si es la fibra es poca.  El grano 1200 te va a dar un brillo natural, perecedero, es cierto, pero que puede devolverse con un trapito de algodón cualquiera.  Un poco de nogalina y un final con cera a la trementina, o betún de judea, te va a dar un orgasmo de placer en maderas claras.  Si trabajás con lapacho o curupay no tiene sentido usar tintes, pero para cedro, álamo, yesquero o cualqueir madera clara, es un goce.

También podés tintar con alguna anilina, al agua, al alcohol o al aceite.  Son un poco perras al principio, pero si les agarrás la mano te van a dar muchas satisfacciones.

Y luego las pinturas.  Combinar pinturas acrílicas con la madera puede darte resultados muy buenos.  Incluso mezclas de tintas al fondo con colores acrílicos.

También podés tratar de conseguir una buena laca poliuretánica transparente.  Te deja las superficies como un vidrio.  Aunque tiene un jeito para aprender a usarla y que las cosas queden a tu gusto.  Es cuestión de probar y consultar con algún carpintero o lustrador de muebles… capaz que podés encontrar algún viejo lustrador con ganas de conversar.  Eso será invaluable.

El tipo de terminación por excelencia para las maderas, es una herramienta bien afilada.  El texturado propio de la talla, o un lijado fino sobre el torno, puede dejar superficies hermosas y facetadas, llenas de vida.

Si son cosas que van a ser tocadas, y no son muebles, ya que te preocupan las huellas digitales, no le pongas nada.  Lijá hasta un grano 1200 a conciencia y el pulido dará brillo y una textura como de seda.  Perfectas para amuletos, broches para el pelo, juguetes o adornos delicados.  Se opacarán un poco, pero siempre tendrán un brillo propio.

La recomendación final: Jugá.  Jugá por jugar a mirá a dónde te llevan esos juegos… y ya de paso, llevá un pequeño cuaderno donde anotes tus aciertos y errores.  Podés ir agregando fotos de los resultados.

Hay mil productos, lacas y productos orgánicos.  Si las usás, contame cómo te va y mandá fotos.  Pero en la madera, como en las artes marciales o la comida, he llegado a sentir que es preferible conocer 4 o 5 técnicas puntuales y aprender a usarlas bien, que llenarte de cosas que vas a saber aplicar a medias.

Ya.  Espero haberte sido de ayuda.  Buena talla, felices resultados.

Portapluma

Hace unos días recibí algunas plumas.  No de avechuchos, si no de las que se usan para escribir/dibujar con tinta china; también un lote de tinteros, ya puestos, y un poco de tinta… pero ningún portaplumas.

Pero non preocuparum!  Habemus madera, totalmente ecológica, producto de la poda de los plumerillos que tengo en casa, habemus torno, habemus modelos robados de internet inspiración y lo más importante, como dijo Gandalf: donde hay voluntad siempre existe un camino… y allá salió Frodo caminando.

Como sea, la cosa es que el domingo, para festejar el cambio de horario, me puse con toda la parsimonia que fui capaz de reunir (y puede ser realmente mucha a la hora de usar el torno), a hacer un portaplumas para mis plumas.  Además tenía que ser lindo, porque las plumas están buenas, ya que aunque hay algunas PAX argentinas, hay Speedball, Brause y otras marcas menos conocidas inglesas y de USA.

Además, también le dije a Maco que le iba a pasar portaplumas para que me haga de beta pluma tester, así que lo primero era tener un prototipo funcional.

El resultado es algo como esto:

Largo: 15.5 cm

Peso: 14 gramos, sin la pluma, con contrapeso trasero... las pelotas, viteh?

Grip: diámetros mayor y menor : 14 mm y 12 mm

El contrapeso equilibra el conjunto, que para dibujar no sé si servirá, pero para escribir va perfecto.  El ranurado no deja que el invento se resbale, mientras que el adelgazamiento central brinda un agarre bastante cómodo.

Un tema que me dio un poco de trabajo, fue resolver cómo fijar las plumas.  La media caña que se inserta en el portaplumas tiene, en general, unos 13 mm de largo y un diámetro de unos 6 milímetros… así que lo primero fue hacer un agujero de esas medidas.

Sí, lo sé, está descentrado… me ganó la ansiedad y por no perder 10 segundos marcando un buen punto para la mecha, se resbaló de la posición central.

Probé varios montajes tentativos.  Lo primero fue hacer dos anillos concéntricos de metal que, milagrosamente gracias a mi gran pericia en metalurgia, quedaron perfectos al primer intento.  Sin embargo, el sistema, aunque muy bueno en los papeles, presenta un pequeño inconveniente: las plumas no tienen todas el mismo diámetro, por lo que algunas quedaban flojas y a otras había que forzarlas mucho para colocarlas.

La solución fue usar un centro de madera… varios… intercambiables.

Así, haciendo centros con pequeñas diferencias en sus diámetros, que se obtienen al momento mismo de lijarlos, se compensan las pequeñas (pero molestas) variaciones entre las plumas.  De esta manera, los problemas de plumas flojas que dan trazos vacilantes y de plumas atascadas que se quiebran al querer retirarlas, se convierten en el tipo de cosas que le pasan a otra gente 😉

Toda una innovación, por Gordjazz!! Alta adaptabilidad, baby!

Próximo paso, otro portaplumas, obviamente… y con el centro en el centro, re-obviamente de ser posible!!  Y luego un portaplumas oblicuo, que no tengo ni idea de para qué sirven o cuál es la ventaja sobre los portaplumas comunes, pero tienen toda la onda!

El prototipo está pulido pero sin tintes u otra terminación.  Tal vez quedaría bien algo clásico, para aprovechar el veteado natural, que es muy lindo: un buen baño de nogalina y una capa de laca transparente mate.  Luego te cuento!

Y ‘ta.

Tecnificación artesanal de un clásico

Es horrible tener que amasar con una botella.  Incómodo.  Fatigoso.  Inadecuado.

Incómodo porque no tenés bien cómo agarrarla.  Fatigoso porque al ser tan liviana, tenés que afirmarte a lo panadero para llegar a estirar cualquier masa.  Inadecuado porque si tenés la masa enharinada, la botella se resbala como escupida en plancha, mientras que si está sin enharinar, es un pegote insoportable.

Necesitaba un adminículo, una especie de milagro tecnológico que me salvara. Así, luego de una concienzuda investigación, di con un aparato contundente, sin piezas móviles, diseñado y manufacturado para un propósito específico: nuestro viejo conocido y no siempre bien ponderado, pero prácticamente indispensable, palote de amasar, o rodillo, como se lo conoce en ciertas regiones.

Partamos de la madera.  Nada de esas porquerías de pino o álamo que se encuentran por todos lados.  No.  Tenía que ser algo con peso, durable y, en concordancia con mi manera de ser, bruto.  La elección es clara: lapacho.

Rescatamos un buen pedazo de baranda de 3 pulgadas de sección cuadrada y 60 cm de largo y lo colocamos en el entrepunto del torno.

Dejamos un margen de seguridad de 5 cm en cada punta, para evitar algunas grietas y rajaduras que pueden dar problemas, y con la media caña de 1″ hacemos el desbaste primario y damos a nuestro trozo de madera la forma cilíndrica que lo caracteriza.

Una vez que tenemos un cilindro razonablemente bien calibrado, marcamos el vuelo de las asas… cómo se llama eso de donde se agarran los palotes?  Agarres?  Las bolas!  Ahí está.  Es así como un nombre simpático, no?  Dejamos un palote con un largo efectivo de unos 25 o 30 cm y le damos a cada lado unos 7 a 10 cm para las bolas.   Luego es ir más o menos haciendo una punta y la otra alternadamente, cuestión de que más o menos queden parejas.  El calibre es una herramienta muy útil cuando el ojímetro no es tan preciso.

Recuerda, Pequeño Demente: Tener las bolas parejas es un signo de buen gusto.  Además, a quién no le gusta agarrarse de las bolas, cuando las bolas son simétricas y bien proporcionadas?

Y ya casi estamos.  Luego hay que lijar el cilindro y sus bolas con lijas 100, 150, 220 y 320.  No es necesario que quede pulido a espejo ni mucho menos.  Cepillamos bien con un cepillo de dientes o similar, para remover el polvillo, sacamos del entrepunto y lavamos a conciencia con agua clara, teniendo cuidado de no pasar mucho las manos, por si hay alguna astilla.

Volvemos a poner en el entrepunto, retiramos el apoyaherramientas, ponemos a girar el torno y aplicamos sobre la madera un paño limpio.  El paño va a quedar amarillo rojizo de los tintes del lapacho y el polvillo del trabajo en la madera.   Volvemos a sacar la pieza y repetimos el proceso dos o tres veces más, siempre con un paño limpio, hasta que casi no se tiña.

Cuando ya está listo y todavía en el torno, empezamos a cortar los extremos de las bolas para liberar el palote.  Llevamos el corte hasta que reste un centímetro de cada lado y lo terminamos fuera del torno.

La textura final no va a ser especialmente sedosa, debido al lavado, así que no te preocupes por ese aspecto.  El tema es que terminemos con un hermoso palote, aproximadamente de 45 a 50 cm de largo total y cerca de 3 kilos de peso.  Ideal para amasar o bien para convencer a algún impertinente reacio a hacer nuestra voluntad.

Es muy importante sacar la foto cuando el palote todavía está con un poco de humedad del último lavado, así parece que se va a partir a la primera de cambio 😉

Ahora resta probar si el motor quedó bien ensamblado y si las bolas son de tamaño adecuado, haciendo unas buenas pastas caseras, a ver qué tal.

Notas sobre seguridad:  Esto es elemental, vamos.  Protección para ojos y oídos.  Mejor aún si usás una máscara para toda la cara.   Y de repente una mascarilla o respirador.  El lapacho, en el torno, larga una cantidad imponente de viruta fina (con gran astucia para meterse por todos lados), y una cantidad atroz de un polvillo como aserrín que es insoportable y no tan saludable para inhalar.  Sobre todo a la hora de lijar.  No cuesta nada y laburás tranquilo, o tranquila.

Ya sabés, cuidate, querete, ojito, ojet…

Memory Dump

  • Tutorial para aplicar el Efecto Droste en fotos.  En inglés, desde DPS.
  • Vida en movimento:  las migraciones más grandes del mundo.  Desde NG.
  • Tapenade de naranja y romero, desde Gastronomía & Cía.  Lo vamos a probar!
  • Desde Chair Blog, trono (tallado?) de la Dinastía Qing.
  • Desde Contemporist, mesas orgánicas.  La Colección Bloom, de MTH, con sus bases hechas de troncos recuperados, y las tapas de resina moldeada.

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