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Pasa en la vida

Cuando logro cocinar algo y finalmente el resultado se ajusta EXACTAMENTE a lo que tenía en mente, en el alma, a la hora de comenzar, no puedo evitar empezar a los gritos y a las risas.

Como Al Pacino en Frankie y Johnny, pero con un plato de tallarines en lugar de Michelle Pfeiffer.

Por suerte eso se da raramente, lo que es una suerte. Sería horrible empañar semejante placer con la costumbre.

No son pasas lo que quiere el corazón

El tendero señaló a su hijo y le dijo al hombre:
Mandsanas —dijo el tendero—, narranjas, chocolatinas y plátanos, pero no galietas. Éste es mi hijo. Tiene tres años. No está enfermo. Quierre muchas codsas. Yo no sé qué quierre. Nadie sabe lo que quierre. Simplemente quierre. Mirra a Dios y didse: dame esto, dame aquello, pero nunca está satisfecho. Siempre quierre más. Nunca está contento. Y el pobre Dios no tiene nada parra una tristedsa así. Nos lo da todo: el mundo, la luz del sol, la madre, el padre, el hermano, la hermana, los tíos, los primos, la cadsa, la granja, la codsina, la medsa, la cama… El pobre Dios lo da todo, perro nadie está feliz. Todo el mundo es como edse niño enfermo de gripe. Todo el mundo me pide galietas, y con padsas dentro. —El tendero se interrumpió un momento para suspirar profundamente. Cuando soltó el aire, dijo al cliente en voz muy alta—: No hay galietas con padsas dentro.

El sábado fui hasta la tienda de comida armenia de la esquina. Allí me atendió una muchacha muy macanuda, esposa del dueño de ascendencia armenia. En las paredes, un texto impresionante le decía al lector, que no podrían con Armenia. Que a pesar de los intentos del mundo y la Historia por vencerlos y aniquilarlos, allí donde se encontraran dos armenios, la cultura sería reconstruida.
El poema se llama “Armenia” y su autor es William Saroyan.  Quién es, o fue, Saroyan, le pregunto, intrigado por la fuerza y sencillez de las letras.  Es un autor armenio que creció y vivió en Estados Unidos, no es muy conocido, pero sí muy bueno.

Así que una de las primeras cosas que hice luego de volver a casa y comerme los ricos lehmeyunes, fue buscar algo de William Saroyan; y encontré un libro llamado “La comedia humana”.  Basada en los Estados Unidos de la Segunda Guerra mundial, esta novela muestra la vida vista desde los ojos de un par de niños que viven en un pequeño pueblo de California: Homero, de 14 años que va a la escuela y luego trabaja como mensajero para el telégrafo y su hermano Ulysses, de 4 años, lleno de una curiosidad maravillosa e inagotable.

Escrita en un lenguaje directo, sencillo y sin pretensiones, la belleza de la historia es abrumadora.  En ella encontramos unos colores brillantes, unas imágenes tibias como un sueño de la infancia y un candor como no he visto desde el Cándido de Voltaire, pero mejor, porque no hay sátira, pesimismo, o ironía.  O tal vez la haya, pero sutil al extremo.  Es como una filigrana de cristal, preservada en el tiempo.

Ulysses nos captura desde su visión, con su percepción del mundo y sus interrogantes, a cada paso haciendo un descubrimiento más portentoso que el anterior.  Homero, por otra parte, se va abriendo al mundo adulto y sus complejidades, los miedos y las angustias.  Como mensajero del telégrafo en tiempos de guerra, le toca llevar las noticias de las muertes en el campo de batalla a los familiares, y eso lo cambia en un nivel profundo.

Todas estas estampas están permeadas de las realidades de la época, varias de las cuales aún están vigentes.

—El mundo se ha vuelto loco —dijo—. Solamente en Rusia, muy cerca de nuestra tierra, nuestro hermoso y pequeño país, millones de personas, millones de niños pasan hambre todos los días. Pasan frío, viven de forma patética, descalzos. Van por ahí, sin un sitio para dormir. Rezando por un trozo de pan seco, por un sitio donde acostarse para descansar, por una noche de sueño tranquilo. ¿Y nosotros qué? ¿Qué hacemos nosotros? Aquí estamos en Ithaca, California, en este país maravilloso, América. ¿Y qué hacemos? Llevamos ropa buena. Nos ponemos zapatos buenos todos los días cuando nos levantamos de la cama. Caminamos por la calle sin que venga nadie armado ni nadie se dedique a quemar nuestras casas ni a asesinar a nuestros hijos, a nuestros hermanos ni a nuestros padres. Vamos de excursión al campo en automóvil. Comemos la mejor comida. Todas las noches nos vamos a la cama y dormimos, ¿y cómo nos sentimos? Descontentos. A pesar de todo estamos descontentos —el tendero le gritó aquella asombrosa verdad a su hijo, lleno de un amor terrible hacia el niño—. Manzanas —dijo—, naranjas, chocolatinas, plátanos… Por el amor de Dios, hijo, ¡no hagas eso! Aunque yo lo haga, tú eres mi hijo y por tanto eres mejor que yo y no tienes que hacerlo. ¡Sé feliz! ¡Sé feliz!

Es un libro de tiempos de guerra, pero de ella, el odio y la estupidez, se habla tangencialmente, como pidiendo disculpas por meter justo ese tema entre lo importante. Hasta la muerte, esa perra inevitable, aparece envuelta en otra cosa, más liviana, amarga y dulce a la vez.

Es, en definitiva, un libro precioso.

Marihuanas superpoderosas y orgasmos

Un fragmento de un show de Louis CK.

Memoria de los objetos

Es una mañana fresca de primavera. El sol brilla, tibio, mientras el aire todavía conserva la humedad de la llovizna nocturna.

Estamos en la cocina iluminada de la casa de Naxto. Hay un mate entre nosotros, humeante, espumoso, recién preparado. Tenemos enfrente sendos platos con unos regios sánguches de mortadela, queso y manteca entre panes fragantes, recién horneados, dorados y crocantes.

Conversamos. De la manera lenta y pausada de quien está cómodo con el otro. Desde hace algunas semanas estamos tratando de encontrar la manera de contar una historia. Es sobre un objeto que perteneció a su padre, y se nos resiste. La hemos enfocado desde varios puntos de vista, pero no damos con el ángulo adecuado; demasiado despojada y perderá magia, demasiados detalles, o muy rebuscados, la harán perder fuerza y fluidez.

Entre la charla, recuerdo un pasaje de un libro que estoy leyendo: “Después de pasar mucho tiempo en una casa, los objetos tienen alma”, escribe Svetlana Alexievich en La Guerra No Tiene Rostro de Mujer. Es una frase que me dejó pensando largas horas y que se conecta con otras charlas. Hay objetos que tienen una especie de vida secreta. O quizá los acercamos, por lo que representan para nosotros, e inconscientemente los dotamos de nuestros propios atributos. No lo sé a ciencia cierta. Sí sé, que para algunos de esos objetos, el resultado es similar a que se impresionaran de vida, que enriquecieran su sustancia.

Cuando me mudé con mi esposa a la casa que fuera de mi abuela, dice Naxto, había un armario grande cerca de la entrada. Abuela lo usaba para poner los cacharros de la cocina y lo tuvo allí durante décadas. Era un armario precioso, pero como no me gustaba cómo quedaba, lo movimos con la flaca. Durante varios días, Blades (su perro, un ovejero manto negro que era casi un cristiano), cada vez que pasaba por donde estuvo el armario, hacía el quiebre; Blades seguía esquivando el armario a pesar de que ya no estaba allí.

Es comprensible, le contesto, habrá sido por la costumbre.

No te conté, pregunta Naxto con una sonrisa, que Blades llegó a la casa después de haber movido el mueble?

Que dice mi huerta

…que hoy cenamos ensalada de lechuga y rúcula, con tortilla de espinacas, perejil y puerro.

 

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La huerta diminuta fructifica y vivifica.

Life is good.

 

Rejoice

Regocijaos, niños.

Porque en 42 lo rebancamos al Nick.

Sabelo, Nick, te llevamos acá, cerquita del cuore.

Y si mientras lo escuchás sentís que tenes ganas de reír y llorar a la vez, no te preocupes, es perfectamente normal.

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Porque te quiero te aporreo

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