Sensatez

Hornblower tuvo que admitir para sí que la idea que se hacía María de su servicio en la Marina no estaba en un plano tan elevado como la suya propia. Para María era un asunto de caballeros, y le daba cierto estatus social al cual de otro modo no podría haber aspirado jamás, y además llevaba comida a la boquita de su precioso hijo… sus hijos, ahora que había nacido la pequeña María. Pero sacrificarse por una causa, aventurarse al peligro más allá de los dictados del deber, el honor, la gloria, ésos eran conceptos que a María le preocupaban muy poco. Más bien se mostraba inclinada a desdeñarlos como ideas puramente masculinas, parte de un elaborado juego o ritual tramado por los hombres para hacerles sentir superiores y diferentes a las mujeres, cuya dignidad y sublime certeza de superioridad no necesitaban tan pueril refuerzo.

Hornblower y la Átropos – C. S. Forester

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Anatomía práctica

Esto es obra de un aprendiz. Vuélvase, por favor. Si alguna vez usa una daga, señor Bush, recuerde inclinar la punta hacia arriba al clavarla. Cuando se clava hacia arriba, penetra en la cavidad que forman las costillas y que parece preparada para recibir un corte así; en cambio, cuando se clava hacia abajo, las costillas le impiden el paso porque están superpuestas, y entonces la hoja, como en este caso, va rebotando en vano de una a otra, como si llamara en cada una para entrar y cada una le negara la entrada.

El Teniente de Navío Hornblower  – C.S. Forester

Las niñas de Santa Clara

Una pequeña ciudad en la frontera con Brasil. El rumor de un caso de corrupción de menores. Un periodista de Montevideo, en la medianía de la vida, medio de vuelta de todo, que sale a investigar. Esa es la premisa.

El encuentro con la quietud típica del pueblo chico del interior del país, pero que a la vez está en la frontera con un gigante que simplemente le da la espalda, a un río de distancia. Un río indiferente que se menciona apenas tangencialmente y al que se presta atención solo cuando crece. Los nombres dichos a veces en susurros, pero que nadie ignora. El viejo y proverbial infierno grande del pueblo chico, donde todos se conocen entre sí para bien y para mal. La pobreza, el desamparo, la impunidad.

El libro de Grabriel Sosa de a ratos resulta extraño, porque parece hecho de contrastes. Es cortito y escrito sin vueltas, pero complejo. No pasa nada y pasa de todo. Por sus páginas desfilan muchos sentimientos: indiferencia, fatalismo, impotencia, curiosidad, tristeza, indignación, miedo, rabia. El autor te hace alternar entre las emociones casi a capricho. Te hace acompañar a Larrobla llevándote casi de la mano, para luego dejarte abandonado y que hagas lo que puedas.

En estos días en que los titulares de los diarios se llenan de portadas de vejestorios inmundos que abusan de nenas, el relato de Sosa resulta vigente y actual e incluso a veces parecería que se quedara corto a la hora de alcanzar a la realidad.

Muy buena novela. La única advertencia que puedo darte es que evites terminar de leerla justo antes de ir a dormir. Te vas a quedar rumiando largo rato y vas a terminar agotado, asqueado por la enfermedad y sus síntomas, preguntándote cómo es posible que eso exista, que exista acá, entre nosotros, por qué nadie hace nada, por qué vos no hacés nada.

Banderas

Me preocupa la situación en España, donde tengo tantas amistades y afectos, con todo el tema Catalán. No tengo una posición tomada. No podría, ni me corresponde elegir un bando. Sí soy partidario de dejar que la gente se exprese y rechazo la violencia contra personas desarmadas y con los brazos en alto. No hay justificación en un estado que se dice democrático y de derecho. También rechazo la provocación y la coacción y el tildar de traidor a quien piense distinto.

He visto gestos y palabras y acciones muy mezquinas de ambos lados de este conflicto, tanto de las personas de a pie como de los dirigentes que deberían velar por el bienestar de su gente y tratar de desactivar el conflicto en lugar de inflamar los ánimos. Luego, a ninguno de ellos se los vio en las calles, tan gallitos que son por cadena nacional. Pero ese es otro tema.

Hoy, ahora, recién, acabo de darme cuenta de algo simplísimo: las banderas.

Si vas a Wikipedia y escribís “Bandera de España”, “Bandera de Cataluña”, o “Estelada” te aparecen las imágenes de las susodichas.  En todos los casos, franjas horizontales rojas y amarillas con algún eventual chirimbolo al medio. Lo más gracioso es que en la Estelada, dependiendo del color, el chirimbolo puede ser de izquierda o de derecha. ¡Qué estupidez, por el MEV! ¿En serio hacen esas distinciones en lo que algunos piensan que debería ser la enseña nacional, apartidaria y totalmente desideologizada? ¿Y entonces qué? ¿Luego de independizarse, si se diera el caso, van a pelear entre ellos para ver qué color de chirimbolo debe aparecer en al bandera?

Después de estudiar concienzudamente las banderas me pregunto: la discusión entre la Bandera de España y la de Catalunya, ¿a qué se debe? ¿Al ancho de la franja, o al color con el que empieza? En esencia son iguales, amarillo sobre rojo o viceversa. Varias finitas o unas pocas bien anchotas. ¿Qué dilema, no?

Dejate de nacionalismos e ideologías por un momento y acercate hacia el lado de lo prosaico: ¿te das cuenta de que hay personas dispuestas a matarse por el ancho de la franja? ¿Vos sacrificarías a tus seres queridos, a vos mismo, por el color inicial? ¿En serio vale la pena sufrir por ver tres franjas o nueve en una bandera?

¿No se dan cuenta? Cientos de años han pasado como para estar anclados a ellos, para dejarse definir por ellos, por los años. Ya están juntos, los pueblos. Están todos al lado, mezclados desde hace generaciones. ¡Desde hace siglos! Sí, tienen rasgos culturales distintos y a veces hasta opuestos, pero no poder buscarle la vuelta y llegar a un acuerdo es como pretender cambiar de apellido porque a tu hermana no le gustan las aceitunas y a vos sí… y que además las llama “olivas”, la maldita. No mentira, mi hermana es un sol maravilloso aunque no le gusten las aceitunas.

Los que fundaron Catalunya están muertos. Los que fundieron Catalunya con el reino de Aragón están muertos. Los que fusionaron los reinos de Castilla y Aragón y Navarra están muertos. Y eso fue todo mentira. Uniones mediante matrimonios. Trasiego de gentes y vasallajes como quien pasa ganado de corral. A nadie se le debe nada. No hay imperativo histórico que valga. Eso también es todo mentira. El pasado son cosas que pasaron. La Historia son cosas que pasaron hace mucho. ¿Qué importa, a fin de cuentas? ¿Qué sigue? ¿Volver a separar los reinos de Castilla y Aragón? ¿Resucitamos a Fernando y a Isabel? ¿Otra guerra civil? Hay un montón de hijos de puta que parecen atraídos por la idea, por lo que se lee y escucha. Pero son pocos, poquísimos; el puñado de fanáticos de toda la vida. ¿Los vas a dejar ganar?

Perdoname si no soy sensible con tu sentimiento español o catalán. No llego a comprenderlo, de la misma manera en que no puedo comprender los fanatismos en los partidos políticos o los cuadros de fútbol. Cuando empezás a desmenuzar las cosas resulta que todo es mentira. Todo es mentira.

No sé, será que a mí los nacionalismos y las fronteras no me van. Son todos constructos de las élites, manipulaciones para que los soretes de siempre se enriquezcan como siempre, mientras los de a pie se pelean entre sí, como siempre. El río revuelto y los pescadores y esas cosas. Fijate a ver qué investigaciones pasaron a segundo plano, qué escándalos se silenciaron, qué dinero cambió de manos mientras están todos pendientes de qué bandera es la más linda.

Váyanse al bar a tomar una mientras conversan, quieren? Es lo más provechoso que pueden hacer. Y no pongan las sillas paralelas, ¿quieren? Las sillas paralelas son lo peor.

Molerse a palos y matarse entre ustedes es terrible para la salud.

Una historia no violenta

No me considero un tipo violento. Tengo un carácter, lo concedo, a veces estallo verbalmente. Pero no especialmente violento. Me enfurezco, sí, pero no suelo exteriorizarlo. A veces incluso parezco zen, ecuánime, equilibrado, ponderando todo en su justa medida.

Muchas personas pueden dar fe de mis palabras. Si preguntaras por ahí te dirían sin asomo de duda que “Arnaldo es un buen tipo, centrado, tranquilo”. Y lo soy, lo soy. Detesto la violencia. Soy un convencido de que nada soluciona, de que hay otras maneras. Creo en desactivar los conflictos antes de la inevitable escalada violenta. Pero no puedo desterrar la furia. No soy zen, salvo que existan monjes budistas furiosos. Hay violencia en mí. Una violencia oscura y viciosa que se regodea en el morbo y está siempre presente.

Te preguntarás, y con razón, cómo la mantego a raya. No es fácil, te diré. Pero he dado con un método. Represo la marejada de la violencia y la dejo salir de a poco cuando amenaza a desbordar los diques. Y es un buen método, debo reconocer. Alivio la presión, como por vertederos, mediante lo que llamo “ensueños”. Son representaciones vívidas, como secuencias que se proyectan en mi cabeza. Tan vívidas que es como si las experimentara en la realidad, pero por dentro. Llenas de movimiento y color y sonido y en ocasiones hasta con los olores en su sitio. Ensueños. Con los ojos abiertos y conciencia plena. Ensueños donde doy rienda suelta sin cortapisas a esa violencia. ¡Qué bello! Ver cómo se apilan. El estropicio de cuerpos rotos. El silencio que se instala de repente al segundo siguiente a que todo explota. Cómo los problemas desaparecen por ensalmo. Cómo se corrigen las injusticias. Cómo se hacen desaparecer los seres fastidiosos, aprovechados, mezquinos y molestos. Como con aquella doña inmunda. Como con Leonel, que sonreía burlonamente mientras lo reconvenía por enésima vez por haber faltado al trabajo sin avisar. Cuando comenzó con sus ridículas excusas no pude soportarlo más, lo derribé al suelo y lo golpeé contra el hormigón con insistencia, hasta que la sonrisa se desvaneció y su cabeza se abrió como un huevo salpicándolo todo. El alivio que se experimenta es casi físico. ¿De qué otra manera podrías lidiar con todos los hijos de puta sin convertirte en un sociópata descontrolado?

Un disparo, un tajo certero, un golpe contundente, una patada profunda. Extremidades dislocadas, cabezas estrelladas, algún diente que vuela solitario, cuerpos que se derrumban inermes. El estruendo y los gritos que luego cesan. La sorpresa, a veces el terror, que se ve en sus ojos cuando comprenden que se les viene la noche. La misericordia que nunca se concede.

Todo logrado con un ligero desenfoque de la vista y un breve viaje al interior.

Buen tipo, Arnaldo. Centrado, conciliador. Nunca pierde los papeles.

Sí, ese soy yo. Arnaldo, un tipo para nada violento.

Lamento boliguayo

Nacho me pasa este enlace, en donde un medio uruguayo informa sobre otro uruguayo que en Twitter interpreta, traduce y explica una canción española del año 2000: Aserejé. Aparentemente es casi trending topic.

http://www.subrayado.com.uy/noticias/71000/tuitero-uruguayo-nos-vuela-la-mente-explicando-el-hit-asereje

En las redes sociales, vi una captura con supuestos dichos del candidato del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou, en referencia a la golpiza que sufrió un peón rural de Salto por reclamar lo que en justa ley le corresponde. En esa captura apócrifa Lacalle Pou habría defendido el accionar del estanciero.

La respuesta del líder nacionalista no se hizo esperar y salió a aclarar los tantos, estableciendo que él no dijo eso.

El primero es gracioso, el segundo se enmarca en un hecho triste y terrible. No tienen nada que ver entre sí de ninguna manera, pero tienen algo en común: las ristras de comentarios.

Qué bicho inmundo y lamentable es el uruguayo. Es increíble lo rastrero y mezquino que resulta en cuanto se rasca un poquito. Fanático, dogmático, falaz, violento, cruel y muchas veces, tristemente ignorante.

El uruguayo no puede hablar ni del gusto del yogur sin cagarse en la concha de la madre de Lucía y el Pepe y los comunistas hijos de la gran puta. O en Sendic. O en los asesinos colorados, en los los blancos ladrones o una combinación de ambos. Todo se politiza, la piel es tan fina que es traslúcida, toda discusión derrapa a la velocidad de la diarrea (que todos saben es más rápida que la de la luz). Parecería ser que el uruguayo está en perpetuo estado de enojo esperando la mínima oportunidad para saltar directo a la yugular del que piensa distinto. Se diga lo que se diga saltan reproches y comparaciones, justificaciones y lamentos interminables. Con varas de medir variadas para cada situación. En donde lo propio se juzga con benevolencia y lo ajeno con máxima virulencia. Donde la historia se repite eternamente y las faltas no prescriben jamás. Todos corruptos, todos ladrones, sin que importe época o color. Manchas indelebles que restan, de manera instantánea, cualquier legitimidad y derecho a réplica.

Es tan raro ver un comentario que no sea descalificador, que tienda puentes, o que simplemente intente comenzar un debate serio y coherente, que probablemente se pase por alto, o peor aún, se conteste con un retruécano o sarcasmo que busque la descalificación, la mayoría de las veces con falacias lógicas que pretenden desviar el foco de la discusión. Es muy triste que muchas veces estos recursos tengan éxito, desvirtuando todo. Y eso en el mejor de los casos. En un porcentaje altísimo de ejemplos se cae directamente en el insulto rampante.

Para mí que la culpa es de Bonomi, el Ministro del Interior. ¡Renunciá, Bonomi!

Algunas series en la segunda mitad de 2017

The Good Place. Una comedia con los protagónicos de Kristen Bell y Ted Danson. Empezó su segunda temporada. La primera es de 13 cortos capítulos que se miran volando. Está en Netlix. Ella muere y despierta en El Buen Lugar, un análogo del Paraíso. No todo es paradisíaco, parece ser. Es entretenida y novedosa, aunque dista de ser brillante. Los protagónicos están muy bien.

The Handmaid’s Tale. Ganadora de premios Emmy que no sé cuáles fueron. Basada en un libro que no leí ni conozco. Con una temática que en general no me interesa en estos en momentos. Con una actriz protagónica que no me hace ni plin, como es Elisabeth Moss. ¡Pero es muy buena! Una distopía con unos EEUU que caen bajo el control de una especie de teocracia puritana. Como si la ultraderecha baptista actual se hiciera con el poder. La mujer pasa a cumplir un rol sometido a estricto control del patriarcado y clasificada en tres categorías: las esposas de los dirigentes, las que hacen las tareas domésticas (Marthas), las que adoctrinan y tienen bajo control a las Criadas (Tías) y las Criadas, las mujeres fértiles que, en un mundo con problemas de esteriliad, deben recibir a la fuerza, cual cuento bíblico de Jacob y Raquel, la semilla de su amo. Ta, es un quilombo, andá a este artículo de Jot Down y leé ahí una reseña de alta factura. El tema es que la serie tiene una altísima calidad técnica, con unos planos que por momentos parecen sacados de Dr. Strangelove, con toda la demencia y nada del humor. Es opresiva y salvaje. Con unas actuaciones excelentes. Vamos con María Luisa por el segundo capítulo y seguimos adelante, la serie y nosotros.

Philip K. Dick’s Electric Dreams. Primera serie de aproximación cautelosa. Ciencia ficción basada en cuentos cortos del escritor Philip K. Dick. Está bien. Son raros. No me cierran del todo. Parece la prima pobre de Black Mirror, de alguna manera. Los finales, de repente. Va por su segundo capítulo. Me dan ganas de seguir porqe es PKD, pero lo visto hasta ahora no me entusiasma especialmente.

Star Trek Discovery. Segunda serie de aproximación cautelosa. Va el primer capítulo. Supuestamente la historia transcurre a bordo de una nave distinta, unos años antes de la Enterprise original. De momento tenemos una dupla femenina en los protagónicos y poca presencia del resto de la tripulación. No hay un “equipo” como en entregas anteriores y las acutaciones fueron medio “Meh”. No está mal, pero todo se siente bastante tibiecito. No me animo a decir más, ni a favor ni en contra. Quedó toda la acción planteada para el próximo capítulo. Veremos si seguimos viendo.

Ahí vamos. Sin mucho entusiasmo por nada de lo que están dando, la verdad, lo que es una ventaja, porque me permite seguir con la parva de lecturas pendientes.