Etiquetado del vino

Queridos bodegueros,

En el día de hoy me dirijo a ustedes no para hablares de sus productos, que son cada vez mejores y más disfrutables, sino por su cara externa, en particular la parte trasera. No de ustedes, claro, sino de las botellas que contienen sus nobles vinos.  Tengo un humildísimo pedido para hacerles: necesito que dejen de ser tan pajeros. Ya estoy decidido a comprar su vino, lo que necesito es saber con qué carajo combina mejor. Y también necesito que tengan un mínimo de coherencia y de sentido común.

El Chardonnay “De Virginia” de Stagnari, además de ser un blanco espectacular, tiene un etiquedo correcto, útil, que realmente ayuda a la hora de decidir.

Brinda toda la información que alguien podría necesitar para un correcto maridaje, o al menos para saber con qué se va a encontrar.

Es una pena, sin embargo, que sean tan inconsistentes y se manden una mierda como la de abajo. ¡Vo, sorete, no podés armar un puto panfleto en la etiqueta! ¡Dame las notas de cata, enfermo! ¡Y encima el folleto es mentira! Ha sido desmentido o relativizado a más no poder. Los únicos que siguen pregonando que el vino es bueno para la salud y el corazón son los que venden vino. Prestigiosos médicos, por favor! ¡Dejame de joder!  No vas a vender una sola botella extra con esa etiqueta de porquería. Ni aunque la escribieras en mayúsculas y la encabezaras con un ¡HOYGAN!

Poné una nota de cata y maridaje como la de arriba. Eso sirve. Eso habla bien de la bodega. Eso indica que saben lo que están haciendo. Más importante aún: que les importa.

Hablarme del puto resveratrol, ¿a quién se le ocurre? ¿No te das cuenta de que no me decís ABSOLUTAMENTE NADA de tu vino? Nada. Ni la temperatura de servicio. ¿Qué tan imbécil tenés que ser? Resveratrol tienen todos, hasta los que vienen en caja por 50 mangos. Me hacés calentar, mirá.

El Etchart Privado Torrontés es otro vino blanco riquísimo para tomar bien fresquito con unos mariscos.  Obtiene su máxima expresión en Cafayate, genial. Bueno, si me contaras cómo se expresa y qué buscar, quizá me sería útil. Pero no me decís nada de nada. Escribiste la primera mierda que se te cruzó porque con algo tenías que rellenar la etiqueta. ¿No tenés un enólogo con el que hablar? ¿O están peleados? Y encima me terminás el bolazo con que es “típico y diferente”. Bueno, hermano, decidite, ¿querés?

Bien, disculpas por el exabrupto. A ver cómo se los explico como pa que les entre en la mollera. A veces uno sencillamente no sabe qué vino pega con qué comida. Y eso es importante; más importante que el resveratrol del orto. Fundamental y básicamente más imporante. Mucho más importante. Como diría Confucio: Importantísimo. Un tannat roble no va a pegar con unas vieiras, de la misma manera en que un hacha no es lo más indicado para cortar unas delicadas endivias. Si ustedes, bodegueros, no nos ayudan un poco a nosotros, los consumidores, que tenemos que decidir entre una oferta de vinos gigante, se va todo al carajo. Seguimos tomando los mismos vinos que más o menos calculamos que pueden funcionar, sin llegar a explorar toda la rica oferta de varietales y blends que hay en el mercado.

No necesita ser nada demasiado técnico, sí útil. Este vino va con carnes a la parrilla, guisos y quesos curados. Este otro para pastas con crema o quesos cremosos. Este para pescados. Este para mariscos. Este para quesos frescos y frutas no ácidas. Yo qué sé… no es tan complicado. Por si les interesa les cuento: entre vinos de iguales cepas y similar rango de precio me quedo siempre, SIEMPRE, con el que me de la mejor información. La información es poder… en su caso, la información es poder vender más vinos.

Media pila, ¿ta?

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El Archivo de las Tormentas 3: Juramentada

Terminé de leer Juramentada, la tercera entrega de El Archivo de las Tormentas, de Brandon Sanderson. Es un libro largo, pero que casi no se nota. Como es usual en las novelas de Sanderson las piezas se van armando con mimo y paciencia,  con esporádicas explosiones de acción, hasta desembocar en un frenesí alucinante de situaciones simultáneas. De repente en ese armado de piezas a veces cae brevemente en un poco de tedio (quizá inevitable en un libraco de casi 1200 páginas), pero incluso ese tedio es fascinante, sobre todo porque esa información que a priori parece intrascendente o estirada finalmente se revela necesaria y relevante.

Está profusa y bellamente ilustrado, lo que siempre es un añadido que se agradece.

La narración de esta historia, aunque enmarcada en un ambiente de alta fantasía y épica es muy cercana. Los personajes, más allá del clásico mito del héroe, tienen una construcción muy agradable que va ganando en complejidad con las distintas entregas. Los dobleces, los conflictos, las encrucijadas, los errores que los quiebran y condicionan pero de los que, quizá, pueden levantarse. Redención y caída en lo abyecto. Fuerza e intelecto. Religión y ateísmo.Todo está ahí.

Y las pasiones. La guerra, los manejos políticos, las maquinaciones, la mentira, la codicia, la sed de poder, las traiciones, la crueldad disfrazada de deber y honor, la locura. También la solidaridad, la entrega, el amor, la superación, la lucha contra la adversidad, temas de sexo y género e inclusión, la cercanía con el otro, la aceptación de la “otredad”.

Muy interesante.

Lo único malo es que andá a saber cuándo llegará el próximo. En 2019 como mínimo, probablemente 2020, y no extrañaría a nadie que en el 2021.

Porque se me da la gana. Y porque yo lo valgo.

“Y en este momento, loco, tengo ganas de hacer este tema!”, dice Daffunchio en pleno recital 5×5 y arranca con Capitán América. Y uno no puede más que amar estar vivo.

La joven durmiente y el huso, un cuento de Neil Gaiman

Neil Gaiman es uno de los escritores más queridos de esta casa, buena y pastafari.

Hace un par de días di con el cuento infantil de La Joven Durmiente y el Huso, bella, bellísimamente ilustrado por Chris Riddell.

¿Usted sabe qué pasó con la Bella Durmiente? ¿Se lo preguntó o dio por sentado que vivió feliz para siempre con el príncipe mongolo que la besó? No lo sabe, ¿verdad? Bueno, con este cuento, a lo mejor, se entera un poco.

Tiene un desarrollo fresco, un desenlace inesperado y un final regio y sorprendente que será la delicia del lectorado (el lectorado está compuesto por los y las lectores y lectoras). Ideal para arrancar de cuajo estereotipos y dar un ejemplo positivo a las generaciones venideras.

De repente no es especialmente apto para gurises impresionables porque a fin de cuentas es una historia de Gaiman, y Gaiman puede ser profundamente perturbador, pero es un cuento precioso.

Lo encuentra en Lectulandia. Con las ilustraciones pesa unos 15 MB

Si gusta colaborar con los creadores, hay sendas versiones en papel en Amazon, en rústica y tapa dura, a un precio realmente accesible.

Y recuerde: dicen los enanos que lo que hace de un regalo algo mágico es la distancia.  Así que si usté está, un suponer, en algún lugar del mundo y lo encarga a Amazon y manda que me lo entreguen en casa, acá en Uruguay, mínimo va a tener que viajar como 12’000 kilómetros, así que el contenido mágico va a ser bastante abundante. Después vemos la mejor manera de agradecérselo.

Memory flood

Qué difícil es lidiar con los tiempos modernos.

La sobreabundancia de información es imposible de digerir y su consumo es imposible de acompasar con las escalas humanas. Mis limitaciones nunca han sido tan patentes.

En la época del CD, que daba la mejor ecuación costo/beneficio, comprabas un disco y lo gastabas. Aprendías las letras al derecho y al revés y lo escuchabas tantas veces que incluso las canciones más pedorras terminaban por gustarte y luego prestabas atención a los ruiditos, los efectos, los arreglos. Vos tenías un disco, tu amigo tenía otro, de un release anterior, o un vivo frente a un estudio, o una nueva mezcla, o un cambio de sello, incluso una portada distinta debido a nuevos productores. La información era poca y podías exprimirle hasta la última gota. Compararla, sopesarla, discutirla, intercambiarla. No había plata para comprar todos los días. No había tanta oferta de los artistas que te interesaban.

Hace unos 10 años se volvió imposible asimilar toda la música que caía en mis manos. La masificación de internet, la democratización del ancho de banda y la popularización de los servicios P2P hicieron que bajar discografías completas del artista que se te antojara no demorara más de un par de horas. Es inconcebible poder evaluarla. Todos los vivos, todos los estudios, más las antologías, greatest hits y hasta  los covers hechos por otros artistas. Cincuenta discos (o más) en formato FLAC, con todas las versiones de todas las canciones al alcance de la mano de forma inmediata y obtenidas de una sola sentada. ¡Tu puta madre que vas a asimilar nada! Escuchás por arriba y hasta terminás asqueado con la avalancha.

Con los libros pasa algo similar. Lectores como el Kindle con su tinta electrónica mate, o la accesibilidad global de las tablets con sus apps que levantan cualquier formato electrónico le permitieron al lector empedernido despegarse del papel y del PC. Los servicios de bases de datos de libros ponen un mundo de lecturas a tres clicks de distancia, gratis. Amazon a veces tiene unos precios tan ridículamente bajos que ni siquiera te planteás no comprarlos. Y así volvemos a reeditar el problema de la música: sobreoferta. Al día de hoy tengo entre 200 y 250 libros pendientes solo en formato electrónico, más unos 10 en papel que fui comprando por impulso y ahí los tengo. De esas centenas de libros pendientes, por lo menos 15 los tengo a medias. La abundancia es tal que si lo que estás leyendo no es una real joya, es apenas tedioso, o si su nivel de complejidad te llama a prestar especial atención, los vas mechando con otras lecturas que no se hagan tan cuesta arriba. Algo casi impensable poquísimos años atrás. La lectura, el hábito y la exigencia sobre lo que se lee, se bastardea. Porque elegís cualquier cosa, o no cualquier cosa, pero sí de manera menos exquisita y específica.

No ser específico tiene sus grandes ventajas, porque podés explorar campos y temáticas de formas poderosas, exhaustivas. Filosofía e Historia, vistas desde distintos puntos de vista y autores se abren como frutas maduras, siempre que tengas la constancia y perseverancia suficiente. Narrativas de temáticas similares, tomadas de distintos períodos históricos (a veces a unos pocos años de distancia) te permiten descubrir mundos nuevos por entero, según cómo un autor u otro encaren el tema.

Irónicamente, esta facilidad para explorar y acometer nuevos frentes tiene la gran desventaja de que tu mente empieza o bien a dispersarse o bien a esforzarse menos. Y eso es una porquería. Porque ser constante y perseverar es un laburo. Cuando los libros eran pocos y caros, perseverancia y constancia era lo único que tenías.

A lo que voy es… me gustaría tener más vidas, todas encadenadas, para poder leer todo lo que me gustaría leer.

Si no fuera por la Z, todavía estarían vivos

Pensé que luego de tres entradas (i, ii y anexo) el tema estaría laudado, pero las personas siempre se las ingenian para sorprenderte.

Deambulando por las redes ( @iampepejandros ) me crucé con esto:

Es parte de una simpática historia donde un padre, al subir a un avión, entrega a los pasajeros de asientos cercanos esas bolsitas llenas de golosinas y tapones para los oídos, para suavizar la experiencia de que su bebé, una niña, hiciera escándalo durante el vuelo.

La historia me importa un bledo. Los bebés son siempre detestables. Sí me llamó la atención el nombre de la pobre, pobre, pobre pendeja: Lorenza. ¿Lo qué? Renza.

¿Qué tan hijo de puta tenés que ser para ponerle Lorenza a tu hija? Sí, ya sé, te morías de ganas de tener un varón. Es la única explicación. Sorete. Podrías haber solucionado el tema sacándole la zeta. Lorena es un nombre perfectamente aceptable, con el que cualquier persona puede sobrevivir a toda su infancia, su adolescencia y hasta su vida adulta, sin traumas ni humillaciones. Es más, será “la Lore”, y ser la Lore es genial, siempre.

Sé lo que estás pensando. A Lorenza también le pueden decir Lore. Pero no es lo mismo. Lore de Lorena es un diminutivo que se lleva con orgullo. Lore de Lorenza es un disfraz para ocultar la vergüenza y el oprobio.

Pero no le pusieron Lorena.

Lorenza. Lo único peor que llamarse Lorenza debe ser llamarse Heidi (que salvo que seas Klum, siempre te van a preguntar qué hiciste con el maldito chivo).

Se me ocurre que para ponerle Lorenza tenés que ser un provida. Claro, no les dieron los huevos para abortarla, así que se las ingeniaron para liquidarla de otra manera. ¡Qué decisión tan deleznable!

Ya me la imagino a la pobre gurisa. Toda una vida de ostracismo y vacío social. Porque en esta sociedad enferma y putrefacta, a las personas que asesinan a sus padres les hacen el vacío. No importa cuánta razón tenga.

Solo espero que antes de cobrarse su justa venganza, que más que venganza es justicia y hasta defensa propia, atine a cambiarse legalmente el nombre. A Lorena, por ejemplo.

Ah, sí, eso también me lo imagino: los chismes.

—¿Viste la Lore?  -con voz bajita y horrorizada.
—No. ¡Contame! ¿Qué pasó?
—¡Lo que temimos durante tanto tiempo! Electrocutó a la mogólica de la madre y decapitó al orate del padre. Que serán lo que hayan sido y se lo merecían, pero no así.

Y así sigue la conversación, durante horas, hablando de la Lore, nunca más Lorenza.