Revelación tardía

Diez minutos antes de que sonara el despertador supe que íbamos a salir media hora tarde.

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky /63

Cuando llama un particular para que transportemos algún mueble o material, no siempre conocemos en qué parte de la ciudad está la dirección que nos pasa, por lo que solemos pedir algún tipo de referencia, ya sea un cruce de calles, o algún lugar conocido (plaza, negocio, monumento, etc.)

Hoy recibí la mejor referencia de mi vida. Oficina. Lunes. Horas de la tarde. Suena el teléfono:

—Empresa X, buenas tardes. Habla Pancho.
—Hola, mi nombre es Horacia y necesito traer una cosas de Montevideo.

La muchacha me pasa todos los datos para retirar la mercadería y al final le pido la dirección de entrega:

—Clamidia 724.
—Por qué zona está la calle Clamidia?
—¿Te acordás del quilombo? [sic] ¿El viejo quilombo, atrás de la fábrica de refrescos? Bueno, del quilombo cinco casas para abajo.

¡No hay como perderse!

Mariposa multicolor /02

La construcción de la mariposa fue un proceso divertido, pero de a ratos frustrante y con ocasionales momentos “anti-eureka”, como cuando decís “pucha, no debería haber hecho esto”. El relato a lo mejor no suena tan divertido, no lo es, pero me sirve de bitácora básica. Mala suerte para ti. Siempre queda la opción de mirar solo las fotos y evitarte el muermo. Nadie va a reprocharte nada. Yo, que estoy escribiendo esto, te digo: mirá las fotos y ya. Ah, y el video del final.

La ansiedad es el peor enemigo. Las personas ansiosas y atropelladas que no piensan las cosas antes de hacerlas cometemos más errores.

Lo primero fue alinear y transferir los perfiles de las alas y cortarlos, cosa que no revistió mayor dificultad aunque tuvo que ser algo bastante preciso; cada par de alas debe ir en equilibrio, por lo que era necesario que pesaran lo mismo. Finalmente, con unos pequeños ajustes, llegué a un margen de error de entre dos y tres gramos para cada par, cosa que no está mal.

Lo “divertido” de esta parte fue que corté las alas antes de diseñar las vértebras que las unirían. Aquí vino el primer momento anti-eureka: los extremos fijos los corté sin tener idea de cómo sería esa fijación, ni de la forma de las piezas que los recibirían. Conclusión: esos extremos tienen unos ridículos bordes curvados por lo que es virtualmente imposible lograr un encastre perfecto.

Así que bien, una vez que tuve las piezas de las alas cortadas y diseñé las partes que las recibirían, había que cortar estas partes. Esta etapa tuvo un inicio bastante frustrante. Mis tablas de ciprés, provenientes de los viejos árboles que se cortaron al ampliar el galpón, se aserraron y estibaron hace unos 6 años. Están tan secas como puede esperarse y con unas grietas finas como cabellos que no dan la impresión de ser problemáticas… salvo que esas grietas no son superficiales: llegan hasta el centro de la madera y a través de ellas los elementos fueron haciendo su trabajo, debilitando la madera hasta extremos insospechados, sobre todo cuando se intenta cortar piezas pequeñas. Conclusión: lograr encontrar una parte de la madera sin grietas no fue un asunto trivial.

Finalmente pude cortar el perfil de las piezas correctamente y taladré los agujeros para los pasadores usando un taladro de banco para lograr perpendicularidad. Restaba la parte más delicada: marcar y cortar las ranuras centrales. Con serrucho, sierra, caladora manual y eléctrica y de banco. ¡MEV bendito! ¡No daba pie con bola! Los cortes debían ser exactos o en todo caso un poco menores al espesor deseado, no podían torcerse ni desviarse a riesgo de estropear el balance y con él la pieza entera. La solución fue comenzar los laterales de las ranuras con la caladora de banco y su hoja de sierra a 90º, y terminarlos con la sierra caladora de mano. Un poco de trabajo con el formón y varios pequeños cortes con un serrucho de costilla, de corte un poco basto, pero preciso, terminaron de remover el sobrante. Podría haber taladrado un orificio como tope a la profundidad deseada para evitarme la limpieza posterior, pero no me animé; ¿y si justo agarro una grieta y parto la pieza? Son piezas de geometría irregular, mis herramientas son básicas y no tengo la ventaja de la soltura que da la práctica, ¿y si se me desvía el taladro y mando un agujero para cualquier lado? Así que nada: serruche y limpie todo como mejor pueda y no moleste. De todos modos ya para ese entonces me había dado cuenta de que las piezas no encastraban a la perfección ni mucho menos.

Con las vértebras cortadas y perforadas y las ranuras centrales hechas y probadas, el próximo paso fue hacer los agujeros en los segmentos de las alas usando los de las vértebras como guías.

¡Ya estamos listos para hacer una prueba preliminar!

El siguiente paso fue lijar y suavizar bordes y trabajar un poco las vértebras para lograr la textura que deseaba.

Y luego la pintura. La pintura y los colores han sido un tema complicado en mi vida ya que tengo un tipo de daltonismo con el que siempre me ha sido difícil lidiar. En síntesis: veo los colores, pero no sé cuáles son. Los primarios no presentan mayor dificultad, pero las mezclas y medios tonos son una historia distinta. Así que llamé a mi lado a María Luisa. Las primeras pruebas no fueron tan buenas. Quería lograr un colorido realista, pero no tenemos oficio de pintor y fue cualquier cosa. La pintura acrílica tiene una malévola vida propia y hacía lo que yo le decía, no lo que yo quería que hiciera. Así que nos fuimos decantando por algo más simple y primario que fuera adecuado para un bebé. Estas pruebas resultaron bastante más prometedoras y nos largamos a pintar.

Con dos manos de pintura aplicadas, oreadas y secas, monté cada segmento. A la luz del día los colores resultaban vibrantes. Los pines quedaron casi de puta madre. El facetado, aunque la foto no le hace justicia, creaba una textura que daba gusto ver.

Solo restaba darle una pasada con el spray de Rust-Oleum cuando vino el desastre. Por apurado. Por no esperar un par de días más. Hace años vi en una lata de barniz de Sherwin Williams la mejor recomendación que recibí en mi vida:

Si usted hace exactamente lo que dice el envase, el producto hará exactamente lo que dice el envase.

Eso aplica para la gran mayoría de ese tipo de productos. Si te dicen que lo apliques con buen tiempo y en un lugar sin viento, entonces esperá a que las condiciones sean adecuadas. Si hacés la aplicación en un día húmedo y en medio de un vendaval el producto definitivamente no hará lo que dice el envase. El barniz atrapó una capa de humedad y se blanqueó. Se blanqueó por completo.

Conclusión: retroceda 20 casillas. Tuve que desarmar todo y volver a lijar y pintar. La remoción del puto producto, que una vez seco es duro como vidrio, fue una pesadilla. Tuve que llegar al punto de usar lija de grano 80 para lograr quitarlo, y luego volver a relijar para suavizar la madera, con granos 150, 220, 280 y 400. Las vértebras, con su bello facetado, fueron las que más sufrieron al tener que limpiar el producto del fondo de las depresiones.

En medio de todo eso se me cayó una de las piezas del colgadero donde estaba oréandose y se quebró (el recambio es la pieza blanca). Justo en un sitio donde, oh sorpresa, el grano de la madera era especialmente débil, cosa que se me había pasado por alto durante el diseño y posterior corte. Más precisamente: lo vi, me di cuenta de que era la parte más pobremente diseñada, pero consideré que no era tan importante porque la pieza es una de las más livianas. Además, las piezas que pueden romperse siempre se les caen a otras personas. Mala mía. Y del Diablo, que siempre está en los detalles.

Finalmente, después de tantas idas y venidas, la mariposa quedó lista para ser armada una vez más. Con su nueva pintura, con la terminación de spray aplicada correctamente pero solo en las alas, y con las vértebras con una delgada capa de aceite de lino. Lo comenté antes y lo sostengo: el aceite de lino es lo más.

El toque final fue el empaquetado. ¿Cómo lograr que llegue desde Uruguay a Australia, en una sola pieza, dentro de una valija y pasando por tres o cuatro aeropuertos? Con una gran dosis de suerte, claro está. Y con la ayuda de los expertos. Naxto, gran empaquetador, armó el puzzle de la mejor y más compacta forma. Quedó un bodoquito precioso que calculo hubiera podido resisitir una guerra atómica. Kudos to you, mi friend Braziiil! No hay foto, pero el paquete recuerda a uno de esos ladrillos de heroína que aparecen en las películas… pero mejor. Si los carteles de drogas contrataran a Naxto para empaquetarle la merca, ningún perro del mundo sería capaz de oler nada más que cinta adhesiva.

Conclusión: la mariposa llegó en perfectas condiciones a Australia y luego de varios días de paciente espera puedo decir que finalmente la armaron y colgaron! María Luisa me mandó un video de la niña al momento de ver la mariposa, y puedo decir que por su reacción, gritos, gorgoritos y desesperación general por tocarla, agarrarla y sacudirla, el invento fue un éxito total. Igual me cagué hasta las patas cuando la abuela tuvo la peregrina idea de acerca a la niña de meses hasta el móvil. ¡Loca demente atronada de la calor, mirá que hacer semejante cosa! ¡Claramente dije que era un juguete con el que la gurisa no podía jugar! Me siento ignorado y cada vez que me acuerdo me vienen chuchos de frío impotente y desesperado. La mariposa casi muere debido a un ataque bebístico de incontrolable curiosidad exploratoria. Pero el bicho sobrevivió a tres entusiastas cinchones, lo que constituye un test de calidad válido según mis estándares.

La parte menos elegante, es bastante evidente, es la unión entre secciones. Esos esmerillones son útiles, pero están lejos de ser lindos. Menos aún cuando tuve que buscar unos de gran tamaño para dejar espacio a fin de que las partes puedan moverse y bambolearse sin que golpeen unas con otras. Ya sé qué hacer para el próximo: redimensionar las vértebras para que el centro de cada una recorra la mayor parte de la distancia vertical entre piezas, así las conexiones serán mínimas a la vez que el cuerpo de la mariposa se parecerá más a un cuerpo.

Según Nacho es uno de mis trabajos más lindos. No puedo estar en desacuerdo. También fue el que más satisfacciones me ha dado.

Muchas más de las que imaginamos

Las palabras nos salvan la vida, a veces.

Neil Gaiman, El Océano al Final del Camino.

Torrejas celestiales

Las torrejas son asunto serio. No hago a menudo porque no tengo límite ni autocontrol. Hay que usar pan del día anterior, porque está más duro (y consistente) y ha perdido humedad, por lo que aprovecha mejor su “baño”.

Las hago con el método tradicional, tal como puede verse en esta receta de Gastronomía y Cía. La única modificación que le hago es mezclar la leche con el huevo, así mojo el pan una vez sola.

¿Qué es lo celestial de estas torrejas? El pan. No compré pan (puaj), ni usé una receta de pan común para hacerlas, que funciona, y muy bien. Tampoco hice pan del denominado “pan para torrijas”. No. Hacía tiempo que venía fantaseando con una idea. Una idea gorda y pecaminosa que en mi mente tenía tintes de brillante épica y de oscura lujuria. Hice pan de brioche. Torrejas. De brioche.

Copyright 2006 Walt Disney Enterprises
Photo by Nancy Stadler
Ta-ráaan!

El domingo de noche estaba desvelado así que a la una de la matina me puse a amasar. Refrigeré todo como corresponde y al otro día hice un precioso pan de molde con mi masa de brioche. Utilicé una budinera de las largas, como de 30 cm. Aunque podría haber usado dos budineras de las comunes de 20 y habría resultado en rodajas más manejables. Como sea: quedó espectacular. Esta semejante hogaza lo horneé a 170 ºC durante cerca de media hora. A los 25 minutos hice la prueba del palito y todavía salía húmedo.

Lo dejé al aire durante el día (aunque debería haber esperado más, lo sé) y a la noche lo corté en rodajas gorditas, de 1.5 a 2 cm de espesor, las mojé en la super mezcla de G&C (preparé solo media receta) y de cabeza a la sartén. De las 17 rebanadas sobraron 5 sin mojar; esa era la idea de preparar solo la mitad de la mezcla: no hacer una cantidad atronadora de torrejas. A esas cinco rebanadas las congelé para algún eventual sanguchito. El resto llenó un fuentón para el postre luego de una pasta a la bolognesa y del que comimos tres personas golosas y sobraron para el desayuno del otro día.

Al ser un pan extremadamente tierno lo más complicado fue encontrar el tiempo justo de remojado. Muy poco tiempo y no llegaría al centro de la rebanada; demasiado y se desintegraría. Al final solo perdí una sola. El resultado colmó las expectativas. Con miel quedan deliciosísimas. Y se me ocurre que para la próxima también voy a preparar un poco de crema montada. Porque pa’ hacerla, la hacemo’ bien

Fuimos felices.


Las fotos están como salieron. Cero filtro. Cero retoque. Mi monitor está destruido, mi tablet es un castigo para editar. Sorry, not sorry. El MEV me ampara.

El océano al final del camino

Neil Gaiman es maravilloso. En esta casa, buena y pastafari lo venimos siguiendo desde hace tiempo, aquí, aquí y aquí, aunque a una prudente distancia, eso sí; por las dudas de que se de vuelta de repente y… bueno, que lo veamos no sea lo que esperamos.

Esta corta historia mezcla la fantasía envuelta en los recuerdos de la infancia. La calidez con el miedo. La inocencia con la oscuridad. Lo cotidiano con el misterio. Las personificaciones desnudas del bien y el mal.

Me encantaban los mitos. No eran historias para adultos ni tampoco para niños. Eran mucho mejor que eso. Simplemente «eran».

Ah, sí. Casi parece seguir la estructura de un cuento infantil, pero la inquietud se siente real. Este relato simplemente es.

En un pasaje el protagonista piensa en su primer recuerdo, y al leerlo me pierdo en el mío: mi primo, de tres o cuatro años, buscando huevos de culito para arriba y hundido de cabeza en un alto cajón con paja que las gallinas usaban para anidar. Era una tarde cálida de verano, vestía unos shorts deslucidos que le quedaban un poco pequeños y estaba descalzo. Lo recuerdo sacudiendo las piernas flacas tratando de salir de la caja, pero sin soltar los huevos.

Aunque no tienen vínculo directo ninguno, al lado de ese recuerdo siempre que pienso en mi primito con los huevos de gallina en la mano, me viene a la mente la segunda imagen que tengo presente de esos nebulosos primeros años: la yegua zaina, vieja y mansa que usaba a veces para ir a lo de los abuelos maternos. Era tan vieja que casi no la usaban para los trabajos de la casa, y como no la usaban, nadie se molestaba demasiado en recortarle los vasos. Eso hacía que si la apurabas, tropezara. Era un seguro para que ningún gurí atropellado (yo, por ejemplo) sacara a la pobre vieja al galope. Lo bueno era que, como no la necesitaban, nunca había apuro en llegar o volver de ningún lado. A los efectos prácticos, era casi mía.

Mi primo de cabeza en un cajón buscando huevos y mi yegua de vasos sin recortar al paso manso, esos son mis primeros dos recuerdos.

Qué poderosos son a veces los escritores.

¿Cuál es tu primer recuerdo?

Sounds about right

Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad.

Carl Sagan, El Mundo y sus Demonios (1995)