De escribir no tengo idea, pero te titulo lo que quieras

Hacía mucho tiempo que no escribía ficción en 42; un tema que me preocupaba bastante. Desde octubre pasado, con Vo’otik! Y ni siquiera quedé tan conforme con eso. En realidad no la pasaba bien escribiendo desde Animalidades Existencialistas, pero por fortuna pude remediarlo, al menos en parte.

La escritora Verónica Sukaczer tiró esto ayer:

Enigmáticamente me dijo que no tenía idea del tema, un engaño en toda regla, pero que tirara, que después ella veía. Y bueno, ante semejante carta blanca gustosamente acepté el desafío. Al final fueron veinte. Título y subtítulo. Edité dos o tres de ellos a la hora de transcribirlos acá. Como no sé nada sobre el tema del que está escribiendo “porque es tabúydeesonosehabla”, di un pantallazo amplio: sátira, documentales, novela negra, historia, gastronomía, geopolítica, ciencia ficción, filosofía, novela rosa, artes y oficios, infantiles y hasta libros de autoayuda. Algunos títulos parecen más adecuados para un artículo de Cosmopolitan que para un libro, ¿pero qué se le va a hacer?

“Perseguido desde el catre. Historia de un lunes rebelde.”

“Haga su propia escoba de carquejas. Sustentabilidad y laborterapia en la era de la inclusividad.”

“Nunca acaricies una gallina rabiosa. El punk en la ciencia ficción”

“Ámame en cámara lenta. Porno en ultra slow motion y la viabilidad de las películas de más de 18 horas de duración”

“¿Sí o no? El melón y el kiwi en la ensalda de frutas; un estudio comparado.”

“Solo 20 segundos y sigo. El ocio como herramienta útil a la productividad y otras mentiras”

“A Batman le importa un pomo la kriptonita. La indiferencia en tiempos modernos”

“Solo y sin tu dulzura. La trágica historia de un panqueque y un frasco de dulce de leche caído en el piso”

“El amor en tiempos revueltos. La pasión de dos cocineros en un local de venta de gramajos”

“Mi vida llamándome Irupé. Escolaridad y traumas de la infancia causados por progenitores irresponsables y soretes”

“Asesinato de una mente en silla de ruedas. Una novela negra sobre los políticos y su parálisis intelectual.”

“Fetuccine de espinacas con pesto de pistachos y el auge del pastafarianismo. Una visión heterodoxa.”

“Pizza con ananá y carbonara con ajos. El fundamentalismo religioso através de la Historia.”

“Fart, promp, prit o pirdenycha. Crónica de un flatulento en Europa.”

“¿Quién corno se llevó mi maldita lapicera negra? Las divertidas aventuras de Simón, en busca de su lapicera de la suerte por toda la oficina”

“Si no aparece mi lapicera, acá se arma maroska. Continuación del éxito editorial de Simón y su lapicera de la suerte.”

“Susurros mortales. Su madre perdía los estribos hasta que un día habló en voz baja”

“Matemos el payaso ahora. La muerte de Trump, la ultraderecha, los extremistas religiosos y otras utopías”

“La autoayuda me funciona. Compre este libro y entérese de la manera en que me está haciendo rica, famosa y feliz.”

“Abuelito dime tú. De la creadora de La Autoayuda Me Funciona llega esta obra maestra: cómo lograr que tus suegros se hagan cargo de tus hijos adolescentes y encima te den la gracias.”

Al final le gané por cansancio, pobrecita. Aunque justo a tiempo, porque ya estaba en los de autoayuda y se me estaba complicando.

Adenda: Twitter es inagotable. Este otro es el más plausible de todos y sale de un twit sobre comadrejas (bicho de hábitos nocturnoss) en Buenos Aires, y una señora que metía los perros dentro siempre a la misma hora: “La hora de la comadreja. Aventuras nocturnas en el conurbano.”

“El guerrero de las sabanas, así sin tilde. Crónicas desde los pastizales”

“Adolfo y los perros. ‘Un día sin pisar ni un sorete de perro es un buen día’, se dijo Adolfo antes de meterse en la cama. No lo sabía aún, pero ese sería el hecho más positivo de todo el libro… y del resto de su vida.”

Fraterni-qué?

Hace tiempo que no le dedicaba tiempo a 42. Si las series me liquidaron el promedio de lectura, Twitter, como una droga barata y adictiva, me liquidó la escritura.

Ese es uno de los motivos. Otro es un poco de hastío, monotonía, tedio, rutina. Incluso la pelea diaria en el trabajo insensibiliza.  La ausencia de lo novedoso, lo humorístico o lo fantástico, no ayuda gran cosa.

Y después está el horror. El horror diario y constante que me desarma las ganas.

El mundo está bastante horroroso. Se matan en Yemen, en Siria, en Palestina, en Nicaragua, en El Salvador. Se matan o los matan. O los dejan morirse. Son amarronados y, sobre todo, pobres. Si no lo eran en sus casas, lo son ciertamente cuando están en una balsa en medio del Mediterráneo; el último de los últimos recursos. Y los palestinos no tienen ni siquiera eso.

En Netflix hay un nuevo documental sobre la guerra de Vietnam. Comienza dando los antecedentes a esa guerra: Que Vietnam era colonia desde 1858, parte de la infame Indochina francesa. Un vietnamita hablaba y contaba que los franceses serán muy afectos a los eslóganes rimbombantes, pero de Liberté, Égalité y Fraternité, más bien nada. Porque lo que menos hicieron los franceses en Indochina fue ser fraternos. Y ni hablar de dar libertad a nadie.

Los EE.UU. en la primera mitad del siglo XX simpatizaban con la causa de Vietnam y Ho Chi Min, la autodeterminación y el derecho a la búsqueda de la felicidad… pero luego se enfrió. No podían apoyarlos al costo de ponerse contra sus aliados franceses. Menos todavía luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el fantasma del comunismo mundial, sobre todo con la guerra de Korea fresquita, agigantaba todos los miedos habidos y por haber. Así que los dejaron para que se secaran al sol.

Lo mismo pasa ahora. Sesenta años después nada ha cambiado. Usted vea, decimos defender estos principios… pero solo al principio. Luego los cambiamos. Por eso la ONU no investiga armas químicas encontradas en Siria cuyos componentes parecen manufacturados en EEUU; por eso nadie hace nada contra el aparheid y prácticamente genocidio rampante de Israel con Palestina. Menos aún con el psicópata megalomaníaco y racista que está actualmente en la White House. Por eso aparecen niños ahogados en las costas europeas y ahora bebés en las costas de Libia. Porque mucha fraternité, mucha liberté, pero andá a tu puta madre y arreglate como puedas.

Europa no puede hacerse cargo de los refugiados, pero bien que puede vender las armas que mantienen vivos los conflictos, bien que agitan esos conflictos para ahorrarse unos dólares en el gas y el petróleo. Porque a río revuelto, ganancia de pescadores. Y mientras tanto la gente se muere, se ahoga, la dejan morirse, la dejan ahogarse, como Italia, haciendo oídos sordos a los pedidos de ayuda y asilo.

Fraternité salió rajando hace rato a golpes de chequera. Y la gente se muere y se va a seguir muriendo, porque nadie hace nada por detener a quienes matan, pero también porque a nadie le interesa si esos a quienes matan viven o no. Porque gente hay en todos lados y es baratísima.

Nada. Eso. Un horror.

 

Llamadlo Ishmael

Supongamos que un buen día, anodino y sin nada en lo absoluto que lo haga destacar, aparece un perro en la puerta de tu casa. Es un cachorro, se le nota, pero es enorme. Y tiene pinta de que va a crecer mucho más. Es marrón, con esas manchas atigradas y una cabeza maciza que lleva a creer que es cruza con pitbull o algún perrazo de ese estilo.

Pensás en echarlo, como has echado a otro sinnúmero de chuchos que aparecen por tu casa, pero por alguna razón no le decís nada. El perrucho mueve la cola y todo el resto del cuerpo como si él mismo fuera una cola que empieza en lenga babosa, sigue en poroto meón y termina en más cola. Unos 20 kilos de pura cola energética. No lo echás, pero tampoco lo estimulás de ninguna manera, y te vas a trabajar, convencido que se eventualmente se va a ir.

Cuando volvés, a la noche, el perrucho sigue allí. Espera que estaciones la moto y se tumba al calorcillo del motor.

Al día siguiente, más de lo mismo. Vos no tenés perro, no querés perro, no estás capacitado para tener perro, pero parece que el perro ahora tiene humano.

El tercer día comprás un poco de comida, porque el perro imbécil no se va.

El cuarto día le hacés una cucha improvisada, para que el perro mongolo pueda guarecerse de la lluvia y de las madrugadas frías. Es improvisada porque estás tratando de encontrarle una casa que lo quiera.  Obviamente que el perro no le da ni bolilla.

El terreno está abierto a otros terrenos vacíos y es enorme, pero el perro ha convertido los primeros cuatro metros  que circundan la casa en un baño que le queda cómodo, así que cada vez que salís de tu casa vas mirando a todos lados para evitar los soretes ¡las plastas! que jalonan el espacio como si fuera un campo minado. No te queda un solo par de calzado que no esté cagado por algún lado.

Bien, suficiente de la segunda persona del singular. Es un mal vicio que tengo, perdoname. No estoy hablando de vos, estoy hablando de mí, con un perro caído desde algún lugar que todavía está por verse si es el Cielo.

El perro es buenazo y parece buen guardián. Es bastante obediente (cuando quiere), de buen trato, juguetón y mimoso. Solo que es idiota, tanto que a veces parecería que tuviera algo roto.

Y necesita amor, porque es un cachorro. El tema es que fallo estrepitosamente en ese departamento. Él me eligió, no a la inversa, así que el amor no está, habría que construirlo. El salir de mañana y volver de noche no ayuda gran cosa a desarrollar el vínculo.

Que me mastique los arbolillos pequeños que lucha(ba)n por prosperar en algunas macetas, que mastique todo el plástico que encuentra, sin que importe si es una pulverizadora con restos de productos sanitarios para las plantas, o una bolsa con basura que encontró por ahí, unido a la ingente cantidad de mierda que hay por todos lados, no suma tanto como podría pensarse para generar amor. En realidad la mayor parte del tiempo le tengo bastante asco al perrucho y me dan ganas de colgarlo de un poste.

No voy a hacerlo, claro. La falta es mía, no de él. Él es perfecto en su perritud y al ser cachorro tampoco tiene modelos a seguir que le enseñen a ser un buen perro. Demasiado bueno está resultando así como viene la mano.

Hemos desarrollado cierto entendimiento en algunas cosas, sin embargo. Ciertos gestos y sonidos ya los interpreta como órdenes o advertencias y responde de forma positiva.

Leí por ahí que salir a caminar con el perro ayuda a un buen relacionamiento, así que ayer, domingo, con la tarde soleada salimos a pasear con, llamémoslo así, Ishmael.

Até una cuerda al collar a modo de correa provisoria y recorrimos unos pocos cientos de metros de ruta hasta llegar al camino secundario donde iba a desarrollarse la mayor parte de nuestro paseo. Una vez allí lo solté para que fuera y viniera a su antojo. Al ser una zona escasamente poblada y con poco tránsito no tenía que preocuparme demasiado por el entorno. Iba a ser un rato de placidez. Solo que llegaron un par de sorpresas. ¡Sorprendentes sorpresas!

El camino estaba bastante más transitado que lo habitual, así que cuando un vehículo se acercaba lo llamaba para que no lo fueran a atropellar, o para que no fuera a atravesarse frente a una moto. La primera sorpresa fue que vino a mí, dócilmente, todas las veces. Parecía entrenado, el guacho, y venía y se echaba pacientemente.

Luego de pasar un puentecito sobre un arroyo hay una curva y a pocos metros de la curva hay una casa. Sin contar un caserón viejo en la punta del camino es la única casa en casi 7 kilómetros. En esa casa habitan tres perros, el menor de los cuales es más grande que el que iba conmigo. Salieron los tres con cara de pocos amigos y acá llega la segunda gran, gran sorpresa: ¡Ishmael, como salido del infierno, erizó los pelos del lomo y salió hecho una furia endemoniada, puro dientes y gruñidos hacia donde estaba la otra patota! Como si les dijera “los mastico ahora, hijos de puta, y los escupo en la próxima curva”.

¡Y recularon! ¡Los tres! O sea, no Ishmael no es un perro pequeño y su cabezota y su bocota llenita de dientes impone bastante respeto, pero sigue siendo un cachorro a pesar de todo. Así que calculo que debe haber sido la sorpresa, seguro. ¿Porque en qué cabeza cabe que el anormal kamikaze este salga como si se los fuera a comer crudos? Calculando que el resultado no habría sido tan halagüeño si lo dejaba trenzare, lo llamé una vez por su nombre, la primera vez que lo uso, y el tipo frenó en seco y me miró, confundido. O confundido o aliviado. Calculo que aliviado, porque debe haber haber pensado, en el medio segundo transcurrido entre su transformación en Demonio de Tasmania y la frenada, que lo que estaba por hacer era una estupidez. Lo era. Pero el tipo frenó en el acto. Claro que es tan abombáu que se dio media vuelta y volvió al trotecito para donde yo estaba sin una mirada para atrás, lo que aprovecharon los otros perros del orto para venirse al humo. Así que ahí me tocó a mí agarrarlo a Ishmael con un mano y enfrentar a los otros tres energúmenos sin más arma que mi dedo índice cargado de maldiciones, porque no tenía a mano nada más que mis manos, ni siquiera el bastón con el que salgo a caminar.

La actitud es importante, sin embargo, y de eso me sobraba el domingo. Una gran actitú. Así que pasamos a la ida y volvimos a pasar frente a ellos a la vuelta. Para ese entonces Ishmael claramente había recapacitado y ya no hizo ninguna bobada. Así que todo el trámite fue más sencillo.

Me sigue hinchando las pelotas tener un perro en casa, de todos modos. No es culpa del perro, ya lo dije, el imperfecto soy yo. Así que si alguien quiere un perrito macanudo pero bien decidido y con los instintos intactos, me avisa y se lo mando, o lo viene a buscar, o se lo llevo si no está muy lejos de Colonia.

Solo lo llamé por ese nombre una sola vez, así que está prácticamente a estrenar, el perro. Joya, nunca taxi.

Despues subo alguna fotinga.

Pechugas a la plancha con pimienta larga y espinacas a la romana

Hoy hizo un gran día para cocinar.

Hice un par de preciosas hogazas de pan con centeno de una receta que estoy perfeccionando y que es material para otra entrada.

 

También probé un juguete nuevo que me regaló María Luisa: un jeringa para inocular paquidermos, o para inyectar líquidos y marinadas en carnes. A falta de elefante, inoculé unas pechugas de pollo.

Y experimenté con unas rarísimas (es la primera vez que las veo en el mercado local de especias) bayas de pimienta larga. La pimienta larga, emparentada con la pimienta negra, es una especie de espiga de unos 3 centímetros de largo y unos 4 milímetros de grosor que lleva pegadas las semillas, que a su vez también están pegadas entre sí. Se puede partir en trocitos y molerlos en un mortero, o si es lo suficientemente gruesa, puede rallarse como la nuez moscada. Tiene un aroma terroso, un picor más intenso y persistente que su prima, y es más amarga, con unas increíbles notas a nuez moscada. Leí por ahí que los griegos y romanos se piraban por ella y que incluso la preferían a la pimienta negra, cuyo valor llegaba a triplicar. En eso, al menos, la historia sigue inalterada: es cara como la gran puta.

 

Así que bien, comencé la autolisis anoche y elaboré el pan hoy a lo largo del día. Una tarea que siempre es satisfactoria.

También conseguí un precioso atado de espinacas que preparé en mi versión de las idem a la romana, y con ellas acompañé unas pechugas a la plancha, inyectadas con ron y condimentadas con pimienta larga recién molida.

Primero poné un puñadito de pasas de uva rubias a hidratar en un poco de ron durante unos 20 minutos o media hora.

Pasado ese tiempo se escurren y con una jeringa levantás el ron y lo vas inyectando en las pechugas de pollo que tendrás cortadas en filetones gruesos. Ese pollo inyectado también se deja marinando unos 20 minutos. Si no tenés una novia que te regale una jeringa de cocina podés conseguir por tres mangos una de las descartables en cualquier farmacia, no va a ser tan sencillo inyectar los líquidos (sobre todo si tienen trocitos en suspensión), pero vas a zafar. Pedile al farmacéutico una aguja más gordita que la que trae la jeringa.

La espinaca se lava, se le cortan los cabos más gruesos y se escurre bien. Ponés a calentar la plancha a fuego moderado y le agregás una buena cucharada de manteca. Una vez caliente se agrega la espinaca y se rehoga. Se sala apenas y se agregan las pasas escurridas. Cuando la humedad que sueltan las espinacas se haya evaporado casi en su totalidad se agrega un puñadito de semillas de girasol (o almendras o piñones o nueces) y se sigue saltando todo. Una vez que las espinacas están tiernas se retiran de la plancha y se reservan.

 

Sin limpiar la plancha se agrega un hilo de aceite de oliva y se colocan los filetes de pechuga. ¡Y los dejás quietos! No los toques, no los pinches, no los cortes, no los apretes, no los gires. ¡Dejá esas pechugas en paz! Vas a ver que la línea blanca de cocción de la carne va trepando desde la superficie de la plancha hacia arriba (Obvio! Hacia dónde más va a trepar?). Cuando sobrepase la mitad del grosor de la carne, la salás con moderación. Cuando llegue a dos tercios la das vuelta usando una pinza o espátula. NO. LAS. PINCHES. Quizá te lleve cuatro o cinco minutos.

Una vez dadas vuelta, salás nuevamente las pechugas y las espolvoreás con tu pimienta larga recién molida (o pimienta negra con un toque de nuez moscada funciona de maravillas). Con otros dos o tres minutos más deberían quedar perfectamente cocidas. En esta preparación la pimienta nunca entra en contacto directo con la plancha caliente, de esta manera la temperatura residual potencia su aroma, pero el calor extremo no la quema ni la deja amarga.

Sacá las pechugas de la plancha y dejalas reposar unos cuatro o cinco minutos sin pincharlas y sin cortarlas. ¡Que las dejes, te digo!

 

Poné la mesa, cortá un buen pedazo de rico pan fresco y llamá a la gente a comer.

 

¡Listo!

Es un plato extremadamente sencillo, con poquísimos ingredientes, pero que igual hará cantar a tu paladar con deleite. La combinación de la pimienta larga con el ron es extrañamente agradable; las notas de nuez moscada se entrelazan con el dulzor amargo del ron. Y digo extrañamente porque el maridaje se me ocurrió de chiripa. Sorprendentemente, resultó un golazo.

Y ya.
Cocina con alegría y buen provecho!

Película: Ready Player One

La novela homónima en que se basa la película es bastante más compleja que este invento dirigido por Spielberg. Con cientos de referencias culturales al final de los 70, la década del 80 y parte de la de los 90, por el libro desfila la música, el cine, la TV y los videojuegos que marcaron a dos generaciones. Tiene un poco de intriga. Hay un poco de tensión dramática. Es, en definitiva, un libro entretenido, ágil, aunque no existan grandes giros ni sorpresas.

Va la descripción de la Wiki:

“En el año 2045 el mundo es un desastre. Las fuentes de energía están prácticamente agotadas, hay superpoblación y el precio del combustible está por las nubes. En medio de una enorme depresión económica a nivel mundial la mayoría de la gente subsiste como puede. Sin embargo, un videojuego de realidad virtual llamado OASIS proporciona la vía de escape que las personas necesitan. La gente dedica más tiempo al juego que a la vida real misma. El juego ofrece todas las posibilidades imaginables y cualquier cosa es posible, tanto jugar como trabajar.

El creador de OASIS es un enorme fan de la década de 1980, así como un fantástico programador de videojuegos que amasa una inmensa fortuna con su compañía GSS, que tiene como obra maestra a OASIS. Tras su muerte, se anuncia en un vídeo que el juego contiene un huevo de pascua [un mensaje oculto donde el jugador tiene que llevar a cabo tareas o itinerarios específicos para desbloquearlo]. Quien lo encuentre heredará toda su fortuna.”

La película narra las aventuras de Parzival y sus compinches para hacerse con El Huevo, y el control sobre OASIS, antes que los malos.

La versión cinematográfica es más básica y mucho más simplificada, no hay una descripción tan detallada de la sociedad (que tampoco es gran cosa en el libro), amén de que hay situaciones y eventos que directamente se inventaron. La simplificación es inevitable ya que sería imposible recrear todo lo del libro de manera efectiva, en especial ciertas pruebas basadas en videojuegos. Al simplificar una historia que en sí no es compleja, en donde lo único complicado es seguirle el rastro a las decenas de referencias (lo que explica los inventos), se pierde la poca sustancia que podía tener. Los efectos están bien. Las actuaciones son apenas correctas, siendo amables. Los personajes son medio cualquiera, a decir verdad.

En fin, aunque falla en varios niveles, es entretenida y cumple en entregar una buena dosis de acción.

Visualización

En la época en que practicaba artes marciales a diario teníamos una técnica de entrenamiento muy peculiar. Era una especie de meditación en donde con los ojos cerrados y completamente inmóviles nos concentrábamos en una forma específica y la llevábamos a cabo en nuestra mente. Las formas son el equivalente del kuoshu de los kata del karate y son colecciones de movimientos que es más o menos como si pelearas contra adversarios invisibles. La complejidad varía, así como el tipo y estilo de movimientos.

El proceso para llegar a visualizar toda una forma es lento y para nada sencillo de dominar, al menos para mí. La mente tiene tendencia a ir para cualquier lado, las ideas tienen la costumbre de irrumpir sin pedir permiso, y para poder visualizar los movimientos que tenés que hacer, antes tenés que dominar la mecánica de esos movimientos. La visualización sirve para dominar esas formas de manera que luego puedas hacerlas sin pensar, con lo que ganás en velocidad y precisión. Internalizás los movimientos, la postura y posición del cuerpo y la respiración asociada a ellos. Una vez que lográs que te salga es increíblemente efectivo y muy, muy placentero.  Curiosamente, para visualizar cada movimiento tenés que concentrarte y pensar como un enfermo. Recrear en tu mente a tu propio cuerpo moviéndose de formas en las que habitualmente no se mueve, a la vez que tratás de prestar atención al detalle de las posturas de pies, manos y articulaciones no es tan trivial como parece.

De toda esa disciplina y habilidad adquirida me van quedando solamente retazos, ya que hace años que mi práctica es errática en el mejor de los casos.  Esos retazos de conocimiento los utilizo a la hora de hacer una lista de compras, sobre todo cuando no tengo receta.  Es una bobada, lo sé, pero imaginarme los pasos que tengo que dar para hacer una comida me ayuda a identificar todos los ingredientes, a la vez que me voy haciendo una composición de qué cocinar primero en qué tiempo. Aun a esta escala tan limitada sigue siendo un ejercicio mental muy bueno.

¿A qué viene todo esto? Lo que a mí me parecía una técnica tan peculiar y compleja ya la usaba Nikola Tesla en las últimas décadas del siglo XIX para imaginar sus inventos. No sus inventos, sino el funcionamiento de sus inventos. O sea, el tipo ponía a funcionar todo, y por todo quiero decir máquinas con decenas o cientos de partes móviles, dentro de su cabeza antes siquiera de armar los planos. Para cuando fabricaba el prototipo, ya era casi el modelo final. Tesla solucionaba todos los problemas tempranos de diseño antes de poner un solo tornillo. ¿Qué tan genial es eso? De solo pensar en la capacidad necesaria para hacerlo se me vuela la peluca.

Hay un documental en Netflix sobre él llamado, muy astutamente: Tesla.

Redenciones esquivas.

Una serie y una película.

⇒ Vi la serie Cobra Kai, la continuación hecha por YouTube Red de la primera Karate Kid. Sí, la de Pat Morita con su lustrar y pulir. Los protagonistas son los mismos, 30 años después, en unos papeles que por momentos son gigantes. Los primeros dos capítulos están disponibles gratis en YouTube.

Es una serie preciosa en su concepción, fantásticamente realizada, con un desarrollo no por previsible menos interesante. Los estudiantes se metamorfosean y van definiendo sus caminos marciales. El final de temporada es angustiante, con apenas dulzura y mucho de amargo. Casi no hay redención. Eso es quizá lo más horrible. Prisioneros de sus decisiones, incluso de las que saben equivocadas, les es difícil dejarlas atrás, enmendarlas, dar un golpe de timón que los aparte del curso de colisión. Así que siguen, de dientes apretados, a veces sin siquiera saber qué pueden hacer para evitarlo. Es difícil escapar de lo que uno mismo construye.

Como leí hace mucho, mucho tiempo: las armas no tienen dueño, todas responden a la mano que las maneja.

⇒ La película es la alemana La Vida de los Otros (Das Leben der Anderen). Ambientada en la República Democrática Alemana de la guerra fría, nos mete en un mundo de miedo. Donde el Estado puede espiar a cualquiera, a todos, y lo hace. Son amos de la vida y la muerte, el bienestar y la miseria de sus ciudadanos. Los ideales chocan con los intereses. Es sencillo, desde el poder, tumbar a alguien que resulta molesto. Ni siquiera debe ser especialmente riesgoso para la Seguridad del Estado, si no tan solo porque tiene algo que quiere el poderoso o está con alguien a quien el poderoso desea.

Así nos asomamos a la vida del capitán Wiesler, encargado de buscar algo que comprometa a Georg, un dramaturgo fiel al regimen, pero en pareja con Christa-Maria a quien codicia un ministro.

La película es fascinante. También con metamorfosis excelentes. Aterradora en su ambientación. Edificante, trágica, esperanzadora. Es como viajar en un carrusel de emociones. Aquí también se mezcla lo dulce con lo amargo.

Pero a diferencia de la serie, la redención es como un bálsamo.