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Mimo oral

Hay música en las palabras.  Una cadencia, un ritmo.  Hay palabras que son como caricias, otras como notas, otras que hacen aparecer imágenes en nuestra mente, firmemente asociadas: contenedor y contenido, sin ambigüedades.

Estos días, leyendo, he visto muchas de ellas relacionadas con caballos.

Dos de ellas en particular me llamaron la atención.  Almohaza, y la acción de usar una, almohazar.

Es una especie de rasqueta que se utiliza para cepillar a los caballos.  Y como con la pasta, hay dos evocaciones distintas.  De la misma manera que podés comer pasta o fideos, también podés alomohazar un caballo, o cepillarlo. Lo segundo es eso que se hace medio de apuro y sin pensar, como un trámite necesario, mientras que lo primero es un acto de afecto, un ritual, una tarea que puede ser rutinaria, pero no por ello carente de intencionalidad y cuidado.

Mi abuelo tenía una almohaza, aunque mi tío solía usarla como cepillo.  Era un objeto tosco, de latón, opaco y oscurecido por el tiempo y el uso.  Podía pasar largo rato alomohazando al bayo, mi abuelo.  Me gustaba mirarlo, tan metódico y cuidadoso.  La zurda almohazaba, mientras la derecha replicaba el movimiento un poco más lejos, en un arco más lento y breve, acariciando al caballo, sosegándolo.  Lindos recuerdos.

Almohazado.

Una palabra cantarina.  Esa zeta se te enrosca en la lengua y es casi un mimo que resuena. Uno tendría que acostumbrarse a mimar a su boca, cada tanto, pronunciando palabras bellas.

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