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El ridículo, esa herramienta

Ningún Dios o religión puede sobrevivir al ridículo. No hay iglesia política, ni nobleza, ni realeza, o cualquier otro fraude, que pueda enfrentarse al ridículo con justeza y vivir.

Mark Twain.

Cuídate de ciertas sonrisas

Que tenga lindos dientes, no significa que sea tu amigo

Buscando por esas páginas de Dios y otros pocos me encuentro con esta página de proverbios haitianos.  Son en general bastante tristes, fruto de dolorosa y larga experiencia.

Una casa con goteras puede engañar al sol, pero no puede engañar a la lluvia.

Expoliados, esclavizados, maltratados, torturados, asesinados y vueltos a robar, sin que nadie tenga ni puta idea de qué mierda puede querer nadie de ese cacho de isla para tenerlo desde hace dos siglos largos inmerso en el hambre, la pobreza más extrema y la sangre.

Si el trabajo fuera algo bueno, el rico se lo habría apropiado hace mucho tiempo.

Son víctimas de guerras civiles y los embates de la furiosa naturaleza y de los aún más furiosos hombres y poco más que estas amargas perlas de sabiduría les queda.

La constitución es de papel… pero las bayonetas, esas son de acero.

El gráfico es de un artículo de marxist.com, que si se saca el panfletismo marco ideológico es muy interesante.

Cuando quieren matar al perro, dicen que es porque ha enloquecido.

Democracia pura: Utopía en 2 megabytes

En cuanto toda la población adulta estuvo educa­da hasta los límites de su capacidad intelectual (y a veces, ¡ay!, más allá de ella) la democracia auténtica se hizo posible. El paso definitivo precisó el desarrollo de comunicaciones personales instantáneas, unidas a ordenadores centrales. Según los historiadores, la pri­mera democracia verdadera de la Tierra se estableció en el año terrestre 2011, en un país llamado Nueva Ze­landa.

En adelante, seleccionar un jefe de estado fue re­lativamente poco importante. Una vez fue aceptado por todo el mundo que cualquiera que aspirara deli­beradamente al cargo debía ser descalificado de ma­nera automática, casi cualquier otro sistema podía ser­vir, y el procedimiento más simple fue una lotería.

Arthur C. Clarke
Cánticos de la lejana Tierra [en el almacén: RAR - 205 KB]