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Libro: Orientales Excéntricos – Recargado

Empecé a leer, con gran expectativa y toda la parsimonia, el libro de relatos Orientales Excéntricos – Recargado, del escritor Gabriel Sosa.

Lo del título se debe a que es una reedición de su libro de 2001 al que se le añadieron otros cuatro relatos.

Promediando medio libro en ningún momento pude sacarme de encima una media sonrisa. Un poco por simpatía, por dulzura, por la amarga realidad, por la libertad que no es tal. Personajes de acá, excéntricos, sí, y varios de ellos haciendo gala de una uruguayez recargada. Tan cercanos y posibles, incluso a veces tan pequeños, grises y resignados, que por momentos dudo de que sean fruto exclusivamente de la ficción.

De a ratos Sosa se sumerge, nos sumerge, en la descripción de una habitación, de un momento, de una mente. Me hace acordar a algunos cuentos de Lem en los que el polaco da unas detalladísimas descripciones, pero con la diferencia de que en donde Lem a veces nos pierde entre tanto detalle farragoso, Sosa se encarga de transmitir un humor, una realidad, de manera concreta y siempre en función de la historia.

Con un estilo simple y sin rimbombancias nos hace partícipes de la escena, como si pintara el telón de fondo de una obra. Y lo logra. Logra que veamos a sus personajes, más o menos enajenados, con sus colores y olores y circunstancias. El loco sin cortapisas, la vieja puta tristísima, Arturo y su obsesión, el relator no menos obseso, el escritor que no logra domar las palabras, el que deja mentir porque andá a saber si no es cierto, el asesino que solo busca una ínfima redención que vale todo, el otro asesino ciertamente menos competente, el del loro, quizá el más raro de todos los relatos, la historia de amor, gris y acostumbrada, pero con una profundidad extraña. Visos de costumbre, visos de novela negra, pequeñas perlas desparramadas aquí y allá.

Son historias unitarias, cerradas, pero todas parecen tener hilos comunes en su entramado que las hacen resonar. Un punto de locura, un punto de ternura, un pequeño giro que cambia todo el ambiente, un poco (o bastante) de obsesión y de pérdida. Hace tiempo leí que el urugayo sabe de pérdidas. Tenemos la habilidad para perder casi impresa en el ADN; los uruguayos excéntricos convierten esta habilidad casi en un arte. La cordura, las ilusiones, la inocencia, a veces también la vida.

Casi todas me transmiten una especie de paz, incluso cuando la acción se avalanza y acelera. Me dejan un sentimiento agridulce, como cuando un amigo recuerda y te cuenta una historia de tiempos cálidos, pero ya pasados. Es un poco incongruente esta última frase porque a veces la calidez solo pasa rozando las historias, pero nunca nadie ha podido pedirle lógica a los sentimientos.

Tenemos tragedia, sí, frenesí como en el cuento de El Degollador, o una ironía lúdica, satírica, nunca burla y nunca sarcasmo, como en la historia del quasi Cisne de Sierra del Pelón que hace largar carcajadas y nos termina mostrando lo que en definitiva es una vida de frustración. Incluso un poco de novela negra.

Vaya y lea a estos Orientales excéntricos, posmodernos, decadentes, violentos, alucinados, desencantados y obsesivos.

Gabriel Sosa, El Lado Oscuro de Parir

Hace unos días escuché en radio Sarandí 690 la entrevista que le hicieron al periodista y escritor Gabriel Sosa a propósito de su nuevo libro: El Lado Oscuro de Parir, la mujer como víctima de la violencia obstétrica.

Habiendo leído antes con placer Las Niñas de Santa Clara y siendo esta su primera obra de no ficción, me hice de un ejemplar.

El subtítulo es bastante explícito. Recoge testimonios de mujeres que sufrieron algún tipo de violencia obstétrica durante su embarazo, parto o puerperio, y explora la situación de esta violencia obstétrica en Uruguay y sus secuelas, que pueden ser muchas y de variado grado. También habla con activistas, sociólogos, psicólogos y profesionales de la salud e intenta, como primera cosa, dar una definición cabal de qué es. Resumidamente: despojar a las mujeres de su autonomía y secuestrar el derecho que tienen sobre sus cuerpos; una forma de violencia de género.

De las experiencias narradas toma forma en mí el sentimiento de que esta violencia cometida por profesionales, de ambos sexos, es generada por una arrogancia mezclada con una hebra de poder y que resulta en una mezquinadad que roza el sadismo que es casi inexplicable.

Desde la realización de una episiotomía sin consultar, a procedimientos realizados con un consentimiento viciado, pasando por brusquedades y malos tratos, sin descartar abusos lisos y llanos completamente evitables e injustificables, como si la mujer embarazada fuera una cosa, un sujeto de estudio, o alguien mentalmente retrasado e insensible a quien no se debiera ningún tipo de consideración, decencia, humanidad o información.

Esto último es importante y recurrente: la falta de información. Sobre los derechos legales e institucionales, sobre los procedimientos, sobre el proceso. De esta suerte las mujeres, en su momento más vulnerable, transitan el parto sin saber cuáles son sus derechos, por lo que es sencillísimo avasallarlos y directamente saltárselos sin que ni siquiera se enteren.

Es un libro durísimo que me está resultando muy, muy difícil de leer; el estilo es franco y directo, sin vueltas, pero la angustia y la impotencia son infinitas. Desde el principio me hizo hervir la sangre y luego de las primeras páginas tuve que elaborar una estrategia para su lectura: unas 10 o 20 páginas por vez, a plena luz del día y al menos dos horas antes o después de comer. Leerlo antes de dormir me generó pesadillas infames de las que despertaba sobresaltado y cuyo recuerdo se negaba a abandonarme durante horas mientras fantaseaba con devolver a esos “profesionales” esos abusos con intereses. No voy a detallar esas fantasías porque no vienen al caso, pero Torquemada habría estado bastante orgulloso. Un par de sacudidas le vendrían bien a más de uno, te diré.

Este libro es necesario. Leerlo es necesario, aunque algunos testimonios sean terroríficos. Porque conmueve, concientiza y promueve un diálogo imprescindible con las organizaciones médicas y los profesionales de la salud.

El Lado Oscuro de Parir es imprescindible porque ayuda a visibilizar una problemática que está casi naturalizada cuando en realidad debería causarnos un rechazo visceral y ser erradicada por todos los medios.

También me remite a otros casos, muy cercanos, de violencia médica en otras disciplinas. Un par de ejemplos los viví cuando me quebré hace unos años, y otro le tocó a Padre cuando estaba discutiendo su tratamiento y opciones con una oncóloga. La violencia médica debería ser totalmente inaceptable en todos los ámbitos, primero por violencia, segundo por la impunidad con que se ejerce, desde un lugar de poder, y tercero contra quiénes se ejerce.

Las niñas de Santa Clara

Una pequeña ciudad en la frontera con Brasil. El rumor de un caso de corrupción de menores. Un periodista de Montevideo, en la medianía de la vida, medio de vuelta de todo, que sale a investigar. Esa es la premisa.

El encuentro con la quietud típica del pueblo chico del interior del país, pero que a la vez está en la frontera con un gigante que simplemente le da la espalda, a un río de distancia. Un río indiferente que se menciona apenas tangencialmente y al que se presta atención solo cuando crece. Los nombres dichos a veces en susurros, pero que nadie ignora. El viejo y proverbial infierno grande del pueblo chico, donde todos se conocen entre sí para bien y para mal. La pobreza, el desamparo, la impunidad.

El libro de Grabriel Sosa de a ratos resulta extraño, porque parece hecho de contrastes. Es cortito y escrito sin vueltas, pero complejo. No pasa nada y pasa de todo. Por sus páginas desfilan muchos sentimientos: indiferencia, fatalismo, impotencia, curiosidad, tristeza, indignación, miedo, rabia. El autor te hace alternar entre las emociones casi a capricho. Te hace acompañar a Larrobla llevándote casi de la mano, para luego dejarte abandonado y que hagas lo que puedas.

En estos días en que los titulares de los diarios se llenan de portadas de vejestorios inmundos que abusan de nenas, el relato de Sosa resulta vigente y actual e incluso a veces parecería que se quedara corto a la hora de alcanzar a la realidad.

Muy buena novela. La única advertencia que puedo darte es que evites terminar de leerla justo antes de ir a dormir. Te vas a quedar rumiando largo rato y vas a terminar agotado, asqueado por la enfermedad y sus síntomas, preguntándote cómo es posible que eso exista, que exista acá, entre nosotros, por qué nadie hace nada, por qué vos no hacés nada.