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Gabriel Sosa, El Lado Oscuro de Parir

Hace unos días escuché en radio Sarandí 690 la entrevista que le hicieron al periodista y escritor Gabriel Sosa a propósito de su nuevo libro: El Lado Oscuro de Parir, la mujer como víctima de la violencia obstétrica.

Habiendo leído antes con placer Las Niñas de Santa Clara y siendo esta su primera obra de no ficción, me hice de un ejemplar.

El subtítulo es bastante explícito. Recoge testimonios de mujeres que sufrieron algún tipo de violencia obstétrica durante su embarazo, parto o puerperio, y explora la situación de esta violencia obstétrica en Uruguay y sus secuelas, que pueden ser muchas y de variado grado. También habla con activistas, sociólogos, psicólogos y profesionales de la salud e intenta, como primera cosa, dar una definición cabal de qué es. Resumidamente: despojar a las mujeres de su autonomía y secuestrar el derecho que tienen sobre sus cuerpos; una forma de violencia de género.

De las experiencias narradas toma forma en mí el sentimiento de que esta violencia cometida por profesionales, de ambos sexos, es generada por una arrogancia mezclada con una hebra de poder y que resulta en una mezquinadad que roza el sadismo que es casi inexplicable.

Desde la realización de una episiotomía sin consultar, a procedimientos realizados con un consentimiento viciado, pasando por brusquedades y malos tratos, sin descartar abusos lisos y llanos completamente evitables e injustificables, como si la mujer embarazada fuera una cosa, un sujeto de estudio, o alguien mentalmente retrasado e insensible a quien no se debiera ningún tipo de consideración, decencia, humanidad o información.

Esto último es importante y recurrente: la falta de información. Sobre los derechos legales e institucionales, sobre los procedimientos, sobre el proceso. De esta suerte las mujeres, en su momento más vulnerable, transitan el parto sin saber cuáles son sus derechos, por lo que es sencillísimo avasallarlos y directamente saltárselos sin que ni siquiera se enteren.

Es un libro durísimo que me está resultando muy, muy difícil de leer; el estilo es franco y directo, sin vueltas, pero la angustia y la impotencia son infinitas. Desde el principio me hizo hervir la sangre y luego de las primeras páginas tuve que elaborar una estrategia para su lectura: unas 10 o 20 páginas por vez, a plena luz del día y al menos dos horas antes o después de comer. Leerlo antes de dormir me generó pesadillas infames de las que despertaba sobresaltado y cuyo recuerdo se negaba a abandonarme durante horas mientras fantaseaba con devolver a esos “profesionales” esos abusos con intereses. No voy a detallar esas fantasías porque no vienen al caso, pero Torquemada habría estado bastante orgulloso. Un par de sacudidas le vendrían bien a más de uno, te diré.

Este libro es necesario. Leerlo es necesario, aunque algunos testimonios sean terroríficos. Porque conmueve, concientiza y promueve un diálogo imprescindible con las organizaciones médicas y los profesionales de la salud.

El Lado Oscuro de Parir es imprescindible porque ayuda a visibilizar una problemática que está casi naturalizada cuando en realidad debería causarnos un rechazo visceral y ser erradicada por todos los medios.

También me remite a otros casos, muy cercanos, de violencia médica en otras disciplinas. Un par de ejemplos los viví cuando me quebré hace unos años, y otro le tocó a Padre cuando estaba discutiendo su tratamiento y opciones con una oncóloga. La violencia médica debería ser totalmente inaceptable en todos los ámbitos, primero por violencia, segundo por la impunidad con que se ejerce, desde un lugar de poder, y tercero contra quiénes se ejerce.

Las niñas de Santa Clara

Una pequeña ciudad en la frontera con Brasil. El rumor de un caso de corrupción de menores. Un periodista de Montevideo, en la medianía de la vida, medio de vuelta de todo, que sale a investigar. Esa es la premisa.

El encuentro con la quietud típica del pueblo chico del interior del país, pero que a la vez está en la frontera con un gigante que simplemente le da la espalda, a un río de distancia. Un río indiferente que se menciona apenas tangencialmente y al que se presta atención solo cuando crece. Los nombres dichos a veces en susurros, pero que nadie ignora. El viejo y proverbial infierno grande del pueblo chico, donde todos se conocen entre sí para bien y para mal. La pobreza, el desamparo, la impunidad.

El libro de Grabriel Sosa de a ratos resulta extraño, porque parece hecho de contrastes. Es cortito y escrito sin vueltas, pero complejo. No pasa nada y pasa de todo. Por sus páginas desfilan muchos sentimientos: indiferencia, fatalismo, impotencia, curiosidad, tristeza, indignación, miedo, rabia. El autor te hace alternar entre las emociones casi a capricho. Te hace acompañar a Larrobla llevándote casi de la mano, para luego dejarte abandonado y que hagas lo que puedas.

En estos días en que los titulares de los diarios se llenan de portadas de vejestorios inmundos que abusan de nenas, el relato de Sosa resulta vigente y actual e incluso a veces parecería que se quedara corto a la hora de alcanzar a la realidad.

Muy buena novela. La única advertencia que puedo darte es que evites terminar de leerla justo antes de ir a dormir. Te vas a quedar rumiando largo rato y vas a terminar agotado, asqueado por la enfermedad y sus síntomas, preguntándote cómo es posible que eso exista, que exista acá, entre nosotros, por qué nadie hace nada, por qué vos no hacés nada.