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Seveneves

Ciencia ficción. Ciencia ficción de la buena es lo que puede encontrarse en esta novela de Neal Stephenson… en parte de ella al menos.

De Stephenson empecé a leer Cryptonomicon hace un tiempo atrás y promediando el último tercio me ganó un poco el tedio; todavía lo tengo estacionado. Muy bien armado y escrito, pero con demasiadas bolas en el aire.

En Seveneves la Luna un buen día se parte en siete enormes pedazos. Así empieza y a partir de allí viene un ensayo especulativo excelente. Cómo se comportarán? Se mantendrán unidos por el antiguo centro de gravedad? Se separarán? Chocarán entre sí? Y si chocan y se dispersan, se precipitarán hacia la Tierra? Cómo hacer viable y permanente la vida en la Estación Espacial Internacional, la ISS? Cuáles son los desafíos? Cuál es el límite de la tecnología? Y el de las personas? Cómo poner más cápsulas y habitats en órbita? Cómo evitar el pánico en la Tierra? Cómo afrontar la realidad del fin de la vida en la Tierra? Cómo asegurar la continuidad de la especie?

A partir de aquí habitan espoilers, algunos.

Muchas, muchas cosas todas metidas en una novela bien hilada y bien contada, y en la que se nota un trabajo de documentación brutal. Economía, sociedad, política, ingeniería, épica, drama, heroicidades y mezquindades, poder y sacrificio, mucha física, un montón de conceptos científicos y un nutrido grupo de personajes, si no fantásticos al menos creíbles, hacen de esta novela una lectura trepidante… la mayor parte del tiempo… bueno, durante cerca de 3/4 part… ok, dos terceras partes del tiempo. Está bien, hasta la mitad es trepidante, siempre quise usar esa palabro, por momentos también emotiva, despiadada, con fragmentos estremecedores y hasta humana. También hay algunos, solo unos pocos, detalles incomprensibles y potencialmente importantes que se dejan de lado, como por ejemplo que en el espacio descartaran los cadáveres, pura e irremplazable materia orgánica y agua, en lugar de reciclarlos hasta su última molécula.

Promediando la mitad, sin embargo, se va a su puta madre. La llegada de la ex presidenta de Estados Unidos (porque los Estados Unidos dejan de exisitir, junto con todo el resto del planeta) a órbita son ganas de joder. Es meter a lo guapo un factor desestabilizante en una situación de por sí crítica. Como si no hubiera suficiente cantidad de problemas, emergencias y situaciones como para mantener la narración, este loco mete el equivalente a un anti-deus-ex-machina totalmente demente e innecesario. Eso precipita una serie de acontecimientos, que bien podrían haberse dado sin esa intervención forzada, que fragmenta en tres a un grupo apenas viable, vovivéndose incapaces por sí solos de sobrevivir. Stephenson decide patear con toda mala intención el tablero y sus piezas cuidadosamente colocadas y la partida preciosamente ejecutada que había desarrollado durante cientos de páginas y manda todo a la mierda. La manera creíble y plausible en que había armado los personajes y la forma en que reaccionaban a las situaciones fue tomada por asalto por un delirio sin pies ni cabeza que hizo de goma la cadencia completamente. Una situación gobernada eminentemente por una progresión lógica se ve desplazada por política y manipulación barata en menos de lo que se tarda en decir “Sacamelá un poquito!”.

“Nos está por chocar un meteorito!” “Bah, una mentira para tenernos bajo control. Rebelémonos!” “Pero llega un meteorito, sale en todos los sensores!” “Ah, no quieras amedrentarnos!” “Además si se van y se llevan recursos no renovables, todos pereceremos!” “No importa! Illegitimi non carborundum, motherfucker!” “No pueden esperar un poco, hasta que tengamos la situación controlada, y lo charlamos con un café?” “No! Jamás venderé el rico patrimonio de los arquinos al bajo precio del café liofilizado!” “Pero los cálculos indican que quedarán expuestos a las radiaciones ionizantes!” “Ja! Tu comprobada aunque pobre ciencia nunca podrá compararse con mi sacrosanto derecho a hacer lo que se me cante en los ovarios, aunque sea una locura total y esté arrastrando a ella a dos tercios de lo que queda de nuestra especie!” “OK, supongo que no podemos hacer nada, buen viaje”. “Victoria! …decime, esa no es tu hermana disfrazada de meteorito?”

Por si esto no fuera suficiente, la presentación, finalmente, de las Siete Evas que dan nombre a este tocho es por completo inverosímil y agarrada de los pelos. Resumiendo: me reventó el bolazo. A partir de ahí, con una expedición en ruinas y apenas siete mujeres supervivientes, se recrea toda la especie mediante edición genética y evitando cuidadosamente la endogamia.

Cinco mil años y siete razas genéticamente distinas después, el resto del libro es una especulación lejana, extrapolando, pero con más de imaginación que de ciencia ficción dura. Cómo evolucionará una sociedad humana en el espacio durante 5000 años? Qué prodigios tecnológicos lograrán? Es viable la terraformación? Habrán sobrevivido quienes se habían refugiado bajo las montañas? Volverán los marcianos? Y el chabón del submarino? Se encontrarán todos?

Es como si fueran dos libros en uno: el primero de ellos es excelente mientras que el segundo hace lo que puede. Si esos dos libros fueran rebanadas de pan, entre ellos está el delirio sirviendo de nexo y transición caótica, al medio del sánguche tenemos un relleno caótico de coliflor con dulce de peras y mostaza que francamente hace difícil hincarle el diente.

El final es abrupto y no concluyente y deriva en una intriga espacial de las de toda la vida. Creo que podría haber escrito dos libros, explorando y expandiendo un poco más eso que queda trunco al final. Así como está, es medio como si hubiera dicho “Faah! Qué manera de escribir, no? Bueno, me voy a tomar la leche, fuck it!”

Resumiendo: está bueno de leer, pero te vas a encontrar con momentos seriamente WTF! Y al final te vas a quedar con las ganas. En nuestra escala arbitraria y seguramente injusta, 42 le da un 7.1. Porque el principio es MUY bueno.

Muchas más de las que imaginamos

Las palabras nos salvan la vida, a veces.

Neil Gaiman, El Océano al Final del Camino.

El océano al final del camino

Neil Gaiman es maravilloso. En esta casa, buena y pastafari lo venimos siguiendo desde hace tiempo, aquí, aquí y aquí, aunque a una prudente distancia, eso sí; por las dudas de que se de vuelta de repente y… bueno, que lo veamos no sea lo que esperamos.

Esta corta historia mezcla la fantasía envuelta en los recuerdos de la infancia. La calidez con el miedo. La inocencia con la oscuridad. Lo cotidiano con el misterio. Las personificaciones desnudas del bien y el mal.

Me encantaban los mitos. No eran historias para adultos ni tampoco para niños. Eran mucho mejor que eso. Simplemente «eran».

Ah, sí. Casi parece seguir la estructura de un cuento infantil, pero la inquietud se siente real. Este relato simplemente es.

En un pasaje el protagonista piensa en su primer recuerdo, y al leerlo me pierdo en el mío: mi primo, de tres o cuatro años, buscando huevos de culito para arriba y hundido de cabeza en un alto cajón con paja que las gallinas usaban para anidar. Era una tarde cálida de verano, vestía unos shorts deslucidos que le quedaban un poco pequeños y estaba descalzo. Lo recuerdo sacudiendo las piernas flacas tratando de salir de la caja, pero sin soltar los huevos.

Aunque no tienen vínculo directo ninguno, al lado de ese recuerdo siempre que pienso en mi primito con los huevos de gallina en la mano, me viene a la mente la segunda imagen que tengo presente de esos nebulosos primeros años: la yegua zaina, vieja y mansa que usaba a veces para ir a lo de los abuelos maternos. Era tan vieja que casi no la usaban para los trabajos de la casa, y como no la usaban, nadie se molestaba demasiado en recortarle los vasos. Eso hacía que si la apurabas, tropezara. Era un seguro para que ningún gurí atropellado (yo, por ejemplo) sacara a la pobre vieja al galope. Lo bueno era que, como no la necesitaban, nunca había apuro en llegar o volver de ningún lado. A los efectos prácticos, era casi mía.

Mi primo de cabeza en un cajón buscando huevos y mi yegua de vasos sin recortar al paso manso, esos son mis primeros dos recuerdos.

Qué poderosos son a veces los escritores.

¿Cuál es tu primer recuerdo?

Gabriel Sosa, El Lado Oscuro de Parir

Hace unos días escuché en radio Sarandí 690 la entrevista que le hicieron al periodista y escritor Gabriel Sosa a propósito de su nuevo libro: El Lado Oscuro de Parir, la mujer como víctima de la violencia obstétrica.

Habiendo leído antes con placer Las Niñas de Santa Clara y siendo esta su primera obra de no ficción, me hice de un ejemplar.

El subtítulo es bastante explícito. Recoge testimonios de mujeres que sufrieron algún tipo de violencia obstétrica durante su embarazo, parto o puerperio, y explora la situación de esta violencia obstétrica en Uruguay y sus secuelas, que pueden ser muchas y de variado grado. También habla con activistas, sociólogos, psicólogos y profesionales de la salud e intenta, como primera cosa, dar una definición cabal de qué es. Resumidamente: despojar a las mujeres de su autonomía y secuestrar el derecho que tienen sobre sus cuerpos; una forma de violencia de género.

De las experiencias narradas toma forma en mí el sentimiento de que esta violencia cometida por profesionales, de ambos sexos, es generada por una arrogancia mezclada con una hebra de poder y que resulta en una mezquinadad que roza el sadismo que es casi inexplicable.

Desde la realización de una episiotomía sin consultar, a procedimientos realizados con un consentimiento viciado, pasando por brusquedades y malos tratos, sin descartar abusos lisos y llanos completamente evitables e injustificables, como si la mujer embarazada fuera una cosa, un sujeto de estudio, o alguien mentalmente retrasado e insensible a quien no se debiera ningún tipo de consideración, decencia, humanidad o información.

Esto último es importante y recurrente: la falta de información. Sobre los derechos legales e institucionales, sobre los procedimientos, sobre el proceso. De esta suerte las mujeres, en su momento más vulnerable, transitan el parto sin saber cuáles son sus derechos, por lo que es sencillísimo avasallarlos y directamente saltárselos sin que ni siquiera se enteren.

Es un libro durísimo que me está resultando muy, muy difícil de leer; el estilo es franco y directo, sin vueltas, pero la angustia y la impotencia son infinitas. Desde el principio me hizo hervir la sangre y luego de las primeras páginas tuve que elaborar una estrategia para su lectura: unas 10 o 20 páginas por vez, a plena luz del día y al menos dos horas antes o después de comer. Leerlo antes de dormir me generó pesadillas infames de las que despertaba sobresaltado y cuyo recuerdo se negaba a abandonarme durante horas mientras fantaseaba con devolver a esos “profesionales” esos abusos con intereses. No voy a detallar esas fantasías porque no vienen al caso, pero Torquemada habría estado bastante orgulloso. Un par de sacudidas le vendrían bien a más de uno, te diré.

Este libro es necesario. Leerlo es necesario, aunque algunos testimonios sean terroríficos. Porque conmueve, concientiza y promueve un diálogo imprescindible con las organizaciones médicas y los profesionales de la salud.

El Lado Oscuro de Parir es imprescindible porque ayuda a visibilizar una problemática que está casi naturalizada cuando en realidad debería causarnos un rechazo visceral y ser erradicada por todos los medios.

También me remite a otros casos, muy cercanos, de violencia médica en otras disciplinas. Un par de ejemplos los viví cuando me quebré hace unos años, y otro le tocó a Padre cuando estaba discutiendo su tratamiento y opciones con una oncóloga. La violencia médica debería ser totalmente inaceptable en todos los ámbitos, primero por violencia, segundo por la impunidad con que se ejerce, desde un lugar de poder, y tercero contra quiénes se ejerce.

El Archivo de las Tormentas 3: Juramentada

Terminé de leer Juramentada, la tercera entrega de El Archivo de las Tormentas, de Brandon Sanderson. Es un libro largo, pero que casi no se nota. Como es usual en las novelas de Sanderson las piezas se van armando con mimo y paciencia,  con esporádicas explosiones de acción, hasta desembocar en un frenesí alucinante de situaciones simultáneas. De repente en ese armado de piezas a veces cae brevemente en un poco de tedio (quizá inevitable en un libraco de casi 1200 páginas), pero incluso ese tedio es fascinante, sobre todo porque esa información que a priori parece intrascendente o estirada finalmente se revela necesaria y relevante.

Está profusa y bellamente ilustrado, lo que siempre es un añadido que se agradece.

La narración de esta historia, aunque enmarcada en un ambiente de alta fantasía y épica es muy cercana. Los personajes, más allá del clásico mito del héroe, tienen una construcción muy agradable que va ganando en complejidad con las distintas entregas. Los dobleces, los conflictos, las encrucijadas, los errores que los quiebran y condicionan pero de los que, quizá, pueden levantarse. Redención y caída en lo abyecto. Fuerza e intelecto. Religión y ateísmo.Todo está ahí.

Y las pasiones. La guerra, los manejos políticos, las maquinaciones, la mentira, la codicia, la sed de poder, las traiciones, la crueldad disfrazada de deber y honor, la locura. También la solidaridad, la entrega, el amor, la superación, la lucha contra la adversidad, temas de sexo y género e inclusión, la cercanía con el otro, la aceptación de la “otredad”.

Muy interesante.

Lo único malo es que andá a saber cuándo llegará el próximo. En 2019 como mínimo, probablemente 2020, y no extrañaría a nadie que en el 2021.

La joven durmiente y el huso, un cuento de Neil Gaiman

Neil Gaiman es uno de los escritores más queridos de esta casa, buena y pastafari.

Hace un par de días di con el cuento infantil de La Joven Durmiente y el Huso, bella, bellísimamente ilustrado por Chris Riddell.

¿Usted sabe qué pasó con la Bella Durmiente? ¿Se lo preguntó o dio por sentado que vivió feliz para siempre con el príncipe mongolo que la besó? No lo sabe, ¿verdad? Bueno, con este cuento, a lo mejor, se entera un poco.

Tiene un desarrollo fresco, un desenlace inesperado y un final regio y sorprendente que será la delicia del lectorado (el lectorado está compuesto por los y las lectores y lectoras). Ideal para arrancar de cuajo estereotipos y dar un ejemplo positivo a las generaciones venideras.

De repente no es especialmente apto para gurises impresionables porque a fin de cuentas es una historia de Gaiman, y Gaiman puede ser profundamente perturbador, pero es un cuento precioso.

Lo encuentra en Lectulandia. Con las ilustraciones pesa unos 15 MB

Si gusta colaborar con los creadores, hay sendas versiones en papel en Amazon, en rústica y tapa dura, a un precio realmente accesible.

Y recuerde: dicen los enanos que lo que hace de un regalo algo mágico es la distancia.  Así que si usté está, un suponer, en algún lugar del mundo y lo encarga a Amazon y manda que me lo entreguen en casa, acá en Uruguay, mínimo va a tener que viajar como 12’000 kilómetros, así que el contenido mágico va a ser bastante abundante. Después vemos la mejor manera de agradecérselo.

Libro: Los muchachos de zinc

Me encanta lo que hace Svetlana Alexiévich (o Aleksiévich, o Alexievich, he visto su apellido escrito de las tres maneras). Es una escritoria bielorrusa, ganadora de un Premio Nobel, especializada en un género denominado “narrativa documental”. La mina va, junta testimonios, documentos, impresiones, hechos, y después va y arma una bomba emcional en la forma de libro.

Lo hizo con Voces de Chernobil, el libro sobre la tragedia y desastre del reactor nuclear; lo hizo con La Guerra no Tiene Rostro de Mujer, con los testimonios de las tremendas mujeres rusas que participaron en la Segunda Guerra Mundial, o la Gran Guerra Patria como le llaman los rusos.

Y lo hizo de nuevo con Los Muchachos de Zinc, en donde relata las experiencias de sobrevivientes y familiares de víctimas de la, para nosotros, oscurísima guerra en Afganistán, entre 1979 y 1989.

Me llevó casi dos meses de lectura laboriosa. La prosa de la autora es maravillosa, como siempre, pero los relatos son oscuros y trágicos y rotos. Heridas y mutilaciones físicas y del alma. Madres locas de pena. Una guerra de la que pocos saben los detalles, pero que fue una mentira, un acto criminal. En pleno régimen soviético nadie podía exigir respuestas y nadie podía negarse. Un ejército mal preparado y peor equipado. Una sociedad que les hizo el vacío. Un régimen que no se hizo cargo de la responsabilidad ante los que volvieron y que luego desapareció y los dejó aún más desamparados. Tanto odio y resentimiento y dolor y locura que lastima y obliga a pausar la lectura.

Es un libro importante, sin embargo. Es un testimonio de guerra no desde el punto de vista histórico, sino desde el punto de vista de los perdedores últimos: los gurises de 20 años que mandaron a pelear y a hacerse matar y sus familias. Hombres y mujeres, combatientes y personal médico. Tan marcados, tan perdidos. Curiosamente, no se ve el testimonio de un solo padre, solo de las madres, desgarradas y medias enloquecidas de dolor.

¿Por qué los muchachos son de zinc? De chapa de zinc estaban recubiertos los decenas de miles de ataúdes que llegaban desde el sur, donde una generación entera de soldados internacionalistas “protegía las fronteras del Régimen” mientras llevaba el socialismo a punta de fusil a los fraternos amigos de Afgán.

Se estima en cerca de 2’000’000 los muertos afganos y aún más los desplazados y refugiados en esos años. Para ellos no conozco relatos.