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No son pasas lo que quiere el corazón

El tendero señaló a su hijo y le dijo al hombre:
Mandsanas —dijo el tendero—, narranjas, chocolatinas y plátanos, pero no galietas. Éste es mi hijo. Tiene tres años. No está enfermo. Quierre muchas codsas. Yo no sé qué quierre. Nadie sabe lo que quierre. Simplemente quierre. Mirra a Dios y didse: dame esto, dame aquello, pero nunca está satisfecho. Siempre quierre más. Nunca está contento. Y el pobre Dios no tiene nada parra una tristedsa así. Nos lo da todo: el mundo, la luz del sol, la madre, el padre, el hermano, la hermana, los tíos, los primos, la cadsa, la granja, la codsina, la medsa, la cama… El pobre Dios lo da todo, perro nadie está feliz. Todo el mundo es como edse niño enfermo de gripe. Todo el mundo me pide galietas, y con padsas dentro. —El tendero se interrumpió un momento para suspirar profundamente. Cuando soltó el aire, dijo al cliente en voz muy alta—: No hay galietas con padsas dentro.

El sábado fui hasta la tienda de comida armenia de la esquina. Allí me atendió una muchacha muy macanuda, esposa del dueño de ascendencia armenia. En las paredes, un texto impresionante le decía al lector, que no podrían con Armenia. Que a pesar de los intentos del mundo y la Historia por vencerlos y aniquilarlos, allí donde se encontraran dos armenios, la cultura sería reconstruida.
El poema se llama “Armenia” y su autor es William Saroyan.  Quién es, o fue, Saroyan, le pregunto, intrigado por la fuerza y sencillez de las letras.  Es un autor armenio que creció y vivió en Estados Unidos, no es muy conocido, pero sí muy bueno.

Así que una de las primeras cosas que hice luego de volver a casa y comerme los ricos lehmeyunes, fue buscar algo de William Saroyan; y encontré un libro llamado “La comedia humana”.  Basada en los Estados Unidos de la Segunda Guerra mundial, esta novela muestra la vida vista desde los ojos de un par de niños que viven en un pequeño pueblo de California: Homero, de 14 años que va a la escuela y luego trabaja como mensajero para el telégrafo y su hermano Ulysses, de 4 años, lleno de una curiosidad maravillosa e inagotable.

Escrita en un lenguaje directo, sencillo y sin pretensiones, la belleza de la historia es abrumadora.  En ella encontramos unos colores brillantes, unas imágenes tibias como un sueño de la infancia y un candor como no he visto desde el Cándido de Voltaire, pero mejor, porque no hay sátira, pesimismo, o ironía.  O tal vez la haya, pero sutil al extremo.  Es como una filigrana de cristal, preservada en el tiempo.

Ulysses nos captura desde su visión, con su percepción del mundo y sus interrogantes, a cada paso haciendo un descubrimiento más portentoso que el anterior.  Homero, por otra parte, se va abriendo al mundo adulto y sus complejidades, los miedos y las angustias.  Como mensajero del telégrafo en tiempos de guerra, le toca llevar las noticias de las muertes en el campo de batalla a los familiares, y eso lo cambia en un nivel profundo.

Todas estas estampas están permeadas de las realidades de la época, varias de las cuales aún están vigentes.

—El mundo se ha vuelto loco —dijo—. Solamente en Rusia, muy cerca de nuestra tierra, nuestro hermoso y pequeño país, millones de personas, millones de niños pasan hambre todos los días. Pasan frío, viven de forma patética, descalzos. Van por ahí, sin un sitio para dormir. Rezando por un trozo de pan seco, por un sitio donde acostarse para descansar, por una noche de sueño tranquilo. ¿Y nosotros qué? ¿Qué hacemos nosotros? Aquí estamos en Ithaca, California, en este país maravilloso, América. ¿Y qué hacemos? Llevamos ropa buena. Nos ponemos zapatos buenos todos los días cuando nos levantamos de la cama. Caminamos por la calle sin que venga nadie armado ni nadie se dedique a quemar nuestras casas ni a asesinar a nuestros hijos, a nuestros hermanos ni a nuestros padres. Vamos de excursión al campo en automóvil. Comemos la mejor comida. Todas las noches nos vamos a la cama y dormimos, ¿y cómo nos sentimos? Descontentos. A pesar de todo estamos descontentos —el tendero le gritó aquella asombrosa verdad a su hijo, lleno de un amor terrible hacia el niño—. Manzanas —dijo—, naranjas, chocolatinas, plátanos… Por el amor de Dios, hijo, ¡no hagas eso! Aunque yo lo haga, tú eres mi hijo y por tanto eres mejor que yo y no tienes que hacerlo. ¡Sé feliz! ¡Sé feliz!

Es un libro de tiempos de guerra, pero de ella, el odio y la estupidez, se habla tangencialmente, como pidiendo disculpas por meter justo ese tema entre lo importante. Hasta la muerte, esa perra inevitable, aparece envuelta en otra cosa, más liviana, amarga y dulce a la vez.

Es, en definitiva, un libro precioso.

Sobre la existencia de los ateos

Terminé de leer, con un par de días de diferencia, dos libros muy interesantes.

Uno es una especie de ficción histórica, o estudio probable, o posible, de dos personajes históricos, llamado El problema de Spinoza, escrito por el psicólogo estadounidense Irvin D. Yalom.

En este libro se exploran las vidas, o posibles vidas, mentes y motivaciones de dos personajes históricos por demás dispares: por un lado el filósofo holandés Bento Spinoza, famoso por ser uno de los grandes racionalistas; y por el otro, el  político alemán Alfred Rosenberg.

Spinoza fue un gran pensador de origen judío sefaradí y buscó desmitificar la religión, siendo excomulgado y expulsado por su comunidad, y varios de cuyos escritos fueron prohibidos luego por el gobierno holandés y la religión cristiana.

Rosenberg fue un político alemán antisemita acérrimo, y fue uno de los grandes ideólogos del nazismo, tres siglos después.

Goethe, el escritor y científico alemán, fue influido por Spinoza, y Goethe fue un modelo para Rosenberg.  De ahí el “problema”.  ¿Cómo Goethe, uno de los más grandes y excelsos alemanes, al sentir de Rosenberg, pudo haber tenido en tan alta estima a un judío? ¿Cómo, un filósofo del que se dice es el padre del ateísmo, pudo ser judío?

El libro busca explorar, ya que no hay registros completos, sobre todo de Spinoza, las vidas e ideas de ambos personajes.  Digo personajes en vez de hombres, porque no quiero meter a Rosenberg en la misma categoría.

Es un libro muy interesante, tanto por su contenido como por la manera en que está escrito, ya que capítulo a capítulo el autor alterna entre el filósofo y el nazi.  El pensamiento de Spinoza es maravilloso.  Lo acusaron de ateo, pero en realidad el chabón buscaba denunciar las supersticiones de la religión con argumentos críticos y racionales; en su lugar, hubiera preferido una “religión universal” la que todas las personas pudieran enfocarse en y amar un Dios expresado a través de la naturaleza, sin los ritos vacíos,  creencias imposibles, y dogmas de las religiones establecidas.

El otro libro es una novela de Terry Pratchett llamado Nación, donde un nativo de las islas del Mar Pelágico, análogo a nuestro Océano Pacífico y su miríada de islas de la Micronesia (o quizá la Polinesia), se encuentra con una niña occidental luego de un tsunami.  Como único superviviente de su pueblo, junto con esa niña extraña que habla una lengua incomprensible, solos en la isla devastada que fuera su hogar, cuestiona a los dioses.  Furioso ante lo inexplicable y definitivo, se hace preguntas, exige explicaciones a unos dioses que cuando no están mudos, parecen niños con un berrinche. Muchas preguntas.  Tantas preguntas que necesariamente se cruzan con las que se planteaba Spinoza.

Con un humor típicamente Pratchett y una gran ternura, casi de manera inocente, el libro plantea cuestiones trascendentes.

Son raras esas cruzas de libros.  Tan distintos y hablando de lo mismo. Me fascinan, porque en ninguno de los dos casos sabía qué me esperaba dentro de esas tapas. Parece ser que los Dioses, en todas partes, son hechos a imagen y semejanza del Hombre.

El fútbol a sol y sombra

Por supuesto, lo que sigue no tiene nada que ver con el libro de Galeano del que tomé prestado el título.

No imaginé que fuera a escribir de fútbol de esta manera.  La culpa, en parte, la tiene Víctor Hugo Ortega C. y su libro Elogio del Maracanazo.  Es un libro bello. Iba a comprarlo pero al final me hice de él gracias a un combo de generosidad por partida doble: de Víctor por regalarlo, y de Alfonso por cedérmelo al momento de recibirlo.

Recuerdo que Víctor me preguntó si me gustaba el fútbol, a lo que yo contesté prontamente que no.  Casi me imagino a Víctor pensando “y pa qué querí el libro si no te gusta el fúbol, po hueón?”.  Es que lo mejor de todo es que Elogio del Maracanazo es un libro permeado por el fútbol y sus anécdotas, pero también tiene poesía y una cantidad de imágenes llenas de humanidad. Son historias unidas por el fútbol, pero con la calidez de la cotidianeidad y los afectos.  No precisás que te guste el fútbol, ni saber nada, de la misma manera en que no necesitás conocer los nombres de los reyes babilonios para entender la historia de Babilonia, de la que por cierto, ni conozco el nombre de sus reyes, ni recuerdo una pizca de su historia… salvo que una de sus habitantes ganó el premio Nobel de Literatura.  Incluso así, siendo bastante ignorante en cuestiones futbolísticas, estando de alguna manera imposibilitado de hacer la conexión emocional que sería esperable ante el recuerdo de las figuras y partidos que nombra el autor, sigue siendo un libro en el que vale la pena perderse; la conexión viene por otro lado, por la vida pequeña y a la vez gigante que rodea esas anécdotas.

Debo decir que a pesar de haber disfrutado de Elogio como un chancho, sigue sin gustarme el fútbol. Es casi aversión lo que siento por él.  Aunque antes era distinto.  Mis recuerdos y vivencias con el fútbol están hechas de fragmentos.

Entendámonos, nunca fui un gran fanático del fútbol, de ahí lo fragmentario: no hay un hilo conductor, son momentos.  Sí, me gustaba dentro de lo razonable; sí, jugué en el cuadro del barrio cuando era gurí: jugaba de half (já) izquierdo, una posición que ya ni siquiera existe como tal. Sin embargo, nunca tuvo un impacto muy importante en mi vida, en general.  Sí lo tuvo, en cambio, la Selección Nacional, la Celeste, la mítica, la cantada por Jaime Roos y el Canario Luna.

Es difícil explicar el dolor que sentí, por ejemplo, cuando el anormal de Rubén Sosa tiró afuera ese penal contra España, en la Italia del 90.  ¿Te acordás?  “Tirar afuera” es un eufemismo; debe estar en órbita todavía, esa maldita pelota que Sosa mandó a la reputísima madre que la parió.  Fue un dolor físico al punto de ser casi incapacitante.  Recuerdo que el golpe en la boca del estómago me tuvo doblado largo rato caído en el piso.  Como si Sosa me hubiera dado el patadón de burro a mí, en lugar de a la pelota.

El día después de ese partido fue como un luto.  Me sentía traicionado, estafado e impotente.  Porque el loco pasó de jugar como si fuera un elegido del Olimpo antes del mundial, a ser alguien a quien esos mismos dioses hubieran aplastado con el dedo en cuanto se bajó del avión en Italia.  Y también me sentí abrumadoramente solo en mi pena.  Fuera de lugar, descastado, casi como un Canterville completamente ignorado.  Tenía todo el ambiente trágico de mis 16 años, y mi capacidad para la tragedia en esos años era inconmensurable.

Para el resto de la gente fue un partido más, apenas trascendente, una oportunidad de guasa:  FUAA! LA MANDÓ A LA MIERRRRRRDA! decían a los gritos carcajeados.  Para mí, fue la muerte de las esperanzas. Una pérdida abismal, más profunda por lo irracional del sentimiento. Mis compañeros de secundaria no eran consuelo ninguno.  Dieguito fue el que más o menos intentaba distraerme, hablándome de un tal Axl Rose y de un oscuro grupo de rock que estaba sonando cada vez más fuerte en Uruguay, llamado The Guns n’ Roses. ¿Te acordás del disco Appetite for destruction? El disco debut más vendido de la historia. Monstruoso.

Algunos años después, Peñarol empezó a ganar. Fue una racha imponente que le dio el Quinquenio, del 93 al 97.  El día de la final del Quinquenio, salimos con Martín de caravana y festejo.  Entramos a la Cervecería Palacios con las banderas enrolladas en la cintura, contentos pero mansos, y el gallego nos echó como a unos perros:  ¡A festejar a la calle!  Ese día, con Martín empezamos a sospechar que a lo mejor el loco no era hincha del manya.

Entre medio de esos años, llegó mi primera visita al Estadio Centenario.  En mi vida solo fui cinco veces al Centenario.  Todas han sido inolvidables del tipo que te marca a fuego.  O algo así, sin la parte de las ampollas y el dolor interminable que parece que sigue entrando incluso días después.  Quiero decir que fueron ocasiones de esas que quedan grabadas en la memoria, en los sentimientos.

La primera vez fue en el año 1995, para vivir la final de la Copa América contra Brasil.  Nunca había entrado a un edificio tan colosal.  Era monumental y grandioso, a mis ojos.  Me sentí como un niño ante un prodigio.  Pero nada podría haberme preparado para lo que me esperaba adentro.  Las tribunas repletas, las cuatro, llenas de camisetas y banderas celestes.  Tanto azul como en el mismo cielo, tanto que las motitas verdeamarelas se perdían de vista.  Recuerdo que iba con mi padre y otra gente, pero no recuerdo nada de ellos.  Recuerdo la gran imagen, no los detalles.  ¡Qué fiesta!  ¡Y qué silencio cuando el sorete de Tulio nos emboquilló en el primer tiempo!  Estábamos en la tribuna Colombes y lo vimos todito; Tulio nos hizo el gol a nosotros en persona, no solo a la selección.  Por suerte, por alabada buena fortuna, eso nos permitió ver el glorioso empate de Bengoechea a pocos minutos de empezado el segundo tiempo.  El tiro libre al ángulo, la visión de Taffarel que no atina casi ni a moverse ante la velocidad infinita de la pelota, que se calvó en la red y llegó a caer y rebotar dos veces en el piso antes de que la abrumadora información del gol pudiera ser procesada, asimiliada y reconducida otra vez hacia afuera en un grito de cincuenta mil gargantas.  Me acuerdo que al otro día, aprovechando la loca felicidad de la gente, nos subieron el agua, la luz, el teléfono y los combustibles y nadie ni siquiera mosqueó.  Bicho raro, el fútbol, que te vuelve imbécil total.

La segunda vez que entré al Centenario, fue un glorioso 22 de abril de 2001, cuando el estadio se transformó en templo y recibió al Indio, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.  ¡Qué recital!  ¡Qué magia!  ¡Qué energía!  Todavía me emociono al recordar esa máquina imparable que conformaban más de veinte mil engranajes vibrando al unísono, gracias al combustible inagotable del Indio y Skay.  Y al energúmeno de la bengala.  Nunca me canso de hacer la historia del chabón de la bengala.  Un flaco encendió una bengala en el anillo más lejano y alto de la Olímpica, y empezó a correr a largas zancadas hacia abajo.  No usó las escaleras, cosa que no habría servido de material para ninguna anécdota.  No.  El loco iba picando en los asientos de las gradas a una velocidad de vértigo y sin miras de detenerse; antes muerto que despacio.  Y cuando llegó al foso, así como iba, se perdió él y su bengala.  Todos lo habíamos visto.  Todos emitimos un ooohhhh.  Y todos rompimos en aullidos alborozados cuando vimos reaparecer la bengala del otro lado del foso y al enfermo que se encaramaba al otro borde.  Brutal.  Demente.  Fantástico y hermoso loco.

Mi punto de quiebre con el fútbol coincidió con mi tercera ida al Centenario, cuando no clasificamos para el mundial de Alemania en 2006.  Uruguay arrancó esa campaña goleando a los bolivianos por 5 a 0, y luego, entre algunos agónicos triunfos y empates y derrotas, nos comimos sendas goleadas de Paraguay, Argentina y Colombia.  Lo de Colombia, reedición de lo que hizo la selección a Bolivia, fue un trago amargo.  Pero con revancha.  Eso es lo bueno que tiene el fútbol: siempre da revancha, en algún momento.  Colombia tenía que venir a jugar a casa.  Corría el año 2005 y me invitaron a ir al estadio para ese partido.  Acepté en el acto, entusiasmado.  Era la revancha y nos cagaron.  Uruguay tres a dos contra una Colombia que se agrandaba a ojos vistas, o un Uruguay que no daba la talla.  Nos quedábamos afuera, loco! O casi, porque teníamos que ir al repechaje.  Pocas veces me recuerdo más enajenado que en ese partido.  Furioso.  Atragantado de una impotencia rabiosa.

Mi papá no me dijo ni media palabra cuando salimos.  Derrotados a pesar de haber ganado, y yo con los insultos agotados.  Pero no necesité que nadie me dijera nada, lo mío en el estadio fue lamentable; todavía me acuerdo de las puteadas rampantes que largaba a borbotones.

Si algo te angustia y te lleva a pasarla tan mal, tenés dos caminos: lo soportás con estoicismo si no tenés más remedio, o si tenés opción, te alejás tranquilamente y que se vayan todos a la gran puta.  Y esa fue mi opción.  Ese día mandé el fútbol a su gran puta madre, sin un arrepentimiento.  No me importaron triunfos, ni derrotas, ni Copas Américas, ni mundiales.  Pasé olímpicamente a ser de esa masa para la que el fútbol son 22 pelotudos corriendo atrás de una pelota.

No.  No me gusta el fúbtol.  Cuando es un partido cualquiera, me aburro a morir. Cuando juega alguien a quien puedo alentar, la paso mal.  Tampoco puedo racionalizarlo, así que fuck it!

Las otras dos oportunidades en las que entré al Centenario, fueron con la música: la primera vez que vi a Buitres, fue maravilloso. Fue durante la Fiesta de la X y estaba con Naxto. ¡Qué recital! ¿Eh, Nkosi? Me quedé fascinado con el sentimiento de comunidad, de ser parte de todos. Cuando bajábamos desde las gradas un flaco empezó a cantar Toca Buitres, siendo coreado al instante por toda la banda que llenaba las escaleras, como si hubiéramos estado esperando que alguien diera la voz de áhura. La última vez fue este año, con los Stones, y el sentimiento fue totalmente distinto. Como aislado de todos, de todo.  Vacío y agotado de emociones. Todavía no sé cuál de las dos sensaciones me dio más placer.

Sí sé que ni en pedo vuelvo al Centenario a ver un partido de fútbol.

Infértil

20160706_150010Me interesan los porqué.  Los engranajes que mueven el mundo, o cómo llegaron ciertos engranajes a mover el mundo de la manera que lo hacen.  Me encantan la Física y la Química, por supuesto… también me gustarían las matemáticas si tuviera cabeza suficiente para entenderlas (en sus entresijos más íntimos), y también los engranajes que mueven a las personas, que las moldean.  Llamalo curiosidad.

Por esas cosas y vueltas que tiene la vida y las gentes, di con un libro llamado La Bolsa y la Vida [escaneado en Scrib], publicado en 1996 y escrito por el historiador francés Jacques Le Goff.

El libro trata de la tátara abuela del capitalismo, la usura, en los siglos de la baja Edad Media (XI y XII) en adelante y cómo los usureros eran considerados despreciables ladrones cuyo lugar final era el Infierno y el Fuego Eterno.  Podías tener la bolsa (de dineros ajenos mal habidos) pero perderías la Vida Eterna.  Salvo que alguien, algo, te salvara, permitiéndote conservar ambas cosas.

Recién comencé con la lectura y quiero comentar un par de pasajes:

Tomas de Aquino Desigualdad

Santo Tomás de Aquino lo dice: “¿Es un pecado recibir dinero en pago por dinero prestado, lo que se llama recibir una usura?” Respuesta: “Recibir una usura por dinero prestado es en sí injusto, pues se vende lo que no existe, con lo cual se instaura manifiestamente una desigualdad contraria a la justicia”.

Sin embargo, no toda actividad que conlleve un préstamo o una cesión de la que se espera recibir provecho es usura, como en el caso del alquiler de una propiedad o el arrendamiento de la tierra.

20160706_145840“De todos los mercaderes, el más maldito es el usurero, pues éste vende una cosa dada por Dios, no adquirida por los hombres [contrariamente a lo que hacen los comerciantes] y luego, en la usura, recupera la cosa con el bien ajeno, lo cual no hace el comerciante.  Se objetará: aquel que arrienda un campo para recibir una renta o alquila una casa para cobrar un alquiler, ¿no es semejante a quien presta su dinero a interés?  Ciertamente no.  En primer lugar, porque la única función del dinero consiste en pagar un precio de compra; luego el arrendatario hace fructificar la tierra que trabaja y el inquilino goza de la casa; en estos dos casos, el propietario parece dar el uso de su propiedad para recibir dinero y en cierto modo intercambiar ganancia por ganancia en tanto que del dinero adelantado no se puede hacer ningún uso; por fin la labranza agota poco a poco el campo, el uso deteriora la casa mientras que el dinero prestado no sufre disminución ni envejecimiento”.

El dinero es infecundo.  Ahora bien la usura quisiera hacerle tener hijos.  Santo Tomás de Aquino dijo después de haber leído a Aristóteles: “Nummus non paril nummus (el dinero no engendra dinero)”.

Al principio habla de que el usurero vende una cosa dada por Dios.  Y por un instante me rasqué la cabeza, hasta que luego di con ese bien del Cielo.  Cuanto más demores en pagar, más intereses cobrará el usurero.  Así, en esos intereses vos estás pagando un bien intangible y Divino: tiempo.  Por si fuera poco, es considerada lisa y llanamente como un robo, en flagrante violación del cuarto mandamiento.  Chupáte esa mandarina, usurero pecador mortal.

Los primeros prestadores a crédito fueron los monasterios, de donde viene el término mort-gage (promesa de muerte -más o menos- y del latín), algo parecido a nuestras hipotecas modernas: préstamos avalados por una propiedad; práctica que luego fue prohibida, tanto para clérigos como para los laicos.

Genial, eh?  Estamos hablando de alrededor del año 1200, así que imaginá el peso que tenía la religión, de cuyos preceptos deriva el derecho canónico, usado luego como base o referencia en las escuelas de derecho.  En ellos se basaban muchas leyes y los sermones dados en las iglesias eran los medios de comunicación masivos de la época.  Años en los que los infractores realmente tenían miedo y les importaba adónde fueran a parar sus almas inmortales para la próxima vida y supongo yo que, sobre todo, de qué manera terminaban la actual (garrote vil, hoguera, cárcel y vaya a saber qué otro castigo) .  Lo más parecido a una actualización de estado debía ser:  Arrepentíos, cabrones pecadores, o arderéis en el Infierno!

¿Por qué la Iglesia perseguía con tantas ganas a los usureros?  Porque a partir de esa época, cuando empieza a asentarse el uso de una economía monetaria, la usura pasó a convertirse en una actividad demasiado tentadora, al punto de que temían que un auge desproporcionado de usureros entre la burguesía de entonces o los dueños de tierras, hiciera desplomar la producción de alimentos y bienes.

Todo un palo, ya lo ves: la especulación no es propia del neoliberalismo ni mucho menos.  Aunque el neoliberalismo probablemente sea uno de sus descendientes más refinados y evolucionados en cuanto a lo letal que resulta.

Cómo, durante el correr de los siglos siguientes, cambió el discurso (al punto de que el usurero pasaba solo una temporada en el Purgatorio hasta que subía a disfrutar de la Dicha Eterna) y hasta la Iglesia llegó a prestar dinero a reyes y conquistadores, son interrogantes que espero se contesten al ir avanzando en la lectura.

Espero con ganas enterarme cómo, o al menos llegar a cazar las claves, en el nombre del MEV misericordioso, de que luego de tamaña censura y promesas de condenación eterna, llegamos al feudalismo primero y al capitalismo actual, tan salvaje; que esclaviza a personas y naciones enteras al pago de los intereses de los préstamos.  Porque a pesar de no poder engendrar, varios hijos se le hace parir a cada billete que prestan los bancos a las personas y países.

Parirás con dolor, dicen las Escrituras, y mierda que dolor es lo que lo sentimos.

Murakami y las ganas de correr y el kung fu

Terminé de leer el fantástico libro de Haruki Murakami, “De qué hablo cuando hablo de correr”.

Es muy coloquial, pero salpicado de poesía aquí y allá, a fin de cuentas, Murakami es japonés. Podría decirse, bah, él lo dice, que este libro está compuesto por sus memorias, pero centradas en su faceta de corredor. El tipo lleva corriendo unos 23 años, por necesidad al principio, ya que comenzó a correr a fin de mantenerse en forma cuando empezó a escribir novelas en serio, y luego por placer. Murakami es bastante antisocial y la soledad inherente a este deporte le viene de perlas: no se necesita un equipo, no tenés un contrincante más allá de vos mismo, no hay nadie que te hable, no necesitás equipamiento de ningún tipo y podés practicarlo donde quieras, cuando quieras, como quieras. Y como gran plus, es una manera de disfrutar de la soledad.

Es también un viaje introspectivo, permeado con el resto de su vida, sus escritos, trabajo, viajes, un humor sutil, mucha sencillez y una gran delicadeza. Y como viaje introspectivo, es también una invitación a mirar hacia adentro. Cuando habla de sus motivaciones, sus observaciones, es inevitable terminar ponderando y buceando en las propias.

Gracias a este libro, quizás fue el detonante, o el golpecito que hace caer las piezas en su lugar, descubrí, o llegué a vislumbrar, varias cosas que me tenían preocupado.

Hace unos seis o siete años comencé a practicar artes marciales. Empecé con Tai Chi, ese gran viaje interior, por “hacer algo” y pocos meses más tarde estaba enamorado. Poco después, a instancias de mi maestro de aquel entonces, también comencé a practicar kung fu, la disciplina exterior, más dinámica y física. El Tai Chi me daba la suavidad, una filosofía y el centro, y el kung fu me daba la fortaleza física, otra gran parte de filosofía y la explosión de la actividad; se complementan perfectamente, o al menos así es como lo entiendo.

Durante los primeros tres, o quizá cuatro años, no falté un solo día. Los progresos se me hacían evidentes por todos lados. Hasta que un día eso se quebró. No vienen al caso los detalles puntuales, pero se dieron situaciones que hicieron tambalear muchas cosas que daba por sentadas. La filosofía y los preceptos estaban allí y yo me había aferrado a ellos, y estaban bien, pero las personas son personas y por ende, falibles. Si vos cometés el error de asociar las enseñanzas como indisolubles del maestro, si el maestro falla, el resto se cae como en un efecto de dominó. Conclusión: dejé de practicar durante meses, y cuando volví no pude encontrar el combustible necesario. Practicaba un mes, faltaba quince días, practicaba quince días, faltaba dos meses… el progreso se detuvo. Apenas lograba mantener lo que tenía, y al final, ni siquiera eso. Aún ahora, sabiendo que tengo que ir a practicar, el cuerpo lo pide a diario, busco y encuentro excusas. Horarios, problemas del trabajo, dolores más o menos reales, cansancio, cualquier cosa sirve.

Las artes marciales tienen sus maneras, sus jeitos, en donde el cuerpo quiere rendirse, pero la mente lo hace continuar más allá del cansancio o el dolor. Al fortalecer la mente y sus decisiones, se fortalece el cuerpo. Pero quien da las instrucciones es el espíritu. Sin espíritu, sin la voluntad, la mente se pierde, el esfuerzo se diluye y el cuerpo se rinde.

Hace unos días, el profesor Pablo Solís, un excelente profesor de Brazilian Jiu Jitsu que tuve la fortuna de conocer, comentaba que hay practicantes y luego hay turistas, esos que van y vienen, aprenden un poco y erráticamente, llegan a un cierto módico nivel y luego se van, probablemente para no volver. Me enojé mucho con él, debo confesar. Me pareció arrogante, pero luego, casi al instante, empecé a preguntarme por qué me había enojado tanto. Él no me hablaba a mí, era parte de un comentario bastante más largo y describía otra situación distinta… pero entonces, ¿por qué el enojo?

Y leyendo a Murakami, finalmente las piezas hicieron click. El profesor Solís había puesto el dedo en mi llaga, le dio al medio de la matadura. El enojo era conmigo: soy yo el arrogante al llamarme a mí mismo un practicante, ya que, sin darme cuenta, me he convertido en un turista de las artes marciales. Analizándome, ponderando mis motivaciones, observándome, me di cuenta de que no puedo encontrar el espíritu de la práctica por ningún lado. Ya no está adentro en ningún lugar visible. Es como si en algún lado se me hubiera perdido el kung fu. Es una sensación bastante desoladora.

No sé cómo retomar el camino, cómo encontrar lo perdido, o lo escondido, porque me gustaría creer que aún está ahí, aquí, en alguna parte. Sé lo que está mal y eso es un gran paso adelante, pero no estoy más cerca del kung fu ahora de lo que estaba hace dos días.

Sí tengo confianza en que voy a encontrarlo. Tengo el apoyo incondicional de mi instructor quien también es un amigo y esa es una baza gigante. No me caben dudas de que por ahí debe estar, el bendito espíritu.

Lo sé porque yo detesto hacer turismo.

En fin, gran libro el de Murakami. Incómodo si se quiere, pero grandioso.

Psicoeducar 1: Vamos de vuelta!

Hace unos poquitos días salió de imprenta y ya está en las librerías la segunda edición del libro Psicoeducar 1, que ya comentamos en oportunidad de su lanzamiento.

Esta vez, por si te quedaban dudas de lo que podés encontrar en sus páginas, te dejo el video de la presentación del libro, en donde los propios autores comentan los contenidos.

Gracias a quienes lo difundieron y a quienes lo adquirieron, haciendo posible esta segunda vuelta.  Espero sea una herramienta útil.

Y en 2016 llega el libro de Al, así que prepárense!

Pasatiempo masculino

Los filatélicos son gente extraña, callada, como los peces; son de todas las edades, pero sólo de género masculino; las mujeres, a lo que se ve, no han logrado captar el peculiar encanto que tiene el engomar unos pedacitos de papel coloreado para pegarlos en un álbum.

George Orwell – Recuerdos de un librero