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Gabriel Sosa, El Lado Oscuro de Parir

Hace unos días escuché en radio Sarandí 690 la entrevista que le hicieron al periodista y escritor Gabriel Sosa a propósito de su nuevo libro: El Lado Oscuro de Parir, la mujer como víctima de la violencia obstétrica.

Habiendo leído antes con placer Las Niñas de Santa Clara y siendo esta su primera obra de no ficción, me hice de un ejemplar.

El subtítulo es bastante explícito. Recoge testimonios de mujeres que sufrieron algún tipo de violencia obstétrica durante su embarazo, parto o puerperio, y explora la situación de esta violencia obstétrica en Uruguay y sus secuelas, que pueden ser muchas y de variado grado. También habla con activistas, sociólogos, psicólogos y profesionales de la salud e intenta, como primera cosa, dar una definición cabal de qué es. Resumidamente: despojar a las mujeres de su autonomía y secuestrar el derecho que tienen sobre sus cuerpos; una forma de violencia de género.

De las experiencias narradas toma forma en mí el sentimiento de que esta violencia cometida por profesionales, de ambos sexos, es generada por una arrogancia mezclada con una hebra de poder y que resulta en una mezquinadad que roza el sadismo que es casi inexplicable.

Desde la realización de una episiotomía sin consultar, a procedimientos realizados con un consentimiento viciado, pasando por brusquedades y malos tratos, sin descartar abusos lisos y llanos completamente evitables e injustificables, como si la mujer embarazada fuera una cosa, un sujeto de estudio, o alguien mentalmente retrasado e insensible a quien no se debiera ningún tipo de consideración, decencia, humanidad o información.

Esto último es importante y recurrente: la falta de información. Sobre los derechos legales e institucionales, sobre los procedimientos, sobre el proceso. De esta suerte las mujeres, en su momento más vulnerable, transitan el parto sin saber cuáles son sus derechos, por lo que es sencillísimo avasallarlos y directamente saltárselos sin que ni siquiera se enteren.

Es un libro durísimo que me está resultando muy, muy difícil de leer; el estilo es franco y directo, sin vueltas, pero la angustia y la impotencia son infinitas. Desde el principio me hizo hervir la sangre y luego de las primeras páginas tuve que elaborar una estrategia para su lectura: unas 10 o 20 páginas por vez, a plena luz del día y al menos dos horas antes o después de comer. Leerlo antes de dormir me generó pesadillas infames de las que despertaba sobresaltado y cuyo recuerdo se negaba a abandonarme durante horas mientras fantaseaba con devolver a esos “profesionales” esos abusos con intereses. No voy a detallar esas fantasías porque no vienen al caso, pero Torquemada habría estado bastante orgulloso. Un par de sacudidas le vendrían bien a más de uno, te diré.

Este libro es necesario. Leerlo es necesario, aunque algunos testimonios sean terroríficos. Porque conmueve, concientiza y promueve un diálogo imprescindible con las organizaciones médicas y los profesionales de la salud.

El Lado Oscuro de Parir es imprescindible porque ayuda a visibilizar una problemática que está casi naturalizada cuando en realidad debería causarnos un rechazo visceral y ser erradicada por todos los medios.

También me remite a otros casos, muy cercanos, de violencia médica en otras disciplinas. Un par de ejemplos los viví cuando me quebré hace unos años, y otro le tocó a Padre cuando estaba discutiendo su tratamiento y opciones con una oncóloga. La violencia médica debería ser totalmente inaceptable en todos los ámbitos, primero por violencia, segundo por la impunidad con que se ejerce, desde un lugar de poder, y tercero contra quiénes se ejerce.

El Archivo de las Tormentas 3: Juramentada

Terminé de leer Juramentada, la tercera entrega de El Archivo de las Tormentas, de Brandon Sanderson. Es un libro largo, pero que casi no se nota. Como es usual en las novelas de Sanderson las piezas se van armando con mimo y paciencia,  con esporádicas explosiones de acción, hasta desembocar en un frenesí alucinante de situaciones simultáneas. De repente en ese armado de piezas a veces cae brevemente en un poco de tedio (quizá inevitable en un libraco de casi 1200 páginas), pero incluso ese tedio es fascinante, sobre todo porque esa información que a priori parece intrascendente o estirada finalmente se revela necesaria y relevante.

Está profusa y bellamente ilustrado, lo que siempre es un añadido que se agradece.

La narración de esta historia, aunque enmarcada en un ambiente de alta fantasía y épica es muy cercana. Los personajes, más allá del clásico mito del héroe, tienen una construcción muy agradable que va ganando en complejidad con las distintas entregas. Los dobleces, los conflictos, las encrucijadas, los errores que los quiebran y condicionan pero de los que, quizá, pueden levantarse. Redención y caída en lo abyecto. Fuerza e intelecto. Religión y ateísmo.Todo está ahí.

Y las pasiones. La guerra, los manejos políticos, las maquinaciones, la mentira, la codicia, la sed de poder, las traiciones, la crueldad disfrazada de deber y honor, la locura. También la solidaridad, la entrega, el amor, la superación, la lucha contra la adversidad, temas de sexo y género e inclusión, la cercanía con el otro, la aceptación de la “otredad”.

Muy interesante.

Lo único malo es que andá a saber cuándo llegará el próximo. En 2019 como mínimo, probablemente 2020, y no extrañaría a nadie que en el 2021.

La joven durmiente y el huso, un cuento de Neil Gaiman

Neil Gaiman es uno de los escritores más queridos de esta casa, buena y pastafari.

Hace un par de días di con el cuento infantil de La Joven Durmiente y el Huso, bella, bellísimamente ilustrado por Chris Riddell.

¿Usted sabe qué pasó con la Bella Durmiente? ¿Se lo preguntó o dio por sentado que vivió feliz para siempre con el príncipe mongolo que la besó? No lo sabe, ¿verdad? Bueno, con este cuento, a lo mejor, se entera un poco.

Tiene un desarrollo fresco, un desenlace inesperado y un final regio y sorprendente que será la delicia del lectorado (el lectorado está compuesto por los y las lectores y lectoras). Ideal para arrancar de cuajo estereotipos y dar un ejemplo positivo a las generaciones venideras.

De repente no es especialmente apto para gurises impresionables porque a fin de cuentas es una historia de Gaiman, y Gaiman puede ser profundamente perturbador, pero es un cuento precioso.

Lo encuentra en Lectulandia. Con las ilustraciones pesa unos 15 MB

Si gusta colaborar con los creadores, hay sendas versiones en papel en Amazon, en rústica y tapa dura, a un precio realmente accesible.

Y recuerde: dicen los enanos que lo que hace de un regalo algo mágico es la distancia.  Así que si usté está, un suponer, en algún lugar del mundo y lo encarga a Amazon y manda que me lo entreguen en casa, acá en Uruguay, mínimo va a tener que viajar como 12’000 kilómetros, así que el contenido mágico va a ser bastante abundante. Después vemos la mejor manera de agradecérselo.

Libro: Los muchachos de zinc

Me encanta lo que hace Svetlana Alexiévich (o Aleksiévich, o Alexievich, he visto su apellido escrito de las tres maneras). Es una escritoria bielorrusa, ganadora de un Premio Nobel, especializada en un género denominado “narrativa documental”. La mina va, junta testimonios, documentos, impresiones, hechos, y después va y arma una bomba emcional en la forma de libro.

Lo hizo con Voces de Chernobil, el libro sobre la tragedia y desastre del reactor nuclear; lo hizo con La Guerra no Tiene Rostro de Mujer, con los testimonios de las tremendas mujeres rusas que participaron en la Segunda Guerra Mundial, o la Gran Guerra Patria como le llaman los rusos.

Y lo hizo de nuevo con Los Muchachos de Zinc, en donde relata las experiencias de sobrevivientes y familiares de víctimas de la, para nosotros, oscurísima guerra en Afganistán, entre 1979 y 1989.

Me llevó casi dos meses de lectura laboriosa. La prosa de la autora es maravillosa, como siempre, pero los relatos son oscuros y trágicos y rotos. Heridas y mutilaciones físicas y del alma. Madres locas de pena. Una guerra de la que pocos saben los detalles, pero que fue una mentira, un acto criminal. En pleno régimen soviético nadie podía exigir respuestas y nadie podía negarse. Un ejército mal preparado y peor equipado. Una sociedad que les hizo el vacío. Un régimen que no se hizo cargo de la responsabilidad ante los que volvieron y que luego desapareció y los dejó aún más desamparados. Tanto odio y resentimiento y dolor y locura que lastima y obliga a pausar la lectura.

Es un libro importante, sin embargo. Es un testimonio de guerra no desde el punto de vista histórico, sino desde el punto de vista de los perdedores últimos: los gurises de 20 años que mandaron a pelear y a hacerse matar y sus familias. Hombres y mujeres, combatientes y personal médico. Tan marcados, tan perdidos. Curiosamente, no se ve el testimonio de un solo padre, solo de las madres, desgarradas y medias enloquecidas de dolor.

¿Por qué los muchachos son de zinc? De chapa de zinc estaban recubiertos los decenas de miles de ataúdes que llegaban desde el sur, donde una generación entera de soldados internacionalistas “protegía las fronteras del Régimen” mientras llevaba el socialismo a punta de fusil a los fraternos amigos de Afgán.

Se estima en cerca de 2’000’000 los muertos afganos y aún más los desplazados y refugiados en esos años. Para ellos no conozco relatos.

La gente de la alfombra

Descubrí un nuevo libro de Terry Pratchett. Una novela escrita en sus inicios como escritor, en 1971, y luego retocada/reescrita por un Pratchett maduro a principios de los 90.

Sencilla pero deliciosa, habla del mundo de la Alfombra, sus pueblos (los primeros de los cuales llegaron atravesando las Baldosas) y criaturas, algunas de ellas francamente asombrosas. Su geografía y economía. De los oscuros dominios de la Zona NoBarrida y los monstruos que allí habitan. De cómo un fósforo configura un accidente natural cuya longitud lleva más de un día para recorrer, del tesoro inimaginable que se obtiene de las minas de barniz en Patadesilla, o el invaluable bronce que llega de las minas de Puertaalta. Nos perdemos en bosques de pelos de los que cuelgan grandes frutos dulces y jugosos, tropezamos con arbustos de pelusa y no puede faltarnos el trozo de polvo de la suerte.

También tenemos a Fray, una oscura fuerza de la naturaleza que lo arrasa todo a su paso y cuyo origen se pierde en la Historia de este imperio que tanto ha escrito y tanto ha olvidado.

Como de costumbre en los libros de Pratchett hay mucho más de lo que se ve a simple vista. Habla de la memoria de los pueblos, del conocimiento perpetuado en escritos y luego perdido casi irremediablemente. De la ciencia como remedio contra la superstición. Incluso tenemos paradojas temporales, que nos llenan de preguntas a las cuales Pratchett, con total desparpajo, contesta con un “No preguntes”.

Como de costumbre, el manejo que hace de las palabras me maravilla, como a un niño el primer truco de magia, los dobles sentidos, los sobreentendidos, las alusiones, los pequeños gags y retruécanos, la mera sintaxis con que construye, lo que subyace.

Cuestiones profundas son tratadas con diálogos absurdos, casi como si estuviésemos ante un personaje del amado Mundodisco.

Athan parecía escandalizado y enfadado.

—¿Nosotros? ¿¡Wights!? ¿Peleando?

—Estaban peleando en este momento.

—Sí, pero sabíamos que perderíamos —dijo Athan.

—¿Qué me dice de pelear y esperar una victoria? —dijo Snibril. Se volvió cuando un munrung se acercaba, cargando un wight.

—Nuestro Geridan está muerto, y uno de los deftmenes —dijo el munrung—. Y uno de los wights. Pero este todavía está vivo… apenas.

—Es Derna —dijo Athan—. Mi… hija. Debería estar muerta. En cierto modo… debe estar muerta…

—Tenemos algunas medicinas —dijo Snibril con calma—. O podemos enterrarla ahora, si es lo que usted quiere…

Miró expectante al maestro fundidor, que se había puesto pálido.

—No —dijo, casi en un susurro.

—Bien. Porque no lo habríamos hecho de todos modos —dijo Snibril, con energía—. Y luego vendrá con nosotros.

—Pero no… sé… qué ocurrirá después —dijo el wight—. ¡No puedo recordar!

—Se unió con nosotros y fue a Ware —dijo Snibril.

—No puedo recordar qué va a ocurrir.

—Se unió con nosotros —repitió Snibril.

El alivio inundó la cara de Athan. De repente parecía muy feliz, como un niño que ha recibido un nuevo juguete.

—¿Lo hice? —dijo.

—¿Por qué no? —dijo Snibril—. Debe ser mejor que estar muerto.

—Pero esto… esto es pensamiento thunorg —dijo Athan—. El futuro es El Futuro, no… no… —Vaciló, desconcertado—… no… tal vez… ¿de veras? ¿El futuro puede ser todas cosas diferentes…?

—Escoja el suyo —dijo Snibril.

—Pero Destino…

—Es algo que usted fabrica a medida que vive —dijo Snibril—. He estado averiguándolo.

También te hace reflexionar, sobre justicia y venganza.

Jornarileesh le gruñó.

—Tírenlo en una celda en algún lugar —dijo Bane—. No tengo tiempo de escucharle.

—No creo que haya ninguna celda —dijo Glurk.

—Entonces pónganlo a construir una celda y luego tírenlo allí.

—¡Pero deberíamos matarlo!

—No. Ha escuchado a Brocando demasiado a menudo —dijo Bane.

Brocando se erizó.

—¡Usted sabe qué es él! ¿Por qué no matarlo…? —empezó, pero fue interrumpido.

—Porque no importa qué es él. Importa qué somos nosotros.

Y el humor. El humor de Pratchett es de una fineza tal que resulta casi nutritivo.

Pismire era el chamán, una especie de sacerdote para todo trabajo.

La mayoría de las tribus tenían uno, aunque Pismire era diferente. En primer lugar, se lavaba todas las partes que se veían, por lo menos una vez al mes. Esto era poco habitual. Los otros chamanes tendían a alentar la suciedad, con la opinión de que cuanto más sucios, más mágicos.

Y no llevaba muchas plumas y huesos, y no hablaba como los otros chamanes de las tribus vecinas.

Los otros chamanes comían los hongos con motas amarillas que podían encontrar en lo profundo de las espesuras de pelo y decían cosas como: «¡Hiiiya / iya / iheya! ¡Heyaheyayahyah! ¡Hngh! ¡Hngh!», que sin duda sonaba mágico.

Pismire decía cosas como:

—Una correcta observación seguida por una meticulosa deducción y la precisa visualización de los objetivos es vital para el éxito de cualquier empresa. ¿Han notado la manera en que los tromps salvajes siempre caminan dos días por delante de las manadas de soraths? A propósito, no coman los hongos con motas amarillas.

Lo que no sonaba mágico en absoluto, pero resultaba mucho mejor y conjuraba una buena caza. En privado, algunos munrungs pensaban que la buena caza era más una consecuencia de su propia destreza. Pismire alentaba esta opinión.

—El pensamiento positivo —decía—, es también muy importante.

 

Pratchett no debería haberse muerto tan pronto. La puta madre.

Fábulas en verso

Conseguí un pequeño libro de la escritora (entre otro cúmulo de facetas) española Concepción Arenal.  Son fábulas. En verso. Hay construcciones excelentes, con una musicaliad preciosa.

Si usted está en contacto con niños pequeños, no debe, ni puede, perderse la experiencia de compartir esta lectura con ellos.

El libro es de 1851, lo que quizá explique la curiosa ortografía; es todo un desafío, para los talibanes ortográficos, hacer caso omiso.

FABULA III

EL OSO Y EL LOBO.

En la cristalina fuente
Que tan pura el agua lleva
En su rápida corriente
Y se llama rio Deva
Cuando llega al mar potente.
Y de Julio caluroso
Como á las doce del dia,
Llegó á beber presuroso
De un lobo en la compañía
Grande y corpulento un oso.
El aura suave y pura,
Y la pradera florida,
Y la fuente que murmura,
Todo á descansar convida
Y paz ofrece y ventura.
Sentáronse á descansar
El lobo y el oso juntos
No viendo á nadie llegar,
Y después de otros asuntos
Pónense de este á tratar.
Ya me acerco á la vejez,
Dijo el lobo, y por mas traza
Que en ello pongo ¡pardiez!
Cada dia hay menos caza
Y mas hambre cada vez.
Pasan del Abril las flores,
Pasan las nieves de Enero
Sin que en estos alredores
Logre atrapar un cordero
A los malditos pastores.
—Te está muy bien empleado,
Respondióle grave el oso,
¿Por qué del hambre acosado
No has de tragar, melindroso,
De yerba un solo bocado?
¿Por qué no comes manzanas
Ni peras ni moscatel,
Que de nombrarle entro en ganas,
Ni maiz, ni rica miel,
Ni cerezas, ni avellanas?
¿Tiene de razón asomo
Tu carnicera manía?
Come de todo, cual como,
Que si no, por vida mia,
Flaco has de tener el lomo.
Si acaso de hambre te mueres
De mi cariño leal
Ni el menor auxilio esperes;
No es lo que te pasa un mal
Si no porque tu lo quieres.
Mas el lobo replicó:
—Si comer frutas no puedo. —
—Pues qué, no las como yo?
No auxiliaré, no ha va miedo
Al que la razón no oyó.
Así hallamos en la vida
Moralistas como el oso
Que intentan, cosa es sabida,
Con aire magestuoso
Cortarnos á su medida.
Poco es que la humanidad
Contra sus dogmas arguya,
No hay otra felicidad
Ni otra razón que la suya,
Ni tampoco otra verdad.
Sí de un pecho dolorido
No comprenden la amargura
Esclaman: ¡dolor fingido!
Y es necedad ó locura
La pasión que no han sentido.
Por no sé que facultad
Del mundo se juzgan dueños,
Y su grave necedad
Creced; dice á los pequeños,
Y á los grandes, acortad.
Años hace que le oí
Decir como regla á un viejo
Y la guardé para mi,
«Que el sabio al dar un consejo
»Se acuerda poco de sí.»

 

Gente de maíz. Gente de petróleo.

Conocí el nombre de Michael Pollan gracias a una excelente serie documental de Netflix llamada Cooked.  Pollan es un escritor estadounidense (y activista y periodista y profesor) que ha publicado algunos libros sobre la comida (en uno de los cuales se basa la serie).  Cómo la conseguimos, cómo la combinamos con otros elementos, cómo la cocinamos y cómo la comemos. Es realmente fascinante.

Hace unos días, María Luisa cayó en casa con uno de sus libros de regalo. Se llama El Dilema del Omnívoro y por un momento temí que se arrepintiera, porque estaba tan entusiasmada con la lectura que pensé que iba a llevárselo a su casa sin dejarme tan siquiera abrirlo.

El libro se construye sobre la pregunta, engañosamente simple, de “¿qué vamos a comer hoy?” y se divide en tres secciones bien diferenciadas: producción industrial de comida, producción ecológica de comida, y el proyecto del autor de preparar una comida de la que él con sus propias manos ha conseguido todos los ingredientes. En este último capítulo arma una intensa discusión consigo mismo, explorando la muerte de los animales para consumo y los dilemas sociales, filosóficos y morales de los omnívoros (carnívoros) y los vegetarianos.

Estoy promediando la primera parte, que trata sobre la producción de alimentos a nivel industrial en EE.UU., país por excelencia en estas cuestiones.  Al igual que me pasó con Historia de los bombardeos, me siento por  igual aterrado y asqueado.

El maíz es un producto de la humanidad.  Librado a sus propios medios no podría sobrevivir, ya que perdió su capacidad de reproducirse a sí mismo cuando nosotros lo domesticamos.  El maíz es uno de los cereales de mayor rendimiento por lejos.  Un grano de maíz puede dar otros 150 a 200 granos, frente al trigo, por ejemplo, que por cada grano produce unos 30 o 40.  A su vez, nosotros somos un producto del maíz. Medramos gracias a él y dependemos de él, sobre todo los yankis y gran parte del mundo industrializado.  Más que del trigo, aunque es este cereal el que suele estar en el imaginario colectivo. El maíz depende del petróleo.  El maíz ES petróleo. Y no imaginarías todo lo que de él depende.

Pollan nos lleva de la mano por un camino plagado de horrores.  Nos cuenta cómo EEUU y gran parte del mundo, pasó de una agricultura sustentable, basada en rotaciones de cultivos, al monocultivo intensivo de unas pocas especies vegetales: básicamente maíz y soja, o incluso solo maíz. Nos cuenta de cómo un chabón llamado Fritz Haber, en 1909 descubre una manera revolucionaria de producir amoníaco (cuya base es el nitrógeno) y con él, nitrato de amonio. Nos cuenta de cómo los excedentes del nitrato de amonio usado para hacer explosivos al final de la Segunda Guerra Mundial sentaron las bases de la gigantesca industria de los fertilizantes químicos.  De cómo esos fertilizantes químicos por un lado desintegraron la agricultura sustentable, ya que el maíz de las granjas estaba asociado con otros cultivos, que nutrían la tierra y alimentaban al ganado, cuyos desechos orgánicos luego alimentaban una vez más, al cultivo. Los fertilizantes químicos permitieron que los agricultores pudieran sembrar enormes superficies de maíz, en densidades pocos años antes imposibles de imaginar, y se desconectaran totalmente de las rotaciones y la dependencia a la fertilización natural.  Claro que el proceso de obtención de los fertilizantes químicos consume cantidades gigantescas de energía, es decir, petróleo, sus derivados y gas.  Es decir que el maíz se sustenta en combustibles fósiles, en lugar de hacerlo en el sol, renovable y gratuito, pero lento.  Y como la producción de maíz se disparó, entonces el precio del maíz se fue a pique, lo que motivó la intervención del Tío Sam, que antes hacía préstamos, pero que luego pasó directamente a subsidiar a los granjeros.  Así que si lo que producían no valía nada, el gobierno los cubría, por lo que siguieron produciendo, y siguen, cada vez más, creando unos excedentes cada vez mayores y disparatados, con precios cada vez más ridículos, lo que los lleva a plantar más superficie para llegar con los números.  Sumado a esto, tenemos el hecho cierto de que prácticamente todos los productores fertilizan en demasía.  Ese fertilizante que no aprovechan las plantas es arrastrado por las lluvias hasta los ríos, alterando las condiciones ambientales, o encuentran su camino hasta las capas freáticas, donde está el agua que tomamos.  Es una espiral descendente, ya lo dije, aterradora.

El ganado se alimentaba de pasturas, pero las pasturas se cambiaron por maíz, así que el ganado se fue de las granjas.  Se fue a feedlots, corrales de engorde, en donde son alimentados con… maíz.  Hay que hacer algo con todo ese maíz, ¿no? El problema es que el ganado está diseñado para comer hierba, no maíz, así que al comer maíz, enferma, por lo que hay que darle antibióticos, y sumplementos proteínicos, y hormonas…

El ganado sigue teniendo desechos, pero como ya no está en las granjas, nadie necesita el estiércol, por lo que se acumula.  Y de todos modos no podría ser utilizado como fertilizante, porque está contaminado con hormonas y antibióticos y un montón de bacterias que cuando el ganado comía pasto no eran problema, pero que ahora sí lo son, razón por la que le dan antibióticos.  Así que el ganado come maíz, que es petróleo.  Así que la carne también es petróleo… junto con otro montón gigante de mierdas, entre la que están los restos de antibióticos, que también pasan a nosotros y son un riesgo potencial para la salud humana a largo plazo, ya que bajas dosis de antibióticos, crean resistencia bacteriana.

Y el maíz, además de alimentar al gando va al resto de la industria alimentaria: harina de maíz, claro, pero también las hojuelas del desayuno, el almidón de maíz, el jarabe de maíz de alta fructosa, la maltodextrosa, la goma xantana, los espesantes de alimentos, varios ácidos orgánicos, el aceite, los alcoholes que sirven tanto para elaborar bebidas, como para manufacturar combustibles que hacer funcionar vehículos, adhitivos varios y hasta plástico.  Porque descubrieron que si al maíz lo tenés unos días en ácido y luego lo molés, podés sacar el germen para aceite, la cáscara para suplementos vitamínicos y colorantes, y el gigantesco endospermo, puro almidón, para usarlo en un montón ENORME de otras cosas.  Ese almidón, formado por largas cadenas complejas de carbohidratos, luego de algunos procesos específicos, se puede romper en decenas y DECENAS, de otros compuestos. Muchos de esos compuestos, incluso mezclados entre sí, forman parte de mucha de la comida procesada.  Cuanto más procesada, más subproductos del maíz tendrá y menos reconocibles como tales serán.  Además, para lograr esos subproductos también son necesarias cantidades gigantescas de energía.  Por cada caloría de alimento que se produce, se necesitan unas 19 de energía.  Habitualmente esa energía también es petróleo.

Es un espanto, pero también es fascinante.  La pluma de Pollan es brillante.  Hila ideas, concatena procesos, desmenuza causas y efectos en una lectura que es tanto atrapante como un manifiesto a nuestra locura como especie, ya que al hacernos dependientes de un solo cultivo (maíz o soja es indistinto a estas alturas), que a su vez depende de combustibles fósiles, estamos abocados a un aterrizaje estrepitoso.  Liquidamos la diversidad, los ciclos naturales, el equilibrio ecológico, nuestra salud y sustentamos la potencial sobrevivencia de nuestra especie a un recurso escaso que, irónicamente, no es sustentable.  Porque esa sobre o super abundancia de alimentos, o materias primas, permitió que la población mundial explotara.  ¿Qué pasará cuando los combustibles fósiles que son las bases sobre las que asienta la producción mundial de alimentos, se agote? Una locura que fue propiciada por políticas públicas para favorecer a un puñado, un mero puñado, de corporaciones cuyo único interés es mantener y aumentar continuamente sus dividendos inmediatos.  Incluso si con eso nos vamos todos al carajo, ellos incluidos.

Somos unos imbéciles.  Y el mayor problema que tenemos, además de nuestra atronadora deficiencia mental como especie, es que somos un montón de personas en el mundo.  No me canso de repetirlo.  Nuestro “éxito” como especie es nuestra mayor debilidad.  La naturaleza tiene mecanismos para controlar la población de las especies que habitan en el planeta.  Si alguna se dispara, el método de control más efectivo es cuando la fuente de alimento que sustenta a esa especie se agota, o baja a límites mínimos. La población descontrolada se desploma y todo vuelve a encarrilarse… más o menos.  Pero nosotros no tenemos esa limitante, hasta ahora.  Los fertilizantes químicos han propiciado una producción casi ilimitada de alimentos, lo que ha permitido una explosión demográfica inaudita e imposible en condiciones normales.

Somos como un virus letal que en su paroxismo reproductivo mata al huésped en el que vive.