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Lindos cositos brillantes

Hace algún tiempo que vengo observando la cantidad de “tests” que aparecen en las redes sociales.

  • ¿A qué casa de Juego de Tronos perteneces?
  • ¿A qué personaje de Harry Esporter te pareces?
  • ¿De qué celebridad podrías ser amigo?
  • Si fueras un queso especiado, ¿de qué sabor serías?
  • ¿A qué país deberías ir de vacaciones?
  • ¿Qué animal fuiste en una vida anterior, marmota?
  • ¡Mira qué personaje histórico está emparentado contigo! Tus ansias por matar a tus enemigos y oír el lamento de sus mujeres venían de algún lado. ¡Dale gracias a Conan!
  • ¿Cómo está tu gramática? ¡Solo el 1,5% de las personas saben que “a ver”, “haber” y “haver” son cosas distintas!

Desde lo más risueño a lo más ridículo, todo está ahí. Es furor desde hace algunos años y no tiene miras de amainar. Todos en algún momento entramos a ver qué nos dice el oráculo de turno. La mayoría no tienen nada que ver con la realidad y ciertamente no hay método científico ni de otro tipo detrás de ellos… de los resultados al menos. Sí hay estudios y gente metiendo cabeza para hacerlos. Qué funciona y qué no, para qué franja de público, etc. La posibilidad de compartir los resultados en el acto hacen que se viralicen en horas.

¿Y qué hay detrás de los dichosos tests? Activa ciertos circuitos de recompensa en el cerebro, eso por un lado. Y también hay motivaciones psicológicas, porque los tests aparentan decirnos cosas de nosotros mismos, y eso siempre es interesante, incluso si sabemos que es mentira y que nos olvidaremos de ello antes de dos minutos. Un artículo de cuando el tema estaba tomando vuelo dice algo así como que somos como cuervos atraídos por las chucherías brillantes.

Y en general no andan desencaminados, porque antes esos tests te preguntaban cosas. De cierta manera tenían una especie de consistencia, porque a respuestas iguales los resultados eran iguales. En no más de 37 segundos tenías que contestar qué animal sería tu mascota ideal, qué castigo deberían tener los que llegan al Infierno porque ponen ananá a la pizza y cuál era la capital del antiguo imperio de Tanganika, luego de lo cual ya sabías con cuál de las Spice Girls podías casarte. Era mágico. Yo trataba de que me tocara la morocha con pinta de guerrera que siempre aparecía en los posters gritando como si algo la hubiera mordido en un lugar inapropiado.

Pero los tiempos cambian y ya no tenemos 37 segundos para responder tres preguntas bobas, por más trascendentales que sean. No, ahora el “test” “estudia” tu perfil y te da un resultado en poco menos de 11 segundos. Pero ya no es lo mismo, porque si tomás la prueba seis veces, tendrás cinco resultados distintos. Y eso solo porque son cinco las respuestas preprogramadas así que es inevitable que se repitan. Sí, el estudio del perfil es una engañifa y no nos importa,  porque lo que nos interesa es el resultado y, si nos gusta, poder compartirlo. Esa es la chuchería brillante que atesoramos y que pasa por nuestra mente a la velocidad de la luz y desaparece igual de rápido. Pero en el interín dejamos DECENAS DE MILLONES de clicks para las empresas que generan esas basuras, lo que en sí mismo no parece tan grave. A fin de cuentas tienen el derecho a hacer algún mango a costa nuestra, que consumismos lo que básicamente es el análogo a la comida chatarra de los contenidos… o quizá el hielo con el que estiran la gaseosa.

Lo que sí preocupa es lo que te piden además del “me gusta”: acceso a tu perfil público, lista de amigos, publicaciones en la biografía y fotos. En mi caso tengo muy poca información específica puesta en el perfil, y la poca que hay, miente (aunque no lo creas, mi apellido no es Cho, no nací el 1/11/1911 y ciertamente no vivo en un caserío perdido en el culo del desierto australiano). Tampoco tengo muchas fotos con la gente que me importa, o de los lugares en que he estado. Por otro lado, hay gente que compensa mi lamentable rebeldía ESCRIBIENDO Y MOSTRANDO TODO, cosa que para mí es totalmente demente, pero hey, los encargados de analizar el big data también tienen que vivir de algo. Y tampoco soy tan crack, ya que por el solo acto de estar en esa red social ya estoy dejando montones de información para quien se moleste en rastrearlos.

¿Viste cuando enfáticamente le decís a los agentes de Facebook (FB) que NO los autorizás a compartir tu información privada según el artículo 16589 del Segundo Concilio de Roma por la Seguridad de las Boludeces Personales? Bueno, te estás haciendo trampa al solitario, porque le estás dando esa misma información a alguien que potencialmente puede ser peor que los agentes de FB. Gente que quizá sea la que EMPLEA a los agentes de FB y que no se preocupa por engañarte con la letra pequeña del contrato, porque directamente no usa contrato.

Sin embargo, esto bien podría ser la punta del iceberg. No sé si te acordarás del revuelo que se armó en 2016, poco antes de las elecciones presidenciales en USA, cuando se supo que el equipo de campaña de Mr. Monguis Rubeola llevaba contratando desde hacía años a una empresa llamada Cambridge Analytica para evaluar los perfiles de más de 200 millones de yankis y sacarles la ficha, psicológicamente hablando. Cambridge Analytica también hacía tests, pero de verdad. Las preguntas parecían igual de inocentes que en los demás tests boludos, pero tenían intención y cabeza detrás. Y fueron dirigidas hacia las redes sociales. Mientras leo algunos artículos a medida que voy escribiendo esto veo que durante los debates de los candidatos antes de las elecciones en FB funcionó algo llamado Trump TV transmitiendo en vivo. Luego del segundo debate esa presencia en las redes se tradujo en una recaudación de NUEVE millones de dolaretes… en 120 minutos. Mr. Monguis Rubeola ganó, así que le deben haber acertado bastante. Es una evolución del viejo marketing directo de los 60 y 70 originado y destinado para venderle cosas específicas a un público específicamente receptivo. ¡Don Draper estaría orgullosísimo!

En 2015 los británicos en conjunto pasaron más de 62 millones de horas diariamente en las redes sociales. En 2015 la población del Reino Unido era de aproximadamente 65 millones de personas.  Así que en promedio cada hombre, mujer y niño (incluso lactantes) pasaba una hora en las redes, cada día, dando clicks como energúmenos. Muchos serían clicks “vacíos” digamos, como respuesta a una publicación de un amigo, pero también habría de los otros más significativos: en noticias, publicidades, publicaciones de grupos de todo tipo (activistas, religiosos, políticos) y opiniones de personalidades públicas.

Una de las tantas cosas que llaman la atención en estas lecturas es que se dice que muchos clicks se hacen casi inconscientemente. Te gustó algo, le diste un click. No pensás en motivaciones o analizás ese dedito pa’rriba. Es click y siga. Algunos pocos años atrás los investigadores podían sacar pautas demográficas para grandes grupos. Hoy en día, en cambio, pueden sacarle la ficha de los rasgos psicológicos a individuos específicos basados nada más que en unos pocos cientos de clicks (70 “me gusta” en FB son suficientes para crear un perfil básico, con 227 FB te conocería más que tus propios padres o hermanos, y con 500 mejor que vos mismo, aparentemente).

Empezás a leer notas de prensa, que enlazan a artículos más especializados, que referencian estudios concretos y da un poco de miedo.

Somos tan poco criteriosos a la hora de usar la tecnología que nos convertimos en artífices de la propia manipulación a la que estamos sujetos. Es como una versión incipiente de Gran Hermano. O como ver los engranajes que mueven al Gran Hermano.

(Algunas) Referencias:
NYP
TNYT
The Telegraph

 

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