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Programa #Luisa

Empecé a colaborar con el Programa Luisa. El objetivo es luchar contra la impunidad y echar luz sobre un período oscuro y trágico de nuestra Historia.

Es una iniciativa que busca, a partir de escaneos de diversos documentos miliares generados por la última dictadura, recuperar esos textos de nuestro pasado reciente. En general son documentos que no pueden ser digitalizados automáticamente de la manera habitual, ya sea porque hay tipos, mal entintado o escritura cursiva que impiden usar este método.

Para recuperar los documentos es que el programa apela a nosotros y nuestro criterio. Como usuario, completamente anónimo, se te presenta una o un conjunto de imágenes que pueden (o no) contener texto. Vos interpretás lo que muestra la imagen y si hay algo legible escribís el resultado en el cuadro de texto correspondiente. Lo mandás y aparece la siguiente.

Las instrucciones son muy sencillas y el formato es ampliamente conocido: usa el equivalente a los captchas que suelen aparecer a la hora de acceder a algunos sitios web.

Junto a la imagen que tenés que interpretar se incluye otra, más general, para que puedas poner las palabras en contexto. El ejercicio puede ser aterrador y angustiante.

Algunas no transmiten nada

Otras, en cambio, son inquietantes

Direcciones, teléfonos, fechas, nombres, apellidos y números de cédulas de identidad. Expresiones que en cualquier otro contexto serían anodinas y no llamarían la atención, aquí resultan ominosas. Llenas de nuevos significados.

“Estado civil CASADA”, “Pelo RUBIO”, “doctor en Medicina, con teléfono”, “incautado al MLN”…

No voy a poner capturas específicas porque razones obvias, pero también aparecen nombres, decenas de nombres. Aparecen y ta, tenés que escribir lo que ves. El contexto que te brinda el resto de la imagen a veces es peor que no tener nada. Algunos son de militares debidamente identificados, pero hay más. ¿Son nombres de funcionarios? ¿Sospechosos? ¿Delatores? ¿Detenidos? ¿Torturados o torturadores? ¿Están vivos?

Es una tarea necesaria, pero nunca imaginé que me pudiera resultar tan difícil.

Libro: Orientales Excéntricos – Recargado

Empecé a leer, con gran expectativa y toda la parsimonia, el libro de relatos Orientales Excéntricos – Recargado, del escritor Gabriel Sosa.

Lo del título se debe a que es una reedición de su libro de 2001 al que se le añadieron otros cuatro relatos.

Promediando medio libro en ningún momento pude sacarme de encima una media sonrisa. Un poco por simpatía, por dulzura, por la amarga realidad, por la libertad que no es tal. Personajes de acá, excéntricos, sí, y varios de ellos haciendo gala de una uruguayez recargada. Tan cercanos y posibles, incluso a veces tan pequeños, grises y resignados, que por momentos dudo de que sean fruto exclusivamente de la ficción.

De a ratos Sosa se sumerge, nos sumerge, en la descripción de una habitación, de un momento, de una mente. Me hace acordar a algunos cuentos de Lem en los que el polaco da unas detalladísimas descripciones, pero con la diferencia de que en donde Lem a veces nos pierde entre tanto detalle farragoso, Sosa se encarga de transmitir un humor, una realidad, de manera concreta y siempre en función de la historia.

Con un estilo simple y sin rimbombancias nos hace partícipes de la escena, como si pintara el telón de fondo de una obra. Y lo logra. Logra que veamos a sus personajes, más o menos enajenados, con sus colores y olores y circunstancias. El loco sin cortapisas, la vieja puta tristísima, Arturo y su obsesión, el relator no menos obseso, el escritor que no logra domar las palabras, el que deja mentir porque andá a saber si no es cierto, el asesino que solo busca una ínfima redención que vale todo, el otro asesino ciertamente menos competente, el del loro, quizá el más raro de todos los relatos, la historia de amor, gris y acostumbrada, pero con una profundidad extraña. Visos de costumbre, visos de novela negra, pequeñas perlas desparramadas aquí y allá.

Son historias unitarias, cerradas, pero todas parecen tener hilos comunes en su entramado que las hacen resonar. Un punto de locura, un punto de ternura, un pequeño giro que cambia todo el ambiente, un poco (o bastante) de obsesión y de pérdida. Hace tiempo leí que el urugayo sabe de pérdidas. Tenemos la habilidad para perder casi impresa en el ADN; los uruguayos excéntricos convierten esta habilidad casi en un arte. La cordura, las ilusiones, la inocencia, a veces también la vida.

Casi todas me transmiten una especie de paz, incluso cuando la acción se avalanza y acelera. Me dejan un sentimiento agridulce, como cuando un amigo recuerda y te cuenta una historia de tiempos cálidos, pero ya pasados. Es un poco incongruente esta última frase porque a veces la calidez solo pasa rozando las historias, pero nunca nadie ha podido pedirle lógica a los sentimientos.

Tenemos tragedia, sí, frenesí como en el cuento de El Degollador, o una ironía lúdica, satírica, nunca burla y nunca sarcasmo, como en la historia del quasi Cisne de Sierra del Pelón que hace largar carcajadas y nos termina mostrando lo que en definitiva es una vida de frustración. Incluso un poco de novela negra.

Vaya y lea a estos Orientales excéntricos, posmodernos, decadentes, violentos, alucinados, desencantados y obsesivos.

Gabriel Sosa, El Lado Oscuro de Parir

Hace unos días escuché en radio Sarandí 690 la entrevista que le hicieron al periodista y escritor Gabriel Sosa a propósito de su nuevo libro: El Lado Oscuro de Parir, la mujer como víctima de la violencia obstétrica.

Habiendo leído antes con placer Las Niñas de Santa Clara y siendo esta su primera obra de no ficción, me hice de un ejemplar.

El subtítulo es bastante explícito. Recoge testimonios de mujeres que sufrieron algún tipo de violencia obstétrica durante su embarazo, parto o puerperio, y explora la situación de esta violencia obstétrica en Uruguay y sus secuelas, que pueden ser muchas y de variado grado. También habla con activistas, sociólogos, psicólogos y profesionales de la salud e intenta, como primera cosa, dar una definición cabal de qué es. Resumidamente: despojar a las mujeres de su autonomía y secuestrar el derecho que tienen sobre sus cuerpos; una forma de violencia de género.

De las experiencias narradas toma forma en mí el sentimiento de que esta violencia cometida por profesionales, de ambos sexos, es generada por una arrogancia mezclada con una hebra de poder y que resulta en una mezquinadad que roza el sadismo que es casi inexplicable.

Desde la realización de una episiotomía sin consultar, a procedimientos realizados con un consentimiento viciado, pasando por brusquedades y malos tratos, sin descartar abusos lisos y llanos completamente evitables e injustificables, como si la mujer embarazada fuera una cosa, un sujeto de estudio, o alguien mentalmente retrasado e insensible a quien no se debiera ningún tipo de consideración, decencia, humanidad o información.

Esto último es importante y recurrente: la falta de información. Sobre los derechos legales e institucionales, sobre los procedimientos, sobre el proceso. De esta suerte las mujeres, en su momento más vulnerable, transitan el parto sin saber cuáles son sus derechos, por lo que es sencillísimo avasallarlos y directamente saltárselos sin que ni siquiera se enteren.

Es un libro durísimo que me está resultando muy, muy difícil de leer; el estilo es franco y directo, sin vueltas, pero la angustia y la impotencia son infinitas. Desde el principio me hizo hervir la sangre y luego de las primeras páginas tuve que elaborar una estrategia para su lectura: unas 10 o 20 páginas por vez, a plena luz del día y al menos dos horas antes o después de comer. Leerlo antes de dormir me generó pesadillas infames de las que despertaba sobresaltado y cuyo recuerdo se negaba a abandonarme durante horas mientras fantaseaba con devolver a esos “profesionales” esos abusos con intereses. No voy a detallar esas fantasías porque no vienen al caso, pero Torquemada habría estado bastante orgulloso. Un par de sacudidas le vendrían bien a más de uno, te diré.

Este libro es necesario. Leerlo es necesario, aunque algunos testimonios sean terroríficos. Porque conmueve, concientiza y promueve un diálogo imprescindible con las organizaciones médicas y los profesionales de la salud.

El Lado Oscuro de Parir es imprescindible porque ayuda a visibilizar una problemática que está casi naturalizada cuando en realidad debería causarnos un rechazo visceral y ser erradicada por todos los medios.

También me remite a otros casos, muy cercanos, de violencia médica en otras disciplinas. Un par de ejemplos los viví cuando me quebré hace unos años, y otro le tocó a Padre cuando estaba discutiendo su tratamiento y opciones con una oncóloga. La violencia médica debería ser totalmente inaceptable en todos los ámbitos, primero por violencia, segundo por la impunidad con que se ejerce, desde un lugar de poder, y tercero contra quiénes se ejerce.

Proyecto de Ley Integral para Personas Trans en Uruguay.

Hay mucha tela para cortar con esta ley que otorgaría a las personas trans derechos y beneficios que la mayoría de nosotros damos por sentados sin siquiera pensar en ellos.

El texto del proyecto es corto y fácil de entender. Unas poquitas carillas que te invito a leer.

El censo oficial, según el artículo que leí en Revista Harta, dice que en Uruguay hay cerca de 900 personas trans identificadas. El artículo enlaza al documento elaborado por el MIDES (que indica que algunas personas trans se murieron, otras se fueron, otras no pudieron ser encontradas y otras resultaron no ser trans). Ponele que el MIDES no haya llegado a toda la población trans en Uruguay y que en realidad sean el doble: 1800 personas.

Algunas personas se oponen dando distintos motivos morales y religiosos que pueden resumirse en: no me gusta esta ley porque vamos a perder el control sobre una parte de la población a la que nos gusta despreciar, juzgar y someter. Además todo el mundo sabe que los trans son una abominación y mi hijo o hija que se siente en un cuerpo que no es el suyo seguramente esté en una fase en que no sabe lo que quiere y con esta ley les sería mucho más sencillo librarse de nosotros y nuestro yugo y llegar a verse como personas completas, dignas y con sus derechos básicos garantizados.

Algunas de las personas más reaccionarias que se oponen a esta ley, además de esa moralina infame que ni fundamentos tiene, la complementan esgrimiendo los más lamentables argumentos econonómicos: “no con mis impuestos”.

No con mis impuestos. Como si tuvieran el mínimo control sobre cómo el Estado determina el gasto de los dineros que todos aportamos en forma de impuestos. Dejame darte un pista: mucha de la plata de nuestros impuestos se gasta en pajerías y sobre eso tampoco tenemos el más mínimo control.

Te doy unos pocos números. Yo sé que acá voy a perder el 50% de la mitad de mis lectores. La primera mitad de mis lectores quizá la haya perdido al dar a entender que no me opongo a la ley, aunque tengo fe en la gente que visita nuestra casa bella y pastafari. No lo hago. Al contrario, me parece fundamental que se apruebe, porque la realidad de esas personas trans suele ser aterradora: exclusión social, marginación, problemas de salud, con la familia, laborales, para acceder a educación. Todos los males del mundo.

Pero vamos a lo económico, ya que es uno de los argumentos que resaltaban en las pancartas que llevaban los tres gatos locos que fueron a protestar al Palacio Legislativo.

La compensación que recibirían estas personas, según el Art. 7, es de 3 BPC (Base de Prestaciones y Contribuciones), que al precio de hoy según el BPS es de $3848. Esto hace un total de $11’544, menos que un salario mínimo nacional ($13’430 nominales).

Ponele que el censo no haya alcanzado a toda la población trans real y que en realidad sean el doble: 1800.

Con 1800 personas trans, recibiendo cada una $11544 pesos, la erogación mensual aproximada por parte del Estado sería de unos 21 millones de pesos.

Parece mucho dinero. Es un poco de plata sí, pero nada demasiado escandaloso. Dejame darte algunos números aproximados (en valores nominales).

Los sueldos de senadores y secretarios son de más de $200’000, a los que se agregan “gastos de representación” por $33’000, y partidas para gastos de prensa por $28’000.

Son 30 senadores con sus secretarios.

A esto sumamos la cámara de representantes: 99 diputados con sus secretarios.

Los sueldos de los honorabilísimos diputados son de $189’000 más $25’000 por prensa y más plata para otras prebendas. Acá está el enlace en el Parlamento. Los secretarios y prosecretarios tienen más o menos lo mismo, según este otro enlace al Parlamento.

Gastos de prensa. ¡Plata para comprar diarios!

Treinta senadores y sus secretarios, por $28’000, son $1’700’000

Noventa y nueve diputados y sus secretarios, por $25’000, son $5’000’000

Nada más que en plata para diarios el cuerpo de legisladores de Uruguay (suponiendo solo un secretario para cada uno) recibe casi SIETE MILLONES de pesos. Un tercio de lo que se destinaría en compensaciones para esa población trans. Un tercio. En diarios. Es una obscenidad.

A eso sumale los secretarios de los secretarios, los prosecretarios, los malditos gastos de representación, que es un curro, porque igual cuando viajan presentan sus gastos y viáticos para que se les liquiden, más los coches oficiales, más las partidas para las bancadas y hasta plata para pagar la telefonía celular. A gente que gana 15 veces el salario mínimo y que se votan ellos mismos los aumentos salariales.

No se va a hacer nada con esta información, claro está, pero espero que esto sirva para relativizar el tema y señalar algo innegable: ¡Mirá si no va a haber plata para darle a la gente trans! ¡Plata, hay! Y cerquita nomás. Solo hay que distribuir un poco y bajarse del caballo. No precisás desequilibrar en lo más mínimo el presupuesto nacional. Perfectamente se podrían recortar esos gastos, todos, de raíz, sin menoscabo de nada.

¡Y ni siquiera me metí con la Caja Militar, ese agujero sin fondo!

Aunque la población trans fuera diez veces más grande tampoco importaría. Si no entendés por qué no importaría ni siquiera deberías estar acá leyendo esto y ensuciándome el blog con tus ojos llenos de barro.

Y hay más para decir. Bastante más. Pero antes tengo que terminar de entenderlo y procesarlo yo mismo; los argumentos morales y religiosos me alucinan en su odio y egoísta fanatismo. En comparación las cuentas salen facilísimo.

Las niñas de Santa Clara

Una pequeña ciudad en la frontera con Brasil. El rumor de un caso de corrupción de menores. Un periodista de Montevideo, en la medianía de la vida, medio de vuelta de todo, que sale a investigar. Esa es la premisa.

El encuentro con la quietud típica del pueblo chico del interior del país, pero que a la vez está en la frontera con un gigante que simplemente le da la espalda, a un río de distancia. Un río indiferente que se menciona apenas tangencialmente y al que se presta atención solo cuando crece. Los nombres dichos a veces en susurros, pero que nadie ignora. El viejo y proverbial infierno grande del pueblo chico, donde todos se conocen entre sí para bien y para mal. La pobreza, el desamparo, la impunidad.

El libro de Grabriel Sosa de a ratos resulta extraño, porque parece hecho de contrastes. Es cortito y escrito sin vueltas, pero complejo. No pasa nada y pasa de todo. Por sus páginas desfilan muchos sentimientos: indiferencia, fatalismo, impotencia, curiosidad, tristeza, indignación, miedo, rabia. El autor te hace alternar entre las emociones casi a capricho. Te hace acompañar a Larrobla llevándote casi de la mano, para luego dejarte abandonado y que hagas lo que puedas.

En estos días en que los titulares de los diarios se llenan de portadas de vejestorios inmundos que abusan de nenas, el relato de Sosa resulta vigente y actual e incluso a veces parecería que se quedara corto a la hora de alcanzar a la realidad.

Muy buena novela. La única advertencia que puedo darte es que evites terminar de leerla justo antes de ir a dormir. Te vas a quedar rumiando largo rato y vas a terminar agotado, asqueado por la enfermedad y sus síntomas, preguntándote cómo es posible que eso exista, que exista acá, entre nosotros, por qué nadie hace nada, por qué vos no hacés nada.

¿Hasta cuándo?

Otra vez, productores totalmente inescrupulosos, egoístas, y por qué no decirlo, completamente hijos de puta, han causado un perjuicio enorme con sus prácticas de mierda.

Entre 1500 y 3000 colmenas muertas en el departamento de Salto porque un productor citrícola aplicó de forma totalmente negligente un insecticida fosforado altamente tóxico para las abejas.

http://agrotemario.com/noticia/19040/estiman-en-us-200-000-perdidas-por-mortandad-de-abejas

Mil quinientas colmenas. Por lo menos 20 (probablemente 40 o más) millones de abejas que no van a estar para polinizar cultivos y plantas de todo tipo. Veinte millones de abejas que no producirán miel, ni recolectarán polen. Veinte millones de abejas que no colaborarán para parar la olla no sólo de los apicultores a los que servían de sustento, sino que tampoco incidirán en la producción agropecuaria y las cosechas que se benefician de ellas.

Son muertes caprichosas. Completamente evitables. Porque a un productor sorete se le ocurrió exportar mandarinas sin semillas a gringolandia. Un tipo de mierda que prefirió usar al barrer un insecticida restringido en lugar de colocar las mallas especiales para impedir que las abejas entren a polinizar las flores.

Los insecticidas fosforados atacan directamente el centro nervioso de los bichos. Las abejas ni siquera pueden llegar a sus colmenas. Las que lo hacen llevan el veneno con ellas y condenan al resto con su último esfuerzo por alimentar la colonia.

Vos tenés derecho a trabajar para que tus mandarinas no tengan semillas, pero no a costa de liquidar todo y a todos los que estén trabajando a tu alrededor.

El que usó ese veneno no tiene perdón.

 

Desobedeciendo, pero con orden

Desde hace varios días estoy leyendo El Libro de la Desobediencia, del uruguayo Rafael Courtoisie.

Voy por la página 43, al momento de iniciar esta entrada, pero llevo leídas más de 100. A la altura de la página 16 ya llevaba leídas unas 60, ya que lo empecé tres veces desde el principio y leo y releo ciertos pasajes una y otra vez, como quien come ambrosía. Me regodeo y relamo en las imágenes, frases y pequeños detalles.

Un uruguayo escribiendo una historia mágica japonesa es alucinante. ¡Y ya es el segundo ejemplo con el que tengo la gran fortuna de cruzarme! El primero, también comentado en 42, fue Nunca Acaricies a un Perro en Llamas, de Alberto Gallo.

Curiosamente aquí también se encuentran elementos similares: poesía, por supuesto, ya que el señor Courtoisie es poeta y casi me hace creer que este libro en prosa es solo un disfraz para sus poemas ambientados en Japón. También hay un humor inconfundible y juguetón. La tragedia, la aventura, la acción, el reposo.

Una gran diferencia con el de Gallo, y no es que los esté comparando, porque no hay manera de compararlos, está en el erotismo. Es otro tipo de magia. Hay un erotismo rampante, una sugestión permanente, y hasta cachetazos de brutalidad.

Este segundo hallazgo es, si cabe, incluso más increíble. Tanto, que voy a desobedecer las convenciones para comenzar una reseña incluso antes de terminarlo, cuando ni siquiera sé de qué trata o a dónde se dirije. La culpa es del propio autor que pone dudas en mí y me impulsa a aventurar respuestas.

El pequeño fragmento que sigue a este párrafo está protagonizado por Naoko, la de las largas uñas envenenadas. Naoko es estudiante de Miniki, la poeta que ama a las mujeres. Miniki quiere hacer suya a Tanoshi, la delicada y celosamente guardada favorita del Emperador. Naoko, junto a otras, está ayudando a su maestra a deshacerse de la caterva de guardias que custodian al apetecible blanco de sus deseos.Naoko 01

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Creo, humildemente, que un guerrero japonés no perdería el tiempo con semejantes adjetivos. Se limitaría a dar la orden, shine \∫iné\, imperativo (un tanto vulgar, es cierto, y por lo tanto quizá no apropiado para una poeta) de shinu, morir. ¡Muere! ¡Mueran!

Por el limitado conocimiento que poseo de las cuestiones japonesas, un rival que muere tan fácil e irremediablemente, sin oponer resistencia y sin representar un mínimo desafío no merece ni siquiera un insulto. Todos los insultos se contienen en el desprecio o desdén con que Naoko pueda cargar a esa simple orden.

Sepa, también, señor Courtoisie, que valiente o inconscientemente, desobedeciendo a la prudencia, probé de recitar las mágicas palabras “tan luá“, pero sin resultados visibles. No sé si mi dicción no es correcta, si mis carencias llegan a la hora de pronunciar las itálicas, si lo que falla son mis convicciones, o si Okoshi Oshura deliberadamente me ha engañado. Probablemente sea lo último, ya que siempre fui un alma cándida.

En fin, queridos dementes que deambulan por esta casa pastafari, suspendan la realidad y anímense a sumergirse en esta historia llena de desobediencia. Donde la magia desobedece a la realidad, la poesía desobedece a la prosa, el sexo desobedece a las convenciones y los absurdos desobedecen, deliciosamente, a la razón.

Aquí, la luz desobedece a la oscuridad, la mera presión de un dedo meñique puede matar o causar un orgasmo, y el leve movimiento de un abanico, como el aleteo de una mariosa, hace vacilar a un hormiga lejana y estremecerse envuelta en polvo rojo a una isla al otro lado del mundo.

Gracias, Daina, una vez más por la recomendación. Con cada página que avanzo, los agradecimientos aumentan un poquito.