The Strongest Hero

Bueno, finalmente llegó la tan esperada segunda temporada de One Punch Man. Saitama, Wanpanman, el más crack de todos los héroes que alguna vez viera la luz (aparte de Cohen El Bárbaro).

Cambiaron de estudio, de director y de plataforma y eso siempre preocupa. Porque si hay algo sencillo en el mundo es encariñarse con el pelado… o sea, Saitama es calvo debido a su rígido entrenamiento. Medio bobo, simplón, tan fuerte que ya ni siquiera le da importancia y hasta parece invulnerable, pero amable y humilde. Su único propósito: ser un héroe. Y así nos enamoramos del pelado.

Es por eso que da miedito cuando cambian tantas cosas de base. Y esos cambios se notan. La serie estrenó en Hulu el 9 de abril, pero no apareció en los torrents hasta la semana siguiente (en KATcr, aunque hoy llegaron los dos capítulos que lleva la temporada a TPB con subs en inglés).

El cambio de dirección se nota: la acción es más errática y menos fluida, con demasiados acercamientos que dificultan ver la acción. Y el cambio en la animación también se nota. No es, y con diferencia, tan buena ni tan detallada; el diseño de los personajes es distinto, hay secuencias que son casi estáticas, los efectos visuales también se resintieron con el cambio y las secuencias de acción, que es con lo que uno espera relamerse, son más bien básicas en comparación. MadHouse dejó la vara a una altura difícil de superar. No está mal, ojo, pero no es lo mismo.

De momento se ven un par de hilos argumentales simultáneos que de repente parecen no estar tan bien contados o que no tienen mucha razón de ser, pero en cambio y esto sí que está muy bien, Saitama aparece más consciente de sí mismo, incisivo por momentos, más maduro, si cabe. Se ve un crecimiento del personaje y eso es de agradecer. Es muy satisfactorio ver a un saitama mortalmente serio matizando su candidez habitual.


Bueno, voy a rever los dos capítulos, otra vez, que seguro me pasé algún detalle por alto.

Boing boing

Estoy con la cabeza llena de ruido. El diálogo interior que todos llevamos dentro todos los días parece estar mal sintonizado y capto dos o tres radios distintas.

Muy caótico y extraño. Retazos de pensamientos, fragmentos de ideas, estribillos de canciones, gritos, algún riff de guitarra descolgado, momentos en blanco. Estos últimos son peligrosos, porque tuve uno mientras iba en la moto; durante un par de cuadras manejé en piloto automático. Luego escuché a Axl Rose gritar en mi cabeza… solo para escuchar la misma canción, en el mismo lugar, cuando llegué a la oficina. Desfilan caras que hace mucho no están. Recuerdo perfectamente situaciones que nunca ocurrieron, conversaciones que quizá, a lo mejor, de repente podrían haberse dado, pero no. No se dieron y a pesar de eso las recuerdo; recuerdo lo que sentí cuando no dije esas cosas, y las caras que ponían las personas a quienes no se las dije.

Desasoiego. Intranquilidad. Falta de serenidad. Me siento… inestable. En general, incluso furioso o desesperado, puedo notar un pequeño núcleo estable bien adentro. El que te dice cosas del estilo “hey, es solo una circunstancia, va a pasar, no es para tanto, bajá un cambio y pensá, si no tiene solución entonces a la mierda con ello, mirá qué lindo día, respirá este aire ahora mismo, esto ya pasó, en serio, probá de respirar profundamente en este mismo instante que te va a hacer bien, sonreí, se amable con el maldito imbécil que tenés enfrente”… ese tipo de cosas.

Y ahora ese pequeño núcleo parece un balín de goma supersónico rebotando por todo el lugar. Solo falta Ricochet Rabitt.

Sensaciones

Me causa fascinación ver cómo las personas de manos curtidas manipulan objetos pequeños… o comparativamente pequeños en todo caso. Suelen tender a usar las falanges más que las yemas, quizá por falta de sensibilidad (?). También es como si sus gestos se enlentecieran de manera deliberada. La mecánica de los movimientos es genial, mezcla de torpeza y delicadeza extrema.

Hace un par de días me agradecieron. Me crucé con un plomero conocido que referí a un amigo que debe hacer una obra y me dio la gracias casi a los gritos. Sentí una extraña e inesperada satisfacción por partida doble. Mi amigo encontró una solución a su problema; el plomero se hizo de la obra. Y quizá también el sentimiento de haber hecho un bien; un bien difuso, inconsciente y relativo, pero la sensación está ahí, producto del agradecimiento recibido.

Los fresnos en otoño poseen una belleza que aligera el alma. Su follaje cambia del verde a los tonos rojos y amarillos en unos pocos días antes de largar toda la hojarasca. Me recuerdan al sauce boxeador de Harry Sportster, que en otoño se sacudía las hojas rápidamente para quedar con las ramas desnudas. Pero depende de qué tan expuestos estén. Los que están aislados cambian mucho más rápidamente que los que están reparados o junto a otros árboles. El resultado es un gradiente maravilloso entre los vestidos veraniegos y los otoñales. A la vez contrastan con las frondas de los árboles perennes, más oscuras, creando grandes mosaicos.

Mi tío me dio una agradable sopresa: tuvo que cortar unos árboles y me guardó alguna madera: recortes de naranjo y ciruelo, más unas ramas de entre 12 y 20 cm de diámetro y una tajada del tronco de cerca de 80 cm de diámetro de cedro. Mi nivel de expectación está alto, alto, alto. Tengo que aprontar un mate y sentarme a estudiar todas las formas, tratando de descifrar qué se esconde allí adentro. Torno o talla? Hay algunas formas prometedoras. O maderarlos para sacar tablillas? También aproveché el viaje y traje un lote de tablas de ciprés que tengo allá. No muchas, como para tener un poco de material. ¿Y con el rolo? Una mesa, probablemente, ¿pero ratona o tipo mesada, como para cocinar sobre ella? ¡Tantas posibilidades!

Y también, ¡Tachán-Tachán!, me comentó que en el próximo menguante va a talar un par de árboles de naranja amarga. Son parte de una tupida islilla de injertos malogrados plantados nada menos que por mi bisabuelo. Eso me genera un extraño montón de sensaciones. Satisfacción y gula, por la madera en potencia; felicidad porque el tío me dijo que me los daba para que siempre lo recuerde; tristeza, porque todas las obras del Hombre están destinadas a perecer y desaparecer. Un par de generaciones, un parpadeo… y puff.

Me olvidé de varias cosas… qué raro eso de tener las cosas claras en un momento, con las palabras bullendo y pugnando por salir, y luego olvidarlas por completo, con la sensación solo de que perdiste algo pero sin saber qué.

Gracias x7

Siete años del mejor rocanroll. Gracias.

Vamos por otros siete?

Una nota sobre espadas

Hace un tiempo empecé a pensar en espadas. Me llamaba la atención lo que veía en el cine y en algunos videos de recreación de combates, en donde el choque de espadas suele darse filo contra filo. Hojas afiladas chocando entre sí… no parece una idea especialmente brillante.

Las preguntas que me surgían eran muchas: ¿Es cierto lo que vemos en la ficción y las recreaciones de época? Si tenés en cuenta que con solo hachar una calabaza de forma descuidada podés mellar el filo de un cuchillo, ¿qué tan bueno debería ser el acero de las espadas para soportar el choque de filos? ¿Qué tanto se mellan los filos de una espada? ¿Quién los arregla? ¿Cómo se arreglan?

La información en español que pude encontrar es más bien escueta, pero di con un largo artículo en inglés que es realmente fantástico y esclarecedor.

La respuesta a mi primera pregunta es sencilla y esperable: No, ni en pedo, es todo mentira. Dependiendo de si hablamos de Europa u Oriente, el choque de filos es el último recurso. En Europa se trataba de desviar los golpes usando la espada de plano, o como alternativa el tercio inferior de la hoja, cercano a la guarnición. Este tramo de la hoja suele ser más grueso y menos afilado, diseñado específicamente para detener los golpes. Aunque los tratados de esgrima hablan de desviarlos. Esos choques de aceros perpendiculares detenidos y aplicados contra el centro de la longitud de la hoja, sencillamente solo se utilizaron como un recurso desesperado. En el Japón feudal iban más lejos: se trataba de esquivar por completo las estocadas del contrario (men-nuki-do) y si no había más remedio, se bloqueaba con el lomo de la espada, ancho y de un acero más blando. Los filos eran para cortar y, aunque duros, extremadamente frágiles.

En Europa una espada ligeramente mellada podría reafilarse y volver a pulirse. Una espada dentada, a la que directamente se le voló un cacho de hoja, está condenada. Eso de que se llevaban a un armero para reforjarla es altamente improbable. Destemplarla, soldar material para reponer el perdido, volver a hacer el forjado y tratamiento de calor, volver a pulirla y afilarla, bien podía llevar más trabajo que hacer una hoja nueva.

En Japón era aún más complicado. Por su construcción, con un exterior duro y un centro más blando (que aporta flexibilidad), volver a afilar una espada podía implicar desgastar ese exterior duro y acercarse peligrosamente al centro, más blando y no apto para mantener un buen filo.

Otro tema es que para deshacerse de mellas e indentaciones es necesario afilar toda la longitud de la hoja. Es decir, que con cada pasada cambiaba la geometría, peso y diseños originales, a la vez que cada vez quedaba menos material: la forma de manejar la espada cambiaba al tiempo que esta se volvía más débil.

Las espadas de buena calidad eran caras y no podías andar tirándolas por ser un boludo y no saber usarlas correctamente. Realmente era un arte, al parecer de una complejidad difícil de asimilar para un ignorante como yo. Cómo atacar, cómo defender, con tratados y manuales específicos para cada tipo de hoja y con recomendaciones para defenderse también específicas.

Si tenés ganas de leer un poco al respecto te dejo dos artículos muy interesantes:

Un artículo de ARMA (The Association for Renaissance Martial Arts)
Una discusión en el portal Quora sobre espadas japonesas

El primero, sobre todo, tiene una profundidad y un despliegue de recursos que da gusto. Es fascinante.

Oportunidades perdidas

Cerebral. Si pudiera cambiar un rasgo de mi personalidad, uno solo, pediría ser más cerebral y dejar de lado la impulsividad. Aunque más no fuera durante un mes. Como esas muestras gratis que te dan los servicios online para que los pruebes antes de comprar. Debe producir una sensación fantástica usar la cabeza en el momento que se precisa y aplicar los filtros adecuados. Pero nunca lo sabremos, ¿verdad?

El sábado, después de meses sin mover un dedo, decidimos salir a caminar por la rambla con María Luisa. Elegimos el momento con tan buen timing que justo agarramos un discurso de Larrañaga cuando íbamos llegando a la rambla. En las inmediaciones estaban todos los toldos del Partido Blanco habidos y por haber. No tengo nada contra el Partido Blanco, ojo, me joden todos los discursos electorales por igual.

Venía ignorándolos como un campeón, hablando de todo y de nada con María Luisa, cuando me topo de frente con un cartel con un nombre que me parece cada vez más nefasto y retrógrado: Iafigliola. Una señorita muy amable se nos aproxima y nos pregunta: quieren firmar contra la Ley Trans?

Mi respuesta automática y sin filtrar, con una sonrisa que no pudo ocultar mi cara de repugnancia, fue: No, ni en pedo, muchas gracias.

Por supuesto, tres pasos más allá María Luisa puso en palabras lo que yo empecé a pensar demasiado tarde: deberíamos haberle preguntado a la muchachita por qué quiere derogar la Ley Trans. Escuchar sus argumentos. En 42 estamos completamente a favor de la Ley y hubiera sido muy interesante escuchar a alguien contrario de primera mano. Una vez más, nunca lo sabremos. ¿Por qué? Porque soy un atronado.

Por suerte no todas las oportunidades perdidas son mías. Juan Sartori, que en una entrevista para el portal Ecos que le realizó el periodista Leonardo Haberkorn me pareció poseedor de una buena retórica, en una entrevista que condujo Gabriel Pereyra en el programa En La Mira, desaprovechó todas las oportunidades del mundo mundial y se retrató solo.

Porque un tipo que está tratando de hacer del desempleo, la bajada de impuestos y la generación de 100’000 puestos de trabajo el eje central de su campaña no puede, de ninguna manera ni bajo ningún punto de vista, desconocer indicadores básicos. ¿Cuál es el porcentaje de desempleo? ¿Y el salario mínimo? Cuál es el déficit fiscal en Uruguay? Son preguntas básicas perfectamente alineadas con lo que estás anunciando que vas a hacer. Si no sabés cuál es el déficit ni cómo se estructura, ¿cómo vas a bajar los impuestos? Es más, ¿qué impuestos vas a bajar?

Y si no sabés ni siquiera cuál es el desempleo, ¿cómo podés decir tan alegremente que bajo tu presidencia se van a generar 100 mil puestos? Vi en un par de notas que el desempleo es actualmente del 8%. Juan, ¿cuántas personas son el 8% de la población activa que está desempleada y buscando laburo? Si buscás en Google “Población Económicamente Activa Uruguay”, la respuesta está en el primer resultado: 137’000.

O sea que si querés generar 100 mil puestos de trabajo, básicamente querés llevar el desempleo de un 7.7% a un 2.08%… más bajo que Japón! Si la ocupación es del 57% de la población económicamente activa, ¿eso cuánta gente es? Y de esas personas empleadas, ¿cuántas están subempleadas y cuántas pluriempleadas? Es decir: ¿cuántas de esas personas que componen la estadística no llegan a fin de mes? ¿Y cómo es el tema de ese pocentaje de la población económicamente activa que está a la vez desempleada y que no busca trabajo? Y dentro de los desempleados, ¿qué franja etaria es la más afectada? ¿Y en cuanto a educación y formación, qué ocupaciones tienen más desocupados? Es en lo que hace foco de tu campaña, Juan. Básico. Ni siquiera precisás un gran equipo técnico para obtener estos datos. Tres búsquedas en internet y 20 minutos más tarde (o menos) y ya tenés un panorama bastante aproximado. Al menos vas a poder responder algo coherente en lugar de decir que no tenés idea pero que confiás en el sentido común de la gente.

Toda las respuestas fueron de ese estilo, esquivando, diciendo vaguedades y estupideces. Macho, que cuando te pregunten sobre datos concretos de tu campaña salgas con que querés una entrevista divertida es de imbécil. En serio, un desbarranque absurdo y que no pudo haber engañado a nadie.

Perdoname, pequeña persona demente que pasa por acá, porque estos días parece que le vengo dando palos al Partido Blanco. Justo ha coincidido que me los he cruzado siendo pelotudos.

Una antología y un par de pelis

  • El plato fuerte: Love, Death & Robots. Está en Netflix y es un conjunto de cortos animados, una antología, con distintos estilos, desde la digitalización fotorrealista a los dibujos tradicionales, y hasta un híbrido con humanos de verdad. Son historias unitarias y autocontenidas, que solo se tocan en el denominador común de la temática que indica el título.

No te confundas: no es una animación para niños… ni para gente impresionable. Va del gore truculento a la comedia satírica y es, en general, violenta.

Tiene como productores a Tim Miller (el director de Deadpool) y al gigante David Fincher. Eso solo ya debería decidirte a mirarla.

Varias de ellas son adaptaciones de historias escritas por escritores hechos y derechos: Joe Landsdale, Ken Liu, John Scalzi y Claudine Griggs. Son un viaje, con gran cuidado de los detalles y un foley imponente.

  • Una película sobre la que tenía grandes expectativas era The Mule, de Clint Eastwood. El papel de él es buenísimo, porque es Eastwood haciendo de Eastwood viejo (aunque más light que en Gran Torino). La historia está buena, pero se siente rara. Los secundarios no lucen, hay cosas simplificadas y otras que parecen quedar colgadas. Me decepcionó un poco.
  • La tercera película es Triple Frontier. Tiene un gran reparto (Affleck, Isaac, Pascal, Hunnam), es de acción y toda la bola… uno esperaría más, pero es un embole. La voy mirando en cuotas y la verdad que tiene cosas tan trilladas y tantos clichés, que no sé si voy a poder terminarla algún día. Capaz que soy yo, que me encuentro incapaz de ver ese tipo de películas en estos tiempos. La peli tiene críticas en general positivas. Si querés, está en Netflix.