Expectativas vs Realidad: The Dark Tower (película)

Ayer de tarde, de camino a casa, me compré una bolsa de papitas Manolo de este tamaño, bien aceitosas, más unos palitos de queso. Llegué, me saqué la ropa del trabajo, me puse algo bien cómodo, me serví un buen farol espirituoso, enchufé el pendrive al USB de la tele y, apoltronándome, me dispuse a disfrutar de la versión en HD que tenía casi recién descargada de The Dark Tower, la adaptación al cine del primer volumen de la alucinante saga de Stephen King: La Torre Oscura.

Tenemos a un Hombre de Negro interpretado por Mathew Mcconaughey y a un Roland interpretado por Idris Elba, lo que da esperanzas. También tenemos una adaptación de una obra enorme, con los riesgos que acarrea, y críticas poco alagüeñas que matizan las expectativas.

Aquí habitan espoilers

La película empieza relativamente bien. Tenemos la licencia de ver la Torre bajo ataque casi desde el principio, cosa necesaria, supongo, para presentar tanto al villano como aquello que protege el bueno. Y lo tenemos a Jake, con sus sueños y visiones.

La película, sin embargo, se salta todo el primer acto del libro y parte del segundo, con el pistolero en Tull, su camino por el desierto y el encuentro con Jake, pero sigue estando bien, incluso aunque se extrañe el Hey Jude. Hay guiños a otras novelas (It, Corazones en la Atlántida, El Resplandor, etc) que en general están bien y en un par de ocasiones dan pautas importantes. Hasta la mitad, aproximadamente, podría decirse que vamos aceptablemente bien.

Y luego se va todo a la mierda. Primero porque no aparece una sola rosa. Ni una. ¡Por Gordjazz, la Torre aparece entre las nubes! ¡Hijos de puta! La Torre va en medio de un campo de rosas. Punto. Era lo mismo hacer ese bolazo entre nubes que ubicarla como el MEV manda entre rosas rojas. ¡Lo mismo! ¡Por la misma plata! ¡Y respetaban la historia! ¡Soretes!

La película sencillamente se salta partes importantes de la historia. No se dice quién es El Rey Carmesí, ni quiénes son los “pellejudos” (Can Toi y Taheen), ni qué es el Dixie Pig (que tendría que aparecer mucho más adelante), de dónde sale esa casa abandonada, quiénes carajo son los Manni (donde está la vidente), ni qué carajo es Algul Siento (destino 1408), esa especie de pirámide en la meseta donde están los Disgregadores (los pendejos que se usan para romper los Haces que sostienen la Torre). También falta una introducción a la tecnología del Mundo Medio, qué es el Mundo Medio y un montón, UN MONTÓN de datos importantes para ENTENDER qué carajo está pasando. Todo eso llega con el devenir de la historia, pero no así. Hay tantas cosas traídas de los pelos y enchufadas a lo guapo que no me da la mente para recordarlas todas, como esa mención a Eld y la espada Excalibur, salida de contexto y sin que aporte nada. Montones y montones de cosas. Bocha!

Si leíste los libros de La Torre Oscura podés entender lo que está pasando. Si además ya leíste Eso y Corazones en la Atlántida quizás entiendas por qué. Pero tal como está presentada la película, con su secuencia de eventos que saca escenas de al menos tres libros distintos (1,2 y 5), es una mescolanza insoportable. Básicamente pusieron un montón de carros uno delante del otro y todos los bueyes al final y mirando hacia el lado contrario.

El final es un chijete. Tan chijete que ni hay una escena poscréditos… solo un silbido. Tengo el palpite de que va a quedar todo en agua de borrajas. Y para seguir así, mejor, mirá. Después de esperar durante tanto tiempo, fue una decepción inmensa.

No puedo creer que hagan ese tipo de películas, en donde tiran plata a lo imbécil como si no hubiera un mañana y parecería que no se pararan un minuto a pensar en la puta historia que están contando.  ¿Qué mierda me están contando, loco? ¡Algo sin pies ni cabeza! No puedo creer que Stephen King haya dado el visto bueno para este mamotreto.

Menos mal que tenía Blade Runner (la original) para sacarme el regusto amargo.

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Vo’otik: utopía en un solo acto

El territorio de Vo’otik está ubicado en el Segundo Continente, en un valle escondido entre dos cadenas montañosas. No llueve muy seguido, pero al amanecer siempre aparece cubierto de nubes bajas y densas que gracias a las mat’lek, una especie de cazadores de niebla desperdigados a intervalos regulares, les proveen agua en abundancia haciendo de esta tierra un lugar fructífero.

Los visitantes somos bienvenidos, pero solo por cortos períodos de tiempo, muy espaciados en el tiempo y nunca de forma consecutiva en la misma comunidad; nuestro pensamiento, nuestro ego, es simplemente incompatible con su modo de vida, con su forma de ver el mundo. Solo un infante, alguien en quien no estuviera impresa a fuego la individualidad, podría ser aceptado en alguna de sus comunidades desde el exterior.

Lo que más llama la atención de los vooticanos es su gramática. Es la única etnia de todos los mundos conocidos que solamente utiliza un único pronombre: la primera persona, neutra para referirse a las personas, del plural. Nosotræs.

La gramática de los vooticanos deriva de una concepción mística que nos es extraña, más que extraña, ajena. Las citas y comentarios que siguen a continuación son una traducción aproximada, ya que utilizan algunos términos intraducibles para quienes no pertenecemos a su cultura, esclavos de las convenciones del género gramatical.

En el convencimiento de que dentro de cada persona conviven multitudes de personalidaes cada niño es nosotræs. “Nosotræs nos llamamos Tzotzil”, puede decir un individuo cualquiera. Tzotzil puede ser presa del enojo, la alegría, la pasión o la apatía, pero Tzotzil es la suma de todos los humores por lo que aún siendo uno, es nosotræs.

Es así que los vooticanos, gracias a su uso tan peculiar de la gramática, gozan de una visión única del mundo. Sus casas son nuestras casas, ya que cada vivienda se hace en comunidad. Dice Tzotzil «Los problemas son nuestræs problemas y todæs colaboramos en solucionarlos. Decimos “Tenemos problemas” y todos nos ponemos manos a las obras». No hay crímenes ni conflictos armados porque los reclamos son nuestros; al no haber un “ellos” a quien estigmatizar, segregar, marginar u odiar, depende de nosotræs llegar a una resolución satisfactoria y pacífica de los conflictos. A fin de cuentas, dice Tzotzil, la violencia nunca es buena para nosotræs; nos daña.

Es, también y por si fuera poco, la sociedad más inclusiva conocida. No hay nada forzado, ni cuotas participativas, ya que læs homosexuales son partes de nosotræs, las mujeres son partes de nosotræs, quienes piensan, creen y sienten diferente son partes de nosotræs.

Las cosas son nuestras y circulan de mano en mano según las necesidades que se tengan. Cuando las cosas son nuestras, no hay envidia ni necesidad de robarlas. Robarnos a nosotræs no tiene sentido.

No contar con singularidades hace del compartir algo natural. La unidad no existe. Tzotzil siempre tendrá (al menos) dos frutas para ofrecer, porque serán nuestras manzanas las que compartirá. Cómo es posible esta línea de razonamiento y cómo será su ciencia matemática es algo que no he llegado a descubrir todavía.

Sean cuales sean, nuestros trabajos importan, continúa Tzotzil, por lo que no hay personas explotadas; no existen trabajos prescindibles. «En las comunidades necesitamos igualmente a quienes recogemos la basura, controlamos las malezas, enseñamos a læs niñæs, cuidamos a læs ancianæs o dirigimos los negocios. No tenemos castas ni clases ya que los trabajos más ingratos, como pertenecer a los consejos de gobierno o los que hacemos para tratar los desechos, los realizamos entre todæs de acuerdo a rigurosos calendarios de rotaciones». Tal como en una organizada colmena, todos los individuos llegarán a realizar todas las tareas, con la diferencia de que no es el imperativo instintivo quien los impulsa, sino la profunda conciencia del bien común.

Nosotræs somos felices, finaliza Tzotzil.

El universalismo indígena se basa en la cultura de la escucha. Ahí, “la palabra es oído”. Quien habla no lo hace para singularizarse sino para conectar con el sentir colectivo.

Juan Villoro, La esperanza en una nube.

Regalo de dioses

Cuando te convidan un mate bien cebado es una fiesta para los siete sentidos.

La vista se recrea en el frágil equilibrio que se da en la pequeña calabaza. La estructura de la espuma, la yerba que pugna por subir, la pequeña loma seca como un paisaje. El vapor que sube en volutas definidas, curvadas como la cortina de una aurora.

El tacto se demora en la superficie caliente del mate, como en una caricia. Con los pequeños lentos movimientos de un anciano que se desplaza con cuidado. O con la sensualidad de un gato que se va estirando al calor del sol.

El olfato se deja tentar por los aromas acres y terrosos de la yerba húmeda, tan evocadores.

El gusto, tan entrenado y condicionado para apreciar el amargo extremo, es tomado por asalto por el sabor y la temperatura exacta de la infusión.

El alma es tocada por el mero acto de compartir, mientras la memoria trata de abrir el cajón justo donde están guardados los otros mates bien cebados que has recibido, para compararlos.

Todo en unos pocos segundos de comunión perfecta con uno mismo y los demás, porque el otro se convierte en el mundo.

Rapapolvo

—¡Eres un irresponsable! —decía Hurst—. Mira ese latón. ¿Te parece limpio? ¿Dónde tienes los ojos? ¿Qué ha estado haciendo vuestra sección en todo este tiempo? ¡Dios, adonde irá a parar la Marina si se dan diplomas a inútiles que no saben ni sonarse los mocos! ¿Y te llaman oficial del rey? ¡Eres más bien como un día de invierno corto, oscuro y sucio!

El Comodoro Hornblower – C. S. Forester

¡Esa última frase será usada!

Históricamente, la alegría va por barrios

Justo un poco más allá del horizonte, por la amura de babor, se encontraba Rodas, donde una ciudad relativamente pequeña había erigido una de las siete maravillas del mundo, de modo que mil años después, el adjetivo «colosal» formaba parte del vocabulario de gentes cuyos antepasados llevaban pieles de animales y se pintaban con jugo de plantas por el tiempo en que los rodenses debatían sobre la naturaleza del infinito. Ahora la situación se había invertido. Allí llegaba la Atropos, guiada por sextantes y compases, conducida por el viento que aprovechaban sus bien planeadas velas, armada con largos cañones y carronadas —en resumen, un triunfo de la inventiva moderna— emergiendo desde el rincón más rico del mundo hacia uno donde el mal gobierno y las enfermedades, la anarquía y la guerra habían dejado desiertos donde una vez hubo fértiles campos, aldeas donde una vez hubo ciudades y chozas donde una vez hubo palacios.

Hornblower y la Átropos – C. S. Forester

Escándalo

La noche anterior fue agitada, con Mabel nos miramos de manera cómplice y casi sin palabras decidimos hacer una fritada de aros de calamar rebozados. Los acompañamos con una mayonesa casera con ajo y mucho limón. No nos atrevimos a destapar una botella porque seguro no íbamos a terminarla, pero de todos modos estuvieron Sublimes. Ya no somos inmunes a los excesos y, aunque repletos y felices, pagamos el precio de un sueño espeso.

Me despierto con los ojos pesados de sueño y la vejiga hinchada. Una mirada al reloj de la mesilla me dice que son cerca de las 4 de la mañana. Maldición. Cuantos más años pasan, más difícil es pasar la noche sin levantarse dos o tres veces al baño, como un viejo pusilánime. Maldición. También es más dificil hacerse el distraído y seguir durmiendo. Salgo de la cama con cuidado de no despertar a la rubia y tomo las escaleras a la planta baja. De camino al baño paso frente a la ventana del comedor cuya cortina entreabierta me permite ver a la calle.  Hay un auto estacionado frente a casa con dos muchachos dentro. Creo ver relampaguear el pico de una botella. Censurable. A la vuelta ignoro la ventana con todo cuidado y sigo hacia la tibieza del dormitorio.

Vuelvo a despertarme un par de horas después con la misma urgencia que si no hubiera vaciado la vejiga en toda la noche. Son las seis y media y tengo que librarme del dulce enriedo de brazos y piernas de Mabel. Vuelvo a bajar las escaleras y vuelvo a ver el mismo auto, con los mismos muchachos dentro. Se siguen pasando una botella y no parecen tener ganas de irse. Lamentable. Cruza una idea fugaz por mi cabeza, pero la descarto y sigo al baño.

Nos despertamos casi a la vez y luego de unos mimos nos levantamos. Son poco más de las nueve de la mañana y el sol está ya alto. Mientras Mabel pasa al baño yo pongo la cafetera a funcionar. Voy a la heladera y descubro con frustración que no queda más leche. No tengo más remedio que salir al almacén a fin de poder desayunar mi café con leche deslactosada como Dios manda.

Abro los tres cerrojos y cuando piso la calle los veo y recuerdo: son los mismos guachos. La botella es de cerveza Stella Artois y debe estar medio caliente porque no se ve transpiración; sí, mi vejiga es una porquería, pero mi vista todavía es aguda.  Cuando estoy cerrando la puerta una vaharada de humo de marihuana me encuentra y me abraza como si fuera un pariente que no veo hace mucho. Indignante. ¡Frente a mi propia casa!

Sin dirigirles una sola mirada voy al almacén con la cabeza bullendo de pensamientos encontrados. No sé qué hacer. ¿Debería quizá…? O no. Tal vez no.

Cuando vuelvo la cuestión se resuelve por sí misma porque el auto ya no está. La indignación da paso a la furia. Hace no tantos años atrás yo hubiera sido uno de ellos. Mierda. Y estoy seguro que si les hubiera pedido una seca me habrían convidado.  Tenían pinta de macanudos. Carajo.

El paso del tiempo es escandaloso. Mejor no pensar. Andá a desayunar, ¿querés?

Sensatez

Hornblower tuvo que admitir para sí que la idea que se hacía María de su servicio en la Marina no estaba en un plano tan elevado como la suya propia. Para María era un asunto de caballeros, y le daba cierto estatus social al cual de otro modo no podría haber aspirado jamás, y además llevaba comida a la boquita de su precioso hijo… sus hijos, ahora que había nacido la pequeña María. Pero sacrificarse por una causa, aventurarse al peligro más allá de los dictados del deber, el honor, la gloria, ésos eran conceptos que a María le preocupaban muy poco. Más bien se mostraba inclinada a desdeñarlos como ideas puramente masculinas, parte de un elaborado juego o ritual tramado por los hombres para hacerles sentir superiores y diferentes a las mujeres, cuya dignidad y sublime certeza de superioridad no necesitaban tan pueril refuerzo.

Hornblower y la Átropos – C. S. Forester