Noticias desde el Reino /008

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Uno más y hacemos nueve

Gracias, María Luisa, mujer alada, mariposa iridiscente, Amor de mi vida.

A veces sí y otras no tanto

A veces sé lo que quiero o necesito y la imagen se despliega clara y nítida en los ojos de la mente. Imagino la función, el tamaño, el volumen, la textura, ocasionalmente también un color e incluso puedo dar con la respuesta del acabado sin siquiera haber agarrado la primera gubia.

Cuando llegan esos momentos de claridad la madera se rinde y el camino emerge naturalmente. A veces más refinado, otras más tosco. Con resultados más o menos sofisticados,  pero el camino está ahí, a la mano e invitándote a recorrerlo y gozarlo.

No todo es un cuento maravilloso y hay muchas oportunidades en las que la idea no cuaja, la mayoría de las veces por falta de habilidad, pero también porque no logro visualizar el cómo además del qué.

Otras veces, como en este último tiempo, un último tiempo que puede medirse en pares de años, en donde no tengo nada definido, ni un deseo, ni siquiera una pista, me resulta realmente difícil descubrir en qué quiere convertirse la madera.

¿Parto de madera normalizada o natural? A veces la regularidad de la madera aserrada es tranquilizadora; otras es limitante y te vas a un tronco, una rama, un recorte irregular, en busca de libertad. Y en este último caso, ¿busco que esté perfecta o a mitad de la lucha con los elementos? Una madera un poco carcomida o con algunos trozos pasmados está llena de desafíos, pero también de oportunidades. No es raro que a medio camino, entre vueltas y revueltas, la madera te diga “No, Panchito, no sirvo para lo que vos querés. En realidad no me gustaría ser eso en lo que estás pensando; me gustaría ser otra cosa.” y si estás pillo y atento tomás esa senda que se bifurca y podés terminar en lugares maravillosos e impensados.

Claro que el mayor de los desafíos se da cuando, además de no tener ni una idea, la madera tampoco te dice nada. Está ahí, inerte. No te habla. No te mira. Ni bola te da, como si le diera lo mismo que la trabajaras o la quemaras en la estufa.

Así que primero parás la máquina, te prendés un pucho y te dedicás a mirarla. Primero la mirás como a tu novia, con amor y deseo, admirando su figura y también sus fortalezas, e incorporando los defectos que también son parte de ella y todo lo que te encanta. Imaginando escenarios felices y un futuro prometedor y preguntándote dónde van a terminar. Después la mirás como a un rival, sopesando cuidadosamente las ventajas y desventajas de cada acción posible, recordándote que no podés subestimar nada, pero que tampoco has de tener miedo. Viendo cómo atacarla, dónde están las debilidades y calibrando tus propias fuerzas. También dónde están los puntos de quiebre y los límites.

Después le sacás fotos. Las fotos son buenas herramientas, aunque parezca un poco paradójico teniendo la madera frente a los ojos. Ves ángulos, recortes, formas que instantes antes pasaste por alto. A veces la distancia que se genera con el objeto te ayuda a determinar si seguir sacando de un lado o si no será mejor encarar desde otro lugar.

Después le hablás. Con calma, tratando de entenderla. Tratando de entenderte. ¿Entonces? ¿Cómo hacemos para terminar juntos vos y yo, preciosa? ¿Qué querés ser? ¿Cómo te imaginás? ¿Una bandeja? ¿Una cuchara o algún otro tipo de utensilio? ¿Una pequeña escultura? ¿Algo abstracto o dentro del bello reino de la geometría? ¿El soporte de un texto, quizás? ¿O a lo mejor algo torneado? ¿Dejo tus marcas y cicatrices o busco el duramen más perfecto y sin daño?

Tantas preguntas. Y a veces nada de lo que hacés te da una respuesta. O no es la respuesta que estás buscando y no te queda otra que comenzar a sacar viruta y tratar de descubrir un patrón sobre la marcha; sabés que está ahí, en alguna parte. Esperando y hasta deseando que lo descubras. Y vos como un idiota, como el más torpe de los amantes, lleno de un deseo que te consume, pero sin saber ni por dónde empezar a poner las manos.

Es similar a esos momentos en los que no sabés sobre qué escribir y te quedás mirando la pantalla, en blanco por partida doble, ella y vos. Entonces empezás a escribir sobre cuánto te cuesta hablar con la madera, a veces. Vas llenando esa página de ideas y pensamientos con la esperanza de atrapar una idea fugaz que pueda habérsete pasado por alto. En el peor de los casos al menos habrás escrito un poco, aunque esté lleno de condicionales y construcciones para nada elegantes. Pero tampoco importa mucho la elegancia en este caso, porque cuando empezaste ya tenías visualizado qué querías decir y hasta que ibas a decirlo de forma imperfecta. Y sin embargo eso era lo que necesitabas hacer.

El mundo en un puñado de arroz

Los Estados hablan de crecimiento. Todos los países, todos los gobiernos y entidades en esos países, basan su nivel de éxito de acuerdo al crecimiento anual. Todos quieren que su economía crezca año a año, en el supuesto de que a mayor crecimiento económico mayor será el bienestar de su población. O al menos de parte de ella. Todos los países proyectan un porcentaje X de crecimiento anual y tratan de llegar a esa meta por diversos medios. Pero hay fallas en ese razonamiento. Fallas catastróficas. La primera es la más evidente: un crecimiento anual invariable es sencillamente imposible. ¿Por qué? Pues porque los recursos disponibles son finitos y un crecimiento constante implicaría recursos infinitos. La segunda falla es menos evidente pero más escalofriante: para que algunos países crezcan, otros deben achicarse en la forma de deshacerse de sus recursos y por ende de su bienestar.

Veamos una simplificación burda, aunque quizás no tan absurda.

Supongamos que tenemos 3 kilogramos de arroz. Ese es nuestro mundo. Un kilo de arroz está sobre la encimera de la cocina, en su envase. Otro kilo de arroz tiene sus granos dispersos y repartidos por toda la casa. El kilo restante está desparramado por el jardín de la casa, que mide 500 m2. Empezando con 20 granos de arroz, cada día se va a sumar un 6% a la cantidad previa, como si fuese el crecimiento económico anual.

Supongamos que en cada kilo de arroz hay sesenta mil granos. Lo más sencillo es empezar a sacar de lo que está más a mano, el paquete sobre la encimera. Está chupado, casi sin esfuerzo. ¡Ojalá pudiésemos sacar más! Quizás lo hagamos, ¡si no hay nadie mirándonos! El primer día se va a sacar un grano de arroz que se va a sumar a los 20 iniciales. El segundo día, por los porcentajes, se va a sacar otro grano que va a sumarse a los 21 granos previos. El tercer día se va a sacar otro grano de arroz que va a sumarse a esos 22 que ya están apartados. Alrededor del día 15 se van a tener que empezar a sacar dos granos de arroz. A partir del día 23 serán tres los granos. Y así sucesviamente. Cuando se acaben los granos de arroz del paquete, en un futuro muy lejano, habrá que echar mano a lo que puede encontrarse dentro de la casa. Cuando eso también se termine, en un futuro lejanísimo, no va a quedar más remedio que arrodillarse y empezar a rebuscar los granos que están entre los pastos del jardín. Pero no hay que preocuparse demasiado, ¡porque 60’000 granos de arroz son un montón! Ni hablar de 180’000, aunque estén repartidos por todos lados y sean difíciles de recuperar. ¿Cuánto tiempo pensás que insumirá buscar y encontrar y juntar todos esos granos de arroz? ¿Y cuánto trabajo va a darle a la persona encargada de recogerlos? ¿Es posible llamar a más personas, cuando se pase al jardín, para que ayuden?

¿Y si tuvieses que basar tu alimentación en esas cantidades diarias?

Tres meses va a llevar dar cuenta del primer paquete. Y 12 días más terminar con el segundo. El tercero, suponiendo que puedan recogerse todos los granos para completar la cuota diaria, va a ser recogido una semana más tarde.

Lo que parecía infinito va a terminarse en menos de 4 meses. Y a su vez ese último tercio va a tener que repartirse con más personas. ¿El reparto será equitativo? Es más, si la primera persona en empezar a apartar y sumar granos de arroz tiene que basar su alimentación en ellos, ¿dejará algún grano para repartir entre las demás personas que lo ayudan? Quizás las personas que juntan en el patio, viendo el panorama, junten su cuota y un poco más, para comer ellas mismas, antes de entregarlos. Así que quizás esos últimos siete días se transformen en cinco.

Y luego no hay más.

En fin, que hoy es martes, el primo retrasado mental de los lunes. Esa es mi excusa. Espero que puedas perdonarme por semejante desvarío.

De todos modos sería bueno que meditáramos sobre los recursos que usamos, de los que a veces abusamos, de los que despilfarramos sin un segundo pensamiento y que empezemos a verlos como granos de arroz en su paquete. Probablemente ya estemos pasando al jardín, casi sin darnos cuenta.

Recordemos que ya llegamos al Peak Oil (el punto máximo de rentabilidad y la tasa máxima de extracción de combustibles fósiles) hace más de 5 años, tenemos un desperdicio brutal de alimentos del orden del 30% a nivel mundial, hay más de 2000 millones de personas en el mundo viviendo con menos de dos dólares por día (USD 2) y el cambio climático encima, respirándonos en la nuca y mordisqueándonos la oreja de mala manera.

El Trono o María?

Lo primero, como de costumbre, casi me equivoco de fecha. Estaba convencido de que la vacuna contra la COVID-19 me tocaba el lunes después de Semana de Turismo, pero en realidad era hoy. ¡Fue hoy! El plan constaba de dos partes. La primera y principal era clavarme un regio chivito en el American Bar, históricamente la casa de los mejores chivitos del condado, que además son embellecidos y saborizados por las papilas gustativas de la imaginación hasta convertirlos en el epítome de todos los chivitos. La síntesis y esencia de todos los chivitos. Aquello a lo que debería aspirar cualquier chivito con un mínimo de amor propio. El satori de los chivitos.

Luego, claro está, el motivo oficial del viaje de 62.4 KM hasta la ciudad de Nueva Helvecia: aplicarme la bella, amable y estúpidamente sensual vacuna de Sinovac. Te queremos, chinita preciosa! O como diría Confucio: 我愛你珍貴 (Wǒ ài nǐ zhēnguì).

Salí, pensando que un 22% de probabilidad de lluvia era bastante bajo. Volví, razonando que un 22% era una probabilidad de lluvia bastante alta para mis estándares de suerte. Metí el impermeable en la mochila. Volví a salir. Pasé por la oficina. Revisé la moto, aire, aceite, engrasé la cadena. Salí. Di media vuelta. Compré tapabocas de verdad en la farmacia. Volví a salir. Completé la moto de combustible y me hice la ruta.

A los 15 kilómetros vi un nubarrón gris acerado, espeso y bajo, que no auguraba nada bueno. Seguí adelante, raudo y gallardo a unos vertiginosos 95 km/h con viento de cola, confiado de mi infalible instinto que me impulsó a traer conmigo el impermeable, a pesar de ese roñoso 22% de probabilidades.

Diez kilómetros más adelante las primeras gotas me hicieron parar a un costado de la ruta. Ja! Ese 78% de probabilidad de que NO llueva siempre le va a tocar a otra persona. Me equipé, seguí y 21 segundos después se largó un aguacero hermoso con un poco de viento que me acompañó por otros 15 o 20 kilómetros y que hizo que circular por la ruta despareja y con ojos de agua, fuera más o menos como manejar arriba de un flan. ¡Nada me importó! Ni el viento, ni la lluvia, ni la nieve. Nada me detendría en mi santa misión de comerme un hermoso chivito, el chivito más suculento que mi imaginación podía crear… y también de aplicarme la vacuna. No olvidemos la vacuna, por el amor de María Magdalena te lo pido.

Eran poco más de las 12 del mediodía cuando llegué a la encrucijada del destino. Si seguía derecho llegaría, dos kilómetros más adelante, al American Bar y a mi chivito. Si doblaba a la izquierda, 7 kilómetros después llegaría a Nueva Helvecia con su promesa de una china bien dispuesta. Al final refrené mi instinto y me dirigí sin un remordimiento hacia el arcoiris rutilante formado de coronavirus SARS-CoV-2 inactivados en variedad de colores brilli-brilli que tenía frente a mis ojos.

Por supuesto que por más arcoiris que viera me perdí. ¡Dos veces! Incluso consultando el GPS del teléfono. Llegué. Estacioné en un lugar vacío. Me puse una de las mascarillas de verdad. Me puse la mascarilla de tela por encima. Fui a la entrada. Volví a la moto. La estacioné en un lugar distinto al que usan las ambulancias cuando llegan. Volví a la entrada. Ahí no era. Fui a la otra entrada. Me puse mi traje Ultra-Amable, un traje invisible que me imbuye del superpoder de la cortesía extrema, la paciencia superlativa y una simpatía que descolla, lo que me abre todas las puertas, me gana todas las voluntades, obtiene todos los resultados, haciéndome acreedor de las sonrisas ruborizadas de las féminas y la admiración teñida de envidia de los féminos. Ahí, con mi traje, fui y saludé. “Buen día”, dije, con el tono justo, la inflexión perfecta. “Acá es el vacunatorio DX006?”, pregunté con tono inseguro y lenguaje corporal titubeante totalmente bajo mi control. “Ni idea.” Me dijo la amable señora detrás de la mesita que oficiaba de mostrador. “Esto es Nueva Helvecia”, dijo en un tono que evidenciaba que los abrumadores poderes del traje Ultra-Amable estaban haciendo mella en su dura coraza. “¿A qué hora tenías hora?” dijo tratando de controlar a duras penas su incipiente rubor. “A las 13, pero no se preocupe, que vengo luego”, dije, conciliador, dejando sutiles mensajes de no se moleste, no es necesario que haga ninguna excepción, solo quería asegurarme, volveré luego, cuando sea la hora de consumar nuestra unión. “No te vayas!”, dijo en todo casi suplicante. “Si tenés tiempo te vacunamos ya. Pasá por ahí”, dijo esquivando la mirada con coquetería no excenta de timidez. “Descubrite una manga”, me dijo una segunda señorita, que en realidad quería decir sacate toda la ropa y dejame ver ese torso trabajado y los cincelados músculos de tus brazos, oh, tú, Dios del Olimpo Coloniense. Ah, sí, mi traje Ultra-Amable estaba con todas las pilas cargadas y no había nada en el Universo, ni en la Vida, ni en Todo Lo Demás, que pudiera detenerme. “¿En qué brazo te la doy?”, dijo con lascivia apenas disimulada, deseosa de posar uno de sus dedos sobre mi piel de nácar. “En el que le de más rabia”, dije minimizando todo lo posible las ondas seductoras que salían de la fantástica caja de resonancia que me brindó la naturaleza en su sabiduría. “Entonces en la derecha”, dijo ella, satisfecha. Tres segundos después, ese es el tiempo que insume el acto vacunatorio, con la voz cascada, casi al punto del quiebre, me dijo “Vestite y esperá 15 minutos en la sala de espera”. “Cómo no, ‘chas gracias, que tengan buen día”, me despedí, con la voz teñida por la pena de la separación luego de tan fugaz e intenso acto de amor. E intenso fue, tan intenso que sentí como si me perforara la piel. Y me fui rápido para no ver sus lágrimas de tristeza. Media hora después estaba nuevamente en camino. Rumbo al radiante sol donde se consumiría toda la concupiscencia que irradiaba de mi sangre caliente y bullente de pequeñas criaturas (inactivadas) que sacaban de su modorra a mi anhelante sistema inmune.

Fue un golpe terrible.

¡Qué dolor! ¡Cuánta impotencia! Como un Golum que ve caer a las llamas el Anillo del Destino. Como un Drogon que ve a su madre, Daeneris, fría e inerte con una espada clavada en el otrora palpitante corarzón, traicionada. Como un Capitán Vimes que busca infructuosamente y pregunta a quien pueda contestarle “Has visto tú a mi vaca?”. Como un Hamlet que ve llegar, implacable, a la locura y sabe que detrás de ella acecha, inexorable, la furia más cegadora. Así, en ese lugar, arrodillado y con los brazos tendidos al Injusto Cielo, allí, ahí mismito, traspasado y transido de dolor, dije: Mierda.

Di media vuelta sobre mis pies, desgarrado y tembloroso, con la desesperación bailando claqué en mis ojos y Vi. Vi, cruzando la calle, un resplandor áureo. Una señal de que confiara contra todo pronóstico. Una luz cegadora de esperanza renacida. Che! Paco.

No. No estoy llamando a nadie. Hay un restaurante, del otro lado de la ruta, llamado Che! Paco. Y hacia allá fui. Munido de mi doble tapabocas crucé y entré. Entré, aún con con mi traje Ultra-Amable, sorteando mesas llenas de comensales, que incluso sin tapabocas servían de aval a la cocina del lugar, y me acerqué a la barra. Allí compré el chivito más espectacular del que tengo memoria, para llevar, muchas gracias. Podría colgar una foto, que vale más que mil palabras, pero el asunto es que necesito escribir algunas de esas mil palabras. El pan, primorosamente tostado; el churrasquito, con un grosor que podía percibirse perfectamente al dar cada mordisco, un grosor que podía calcularse en el recorrido perfecto a través de su sustancia de las mandíbulas al cerrarse, tierno como un perrito de dos días (este símil debe ser algún efecto secundario de la china); con lechuga crocante, un semejante huevo frito, unas rodajas de tomate de más de medio centímetro de espesor, chorreante queso, consistente jamón y unas fetas de panceta gorditas, perfectamente crocantes y abundantes, como si la cocinera quisiera seducirme, casi, probablemente gracias a los poderes del traje Ultra-Amable. Todo ello rodeado por un séquito perfecto de papas fritas aún más perfectas. Un chivito del que perfectamente podrían comer dos personas. ¡Para mí! ¡Todo para mí! ¡Para mi disfrute más erótico y cargado de perversiones! Y sí, lo hice mío. Lo hice mío sin titubear y sin un solo remordimiento. Y volvería a hacerlo. O mejor dicho, volveré a hacerlo. Dentro de poco menos de un mes, cuando me toque mi segundo encuentro con la china de mis desvelos.

Así emprendí mi viaje de regreso. Satisfecho y ahíto. Un viaje extrañísimo, en donde me desplazé la mayor parte del tiempo en piloto automático, perdido en pensamientos sin pies ni cabeza. La ruta, en este inicio de Semana de Turismo, estaba casi desierta, lo que ayudó a relajarme. Crucé el puente de Rosario, el viaducto, recuerdo haber pasado frente a la entrada a Colonia Cosmopolita, y frente al cartel de Cerrado que aparece a la entrada de El Terruño, pero no recuerdo haber pasado por Juan Lacaze ni por Tarariras. En un momento estaba en Rosario, y un instante después la doble vía de la ruta se había acabado y estaba llegando a Artilleros. Una media hora de viaje se desapareció de mi consciencia. Es como si no hubiese existido. Y de ahí salté directamente a Riachuelo. ¿Cómo? Ni idea, pero estuvo buenísimo. No me dormí, obviamente, porque habría aterrizado al instante, pero de todos modos hay grandes partes del trayecto que perfectamente podrían no haber ocurrido.

Como sea: ¡misiones cumplidas! Vacuna aplicada y chivito engullido. ¡Larga vida a Mao y la lucha de los trabajadores!

Hermanos, oremos al MEV! /05

Hoy fue un día Sacramental. Compartimos la Eucaristía con Naxto en comunión con la Divinidad en la forma de un regio fuentón de pasta con albóndigas de cerdo en salsa. ¡Dos veces cada uno eucaristiamos! Nos quedó la panza como ternero guacho.

El MEV, la única deidad del universo que con Su Solo Nombre provee alimento para el cuerpo y consuelo para los espíritus abatidos. Alimento y consuelo verdaderos. ¡Literalmente! Nada de tener que esperar a morirte para ver si tenés suerte y te toca un pedacito de Paraíso o alguna virgen despistada, como publicitan la mayoría de los otros dioses de cuarta. Nada de banquetes fastuosos en improbables salones eternos a los que solo se puede llegar luego de ser muy, muy valiente y estar muy, pero que muy requete muerte, como ofrecen esos dioses obsoletos. No. ¡El MEV cumple! ¡Aquí y ahora!

¡Adorad al MEV! ¡Fijáos! ¡Fijáos en sus tallarinescos apéndices, largos y elegantes dechados de misericordia!

¡Glorificad al MEV! ¡Admiradlo! ¡Admirad sus delicadas y bien tostadas albóndigas, fuertes y perfectos símbolos de serenidad!

¡Alabad al MEV! ¡Agradecedle! ¡Agradeced la humildad de su espíritu, que no busca pompa y boato ni vanidad perecedera y vacía, sino solo un plato bien servido!

Oremos al MEV, nuestro Monstruo Espaghetti Volador Bienamado. Dejemos que nos otorgue Sus dones y nos colme con Su munificencia infinita. Recemos al MEV, para que con el poder de Mike podamos mantener a raya a Gordgjazz, el de las largas, largas uñas y corto, cortísimo temperamento.

¡R’Amen!

Id y no pequéis más teniendo el estómago vacío.

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /69

Miércoles, horas de la mañana, entrando a un comercio a cobrar una cuenta.

Delante de mí hay un chabón de 40 y tantos con una escoba para césped en la mano. A sus pies, una cortadora de césped eléctrica. Del fondo del comercio llega medio renqueante una doña descalabrada de unos 70 y pico largos, con un adaptador shucko para tres en línea. Lo coloca sin dudar en el enchufe de la cortadora y emite un gruñido satisfecho.

El chabón, su hijo, le pregunta al dependiente cuánto cuesta el rastrillo, pero antes de que este pueda contestar la doña le dice:

— No importa cuánto cuesta. Dejalo arriba de la cortadora, que es gratis. Es la máquina que precisamos, no?

—Sí, mami. Pará que te doy plata para q…

— No, dejá, yo tengo acá. — Todavía hablando con el chabón, se vuelve hacia el dependiente y sigue hablando — Bueno, voy a pagar al contado, recién llego de Montevideo toda cansada, y el señor no nos va a cobrar por el rastrillo.

El dependiente la mira sin emitir sonido, se le nubla la vista y baja la cabeza. No cuesta nada darse cuenta de que está derrotado sin haber peleado y ni siquiera sabe cómo llegó a esa situación. La doña podría darle clases de regateo y negociación al mercader árabe más recalcitrante.

La impunidad que maneja la tercera edad es maravillosa.