Te dejarías coger por 15 Euros?

Los descubrimientos inadvertidos muchas veces son los mejores. Y este me encanta.

Buscando la entrevista de Faulkner en español para la entrada anterior, al final de la página me encuentro con esto:

El último enlace me pareció bastante chijete, pero como de todos modos soy medio anormal fui a ver qué onda. Resulta que es el título de un poema de una escritora feminista finlandesa: Eeva Kilpi.

¿Te dejarías coger por quince euros? me dijo
en la parada del autobús a las 0.42
rodeados de calles vacías y congeladas.
Primero negué con la cabeza, pero luego le dije:
Por dinero, no, pero si pasas la aspiradora y friegas los platos…
Entonces él, a su vez, se negó
y se dio la vuelta abatido para seguir su camino.

Y ya de paso, me puse a buscar otros poemas:

Apenas él hubo pronunciado: “Ahora lo único que falta son fresas”††††††

Apenas él hubo pronunciado: “Ahora lo único que falta son fresas”
cuando ya estaba yo corriendo hacia la descuidada huerta de detrás de casa
y había cogido un puñado de fresillas silvestres
antes de que él hubiese acabado de tomar su yogur:
acababan de madurar.
Ten cuidado con lo que dices, dije, ahora todo se hace realidad.

Y él tuvo cuidado.

Eeva Kilpi

En cadenas

Algo que admiro y envidio de ciertos escritores es la capacidad de entrar en la Oscuridad. Neil Gaiman es uno de ellos y lo hace magistralmente. Pratchett también lo hacía, e incluso la mezclaba con humor y hasta con ternura; sí, Pratchett podía hacerlo todo. Stephen King, sobre todo en lo más viejo, era soberbio. Al leerlos se adivina la purga de emociones, el recurso inagotable al que se acude una y otra vez.

A la hora de escribir la Oscuridad es fantástica e inconmensurable. ¡Pero qué difícil es tenderle la mano! La siento como una presencia fugitiva detrás de los ojos. La adivino como un bicho furioso rondando incansable en su jaula, justo ahí, entre el corazón y los pulmones. Tanteo el borde del pozo insondable de brea negra que se abre a la altura del vientre. Pero no logro utilizarla.

No es que la Oscuridad no quiera ser utilizada, ¡al contrario! Aúlla de excitación ante la perspectiva de salir a jugar, de campar a sus anchas por la hoja en blanco relamiéndose en sangre y depravaciones atroces y grotescas. Me encantaría, al decir de Faulkner, dejar que fueran mis demonios los que me condujeran, y feliz estaría de tirar por la borda toda decencia, todo orgullo y todo honor.

Es solo que no sé cómo. Tengo la idea, tengo los demonios, pero soy como el ciempiés del chiste: “iba caminando un ciempiés y se tropezó con una piedra, y se tropezó con una piedra, y se tropezó con una piedra, y se tropezó con una piedra, y…

La piedra soy yo, claro está, mis pruritos, escrúpulos y tabúes y el horror al darme cuenta de la fascinación que siento al mirar la Oscuridad a los ojos. Todo eso hace tropezar a mis demonios una vez y otra, sacándolos de su curso sin dejarlos divertirse. Como si quisieran comerse un pescado con demasiadas espinas que da tanto trabajo que se llenan de puro aburrimiento y terminan apartando con hastío el plato aún medio lleno.

Ni siquiera me importaría que no fuera coherente. Incluso una única y solitaria escena sería algo maravilloso. No sé cómo bajar eso a tierra. O quizá es que no me animo, me da un poco de cagaso abrazar la Oscuridad.

Frente a casa, cruzando la ruta, hay una arboleda que pertenece a una chacra. Es enmarañada y bastante oscura cuando se la mira de lejos, da para dejar volar la imaginación. Los retoños y el ramaje desobedecen los alambrados y escapan hacia el descampado. Cada algunos años llega una cuadrilla en un camión lleno de herramientas y ponen al monte en cintura: podan y arrasan con todo lo que sobresale y arrancan los renuevos. Luego juntan y queman todo, dejando dos o tres círculos de cenizas.

Un día de bruma en que el monte lucía especialmente sombrío y resaltaban los círculos grisáceos, vi que el camión estaba solo. Se me ocurrió que quizá el monte, harto de abusos, los había matado a todos casi sin dejar rastro; solo se veía un trocito de hueso chamuscado entre las cenizas. La idea estaba ahí. Los demonios estaban allí. La Oscuridad estaba allí.

Debo haber escrito tres o cuatro versiones distintas, a cuál más horrible, enmarañadas como el bosque, pero recargadas; oscuras, pero espesas como melaza, sin fluidez. Y allí quedó, en el cementerio de historias.

Quizá mis demonios se merezcan a alguien con más talento, o no tan pacato. Son buenos demonios y alimentan una buena Oscuridad, gordita y saludable.

Viaje

—Che, ma, ¿demorará mucho el ómnibus? A veces me da la impresión de que no llega más.

—Un poco lento, sí…

The Strongest Hero /5

Finalmente encontré la esencia de la historia. No es que sea un secreto tan bien guardado, pero no lo habían dicho tan explícitamente antes. Puede resumirse en No hables, mi viejo, demostralo. Nada de fanfarronadas que no impresionan a nadie. Si hay que darle, le damos… y después nos tomamos el vino.

Saitama: hechos, no palabras.

El pibe de los astilleros

… nunca se rendía, 
tuvo un palacete por un par de días. 

Entre copas, letras y frascos

Hace unos días pasé por la vinería Las Croabas (Rivera 2666). Hacía tiempo que pasaba frente a su puerta sin tener oportunidad de entrar. El interior es amplio y entre la profusión de estanterías se encuentra una oferta de bebidas alucinante, con cosas bonitas para todos los gustos y bolsillos. Podés pasar bastante tiempo deambulando entre ellas babeándote todo el rato. Finalmente me decanté por un blend que Toscanini envasa para la propia vinería, un Trebbiano de Pisano y un Marselan de Garzón. Toscanini, me complace decirlo, está haciendo unos vinos bien ricos. El blend estuvo invitado a almorzar el domingo en lo de María Luisa y fue tan bueno como para acompañar al cocinero, marinar el cerdo y seguir hasta la hora de comer. Aguantó tanto porque mayormente lo tomé casi todo yo… ventajas de la tolerancia cero para quienes conducen.

Saliendo de Las Croabas me metí en la puerta de al lado, que desde hace varios meses es mi nueva librería de adopción: Las Karamazov (Rivera 2670). Es como la cabina telefónica de Dr. Who: más pequeña por fuera que por dentro, con títulos preciosos y una atención perfecta. Allí conseguí el último ejemplar que les quedaba de Conservas, el libro editado por Garage Gourmet.

Cuando te ponés a leer Conservas es como mantener una larga conversación con tus abuelas, ese increíble compendio de sabiduría. Azúcar, sal, vinagre, calor, productos frescos, amor. Cómo conservar la cosecha de tu huerta, de la caza, de la pesca. Frutas, granos, frutos secos, verduras, carnes (despojos, rojas, pescados). Secados, en escabeche, en almíbar, en salmuera, chutneys, dulces. Cómo envasar, cómo esterilizar, cómo y cuánto conservar. Recetas sencillas y sabrosas con productos y especias de acá, todas materias primas fácilmente disponibles. Incluso hay recetas de butiá y guayabos, los frutos nativos que están resurgiendo.

En estos días de apuros y stress en que a veces comer es visto por tantas personas solo como un imperativo biológico, sin buscar la pausa o el placer o la comunión que dan y permiten los alimentos; en esta era en que una séptima parte de la población mundial pasa hambre, pero sin embargo se desperdicia una tercera parte de los alimentos producidos; en esta época de ultraprocesados, comidas precocinadas con sabor a nada y hechas sepa el MEV con qué y cómo, más el montón de ridiculeces sin sentido que pueden encontrarse en las grandes superficies (porque a quién se le ocurre comprar la zanahoria fresca ya rallada, maldita sea?), este libro nos propone reconectarnos con la vida y la cocina en múltiples niveles.

Cocinar con nuestras manos, ya que no precisás ser Joan Roca para preparar tus conservas; llenarnos de sabores y colores con la variedad que nos presenta el amplio recetario que abarca las cuatro estaciones; compartir con amor, porque si hay algo lindo eso es convidar a los afectos con lo que producimos; aprovechar hasta la última brizna de los alimentos (sin que importe si los cultivamos nosotros, los compramos o nos los regalan); saber cabal y exactamente qué ingredientes tienen los alimentos que consumimos.

Y además es una edición preciosa, de papel satinado, con unas fotos espectaculares y explicaciones claras.

Consígalo, ya salió la segunda edición. Cocine. Regálese. Disfrute. No tiene excusas.

Tu risa no tenía sombras

Hay una dicha extraña en la talla en madera, similar a la que se experimenta cuando hacés pan, pero mejor. Es más compleja, si se me permite la expresión. Menos inmediata y más duradera.

En un punto y salvando las distancias (grandes distancias), la talla en madera comparte algunos conceptos con el sexo. Podés hacerlo de cualquier manera, pero si hay amor siempre es mejor. Si te apurás lo estropeás. Si sucumbís a la urgencia lo estropeás. Si sos bruto lo rompés. Si no prestás atención a los detalles no vas a mejorar. Si sos egoísta te va a parecer bueno solo a vos. Si no sos prolijo lo vas a disfrutar mucho menos y vas a causar una pobre impresión. Si le ponés pasión y ganas los resultados pueden ser sorprendentes, incluso si no sos un maestro. A veces incluso te permite dar rienda suelta a tus fantasías. También, cuando terminás una talla, más allá de la satisfacción te sentís extrañamente vacío.

Esta talla la empecé años atrás. Un pedido sin apuro; un regalo sin aniversario. Nos pusimos de acuerdo en el contenido, seleccioné la madera, elegí el formato, la fuente y me puse a tallar… y poco antes de finalizar la talla de todas las letras me di cuenta de que no sabía cómo terminarlo. No sabía qué forma darle al exterior, al espacio negativo. Debía ser… no sabía cómo debía ser, pero no me servía cualquier cosa. Los perfiles habituales no parecían adecuados. Los motivos geométricos no tenían alma ninguna. El grosor de la madera, de apenas 3/4 pulgada, no daba juego para grandes motivos. Tampoco era adecuado un gran motivo ya que opacaría el texto.

Y estacioné el cartel a la espera de una idea, de la inspiración. Pasaron meses. Luego me mudé y perdí el taller. Poco después me distancié de la talla. Hace más de cuatro años, quizá seis. El cartel estaba a la entrada del contenedor, mirándome acusadoramente cada vez que lo abría para sacar alguna cosa, pero yo lo ignoraba con mucho cuidado. Ya va a llegar tu tiempo, le decía a veces, cuando se ponía muy insistente, solo que todavía no.

Hasta que hace pocos días vi algo que me llamó la atención. En un pequeño video sobre los distintos estilos de carpintería que hay en Japón veo la escuela MiyaDaiku, que nuclea a los carpinteros dedicados a la construcción y restauración de templos. Ellos usan una técnica llamada Kigumi, en donde las uniones se realizan sin utilizar clavos ni tornillos. Estas uniones y encastres son de una complejidad y precisión asombrosas, y entre tanta maravilla vi las tallas que adornan las vigas de esos templos. Tallas ligeras y estilizadas, fluidas, dinámicas, livianas. De una belleza despojada y serena.

Y me quedé masticando la idea. Me gustó. Parecía apropiada. Unas pruebas preliminares fueron prometedoras. Así que me tiré a la metafórica agua. Mis habilidades para la talla no son tan espectaculares. Mis habilidades para el dibujo no son tan espectaculares como mis habilidades para la talla. Mi sentido de la proporción no es tan espectacular como mis habilidades para el dibujo. Pero cuando se me mete una idea en el mate, las ganas le ganan a todo.

El resultado no fue precisamente como el de la viga del santuario, a fin de cuentas no soy un carpintero japonés (a veces ni siquiera lápiz), pero fue un proceso amoroso en el que estuve con una media sonrisa casi todo el tiempo.

Nubes que devienen en un soplo de aire… algo por el estilo. Esto es pa’ vo’, Schwachsinnig!