Ay, Sabrina, quéstáshaciendo!

La nueva serie de Netflix sobre Sabrina está bien. En general. No tiene nada, pero NADA que ver con la vieja comedia yanki de la TV “Sabrina, la bruja adolescente”, así que supongo que más o menos seguirá la línea del comic original.

Sabrina parece bastante inocente. Quizá lo sea, al principio.

Esta entrega es oscura. Mucho más oscura. Es interesante y tiene algunas cosas lindas y otras muy bien hechas. Los personajes están bien armados y evolucionan a lo largo de la temporada. También hay pequeños homenajes aquí y allá, el de El Exorsista es divertido. Pero como tratan de tomarla con seriedad, los resbalones son mucho más evidentes. Hay varios: cosas forzadas, cierres que son cualquiera, ridiculismos, plot twists que no son más que deus ex machina encubiertos, suspensos al pedo que aportan cero. Todo envuelto en un oscuro plan para conseguir no sé qué, porque profesía y elegida y apocalipsis.

Por suerte puedo meter toda la anti-reseña(*) de la temporada en una sola entrada de menos de mil palabras. Porque fuck it, no es Juego de Tronos.

Sigue leyendo bajo tu propio riesgo, pobre mortal, porque

a partir de aquí habitan Spoilers.

Primero: la profesora Wardwell, el inicio. Media pila, si encontrás una gurisa perdida en el bosque por el que vas manejando el auto, en plena noche y lejos del pueblo, y esta te pide ayuda, la llevás al hospital y llamás a los milicos. Pero no, se la lleva a la casa y le ofrece té. Hubiera preferido que la desconocida la matara en la casa sin introducción ni nada, en lugar de ese ridiculismo sin pies ni cabeza.

Segundo: Batibat. Todo bien con encerrarlo en un frasco vacío de mermelada… pero no vas a hacer nada más con él? Tipo, no sé, sellarlo, llevárselo a alguien que se asegure de que Batibat no pueda escapar fácilmente. ¿Qué vas a hacer con el frasco? ¿Ponerlo en la despensa al fondo de donde están los orejones?

Tercero: Apofis, el Gusano. Es un recontra demonio, pero lo envuelven en una manta y ya está; como quien le esconde la cabeza bajo el ala a una gallina. Tirarlo al pozo y encima echar los trozos partidos del sello que lo aprisonaba previamente, ese mismo sello que al romperse lo liberó, funciona perfecto para mandarlo de nuevo al Infierno. Porque los demonios, parece, no pueden escarbar para los costados, solo hacia abajo.

Cuarto: el día del Festín de Festines, con la torta que te hace decir la verdad. Tenías a Blackwood ahí nomás, perfecto, incapaz de mentir, ¿no se te pasó por la cabeza preguntarle sobre tus viejos,  a ver si realmente habían muerto en un accidente?

Quinto: Rozi tiene visiones y Susie habla con su tataratía que se le aparece a cada rato. ¿De onda, solo por leer sobre ella? ¿No será mucho? ¿Y justo la Dorothea sabe que todas son brujas? ¿Ella trajo a las brujas? Baia-baia, qué coincidencia! Igualita que la familia del novio de la Sabrina siendo los que mataron a las brujas cuando se fundó el pueblo. Lo que son las cosas, no? Pueblo chico, infierno grande.

Sexto: ¿Es tan difícil de entender que lo que se muere debe quedarse muerto? Si tu novio está triste y querés ayudarlo la solución no es resucitar a su hermano. No se precisa ser un gran hechicero para saberlo, solo no ser un subnormal de mierda. ¿Alguien podría prestarle a esta gurisa Cementerio de animales de Stephen King, por favor? Si querés alegrar a tu pareja practicale sexo oral. Eso siempre ayuda, sea quien sea.

Séptimo: está bien, es una adolescente, ¿pero es posible que no escuche NADA de NADIE? ¿Absolutamente nada? Sé que el cerebro de los adolescentes es casi como una casa en remodelación, pero parate a pensar medio segundo, loca. Ser adolescente no implica, necesariamente, ser imbécil.

Octavo: Miscelánea. ¿Qué onda con el repartidor de pizza? ¿Se lo lastra? ¿Nadie lo echa en falta? O sea, el chabón tenía bastante cara de boludo, pero boludos are people. ¿Y qué onda con ese brujo apuñalado? ¿A nadie le importa? ¿Y la caja con amuletos y muestras que encontraron los viejos? ¿Se suicidan y ya? ¿Qué utilidad tienen en la trama? ¿Y al otro bobo que degüella Wardwell nadie lo extraña tampoco? ¿Y al director? ¿Y a la academia, que funciona en una estación de trenes abandonada, nunca va nadie? ¿No hay gurises curiosos a los que les gusten las ruinas? Es pleno siglo XXI, y en ese bosque hay estructuras raras, ermitañas, se ven luces y fogatas a cada rato. A ninguno le llama la atención. Ni a uno. Y todo está ahí en la vuelta, porque a cualquier lado llegan en 3 minutos con 20. Uuuuhhhh, vamos a lo profuuuundo del boooosqueeee… que está justo a media cuadra de casa. El claro del bautismo, a 10 minutos; el árbol de las manzanas, a 5 minutos; el Valle de la Luna, a dos cuadras; el portal de no sé qué, pegadito a eso; la mina, una cuadra más allá. ¡Dejáte de joder!

Noveno: la Wardwell. Ni una bruja sospecha de ella. Nada. En ningún momento. Todas aceptan lo que dice, por más endeble que sea, sin un cuestionamiento. Entiendo las intrigas, lo solapado, etc, etc, ¿pero me vas a decir que vas a confiar ciegamente en la primera mogólica que se te pare en frente? ¿Ni una duda, en serio?

Décimo: ese final. Bueh.

(*)Las anti-reseñas de 42 son principalmente desvaríos y críticas desconsideradas. No se fijan en poesía ni en significados. Son prosaicas y se centran en esas cosas que rompen los ojos, se apartan de la continuidad o de la lógica interna. Generalmente nadie les da demasiada bola a estas cosas, porque, salvo que sean muy salvajes, el público es indulgente, criterioso o distraído y las deja pasar. A mí no me importa nada, solo aprovecho de la oportunidad que me brinda el nicho de mercado. Porque una cosa es suspender la incredulidad, y otra morfarse cualquier estupidez. Si dejás pasar una estupidez hoy, ellos lo sabrán y te colarán estupideces cada vez mayores. En cambio, en cuanto lean estas crudelísimas críticas, dirán: “OHHH! 42 está atento, vamos a esmerarnos en hacer las cosas bien”. Así funciona la industria audiovisual, que no te digan lo contrario.

Tempus fugit

Una conversación de sobremesa deja hebras de ideas colgando. Mediante una recorrida de siglos, haciendo volar el tiempo y apropiándome de las palabras de grandes pensadores, intento hilar algunas de ellas.

En muchos lugares, alejados de las grandes urbes y aislados del flujo de personas, el ritmo de la vida es mucho más lento que el de “la modernidad”. En los pueblos perdidos, a veces, es como si el tiempo se hubiera desentendido de ellos dejándolos atrás, con su andar pausado y a veces casi indolente, el cual hasta puede no ser nada más que hastío. En la aldea en que vivo, Colonia del Sacramento, ampliamente cosmopolita, cerca de Montevideo y aún más cerca de la gigante Buenos Aires, este ritmo de vida, aunque aparente ser similar resulta aún más extraño, ya que es como si el tiempo se demorara.

Quizá el árbol no me deje ver el bosque; a fin de cuentas, vivo aquí mismo. No descarto que mi propio ego embellezca lo que ven los ojos, ni tampoco que proyecte en la aldea mis propias creencias. Soy consciente de que a todos nos encantan nuestros sesgos, y como dijo un escritor bastante antes que yo: las personas son más fieles a sus ideas que a sus cónyuges. Así y todo, imaginemos por un momento que puedo ser perfectamente imparcial. En mi defensa digo que algunas de estas ideas son compartidas por algunos amigos y conocidos cuyo carácter es muy distinto al mío. Hey, incluso algunas ideas son compartidas por perfectos desconocidos, así que aquí vamos.

Epicuro, el gran filósofo ateniense del siglo IV A.C., sostenía el concepto de ataraxia, la ausencia de turbación. Él abogaba por la persecución y obtención de la felicidad desde la amistad y los afectos antes que con las cosas. Es importante diferenciar y ceñirse a lo necesario sin grandes despilfarros. Lo material es perecedero y requiere grandes esfuerzos para conseguirlo y mantenerlo. “Cuando ya se ha conseguido hasta cierto punto la seguridad frente a la gente mediante una sólida posición y abundancia de recursos, aparece la más nítida y pura, la seguridad que procede de la tranquilidad y del apartamiento de la muchedumbre”.

El filósofo estadounidense Henry David Thoreau afirma, en su libro Walden de 1854, que cuando compramos algo no estamos pagando con plata, sino con tiempo de vida; con el tiempo que pasamos trabajando para obtener esas cosas. Mientras menos bienes materiales necesitemos, menor será el tiempo de vida que tengamos que dedicar a la obtención de cosas. Volviendo al epicureísmo, mantener y conservar las cosas es causa de angustias y afanes. Mientras menos afanes suframos, más disfrutaremos de “nuestros imprevistos momentos de ocio”.

El maestro budista Zen Taisen Deshiumaru, en su libro La práctica del Zen de 1974, cuenta la historia de un maestro que se acercó a sus alumnos mientras practicaban za-zen y les preguntó: “¿qué hacen?”, a lo que ellos respondieron “nada”. “No”, dijo el maestro, “practican el no-hacer”.

El Zen se practica sentándose sin finalidad alguna, desinteresadamente, pero concentrados, decía el maestro Deshimaru. Así en Colonia, cuyos principales puntos de interés turístico pueden recorrerse en poco más de medio día, el mayor interés no radica en la Historia, sino en su dimensión espiritual, por llamarla de alguna manera.

Como dice Eduardo, un amigo brasileño que se enamoró de esta aldea hace ya varios años, nadie viene a vivir e instalarse en la ciudad por el encanto que despiertan los restos coloniales. Colonia respira un aire que está al menos 30 años en el pasado, probablemente bastante más. Colonia es, en cierta medida, un lugar Zen y a la vez epicúreo. No sus gentes; quienes vivimos aquí no tenemos ningún aura mística. Más bien contamos con las mismas inquietudes e inclinaciones que cualquier persona en cualquier lugar del mundo, pasamos por los mismos afanes, pero el lugar, Colonia en sí, tiene algunas de esas características. Y esas características repercuten en nosotros, como las vibraciones del tañido de una campana, sin que nos demos cuenta apenas y forman parte de nuestra idiosincracia.

¿Qué hacer una vez que se han agotado las vistas históricas? Es una pregunta habitual y recurrente entre quienes pasan más de un día aquí. La respuesta es sencilla, como dice la ilustradora Maco: relájese y disfrute. Siéntese en una de las bonitas plazas arboladas y sienta el discurrir del tiempo sin edad; pruebe de deambular por las peñas graníticas de la Punta de San Pedro y deje vagar su vista por el “río ancho como mar”; dirija sus pasos hacia la rambla costanera, festoneada de playas, y camine sus varios kilómetros adivinando formas en las nubes. El disfrute en Colonia no está en fastuosos paseos de compras, multitudinarios conciertos o los últimos estrenos cinematográficos; no hay glamour. El disfrute viene del no-hacer, de la falta de motivación y la ausencia de finalidad. Del momento, más que de las cosas. O quizá podamos decir algo ligeramente diferente. ¿Qué puede hacerse en Colonia? La respuesta, lejos de “no hay nada para hacer”, podría ser “pruebe de no-hacer y esté aquí, simplemente”. No hay azar, no es accidental, es deliberado.

Siguiendo la línea de pensamiento del maestro Deshimaru, este dice “no hay nada que obtener, nada que esperar, no hay que buscar la verdad, no hay que huir de la ilusión. Únicamente estar presentes aquí y ahora, en nuestro espíritu y nuestro cuerpo.”

Hace poco vi un impactante discurso pronunciado en julio de este año por el escritor israelí Amos Oz, del que en otra oportunidad hablaré con más detalle. Una de las frases que me quedó grabada es que “no puede buscarse en el espacio lo que se perdió en el tiempo”.

Si la aislamos de su contexto y la traemos a esta tierra, la frase puede darse vuelta. En Colonia, de alguna manera, sí es posible encontrar en el espacio lo que se perdió en el tiempo. Otro aire, otro ritmo, otras prioridades. Ese es el disfrute de esta Colonia por momentos tan alejada (casi como un embrujo) del discurrir moderno del tiempo: el reencuentro con nosotros mismos. Con nosotros mismos en un pasado más tranquilo. Si le das tiempo, si te das tiempo, tu vida se centra, la mente se aclara, las ideas aparecen, e incluso pueden madurar hasta que llegue el momento de pasar a la acción. Eso es posible en Colonia.

¿Por qué te cuento todo esto? Porque quiero preservarlo; porque tengo miedo. Miedo de que desaparezca, de que se diluya. Tantos de nosotros andamos absorbidos, absortos, como ausentes y hasta ajenos. Nos sentimos inclinados a ingresar en “la modernidad”, a veces. O a lo mejor nos dejamos arrastrar por ella, como si fuera tan grandiosa. Perdemos la frugalidad y tratamos de cambiarla por cosas que a la postre nos angustian. Dejamos de mirar hacia adentro y encontrarnos a nosotros mismos. Y temo que el tiempo despierte y empiece a correr igual que corre en la mayor parte de este mundo moderno; o peor aún, que se desentienda de nosotros y nos deje atrás.

Nuestra respiración es esta respiración, aquí y ahora.

Joya, nunca taxi

Vendo huevo, nada que ver con el de Colón. Colorado. Único dueño. A estrenar.

Con detalles de chapa.

Relatividad del fracaso

La última década del siglo pasado fue la más intensa de mi vida. Los 90 (en)marcaron mi vida de manera indeleble por infinidad de razones.

Una de ellas era la esperanza en el futuro del mundo, nuestro futuro, particularmente en el futuro tecnológico. Sobre todo en la primera mitad, los avances parecían vertiginosos. En 1990 se ponía en órbita el Telescopio Espacial Hubble con su grandioso espejo, un logro ingenieril sin precedentes.

Un año después anunciaron con bombo y platillo el fin de la construcción de Biosfera 2 (el enlace en inglés está más completo), un ambicioso proyecto destinado a experimentar con la creación de un ambiente cerrado y autosustentable, con la mirada puesta en la colonización más allá de la Tierra.

¿Cómo sería la interacción entre los distintos ecosistemas presentes? ¿Sería posible que la vida sobreviviera y prosperara por sí misma de la mano del ingenio humano? ¿Cómo se las arreglarían los humanos para convivir dos largos años? ¿Podrían?

Al fnal resultó que: caótica y frágil, no, como perros y gatos y apenas. En ese orden. Una selva, tierras de cultivo, manglares, un océano y un desierto en miniatura fueron ideados y encerrados debajo de un domo y algunas estructuras piramidales, de acero y vidrio, aislado, sin intercambio ninguno con el exterior. Metieron plantas, animales, insectos y ocho personas y pusieron el tinglado en marcha.

https://todayintechhist.wordpress.com/2014/09/27/the-biosphere-2-september-26-1991/

Dos años y 20 horas después lo abrieron. Las ocho personas salieron convertidas en dos grupos que casi no se hablaban entre sí. Los insectos polinizadores y los animales vertebrados murieron y a los 16 meses habían tenido que bombear oxígeno porque sus niveles habían bajado de un saludable 21% a un peligroso 14%. Los microorganismos inoculados para ayudar al desarrollo de la vegetación habían tenido mucha abundancia de carbono orgánico y lo habían convertido en dióxido de carbono, captando oxígeno en demasía. No se detectó un aumento significativo del CO2 porque reaccionó con la estructura de hormigón de Biosfera 2 creando carbonato de calcio (captando tanto el carbono como el oxígeno). A esto se sumó un año muy nuboso y que las estructuras metálicas del domo interferían con la luz, lo que le jugó en contra a la fotosíntesis.

Se consideró que la experiencia fue un fracaso a pesar de que en muchos aspectos fue tremendamente exitosa y con un potencial gigantesco. Mucha gente pareció pensar, e incluso todavía lo piensa, que el único resultado aceptable de esta experiencia nunca antes intentada era una sustentabilidad total y a la primera. Lo que se aprendió de los ciclos naturales y de las posibilidades a nuestro alcance para regularlos, logros inmensos en sí mismos, pesó mucho menos en la opinión pública. La producción de alimentos fue impresionante, y sin pesticidas, cosa que debería habernos volado la mente. La salud de los humanos y su metabolismo mejoró muchísimo, a pesar de que informaron que pasaron sintiendo hambre desde el primer al último día, ya que tuvieron una dieta nutritiva, pero baja en calorías. Decenas de logros importantes, desestimados.

Una nueva misión comenzó a principios de 1994, pero tensiones internas y un sabotaje la liquidaron a los pocos meses de iniciada. Luego de eso fue todo barranca abajo.

Después de muchas vueltas Biosfera 2 es hoy un centro de estudios y experimentación dirigido por la Universidad de Arizona, en donde se estudia cómo ciertos cambios en el ambiente afectan al resto de las relaciones entre los ecosistemas sin impactar en el mundo real.

En esa época se dio la primera Guerra del Golfo, que también vio avances gigantes, pero en esa oportunidad en la sofisticación de las armas. Este conflicto tuvo un costo de varios órdenes de magnitud por encima del de Biosfera 2 y con unos resultados abrumadoramente lamentables: intervinieron 30 países, dejaron unos 40’000 muertos y sin nada para rescatar. Costó unos 40 mil millones de dólares (aunque algunos artículos lo ubican en el torno a los 62) contra 200 millones de Biosfera 2. Biosfera 2 casi se convirtió en una urbanización antes de ser “rescatada” por la Universidad, en tanto que el fracaso monumental de la intervención de Occidente en Medio Oriente sigue hasta hoy, expandiéndose como horrendas ondas en un estanque al que se tira una piedra.

Imaginá esas mentes y esos fantásticos recursos materiales y humanos destinados al avance del mundo. Imaginá qué podrían haber logrado en 25 años.

Imaginalo, por favor.

Descolgadas /13

Los libros que leído y en menor medida el cine que visto han hecho muchísimo por expandir mi mundo musical.

  • De Thomas Harris, rescaté a Bach y sus Variaciones Goldberg.
  • De John Milton, llegó La Creación de Haydn
  • Stephen King me descubrió mucha de la música de los ’70:  Animals, Thunderbirds, Cash. Y Las Bodas de Figaro, por supuesto.
  • Del Cero Warthon recordé a Tehlonious Monk.
  • Con Dexter llegó Chopin y sus Nocturnas.
  • Pink Floyd se presentó a sí mismo con The Wall.

Hace tiempo que no me pongo a escuchar música. Supongo que la variación que necesito es un poco de silencio, aunque a veces extraño cocinar con música. O a lo mejor nada parece demasiado apropiado.

El domingo hice pasta casera. Unos pappardelle con una bolognesa clásica que quedaron de muerte, y se notó la ausencia.

En otro orden de cosas, encontré un texto de 2015 de cuando mataron a los dibujantes de Charie Hebdo en París. Es bastante salvaje y en su momento pensé que lo había perdido. Como estoy de humor acorde lo reproduzco, porque fuck it. Además sigue vigente, aunque la “gente de verdad” no sean dibujantes.

Je suis Pancheau

Me tienen las pelotas bastante llenas con Charlie Hebdo.  No porque la matanza no sea trágica, si no porque está todo el mundo alborotado y se llena la boca con Je Sui Charlie y los terroristas y qué se yo, y marchas de 500 mil personas y marchas de líderes mundiales (juntos, pero aparte, no sea cosa que se contagien con ébola o algo así).

Y para mí eso es fayutismo puro, es llenarse la boca.  Hay miles de personas que son asesinadas a diario en diversos conflictos candentes y activos en África y nadie dice nada, ya ni aparecen en las noticias salvo como nota marginal si justo cuadra que un atentado mate a más de 800 personas. Por nombrar los 3 más power, podemos hablar del eterno quilombo en el Congo, los gobiernos depuestos y encumbrados a cada rato como quien cambia de calzones en la República Centroafricana, o la continua sangría en Sudan.

Y por qué te importan 12 dibujantes que antes ni tenías ni idea que existían?  Y por qué no te importa un montón de gente que tampoco conocías pero que están igualmente muertas, igualmente asesinadas, también injusta y brutalmente?

Es porque estos 12 eran blancos?  O porque vivían en París?  O porque tenés miedo?  Porque África está lejos y a nadie le importa una mierda, además de ser pobres y negros y además dibujan en la arena o escriben en arcilla, si acaso, mientras que París… París es Occidente, es el barrio como quien dice.  Si pegan en París pueden pegar en cualquier lado, en Barcelona, Washington,  Buenos Aires, o Londres.  Y eso te indigna, porque Occidente puede llevar o financiar sus guerras a esos lugares lejanos que hay que buscar con cuidado en el mapa, pero a Occidente no le gustan las represalias, justificadas o no.  Porque que los líderes del “mundo libre” decidan atacar un poblado lleno de civiles es totalmente distinto a que los líderes de un grupo terrorista decidan atacar una oficina llena de civiles.  Sí, por supuesto, un bombardeo con drones no tripulados que justo mate un montón de gurises es simplemente daño colateral y es totalmente distinto a que tres hijos de puta con metralletas ejecuten a un puñado de dibujantes.  Debe ser por eso que una cosa te indigna y la otra te deja indiferente.  O quizás no tengas fuerzas.  Es eso?  Porque sentir pena, vergüenza y dolor e impotencia una vez, por un puñado de gente es una cosa, pero sentir eso mismo todo el tiempo, todos los días, es sencillamente agotador.

O fue porque justo viste el titular y te copó sumarte al trending topic? Es comprensible, tener un eslógan en otro idioma es muy chic.

Y eso es todo sobre este tema. En su momento me alegró mucho haber perdido el texto. Ahora, a la distancia, va a escocer menos, quizá. Lo mejor de todo es que más de tres años después, mi pensamiento al respecto no ha cambiado un ápice.

Gabriel Sosa, El Lado Oscuro de Parir

Hace unos días escuché en radio Sarandí 690 la entrevista que le hicieron al periodista y escritor Gabriel Sosa a propósito de su nuevo libro: El Lado Oscuro de Parir, la mujer como víctima de la violencia obstétrica.

Habiendo leído antes con placer Las Niñas de Santa Clara y siendo esta su primera obra de no ficción, me hice de un ejemplar.

El subtítulo es bastante explícito. Recoge testimonios de mujeres que sufrieron algún tipo de violencia obstétrica durante su embarazo, parto o puerperio, y explora la situación de esta violencia obstétrica en Uruguay y sus secuelas, que pueden ser muchas y de variado grado. También habla con activistas, sociólogos, psicólogos y profesionales de la salud e intenta, como primera cosa, dar una definición cabal de qué es. Resumidamente: despojar a las mujeres de su autonomía y secuestrar el derecho que tienen sobre sus cuerpos; una forma de violencia de género.

De las experiencias narradas toma forma en mí el sentimiento de que esta violencia cometida por profesionales, de ambos sexos, es generada por una arrogancia mezclada con una hebra de poder y que resulta en una mezquinadad que roza el sadismo que es casi inexplicable.

Desde la realización de una episiotomía sin consultar, a procedimientos realizados con un consentimiento viciado, pasando por brusquedades y malos tratos, sin descartar abusos lisos y llanos completamente evitables e injustificables, como si la mujer embarazada fuera una cosa, un sujeto de estudio, o alguien mentalmente retrasado e insensible a quien no se debiera ningún tipo de consideración, decencia, humanidad o información.

Esto último es importante y recurrente: la falta de información. Sobre los derechos legales e institucionales, sobre los procedimientos, sobre el proceso. De esta suerte las mujeres, en su momento más vulnerable, transitan el parto sin saber cuáles son sus derechos, por lo que es sencillísimo avasallarlos y directamente saltárselos sin que ni siquiera se enteren.

Es un libro durísimo que me está resultando muy, muy difícil de leer; el estilo es franco y directo, sin vueltas, pero la angustia y la impotencia son infinitas. Desde el principio me hizo hervir la sangre y luego de las primeras páginas tuve que elaborar una estrategia para su lectura: unas 10 o 20 páginas por vez, a plena luz del día y al menos dos horas antes o después de comer. Leerlo antes de dormir me generó pesadillas infames de las que despertaba sobresaltado y cuyo recuerdo se negaba a abandonarme durante horas mientras fantaseaba con devolver a esos “profesionales” esos abusos con intereses. No voy a detallar esas fantasías porque no vienen al caso, pero Torquemada habría estado bastante orgulloso. Un par de sacudidas le vendrían bien a más de uno, te diré.

Este libro es necesario. Leerlo es necesario, aunque algunos testimonios sean terroríficos. Porque conmueve, concientiza y promueve un diálogo imprescindible con las organizaciones médicas y los profesionales de la salud.

El Lado Oscuro de Parir es imprescindible porque ayuda a visibilizar una problemática que está casi naturalizada cuando en realidad debería causarnos un rechazo visceral y ser erradicada por todos los medios.

También me remite a otros casos, muy cercanos, de violencia médica en otras disciplinas. Un par de ejemplos los viví cuando me quebré hace unos años, y otro le tocó a Padre cuando estaba discutiendo su tratamiento y opciones con una oncóloga. La violencia médica debería ser totalmente inaceptable en todos los ámbitos, primero por violencia, segundo por la impunidad con que se ejerce, desde un lugar de poder, y tercero contra quiénes se ejerce.

Un lujo

Hace unos días, buscando nada, di con un video bastante curioso en Youtube. El video en sí no es ninguna maravilla: se hizo una encuesta a diversas mujeres en Nueva York sobre qué consideran un lujo, o en qué derrochan, de acuerdo a sus ingresos. Luego un grupo de actrices actúa las respuestas en el video.

Nada destacable a primera vista. Ni siquiera demasiado imaginativo: desde cosméticos para la franja más baja, a vacaciones caras y personal shoppers para la franja más alta. Había algo que me sonaba raro en todas esas respuestas.

Hoy, día fresco y brillante de primavera, salí hasta el almacén de la esquina a comprar un cigarrillo y volví como paseando a la oficina mientras lo fumaba, sintiéndome casi un dandi. A lo lejos se dibujaba la silueta de Buenos Aire sobre el horizonte del Río de la Plata. No pude evitar pensar en que no está tan lejos y que con este día tan fantástico hasta podría arrancar a caminar para allá, o algún divague por el estilo.

Un lujo. La asociación de ideas hizo click y finalmente me di cuenta de qué era lo que no me cerraba del video. La parte del derroche es clara, pero lo que me resultó más curioso es la percepción de lo lujoso. Todas esas personas solo asocian el lujo con cosas. Con comprar. Con consumir. Estamos tan bien abrochados y asimilados que solemos pasar por alto todo lo que no sea material.

Ni una sola de ellas nombró tener, o tomarse, tiempo para sí mismas.

Para mí, poder tomarme un día libre (aparte de las vacaciones), o incluso una mañana (de un día laboral, se entiende), para poder realizar alguna actividad que me cause placer, o simplemente para tener un momento para estar conmigo mismo sin presiones ni cronogramas es casi el lujo máximo.

Dejar de producir para gastar. Dejar de producir, sin tener necesidad de gastar. El tiempo es el lujo máximo. Thoreau lo escribió en 1850: al trabajar intercambiás tu tiempo de vida por dinero.

A lo mejor es que soy bastante simple y esté equivocado.

Para vos, ¿qué es un lujo?