Noticias desde el Reino /008

Contacto con el SiNaE en Uruguay

Por dudas o síntomas, si no podés contactar con un médico que vaya a tu domicilio, tenés estas opciones para comunicarte con el Sistema Nacional de Emergencias.

Recordá llamar por teléfono antes de ir directamente a un centro de salud.

Un espejismo llamado Punta del Diablo /00

La furia ciega vuelve ciegos a los furiosos

Esta entrada es parte de la (futura) serie sobre mi estancia en Punta del Diablo, en Rocha, al este del país. ¿Por qué «parte»? Porque ya hace un mes que estoy aquí y si bien tengo varias cosillas previas sobre las que escribir, esto que voy a contarte pasó hoy y fue de lo más impactante, por lo que quiero compartirlo así sea escribiendo desde el infame celular, cosa que he tratado de evitar por ser lento y tremendamente incómodo.

Así que bien, hoy sábado fui hasta el sitio de la obra en la que estoy trabajando (sí, construcción, tema para otro momento) a ver si estaba todo en orden luego de la lluvia y a la vuelta pensé en darme un chapuzón en el mar que está a una cuadra (y 5 dunas) del sitio.

Bajé caminando, distendido y despreocupado, vagamente feliz en la mañana gris y fresca.

A mitad de la cuadra se veían dos viviendas construidas sobre altos pilares; una al fondo, acristalada y luminosa, y otra sobre la calle, pequeña pero con una gran terraza elevada.

Sobre esa terraza, ya desde lejos, se escuchaban los ladridos de dos perrazos de raza indeterminada, pero de extremadamente pocas pulgas.

Para cuando llegué al pie de los pilares los perrazos estaban en el paroxismo de su rabia. Los dos bichos tenían la mirada trabada en otro perrito que venía en sentido contrario y estaban enajenados de violencia. Totalmente fuera de sí mismos. Cola baja entre las patas, pelos del cuello erizados, morros retraídos, de colmillos babeantes, atragantados de gruñidos y ladridos.

Paré a ver la escena, pensando con sorna y para mí mismo que qué podían hacer los perrazos, que daban vueltas en la terraza sin poder dar rienda suelta a su furia. «Seguro que vas a saltar, maricón», reflexioné con una media sonrisa. La terraza estaba a unos seis u ocho metros de altura, rodeada de una baranda y cubierta por una malla que en algún momento estuvo sana, puesta seguramente como una manera de evitar caídas.

El perrito avanzó unos metros, olisqueando vaya a saber qué al borde de la cuneta y sin darle la más mínima importancia al escándalo y odio que se destilaba y condensada sobre su cabeza. Cumplida su misión olfativa dio media vuelta y se volvió por donde había venido. Pero los dos de arriba estaban más allá de toda razón. Pararon de ladrar como si alguien les hubiera robado el aire y en perfecta sincronía dieron vuelta la cabeza y me miraron, aún erizados.

Y entonces uno de ellos saltó.

Me paralicé. Durante ese segundo que estuvo en el aire se borró mi media sonrisa y solo atiné a pensar «Mierda!»

Cayó como una bolsa de papas y solo se escuchó un apagado PLAF! contra la calle. Intentó saltar hacia mí con un gruñido, pero apenas pudo incorporarse con dificultad dando unos gemiditos transidos de dolor. Su furia olvidada mientras trataba de lidiar con una de sus patas que apuntaba a un lugar al que ninguna otra pata de ningún otro perro debería apuntar: hacia arriba. Incluso su compañero se calmó de repente y se quedó mirándolo, seguramente incrédulo, desde el borde de la alta terraza.

El perrazo volador dio unos pasos tambaleantes y se desplomó al lado de un autito rojo, temblando.

Quizás sobreviva.

El agua estaba deliciosa, la playa serena y cuando volvía a casa empezó a caer una lluvia mansa.

Pragmatismo vs Romanticismo: vos te vas con tu familia.

Mediodía de un lunes. Casa familiar. Es el primer almuerzo que compartimos mis padres y yo desde hace meses. Padre sufrió de una enfermedad que no conocía, causada por una bacteria de la que nunca aprendí el nombre y eso lo tuvo internado en Montevideo una buena temporada.

En algún momento surgió el tema de «la cajita». Cuando todo era incierto e incluso los médicos no sabían qué estaba pasando su ánimo sufrió un aterrizaje forzoso. No sé que va a pasar, me dijo un día mientras hablábamos por teléfono. O bien vuelvo caminando o quizás recibas una cajita.

La cajita, claro está, hacía referencia a la urna con sus cenizas. El peligro pasó, padre se recuperó, pero la cajita quedó como una especie de chiste interno, de esos que no tienen especial gracia, pero que siempre ayudan a lidiar con la idea de la muerte.

Así que bien, ahí estábamos los tres, compartiendo esa comida, conversando sobre cómo se sentía y se dio este diálogo.

— Cómo te sentís, tata? — le pregunté
— Bien. Bah, más o menos. A veces me siento con temblores.
— La doctora dijo que no te preocupes — intervino madre —, ya que puede ser abstinencia por haber pasado tantas semanas con calmantes.

El argumento tenía sentido. Pasó los últimos dos meses con una bomba continua de calmantes que le inyectaba Tramadol, Ketofen y otro potente calmante duermecaballos del que no recuerdo el nombre. Los asiduos lectores de esta casa honesta y Pastafari ya conocen mi opinión respecto de los estúpidamente sensuales juguitos mágicos, pero también soy conciente de que usados por mucho tiempo pueden generar dependencia. Padre empezó en junio y estábamos a mediados de octubre.

La conversación continuó.

— Puede ser. Sí, a lo mejor tengo resaca de los matacaballos esos. Aunque yo no descarto la cajita por ahora — dijo padre como si hablara del tiempo, pero se le suavizó el tono al seguir —. Me gustaría que llegado el momento me desparramaran por algún campo. Si es el que está sobre el arroyo, mejor.

Madre lo miró fijamente con ojos incrédulos y finalmente no pudo permanecer en silencio.

— ¡Vos tenés que estar en pedo! ¿Cajita? ¿Cenizas al campo? ¡Ni sueñes! ¿Con lo que cuesta una cremación? No. Yo tengo paga la Previsora para un entierro, así que ya sabés: de cajita nada, vos te vas al mausoleo con tu familia aunque no te caigan simpáticos y no se habla más. Cajita… por favor!

Padre la mira sin hablar durante unos segundos. Una mirada larga de labios apretados, hombros caídos y pecho desinflado. Finalmente dice:

— ¿Me das otro par de albóndigas?

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky /73

Oficinas, horas de la mañana. El Boss me pide ayuda para revisar el correo de voz del celular, que hace varios días quiere hacerlo y no recuerda cómo.

Llamamos con el celular puesto en altavoz y escuchamos la voz grabada.

«Usted. Tiene. Tres. Mensajes. Nuevos. Presione 1 para escuchar sus mensajes nuevos. Presione 2 para saber fecha y hora del mensaje. Presione 3 para borrar. Presione 4 para más opciones.»

1

<<Hola, Boss. Soy Mabel, la vecina del almacén. Preciso URGENTE comunicarme con usted para coordinar el envío de un ropero desde Montevideo.>>

En ese momento El Boss me mira sorprendido y con los ojos grandotes por la sorpresa.

—Ché, Pancho… Mabel no murió anoche?
—Pah! Tenés razón, Boss! Bueh —digo con voz ausente mientras presiono la tecla del 3— supongo que ya no va a necesitar el ropero.

El Boss me mira desencajado y deja caer la cabeza sobre el escritorio. Lo veo respirar hondo. Segundos después se le sacuden los hombros tratando de contener la carcajada. Lo miro y caigo en la salvajada que se me acaba de escapar y me tapo la boca, también tratando de contener la risa. No nos queremos reír; SABEMOS que está mal, pero igual no podemos parar. Nos toma los otros dos largos mensajes para calmarnos.

«No hay más mensajes para usted.»

Este cielo no es el cielo de mi patria /20

¡Cuánto me ha costado y me está costando escribir esta entrada! A estas alturas ni sé cuántas veces la he empezado y descartado. Incluso llegué a dejarla «reposar» meses enteros durante 2020 y apenas lo intenté en 2021. Quizás en este intento, el 26 de noviembre, pueda ser la definitiva.

Me cuesta el dolor. Me cuesta el horror. Es sencillo escribir sobre cosas lindas, sobre cosas ricas, sobre cosas divertidas. Metés lo que querés contar, le ponés una guarda de adjetivos, un moño con puntillas de humor y listo. Quedó pronto el relato.

Pero lo que quiero contar de Polonia no puede escribirse de esa manera, porque trata del horror. Un horror que conocía intelectualmente, del que vengo leyendo desde los 13 o 14 años, del que había visto fotos, pero emocionalmente lejanísimo. Polonia está transida de horror y me golpeó de una manera que nunca había imaginado. Porque Polonia, geográficamente, es el perfecto centro logístico de Europa. Y los nazis hicieron uso indiscriminado de esta característica a la hora de poner sus campos de concentración: sobre todo Auschwitz, a tiro de pierdra de Cracovia.

A poco de comenzar uno de los tours históricos paramos brevemente frente al resto de un muro que fue parte del gueto judío al inicio de la guerra.

La guía, Ela, si no se me entreveran los recuerdos, nos pregunta si sabíamos por qué los nazis eligieron esa forma para rematar los muros. Es una forma curva de apariencia inofensiva. Casi simpática. Hasta que Ela nos cuenta el porqué: es la forma que habitualmente tienen las lápidas en los cementerios judíos.

Los nazis buscaban destruir a los judíos tan completamente que comenzaban por su mente, buscando anular su voluntad.

Recorremos lugares emblemáticos, como la Plaza de las Sillas, monumento a las decenas de miles de judíos asesinados, pasamos frente a fachadas que casi no han sido tocadas desde el final de la guerra, en algunas de las cuales aún pueden verse marcas de las balas de las ejecuciones. Todo eso en preparación para lo que nos esperaba al día siguiente: Oświęcim, o como los nazis bautizaron a la ciudad buscando borrar su identidad: Auschwitz. Sus dos campos principales, Auschwitz I y Auschwitz Birkenau, nombres cargados de todo el Horror y la depravación que nuestra especie fue capaz de reunir.

La llega a la pequeña ciudad me trajo una premonición. Era temprano, apenas amaneciendo y hacía frío. El único día realmente frío de toda nuestra estadía. Flotaba una niebla baja que se resistía a levantarse cargada con lo que parecía el humo de las estufas de las casas; tenía el olor característico de la madera quemada que se humedece, rancio y pungente. De manera ausente pensé que era un olor apropiado para el lugar al que íbamos a entrar.

No voy a aburrirte con información que puede encontrarse mucho mejor documentada en multitud de libros, artículos y sitios. Tengo imágenes de las sobras y el botín del genocidio, sí, las latas de Zyklon B, las maletas de las personas a la que estaban «relocalizando», los miles de pares de zapatos, ollas, pelo, peines, prótesis. Los nazis no desperdiciaban nada, todo lo robaban, comenzando por sus casas y vidas diarias y terminando por sus últimas posesiones y sus vidas físicas. Pero eso también está visto, es figurita repetida.

Solo voy a presentarte a Juda Gutwein. En uno de los pasillos de Auschwitz hay una pared con retratos de los prisioneros. Sus nombres, su ocupación, cuándo los deportaron y cuándo los mataron. Casi todas se enmarcan en períodos desde unos pocos meses a poco más de un año, pero Juda Gutwein me sacudió. Seis días. Entre que lo aprehendieron, lo procesaron, lo pusieron en un tren, volvieron a precesarlo al llegar al campo (donde presumiblemente fue tomada la foto) y lo asesinaron. Seis días. Después de ver eso fui incapaz de registrar toda otra información.

Por si fuera poco, luego nos llevaron a Birkenau, el mayor campo de exterminio de todo el nazismo. Inmenso. Imponente. Incluso ahora, 80 años después y en plan turista, la entrada a Birkenau luce como un monstruo aterrador con la boca abierta que todo lo engulle.

Los nazis ni siquiera enterraban a los muertos. Los cremaban justamente para que no quedaran rastros, solo un puñado de cenizas. Pocos escaparon del gueto, aún menos de Auschwitz I, creo que ninguno de Birkenau. Tener imaginación es terrible y lo que nos contaron las distintas guías haría llorar a las piedras, si se me permite el lugar común.

Aún hoy la presencia de judíos en Polonia es casi testimonial. En Cracovia creo que la colectividad no supera las 800 personas, cuando hasta antes del nazismo representaba una cuarta parte de la población, que hoy ronda los 800’000 habitantes.

No puedo escribir más. Lo siento por ser tan cobarde.

Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky /72

Oficina. Horas de la mañana. Última recta antes de las putas fiestas. Suena el teléfono y atiende El Boss, que hasta ese momento estaba sacando cuentas a mano en una libreta.

—Hola, Juan Carlos! Cómo estás?
—…
—Sí, estaba tabajando en tu presupuesto hasta que me interrumpiste!
—…!
—Pero no, Juan Carlos! Cómo te voy a reprochar que me llames! Estaba sacando tu presupuesto y tuve que interrumpirlo para atenderte. Porque cómo no voy a atenderte? Si no te llego a atender a vos, que sos mi hermano del alma, me corto las bolas!
—…
—Sí, claro, Juan Carlos. Ahora en dos minutos te lo paso. Un abrazo!

Primero lo relaja, luego le pasa la mano por el lomo. A veces, solo a veces, El Boss es in-batible, como el huevo duro.

Celebrar la vida

¿Celebrar? Sí, celebrar a la puta madre que lo parió. Maldito yo y mis ideas.

¿Qué se me ocurrió hacer ayer de tarde? ¿Ir al cementerio, como todo deudo piadoso? Por supuesto que no. ¿Dormir la siesta luego de tomarme unos vinos al mediodía, como cualquier persona sensata? Sorprendentemente, no.

En realidad el detonante fue mi mamá, santa hermosa, que inocentemente me preguntó si quería plantines de tomate y yo contesté con un despreocupado «Claro!». Soy un gordo imbécil y codicioso, bueno para nada. Porque le dije que sí porque eran plantines de unos tomates rosados que son la bomba y no se consiguen en ninguna feria ni verdulería.

Ayer martes, 2 de noviembre, Día de los Santos Difuntos, en un para nada solemne acto luego de almorzar juntos, mamá me dio una bolsita con los anteriormente mencionados plantines de tomate y unas elocuentes palabras de ánimo: «Ahora, no seas boludo y plantalos, ta?»

Y así fue como se gestó una idea en apariencia brillante, pero de innominadas consecuencias, ya que en un sorpresivo giro de los acontecimientos ayer solo trabajamos media jornada y me encontré con toda la tarde libre.

Y entonces, ¿qué hago en esta tarde gris, como cantaba Julio Sosa, y con una bolsa de plantines de tomate? Plantarlos, diría acertadamente cualquier persona con dos dedos de frente. Sí, de acuerdo, pero antes es necesario cumplir con un requisito: tener la tierra preparada para recibirlos. Y yo tengo un bancal precioso y tierra fértil en cantidad, el problema es que… no están juntos.

El bancal por un lado. La tierra fértil en cantidad por el otro. Y bueno, me dije, de forma brillante, ¡solventemos el problema y ya de paso celebremos la vida en este día martes, gris y de los muertos! ¡Claro que sí, brillante idea!

Tomé una pala, un azadón y una bolsa gruesa y me puse a trasegar tierra fértil desde el montón en la entrada de casa al bancal al reparo de los vientos fuertes a 15 metros de distancia. Esto está chupáo, me dije alegremente. Al tercer viaje empezaron a despertarse todos, T O D O S, los músculos de la zona dorsal, que hacía al menos 5 años que estaban más o menos como el martes: muertos difuntos. Al octavo viaje paré de contar porque era deprimente. No sé, habré movido alrededor de un mero y tristísimo cuarto metro cúbico de tierra, quizás, con suerte, y lo sentí como si le hubiera acercado la puta montaña de mierda a Mahoma.

Las flores son para mi espalda y cintura, que se fueron para nunca más volver.

Dicen que lo bueno del dolor es que te hace dar cuenta de que estás vivo, como cantaba La Vela Puerca. Ahora, habiendo hecho lo hecho y habiendo vivido lo vivido, me doy cuenta de que lo ideal hubiera sido acostarme a dormir la siesta. Para la siesta cumplía todos los requisitos: tenía el vino, la cama y la tarde, pero no.

Qué ganas de llorar, en esta tarde gris…!

Sí, Julio, te entiendo perfectamente. Me duele hasta el culo, así que supongo que estoy recontra vivo. Pero bueno, quedaron plantados los tomates y me sobró un puñadito de plantines en reserva por si me los comen las hormigas. Solo resta cubrir los surcos y entre plantas con una buena capa de mulch y listo.

Allá al fondo, en lo que sería el cuarto lomo, que quedó con muy poca tierra, van los plantines de albahaca y algún dientito de ajo. No es temporada de ajos, pero la idea es dejarlos brotar y esperar hasta que tengan un tallo del grosor de un lápiz y comer esos tallos; se denominan ajos tiernos y son deliciosos.

Ya de paso aprovecho y beboteo mi lapacho que ya ni sabe qué hacer con tanta flor y mi morera negra, que no da más de moras y ya se están empezando a aprontar. ¿Sabés cómo voy a hacer mermelada este año? ¡A lo guaso!