Apuntalando palabras desesperadas

También se encontraba lo bastante cerca del borde del camino para ver el valle allá abajo. Dio una chupada a la pipa y se atusó el bigote con el nudillo.

Alguien tenía que anotar esto. No podía pasarse todo el tiempo preocupado por ella. Así pues, buscó en su mente las palabras adecuadas para describir lo que veía. Desechó las palabras «épico» y «trascendental». Estaban desgastadas de tanto usarlas.

[…]

«¿Culminante? —pensó Thom, que mordisqueó la boquilla de la pipa—. No. Demasiado previsible». Si uno utilizaba las palabras que la gente esperaba oír, ésta acababa aburriéndose. Una gran balada tenía que ser inesperada.

Nunca como se preveía que fuera. Cuando la gente empezaba a saber lo que podía esperar de ti, cuando empezaba a prever tus florituras, a buscar la pelota que habías escondido con un juego de manos, o a sonreír antes de que recitaras la línea con doble sentido de tu relato… había llegado el momento de guardar la capa, hacer otra reverencia más, por añadidura, y marcharse.

[…]

«¿Peligroso?», pensó. No, ésa no era la palabra correcta. Crearía una balada de esto, seguro.

[…]

«Quizás… aterrador».

Ésa era una palabra adecuada, pero no la correcta. Puede que no fuera inesperada, pero sí era muy, muy cierta. Lo intuía. Su esposa luchando para seguir viva. Las fuerzas de la Luz acosadas casi al borde de la muerte. Luz, sí que estaba asustado. Por ella. Por todos.

Pero ese término era prosaico. Necesitaba algo mejor, algo perfecto.

[…]

Había heroísmo en cada línea de hombres, en cada movimiento de tensar la cuerda del arco y en cada mano que sostenía un arma. ¿Cómo transmitir eso? Pero, también, ¿cómo transmitir el miedo, la destrucción, el puro extrañamiento de todo ello? El día anterior —en una rara y sangrienta tregua— ambos bandos había hecho un alto para retirar cadáveres.

Necesitaba una palabra que hiciera sentir el caos, la muerte, la barahúnda, la valentía absoluta.

[…]

«Magno —pensó Thom—. Ésa es la palabra. Inesperada, pero cierta. Majestuosamente magno. No. Majestuoso no. Que la palabra se sostenga por sí misma. Si es la palabra correcta, funcionará sin ayuda. Si no lo es, añadir otras palabras sólo servirá para hacerla parecer desesperada».

Robert Jordan, Brandon Sanderson.  Un recuerdo de luz.

Mimo oral

Hay música en las palabras.  Una cadencia, un ritmo.  Hay palabras que son como caricias, otras como notas, otras que hacen aparecer imágenes en nuestra mente, firmemente asociadas: contenedor y contenido, sin ambigüedades.

Estos días, leyendo, he visto muchas de ellas relacionadas con caballos.

Dos de ellas en particular me llamaron la atención.  Almohaza, y la acción de usar una, almohazar.

Es una especie de rasqueta que se utiliza para cepillar a los caballos.  Y como con la pasta, hay dos evocaciones distintas.  De la misma manera que podés comer pasta o fideos, también podés alomohazar un caballo, o cepillarlo. Lo segundo es eso que se hace medio de apuro y sin pensar, como un trámite necesario, mientras que lo primero es un acto de afecto, un ritual, una tarea que puede ser rutinaria, pero no por ello carente de intencionalidad y cuidado.

Mi abuelo tenía una almohaza, aunque mi tío solía usarla como cepillo.  Era un objeto tosco, de latón, opaco y oscurecido por el tiempo y el uso.  Podía pasar largo rato alomohazando al bayo, mi abuelo.  Me gustaba mirarlo, tan metódico y cuidadoso.  La zurda almohazaba, mientras la derecha replicaba el movimiento un poco más lejos, en un arco más lento y breve, acariciando al caballo, sosegándolo.  Lindos recuerdos.

Almohazado.

Una palabra cantarina.  Esa zeta se te enrosca en la lengua y es casi un mimo que resuena. Uno tendría que acostumbrarse a mimar a su boca, cada tanto, pronunciando palabras bellas.

Let me eat my burrito!

Marzo y abril deben ser los dos meses mas bellos del hemisferio sur. El bochorno del verano se desvanece, y los rigores del invierno no han comenzado a tomar impulso siquiera.  Brisas suaves, noches frescas, sol cálido.  Perfectos.

Pero los mosquitos.  Los mosquitos también piensan que son los meses más lindos.  En verano, con los calores abrasadores del día, solo se encuentran de mañana bien temprano y a la noche. En invierno son raros, ya que aunque antes desaparecían en mayo, ahora más o menos están todo el año. Están todo el año porque los inviernos no son tan fríos y eso les ha permitido adaptarse en un número asomborosamente pequeño de años. Pero en marzo y abril se sienten joya… y atacan.  Como feroces escuadrones de kamikazes se lanzan ciegamente sobre cualqier cosa que tenga sangre medianamente caliente. Parecen invulnerables a los insecticidas, que más que insecticida, parece que los estuvieras rociando con puchero. Y son veloces.  Ágiles.  Con aceleración de cero a infinito en lo que demora un parpadeo.  Todavía recuerdo cuando podías matar mosquitos con un sopapo desgando.  Ahora precisás más entrenamiento que Kwai Chang Caine para tan solo seguirlos con la vista.  Y son silenciosos y astutos para esconderse.

Hay algo primigenio, atávico y elemental que parece despertarse en las personas cuando ven, u oyen, un mosquito. Escuchás, o ves, un mosquito y tenés que matarlo, espachurrarlo, aplastarlo, rociarlo, ahumarlo, incendiarlo (si por ejemplo tenés Poet en lugar de insecticida, y aplicás la llama de un encendedor al spray).  El tema es que sentís el impulso incontrolable de extinguir su vida de cualquier manera a tu alcance.

Sé que he hablado bastante de los mosquitos, comentado de mis sufrimientos a su merced, incluso me he servido de ellos para exponer profundas cuestiones filosóficas. Me fascinan.  Me fascina esa respuesta visceral que generan. Ese impulso depredador que toma el control del más manso y racional de los seres humanos. ¡Por el MEV bendito, si hasta Jim Morrison les dedicó una canción!

Ahora se le añade el miedo.  Ves que las patas tienen banditas blancas y no podés dejar de pensar en el dengue.  La palabra fulgura en tu mente en cuanto los ves. Al perseguirlos, farfullando incoherencias e insultos.  Al refregar la mano hasta desintegrarlos, cuando lográs aplastarlos.

Si te ponés a pensarlo, en realidad, son prácticamente los únicos depredadores naturales que tenemos. ¿Cómo no hablar de ellos?

Conocimiento, no me esquives

Puerta sueña con su padre.

En su sueño, él le está enseñando a abrir cosas. Coge una naranja y hace un gesto con la mano: con un único y suave movimiento, la naranja se invierte y gira: la pulpa está ahora en el exterior y la piel en el centro, en el interior. «Siempre se debe mantener la paridad», le dice su padre, mientras pela un gajo invertido para ella. «Paridad, simetría, topología: esos son los temas que abordaremos en los próximos meses, Puerta. Pero lo más importante de todo, lo que debes entender, es lo siguiente: todas las cosas quieren abrirse.

Neil Gaiman, Neverwhere

Tesoro inalcanzable

De camino a la feria, a apenas una par de cuadras de distancia, paso frente a un patio enrejado, cerrado con cadena y candado, coronado por metros de concertina doble.

Gigante, exuberante, salvaje y sin control. Árboles, arbustos, matorrales de flores asilvestradas.  Bello.

Y allí, posada en la hojarasca, como uno de esos tesoros de fábula dejados a la vista para tentar al incauto, reluce una palta del tamaño de un melón.  Esmeralda inalcanzable.

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Día de feria…

Fiesta de sabores y colores.

Tiembla el wok!

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Cambio de paradigma

Hace unos días falleció John Hurt, el gran actor inglés.

Aproveché la ocasión para volver a ver la película 1984 donde interpeta al protagonista Winston Smith, quien decide enfrentar al Gran Hermano.

No fue hasta bastante rato después que me di cuenta de que años mas tarde interpretaría al Gran Líder Adam Sutler, en V de Vendetta. Un papel totalmente opuesto, llevado adelante con la misma convicción.

Yo qué sé.  Me llamó la atención, nada más.