Este cielo no es el cielo de mi patria /18

No voy en avión, voy en tren

Eroto, el ángel de la estación

Nuestro tren sale a las 10.24 a.m. Es el EC115, tren de EuroCity número 115, vagón 349, con destino a la estación Kraków Głowny (se pronuncia Krákoov Guovne, la estación Principal de Cracovia), en Polonia. Sí, el polaco también es una lengua eslava igual de inentendible que el checo y encima tiene más letras en el alfabeto.

Con mi manía habitual llegamos una buena hora y media antes de la partida. Chequeamos que el pasaje esté bien (sabemos que está bien) y le preguntamos a la funcionaria si tiene idea del andén (que no lo sabe) aunque sabemos que ella no puede saberlo, pero le preguntamos igual, porque somos uruguayos e insistentes.

Solo sabemos que es por un andén de la manga S. Así que esperamos pacientemente que el reloj desgrane los largos minutos. Cada tanto nos paramos y nos acercamos a la pantalla principal, igual de desorientados que cuando llegamos por primera vez.

Se ve que tenemos tanta pinta de perdidos que se nos acerca un veterano grandote. No usa uniforme, pero se mueve como si estuviese en su casa. Nos habla en un inglés rápido y con un acento cerrado casi ininteligible. “¿A dónde van?” Le mostramos el pasaje, lo mira y nos dice: “Ah, sí, es por la manga norte. Estén atentos porque el aviso va a aparecer solo 15 minutos antes de que salga el tren.” Con María Luisa nos miramos desconcertados: ¿cómo que manga norte? La mina de la taquilla nos anotó que era la manga S, bien grandota. Si antes estábamos desorientados, ahora la verdad es que estoy más perdido que un tatú mulita en Noruega.

Le damos las gracias, inseguros, y seguimos esperando como unos pasmados a que llegue la hora.

Nota: en algunas salas de espera de estaciones y aeropuertos hay pianos y cualquiera puede sentarse a tocar. A veces hay gente virtuosa que te da unas sorpresas maravillosas.

Cuando faltan 25 minutos nos plantamos pasaje en mano frente a la pantalla. Faltan 20 minutos y el anuncio no aparece. Faltan 15 minutos y el anuncio no aparece. Pero aparece el veterano, una vez más. “Vengan conmigo” nos dice. Salimos caminando con él hacia un lado al que no habíamos ido. Pasamos frente a cuatro, cinco, ocho locales cuando el chabón dobla a la derecha en una manga que no habíamos visto marcada con una S blanca y grandota. Mientras caminamos nos pregunta de dónde somos, habla un poco de español, mezclado con italiano y nos cuenta que él se dedica a esto. Se llama Roberto (o su equivalente en checo), como el personaje de Darín en Un Cuento Chino, y es un guía para todo aquel que se pierde en las complejidades de la estación, por eso también chapurrea dos o tres idiomas más; al haber tanto extranjero, siempre hay trabajo. Tomamos una escalera mecánica y desembocamos en un andén totalmente vacío, con vías a ambos lados y con todas las pantallas indicadoras apagadas. Le faltó llevarnos de la mano; fue un poco frustrante. “Se quedan acá y esperan; el tren va a parar ahí”, nos dice señalando un punto a un lado del andén. Le damos las gracias todo lo efusivamente que podemos y el tipo se va. Sin él creo que todavía seguiríamos tratando de encontrar el puto tren, que aparece 8 minutos antes de la hora de salida. Nuestro vagón, el 349, se detiene exactamente donde había señalado Roberto, Ángel de la Guarda de la estación de trenes de Praga.

Lo olvidaba: en checo Norte se escribe Sever. Con S. Grandota. S de Soretes.

Si hubiésemos entrado por la otra manga nos habríamos dirigido al sur, rumbo a Frankfurt o Munich.

Disgresión fotográfica

En Praga descubro algo sobre mí mismo. Las calles del centro turístico están repletas de gente prácticamente a toda hora. Turistas. Turistas de todo tipo, color y tamaño. Ocho o diez idiomas te llegan todo el tiempo de todos lados. Japonés y chino, algo que podría ser filipino o vietnamita, algún indio entreverado, alemán, portugués, francés, inglés, ruso, alguna de las lenguas escandinavas y castellano, por supuesto. 

Praga es como una Babel a nivel de planta baja. Tanto que en una feria donde compré unas frutillas, al salir me encara una mujer. Me pregunta algo. No le entiendo. ¿Cómo entenderla? Sonaba a ruso, o quizás ucraniano, o sepa el MEV qué. Me toco una oreja mientras niego con la cabeza. A ella no le importa y sigue con su perorata. Le hablo en inglés. Nada. Ella sube la voz y da la impresión de que me estuviese retando, acalorada. Estoy encajonado y no puedo ir a ningún lado sin pasar por encima de ella. Así que pasamos al idioma universal: las manos. Ella señala el cartelito con el precio y luego la bolsa que sostengo. El precio son por 100 gramos y yo tengo medio kilo de frutillas. Señalo el cartel, levanto un dedo; señalo la bolsa y abro la mano. Ella se apacigua, sonríe y se va; no le sirve la oferta.

Las fisonomías en esta Babel son infinitas, y sin querer cambié de chip. Siempre me han fastidiado las multitudes, pero en un momento dado descubro que comienzan a fascinarme. Más que ruinas, edificios, accidentes geográficos, ahora también trato de captar personas. Es una geografía siempre cambiante, siempre renovada. Los resultados tienen un nivel de éxito variable, aunque hay algunos retratos realmente interesantes. Algunos son robados, he de confesarlo, pero otros son consentidos previamente y me encantan.

Prestándole atención a las personas reparo en algo que me habían comentado pero que no había terminado de creer: los mendigos. Los mendigos tienen un perro al lado y se prosternan; pasan de cara al suelo con las palmas abiertas hacia arriba durante horas. Es la humillación máxima.

El porcentaje de asiáticos en Praga es llamativamente alto, y se ven varias novias. Aparentemente se casan donde sea, pero las fotos se las sacan en Praga vestidos de muñecos para torta.

Hay una muchachita asiática de sobretodo largo con la que nos cruzamos todos los días desde que llegamos, al menos un par de veces al día, siempre en lugares distintos. Muchas de las mujeres asiáticas llevan sobretodos largos, incluso a pesar del calor.

El viaje en tren

El viaje en avión desde Charleroi a Praga es de unos 800 kilómetros y demora una hora y media. El viaje en tren desde Praga a Cracovia es de unos 500 kilómetros y demora 7 horas. Sin embargo el primero se hace eterno, mientras que el segundo se desliza como una seda. El tren es maravilloso porque tenés la oportunidad de ver. Ves todo. Las estaciones, las ciudades, los pueblos, la campiña, los bosques. Todo desde una ventana de un metro y medio de lado. Podés levantarte y caminar y además tenés vagón comedor, por si pica el bagre.

Los colores del otoño checo son hermosos. Tenés todos los tonos de verde y ocre y hasta unas plantas de un rojo intensísimo alucinante.

Saliendo de Praga, y también en las afueras de los pueblos, al otro lado de las vías, se ven pequeñas casitas, prolijas y sin pretensiones. Todas sin excepción tienen un patio, más o menos grande, con una huerta, habitualmente con uno o dos árboles frutales y un pequeño invernáculo. Todo luce cuidado. Observándolas no puedo dejar de preguntarme si sus habitantes también soñarán con visitar otros lugares; lugares lejanos en donde a la gente no se le entiende ni cuando estornudan. Me gustaría tender la mano y detener el tren. Bajar y convidarlos con un mate y charlar con ellos, sentados al lado del huerto. Preguntarles por sus sueños y afanes. Es una idealización, por supuesto, pero en la quietud del vagón casi vacío parece plausible, posible.

Más adelante comienza una zona de bosques y terrenos quebrados, como una serranía, con ocasionales vallecitos cultivados. Al igual que en Bélgica, las tierras son rojizas, como una arcilla deslavazada.

Entramos a Polonia casi sin darnos cuenta. El paisaje es igual, la arquitectura es virtualmente idéntica. Los colores son idénticos. Las palabras son distintas pero muchas raíces son comunes, y aunque la pronunciación cambia notoriamente, es relativamente sencillo que la gente de los dos países se entiendan si le ponen un poco de ganas. Una vez más, no puedo dejar de preguntarme para qué sirven las fronteras.

Vemos unos árboles rarísimos, yo los llamo árboles pomón, porque tienen como pelotas de follaje desparramados por todas partes. Parecen nidos, pero no, es follaje. No me discutas, te digo que es parte del árbol. Mirá.

Los nombres de las estaciones son fascinantes y me divierto tratando de adivinar la pronunciación con diversos grados éxito. Los más complicados, por lejos, son los de las estaciones polacas. El de la primera estación polaca parece un trabalenguas: Czechowice-Dziedzice, que suena algo así como yejovitse dyidyitse (con la Y fuerte como la pronunciamos en el Río de la Plata). Y otro que es engañosamente sencillo hasta que intentás decirlo en voz alta: Oświęcim… oshviéinchim.

El polaco, a pesar de ser también una lengua eslava suena menos duro al oído, pero no menos incomprensible. Es un infierno de aprender. Para arrancar, los sustantivos tienen siete declinaciones, contra las cuatro de nuestro castellano, según qué se nombre, quién lo nombre, qué relación lo una al sustantivo, para qué lo nombra y en qué contexto. La musicalidad, sin embargo, es perfecta. Y la cadencia es como si jugueteara en la lengua.

En Czechowice-Dziedzice suben tres muchachas de rasgos asiáticos. Dos de ellas no hablan una palabra de polaco ni de inglés. La otra vive en Londres desde hace un tiempo (le pregunté) y se maneja bastante mejor. Cuando llega el guarda a marcar los pasajes hay un problema: sus pasajes son para el tren de otra compañía; deben sacar nuevos. La comunicación es complicada, ya que tanto el guarda como la muchacha que vive en Londres solo chapurrean el inglés. El tipo va y vuelve dos o tres veces mientras intenta desactivar el conflicto. Las otras dos están nerviosas, se atropellan y hablan a la vez. El guarda se harta y nos da una muestra de la filosofía polaca. Con firmeza no exenta de amabilidad les dice:

Your are in Poland now, please wait.
Ahora están en Polonia, por favor esperen.

Según lo que nos contaron, el polaco es un pueblo tranquilo no demasiado dado a ponerse nervioso ni atropellarse. Son diligentes e industriosos, sí, y no por nada han tenido un crecimiento ininterrumpido durante los últimos 20 años, pero no les vayas con locuras y nervios, porque no te la reman ni un poco. Si te ponés a histeriquear, se encogen de hombros y se mandan a mudar.

Los últimos kilómetros son los más lentos. Estamos dos horas y media a una velocidad de quizá unos 25 kilómetros por hora. Probablemente las vías estén en mal estado, lo que no parece tan descabellado porque se ven pilas enormes de nuevos durmientes de hormigón. 

A 40 o 50 kilómetros de Cracovia, sobre una loma a nuestra derecha, vemos un montón de lo que parecen ser montañas rusas que destacan nítidamente sobre la cercana línea del horizonte. El tren va tan despacio que demoran en desaparecer y parecen estar tan fuera de lugar en el paisaje que me quedo mirándolas largo rato.

Esto es lo que averigüé: Si salís de Cracovia rumbo al oeste y tomás la ruta 44, a unos 40 kilómetros vas a encontrarte con el poblado de Zator, a cuyas afueras vas a toparte con un parque de diversiones enorme. Se llama Energylandia y es el parque de diversiones más grande de Polonia. Hay cuatro o cinco montañas rusas, pero la que más destaca se llama Hyperion, tiene 77 metros de altura, alcanza velocidades de hasta 140 km/h y es la más grande de Europa. Hiperión, el titán hijo de Urano y Gea, el cielo y la tierra, el que camina en las alturas. Tomá pa vo’; no se cortaron nada para ponerle el nombre! ¡No haberlo sabido antes, la putísima madre! ¡Pasamos a 4 cuadras de distancia!

Este cielo no es el cielo de mi patria /17

Los trenes y la precariedad de la memoria

Previa

Es pasada media tarde y vamos paseando sin rumbo ni apuro. Praga tiene cientos de recovecos, patiecitos, balcones, pasajes que se abren a otros patios. Es un placer perderse por allí, no solo porque es muy lindo, sino porque está lleno de lugares donde comer y tomar de todo. Así nos agarra la tardecita y decidimos entrar en uno de esos patios donde al fondo funciona una cervecería. Tienen un menú degustación con seis tipos distintos de cerveza, del que con Héctor y José nos embocamos tres siendo muy mesurados, porque estaban para darle duro y parejito.

Se va el día. Se acaba la cerveza. Llega la hora de la retirada.

Nos despedirnos de Héctor, José y Marisol y quedamos para vernos el día siguiente.

Luego de caminar durante todo el día, habiendo comido y bebido, y luego de conocer gente genial nos vamos a casa con ML livianos y contentos.

El jueves está terminando y dejaremos Praga el sábado a media mañana, por lo que mientras cenamos (fruta) le propongo a ML planificar un poco el viernes. Lo primero es hacer un scouting por la estación de trenes para ver dónde están los andenes, sacar los pasajes y en general ubicarnos un poco, ya que no sabemos qué nos espera allí. Después un tour por el viejo barrio judío y nos juntamos con la demás gente a la hora de almorzar.

Praha Hlavní Nádraží (i)

El tranvía 6 vuelve a resultarnos útil y nos deja en la parada Jindřišská. Hacemos dos cuadras por la calle Jerusalem y ya estamos en la estación. El trayecto es corto y parejo (lo que es bueno para andar con valijas, según aprendí, finalmente y gracias al MEV).

Llegamos a la estación cuya fachada es grande pero no impresionante… hasta que cruzamos la puerta.

Es enorme y es un kilombo. Tenés 4 niveles. El nivel de la calle por donde llegamos, con montones de pantallas y carteleras por todos lados, un nivel más bajo donde se sacan los pasajes, un nivel superior desde donde llegás a los andenes, y un cuarto nivel, el de la estación vieja, que es de 1918 y es muy linda. A un lado lado tenés a la autopista donde paran los buses, y del otro lado se ven las vías. 

Todo conspira para complicarle la vida al incauto, más si ese incauto es uruguayo y medio boludo, como yo. Imaginate que en la estación hicieron explotar un shopping desparramando locales por todos lados en los tres primeros niveles. Luego imaginate que las pantallas están en checo. Finalmente imaginate que, a diferencia de los aeropuertos, las carteleras no te dan la información de las salidas y llegadas con varias horas de antelación, sino 15 y en ocasiones 10 minutos antes de que salga el tren. ¡Divertido, eh!

Nota: En las estaciones de tren SIEMPRE hay alguien corriendo.

La estación de trenes está orientada aproximadamente en dirección norte-sur y tenés dos mangas principales que te llevan a los distintos andenes, separadas por una hilera de varios comercios. Son como dos largos túneles en los que desembocan escaleras mecánicas numeradas a derecha e izquierda. Una es la manga Sur y otra es la manga Norte; esto es importante, recordalo hasta la entrada siguiente: manga Sur y manga Norte.

Damos unas vueltas, subimos, bajamos, reconocemos el lugar durante una buena media hora o 40 minutos. María Luisa está igual de callada que yo, por lo que intuyo que la estación nos causa una impresión parecida. ¡Ciertamente no se parece en nada a Tres Cruces! Damos vueltas hasta que llego a la íntima conclusión de que para lograr tomar el tren vamos a necesitar más suerte que Tarzán de bebé. Tener cuatro docenas de locales comerciales con los puntos de interés desparramos entre ellos no ayuda en lo más mínimo.

Sacamos los pasajes: tienen el número de tren y el horario, pero en ellos no aparecen ni manga ni andén marcados. La señora del mostrador nos dice que eso varía constantemente, que estemos atentos a las pantallas que lo anunciarán 15 minutos antes, y que solo puede indicarnos con seguridad que va a salir de uno de los andenes de la manga S y nos lo anota con lapicera y caligrafía de doctora. Fantástico, me digo, al menos tenemos una orientación mínima. Con tal de que no nos comamos los mocos no deberíamos tener problemas.

Los judíos de la vieja Praga

Aquí debo pedir disculpas. Este tour pasa por mí sin dejar demasiada huella. Un  poco por el estilo del guía, que consiste en hacernos preguntas sobre cómo pensamos que resultaron ciertas circunstancias antes de revelarnos lo que en realidad pasó; se siente como un gran examen oral en el que te rifaste todos los temas. Otro punto es que no estoy en mi mejor momento: tengo las rodillas y tobillos detonados. Las calles de Praga y sus veredas están adoquinadas. Son unos adoquines cúbicos de unos 10 o 12 centímetros de lado, bastante nivelados, pero que igual hacen que pise desparejo. Eso, supongo que unido al inexistente entrenamiento, hace que a los 20 minutos de haber comenzado a andar ya esté más pendiente de dónde sentarme que de lo que dice el chabón.

Nota: si estás pensando en caminar mucho y no estás mínimamente entrenado, llevá calzado cómodo y sobre todo que te ajuste en los tobillos. También es buena idea tener el hábito de caminar, o al menos caminar cuatro o cinco kilómetros todos los días, 20 días antes de salir. Me lo vas a agradecer.

El guía nos explica de Wenceslao, de la Iglesia de Týn (Chrám Matky Boží před Týnem) y su fachada oculta por otras fachadas; aparentemente por un tema de rivalidades y acuerdos económicos con los mercaderes. Es del siglo XIV y las torres se elevan a una altura de 80 metros, aunque su tamaño relativamente compacto hace que parezcan aún más altas.

También nos habla del reloj astronómico, una pequeña maravilla tanto por su construcción y la información que muestra: posición del sol y la luna, meses del año y cómo varían las horas en función de eso; es una especie de astrolabio en sí mismo y uno de los anillos contiene las signos del zodíaco (asociados a constelaciones), por lo que puede determinarse la eclíptica. También al dar las horas hay partes móviles que da un pequeño espectáculo, desde apóstoles que asoman brevemente la cabeza hasta los pecados más despreciables que uno nunca debería cometer: ser vanidoso, avaro, o lujurioso, con la muerte entre ellos como recordatorio.

El reloj se ubica en la pared sur del antiguo ayuntamiento y es el reloj astronómico en funcionamiento más viejo del mundo. El ayuntamiento es bastante conocido porque en 1843 desde una de sus ventanas fue que ayudaron a bajar rápidamente al Burgomaestre en lo que se conoce como la Segunda Defenestración de Praga.

Seguimos andando y el guía nos habla de sinagogas y estilos arquitectónicos, nos muestra un reloj con los números en hebreo que… parece funcionar hacia el otro lado, y también nos cuenta un poco de los judíos durante la época previa a la Segunda Guerra Mundial. Para que te hagas una idea, la comunidad judía, muy pujante entre los siglos XVI a XVIII, representaba un cuarto de la población total de Praga. Hoy en día son 4000… en TODA la República Checa.

Si hay algo que queda claro, es que los judíos siempre, siemprísimo, fueron los cabeza de turco y los chivos expiatorios en todos lados. Los echaron de prácticamente todos los países de Europa, y donde los recibían los dejaban establecerse pero restringían las actividades que podían llevar a cabo. Como históricamente también han sido muy buenos para eso de resisitir y prosperar, tarde o temprano terminaban creando roncha. Y de ahí a que los culparan de algo siempre hubo un paso. Siempre. Te atosiga el alma. Sobre todo cuando se piensa que el estado de Israel hace algo similar con los palestinos.

También pasamos cerca del Viejo Cementerio Judío. Mi fantasía de siempre desde que Hermana, la Travelin’ Warrior Sister, me habló de él hace tantos años. Durante siglos, constreñidos de espacio, ya que era complicado que los gobernantes de turno fueran lo suficientemente dadivosos como para ceder nuevos camposantos para los judíos, y condicionados por su propia prohibición religiosa de exhumar y mucho menos cremar a sus muertos, se vieron obligados a usar lo que tenían. Cuando se ocupó todo el lugar disponible se limitaron a agregar otra capa de tierra fresca y empezar de nuevo. Así hasta 12 veces. Hay más de doscientas mil personas enterradas allí. Es francamente impresionante.

La entrada al cementerio depende a que saques el ticket para un tour por las cuatro sinagogas principales además del cementerio. Al ya estar bastante lleno de tours terminamos no entrando y me conformé con unas fotos robadas por algunas de las aberturas. Ahora, en retrospectiva, pienso que me perdí una gran oportunidad, no sé en qué estaba pensando; probablemente no haya pensado en lo absoluto. A lo hecho, pecho.

En el camino nos cruzamos con un bar móvil, a pedal, lleno de lo que parecían alemanes vocingleros que cantaban, brindaban y reían mientras pedaleaban. Impactante, por decir algo.

El tour termina frente a la estatua de Kafka. Kafka, el famoso escritor alemán es checo. A los checos no les cae tan simpático porque no escribía en su propio idioma, pero el Franz sostenía que el alemán era más apropiado que el checo para escribir lo que quería decir, así que parafraseando a Garcilaso: a tomar por culo.

Como sea, no les cae tan bien Kafka, pero son pragmáticos que dan miedo, así que hay lugares que marcan dónde nació, dónde estuvo su casa, dónde vivió, estatuas, museos, bustos y el resto de la parafernalia para que el turista vaya y vea qué lindas son las tolderías de Kafka.

La estatua muestra a Kafka a hombros de un traje vacío y hace referencia a un pasaje de su historia corta Descripción de una lucha. A los pies de la base se ve un mosaico con la silueta de un insecto, esta vez en alusión a su novela La metamorfosis.

Terminamos el tour, paseamos un poco con ML y vamos en busca de nuestros nuevos amigos con quienes pasamos la tarde. No disfruté mucho, la verdad sea dicha. Esa tarde me resulta un poco triste y tiene gusto a despedida. Por primera vez en el viaje me salgo del aquí y ahora, del momento actual que hay que disfutar, y echo en falta todo lo que queda pendiente, especialmente la plaza de Wenceslao, de la que estuvimos tan cerca. Así que tuve una pérdida doble, por pavote.

¡Pero es que tres días no alcanzan! ¡No alcanzan! Se van más rápido que una pinta de cerveza en una tarde calurosa. ¡Ay, Praga! ¡Praga! Tan generosa en maravillas. ¿Cuándo te volveré a ver?

TOC! Salí! TOC!

Mediodía. Calle. Frente a la Plaza Indígena.

Paso frente a la plaza y veo a un veterano de bastón. Pasea del collar a una perra tipo Golden Retriever. Es preciosa: pelo peinado, brillante, se la ve enérgica y feliz… y se ve que también huele extremadamente bien, porque hay otros dos perros Golden que se la quieren montar a toda costa. Uno se trepa y suenan los gritos del veterano “Salí!” seguido del golpe del bastón en el medio del mate del potencial amante.

Y bien perra que es, porque se queda quietita y se deja hacer mientras mira al veterano sin tapujos y con una expresión que parece risueña. Pero el veterano, Cruzado por la Castidad Perruna, no está dispuesto a claudicar en su empeño; el bastón evoluciona en el aire como un estoque feroz, aunque ineficaz.

Los perros pillos se van turnando entre azotes, a ver si alguno tiene suerte. El precio de un par de chichones bien vale el premio.

Me permito hacer el chiste de la perra porque es el chiste fácil mejor servido del mundo… además a la muy perra no le importa.

Este cielo no es el cielo de mi patria /16

Encuentros inesperados

La casa del santo temblón

Hace algunos meses, bobeando con ML en casa, empieza a sacudirse. Entre risas me comenta del “mal de zambito”, que yo desconocía por completo. Pongo las comillas porque ella pensaba que era algo relacionado con los zambos; en realidad es San Vito, cosa que en su momento nos hizo llorar de risa.

Así que para desconocer menos y conocer más, buscamos. Es una enfermedad nada graciosa cuyo nombre correcto es Enfermedad de Huntington, hereditaria y degenerativa en la que los afectados experimentan pérdidas motoras y psíquicas, caracterizada por grandes movimientos espasmódicos e incontrolables, a la que hasta hoy se la sigue llamando en algunos lugares El Baile de San Vito.

En la Edad Media las personas aquejadas por esta enfermedad y otras similares peregrinaban a la iglesia de San Vito, en Alemania, para que el santo intercediera y las curara y de ahí su nombre.

Poco después de eso, ya preparando el viaje y debido a esas conexiones extravagantes que a veces compartimos con la rubia, nos enteramos de que San Vito tenía nada menos que una catedral en Praga. Vos fijate y mirá si será extravagante la conexión que tenemos, que cuando estábamos planificando el viaje dudábamos entre ir a Praga o Budapest y la catedral de San Vito fue uno más, y no menor, de los factores que nos decidieron.

Y bien, allí estamos, en pleno tour por Praga, conociendo un montón de lugares y recibiendo un montón de información y esperando con ganas conocer la casa del santo temblón. Así que luego de la visita al castillo y catedral de Praga le preguntamos al guía… en realidad fue ML quien le preguntó dónde estaba y cuándo llegábamos, pero uso el “nos” para que no se sienta mal. El guía se nos quedó mirando. Fue una mirada lenta, seria y evaluadora, con una respuesta devastadora: Pe… pe… pero… si de ahí venimos!

Y nos quedamos los dos ojipláticos, mudos de pasmo, antes de la inevitable carcajada. No podemos más de boludos, te digo. Nos pasamos una hora alrededor y dentro de la catedral de San Vito (y San Venceslao y San Adalberto) y ni nos dimos por enterados. Creo que María Luisa se desilusionó un poco, y la entiendo, pero me resulta imposible explicarlo. Fue como un anticlímax y creo que de haber sabido cabalmente dónde estaba lo hubiese disfrutado mucho más.

Un encuentro inesperado

La explicación de esta foto está más abajo, pero se merece ser la primera en aparecer… y el plato se merece todo, la luna, las estrellas y amor imperecedero.

El tour está terminando y vienen preguntas importantes: ¿dónde comer algo? y más importante aún ¿dónde tomar una buena cerveza? Hace calor y caminar y escuchar a la vez es un ejercicio arduo; ¡necesitamos reponer energías y electrolitos! Las cervezas en Praga son muy buenas, no tan alucinantes como en Bélgica, pero igual son deliciosas y hay un montón de variedades. Así que Fernando nos guía, una vez más, hasta una cervecería y  restaurante a la vuelta del monasterio: Klášterní pivovar Strahov. Somos como 20 que vamos con él, pero cuando quiero acordar dentro solo estamos ML y yo, una pareja de veteranos con la que habíamos conversado brevemente durante la caminata y un flaquito de barba que no habíamos notado antes. El resto del grupo desaparece como si nunca hubiese existido.

El lugar es enorme y está casi vacío, pero los tanques de cerveza a la entrada son un buen augurio.Nos miramos los cinco, un poco desconcertados y casi tímidos, sonreímos y siete segundos después nos sentamos los cinco como si fuésemos amigos de toda la vida. Ese es uno de los grandes placeres de viajar: la serendipia, la oportunidad de toparte con gente que te enriquece, distinta, alejada de tu cotidianeidad, con otra realidad y otra perspectiva, pero lo suficientemente cercana como para lograr conectar con ella y disfrutarlo.

El flaco se llama Héctor Julián Camilo, es colombiano, tiene cerca de 30 años y es ingeniero. El veterano se llama José Luis, es español barcelonés, está a punto de cumplir sus 70 años y está retirado; antes fabricaba trajes de buceo. Su esposa se llama Marisol, le anda por ahí a los años, aunque no le preguntamos, que esas cosas no se preguntan, y parece un poco más joven que José Luis. También está retirada y era funcionaria pública. Desde que se retiraron eligen una ciudad distinta para vacacionar cada año.

Héctor es ingeniero y tenía un buen empleo, pero un par de años atrás decidió dejarlo y armar una ONG para ayudar a los desplazados venezolanos que llegan a Colombia; se llama Fundación Wotoo y si estás en Colombia podés colaborar. También y por si fuera poco, usa sus conocimientos para ayudar a los pobladores guajiros del norte de Colombia: recolectan plásticos, que se reciclan y luego fabrican bloques de construcción para que esos mismos pobladores construyan sus casas. Es decir que combate la basura plástica a la vez que mejora la calidad de vida de esas poblaciones indígenas siempre postergadas. Ahora está tomándose un respiro y conociendo lugares, todos los lugares que pueda.

Congeniamos bastante bien casi al instante.

El Condumio

La cerveza es cerveza. Rica sin misterios. Una tipo Pilsener tirada, clara y con un amargor moderado. Parecida a nuestra Patricia.

Marisol se indigna porque el mozo no habla español. Imaginate el escándalo que representa que un checho, en chequia, solo hable checo e inglés: intolerable. Y bien que se lo hace saber al mozo, en español claro está, a lo que el mozo contesta con un “Meh!” y un encogimiento de hombros tan maravilloso que casi me hace largar la carcajada. 

De la comida voy a hablar de dos platos que son los que recuerdo de forma más patente. Por un lado el gulaš, o gulash, el guisado típico de Europa del Este, especiado, oscuro e intenso. Un guiso de carne bastante caldoso con un poco de cebolla y las especias típicas de allí: alcaravea, ají picante y paprika. Muy, muy bueno. ¡Tengo una receta para compartir contigo! Aunque en esta época solo es una buena idea si estás bien al norte del Ecuador, o en Ushuaia, ¡porque mete calor el guisito!

Por otro lado tenemos el pečené vepřové koleno (la C con circunflejo se pronuncia como CH, la R con circunflejo también se pronuncia como CH y las vocales acentuadas en realidad se duplican), codillo o pernil de cerdo asado. ¡Madre del Amor Hermoso! Creo que pedir eso fue una de las mejores decisiones de todo el 2019. Es un cacho de cerdo de poco más de medio kilo que se marina con especias, se sumerge en cerveza con más especias para hornearlo y luego se pasa por una parrilla o grill para dorar y dejar bien crujiente la piel. Te traen un fuentón con el bicho y dos cuenquitos, uno con mostaza y otro con una salsa de rábano amargo. Es imponente, tan tierno que casi se disuelve en la boca, sabrosísimo y con la cerveza baja como un sueño. Dejé los huesos limpios como si los hubiesen agarrado las hormigas carnívoras del desierto.

Dos días después de semejante homenaje a Pantagruel me enteré de que habitualmente el codillo es un plato para dos personas. Se presume que para dos personas normales, pero los checos no contaban con mi… astucia. 

Nota: Ese codillo debe ser la razón por la que República Checa cuenta con la mayor población de chanchos en silla de ruedas del mundo. Chanchos felices diré, porque a mí no me importaría que me cortaran las gambas si hicieran con ellas los que los chechos hacen con el pernil de cerdo.

María Luisa pidió algo de lo que no recuerdo el nombre, pero que parecía comida para pollitos bebé. Era una especie de terrina hecha con mucho pan, flanqueada por un chucrut o repollo en vinagre, ácido como el demonio, que en realidad no conquistó el paladar de nadie.

Comemos, bebemos, charlamos, reímos (y cómo) y volvemos paseando, cortando camino desde los fondos del castillo por Úvoz, una calleja en pendiente que engancha con calle Nerudova, y de allí estás a unas pocas cuadras de la cabecera del Puente de Carlos.

Nota: Úvoz es una calle disfrutable para volver desde el castillo, pero un repecho bastante insoportable para ir hacia el castillo.

La calle que desemboca en el puente se llama Mostecká y te lo comento porque en el número 9 funciona un local donde venden trdelník (se pronuncia tredélniik) imponentes.

El trdelník es un dulce típico checo que consiste en un espiral de masa dulce, azucarada por fuera, que se cocina a las brasas en un espetón y que tiene infinitas variantes. Los venden por todos lados y algunos hasta los rellenan de helado. En el sitio donde los compramos nos dan la opción de untarlos por dentro con salsa (frutilla, caramelo, vainilla y otras varias) y están de muerte. Sí te diré que no son tan sencillos de trasegar si venís de enfrentarte por las buenas con una pata de cerdo de medio kilo.

Igual siempre hay lugar para algo dulce en el segundo estómago, no? 

Este cielo no es el cielo de mi patria /15

Praga prosaica

Los tours y los tiempos

Las tres entradas anteriores se basan en lo que vimos y recorrimos en un paseo. Con ML tomamos lo que se denomina un Walking Tour y es gratis. Sos vos, al final del mismo, quien decide cuánto vale lo que te mostró o cuánto podés darle al guía. Son varias las empresas que se dedican a esta actividad y estudian bocha para conocer la Historia e historias de los distintos lugares. 

Nosotros salimos con la gente de A Praga y Vámonos (facebook y tripadvisor) que pueden encontrarse en la esquina oeste de la Plaza de la Ciudad Vieja (la esquina de Cartier, frente a la iglesia de San Nicolás). Generalmente tienen salidas a horarios fijos para tres tours distintos: uno que abarca el Puente de Carlos, Malá Strana y Castillo, uno para el Barrio Judío y el tercero sobre Comunismo y Nazismo. Suelen salir entre las 10.30 y 11.30 am, y luego en la tarde, entre las 14.30 y las 16, dependiendo de cuál de ellos elijas. Duran entre dos y tres horas y descubren la ciudad de forma maravillosa.

Podrías pasar y pasear por Praga sin ellos sin problema, pero tienen la ventaja de que te ponen todo en contexto y si en algún momento muerto hablás con los guías, te dan piques y consejos muy buenos.

La única contra es que, si bien te permiten conocer rápidamente los principales hitos de la ciudad, no tenés respiro. No podés quedarte a medio camino admirando algo puntual. Es decir, podés, pero el tour va a seguir adelante.

En mi experiencia, podés ir a Praga tres días, meter uno o dos paseos cada día y sacar tus fotos y ya, diciendo que “conociste Praga”, pero te va a quedar gusto a poco. ¡Ay, te va a quedar gusto a tan poco! No vas a tener tiempo de recorrer la ciudad con calma y enamorarte perdidamente de ella (que es un riesgo). A ML no le pareció tan linda, pero yo me enamoré y eso que anduvimos a toda velocidad. Quizá no llegues a la Plaza de Wenceslao, no vas a poder entrar a los museos, ni disfrutar de los conciertos, ni visitar las galerías, ni pasear por los parques y reservas naturales. No vas a poder cruzar todos los puentes sobre el Moldava ni caminar por sus orillas o visitar la cantidad de islas e islotes que aparecen. No vas a poder probar toda su cocina ni saborear toda su cerveza. No vas a poder admirar cómo luce la ciudad al amanecer, ni a la noche, ni en la madrugada a la hora más lenta, ni al atardecer. Quizá puedas llegar a algunas de esas cosas, pero no va darte el tiempo para hacer ni la cuarta parte. Calculo que contar con una semana entera no es nada descabellado y 10 o 12 días sería genial.

La parte Histórica, si te interesa, es vasta a pesar de su tamaño compacto. La arquitectura es pasmosa. El arte es alucinante. La noche se intuye perfecta. La ciudad en sí es ENORME, llenita de recovecos y cosas por descubrir. La gente es… bueno, distinta y probablemente esté un poco hinchada de las bolas con los turistas, pero se la bancan. Y es Europa del Este. Eso quiere decir que no están en el Euro. Y eso quiere decir que en comparación es mucho más barato que otros destinos. Y si salís de la zona histórica/turística/comercial, la plata te rinde de manera interesante y los alquileres son baratos. Es atronadoramente segura, al menos donde estuvimos nosotros. Supongo que tendrá sus barrios y zonas menos recomendables para andar despistado, pero siempre se puede preguntar.

El transporte público funciona al pelo y es abundante y puntual.

El transporte público

Tenés buses locales, zonales, regionales e internacionales; tenés tranvías por todos lados, tenés trenes que te sacan de Praga, y tenés metro (subte). Al metro ni nos acercamos, aunque en el plano aparece una red básica que cubre las cuatro puntas de la ciudad. Si puedo evitarlo en una ciudad nueva no ando en subte por la sencilla razón de que si voy bajo tierra no me es posible ver la ciudad. Salvo que sean trechos grandes y necesite rapidez, o no me importe especialmente la ciudad.  

Tenés 4 tipos de pasaje que te sirven para casi todos los bondis locales y los tranvías indistintamente: de 30 o 90 minutos de duración, y de 1 o 3 días. Si vas a andar recorriendo a fondo la ciudad, bajando, recorriendo cositas puntuales y luego subiendo para recorrer otro poco, quizá te convenga comprar el de 1 día; de lo contrario con los de 30 minutos estás bien.

Cuando llegamos a Praga, con sueño, cansados y desorientados, compré los pasajes y anduvimos arriba y abajo durante la tarde y la noche. Afortunadamente luego de cada viaje conservé todos los tickets (léase no me dio la mente para sacarlos del bolsillo y tirarlos). El chofer del bondi que tomamos en el aeropuerto nos vendió uno por 90 minutos y luego compramos otros de 30.

El primer día compramos pasajes, pero el segundo solo tuvimos que comprar uno solo… sin querer. El segundo día, al subir al tranvía veo que una señora se acerca con su pasaje a una maquinita amarilla adosada a uno de los laterales y lo introduce en una ranura. Lo valida. Recién ahí es cuando comienza a correr el tiempo. Mientras no lo marques en la máquina, es perfectamente válido por un tiempo que no sé cuál es, pero seguramente será de varios días o hasta semanas. Te los venden en varios kioskos y algunos almacenes; a veces también en los propios bondis o tranvías, pero no en todos, así que si ya los tenés al momento de subir, mejor.

Conclusión, ese día no compré más pasajes, ya que me dediqué a validar todos los tickets comprados el día anterior. El sistema parece fácil de trampear y da la impresión de basarse en la confianza hacia el usuario. Se asume que si usás el servicio vas a pagar por él. Podés ser una rata y jugártela a viajar sin pagar, solo que es un riesgo: si justo sube un revisor y vos no tenés el pasaje validado y dentro del horario estipulado la multa puede llegar a 300 Coronas, que son como 500 Pesos nuestros y en ocasiones hasta 40 Euros (nunca llegué a averiguar de qué depende el monto de la multa). El pasaje básico es de 24 Coronas, casi el mismo precio que un pasaje común en el SMT de Montevideo.

El tránsito

Los tranvías y buses circulan por el carril interno de la calle, es decir que en ciertos sitios cuando el tranvía para vos tenés que salir de la acera y caminar por el carril externo del tránsito para llegar a subir. En las paradas la calle se eleva al nivel de la vereda y el resto del tránsito que viene detrás ESPERA hasta que suben los pasajeros y el tranvía arranca para volver a circular, con calma y prudencia. Es algo que desafía la imaginación, realmente.

Los automovilistas respetan las paradas de tranvías y bondis, cebras, líneas peatonales y semáforos. Y no solo ellos: los peatones también. Si ves un peatón cruzando en rojo o por el medio de la calle, lo más probable es que se trate de un extranjero de algún tipo.

Otras bellezas de Praga

Las mujeres. Las mujeres en Praga son lindas con ganas. Me animo a decirlo porque estábamos en un barrio comercial y casi no se veían turistas. Podrías hacer un book de ojos claros de infinitas tonalidades de azul, gris y verde cada dos cuadras. A muchas las cruzás perfectamente arregladas y maquilladas a cualquier hora del día. Así que también podrías armar un catálogo de minifaldas de un largo entre medio muslo y ligeramente por encima de la rodilla, y otro catálogo de medias y otro de zapatos de taco, también cada dos cuadras.

Esto va a sonarte raro, pero se ve poca gente con sobrepeso y en general parecen ser de complexión delgada. Las mujeres suelen ser bastante esbeltas y proporcionadas, al igual que los tipos. Muchos de ellos son robustos sin que sobre nada, con algunos realmente recios, de mandíbula cuadrada y mirada firme. Me hacen acordar al cliché del mafioso de Europa del Este que aparece en las películas de espías. Te diré que mis formas curvilíneas, casi esponjosas, suaves y trabajadas con esmero y constancia daban un buen contraste. ¡Esta pancita chenchual no se cohíbe ni un poco!

Este cielo no es el cielo de mi patria /14

Praga esplendorosa (ii)

El castillo y la catedral de Praga

Nos vamos de Malá Strana en tranvía a nuestro próximo destino: el Castillo y la Catedral de Praga. Somos unas 30 personas hispanoablantes que en hora pico terminan de abarrotar dos vagones completos. A las risas, buscando la maquinita de los tickets, pechándonos y empujándonos entre nosotros y a los demás, a los gritos en 15 acentos distintos de castellano, más un brasilero perdido para darle una nota de color. Es como tener una jaulita con tres canarios mansos y volcarle dentro 15 gorriones enfebrecidos… más un papagayo.

El corto trayecto nos deja a un par de cuadras y vemos asomar las tres torres de la catedral, imponentes.

El castillo no tiene nada que ver con un castillo tal como solemos concebirlo. No es una fortaleza medieval con torres, almenas, matacanes y todo el circo, sino una casa más bien grande (70’000 metros cuadrados) llena de Historia, sí, pero donde también funcionan algunas dependencias del Estado. Aquí vemos casi la única presencia policial armada con que nos hemos cruzado en Praga, ya que uno de los edificios funciona como residencia del presidente checo.

Entramos por la puerta norte, sobre la Jelení příkop u Hondonada de los Ciervos, dando un paseo sobre el parque bonito y cuidado. En realidad solo pasamos por los patios del castillo, al que no se nos permite la entrada sin entrada. Pasamos por un corto túnel, y al llegar al otro lado nos recibe la catedral, imponente, increíblemente bella. Más bella aún que la de Gante… y poblada de gárgolas! Oh, MEV, en la catedral de Praga hay gárgolas para dar y tomar y repartir y tirar para arriba. 

Con 10 comentarios hago una galería de gárgolas… qué digo 10, con 5… bah, si me la pedís, hago la galería con gárgolas 😀

Es uno de los ejemplos más representativos del arte gótico. Los pináculos y arbotantes, esculturas y relieves, los patrones geométricos de ventanales, fachadas y naves. Un cúmulo inconmensurable de detalles grandes y pequeños, relucientes y oscuros.

El gran mosaico sobre la puerta sur, con su gran torre de 99 metros de alto, nos muestra a Nuestro Señor con su cohorte de ángeles. Debajo de él, la nobleza (obvio! y no olvides los halos, gracias). A su derecha (nuestra izquierda) los salvados, a su izquierda, los condenados en su Caída a los Infiernos. Dentro de la pequeña galería, el Pecado Original, y frente a él, la Redención.

Curiosamente en el castillo están, aunque separadas, las tumbas de Wenceslao y la de Juan Nepomuceno. De roommates eternos a pesar de sus diferencias. La deben estar pasando bomba, seguramente:

-Decime
-No, preguntale al perro y a tu puta madre
-Dale, sonzo
-Que no, te dije. Mirá que sos pesáo, Wen
-Me cago en la puta, ¿me vas a decir o no?
-Qué gurisito duro de moyera, resultaste. ¿No entedés lo que es NO?
-Te ordeno que me lo digas!
-Uuuuuhhh, qué miedo! ¿Y qué vas a hacer para obligarme? ¿Tirarme de un puente?

Y así están, desde hace 500 años.

Nos permiten entrar a la catedral por la puerta oeste, flanqueada por sus dos torres gemelas de 80 metros cada una. Me repito, pero es algo que quita el aliento. La construcción fue iniciada en 1344, tuvo varias idas y venidas, detenciones, reconstrucciones, guerras y asaltos, tuvo que ser reconsagrada, restaurada, ampliada y reacondicionada. Una parte de sus pilares, a la entrada, presenta piedras de colores distintos, ya que las obras se iniciaron en 1344, pero la construcción de esa zona tuvo que pararse y recién se culminó 400 años más tarde. Si le habrán dedicado trabajos, esfuerzos y afanes, que la catedral recién se dio por totalmente completada en 1929. Así como la ve, se pasaron 585 años puliendo detalles. ¡Pero qué trabajo!

Las naves compiten en hermosura con los vitrales, hechos por los mejores artesanos de chequia, pero financiados por burgueses. La iglesia es del Estado y los vitrales fueron pagados por asociaciones o empresas, generalmente involucradas con la sociedad y cuyas actividades se ven representadas en los brillantes motivos, desde un Banco hasta la Seguridad Social. Podría volver a la catedral a diario durante meses y siempre encontrar algo distinto en lo que concentrarme. Podría llevarme un banquito, el mate y unos binoculares y examinar cada detalle al milímetro. La ingeniería es igual de asombrosa que la artesanía.

Salimos por la puerta oeste, la Puerta de San Matías, donde están los poderosos titanes custodiando la no menos poderosa entrada. Se dice que los titanes despertarán para auxiliar a la ciudad cuando Praga esté en peligro. Muchos aducen que eso es falso, ya que cuando llegaron los nazis los titanes ni se inmutaron. Yo tengo dos explicaciones alternativas: una es que consideraron que los nazis no iban a destruir la ciudad; la otra es que en realidad los titanes son unos fascistas de porquería.

Al fondo de los titanes ves una gran placa sobre la fachada de entrada al castillo enmarcada por grifos de expresión feroz y coronada en lo alto por estatuas victoriosas.

Corría el año 1614 y en Praga estaba el Rey Matthías de Austria, Emperador del Sacro Imperio Romano, Rey de Hungría y Croacia (el segundo de su nombre) y Rey de Bohemia. Llegó a ser Rey de Bohemia al convencer a su hermano de que le cediera la corona… con un poco de persuasión en las mazmorras, que eso siempre ablanda molleras. Era un Habsburgo y tenía prisa. Quería ver su castillo terminado. Quería ver su nombre en la placa. Quería que los putos arquitectos dejaran de picar a toda hora desde la salida a la puesta del sol. Así que los apuró, los presionó y les rompió las pelotas para que terminaran de una vez, que se hacía viejo y pronto se iba a morir y quería ver su palacio terminado.

Y los arquitectos, calladitos la boca, fueron y se apuraron y terminaron. Pero uno nunca debe apurar de malos modos a un artesano, sea un rey mirando esculpir una estatua, o un pobre proletario viendo al sanitario arreglar el sifón de la bacha de la cocina que gotea. Oh, no, nunca apures a un artesano, ni siquiera si sos rey, porque los artesanos son gente paciente y astuta… y mala leche.

Y bien que se tomaron su pequeña revancha: cuando fueron a colocar la fecha de final de obra, en lugar de escribir “Anno”, que significa Año en latín, escribieron “Ano”, que es culo ahora y hace 500 años, acá y en todos lados. Y ahí quedó el Mati, como el culo para toda la posteridad, solo por no tener un poco de paciencia.

No tengo mucha más información que darte, lamento decirte, porque en lugar de escuchar al guía estaba embobado mirando todo lo que me rodeaba. La visita fue rápida, sin embargo. Demasiado rápida. Tan fugaz que no me dio ni tiempo a lamentarme. La basílica de San Jorge, otra pequeña iglesia que hay junto a la catedral y que se remonta al siglo IX, las casas de la calle dorada, donde vivían las familias de la guardia, y varios palacios quedaron por el camino. Y una vez que salimos seguí con los ojos llenos de hermosura. Hubo algo sobre defenestraciones, el deporte nacional de República Checa, sobre monjes y monasterios, de pan y cerveza, de Mozart casi enclaustrado porque le gustaba tanto la joda que se olvidaba de componer… algo así. Y luego el mirador. El mirador que hay a la vuelta del castillo, con un bar de cerveza tirada convenientemente ubicado detrás, con toda Praga desplegada a sus pies, es precioso.

Este cielo no es el cielo de mi patria /13

Praga esplendorosa (i)

El puente y su ornamentación

Seguimos sobre el Puente de Carlos. La leyenda de Juan Nepomuceno es solo una de las historias que nos cuenta Fernando. La mañana es luminosa, hace calor y el Moldava esplende.

A ambos lados del puente y a lo largo de sus de más de 500 metros de largo, pueden verse 30 estatuas barrocas que representan santos, vírgenes y escenas bíblicas. Las estatuas son hermosísimas, con un nivel de detalle asombroso y con una expresividad y realismo en rostros y movimientos que si alguien dijera Piertotum Locomotor, saldrían todas en caravana y ni te darías cuenta… bueno, salvo que te pasara por arriba un Cristo de tres metros de alto.

Sin embargo no siempre estuvieron allí. Son relativamente nuevas, ya que comenzaron a instalarse en la segunda mitad del siglo XVII. Antes de eso los adornos del puente solían ser más efímeros y digamos que bastante más orgánicos. Por ejemplo, a los rebeldes, disidentes y a la gente que en general estaba contra los Habsburgo o el Catolicismo (pista: es lo mismo) los exhibían sobre el puente… las cabezas de un lado, los cuerpos del otro. Como para que la gente tuviese en mente que estaba todo bien con rebelarse, pero que no era tan buena idea dejar que los atraparan vivos.

Así que bien, cuando más o menos se aburrieron del olor y de limpiar el estropicio de 20 o 30 cuerpos en descomposición sobre el puente, pensaron que sería buena idea dar otro tipo de mensaje. Así que pusieron estatuas con imágenes y escenas católicas. La Iglesia Católica, la única que daba la Salvación… y más te valía creerlo, sobre todo si eras seguidor de Lutero.

La República Checa en general y Praga en particular fueron testigos de fanatismos religiosos durante casi toda su historia. Papas y reyes se basaban en ella para reclamar derechos y justificar sus actos, así que los tira y afloja fueron constantes.

Malá Strana en reversa

La Iglesia de Santa María de la Victoria es un buen ejemplo de los conflictos. Parte del edificio principal se hizo para los Protestantes. Sin embargo, durante la Guerra de los 30 años, luego de la Batalla de la Montaña Blanca los católicos volvieron a tener las riendas. Así, su fachada se ve bastante sobria, despojada, casi humilde… hasta que entrás y ves en el interior los efectos de la Contrarreforma Católica caracterizada por pesados motivos barrocos, recargados y llenos de dorados. El contraste es bastante llamativo.

Este retablo me hizo volar la croqueta. ¿El ángel está sodomizando a la monja? ¿La está torturando alegremente ante la serena mirada de los querubines? ¿Por qué, oh, MEV, la otra se está bajando? Dice acaso “Vamosnó que este loco nos mata!”?

Católicos y protestantes se mataron entre sí durante décadas, probablemente siglos, y a resultas de todo esto se ve que en algún momento los checos se hartaron y con muy buen criterio dijeron: se van todos a su reputísima madre con la religión. Según el guía República Checa es el tercer país más ateo del mundo, por detrás de China y Japón. Acá viene en parte lo que decía en una entrada anterior: los checos son pragmáticos. Oh, sí, conservan las iglesias, templos y cuanta efigie, monumento o estatua hay en la vuelta, perfectas y primorosamente conservadas y mantenidas, pero a ellos les chupa un huevo. Supongo que debe ser una mezcla de que son parte de su Historia, sí, pero sobre todo para mayor gloria y disfrute de los pascuales de los turistas, que nos enloquecemos con todas estas boludeces y dejamos guita en el proceso. Lo cual es fantástico, porque la mayor parte de ese dinero no va a la Iglesia, como antaño, sino a la propia ciudad.

A la Iglesia de Santa María llegamos a través de Malá Strana, literalmente el Lado Pequeño, que es una de las zonas más antiguas de Praga y se ubica en las suaves lomas debajo del Castillo de Praga. Su nombre original es bastante más llamativo: Menší město pražské, que significa lo mismo pero más pomposo: Distrito Pequeño de Praga. También se la llama La Venecia de Praga, ya que está tan cerca del nivel del Moldava que a lo largo de su Historia ha sufrido inundaciones periódicas. Las más grandes de estas inundaciones están documentadas y sus niveles aparecen marcados en una de las fachadas, al lado del bar en honor a Lennon.

Si estás esperando que te hable del Muro de Lennon, perdiste. En realidad Lennon nunca llegó a pisar Praga porque en plena Guerra Fría lo habrían picado para el tuco. Y el muro de Lennon es nada más que un ejemplo maravilloso del Efecto Bárbara Streisand. Cuando asesinaron a Lennon hicieron una pintada. Eso era ilegal y peligroso, porque un mensaje de concordia y libertad era un ataque directo al corazón del Soviet, así que el Régimen mandó pintar de blanco encima. Al otro día reapareció. Y vuelta a pintarle encima. Luego aparecieron pintadas en dos lados de la ciudad. Y vuelta a pintarles encima. Estuvieron jugando a la mancha durante meses hasta que las autoridades se dieron cuenta de que si seguían así la situación iba a escalar y a escapárseles de las manos, por lo que dejaron las pintadas en paz. ¿Viste cómo sos? Ya me hiciste hablar del muro. Como sea, joderse. Estaba en obras de restauración y no pudimos ver más que una lona, ya que la gente es imbécil y no entiende nada y habría que prenderla fuego, pero muy lentamente. En lugar de seguir construyendo la mística del muro las personas dejaban escritas sus direcciones de Instagram. Malditos hipsters jipis, los odio y me cago en sus muertos, en sus vivos y en ellos.

Antes de llegar al muro de Lennon pasamos sobre un pequeño puente sobre un canal y vemos una noria, la más antigua de Praga que aún está en uso y a su lado la estatua en madera de un duende. Dice la leyenda que el duende vive en el fondo del canal y que rescata a los niños que caen en él (aunque no se especifica hasta que edad, así que tratá de no caerte). Pero como buen duende eslavo es bastante sorete, así que rescata a los pibes, sí, pero espera a que la corriente los arrastre por el canal y estén casi por llegar al río antes de sacarlos. Y los saca con violencia, como para que se peguen un buen susto, escarmienten y tengan un poco más de cuidado en el futuro, pendejos de orto.

Al puente sobre el canal llegamos luego de un corto paseo. Abandonamos el puente poco antes de llegar a la otra cabecera por una escalera que desemboca en una plazuela arbolada en medio de casas de dos plantas que quedan por debajo del nivel del mismo; dan ganas de quedarse tomando una cervecita, la verdad.

Luego de este itinerario en reversa me despido hasta la próxima batihistoria por el mismo baticanal… con batihora a convenir.

En la próxima: el Castillo, la casa del santo temblón y lo que pasó después.